La Franciscana, Giacomo Oddi

[La Franceschina]. Esta obra, conocida también con el título Espejo del orden, es una composición hagiográfica que corresponde al ciclo de leyen­das franciscanas. Es, sin embargo, posterior a otras leyendas, porque fue escrita en el siglo XV por el fraile menor Giacomo Oddi (m. 1488), de Perugia, en dialecto umbrío vulgar. El autor toma su material de las fuentes históricas anteriores, particularmen­te de la Chronica XXIV Generalium, de la Chronica V Tribulationum de Angelo Clareno, y del De Conformitate de Bartolomeo de Pisa, y escribe con fines educativos me­diante la ilustración simplificada de las vir­tudes franciscanas. La Franciscana comien­za con un discurso sobre las virtudes de San Francisco, y de los demás bienaventu­rados de la orden de frailes menores; y termina con dos capítulos, en los que se describen los premios que esperan a los frailes buenos y el castigo a los frailes ma­los. Impregnada de la misma suavidad, del mismo ingenuo candor común a todas las leyendas franciscanas, esta obra tiene tam­bién importancia filológica, para el estudio del dialecto umbrío en el siglo XV. Tuvo mucha difusión y fue la fuente utilizada por muchos historiadores franciscanos, si bien históricamente su valor es casi nulo. Fue íntegramente publicada por el padre Nicola Cavahna, O. F. M. (Florencia, 1931), con grabados que proporcionan un amplio ejemplo de la iconografía franciscana.

P. P. Addoli

La Fragua de Oro, Konrad von Würzburg

[Die goldene Schmiede]. Poema lírico-encomiástico en altoalemán medio, de Konrad von Würzburg (1220/30-1287), en honor de la Virgen Ma­ría. El poeta se representa a sí mismo como un orfebre que en la fragua de su corazón quiere fabricar un adorno de oro y de pie­dras preciosas para la Reina de los Cielos, a la que eleva expresiones de amor y de embeleso, e imágenes rebosantes de pathos sentimental. Toda la obra no es más que un himno a María desarrollado en el estilo habitual de la poesía mariana de la Edad Media.

M. Pensa

Una Fortaleza Firme es Nuestro Dios, Martín Lutero

[Eine feste Burg ist unser Gott]. Himno evangélico de Martín Lutero (1483- 1546), impreso por vez primera en la co­lección Himnos de Wittemberg en 1529. Es una refundición del Salmo 46. Escrito cuando los turcos, invadida ya Austria, estaban junto a las murallas de Viena, el himno se resiente de todos aquellos años tan llenos de acontecimientos trágicos para la nación y para Lutero en particular; luchas intesti­nas y amenazas externas; enfermedades y trastornos espirituales. «Es una firme forta­leza nuestro Dios; nuestra mejor armadura y espada. Él nos libertará de todas las an­gustias que nos oprimen. El viejo y terrible enemigo hoy nos amenaza. Un gran poder y una gran astucia son sus crueles armas. Nadie en el mundo puede hacerle frente. Aunque el mundo entero estuviese lleno de demonios y quisiese tragarnos, nosotros no por esto temeríamos…; Somos nosotros los que venceremos… Tan vana es nuestra fuerza que henos ahí perdidos.

Pero por nosotros combate el hombre que el mismo Dios ha escogido. ¿Preguntas quién es? Es Jesucristo, el Señor de los angélicos escua­drones (Sabaoth). No hay más Dios que Él. Es Él el que nos traerá la victoria. Que maten nuestros cuerpos, que nos arrebaten nuestros bienes, las hijas, las esposas; in­cluso dejad que todo se vaya; de nada de esto gozarán. Al fin de todo el Reino será nuestro». Más rico en sentido dramático que en íntima espiritualidad, y adecuado para un pueblo de fe aún medieval, el himno fue concebido como himno popular y como tal ha quedado: como himno, sobre todo, de crisis nacionales, como el himno inglés Dios salve al Rey, más antiguo y con el cual tiene alguna analogía. La autoridad de su compositor, la amplitud de concepción que lo adapta a pueblos y circunstancias diversas, su armazón simbólica y mística, le predestinaron para ser, letra y melodía, el himno protestante de todas las Iglesias y denominaciones, especialmente en la hora de las grandes decisiones, de los grandes sufrimientos públicos y de las grandes ca­lamidades nacionales.

