Las Bienaventuranzas, César Franck

[Les Béatitudes]. Oratorio para solistas, coro y or­questa en ocho partes y un prólogo del mú­sico belga César Franck (1822-1890), com­puesto entre 1869 y 1879 y estrenado después de su muerte en París, en 1891. Desde su juventud, Franck había pensado en la traducción musical del Sermón de la Mon­taña; una de sus primeras composicio­nes para órgano lleva por subtítulo «Le Sermón sur la Montagne»; y además una Sinfonía para orquesta, que ha quedado inédita, se inspira en el mismo episodio del Evangelio. Sólo en 1869, cuando ya había llegado a su edad madura, el músico comen­zó la composición de las Bienaventuranzas, después de haberse puesto de acuerdo con la escritora Colomb para tener un texto que se adaptase al plan musical que él había ido formando para su oratorio. Cada una de las ocho partes de la obra está cons­tituida en forma de tríptico, en que se oponen la exposición de los males terrenales y la afirmación de los remedios celestes, y en que la voz de Cristo proclama, a manera de conclusión o intercalada entre las dos partes, la bienaventuranza prometida. En el prólogo aparece por primera vez el tema que volveremos a encontrar después, rítmicamente modificado, y que se propone definir musicalmente la figura del Redentor. En el primer canto, «Bienaventurados los pobres de espíritu», el coro inicial está ca­racterizado por un aspecto operístico que contrasta con la noble melodía que se desarrolla apenas se deja oír por primera vez la voz del Redentor. En el segundo can­to, «Bienaventurados los mansos», se afirma la maestría polifónica de Franck; en efecto, este episodio puede ser considerado como una «fuga» libre sobre el tema.

En el tercer canto, «Bienaventurados los que lloran», después de un comienzo som­brío y doloroso, la voz del Redentor se deja oír con el tema del «Prólogo» (A) ligera­mente modificado, para terminar en una atmósfera tranquila y resignada. El cuarto canto, «Bienaventurados los que padecen hambre y sed de justicia», es uno de los más profundamente expresivos; dos temas principales son desarrollados hasta una intensa expansión en «si mayor». El canto quinto, «Bienaventurados los misericordio­sos», y el siguiente, «Bienaventurados los limpios de corazón», contrastan netamente, mientras el quinto, antes de llegar a la dulzura conclusiva que simboliza el perdón, pasa por páginas tumultuosas y algo super­ficiales y retóricas; y el sexto está pene­trado por un profundo sentimiento medi­tativo y místico. También el séptimo canto, «Bienaventurados los pacíficos», con el in­tento de poner el mal en oposición al bien, es de escaso valor expresivo, y D’Indy ha observado con razón que era imposible para un artista sencillo y puro como Franck «hallar en sí mismo la posibilidad de ex­presar lo que no podrá sentir sino superfi­cialmente»; como en los episodios anterio­res en que Franck había intentado evocar musicalmente a los rebeldes, los sedientos de venganza, los pecadores en general, tam­poco en éste, en la presentación de Satanás, se alcanza la concretez artística. El autor vuelve a hallar su naturaleza con la apari­ción del Redentor y su victoria sobre el genio del mal. El último canto, «Bienaventurados los que padecen persecución por la justi­cia», es la más alta cúspide de toda la obra por la continuidad de su inspiración, su elevación constante, su equilibrio y per­fección formal. Si la amplitud de las pro­porciones y también, probablemente, el largo período de tiempo que necesitó Franck para llevar a término Las Bienaventuranzas pueden haber engendrado alguna debilidad y algún defecto estilístico en ciertas partes, en su conjunto esta obra, por la pura emo­ción que de ella se desprende, debe ser considerada como una de las más importan­tes realizaciones del arte musical en el siglo XIX.

L. Colombo

Las Bienaventuranzas de Franck no re­quieren ninguna ayuda escénica; son siem­pre música, es más, siempre la misma bella música… (Debussy)

Biblia Rimada en Catalán, Romeu Sabruguera

Se con­serva en un códice de la Biblioteca Colombina de Sevilla, que además contiene la traducción catalana en prosa del Salterio, hecha por el dominico Romeu Sabruguera (t 1313). Este códice había formado parte de la riquísima biblioteca reunida por Fer­nando Colón, hijo del almirante, quien lo describe en uno de los catálogos autógrafos que redactó de su librería. Según Miret y Sans, fue copiado a fines del siglo XIV o a principios del XV. La Biblia se compone de unos 6.000 versos pareados, de medida muy irregular y de lenguaje bastante arcaico. Está dedicada a D.a Marquesa, condesa de Ampurias, que Miret y Sans (Congrés d’História de la Corona d’Aragó, I, 1909) identi­fica con Marquesa, hija de Guerau de Ca­brera, casada con Ponce Hugo de Ampurias, desde 1282. Esta fecha constituye el terminus a quo de la composición de la Biblia rima­da. El terminus ante quem es la fecha de la muerte de aquella dama, que no fue anterior a 1327. La Biblia rimada ha de ser considerada obra anónima. La simple pre­sencia en el mismo códice de la versión catalana del Salterio de Sabruguera, no justifica su atribución a este personaje, como hicieron Miret y Sans (L. c. y además en «Revue Hispanique», XXXVI, 1916) y Moliné y Brasés (« Bol. R. Ac. B. Letras Barcelona», V, 1905-1910).

