Ritmo de Ludovico

[Rhytmus de Ludovico Il Imperatore]. Incompleto ritmo latino abecedario (las letras iniciales de cada terceto se suceden en orden alfabético) de ignoto y tosco versificador, del siglo IX.

El rey de Italia y emperador, Ludovico II, que había acudido diversas veces a la Italia meridional para combatir a los sarracenos, debido a su potencia se ganó la enemistad de los príncipes longobardos y de las ciu­dades de Campania. El 13 de agosto de 871, atacado en su palacio de Benevento, se en­trega al duque Adelchi y ha de soportar un mes de encarcelamiento. «Audite omnes fines terrae errore cum tristitia / quale scelus fuit factum Benevento civitas: / Lhudevicum comprenderunt sancto pió Augu­sto»; entonces se oye la voz conmovida de uno de los fieles del emperador: para él la captura supone un sacrilegio, Ludovico es un mártir y habla a sus enemigos con pa­labras que son eco del Evangelio; el re­belde que se ha puesto la corona, erigiéndose como rey ante el pueblo («Ecce sumus Imperator: possum vobis regere»), es digno de que el demonio le derribe por tierra, y su pecado será juzgado por Jesucristo.

En el compositor anónimo hay franca y con­vencida veneración por la majestad impe­rial, unida a una ingenua fe religiosa; por tal inspiración encierra cierto calor vital este antiguo ritmo narrativo, que, por otra parte, ignora evidentemente las leyes de la versificación y las estrictas reglas gra­maticales.

F. Antonicelli

Ritual Babilónico y Asirio para la Cobertura del Tímpano Sagrado

Es uno de los más importantes textos rituales de la literatura religiosa babilónica y asiría, abundante en composiciones ritua­les de contenido y carácter bastante di­verso.

El género de los rituales se distingue por el laconismo de la dicción, que en al­gunos puntos se limita a simples apuntes alineados uno tras otro, pero siempre dis­puestos cuidadosamente en cada uno de los renglones y en los fragmentos, separados uno de otro por líneas horizontales. Dichos textos repiten frecuentemente algunas lí­neas o párrafos enteros, porque los escribas, cuando los copiaban, como recurrían a va­rias redacciones antiguas que encontraban en las bibliotecas, introducían variantes de los diversos modelos, de suerte que resulta­ba un texto mixto, que, en los puntos don­de las distintas redacciones no coincidían, daba la totalidad de textos de un mismo fragmento. Generalmente los rituales co­mienzan con la palabra «enuma» que equi­vale a «cuando». En ellos se dan instruccio­nes a los sacerdotes cuando traten de cele­brar una u otra ceremonia.

En el Ritual para la cobertura del tímpano sagrado se lee una meticulosa descripción de todas las ce­remonias que debían seguir los sacerdotes cuando se procedía a cubrir con la piel del buey sagrado un nuevo tímpano, instrumen­to musical muy en uso en Babilonia y Asi­ría durante las ceremonias religiosas, así como para inaugurarlo para el servicio re­ligioso en el templo. Buena parte de los rituales descubiertos fueron escritos duran­te el último período de la cultura babiló­nica, cuando el Valle de los Dos Ríos se hallaba bajo el dominio griego. De este ritual se ocupa Furlani en Riti babilonesi e assiri (Udine, 1940).

G. Furlani

El Ritmo Casinés

Venerable reli­quia de la lengua vulgar italiana, de prin­cipios del siglo XIII (tal vez de fines del XII). Es un ritmo compuesto de una serie indefinida de octosílabos monorrimos, que terminan en un pareado endecasílabo; se denomina casinés porque fue conservado en un único códice de la abadía de Montecassino, y allí, en las inmediaciones de la aba­día, debió de surgir.