G. Pioli

Las Florecillas de San Francisco, Ugolino da Montegiorgio

[I fioretti di San Francesco]. Traduc­ción en lengua vulgar toscana de los Actus beati Francisci et sociorum eius derivados de un perdido texto primitivo en latín del fraile Ugolino da Montegiorgio, debida tal vez a algún fraile anónimo. Es «el libro más amable y querido» del Medievo fran­ciscano. Florecillas, es decir, antología de los hechos y los milagros del glorioso en humildad, Francisco de Asís, y de sus com­pañeros: pequeñas florecillas de un dila­tado florecimiento. La intención y la satis­facción del escritor es mostrar que San Francisco, «en todos los actos de su vida, fue conforme a Cristo», y que los compa­ñeros, «profesores de la altísima pobreza», eran como nuevos Apóstoles: «parecían y eran hombres crucificados, lo mismo por el hábito como por su vida austera y por sus actos y obras». Y en verdad que ninguna vida fue tan llena de Cristo ni ninguna obra escrita está informada en mayor grado que las Florecillas, por el espíritu del Evange­lio. En ella alienta de una manera perenne el sentido del milagro, de la santidad, de las principales virtudes franciscanas: la pa­ciencia, la humildad y la alegría, la aceptación voluntaria de las tribulaciones y los escarnios, el conocimiento ilimitado de las profundidades espirituales.

Toda esta dis­posición evangélica se encuentra en las Florecillas; y, a pesar de esto, esas almas celestiales que son los frailes, no viven abs­traídas en una helada práctica de ascetis­mo, sino alegremente, celosos trabajadores en medio de los hombres (de aquí el equi­librio de la moral de las cándidas páginas y su sonrisa italiana). No olvidando el ori­gen mundano de los «Poverelli», no igno­rando sus turbaciones, e incluso las de su superior, uno los ve reunidos o dispersos por los caminos de la Umbría o de aquella provincia de la Marca de Ancona que «se vio antiguamente, lo mismo que el cielo de estrellas, adornada de santos y de frailes ejemplares». Y uno se siente acorde con aquella serena simplicidad de amados locos, de amorosos juglares, de infantiles, mansos y al mismo tiempo tan altos héroes, en medio de aquel paisaje, entre las cosas reales que van siendo nombradas a su al­rededor, con una inocencia conmovedora, en la cual hay como un eco del Cántico de las creaturas (v.): «la mesa de piedra tan hermosa», la «fuente tan clara», «la hermosa y ancha piedra», las hermanas tórtolas, el hermano lobo.

Estos frailes tienen movi­mientos, tendencias, deseos que no se di­ferencian mucho unos de otros, y, no obs­tante, no se confunden sus figuras, gracias a aquellas sobrias pinceladas de verdad con las cuales el escritor se manifiesta: fray Masseo, «hermoso, y grande de cuerpo», que «a menudo cuando oraba emitía unos ruidos sordos y uniformes como el zurear de las palomas: ¡Uh! ¡Uh! ¡Uh!»; fray Si­món, que «no había aprendido jamás gra­mática y, a pesar de ello, de una manera tan profunda y elevada hablaba de Dios y del amor de Cristo, que sus palabras pa­recían sobrenaturales»; fray Pacífico, que se dirige hacia la sepultura de fray Hu­milde, «coge sus huesos, los lava con buen vino y luego, envueltos de nuevo en un lienzo blanco, con gran devoción y reve­rencia, los besaba y lloraba», porque los consideraba santos, pues había visto el alma del muerto subir al Cielo; fray Juan de la Vernia, que, niño aún, entra en la orden de San Francisco y «con tan gran suavidad de gracia ardía en amor divino que, no pudiendo permanecer quieto y soportar tanta suavidad, se levantaba y, como embriagado de espíritu, se paseaba por el huerto, o por el bosque, o por la iglesia, según la llama y el ímpetu del espíritu le empujaban». ¿Y quién puede olvidar a fray León, cor­dero de Dios, y su simplicidad de paloma? Compañero de fray Francisco, durante un riguroso invierno de Umbría, él es el silen­cioso oyente de la más hermosa y signifi­cativa de las Florecillas, la de la «perfecta alegría».

