El Ángel Sellado, Nikolaj Semenovic Leskov

[Zapecatlennyj ángel]. Relato del escritor ruso Nikolaj Semenovic Leskov (1831-1895), publicado en 1874. Aprovechando sus conocidos estu­dios sobre el «raskol» (cisma) y en general sobre las sectas rusas, Leskov representa los ambientes de los «raskólnikos» llamados «viejos creyentes» cristianos que, separados de la corrupción del clero, se reunían en comunidad para adorar iconos de gran va­lor conservados y transmitidos de padres a hijos en el ámbito de la secta. Debido a las fracasadas intrigas de un «raskolnik», las imágenes de una comunidad son incau­tadas, y a un ángel, pintura de raro valor y tenida en gran honor por los sectarios, un funcionario le pone un sello sobre la cara. Los viejos creyentes que trabajan en la construcción de un puente, ayudados por un ingeniero inglés que dirige su trabajo y se compadece de ellos, hacen todo lo po­sible para recobrar su ángel sellado y al fin lo consiguen, debido a que el arzobis­po ortodoxo les perdona y les exhorta a entrar en la gran comunidad de la Iglesia. Y el significado moral del relato, llevado con gran sentido de la invención y de los caracteres, reside en mostrar que para com­batir a los viejos creyentes y atraerlos al seno de la Iglesia el único medio eficaz era mejorar las costumbres del clero. En mitad de la narración, un «raskolnik» encuentra un ermitaño ortodoxo verdaderamente sabio y piadoso y exclama: «¡Oh, Señor!, si en el seno de la Iglesia hay dos hombres más de este tipo, estamos perdidos porque éste está verdaderamente lleno de amor». Se le reconoce a Leskov el mérito de haber ilu­minado a todo Europa sobre las costumbres religiosas de la Rusia de su época y de ha­ber contribuido no poco, con su obra, al conocimiento de la mentalidad y de las costumbres de su pueblo. Trad. italiana de Etore Lo Gatto (Roma, 1925) y de Bruno del Re (Milán, 1946).

G. Kraisky

El Anclado, Epifanio

Escrito dogmático de Epifanio (siglo IV d. de C.), obispo de Constancia, la anti­gua Salamina de Chipre, desde 367 al 403, autor de otra obra de análogo contenido, el Panarión (v.). Compuesto, como sabemos por dos cartas del mismo Epifanio, a peti­ción de un sacerdote de Suedra, ciudad de Panfilia, El anclado o «áncora de salvación para la verdadera fe», contiene una expo­sición de la doctrina cristiana basada en la interpretación literal de la Sagrada Es­critura dirigida a precaver a los fieles con­tra los peligros de las herejías, sobre todo de las doctrinas de Arrio y de Orígenes. En la segunda parte, después de una enume­ración de las principales herejías —ochen­ta en conjunto —, repetida y desarrollada en el Panarión, el autor examina y discute los textos sobre los cuales se basan los heré­ticos, atacando no sólo en particular a Arrio y Orígenes, sino a las doctrinas griegas, a los maniqueos y los lucianistas, e insistien­do a su vez en las doctrinas de la Trinidad y de la Encarnación. La discusión tal vez interrumpida y avivada por comparaciones sacadas de la vida real, no está desarrollada con orden, y revela en el autor más ímpetu de sentimiento que profundidad de pensa­miento. La obra se cierra con dos «símbo­los» o profesiones de fe, el primero de los cuales, ya difundido antes de Epifanio, fue adoptado después casi íntegramente por el concilio de Constantinopla en 381, y se ha convertido en el «símbolo» generalmente aceptado en Oriente; el otro fue compuesto por Epifanio. La lengua de la obra, aun­que el autor intente atenerse a las leyes de la retórica, abunda en elementos popu­lares y se acerca a la lengua común de la época. Esta obra obtuvo gran difusión en­tre los contemporáneos.

C. Schick

An Anum

Escrito babilónico-asirio que contiene la más perfecta organización co­nocida del denso panteón babilónico. En su forma actual, la lista de los dioses, agru­pados en familias junto con sus sirvientes y dependientes de diversa naturaleza, fue redactado probablemente apenas en el pe­ríodo medio-babilónico; pero en algunas de sus partes remontan a listas sumerias. Esta serie, abrazaba sin duda diez tablas, de las cuales sólo las seis primeras contenían los nombres de los reyes. Las restantes esta­ban formadas por vocabularios, catálogos de vestidos para las divinidades, de obje­tos sagrados, etc. La copia asiría hallada en la biblioteca de Asurbanipal remonta a un original babilónico. El panteón está divi­dido en ocho grupos de dioses a la cabeza de los cuales figuran Anu, Enlil, Bélit-ílé, Ea, Sin, Istar, Nimurta y Nergal, describiéndose minuciosamente la familia de cada uno de ellos. Así se detallan los antepasa­dos de Enlil o los hechos anteriores, los nombres de ellos, de sus esposas, de los dioses de sus templos (custodios, dirigentes, etc.) con sus mujeres, sus servidores y mi­nistros (almirante, portador del trono, Sumo Sacerdote, portador de la espada), los ca­breros, el portero, los guardianes. Esta obra no se refiere al panteón asirio. En efecto, no se hallan nunca los nombres de Asur y de Istar, de Nínive o de Arbela.

