Enseñanzas a sus Hijos, Monómaco (príncipe Vladimiro II)

[Poucenie Vladimira Monomacha k. djetam]. Especie de testamento del príncipe Vladimiro II uno de los principales defensores de la «tierra rusa» contra los Polovcy. Aunque enlaza con el uso tradicional de los testamentos espiritua­les, la segunda parte de la obra de Vladi­miro Monómaco es más original, pues en ella los preceptos morales y religiosos de la primera cobran vida gracias a ejemplos autobiográficos.

Es un notable documento psicológico, moral e histórico de su época, en el cual elementos cristianos y reglas de vida privada se entrelazan con normas de gobierno. Por otra parte, las Enseñanzas constituyen un interesante texto lingüístico para estudiar la transformación gradual del eslavo eclesiástico bajo la influencia de la lengua hablada. Fue editado en el siglo XIX.

E. Lo Gatto

Ensayo sobre las Cónicas, Blaise Pascal

[Essai sur les coniques]. Obra científica publicada en una sola hoja en 1640. El Essai fue la primera obra recopilada y publicada por Pascal, que en­tonces tenía diecisiete años, y contiene: tres definiciones, tres lemas, cinco teoremas, entre los cuales el llamado «hexagrama mís­tico», inspirado en el «teorema de Desargues», con el que fue confundido algunas veces: los tres pares de lados opuestos de un hexágono inscrito en una cónica se cor­tan en tres puntos situados en línea recta.

Uno de los dos ejemplares del ensayo, los únicos que se conocen, estuvo en poder del célebre padre Mersenne, que por primera vez hizo el elogio del joven matemático. El Essai fue acogido con gran admiración, y Pascal, animado a desarrollarlo, compuso, entre 1648 y 1654, varias partes del Conicorum opus completum al que, sin embargo, no dio nunca forma definitiva. Leibniz, en una carta de 1707 dirigida a J. A. Fabri­cáis, habla de este manuscrito, que le había sido confiado por el sobrino de Pascal, Étienne Périer, a quien lo había devuelto el 30 de agosto de 1676, con una carta de admiración, indicando de qué modo había de publicarse la obra postuma.

A. Uccelli

Ensayo de una Biblioteca Espa¬ñola de Libros Raros y Curiosos, Formada con los Apuntamientos de Don Bartolomé José Gallardo, D. M. R. Zarco del Valle y D. J. Sancho Rayón

Estos materiales fueron revisados y aumentados con noticias nuevas por Zarco y Sancho. La obra se premió en el concurso de la Biblioteca Nacional de 1862, y se publicó entre los años 1863 y 1888, en cuatro volúmenes. La impresión de los dos últimos, vigilada por Menéndez Pelayo, es menos correcta que la de los dos primeros. El Ensayo formado con las papeletas de Gallardo (1776-1852) es una riquísima mina de materiales para el estu­dio de la literatura española. Gallardo fue un investigador infatigable. Movido por un afán insaciable de curiosidad y por su gus­to por todo lo español, especialmente en sus manifestaciones más castizas y tradiciona­les, el número de volúmenes impresos y manuscritos que pasaron por sus manos, fue enorme.

En su forma actual, los cuatro volúmenes del Gallardo son una colección de materiales sin igual, especialmente para la antigua poesía española de carácter tra­dicional. Pero, debido a las luchas políti­cas, se destruyó en Sevilla la totalidad de las papeletas de Gallardo, y los materiales que se han publicado, son los que él reco­gió de nuevo, a partir de sus cuarenta años. «A conservarse juntos y completos sus trabajos —dicen Zarco del Valle y San­cho Rayón— la bibliografía española puede decirse que estaba hecha, cuando a los apuntamientos formados posteriormente, se viesen agregados y unidos los que hizo en la edad más lozana». Al ir a publicar los apuntes de Gallardo, Zarco y Sancho Ra­yón los completaron con notas que ellos mismos sacaron en importantes bibliotecas particulares de Madrid, entre las que se contaban las notabilísimas del Marqués de Salamanca, del Duque de Osuna y de don Pascual Gayangos, quien les facilitó copia de un nuevo catálogo de libros de caballe­rías, redactado después de la publicación del de la «Biblioteca de Autores Españo­les». En los cuatro tomos del Ensayo no están todos los materiales que dejó Gallar­do. Zarco del Valle y Sancho Rayón entre­garon a Menéndez Pelayo numerosas pape­letas, que todavía permanecen inéditas en su biblioteca de Santander.