Más que una traducción en verso de la Biblia, es una exposición bastante libre de todos los libros del Antiguo y Nuevo Testamento. Al final se le han añadido las siguientes leyendas, también versificadas, inspiradas en los apó­crifos y en obras novelescas: «De Judes Escariot et de la sua vida», «De Pilat et de la sua vida», «De la Verónica com vench a Roma», «De Vespasiá rey de Galicia» (es la tan conocida historia de la Destrucción de Jerusalén por Tito y Vespasiano) y «Deis diners on fo venut Jesuchrist». El autor — en caso de haber hecho obra original, pues podría haber traducido o parafraseado una obra francesa o provenzal— debía ser hombre con conocimientos extensos de exégesis bíblica y de Teología, a juzgar por su exposición del Libro de Daniel y por las explicaciones que interpola en el relato bí­blico. Esta erudición contrasta con la rudeza de la versificación, a pesar de lo cual el autor ha recomendado a sus futuros lectores y transcriptores que la respeten en su for­ma actual. «E prech tots ais qui la legiran / ho escriure la volran / que no deyen les rimes afolar / del lengage cambiar».

P. Bohigas Balaguer

Biblia

Con este nombre, que en griego significa «los libros», se designa la colección de libros sagrados, inspirados por Dios, fundamento del Cristianismo. Términos equivalentes son Sagradas Escritu­ras. Los autores humanos que la escribie­ron, desde Moisés a San Juan Evangelista, el último escritor sacro inspirado, no fueron sino instrumentos en manos de Dios. Con­tiene la mayor parte de la revelación divina, o sea, de las verdades naturales y sobrena­turales que Dios quiso dar a conocer al hombre. Los libros que componen la Biblia forman dos grupos distintos llamados «An­tiguo» y «Nuevo Testamento».

El «Antiguo Testamento» comprende los libros anterio­res a la venida de Jesús: se pueden subdividir en libros históricos, los cinco primeros de los cuales forman el Pentateuco (v.): Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué, Jueces, Rut, Reyes, Parali­pómenos, Esdras, Nehemías, Tobías, Judit, Ester, Macabeos; libros didácticos: Job, Sal­mos, Proverbios, Cantar de los Cantares, Eclesiastés, Sabiduría, Eclesiásticos; y libros proféticos: Isaías, Jeremías, Baruc, Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amos, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonias, Ageo, Zacarías, Malaquias (v. estos títu­los). Las Biblias católicas los contienen todos. Los que faltan en las Biblias he­braicas son llamados deuterocanónicos, es decir, incluidos en una segunda etapa en el canon: Baruc, Tobías, Judit, Maca­beos, Sabiduría, Eclesiástico, fragmentos de los libros de Ester y de Daniel. Estos libros no son aceptados por los protestantes, y por esto los denominal apócrifos. La lengua original de los libros del “Antiguo Testamento” es, en su casi totalidad, la hebrea. Sólo algunas partes fueron escritas, y así nos ha llegado, en lengua aramea. Los siete libros deutorocanónicos de Daniel y Ester nos son conocidos en lengua griega; pero exceptuando el segundo libro de los Macabeos y el libro de la Sabiduría, el original debía ser hebreo. La versión griega del “Antiguo Testamento” que se encomienda por su antigüedad y su autoridad, es la llamada Alejandrina, por haber sido hecha en Alejandría de Egipto, o de los Setenta, porque la tradición quiere que el número de traductores fue setenta o, con mayor exactitud, setenta y dos. Fue escrita entre 301 y el 150 a. de C.

La edición “hexaplaris” o “Héxapla” (v. más abajo) es el trabajo  monumental debido a Orígenes que consagró a ella más de doce años, de 228 a 240 d. de C. El gran escritor dispuso todo el “Antiguo Testamento” en seis columnas; la primera contenía el texto hebreo en caracteres hebraicos, la segunda el texto hebraico transcrito en caracteres griegos, la tercera y siguientes, por este orden, las versiones de Aquilas, de Simaco, de los Setenta, de Teodoción. El precioso manuscrito se conservaba en la biblioteca de Cesarea, donde lo consultaron entre otros, Eusebio y San Jerónimo. La desaparición parece remontar a la invasión árabe, en el siglo VII. Entre las versiones hay una de la cual se insiste en que fue llamada por San Agustín “la versión Itala”, y que él parece recomendar de modo especial. En 383 San Jerónimo da una primera traducción latina de los Salmos, corrigiendo la “Antigua latina”, o sea Itala (v. más abajo), con uno de los buenos textos que él había conocido de la versión alejandrina. Esta primera versión de los Salmos fue adoptada enseguida por la Iglesia de Roma. Por esto recibió el nombre de Salterio Romano. Hoy, en San Pedro de Roma, en la Iglesia Ambrosiana y en partes litúrgicas del Misal Romano, se usa todavía la primera versión de San Jerónimo. En 392, San Jeró­nimo hizo una segunda versión que hoy se conoce con el nombre de Salterio Galicano. En el siglo XVI este Salterio fue acogido por toda la Iglesia latina. A los treinta años, San Jerónimo se aplica al estudio del he­breo y puede atreverse a traducir los libros sagrados directamente de sus originales. La traducción de la Biblia al latín realizada por San Jerónimo, tomó el nombre de Vul­gata (v. más abajo). En el concilio de Trento (1546) la Iglesia por expreso decreto, de­claró la Vulgata «auténtica», verdadera ex­presión de la revelación.