G. Furlani

La Analogía de la Religión, Natural y Revelada, con la Constitución y el Curso de la Naturaleza, Joseph Butler

[The Analogy of Religión, Natural and Revealed, to the Constitution and Course of Nature]. Es la obra más famosa de la lite­ratura teológica inglesa, leída hoy todavía por millares de devotos en todo el mundo anglo-sajón. Es su autor el piadoso obispo Joseph Butler (1692-1752), el cual la publi­có en 1736, después de casi diez años de trabajo. El libro está dirigido contra los deístas ingleses, y entre éstos principalmen­te contra lord Shaftesbury y Bolingbroke. Butler comienza por demostrar que en la naturaleza no hay nada que deponga contra los principios de la religión, y en particu­lar contra una continuación de la vida pre­sente en un mundo ultraterreno. Es más, el paso en la naturaleza desde el mundo ma­terial al mundo espiritual, nos conduce, por analogía, a concebir un paso ulterior, y sugiere así la posibilidad de una ulte­rior vida espiritual. Dígase lo mismo de nuestra conducta moral terrena: se funda sobre la distinción entre actos buenos y actos malos y sobre las recompensas y los castigos que reciben. Pero así como la par­tida de las recompensas y los castigos no aparece nunca completamente saldada en este mundo, por analogía se debe pensar, que toda nuestra conducta, como sucede aquí con acciones particulares, se había de presentar para un saldo definitivo en otra existencia. Así, la vida del joven, entendi­da como educación para una edad madura, ofrece una analogía de esta vida terrena como preparación a una vida futura.

En la segunda parte del libro, el autor instituye una verdadera «crítica», en sentido kantia­no, de la revelación, examinando sus posi­bilidades, en atendibilidad, su presunto ca­rácter milagroso y, en fin, las diversas exégesis. Después de lo cual desarrolla el tema más típico de la Analogía. Los deístas, dice Butler, desprecian la revelación, sostenien­do que en algunos puntos la Biblia impone al hombre una conducta contraria a las leyes de la Naturaleza y además atribuyen a Dios acciones absolutamente indignas de la Divinidad, porque están animadas por intenciones malvadas o de carácter degra­dante. Y aun concediendo lo que afirman los deístas, éstos, sin embargo, no han ad­vertido que, al querer seguir sus propios métodos de crítica, las mismas e idénticas dificultades que se encuentran en la inter­pretación de Dios y del hombre según la revelación, se encuentran al examinar la estructura del universo, por ser Dios el autor de ambas. Y como sólo interpretando la estructura del universo construye el deísta su religión, los mismos inconvenien­tes que pesan sobre la religión revelada, pesan sobre la natural. El deísta por lo tan­to, en rigor, o abandona toda religión, y cae en el ateísmo, o no debe hacer la me­nor objeción contra la religión revelada. El argumento parece peligroso por la alterna­tiva que abre hacia el ateísmo; pero consi­derando la época y la naturaleza de sus adversarios, Butler estaba convencido de que ese peligro no era grave, mientras, en cambio, era muy probable que, bajo la fuerza de los argumentos, muchos se ve­rían obligados a reingresar en el seno del anglicanismo, y en efecto, así lo hicieron algunos. En general, en este libro el pen­samiento es mejor que la forma. El prime­ro es siempre lógico, viril y rico en persuasión. La forma en cambio es descuida­da, desaliñada, y aun a veces de expre­sión poco clara.

A. Dell’Oro

Anales Eclesiásticos, Cesare Baronio

[Annales ecclesiastici]. Poderosa obra que el «padre de la historia eclesiástica» Cesare Baronio, en latín Baronius (1538-1607), concibió en opo­sición a las protestantes Centurias de Magdeburgo (v.) (1588-1607); solemne testi­monio de la vitalidad de la iglesia católica en polémica contra el luteranismo. Baronio, después de haber entrado en la Congrega­ción del Oratorio, que San Felipe Neri ha­bía establecido en Santa María della Valli- cella, recibió varias veces el encargo de narrar al pueblo las vicisitudes seculares de la Iglesia, y de aquí nació la idea de la obra insigne a que se dedicó fielmente has­ta su muerte. Había puesto manos a la obra después de veinte años de estudios severos, y entre 1588 y 1607 la dio a la imprenta en doce gruesos volúmenes en folio. Con or­den admirable y poderosa síntesis, la narra­ción abraza las vicisitudes de la Iglesia desde los orígenes del Cristianismo hasta los comienzos del Pontificado de Inocen­cio III (1198); desde sus humildes orígenes hasta su apogeo. A pesar de los centenares de errores de hecho, que sus mismos con­temporáneos señalaron en la obra, su éxito fue inmenso y es atestiguado todavía por sus veintiuna reimpresiones y las muchas reducciones, compendios y traducciones que de ella se hicieron a las lenguas alemana, polaca, francesa e incluso árabe. La crítica moderna, más que insistir en los errores, reconoce que el uso no siempre correcto de las fuentes y, mucho más, el carácter vo­luntariamente apologético y polémico, per­judican al valor de la obra; la cual, por otra parte, queda para siempre como pre­ciosa ayuda para la formación del clero, precisamente por este carácter apologético. Tuvo también insignes continuadores: el polaco Browski (Brovius), que reanudó la narración empezando en el año 1198 y llevándola hasta 1572, y la enriqueció así con otros doce volúmenes: le siguieron el ita­liano Odorico Raynaldi (1595-1671), que pu­do aprovecharse de las papeletas que dejó Baronio, y de los documentos del Archi­vo Vaticano, y los franceses De Sponde y Theiner. Entre 1860-87 apareció en Bar-le- Duc, la edición a cargo de Agustín Theiner.

G. Franceschini