Sainz Rodríguez anunció, hace tiempo, que se preparaba la publicación de un quinto volumen del Ensa­yo que todavía no ha aparecido, con los ma­teriales inéditos, y un índice general alfa­bético de toda la obra (Revue Hispani– que, LI, 353, n. 1). Las noticias de Gallardo no se limitan a escuetas notas bibliográ­ficas, sino que van acompañadas de am­plios resúmenes y extractos de las obras, hechos con mucha habilidad, que hoy se consultan todavía con gran provecho, pues muchas de estas obras son sumamente ra­ras y no se han reeditado modernamente. De los cancioneros, Gallardo da copias tan extensas que equivalen a verdaderas edi­ciones. Hay que llegar a Menéndez Pelayo — crítico de mucho mayor vuelo, natural­mente, que Gallardo — para encontrar una remoción tan considerable de materiales literarios.

Gallardo no fue lo que hoy se llama un crítico de ideas. Fue un incansa­ble rebuscador y un enamorado de la anti­gua poesía española. A veces el casticismo y la rareza de algunas obras hacían que las estimara en más de lo que eran. Pero a pe­sar de tales defectos, nadie en su tiempo fue superior a Gallardo. De una vez para siempre se interesó por lo que las obras son y no por superficiales ideas retóricas, como sus predecesores. Su ejemplo sirvió de estímulo a Agustín Durán, el colector del Romancero (v.), y a Cayetano Alber­to de la Barrera, el bibliógrafo del teatro español, dos figuras señeras y beneméritas de la erudición castellana.

P. Bohigas

Enrique de Ofterdinge, Friedrich von Hardenberg (Novalis)

[Heinrich von Ofterdingen]. Novela en dos partes, de las cuales la primera («La espe­ra») está completa, y la segunda («El cum­plimiento») es solamente un esbozo. Fue publicada postumamente en la edición de los Sehriften de 1802, por F. Tieck, que conocía también los proyectos del escritor en los últimos tiempos de su breve existen­cia.

En 1799, Novalis lee en la biblioteca de una antigua familia alemana la saga de En­rique de Ofterdingen, trovador (Minnesánger) del siglo XIII, que había vivido en la corte de Federico II. Por otra parte, el Wilhelrn Meister (v.) de Goethe, aparecido po­cos años antes, había ejercido sobre él una profunda impresión, si bien, después de un primer momento de entusiasmo, había aca­bado juzgándolo demasiado «moderno» y «burgués»: «Un libro de poesía sobre un asunto poco poético». Pero el plan de una novela del mismo género, en la cual el héroe llegase a un ideal de vida a través de una serie de experiencias personales, le sedu­cía.

Y surge la idea de la presente novela, que debía ser un nuevo Wilhelm Meister, pero ennoblecido por una atmósfera poética según los ideales románticos. La narración comienza en la casa paterna de Enrique, cuyo padre es artesano. El joven tiene un sueño en el cual, después de vagar larga­mente por desconocidos y maravillosos paí­ses, llega a una gruta en la que encuentra una flor azul. Éste es el símbolo de la poesía romántica alemana, es decir, de la poesía pura y de la vida perfecta. Poco después, Enrique deja Turingia, su país natal y em­prende un viaje con su madre para ir a casa de su abuelo, en Augsburgo. En el cur­so del viaje, Enrique asiste a los prepara­tivos para una nueva cruzada.

También encuentra a una joven oriental, prisionera, figura sufriente y dulce, que recuerda la Mignon de Goethe, y que canta sintiendo la nostalgia de la patria lejana y perdida. Después de esta visión de la vida guerrera y tumultuosa, los viajeros encuentran a un viejo minero, que habla de maravillosos metales y minerales ocultos en la profun­didad de la tierra. Guiados por él exploran una caverna, donde encuentran a un Hohenzollern, que se había retirado allí después de un glorioso pasado, tras haber partici­pado en inolvidables acontecimientos histó­ricos. Ahora estudia la historia en los li­bros. Enrique es, pues, atraído primero por la gran aventura de una cruzada a Tierra Santa, después por los secretos de la natu­raleza escondidos en las montañas, luego por la visión de otros secretos ocultos en el seno de la historia.