El «Nuevo Testa­mento» comprende los libros que fueron escritos después de la venida de Jesús, des­de el año 45 al 100, todos en lengua griega, a excepción del Evangelio de San Ma­teo (v.), que un testimonio patrístico dice que originariamente fue escrito en arameo. De estos escritos resulta la Nueva Alianza que Dios Padre, por medio de su Divino Hijo, concede a la humanidad entera que creerá en Él. El número de los libros del «Nuevo Testamento» asciende a veintisiete: Evangelios de San Mateo, de San Marcos, de San Lucas y de San Juan; Hechos de los Apóstoles (v.); 14 Epístolas (v.) de San Pablo (a los Romanos, I a los Corintios, II a los Corintios, a los Gálatas, a los Efesios, a los Filipenses, a los Colosenses, I a los Tesalonicenses, II a los Tesalonicenses, I a Timoteo, II a Timoteo, a Tito, a Filemón, a los Hebreos), 7 Epístolas llamadas católicas (de Santiago, I de San Pedro, II     de San Pedro, I de San Juan, II de San Juan, III de San Juan, de San Judas); y, en último lugar, el Apocalipsis de San Juan (v. estas voces). Si tenemos en considera­ción la naturaleza de los escritos neotestamentarios, hallaremos la misma división ya señalada para los libros del Antiguo Testa­mento; libros históricos; Evangelios, y He­chos; libros didácticos; Epístolas paulinas y católicas; libro profético; Apocalipsis. Todos estos libros la Iglesia Católica los considera sagrados y este número de 27 es­taba fijado desde 393 d. de C. en el Concilio de Hipona. Los concilios siguientes (citemos únicamente el Tridentino y el Vaticano), se pronunciaron a favor de su canonicidad e inspiración. Pero, en los primeros siglos de la era cristiana, algunos libros no eran con­siderados auténticos y eran llamados deuterocanónicos: Epístola a los hebreos, II y III de San Juan, la de Judas y el Apoca­lipsis de San Juan. De éstos la mayor parte era aceptada por los Padres Apostólicos, y en la primera mitad del siglo II, y sólo se tenía alguna duda acerca de la II de Pe­dro.

Todos los hagiógrafos neotestamentarios, con excepción de San Lucas, eran judíos y escribieron los libros sagrados en una lengua que no era la propia. Este hecho se explica por el propósito de los escritores sagrados de penetrar en el mundo pagano helenista invitado a formar parte del nuevo reino mesiánico. La lengua neotestamentaria es la lengua vulgar, de la que conservamos tantas ins­cripciones profanas. Los mejores y más an­tiguos manuscritos que contienen parte del «Antiguo» y todo el «Nuevo Testamento» son: el Códice Sinaítico del siglo IV; el có­dice Alejandrino del siglo V; el Códice Vaticano del siglo IV; el códice de Efrén, escrito (palimsesto) en el siglo V. Descubri­mientos recientísimos nos dan, con todo, la certidumbre de que los cuatro primeros Evangelios estaban ya escritos y eran co­nocidos en Egipto en la primera mitad del siglo II. Una distinción muy importante de los sentidos escriturísticos es la que existe entre el sentido «literal» según el vocablo, y «real» según la cosa, el individuo, el acontecimiento. El sentido real, llamado también «típico» o «místico», se halla en los pasajes en que por medio de individuos, de cosas, de acontecimientos históricos, llama­dos típicos, se alude a otros individuos, otras cosas, otros acontecimientos históricos llamados antetípicos. Así, el Cantar de los Cantares (v.) sólo tiene un sentido típico; en el «Nuevo Testamento», Adán es el tipo de Jesús (cfr. Rom. 5, 14); el cordero pas­cual es el tipo de Jesucristo clavado en la Cruz (cfr. Juan. 19, 36); el maná es el tipo de la Eucaristía (Juan, VI, 30 y siguientes); la liberación del pueblo hebreo de la ser­vidumbre de Babilonia es el tipo de la liberación espiritual operada por Cristo (Is. XLV). El sentido literal es el expresado directamente por medio de la palabra mis­ma y se divide en sentido propio y meta­fórico, al igual que en los autores profanos. En cuanto a la materia, ambos sentidos pueden ser: histórico, profético, alegórico o dogmático, tropológlco o moral y anagógico según anuncien hechos o profecías, verda­des que hay que creer, practicar o los bie­nes futuros que hay que esperar.

G. Boson

Libro único y divino cuyo lenguaje es, por decirlo así, un producto de la Naturale­za, como un árbol, como una flor, como el mar, las estrellas y el hombre mismo. Todo en él fluye, brilla, murmura, sonríe o true­na. Es verdaderamente la palabra de Dios. (Heine)

*   La Héxapla o Séxtupla es la más célebre obra filológica del teólogo y filósofo alejandrino Orígenes (185-254?). Consistía en una imponente perspectiva del Antiguo Testamento en columnas paralelas (generalmente seis, de donde el título de séxtuplo), según el texto hebreo – col. 1-, su transcripción en letras griegas – col. 2 -, la versión griega de Aquila, cristiano vuelto al judaísmo – col. 3 de Símaco, un judai­zante – col. 4 -, la versión llamada de los Setenta, oficial para los judíos helenísticos y para los cristianos de lengua griega – col. 5 -, de Teodoción – col. 6 -; cuando existían otras versiones, además de las re­cordadas (como, por ejemplo, los Salmos), éstas eran añadidas en una séptima y octava columna, así como, viceversa, a veces eran suprimidas las dos primeras columnas, para dar una edición reducida a las cuatro co­lumnas restantes («tetrapla»). El objeto de este trabajo, que había de ocupar cerca de 6.500 páginas, consistía en dar una edi­ción crítica de la versión de los Setenta. Con tal fin, Orígenes indicaba las «variantes» entre el texto de los Setenta y el hebreo, señalando con obelos (_i_) los pasajes que faltaban en el texto hebreo que se habían añadido al griego, y con asteriscos (*) los pasajes del texto hebreo que no se hallaban en la versión griega. Con este método, se proponía revisar la versión de los Setenta y restaurarla en su prístina pureza. Esta obra se conservó en la biblioteca de Cesa- rea (Palestina), probablemente hasta el si­glo VII y fue consultada y apreciada por muchos doctos, entre ellos San Jerónimo, autor de la revisión de la traducción latina que ha llegado a ser oficial en la Iglesia católica. Su texto de los Setenta fue tam­bién reproducido por copistas, dando lugar a la recensión que se llama precisamente «Hexaplar». Su importancia en los estudios bíblicos de la antigüedad cristiana ha sido fundamental: puesto que, no sólo atestigua la viva sensibilidad crítica de este docto quien, sin embargo, se inclinaba a la interpretación alegórica — hasta el punto de convertirse en maestro y jefe de escuela —, sino que también la necesidad que tenía la Iglesia antigua de establecer un texto se­guro de su libro sagrado, amenazado por variantes tendenciosas e interpolaciones de las numerosas sectas gnósticas. De la obra perdida han llegado hasta nosotros frag­mentos recogidos también recientemente en dos grandes volúmenes por el teólogo in­glés Frederick Field (Oxford, 1867-75); un fragmento héxaplar completo figura en pa­limpsesto ambrosiano descubierto por Gio­vanni Mercati.

