EL LACONISMO NECESARIO

Ralf Rothmann,
Luz de juventud 
Traducción de Marina Bornas,
Libros del Asteroide, Barcelona, 2018, 230 pàgs.

por Anna Rossell

Cuando a una pluma de calidad se le suma una extraordinaria y sensible capacidad para la observación, la escritura ya no solo es excelsa sino, además, auténtica. Estas son dos cualidades que reúne la narrativa de Rothmann, que se caracteriza por rasgos a mi entender definitorios de la mejor literatura: el profundo conocimiento de sus personajes y el preciso laconismo para transmitir lo que estos personajes son en lo más recóndito, sin descripción pormenorizada. La virtud más preciada de la prosa de Rothmann es la abominación de lo superfluo. El autor alemán es un verdadero maestro en dar a entender estados de ánimo, situaciones, incluso historias enteras, de modo indirecto y con escasísimas palabras, a partir de un gesto, un pequeño detalle en el modo de vestir o en el movimiento de una mano. Ralf Rothmann (Schleswig, 1953) sabe depurar su prosa hasta dejarla en lo estricto, necesario y esencial, ofreciéndola al buen lector capaz de leer las palabras para trascenderlas. Es el autor de la insinuación significativa, y ello hace de su literatura una delicia.

Luz de juventud, publicada en Alemania por Suhrkamp bajo el titulo de Junges Licht en 2004 y ahora en España, tiene por protagonista a un adolescente de doce años, Julian, hijo de una familia minera de la Cuenca del Ruhr. La historia se ubica temporalmente en los años sesenta, momento en que la industria del carbón del Ruhr se había sumido en la crisis que acabaría con el cierre de las minas. Sin embargo, Rothmann no cuenta esta crisis; de hecho parece que no cuente nada; su narración fluye del modo más natural a partir de la vida cotidiana de la gente humilde, de las familias de los mineros, de la relación entre ellos y de las estrecheces en las que viven. El mérito más destacado es precisamente esta naturalidad con que discurre la historia, en la que el autor evita el recurso al dramatismo. A partir de la secuencia de los cuadros —los capítulos sin numeración en que divide la novela—, en la mina y en la casa familiar o en el barrio, nos adentramos en el ambiente más íntimo del mundo proletario de la minería de aquellos años sin necesidad de recurrir a los Protocolos de BottropBottroper Protokolle—, de Erika Runge, publicados en Alemania en 1968 y, en segunda edición, en 2008, inéditos en nuestro país, una serie de entrevistas que Runge hizo a muchas de las familias del Ruhr, en los años de la crisis. Porque la historia de Rothmann parece ser la de Julian en la crítica edad en que su adolescencia manifiesta los primeros síntomas del despertar a la sexualidad, una sexualidad que el protagonista no acaba de entender en muchas de sus manifestaciones, una ingenuidad que pone de manifiesto la capacidad de Rothmann para la ternura.

La novela está escrita predominantemente en primera persona, la voz de Julian. Sin embargo un narrador omnisciente se ocupa de dar cuenta de la vida del minero en la mina, con descripción directa y detallada, ahora sí, de cómo transcurre su trabajo. Una y otra voz se van alternando, lo cual evidencia la intención del autor de situarnos en una realidad, solo desde el punto de vista técnico-literario separada de la otra, que condiciona la vida de las personas inmersas en ella de modo determinante. Todo en la prosa de Rothmann va dirigido a la objetividad. Aunque parezca una paradoja, también la narración en primera persona persigue al máximo la intención objetiva. Y la consigue. Loable es el buen trabajo de la traductora Marina Bornas que no traiciona en ningún momento la naturalidad y espontaneidad de la prosa de Rothmann en un español igualmente natural y fluido, y también está a la altura del lenguaje especializado de la minería.

Del mismo autor se ha publicado en España con buena crítica Morir en primavera, de la mano de Libros del Asteroide.

La novela fue llevada al cine en 2016, bajo dirección de Adolf Winkelmann.

