Lo Frate ’Nnammorato, Giovan Battista Pergolesi

Ópera có­mica en tres actos de Giovan Battista Pergolesi (1710-1736), según libreto en dialecto napolitano de Gennarantonio Federico, re­presentada en Nápoles en 1732. La acción ocurre en Capodimonte, cerca de Nápoles.

Un raro enredo de amores complica a los miembros de dos familias vecinas: la de Carlos, tío y tutor de Nina y Nena; y la de Marcaniello, padre de Lucrecia y de Don Pedro, en cuya casa vive Ascanio, un joven al que todos creen huérfano. Carlos, ena­morado de Lucrecia, para obtener su mano ha prometido a Marcaniello una de sus so­brinas, mientras la otra se casará con su hijo. Pero las tres muchachas, están todas ellas enamoradas de Ascanio, que ama con igual pasión a Nina y a Nena, y, desespe­rado por su indecisión, quisiera morir. Las características de la comedia napolitana del siglo XVIII son evidentes aquí: despreocu­pada pintura de la vida cotidiana, con un punto de novelesco y de extravagante; ti­pos cómicos, como el anciano Marcaniello, a quien los achaques no quitan las velei­dades amatorias, o maliciosos, como las des­pabiladas criaditas, expertas en el arte de la seducción. No falta el elemento senti­mental, ni el golpe teatral con que concluye la obra; en efecto, al final, se descubre que Ascanio es hijo de Carlos. De esta manera la situación se resuelve, y el joven se casa con Lucrecia. En esta ópera, Pergolesi de­muestra toda su aptitud innata para ex­presar musicalmente los caracteres ambien­tales y psicológicos de la acción dramática.

Después de la breve obertura, el primer acto se abre con una graciosa escena en que las dos doncellas, Vannella y Cardella, desarrollan un canto alternado. Muy bella, también en el primer acto, es el aria de As­canio «Ogne pena cchiü spietata». En el se­gundo acto abundan los felices aciertos. Re­cordaremos: la canción de Vannella, que al inicial ritmo lánguido de «siciliana», contrapone un segundo motivo libre y ma­licioso; el terceto entre Nina, Nena y As­canio, límpida expresión de estados de áni­mo; el dialogado a cinco voces del final, lleno de «vis cómica». Menos notable es el tercer acto, en el que, por otro lado, es digno de mención por la rapidez de ex­presión el recitativo de Ascanio. Esta ópe­ra, comparada con las de género serio del mismo Pergolesi, demuestra la superioridad que la producción inspirada en hechos banales de la vida cotidiana tuvo, en la ope­rística italiana del siglo XVIII, respecto a la otra, áulica y pomposa, del melodrama trágico.

M.° M. Bruní

Fliegende Blätter, Kaspar Braun

[Hojas volantes]. Revista semanal ilustrada, humoristicopoética, fundada en 1844 por el grabador xilógrafo Kaspar Braun (1807-1877) y por el literato, librero y editor Friedrich Schnei­der (1815-1864); dejó de publicarse en 1928. Inspirada inicialmente en el ejemplo de una análoga hoja humorística inglesa — el Punch (v.) —, alcanzó en seguida una per­sonalidad peculiar, y, en sus tiempos me­jores, entre la fecha de la fundación y los primeros años del nuevo Imperio, fue la expresión de todo un mundo cultural bur­gués e idílico, más tarde desaparecido. Se respira en ella, como en una isla lejos del mundo, la atmósfera del Munich de los dos Luises y de Maximiliano II, cuando pintores y poetas llegaban de todas partes de Ale­mania a la «ciudad de los artistas», a ori­llas del Isar, como a una fiesta perenne. Sin embargo, las fuerzas constructivas de un más amplio y peligroso empeño seguían fermentando; pero actuaban en otras par­tes, lejos de la verde alfombra de hierba que se extiende a los pies de los blancos Propileos y de los románticos paisajes ita­lianos pintados al fresco bajo las arcadas estilo Renacimiento del Jardín de la Resi­dencia: «olían a Prusia» y hacían fruncir las cejas y arrugar la frente.