M. Bendiscioli

* Con el nombre de Itala se designa una de las primeras versiones sistemáticas de la Biblia del texto griego al latín, realizado en la Europa Occidental por diversos auto­res, todos anónimos, entre los siglos II y III y que llegó a ser de uso común en Italia. Mediante el nombre de Itala se distingue de la Afra, la versión de la Biblia que cir­culaba en el África cristiana, y que diverge de la Itala de modo especial en la traduc­ción de los vocablos griegos, que en la Itala es más conforme a la índole de la lengua latina. El nombre de Itala remonta a San Agustín que declaró que esta versión era preferible a las demás por su exactitud.

*       Tanto la Itala como la Afra, forman parte de la serie de versiones latinas de la Biblia realizadas antes de la versión de San Je­rónimo que se acostumbraba designar con el título general de Vetus Latina. De ésta y probablemente también de la Itala se va­lió San Jerónimo para su célebre Vulgata adoptándola en parte íntegramente, y en parte para los libros del «Nuevo Testamen­to» limitándose a corregirla sobre el texto griego.

E. Alpino

*   La Vulgata (Editio Vulgata) es la ver­sión latina de la Biblia usada en la Iglesia Católica; obra en su mayor parte, de San Jerónimo (347-420 aprox.). La expresión «vulgata» era atribuida, también por San Jerónimo a la traducción griega de la Biblia llamada de los «Setenta», y es traducción del griego xoiv7j . Este uso se mantiene aún en la Edad Media. Roger Bacón (1214-1294) atribuyó el nombre por primera vez a la versión de San Jerónimo, y ese uso adopta­do por Erasmo de Rotterdam, en la época de la Reforma, fue definitivamente consagra­do por el Concilio de Trento en el decreto de 18 de abril de 1546 que declaró «autén­tica» la versión de San Jerónimo. Hacia el final del siglo IV se manifestó la necesidad de una revisión de la antigua traducción latina de la Biblia (versión conocida con el nombre de Antigua latina [Vetus latina]) que, por el estado de los códices, por los numerosos errores de los copistas, por la confusión ocasionada por gran número de versiones independientes estaba en condi­ciones deplorables. El papa San Dámaso encargó a San Jerónimo, a la sazón en Roma, que revisara la Vetus latina. El pri­mer trabajo de revisión de los cuatro evan­gelios se publicó en 383; inexorable en todo cuanto se refería al sentido, San Jerónimo, en esta primera revisión sólo hizo unos pocos retoques formales. No es seguro, pero casi todos están de acuerdo en admitirlo que, en el mismo año o poco después, revisó de manera ciertamente más apresurada, también el resto del Nuevo Testamento (esto es, los Hechos de los Apóstoles, Las Epístolas, El Apocalipsis). Ciertamente llevó a cabo la revisión del libro de los Salmos, de la cual procede el Salterio llamado Ro­mano, porque fue introducido por San Dá­maso en la liturgia romana.

Cuando volvió a Oriente, San Jerónimo tuvo conocimiento del texto bíblico llamado Hexaplar, obra de Orígenes, quien en seis columnas (de ahí el nombre, Héxapla), había dispuesto si­nópticamente: el texto hebreo del Antiguo Testamento en caracteres hebreos, el mismo transcrito en caracteres griegos, la traduc­ción griega del judío Aquilas, la traducción griega del judío Símaco (contemporáneo de Septimio Severo), la traducción griega de los Setenta y, en fin, la del judío Teodoción (180 d. de C.). A base de aquel texto, Je­rónimo inició una nueva revisión del Sal­terio que fue llamado Gálico (386) por haberse difundido principalmente en la Galia, y que más tarde vino a ser el Salterio de la Vulgata; sobre el texto Hexaplar de Orígenes revisó la antigua versión latina del libro de Job, de los proverbios, del Eclesiastés, del Cantar de los Cantares, de los Paralipómenos; pero esta revisión, salvo para el Salterio y el libro de Job, no ha llegado hasta nosotros. Hacia 390, también en Palestina, San Jerónimo concibió el arduo propósito de traducir todo el Antiguo Testamento directamente de su original he­breo, abandonando todo intermediario más o menos infiel, y llevó a cabo la empresa en unos catorce años de duro trabajo. Co­menzó por los libros de Samuel y de los Reyes (390-391). Después tradujo los Sal­mos (pero esta traducción nunca consiguió suplantar al Salterio Gálico), los Profetas, y Job (392-393); después Esdras y las Crónicas (394-396). Por haber caído enfermo no reanudó su trabajo hasta 398 con los Pro­verbios, continuándolo con el Eclesiastés y el Cantar. La fecha del Pentateuco es in­cierta (alrededor de 401); en 405 tradujo Josué, Jueces, Rut, Ester y, del arameo, las ediciones deuterocanónicas de Daniel, los libros de Tobías y de Judit. Dio de lado, porque los consideraba no canónicos o du­dosos, la Sabiduría, el Eclesiástico, Baruc, con la epístola de Jeremías, los dos libros de los Macabeos y el tercer y el cuarto libro de Esdras. Todos estos libros entraron en la Vulgata en la traducción Vetus latina. En cuanto a las adiciones deuterocanónicas al libro de Ester hay alguna incertidumbre; la que poseemos en la Vulgata es quizá la re­visión que hizo San Jerónimo sobre el texto griego Hexaplar de Orígenes.