Anna Rossell

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El Arte Romántico, Charles Baudelaire

[L’Art Romantique]. Título tradicional que reúne las pá­ginas de crítica literaria de Charles Baudelaire (1821-1867), escritas de 1845 en ade­lante y publicadas por primera vez en un volumen, postumas, en la edición de las Obras, a cargo de Th. Gautier y de Ch. Asselineau. El título (afortunado aunque in­adecuado), fue hallado por los editores: Baudelaire trataba por el contrario de re­copilar su producción crítica bajo el nom­bre de «Curiosidades estéticas» (v.), las cuales habían de ir divididas en dos par­tes, «Arte» y «Literatura», subrayando así la estrecha unidad de principio y de estilo en sus indagaciones en los dos campos dis­tintos. Aquí encontramos, en efecto, la mis­ma admirable lucidez de pensamiento, la seguridad de los principios teóricos, la de­licada sensibilidad y precisión en los jui­cios particulares, la amplitud en las refe­rencias y el rigor de expresión, que forman el raro mérito de las Curiosidades y que sitúan a Baudelaire entre los máximos crí­ticos de la literatura moderna.

El núcleo del libro está formado por las «Reflexio­nes sobre algunos contemporáneos» (Victor Hugo, Auguste Barbier, Marceline Desbordes-Valmore, Th. Gautier, Pétrus Borel, G. Le Vavasseur, Th. de Banville, Pierre Dupont, Leconte de Lisie, Hégisippe Moreau), rodeados por otros artículos ocasiona­les: sobre los relatos de Jean de la Falaise (el primer artículo en orden cronológico), sobre los Martyrs ridicules de Léon Ciadel, sobre los Miserables (v.) de Victor Hugo, so­bre Ménard y la «Escuela pagana», sobre «Les drames et les romans honnétes» o sea la «escuela virtuosa y del sentido común», etc., así como un curioso escrito moralista, lleno de finura y de fino sabor, de 1846 («Conseils aux jeunes littérateurs») y una corta serie de verdaderos ensayos, de im­portancia capital, sobre Madame Bovary (v.), y también sobre Gautier y sobre Wagner. La crítica de Baudelaire, que pue­de llamarse filosófico-técnica, forma al mis­mo tiempo la exacta contraposición y el verdadero complemento de la crítica psicológico-moralista de Sainte-Beuve, y asume en la historia del pensamiento y en el cua­dro de la civilización literaria del Ocho­cientos, un valor ciertamente no inferior a ella. Para Baudelaire la actividad poética es exquisitamente autónoma, una facultad del hombre que tiende a lo Bello, como la razón crítica tiende a lo Verdadero y la voluntad moral a lo Bueno. Reivindicada así la autonomía del arte, polemiza viva­mente contra la tendencia de la filosofía idealista a identificar las diversas manifes­taciones del espíritu, cuyos puntos de con­tacto en la práctica, sin embargo, reconoce. Pero la originalidad de la crítica baudelairiana consiste en que, mientras nunca re­niega de estos principios de máxima, no los extrae de un verdadero y propio siste­ma filosófico (de cuya rigidez huye siem­pre) : los encuentra e ilustra de tarde en tarde con el análisis directo de las obras, una a una, relacionándose admirablemente con sus refinadas investigaciones técnicas y con sus preocupaciones sobre el valor abso­luto de la forma.

Así los Yambos (v.) de Barbier le dan ocasión para mostrar las re­laciones entre arte y moral; las poesías (v. Ramilletes y plegarias) de la Desbor- des-Valmore se prestan admirablemente a poner a la luz el papel del «sentimiento»; el importantísimo ensayo sobre Gautier le deja entrar en una verdadera lección de estética sobre el carácter distintivo de lo bello poético, en el curso del cual cita un pasaje suyo sacado de las Notas sobre Ed­gar Poe (v.) que se ha hecho célebre. Bau­delaire no se confina por ello en una esté­tica estrechamente intelectualista o en un árido clasicismo; así, frente a un rápido y agudísimo balance consuntivo de la poesía de Víctor Hugo, hay un artículo sobre Los miserables (v.) donde se evalúan sencilla­mente las razones morales de la obra; y a propósito del futuro gran maestro de los parnasianos, Leconte de Lisie, la aguda re­ferencia a Renán; y otros momentos, en que Baudelaire no desdeña la poesía de Dupont con fondo social, reconoce las cua­lidades estilísticas de escritores como Le- roux y Proudhon y ofrece, en fin, a pro­pósito de Madame Bovary, un espléndido ensayo de crítica psicológica. Siempre con un sentido vivísimo de la universalidad del arte, que hace comprender que, sin que se le pueda tachar nunca de incoherente, se encuentran en la crítica de Baudelaire los principios de la estética parnasiana, del simbolismo y del mismo surrealismo, por lo que con razón podrán llamarlo maestro un Mallarmé y un Valéry tanto como un Rimbaud. No debemos olvidar en este cuadro la finura del largo ensayo sobre crítica mu­sical, ocasionado por las tentativas de acli­matar la obra de Wagner en Francia en 1860-61, que publicó incluso, aparte, con el título Richard Wagner et Tannháuser á Paris (1861).