El texto es de los más complicados para la  interpretación literal y el comentario; pero, verosímilmente, debe aceptarse, en cuanto a su idea general, que se trata de un monólogo o sermón moralizador destinado, por un autor eclesiástico, a ser recitado por juglares, los cuales se servían, para obtener una mayor compren­sión, de cualquier figura que pudieran mos­trar al público (y ello explica una cierta contracción en algunos puntos del ritmo, que aparece con lagunas y es indudable­mente oscuro, pero ello era posiblemente debido a que la comprensión era comple­tada con imágenes). El autor pretende ilus­trar a cuantos le escuchan sobre los bene­ficios de la vida espiritual, en oposición a la vida material; como también se dice en el Evangelio, aspira a que llamee libremente el pabilo de su candela, para mostrar a los demás el camino. Para explicar su sermón, imagina que un personaje parte de Oriente y otro de Occidente, encontrándose al ama­necer; el primero, el oriental, que es un «magnu vir prudente», observa atentamente al segundo, el occidental, apegado a los go­ces de este mundo, y que interroga al pri­mero sobre la vida ultraterrena. Allí — res­ponde el sabio — no se sienten las necesi­dades materiales y todo cuanto se pide a Dios es concedido. Entonces — exclama el occidental — «sois ángeles del cielo». Y así termina el sermón, bastante enigmático en algunos detalles, pero que no debe suponerse incompleto, como generalmente se ha juzgado.

F. Antonicelli

El Ritmo de los Centinelas de Módena

Es un poema latino en tríme­tros yámbicos, todos terminados en -a (sal­vo en cierto número de versos que se­guramente están interpolados); puede leerse en un códice del archivo de la catedral de Módena y pertenece a fines del si­glo IX. Hay quien lo relaciona con las «albas» y quien lo considera «el más vital de los cantos épicos de este período», mien­tras otros se limitan a no darle otra im­portancia que el de un tema escolástico.

«Oh tú que guardas estas fortalezas, / No te duermas, te aviso, sino vela»; y sigue una exhortación a los jóvenes guardianes noc­turnos, a fin de que vigilen para que los enemigos no vengan con engaño como en otros tiempos los griegos, fraudulentamente, entraron en Troya, y como los galos que casi invadieron Roma. ¿Qué custodian estos centinelas? Las murallas de la ciudad, o al­gún lugar fortificado, sagrado o castrense. ¿Debe relacionarse este canto con la ame­nazadora llegada de los húngaros y el asedio de Módena? No se sabe con precisión, ni se puede decir si estos versos, escritos por un personaje culto, tal vez un clérigo, están dedicados a los soldados vigilantes o bien son puestos en boca de uno de ellos. A Sismondi, esta y otras canciones latinas de la Edad Media le parecen dignas de aten­ción, no tanto por su mérito poético como por «la luz que arrojan sobre la extraña destrucción de toda lengua nacional».

Es cierto que el ritmo de los centinelas modeneses resuena en el silencio de aquella os­cura edad con un elevado acento, mezcla de valor guerrero y de segura fe religiosa, y la evocación del pasado legendario y el aura nocturna que rodea al canto crean una sugestión poética bastante viva para el lector moderno.

F. Antonicelli

Rig Veda

El Veda de las estrofas es el más antiguo monumento de la literatura india que se ha conservado (2000-1500 a. de C.).

En estos himnos, inspirados, original­mente sobre todo, en la vida, no faltan las alusiones a la vida real, a las luchas de los Arya invasores con los pueblos aborígenes de la India, los cantos nupciales y los can­tos fúnebres, como no faltan tampoco cier­tos rasgos satíricos, ni verdaderos cantos filosóficos, y en ellos aparece ya maduro el pensamiento: así, los brahmanes o sacer­dotes, cuando recitan sus plegarias, son comparados a ranas croando en los canales, y el poeta de un himno, canta así: «Hubo un tiempo en que no existía el ser ni el no ser, ni el aire ni el cielo excelso, tam­poco la muerte ni su contrario, ni el día ni la noche; respiraba uno de sí mismo, la oscuridad estaba envuelta por tinieblas so­bre la masa de las aguas, la fuerza del ca­lor produjo la unidad, los sabios se dedicaron a buscar la conexión del ser y el no ser; pero, ¿quién, quién podría decir de dónde nace toda esta creación? Lo sabe Aquel que desde los cielos excelsos lo con­templa todo, ¿o también lo ignora Él aca­so?» (X. 129). Mas estos himnos han llegado hasta nosotros en forma de una colección para usos de sacrificio. Al sacrificio indio asistían cuatro clases de sacerdotes princi­pales. Una era de los «hotr» o invocadores, que invitaban al dios a que asistiera al sa­crificio, y a éstos estaba dedicado el Rig-Veda; otra era de los «udgatr» o cantores, que cantaban himnos durante el sacrificio, y para ellos fue compuesto el Sama-Veda (v.) o Veda de los cantos.