En conclusión, la Vulgata tal como hoy la poseemos; se compone de cuatro partes: libros en los cuales San Jerónimo no puso en absoluto las manos y que están representados por la versión Vetus latina (los deuterocanónicos ya indicados); libros que San Jerónimo re­visó sobre la versión Vetus latina (el Nue­vo Testamento); libros revisados por San Jerónimo, sobre el texto hexaplar de Orí­genes (los salmos y tal vez las adiciones de Ester), libros que tradujo directamente del original hebreo (el resto). Esta última parte representa casi las tres cuartas partes del total. La versión no tiene toda ella igual va­lor ni homogeneidad; el mismo San Jeróni­mo nos dice que quiso traducir el original con fidelidad pero no servilmente, más aten­to al sentido de las palabras originales que a su significado literal; «non verbum de ver­bo, sed sensum exprimere de sensu». Su latín es claro y correcto, ya que se conser­van los términos consagrados por el uso; para este fin San Jerónimo hizo uso de he­braísmos, helenismos o de expresiones sa­cadas del latín vulgar. De todos modos la versión supera con mucho a todas las pre­cedentes y ha tenido excepcional importan­cia en la historia de la difusión de la Biblia; las antiguas versiones bíblicas en lenguas vulgares (baste citar la inglesa de Wycliffe) están todas hechas sobre la Vulgata que es todavía el texto oficial de la Iglesia Católi­ca. Esto no quiere decir que la versión fuese acogida en seguida con favor; no le fueron escatimadas críticas (incluso por parte del mismo San Agustín, por lo que se refería a la traducción directa del hebreo del Antiguo Testamento), y durante tres siglos hubo de disputar el terreno a la Vetus latina. Con la Reforma y al consoli­darse los estudios filológicos, la polémica y las críticas se hicieron más ásperas. El ya citado decreto del Concilio de Trento — que por otra parte, tiene valor discipli­nario pero no dogmático, y por lo tanto, es revocable — estableció textualmente «esta antigua y divulgada edición, aprobada en la misma Iglesia por larga costumbre secular, en las lecciones, disputas y predicaciones públicas, debe considerarse auténtica» en el sentido de «oficial» e inmune de errores tocantes a la fe y a la moral: «nadie que se atreva ni intente con pretexto alguno re­chazarla». Además, el 30 de abril de 1934, la Comisión Bíblica estableció que las tra­ducciones en lengua moderna de las Epís­tolas y de los Evangelios que se leen o se dan a leer en la Iglesia deben ser hechas no sobre los textos originales, sino sobre la Vulgata. La Iglesia Católica, por otra parte, ha sentido la necesidad de dar de la Vulgata un texto seguro, fiel y oficial; y esto a consecuencia de las erratas que se han in­troducido en el texto a través de la sucesión de las copias manuscritas y después de las impresas.

La revisión fue iniciada por Pau­lo III (1548). Sixto V (1585-1590) mandó preparar y publicar (1590) un texto (la llamada Vulgata Sixtina) de la Vulgata; que tanto en el uso público como en el privado debiera ser considerado como el iónico auténtico. Clemente VIII reanudó el trabajo de su predecesor y publicó (1592) un nuevo texto oficial (la llamada Biblia Clementina). Dos barnabitos italianos del siglo pasado, Luigi Ungarelli y Cario Vercellone, se dedicaron a recoger los materiales para una nueva corrección. Su trabajo (Va­rié lectiones Vulgatae Bibliorum editionis, 2 vols. Roma, 1860-64) quedó interrumpido en el libro de los Reyes por la muerte (1896) de Vercellone, y fue reanudado por la San­ta Sede que encargó de ello a la Orden Benedictina. Han sido ya publicados por obra de Dom Henri Quentin los primeros volúmenes (Génesis, Éxodo, Levítico) del nuevo texto.

M. Niccoli

*   La Políglota Complutense o Biblia Po­líglota de Alcalá es la primera edición po­líglota de la Biblia impresa en el mundo y uno de los monumentos más egregios de la erudición española del Renacimiento. Fruto de la labor conjunta de un grupo de hu­manistas y eruditos de la universidad de Alcalá, fue concebida por la voluntad tenaz de su fundador el Cardenal Ximénez de Cisneros, que costeó su publicación y eligió hábilmente a sus colaboradores. La Políglo­ta consta de seis gruesos volúmenes en fo­lio y en ella se incluyó además del texto hebreo, el griego de los Setenta, el Targum arameo de Oukelos, uno y otro con traduc­ciones latinas interlineales, y la Vulgata. Los trabajos preparatorios duraron diez años. La parte hebrea y aramea corrió a cargo de los judíos conversos Alfonso de Zamora, Pablo Coronel y Alfonso de Alca­lá. El texto griego fue establecido por el cretense Demetrio Ducas, Hernán Núñez, el Pinciano y Antonio de Nebrija que inter­vino especialmente en la corrección de la Vulgata. Códices hebreos había en abun­dancia en España, antiguos, y de gran auto­ridad, procedentes de las sinagogas, donde se había conservado floreciente la tradición rabínica. Tampoco faltaban buenos códices latinos, pero no los había griegos y fue preciso pedirlos al papa León X, que fa­cilitó liberalmente los códices de la Bi­blioteca Vaticana, enviándolos en préstamo a Alcalá donde fueron cuidadosamente transcritos. Para fundir los caracteres grie­gos, hebreos y arameos por primera vez en España, vino el famoso impresor Arnao Guillén de Brocar, quien en menos de cinco años imprimió los seis tomos en folio de que consta la obra. Llena los cuatro prime­ros el Antiguo Testamento, el quinto el Nuevo Testamento con texto griego y el latino de la Vulgata, y el sexto es de gra­máticas y vocabularios, hebraico, arameo y griego.