Pero numerosos son los ejemplos vivos y sugestivos de este libro, ni monó­tono ni privado realmente de sentido dra­mático: el de la predicación a los pájaros, el de la refección junto a la hermosa fuen­te, el del lobo de Gubbio, de la mesa de Santa Clara y San Francisco y Santa María de los Ángeles, del silencioso abrazo de San Luis a fray Edigio, del frailecito puro e ino­cente que quería ver de noche a San Fran­cisco y conocer su santidad, y desfalleció ante la aparición de Cristo con su Corte, y el Santo «se lo llevó en sus brazos y lo volvió a poner en su cama del mismo modo que el buen pastor hizo con su oveja»; y finalmente el del joven fraile que, tentado, quiere volver al mundo, y fray Simón le hace sentar a su lado y le habla de Dios, y entonces «el joven fraile inclina la ca­beza a causa de la melancolía y la triste­za». Las Florecillas (53 en total) no hay que olvidar que son un libro de devoción, y cada ejemplo termina con un «Alabado sea Cristo. Amén»; pero todo aquel mundo de cosas puras, aquel sentimiento de pre­dilección cristiana por las ovejas perdidas, aquella sabiduría esencial, tienen bastante a menudo la gracia de estar impregnadas de poesía, una poesía que posee, como se ha dicho muy bien, la gracia de los cuen­tos de hadas. Históricamente no son un documento válido y no obstante ningún otro testimonio nos puede dar idea con tan extraordinaria plenitud de aquel milagro único de la aparición del franciscanismo.

F. Pastonchi

Lo Fingido Verdadero, Lope de Vega

Obra dra­mática en tres actos del gran poeta y dra­maturgo español Lope de Vega (1562-1635), publicada en la Parte XVI… de sus come­dias con dedicatoria a Tirso de Molina, y que aparece citada en la segunda lista de El peregrino en su patria con el título El mejor representante. Pertenece al género de «comedias de santos» y es una dramatización del martirio de San Ginés, según se cuenta en Flos Sanctorum del P. Rivadeneira (Día 25 de agosto: La vida de San Ginés representante, mártir): un farsante o mimo del tiempo del emperador Diocleciano, para dar gusto al emperador y al pueblo romano, decide iniciarse en los mis­terios del Cristianismo con el fin de representarlos públicamente. Así lo hace y llega a representar la ceremonia de admi­nistración del sacramento del bautismo, pero en aquel mismo momento Dios le alumbra con su gracia, y el comediante se dirige al pueblo y al emperador comunicándoles que todo aquello ha decidido hacerlo «verdaderamente». Por orden del em­perador fue martirizado el 15 de agosto del año 303. El motivo del comediante que se convierte representando con intención sacrílega los misterios del Cristianismo com­parece por dos veces en el Martirologio Ro­mano, y se encuentra también en San Agus­tín.

La fuente del P. Rivadeneira la cons­tituye seguramente la Passio Sancti Genessi. El mismo tema fue tratado años más tarde por el dramaturgo francés Rotrou en Saint Genest Comédien paient représentant le mystère d’Adrien, obra que influyó en el Polyeucte de Corneille. Menéndez Pelayo, en sus Estudios sobre el teatro de Lope de Vega, ha demostrado con sobrados argumen­tos que la obra de Rotrou no es más que una imitación de la de Lope. En el pri­mer acto Lope sitúa la acción en el campamento de Numeriano en Asia y en la corte de Roma; en él aparecen los episo­dios de Diocleciano, soldado aún, y la la­bradora Marcela, la conspiración de Aper, la venganza de Diocleciano, etc. (Lope sigue fielmente, en estos puntos, la Historia Imperial y Cesárea de Pedro de Mexía). En el segundo acto encontramos a Ginés ante Diocleciano, representado extendiéndose en disquisiciones acerca del arte declamatoria, etcétera; los episodios y escenas de amor entre Ginés y Marcela, llenan completa­mente este segundo acto. El tercer acto presenta el bautismo de Ginés en las ta­blas, su conversión y martirio.

*   El tema del representante convertido y la obra de Lope dieron lugar a otras dos obras en la literatura española: El mejor representante, San Ginés, obra de don Je­rónimo de Cáncer, don Pedro Rósete Niño y don Antonio Martínez, publicada en Ma­drid en 1688 en Parte XXIX de Comedias Varias, e Ingenio y Representante, San Gi­nés y San Claudio, de don Francisco An­tonio de Ripoll y Fernández de Urueña («un obscuro poetastro», al decir de Menéndez Pelayo), impresa y representada en Madrid, en 1741.