Cartas de Dupuis y Cotonet, Alfred de Musset

Lettres de Dupuis et Cotonet]. Cuatro cartas de crítica variada que Alfred de Musset (1810-1857) finge escritas al Director de la Revue des Deux mondes (v.), entre 1836 y 1837, por dos buenos burgueses de pro­vincia, Dupuis y. Cotonet. La primera y más importante, acerca del Romanticismo (v.), con penetrante buen sentido revela las ex­travagancias e incertidumbres de la nueva doctrina, que en pocos lustros ha cambiado tantas veces, acogiendo tantas y tan diversas definiciones. Escuela nueva, que en sus me­jores afirmaciones repite cuanto ya habían practicado desde siempre los antiguos. Mus­set, independiente siempre frente al Roman­ticismo, y que llegó pronto a los clásicos, nos confiesa aquí su íntima preferencia: «plagiat pour plagiat, j’aime mieux un beau plátre pris sur la Diane chasseresse qu’un monstre de bois vermoulu décroché d’un grenier gothique…». Las demás cartas, tra­tan, con igual agudeza, del «humanitarismo» de moda, del periodismo omnipotente, del espíritu del tiempo. Estas cartas fueron re­cogidas en un volumen póstumo, Miscelánec de literatura y de crítica [Mélanges de littérature et de critique], en el cual constitu­yen la parte más notable. Entre los demás escritos, es memorable el que trata del re­nacimiento de la tragedia clásica [De la tragédie á propos des debuts de mademoiselle Bachel]; se añaden ensayos de crítica artística [Un mot sur Vart moderne; Salón de 1836], vivas anécdotas periodísticas, dos comedietas [Una matinée de don Juan; Fai­re sans dire], y el mediocre discurso de in­greso en la Academia, conmemoración del mediocre autor de obras cómicas Emanuel Dupaty.

V. Lugli

Cartas a Ángela, André Gide

[Lettres á Angele]. Colección de artículos críticos de André Gide (1869-1951), publicados en el último bienio del siglo XIX y reunidos en un vo­lumen en 1900. Están hábilmente escritos en forma epistolar, dirigidos a la imagi­naria dama cuya figura Gide había dibuja­do con penetrante malicia en Pantanos (v.). La crítica de Gide aparece aquí volunta­riamente caprichosa y excesivamente desenvuelta, como la diversión de una inte­ligencia conscientemente original y de gusto difícil y refinado, comparable a los inge­niosos ejercicios de un Gourmont (v. Pa­seos literarios). Ya hablen de François de Curel, ya polemicen con Mirbeau, exalten a Francis Jammes o a Signoret, a Verhaeren o a Vielé-Griffin, o pongan reparos a Maeterlinck como moralista, estas páginas no contienen en general ni juicios impor­tantes ni estudios rigurosos. El discurso del crítico sólo se hace más vivo y agudo en los momentos en que sale de su asunto para abandonarse a alguna confidencia o aludir a motivos o teorías que le interesan. Así la cálida apología de Nietzsche, que nos lleva al motivo profundo de Nourritures terrestres (v. Alimentos terrestres).

El expe­diente de semejante correspondencia imagi­naria parece haber gustado particularmente a Gide, pues más tarde volvemos a encon­trar otra serie de Billetes a Ángela [Billets á Angéle] publicados en la «Nouvelle Revue Française» de 1921 en adelante, y reco­gidos en el volumen Incidencias [Inciden- ces] en 1924. Son artículos y notas bastante más maduros y de mayor consecuencia, que revelan un pensamiento ya seguro de sí mismo, después de tantas experiencias. En la respuesta a una entrevista acerca del clasicismo vemos desarrollarse una idea particularmente cara al autor: el extremo del clasicismo coincide con el extremo del individualismo, en cuanto renuncia a una vanidosa «individualidad», sacrificio de la egoísta complacencia de los sentimientos y del estilo; sólo renunciando a los caprichos de nuestro yo para llegar a nuestra profun­da verdad, encontraremos los acentos de alcance universal que son propios del es­critor clásico. El clasicismo, por lo demás, para no reducirse a disciplina escolar y conseguir todo su pleno contenido de hu­manidad, debe surgir como un triunfo so­bre un «romanticismo domado». Sobre este tema se insiste y profundiza, revelando los motivos profundos de la obra de Gide y sus pertinaces esfuerzos hacia un límite de cla­rificación absoluta del contenido moral, de donde surge la límpida perfección de su estilo. Temas literarios y morales se al­ternan y se funden en los otros dos volú­menes misceláneos, tan típicamente gidianos: Pretextos (v.) Nuevos pretextos.

M. Bonfantini

Carta a La Academia, François de Salignac de la Mothe-Fénelon

[Lettre sur les occupations de l’Académie]. Es el progra­ma de trabajo con que François de Salignac de la Mothe-Fénelon (1651-1715), arzobispo de Cambray, respondió, en 1714, a la encuesta de la Academia Francesa acer­ca de la actividad futura de sus miembros «una vez impreso el diccionario». Recoge las maduras reflexiones de un espíritu rico de refinada cultura y dócil al reclamo de una sensibilidad inteligente y nueva acerca de los proyectos de redacción de una gra­mática, una retórica, una poética, un tra­tado sobre la tragedia, sobre la comedia, sobre la historia, y algunos juicios acerca de la disputa entre los antiguos y los mo­dernos. Escrita a cuarenta años de distan­cia del Arte Poética (v.), de Boileau, esta obra revela el desarrollo de aquel rígido clasicismo hacia formas de juicio menos absolutas, sustraídas a la tiranía de áridos cánones y abiertas al fluir de los senti­mientos y del gusto. El naturalismo racio­nalista se hace menos científico y se diluye en una concepción de la naturaleza toda sencillez e ingenuidad primitiva, en la que se ha roto el hielo de las inmutables formas, guardianas de una verdad siempre actual. En todos los géneros literarios el autor de los Diálogos de los muertos (v.) propugna un retorno a las costumbres sencillas de los antiguos, más en comunión con la na­turaleza, y, por consiguiente, más espon­táneos y verdaderos que los modernos. Son éstas lejanas insinuaciones, de las que de­rivará el ideal naturalista del Emilio (v.), de Rousseau.