La impresión estaba acabada en 1517, pocos meses antes de la muerte de Cisneros, pero no entró en circulación has­ta 1520, de cuya fecha es el breve de León X autorizando su divulgación. Aun cuando la Políglota Complutense es un ver­dadero monumento de la erudición bíblica del Renacimiento y uno de los más brillan­tes frutos de la ciencia española, no era ni podía ser definitiva. Los helenistas censu­raron el texto griego del Nuevo Testamento, que siendo el primero impreso en el mun­do (1514) se conoció posteriormente a la edición preparada por Erasmo, impresa en 1516, y desde aquel momento se dividie­ron los pareceres de los doctos; unos a favor del texto griego de la Políglota, otros por el texto de Erasmo. En realidad, como señaló certeramente Menéndez Pelayo, am­bos adolecían de no leves defectos, como fundados en códices relativamente modernos y todos de la familia bizantina. Es preciso tener en cuenta, sin embargo, que Erasmo, en la quinta y sexta edición de su Nuevo Testamento introdujo algunas correcciones tomadas de la Complutense reconociendo implícitamente la mayor autoridad de aquel texto. Así y todo, a la luz de la perspectiva histórica, de la distancia de más de cuatro siglos, la Políglota Complutense se yergue como un monumento gigantesco de la eru­dición bíblica, y como el primer esfuerzo consciente de la crítica aplicada a los textos sagrados en la Europa del Renacimiento. La circunstancia de ser la primera Biblia po­líglota impresa en el mundo, y el esfuerzo titánico que representa tal empresa, justi­fican el dictado de «milagro del mundo» con que fue celebrada por todos sus con­temporáneos.

* La Biblia Políglota o Biblia Regia de Amberes es obra de la portentosa erudición del gran humanista y hebraísta Benito Arias Montano (1527-1598) quien dirigió su edi­ción por encargo de Felipe II. Basándose en la Políglota Complutense, el autor intro­dujo numerosas correcciones en la versión y en el texto, la adicionó con nuevos códices y con una serie de importantísimos estudios de arqueología bíblica. Aprobada favora­blemente por el P. Juan de Mariana, la Biblia Poliglota de Amberes apareció en ocho volúmenes desde 1560 a 1573 influyen­do decisivamente en las políglotas poste­riores.

*   Las versiones más importantes de la Biblia en lengua castellana son: la Biblia de los judíos o Biblia de Ferrara (Ferra­ra, 1553), primera versión completa impresa en castellano, excesivamente literal de estilo arcaico e intolerables hebraísmos que afean el lenguaje. Mucho más importante es la del morisco granadino de tendencias hete­rodoxas Casiodoro de Reina (Basilea, 1569) que invirtió doce años en su empresa. La más conocida de las versiones heterodoxas de la Biblia es la de Cipriano de Valera (Amsterdam, 1602), que es una reproducción con escasas variantes de la traducción de Casiodoro de Reina, con enmiendas y notas propias. En general C. de Valera mejoró el trabajo de su predecesor y su Biblia, como texto lingüístico, tiene el carácter de autoridad clásica. Modernamente ha sido reimpresa infinidad de veces por las Socie­dades Bíblicas, pero alterada y modernizada en el lenguaje. La primera traducción cas­tellana ortodoxa de la Biblia católica es la muy mediocre del P. Felipe Scio de San Miguel (Valencia, 1791-1793). Posteriormen­te aparece la de Félix Torres Amat (Ma­drid, 1823-25).

*   La Biblia de Ulfila es la traducción he­cha a la lengua gótica por Ulfila (forma helenizada del nombre gótico Wulfila), obis­po arriano de los godos del bajo Danubio (alrededor de 311-383), de la cual poseemos diversos manuscritos, todos procedentes de Italia, donde probablemente fueron redac­tados durante la dominación ostrogoda (489- 555). El más importante de ellos —187 fo­lios — es el llamado «Codex argenteus» de Upsala, que fue descubierto en Werden cerca de Colonia; y después depositado en Praga, de donde se lo llevaron los suecos en 1648 y lo regalaron a la reina Cristina de Suecia; está escrito en pergamino colora­do con púrpura y letras de plata, con ini­ciales de oro; otros manuscritos descubier­tos en un palimpsesto de Wolfenbüttel — el llamado «Codex Carolinus» —, en la Uni­versitaria de Riesen, en la Ambrosiana de Milán y en Turín son de menor importan­cia. Todo lo que nos queda de la traducción de Ulfila está constituido por extensos e importantes fragmentos del «Nuevo Testa­mento», la segunda Epístolas a los Corin­tios (v.), párrafos de la Epístola a los Ro­manos (v.), las epístolas paulinas, un comentario al Evangelio de San Mateo (v.) y un fragmento de calendario, además de tres breves fragmentos del «Antiguo Testa­mento». Ulfila tradujo directamente del tex­to griego, muy posiblemente del texto que entonces estaba en uso en Constantinopla donde recibió antes su formación reli­giosa y más tarde su consagración de obis­po. El texto estaba quizás también interca­lado de dicciones latinas, y Ulfila lo siguió por lo general servilmente en una prosa gó­tica mezclada con muchos helenismos y con algún latinismo. Con todo, el problema del texto, en el estado actual de estos estudios, debe considerarse que dista mucho de estar resuelto, también en relación con la com­plejidad de la empresa a que se dedicó Ulfila.

