La Cítara de los Santos, Jiri Tranovsky

[Cithara sanctorum]. Es la primera colección de can­tos religiosos protestantes, compilada por Jiri Tranovsky (1591-1637), publicada en Eslovaquia en 1636. La obra comprende 400 cantos: una parte es traducción de himnos latinos y alemanes de tiempos de la Re­forma; la otra cantos originales del autor. Todos están escritos en antigua lengua po­pular. Las expresiones son sencillas, el es­tilo facilísimo, y se repite el eterno motivo del Pecador y de su triste fin. Como fáciles relatos, se añaden también los demás can­tos qué evocan historias de la Biblia y he­chos contemporáneos. Hay luego cantos oca­sionales para las distintas fiestas del año eclesiástico, cantos litúrgicos, cantos para el bautismo, para las bodas, para funerales, etcétera. Y así como el año tiene fiestas tristes y alegres, también los cantos pasan del tono alegre al triste, aun tendiendo to­dos ellos a la edificación moral y religiosa del lector. Las ediciones de la Cithara sanc­torum se multiplicaron y en la primera mi­tad del siglo XVII era la obra religiosa más importante de Eslovaquia, de modo que ins­piró a muchos poetas contemporáneos, en­tre ellos a Kollár; y ejerció también no poca influencia en la formación de una poe­sía religiosa católica en Eslovaquia.

E. Pronosilová

De las Cinco Plagas de la Santa Iglesia, Antonio Rosmini

[Delle cinque piaghe delia santa Chiesa]. Obra de Antonio Rosmini (1797- 1855), publicada en 1848. El autor se propo­ne sacar a luz las causas de la decadencia de la Iglesia, estudiando los múltiples fenó­menos históricos que la han provocado. La primera causa es el progresivo alejamiento espiritual del pueblo y el clero. La predica­ción evangélica de los apóstoles llevaba en sí una misión ético social bien determi­nada: apoyar a la humanidad contra la de­cadencia del espíritu y de la carne, mediante la predicación de la Santa Verdad, mediante el ejemplo y la obra virtuosa del apostola­do. Pero ya en los comienzos de la Edad Moderna, el sacerdocio comenzó a ser un patriciado con intereses propios, con len­guaje y leyes particulares, y así el pueblo lo entendió de modo cada vez más parcial e indirecto. La segunda plaga es la insu­ficiente instrucción del propio clero. La pre­dicación y la liturgia de los primeros siglos de la Era cristiana, hecha por los Santos y por los Apóstoles, creaba verdaderos sacer­dotes; los clérigos de la Edad Moderna, no poseen ya la ciencia sacerdotal; los obispos, ocupados con las trabas temporales, han aca­bado olvidándose de la cura de almas; los textos sagrados, se han ido sustituyendo por catecismos y compendios para la ins­trucción del pueblo. Las invasiones bárbaras, tercera plaga, al introducir nuevas costum­bres bélicas y profanas, dieron el primer gol­pe a la armoniosa unión del Episcopado. La correspondencia epistolar entre los obispos, la subordinación al Metropolitano que pre­sidía a los ordinarios de cada diócesis fue­ron muriendo lentamente.

Pasado el siglo sexto, comenzó un verdadero período de degeneración del cuerpo episcopal, culmi­nando con el cisma de Oriente y de Occi­dente, en el que los varios obispos se con­virtieron en ministros nacionales. Y los príncipes violentaron la pureza de la Igle­sia con su despotismo tiránico. Si el Con­cilio de Trento marca en el curso de la his­toria una tentativa de resurrección de la Iglesia, la funesta lucha entre el Papado y el poder civil continúa cruenta durante si­glos. La cuarta plaga es el abandono del nombramiento de los obispos al poder civil. Ya en el siglo VI no sirvió para las eleccio­nes episcopales el dicho antiguo «Sea el cla­ro juez, el pueblo consejero»; la lucha por las investiduras marcó la violencia del po­der temporal sobre la Iglesia; la rebelión del Papado contra los abusos y las amenazas de los emperadores, fueron una desesperada lucha del espíritu contra la materia. En fin, la última plaga es la servidumbre de los bienes eclesiásticos: desde el tiempo de Clodoveo se originó la simonía, al atribuir al poder laico la distribución de las dignida­des pontificales; la afluencia de riquezas, encadenando a la Iglesia al carro del poder laico, la hizo esclava. Cuanto más se avanza en la época medieval, tanto más vemos sus­tituir la unidad de la comunidad eclesiás­tica por la tendencia individual y disipa­dora de los obispos feudatarios. Los bienes eclesiásticos, que según el apostolado de la pobreza, debían tener como fin el puro sos­tenimiento del cuerpo eclesiástico, la cons­trucción de edificios religiosos, el sosteni­miento del culto, sirvieron para satisfacer los intereses temporales. Rosmini concluye su análisis con una afirmación de fe: el con­flicto entre las potencias espiritual y laica no será perenne; la resolución tendrá lugar cuando la potestad temporal arroje de sí la idea de la «individualidad», reliquia del barbarismo violento, del feudalismo, y se reedifique sobre la idea propia de la Igle­sia — que no puede perecer — la idea de la unidad orgánica y cristiana de los hombres.

