Carmen Saliar

[Carmen saliare]. Los Salios, sacerdotes de la danza, que cele­braban el culto de Marte, de Hércules y de otras divinidades, eran doce, tantos como los sagrados escudos que custodiaban, en­tre los cuales uno se suponía caído del cielo. En el mes de marzo recorrían la ciudad en solemne procesión, y, cantando sus him­nos y bailando sus danzas, golpeaban los escudos. Estos cantos, de los cuales sólo quedan tres oscuros fragmentos, son el do­cumento más antiguo de poesía religiosa de carácter bélico, y, en contraposición al Carmen Arval (v.), de carácter agrario, re­flejan la atmósfera de guerra, típica de las primaveras sacras, entre los varios pueblos itálicos.

F. Della Corte

Carmen Pascual, Sedulio

[Carmen Paschale]. Poema latino en hexámetros, en cinco li­bros, obra de Sedulio, escritor cristiano del siglo V, que conocemos sólo a través de una brevísima dedicación en prosa que abre el poema y de algunos pocos datos que en él se contienen. El Carmen, titulado Pas­cual porque versa sobre el Cristo inmolado para la humanidad como el cordero pascual, trata, como el mismo autor declara en la introducción, de convertir a los hombres a la fe verdadera, atrayéndoles con la suavi­dad del verso. El primer libro, tras un prólogo de ocho dísticos y una exhortación a los paganos para que abandonen las fal­sedades de los mitos, narra algunos de los principales milagros del Antiguo Testamen­to. Los tres libros siguientes relatan los milagros de la vida de Jesucristo, desde su nacimiento hasta su entrada en Jerusalén, siguiendo la narración de los Evangelios, especialmente el de Mateo y, hacia el final del libro II, el de Lucas. El libro quinto, en cuya composición el autor sigue sobre todo a San Juan, narra la pasión, muerte, resurrección y ascensión de Cristo, y se cierra con una paráfrasis de los dos últi­mos versículos del Evangelio de San Juan. En su obra Sedulio no se limita al relato de los milagros, sino que, queriendo sacar enseñanzas morales, intercala pasajes de la misma vida de Cristo, como, en el libro IV, los encuentros con la Samaritana y la adúl­tera.

También la narración es tratada con cierta libertad, ya que el autor añade, y a veces sustituye, al relato de los milagros la expresión de los sentimientos que éstos han despertado en él y añade a los hechos bíblicos una interpretación mística particu­lar: así, los cuatro evangelistas correspon­den a las cuatro estaciones del año, y los doce apóstoles a las doce horas del día y a los doce meses del año, etc. Sedulio toma constantemente como modelo a Virgilio, cuyo arte de la descripción y representa­ción pictóricas imita, y reproduce a veces versos enteros suyos. La prosodia, bastante correcta para ser de aquellos tiempos, pre­senta alguna inexactitud; la lengua es tam­bién de imitación clásica, y su simplicidad, totalmente insólita en aquella época, ha valido a Sedulio la admiración no sólo de los poetas del siglo siguiente, como Venan­cio Fortunato y Arator, sino también del tiempo de Carlomagno y hasta de los hu­manistas. Este Carmen Pascual representa, a la postre, con la obra de Juvencio (v. los Evangelios), una de las primeras tentativas — que continuarán sin éxito a través de toda la Edad Media — de dar al Cristianis­mo un poema épico propio, en el que los sagrados textos de la nueva fe se presen­tasen envueltos en las estupendas formas, siempre admiradas, de la épica pagana y particularmente de Virgilio. Pomposa, re­tórica y pesadísima es, por el contrario, la prosa en la que el propio Sedulio ha para­fraseado su poema con el título de Opus Paschale; en esta obra se detiene larga­mente sobre detalles de la narración y la completa en muchas partes, con la intro­ducción de pasajes bíblicos enteros, cedien­do por completo en la forma al gusto hueco y ampuloso de la época.

E. Pasini

Carmen Deo Nostro, Richard Crashaw

Colección de poemas sacros del inglés Richard Crashaw (1612-1649), publicada póstumamente en el año 1652. Al dedicar su libro a la condesa de Denbigh, el poeta quiere persuadirla para que se convierta al catolicismo, para que no permanezca dudando en el umbral de la felicidad eterna y abrace la única fe que podrá «de un meteoro hacer una estrella». Contiene varias poesías inflama­das de religioso fervor. En el «Himno al nombre de Jesús» [«To the Name above every Name, the Name of Jesús»!, el poeta suplica al Redentor que libere su corazón de toda escoria para hacerle digno del amor que arde en el corazón de los serafines. En el «Himno sobre la Epifanía» [«In the glorious Epiphany of our Lord God»], los tres Reyes Magos, despertados por la estrella ad­mirable, ven finalmente «la profunda hipo­cresía de la muerte y de la noche que en la vida y en las pompas mundanas es tanto más oscura cuanto más luminosa parece», y re­nuncian a la grandeza y a la riqueza terre­nas, contentos de vivir en los reflejos de la luz divina. El «Oficio de la Santa Cruz» [«The Office of the Holy Cross»] está basado en el concepto de que «cuando el Señor san­gra en la Cruz, parece que muere la vida, pero muere en realidad la muerte».