En efecto, toda una materia ética y religiosa debió hallar expresión en una len­gua a la cual eran extraños los caracteres de su abecedario; y él los inventó, y los fijó basándose principalmente en el alfabeto griego y sirviéndose también de signos rú­nicos y latinos. La lengua usada por él, el gótico, es la más antigua de las lenguas germánicas que conocemos, de la cual nos han llegado documentos escritos, y conserva todavía las sílabas finales átonas, las formas del dual y de la voz media pasiva. No re­presenta la lengua común hablada por to­dos los Teutones en el siglo VI, puesto que ofrece substanciales diferencias respecto a los idiomas del norte y del oeste. Según el testimonio de Procopio, era la lengua ha­blada por los ostrogodos, visigodos, vánda­los y gépidos. La importancia de la Biblia de Ulfila para los estudios de historia de las lenguas germánicas es realmente incal­culable. Es en efecto, casi increíble cómo el obispo consigue a menudo expresar con exactitud, con perfecta adaptación, en su lengua tosca, el pensamiento —no siempre fácil — del- texto. La Biblia ha sido cierta­mente el gran instrumento para la conver­sión de aquellas gentes al cristianismo. Y, a este respecto, constituye también un do­cumento esencial para conocer las condicio­nes de cultura de ese mundo rápidamente desaparecido.

M. Pensa

*   La más célebre de las versiones moder­nas es la Biblia de Lutero. El reformador alemán Martín Lutero (1487-1546) quiso dar a su pueblo con esta traducción, el libro fundamental del cristianismo, escrito en su propia lengua, de conformidad con su propio modo de sentir. Antes de la versión de Lutero existían en alemania 14 versiones en alto alemán y en bajo alemán, la más antigua de las cuales era la de Mentel, pu­blicada en 1522 en Halberstadt. La traduc­ción de Lutero tiene sobre todas estas la ventaja de partir de dos nuevos principios sugeridos por el Humanismo, es decir: que en la Biblia se refleja el alma del pueblo a quien sirve, y que su texto ha de ser tomado de sus fuentes más genuinas. Fe nacional y retorno a las fuentes son, pues, los factores de la originalidad de la Biblia luterana. Lutero no tradujo de la Vulgata, sino que remontó al texto hebreo y griego revisado por Erasmo en 1516. La lengua que utilizó es una feliz combinación de todos los elementos que constituían en su tiempo, la lengua hablada por el pueblo alemán. Partió de la cancelaría lengua sajona que él consideraba su lengua materna, pero la temperó con la de la cancelaría bohemio- luxemburguesa enriqueciéndola con la viva y hablada por el pueblo del sur y del norte de alemania, habla que él recogió de los labios de los campesinos, de las mujeres en el mercado, de los niños que charlaban con su madre. En efecto, en su Mensaje sobre el traducir [Sendbrief vom Dolmetschen, 1530] dice: «…no debemos preguntarnos cómo la letra latina deba ser expresada en alemán… sino que debemos interrogar a la madre en casa, a los niños por la calle, al hombre del pueblo en el mercado, y debe­mos mirarles la boca para ver cómo hablan». Lutero quería hablar al pueblo con la len­gua del pueblo, porque su primera necesi­dad consistía en hacerse comprender por todos. En efecto, la palabra de Dios, que va dirigida a todos, debe poder ser com­prendida por todos. En ello reside la fuerza de su Biblia y una de las causas de la vic­toria del protestantismo en vastas zonas de alemania, añadida naturalmente a la in­vención de la imprenta. La tenacidad con que Lutero atendió durante más de doce años a su gigantesca obra, utilizando sabiamente la excelencia filológica de sus amigos más queridos y desplegando todos los infi­nitos recursos de su gusto literario, nos muestra a qué vasto y alto vuelo sabía elevarse su espíritu inquieto y atormentado.

Encerrado en la «wartburg» se había dedi­cado a una versión alemana del «Nuevo Testamento» que vio la luz en 1522. En los años sucesivos se dedicó a la versión del «Antiguo». Y de año en año había logrado ir publicando sueltos los libros del canon bíblico: el Pentateuco, en 1523; Josué, Job, los Salmos y Salomón, en 1524; los «Profe­tas», entre 1526 y 1530; los libros «sapenciales», en 1529; los demás «deuterocanónicos», en 1532. Finalmente, en 1534, el editor Lufft, de Wittenberg, publicaba la traducción completa: Biblia, das ist die gantze Heilige Schrifft Deutsch. La monumental versión señalaba la verdadera fecha del nacimiento de la literatura alemana. No se podría con­siderar esa traducción como una obra del todo original y personal de Lutero. Nació de una estrecha, familiar y cotidiana cola­boración del Reformador con sus amigos, después de largas y laboriosas jornadas de discusión. Lutero transfundió en ella su excepcional sensibilidad artística, su exqui­sita aptitud literaria. Melanchton contribuyó con su segura y larga pericia filológica. El grupo de los colaboradores advierte clarísimamente la enorme dificultad que presenta el programa de reproducir en una lengua áspera, indócil, retorcida, la fluida brillan­tez del estilo hebreo. La literatura profética es, naturalmente, la que opone mayor re­sistencia y provoca las más copiosas incertidumbres. Desde 1528, Lutero confiaba a su amigo Link su dificultad en someter al idioma germánico, la copiosa y resplande­ciente imaginación de los Profetas. Le pa­recía como si verdaderamente hubiera de reducir el gorjeo de un ruiseñor a la ca­dencia monótona del cuclillo. Estas obje­tivas y ásperas dificultades son las que muy a menudo han inducido a los traductores a parafrasear y a diluir. La Biblia de Lutero es para alemania y para la literatura ale­mana lo que la Divina Comedia es para Italia y la literatura italiana: allanando las diferencias locales, dio a alemania una lengua nacional y elevó el alemán a digni­dad literaria inaugurando la época moderna.

M. Pensa

La Biblia ha sido hasta ahora el mejor libro alemán. En comparación con la Biblia de Lutero todo lo demás puede llamarse «literatura», Una cosa que no ha crecido en alemania y que por esto no ha echado ni echará raíces en los corazones alemanes como supo hacerlo la Biblia. (Nietzsche)

*   La primera versión inglesa de la Biblia es la de John Wyclef (m. 1384), hecha en colaboración con Nicolás de Hereford y otros discípulos, que nos ha llegado en unos 150 manuscritos. Conocidísimo es también la Gran Biblia (Great Biblie) llamada tam­bién Cranmers Bible, del nombre de Tomás Cranmer (1489-1556) arzobispo de Canterbury, publicada en 1579 por orden de En­rique VIII. Cronwell encargó a Coverdale que preparase su edición. La impresión co­menzó en París y terminó en Londres.