O. Abate

La Cierva y la Pantera, John Dryden

[The Hind and the Panther]. Poema en tres partes de John Dryden (1631-1700), publicado en 1678. Dryden, que se había convertido al catoli­cismo en 1685, representa a la Iglesia Cató­lica bajo la alegoría de la inmaculada cier­va blanca, y la Iglesia Anglicana bajo la de la pantera, hermosa pero con la piel manchada, mientras los protestantes disi­dentes (los «dissenters», como los puritanos, los presbiterianos, etc.) están representados en semblanzas de grotescos animales salva­jes. Poema argumental y teológico, es me­morable por la maestría del verso.

M. Praz

Las Ciento Diez Consideraciones Divinas, Juan de Valdés

Le cento e dieci divine considerazioni]. Obra de Juan de Valdés (1490 ó 1500-1541), traducida de un texto espa­ñol perdido, constituida por una serie de breves consideraciones sueltas sobre la fe y la vida cristiana, en las que se reflejan los coloquios familiares de Valdés con sus amigos y discípulos. Es la más completa expresión de la espiritualidad de Valdés. Característica es la acentuación de la inte­rioridad de la vida moral y religiosa, y en esto Valdés es simplemente un discípulo de Erasmo de Rotterdam (v. Enquiridión). Pero la tranquila racionalidad de la fe erasmista está aquí profundizada en la medi­tación de San Pablo y de San Agustín, y no ciertamente en la de Lutero. En efecto, la idea de la «justificación por la fe» se en­tiende escolásticamente en cuanto es fe in­formada por la caridad (fides formata caritate) y tiene una importancia fundamental en la piedad valdesiana, en la cual, por eso, asume un aspecto original. Mientras para Lutero la fe es esencialmente la aceptación pasiva de la «justicia» de Cristo, Valdés considera sobre todo la fe en su naturaleza de íntima energía renovadora del alma y en sus frutos de caridad y obediencia.

Valdés insiste en su idea del «perdón general» de Dios, en quien el fiel debe depositar una confianza ilimitada. No menos importante para Valdés es la doctrina del Espíritu Santo, a la cual conduce la misma idea de la fe como energía interior y el mismo y más profundo conocimiento de Dios. En esta concepción de la religiosidad como «expe­riencia», que es el «pati divina» de los es­colásticos, y de la fe como activa energía espiritual, de la caridad como centro de la vida moral, de la ética como interioridad y entusiasmo controlada por una siempre des­pierta y severa autocrítica, reside la razón de la influencia de Valdés en los espíritus de la Reforma italiana. [Existe una antigua tra­ducción castellana anónima procedente de la versión italiana, hecha con poco esmero por algún protestante’ español hacia 1558 e impresa por vez primera por Usoz en la colección Reformistas Antiguos Españoles, tomo XVI (Madrid, 1862). Revisada por Usoz esta versión fue impresa nuevamente en el tomo XVII de la misma colección en 1863].

G. Miegge

Ciencia y Salud, Mary Baker Eddy

[Science and Health]. Obra de la norteamericana Mary Baker Eddy (1821-1910), publicada en 1875. Con la Bi­blia (v.), es el texto sagrado de los afilia­dos a la «Christian Science», asociación re­ligiosa fundada por Eddy. Se niega en ella la realidad objetiva de la materia y del mal. El mal, tanto espiritual como físico, no es más que una ilusión de la mente y en la mente ha de ser curado, como lo hacía Jesucristo. Prescindiendo de medicinas y de todo sistema terapéutico empírico, hay que curar el mal en el espíritu, ya que nada hay en el hombre de material. El estilo de la obra, redundante e incorrecto en la pri­mera edición, ganó en sobriedad y correc­ción en las posteriores, aunque mantenien­do su característico tono inspirado y profético. La influencia de las ideas de Eddy fué muy grande; 1.500 comunidades de afi­liados atestiguan su difusión, y las curacio­nes alcanzadas según el sistema psicomístico de los adeptos de la «Christian Science» fue­ron estudiadas seriamente por sabios de re­nombre.

C. Izzo

…la más audaz, masculina y enérgica mu­jer que ha aparecido en el mundo desde hace siglos. (Twain)