En él encontramos un agudo examen de la psicología del público, un rá­pido boceto del carácter de Wagner y de su formación intelectual, una luminosa ilus­tración de la estética wagneriana y cuida­dosas investigaciones sobre la naturaleza del arte musical en general, sobre Tannháu­ser (v.), sobre Lohengrin (v.) y sobre la música de Wagner en particular. Otros es­critos de carácter crítico, publicados ya en revistas y periódicos, o que quedaron iné­ditos, fueron recogidos en dos ocasiones, en las Obras postumas de 1887 y de 1908, y suelen imprimirse hoy día junto con el Arte Romántico. Notables son entre éstos una fina crítica de los relatos de Cframpfleury, un curioso artículo sobre la «Bio­grafía de los excéntricos», un amplio es­quema para un ensayo sobre las Relaciones peligrosas (v.) y, sobre todo, un largo es­crito de entonación satírica, riquísimo en anotaciones morales, sobre «L’Esprit et le Style de M. Villemain».

M. Bonfantini

El Arte del Siglo XVIII, Edmon y Jules de Goncourt

[L’Art dy XVIII siécle] Obra crítica de los hermanos Edmond (1822-1896) y Jules (1830-1870) de Goncourt, publicada desde el año 1859 al 1865 y, con posteriores adiciones y refundiciones, en 1874 y en 1881-1882. En el estudio de una sociedad tan aparetemente fría e intelectual y sin embargo, en la intimidad, tan agitada por estremecimientos e ideales de vida, ambos autores consideran la im­portancia documental y poética del arte fi­gurativo del siglo: particularmente en la pintura, en el grabado y en el dibujo se en­cuentra la suavidad huidiza y encantadora que revela todo el anhelo de la época, aun­que sea entre contrastes y luchas espiritua­les.

El abandono a la voluptuosidad, la ne­gación de inútiles opiniones morales, y el deseo de amores y aventuras se encuentran reflejados en retratos, escenas y decoracio­nes: es toda una embriaguez de vivir que ya se entrega a la galantería más exquisita, o encuentra desahogo en la lucha contra todos los obstáculos y trasciende en el ma­rasmo de la Revolución las mismas premi­sas de una completa valorización de la nue­va burguesía. Esta actitud crítica, en la consideración de una libertad espiritual que rompiendo todos los ligámenes preparaba la sociedad moderna y la busca de la ver­dad bajo todos sus aspectos, no impide a los Goncourt extenderse felizmente en el exa­men de los motivos de arte, en el estudio de pintura tan exquisita. En un mundo compuesto en forma tan variada, entre arcadismos y chismes de Corte, voluptuosida­des y sentidos de rebelión, encuentran su lugar de creadores inimitables y geniales artistas, desde Watteau («el gran poeta del siglo» que incluso con el amaneramiento creaba gracia) hasta Chardin (que llegó a ser un verdadero iniciador), o Boucher, el típico representante del gusto contemporá­neo, pues «lo gracioso es el alma del tiem­po y su genio».

Del mismo modo Greuze expresa junto al libertinaje una necesidad de idilio y de sentimiento que es caracte­rística, y Fragonard con su poder represen­tativo y su exaltación de la vida demuestra ser el Cherubino de la pintura erótica. Otros ensayos están dedicados en la obra, siempre con riqueza de información, a La Tour, a los Saint-Aubin, a Gravelot y a Cochin, a Eisen, a Moreau, a Debucourt y a Prudhon. Se advierte que los críticos, aun afirmando la exquisita y nueva sensibilidad de los artistas examinados, con comentarios llenos de buen gusto, consideran su crea­ción en el cuadro social de la época: la in­terpretación psicológica, aun frenada por un goce de la belleza que se pudiera lla­mar también decadente y amanerada, llega a ser motivo de narración que se adhiere a las monografías dedicadas a la sociedad francesa del XVIII. En este examen com­plejo del arte del XVIII cuenta sobre todo la exigencia de valorar por primera vez lo que Francia descuidaba perniciosamente y de añadir a los mejores artistas los verda­deros maestros, destructores de una tradi­ción académica y dignos de conducir la busca de la verdad de las últimas genera­ciones. Significativas son las primeras pá­ginas del ensayo sobre Chardin, donde re­prochan a Francia haber negado lo mejor de su grandeza pictórica, y con la afirma­ción de que Fragonard ha sido, junto con Watteau, el único artista vivo y creador del siglo.