A. Camerino

*   Otra conocida versión es la Biblia de Ginebra [Genevan Bible], que reproduce la traducción protestante realizada en 1540 por Nicolás Malingre en colaboración con Cal- vino: Bible en laquelle sont contenus tous les livres canoniques de la Sainte Ecriture, tant du Vieil que du Nouveau Testament, et pereillement les apocryphes. Durante el rei­nado de María I de Inglaterra (1553-59), los reformistas se refugiaron en Ginebra y en Frankfurt sobre el Maine. En Ginebra pu­blicaron en inglés esta versión que por cierto pasaje del Génesis (III, 7) fue llamada tam­bién Breeches Bible, y contenía un comen­tario aprobado por los puritanos.

A. Camerino

Bhagavadgíta

[El canto del bienaven­turado]. Poema místico filosófico indio in­serto en el sexto libro del Mahabhárata (v.). En la India, es éste el libro de devoción más extendido; publicadas cada año nuevas ediciones, se lee, relee y estudia de memo­ria, para consuelo de los dolores de la vida y como la mejor preparación para la muer­te. Arjuna, héroe pandhi, en la inminencia de la gran batalla que tendrá lugar contra los primos Kuruidas y sus ejércitos respec­tivos, se siente angustiado por esta lucha fraticida y preferiría deponer las armas a tener que verse en la necesidad trágica de matar amigos y parientes. Krsna, encarna­ción terrena del viejo dios Vismi y auriga de Arjuna, trata de arrojar del ánimo de Arjuna toda excitación, toda duda, recor­dándole que su deber, como guerrero, es combatir. Por otra parte, añade: sólo a los cuerpos se les puede matar, porque el espí­ritu es invulnerable y eterno. Hay que cumplir el deber sin cálculos, el sabio debe ser indiferente a las cosas exteriores, re­cogerse en la concentración mental («yoga») y cultivar el «bhakti» o amor de Dios.

Des­pués Krsna se le revela a Arjuna como el Ser Supremo, última meta a la que todo mor­tal ha de tender para conseguir, median­te la identificación con lo Único existente.la liberación del ciclo de las existencias. El análisis de este poema verdaderamente filosófico, y admirable por la profundidad de los conceptos que trata, revela no pocas contradicciones, entre una parte fundamen­tal más antigua, deísta de contenido, e in­serciones más recientes de elementos de idea panteística. Se funden así la Bhagavadgitd, doctrina filosófica perteneciente a di­versos sistemas tales como el «Vedanta» (panteísta), el «Sámkhya» (dualista teórico), el «Yoga» (dualista práctico), junto con las doctrinas del amor de Dios, propias del culto de Visnu; precisamente de este eclecticismo de doctrinas y de creencias deriva el valor universal que en la India tiene el Bhagavadgita, así como el haber llegado a ser un insuperable libro de edificación religiosa, igualmente apreciado por los creyentes de todas las distintas sectas. Traducido a todas las principales lenguas europeas, fue defi­nido por Wilhelm von Humboldt como lo más sublime y profundo del mundo. [Trad. con notas filológicas y aclaratorias de J. Roviralta Borrell (Barcelona, 1910) bajo el título Canto del Señor].

M. Vallauri

Beneficio de Jesucristo

[Trattato utilissimo del Beneficio di Gesü Cristo erocifisso verso i cristiani]. Impreso anónimo en 1542, seguidamente en Venecia en 1543 y después numerosas veces, alabado por elevadas dignidades eclesiásticas como los cardenales Pole, Contarini y Morone y tra­ducido a las principales lenguas europeas, este libro fue después reconocido como «compendio de los errores luteranos», con­fiscados sus ejemplares y quemados. Atri­buido primero al humanista reformado Aonio Paleario, ahora se le reconoce como obra del monje benedictino dom Benedetto Luchino de Mantua (muerto, con más de ochenta años, en 1599), que entregó su tra­bajo al poeta Marcantonio Flaminio para que «lo puliese e ilustrase con su bello es­tilo». El Beneficio de Cristo es la obra más notable de la Reforma italiana. Es una fer­vorosa apología de la doctrina de la «justi­ficación por la fe», con la entonación típica -de la secta de Valdés. El «beneficio» es la remisión de los pecados de los hombres gracias a la pasión de Cristo en la Cruz; requiere a los hombres para que «abracen» su «justicia», haciéndola «nuestra», por me­dio de una «fe santa y viva». Esta fe no es evidentemente la «fe histórica», la mera creencia en las verdades reveladas, fe que también los demonios tienen, sino la «fe viva», la fe que «como una divinidad en el alma del cristiano» le hace «obrar sobre­humanamente sin cansarse jamás», y lo «in­flama» y lo «enamora» de Dios, dándole un «ardentísimo deseo» de parecerse a Cristo en el amor al prójimo. Obrando de tal ma­nera la fe viva, es importante que el alma fiel esté «asegurada» contra la «desconfian­za» que la «prudencia humana» trata de sugerir. Poderosas armas para defenderse de esta pésima tentación de la prudencia, son las oraciones y el uso frecuente de la santa comunión y la memoria del bautismo y de la predestinación. Esta última doctrina, que no implica necesariamente una dependencia de Calvino, está tratada únicamente en el confortante sentido de la certeza, para los creyentes, de que están elegidos para la vida eterna. Porque el recibir el Evangelio con alegría es el signo de que somos hijos de Dios, al que llamamos «Pater Noster». Todos los tristes accidentes de las cosas temporales y transitorias no pueden preva­lecer contra esta certeza.

G. Miegge