Los más bellos son «Charitas nimia», grito de apa­sionada aspiración al Señor; «Sancta Maria Dolorum», patética variación sobre el «Stabat Mater»; el «Dies irae», invocación llena de religioso terror, y, sobre todo, «El co­razón llameante» [«The Flaming Heart»], canto de amor a Santa Teresa, uno de los más bellos himnos religiosos de todas las literaturas, que culmina en el ferviente gri­to: «No dejes en mí nada de mí mismo; haz que me identifique hasta tal punto con tu vida que muera a toda vida mía personal». El libro termina con la versión libre de tres elegías del jesuita François Rémond (1558 ó 1562-1631), «Alexias», lamento de la es­posa abandonada por San Alejo, en el cual describe la aflicción de la mujer lacerada entre el amor humano y el amor divino, y que, según algunos, inspiró la Eloísa (v.) de Pope. Crashaw, que pertenece, con Herbert y Vaughan, al movimiento ascético de renovación que, en la época de Carlos I. fue parejo en Inglaterra al gusto por la poesía metafísica, escribió el Carmen Deo Nostro después de su conversión al cato­licismo; abundan los conceptos graciosos, las bellas metáforas, las expresiones bri­llantes y los versos perfectos; la tenden­cia mística se atenúa a veces por un arti­ficioso conceptismo. Pero en las poesías más logradas el poeta da la expresión más alta de la espiritualización del sentido a la que tiende el mejor arte barroco. [Ver­siones parciales de Blanca G. Escandón y M. Molho en Poetas ingleses «metafísicos» (Madrid, 1948)].

A. P. Marchesini

Su ímpetu lírico alcanza alturas que ya no fueron alcanzadas en la literatura in­glesa, y nadie ha derramado en la expre­sión del sentimiento tales asomos de músi­ca etérea… Inventa nuevos efectos métricos y nuevos adornos de expresión que, poste­riormente, los grandes líricos (Coleridge, Shelley, Tennyson, Swinburne) más han imitado deliberadamente que obtenido espon­táneamente. (Saintsbury)

Parece como si en sus poesías Crashaw nos hubiera brindado el primer fervor de su imaginación, no acuñado según una forma determinada, y con poco de lo que actual­mente denominamos «dulzura». (Coleridge)

Su conocimiento del español y del ita­liano influyó en el fondo y en la forma de su poesía; en verdad, ese conocimiento puso a su alcance las obras de los místicos es­pañoles, pero lo corrompió con las hipér­boles y las zalamerías de Marini. (F. E. Hutchinson)

Carmen Arval

[Carmen arvale]. Los. sacerdotes que celebraban la ceremonia pa­ra que la tierra se tornase feraz eran lla­mados hermanos Arvales. La solemnidad tenía lugar todos los años, durante tres días, en el mes de mayo. El momento más solemne era el tripudio del poema. Los Ar­vales, cerrado el templo, levantadas las tú­nicas, con el movimiento rítmico del pie, propio de la danza sagrada, entonaban el célebre «carmen», cada verso del cual era repetido tres veces. Difícil su interpreta­ción y oscuras sus palabras, el texto sa­grado presenta un lenguaje litúrgico muy antiguo, con el cual los sacerdotes Arvales suplicaban no sólo a los Lares, espíritus de los difuntos, de los cuales descendía el gru­po familiar, sino también a Marte primi­tivo, dios de la campiña y protector de la vegetación. Con el Carmen Arval, lleno de un profundo sentido de religiosidad rural, contrasta el Carmen Saliar (v.), de puro carácter bélico.

F. Della Corte

El Carácter Absoluto del Cristianismo e Historia de las Religiones, Ernst Troeltsch

[Die Absolutheit des Christentums und die Religionsgeschichte]. Obra fundamental de Ernst Troeltsch (1865-1923), historiador y teólogo alemán, publicada en el año 1902. Troeltsch representa la última gran expre­sión de la tradición de estudios teológi­cos que sobresalieron en alemania hasta Schleiermacher. Además de atender al pro­blema fundamental de poner de relieve la autonomía del espíritu religioso respecto a las demás formas de la cultura, se propone el problema de la relación entre revelación e historia, entre el significado eterno del Cristianismo y la persona histórica de Je­sús. En el desarrollo de los acontecimientos históricos, nunca encontramos la actuación de nada absoluto, pero aquí y allá hallamos referencias a una promesa, a un plano so­brehumano de valores. El Absoluto, en el que únicamente puede expresarse el valor histórico del Cristianismo, es extra histórico e inalcanzable; pero, como la ley trascen­dental de Kant, guía el proceso de la his­toria, dirigiéndola hacia sí, y tiene por eso un significado normativo. Ese significado normativo, esa eterna guía espiritual, la en­contramos en Jesús, al que hay que consi­derar como un hombre que ha podido llegar a una experiencia incomparable de lo divino.

En Jesús, la experiencia de la divi­nidad se traduce en ley humana, en un mensaje de vida para nosotros; la verda­dera Redención está en las palabras del Evangelio y en sus principios, no en la pa­sión ni en la muerte. Lo que circunda la pureza y elevación moral del mensaje, sólo es artificio inventado por la apologética posterior. El Cristianismo, según Troeltsch, es la pura ley ideal que guía la vida reli­giosa de toda la humanidad. En tal sentido, el Cristianismo no puede reducirse a esta o a la otra Iglesia: su riqueza está — según la tesis modernista del autor — en la plura­lidad, aun contradictoria, de sus diversos aspectos. Su carácter absoluto no reside en un esquematismo abstracto, sino en el he­cho de que, aun manifestándose en muchí­simas formas, conserva fundamentalmente su principio ideal y su esencia religiosa. Así las contradicciones entre la idea católica de la Iglesia, la rebelión individualista pro­testante, el dualismo agustiniano del pecado y de la gracia, la angustia de Pascal y del jansenismo, el humanismo cristiano y la re­valorización de las obras tendrían su pues­to en una visión universalista del Cristia­nismo, visión que concilia el pretendido absolutismo del Evangelio con los varios momentos en los que históricamente se ex­presa el Cristianismo en la historia.

E. Pací