Los «adhvaryu» eran los verdaderos operadores del sacrifi­cio y a ellos estaba destinado el Yajur- Veda (v.) o Veda de las fórmulas propi­ciatorias. El que dirigía las tres clases de sacerdotes en el cumplimiento de su deber era un sacerdote llamado «bráhmana», que debía poseer toda la ciencia del ritual y sa­ber todos los Veda. Convertido así el Rig- Veda en una colección ritual, asume un ca­rácter litúrgico y simbólico que no debió tener en su origen. Tal como ha llegado a nosotros, con los himnos a los «Valakhilya», especie de seres divinos del tamaño del dedo pulgar, que preceden al carro del sol, contiene 1.028 himnos divididos en diez «mandala» o ciclos. Los más antiguos son los ciclos II-VII, cada uno de los cuales es obra de un cantor y de su familia; los ciclos I-IX-X, compuestos a base de him­nos más recientes, en general son debidos a cantores diversos; el IX está dedicado al dios Soma, dios de una sustancia embria­gadora que se obtenía de las raíces del «asclepias acida» y que entre los dioses del Veda tiene igual significación que Dionisos para los griegos.

Para comprender el Rig- Veda es preciso conocer las divinidades a que se dirigen. Éstas pueden dividirse en varias clases: la primera comprende las di­vinidades que representan fenómenos natu­rales, el cielo, la tierra, el sol, la luna, el viento, la tempestad, divinidades que son independientes de la vida del hombre. Vie­nen a continuación las divinidades que, siendo fuerzas de la Naturaleza, son poseídas también por el hombre, como el fuego («Agni») y las fuerzas embriagadoras del «asclepias acida», el Soma, y estas divinida­des ocupan en el Rig-Veda la parte princi­pal. Finalmente vienen las divinidades abs­tractas, como Parajapati, el padre de las criaturas; así es posible seguir en el Rig- Veda el desenvolvimiento de la religión in­dia védica; de aquí el gran valor de este texto para la mitología. Los himnos del Rig- Veda están escritos en estrofas de tres a cincuenta y ocho versos, pero habitualmente el número de las estrofas es de 10 a 12. El verso es de 8, 11 ó 12 sílabas; a veces todo el himno está desarrollado en un solo metro, mientras otras presenta grupos de estrofas en metro diverso. Caracterizan la poesía védica la sencillez de dicción y la claridad del pensamiento, siempre que éste no sea mís­tico.

Los temas, poco variados (invocaciones al dios), se prestan a la sutileza, de donde procede la tendencia a las adivinanza. , juegos de palabras, etc. Son bellas alguna imágenes que se repiten con frecuencia, co­mo la del carro, la de la esposa adornada para la fiesta, la del paño tejido, etc. Rico asimismo es el contenido mitológico, que representa un estado bastante antiguo del pensamiento humano, que expresa la ma­ravilla ante el espectáculo de la Naturaleza. El orden natural del cosmos está relacio­nado con el sacrificio y la moral humana. El Rig-Veda nos ha llegado en una sola redacción y no podemos decir si existieron otras. [Trad. española de José López y Ló­pez bajo el título Los Vedas (Madrid, 1935)].

A. M. Pizzagalli