Así preparado, el inex­perto joven llega a la casa de su abuelo. Allí encuentra a un poeta ya famoso, Klingsohr — en el cual Novalis ha hecho el retrato de Goethe —, y a su hija Matil­de. Entre ambos jóvenes nace inmediata­mente el amor, bien visto por el padre. Conversaciones doctas y elevadas se des­arrollan entre el poeta y el que lo será. Enrique le ruega que le cuente una histo­ria, y Klingsohr narra en símbolos la vic­toria de la poesía contra la razón y sus otros enemigos; una visión anticipada de lo que debía gradualmente realizarse en la segunda parte de la novela. Enrique debía llegar a conocer los grandes asuntos del mundo; encontrarse en la corte de Federi­co II en Palermo, viajar hacia Oriente hasta Jerusalén, participar en una guerra cerca de Pisa y llegar a Roma (no obstante, el ciclo terreno de Novalis se cierra sin que él hubiese pisado el suelo de Italia), y lue­go regresar a Turingia, donde tendría lugar el famoso debate entre los «Cantores a la Wartburg». Inmediatamente la novela se habría transformado en narración mítica simbólica, en la cual todo, animales, plantas y piedras, hubiera hablado y se hubiera confundido.

Matilde, después de su muerte, bajo la forma de distintas mujeres, sería encontrada con frecuencia por Enrique, quien finalmente cogería en realidad la flor azul de su sueño. Pero la muerte del poeta truncó el trabajo en pleno proceso de des­arrollo. Comparando el fragmento con el Wilhelm Meister, es necesario reconocer que no resiste el paralelo, porque en Novalis falta el don de Goethe de crear la realidad viviente. Sin embargo, tal compa­ración no nos daría la sustancia viva de la obra, la cual, más que la historia de la for­mación espiritual de un alma, es una con­tinua lírica embriagada de poesía. Cada página, cada frase, está entretejida con idéntica magia poética. Se puede abrir el libro al azar: la prosa es tan armoniosa que las poesías intercaladas (la de la joven oriental, el brindis de Klingsohr, los cantos de los caballeros, el del minero) no sor­prenden. Es una embriaguez continua, una lluvia de flores azules. Es necesario adver­tir, además, que las etapas de la existencia de Enrique conducen gradualmente a tra­vés de los lugares románticos, de los cua­les nadie, ni Tieck, ni Schlegel, había es­tablecido una nomenclatura tan exacta. Novalis es aquí un creador, y hasta llegar a Wagner, medio siglo vivirá del tesoro de poesía concentrado, escondido en esta no­vela fragmentaria. [Trad. castellana de Ger­mán Bleiberg (Buenos Aires, 1951) y cata­lana de Joan Maragall (Barcelona, 1907)].

F. Lion

En las Estepas del Asia Central, Alexander Borodin

[V srednej Azii). Obra sinfónica compuesta en 1880. En ella el autor ha querido, como expresó en una dedicatoria que precede a la parti­tura, evocar las estepas del Asia, donde resuenan, al paso de una caravana escol­tada por soldados rusos, los cantos de los indígenas y de los rusos, alternándose al principio y luego confusos hasta perderse en el desierto. En su brevedad, la compo­sición, característico ejemplo de «música de programa», está conducida con un claro sentido de las proporciones, con viva sen­sibilidad colorista y de timbre.

La melodía inicial: está confiada a los clarinetes, a les que res­ponden las trompas y el corno inglés, sobre un largo pedal superior de los violines. La composición se desarrolla hasta un episodio central en que toda la orquesta repite, fortísimo, el tema inicial. Sigue un nuevo epi­sodio en que el carito está confiado a los violoncelos sobre el tema: que pasa luego a los violines y a las violas. Un gradual decrescendo, con la vuelta al tema inicial, confiado por última vez a la flauta sobre una repetición del pedal superior de los violines, conduce a la con­clusión. En las estepas del Asia Central, que es quizá la partitura más conocida y ejecutada, Borodin muestra, en la técnica, en el equilibrio constructivo y en la sensi­bilidad armónica, la ingeniosa variedad que le valió ser considerado como el músico más refinado del grupo de «Los cinco». En este breve cuadro sinfónico, y con medios bastante sencillos, consigue el autor de El Príncipe Igor (v.) una página eficazmente evocativa (donde la pura descripción está superada sin equívocos) que testimonia un talento vigoroso y original.

L. Cortese