C. Cordié

Apuntaciones Críticas sobre el Lenguaje Bogotano, Rufino José Cuervo

De Rufino José Cuervo, publicada en 1872 e incluida en la edición de sus Obras (I, Bogotá, 1954). Lue­go del prólogo y unas nociones previas, el libro trae los siguientes capítulos: acentua­ción, vocales concurrentes, número, género, diptongación de los derivados, conjugación, pronombres y artículos, usos incorrectos de algunos verbos y partículas, acepciones nue­vas, voces nuevas (evolución fonética), voces nuevas (acción psicológica), voces nuevas (por apropiación o accesión). Sen­cillamente, con criterio a la vez purista y científico, sin técnica fonética, un poco en desorden la materia y no siempre con ri­gor sistemático se estudian temas de pro­nunciación, gramática, lexicografía y se­mántica referidas en primer término a Bo­gotá y luego al español de toda América y España, así como a la lengua clásica y pre­clásica. Con las Apuntaciones, se inició el estudio de la dialectología hispánica. Por la explicación histórica y la valoración cul­tural de los hechos — entre otros aspec­tos— es todavía obra de consulta necesaria y útil a filólogos y aficionados. Este libro ha influido mucho en el bien hablar de los colombianos e hispanoamericanos en ge­neral.

L. Florez

Aproximaciones, Charles du Bos

[Aproximations], Re­copilación de ensayos del crítico francés Charles du Bos (1883-1939) publicada en siete volúmenes entre 1922 y 1937. Es bas­tante importante como documento de una crítica que en los últimos años ha sido to­mada como ejemplo por los grupos de van­guardia italianos y franceses. Basándose en una concepción «integral» del hombre se­gún una actitud religiosa, Du Bos afirma que quiere aproximarse a los grandes auto­res, con la intención de revivir en sí su ex­periencia de hombres y de creadores y para revelar mejor su secreto mensaje. La labor de la crítica ha de ser el describir y no el valorar: porque al querer dar un juicio definitivo, a menudo se deja arrastrar por la polémica y no entra en los motivos más profundos de una sinceridad literaria. Du Bos examina la obra de arte como simbó­lico mensaje de verdad: en el ritmo de un verso y en la lucidez de una página todo se transforma en belleza. Precisamente por eso son «aproximaciones»; el crítico quiere aproximarse a sus autores, para un juicio explícito que en el «plano de la calidad pura» persiste en creer el más eficaz. Hay que alcanzar la verdad en la infinita varie­dad de los documentos literarios: cada autor aporta una iluminación en el misterio de la vida y el crítico debe analizar con sutileza y comprensión cuánto de sincero encierra en sí el testimonio humano de otra alma. La actitud, que, contra todo esteticismo fá­cil, ha conducido a Du Bos a una fuerte adhesión al catolicismo, aparece en su bús­queda ideológica: sobre todo en la exigen­cia de una meditación íntimamente sufrida.

Por eso muchas veces en lugar de alcan­zar la claridad de un análisis o de un jui­cio, el crítico se deja sumergir por ano­taciones sutiles, más dignas de un diario íntimo que de un ensayo literario. Entre los más notables hay que citar los ensayos sobre Proust, sobre Flaubert y sobre Baudelaire (tomo I, 1922), sobre Rojo y Ne­gro (v.) de Stendhal y sobre Lytton Strachey (t. II, 1927), sobre Mérimée, ya apa­recido en 1920, y Joseph de Maistre (t. III, 1929), sobre Pater, Hardy y Hofmannsthal (t. IV, 1930), sobre Baudelaire, sobre Ernst Robert Curtius y en especial sobre Goethe (t. V, 1932), sobre Goethe otra vez. Constant y Claudel (t. VI, 1934). En los últimos vo­lúmenes se advierte una complejidad cada vez mayor: si el primero contenía ensayos distintamente dispuestos según el orden cronológico, sólo a partir del IV se advier­te una verdadera busca de unidad y de sistematización. Una tendencia orgánica a fundir los pensamientos que surgen con la lectura de un texto, entrando en la intimi­dad de los problemas artísticos, se hace sentir más cada vez: esto pertenece al me­jor Du Bos, sustancialmente meditativo, en quien la misma exigencia armónica de una poesía pura, en lugar de llevar al hermetis­mo como en los primeros trabajos, se co­lorea con una vida más compleja, aunque con más tendencia ideológica.

C. Cordié