No todos los capítulos de esta Carta son igualmente nuevos e ilustrativos; pero constantemente se revela en ellos el gusto exquisito de la antigüedad, incluso cuando se defiende a los «modernos»; de modo que la famosa «querella» queda há­bilmente esquivada y sin resolver. No fal­tan contradicciones y excesos en la con­dena de la rima en la versificación fran­cesa, contra la opinión de Boileau, y al proponer la elocuencia ática como modelo, a pesar de una feliz intuición respecto a la influencia del clima y del ambiente sobre la elocuencia. En cambio son nuevas y fe­cundas las observaciones acerca de la ma­nera de escribir la historia: en nombre del respeto a la verdad, Fénelon exige del his­toriador el conocimiento de las distintas costumbres y de los diversos ambientes so­ciales en que la historia se desarrolla. La obra del historiógrafo debe tener forma narrativa y no oratoria, carácter filosófico en la búsqueda de las causas, debe ser im­parcial y supranacional, y debe dar la fiso­nomía de las distintas épocas históricas y su color local. Se anuncia aquí la teoría de los climas de Montesquieu (v. Espíritu de las leyes) y la teoría de las costumbres de Voltaire (v. Ensayo sobre las costum­bres); se abre además el nuevo camino que seguirá la historia de Thierry en el si­glo XIX francés (v. Historia de la con­quista de Inglaterra por los normandos).

L. Rodelli

Carta a Chauvet, Alessandro Manzoni

[Lettera alio Chauvet]. Carta crítica de Alessandro Manzoni (1785-1873), dirigida al crítico francés Chauvet para refutar las observaciones formula­das por éste a propósito del drama manzoniano El conde de Carmagnola (v.). Es­crita en 1820, en francés, con el título Lettre á M. C*… sur l’unité de temps et de lieu dans la tragédie, fue publicada en 1823 por Fauriel junto con la traducción francesa de las dos tragedias manzonianas. En su parte negativa, la carta es una aguda y demole­dora crítica del significado y de la validez de la teoría aristotélica de las dos unidades; en su parte positiva, es una defensa del sistema dramático romántico o histórico que, fundamentándose en la historia, esto es, en la realidad, evita las arbitrariedades y ficciones que eran consecuencia del anti­guo sistema. Fundamento de la poética manzoniana es el respeto religioso a la reali­dad; principio histórico y ético que para Manzoni se resuelve en un principio esté­tico, distinguiéndose el poeta del historia­dor no por la invención, sino por la poesía, y por una penetración adivinadora de la realidad espiritual y psicológica que se es­conde bajo la superficie de los hechos his­tóricos. La poesía es profundización, no al­teración arbitraria de la historia. Pero los principios manzonianos se pueden resumir en otro principio más general: es falso to­do sistema dramático que proceda con mé­todo dogmático y abstracto, partiendo del sistema para llegar a la obra, en lugar de deducir sus reglas del carácter interno y orgánico del argumento. La Carta a Chauvet tiene importancia fundamental en la historia de la poética dramática italiana y, en ge­neral, romántica.

D. Mattalía

Carta a Goethe Acerca del Actual Teatro Trágico Francés, Wilhelm Hujnboldt

[Brief an Goethe über die gegenwartige franzósische tragische Bühne]. Carta crítica de Wilhelm Hujnboldt (1767-1835) acerca del teatro francés contemporáneo, dirigida a Goethe en 1799 e impresa en los «Propyláen» (1800). En ella Humboldt, después de sostener que la imaginación, a través de la selección, reco­ge los elementos sensibles para constituirlos en una totalidad ideal, distingue, como me­dios de realizar, esta transformación, la ac­ción y la narración; la acción se contrapone al acontecimiento (el cual está más ligado a la casualidad) y conviene a la epopeya, como el acontecimiento conviene a la no­vela. La tragedia surge del estado de áni­mo de un sentimiento determinado, y por esto se contrapone a la épica. Aquí pre­valecen el objeto y la calma contemplativa, allí el sujeto y la tensión del alma; y la imaginación transforma estos elementos en estados de ánimo poéticos, aquí con la evi­dencia, allí con el idealismo. Hablando de la escena trágica francesa, Humboldt dice que el arte imita a la naturaleza, pero la dificultad de la resolución reside en el con­cepto propio que cada nación tiene de la naturaleza. Los franceses lo colocan casi exclusivamente en el gusto por lo sencillo, lo fácil, la constancia absoluta del tono. Luego Humboldt pasa a observar las pre­rrogativas del arte mímico y de los actores. Para el actor el modelo no es la natura­leza, sino una obra de arte independiente de él. Y analizando los actores de distintas nacionalidades, el autor esboza su misión, que es la de suscitar todos los sentimientos de la humanidad, evocar las fuerzas pro­fundas y potentes de la naturaleza, o bien hacer que éstas actúen sólo como arte, y dominarlas estéticamente. Por muy indi­vidual que pueda ser la poesía, siempre tie­ne, como simple imagen del pensamiento, algo de vago e indeterminado; el actor debe fijar estos elementos en su persona real. Debe, pues, estudiar la forma del carácter y el modo con que el hombre puede poseer una perfecta unidad y necesidad.

M. Maggi,