¡Que piense el Canciller del Rey, si quiere, en salvar con sus proyectos de «sistema trialístico» la Baviera «de un demasiado fraternal abrazo del Norte»: más vale ocuparse de cosas bonitas! Y entre los convenios de la «Mesa Redonda» en el palacio de Maxi­miliano y las veladas musicales en la her­mosa casa del «bellísimo» Heyse, entre una discusión de arte o de tradiciones locales en «Alt-England» y una discusión de lite­ratura en el «Cocodrilo», ¡qué vida más dulce! Poesía, pintura, música, historia y fantasía, filosofía y fábulas, «sombras chi­nescas» y «Schnadahüpfl» — «teatro de ma­rionetas» e investigaciones de archivo —, todo cuajaba espontáneamente y encontraba su sitio en el ritmo fácil y variado de la ar­moniosa existencia. La nueva revista fue el resultado del contacto de este alegre idilio de arte y de cultura con la realidad inme­diata de la vida del pueblo, que reflejó en su interior con una sátira desprovista de odio, con una ironía benévola sin aspereza, con una sonriente caricatura falta de mal­dad, mientras que, por otro lado, volvien­do a tomar al mismo tiempo una vena de barroco, siempre presente en el arte local, la engalanó con poéticas visiones, fábulas, baladas y cantos. Y fue precisamente en las páginas de las Fliegende Blätter donde, a través de la pluma de L. Eichrodt, se coloreó y vivificó con sus canciones el «maestro de escuela Gottlob Biedermeier», del que debía derivar más tarde el nombre de un período entero — tan modesto en la entonación como valioso en los resultados alcanzados — del arte y de la cultura en alemania. Fue en las páginas de las Flie­gende Blätter donde el vienés conde Pocci eternizó su Üemorroidario de Estado (v.).

Fue en las páginas de las Fliegende Blät­ter donde — en las palabras y en los di­bujos humorísticos de Wilhelm Busch — lle­varon a cabo sus pillerías, por primera vez, Máximo y Mauricio (v.), antes de ser lleva­dos al molino y transformados en miserable alimento de patos. Spitzweg le dio sus de­licadas y poéticas agudezas de «Malerpoet», que «tenía un genio especial para las vi­ñetas y hacía brillar la sonrisa dentro de una lágrima, y brotar la lágrima dentro de una sonrisa». Schwind narró en ella, en di­bujos y colores, con una fantasía cada vez nueva, sus románticos cuentos de hadas. Y, de número en número, toda una multi­tud de personajes comicopoéticos saliendo a luz, poco a poco: ¡por cuántos años el feroz Wühlhuber, el llorón Heulmeyer, el progresista Master Vorwärts fueron popu­lares dentro y fuera de los límites de Ale­mania! Tal vez en ninguna otra publica­ción el largo, amplio y laborioso proceso con que la burguesía alemana se asimiló las conquistas de la cultura nacional desde el clasicismo al romanticismo, ha encontra­do una expresión de arte tan inmediata y tan de «justo tono». Es un arte en tono menor; pero precisamente en este arte en tono menor y de «estilo doméstico» Ale­mania ha tenido siempre una de sus más originales tradiciones de arte y de poesía.

G. Gabetti

Fisiología del Ayuno. Estudios sobre el Hombre, Albert Thibaudet

[Fisiología del digiuno. St di sull’uomo]. Obra del naturalista Luigi Luciani (1840-1913), editada en las «Publicazzioni dell’Ist. di studi super.» (Floren­cia, 1889). El autor examina a fondo (desde el punto de vista de la fisiología general y del sistema nervioso y en relación con el carácter), muchos casos célebres de ayuno en el hombre y en los animales (perro), y desarrolla diversos experimentos particula­res. Entre los casos históricos más notables se recuerda el célebre de Anna Garbero (1780-1827), sobre el cual cfr. Memoria dell’astinenza di mesi 32 e giorni 11 (fino alia morte) da ogni sorta di cibo e bevanda di A. G.; compilata da Domenico Osella, médico del Principe di Savoia Carignano, Carmagnola. Tipografía Barbié. Entre los casos contemporáneos, Luciani dedicó su mayor atención al del popularísimo Succi, demostrando que un adulto normal puede ayunar 30 días «permaneciendo siempre en estado perfectamente fisiológico… sin per­juicio para la salud… con tal que tome ciertas precauciones». Según Luciani, el se­creto de Succi consiste en una carga fisio­lógica normal: «la edad madura, la lentitud del metabolismo que le es propia, la rica provisión de materiales disponibles de que se halla provisto cuando comienza sus ayu­nos».

Además, Succi hacía un uso muy moderado del agua, y de agua mineral de Biolo y de Vichy (de aquí el importante descubrimiento de Luciani sobre el valor alimenticio de las sales contenidas en aque­llas aguas, capaces de unirse químicamente a las moléculas constitutivas de los tejidos). Es sabido también que el célebre ayunador seguía además períodos de reposo. El autor distinguió tres fases del ayuno: período inicial o del hambre, período de inanición morbosa o crisis fisiológica y período de inanición. Demostró que el fenómeno del hambre es «transitorio», y desaparece del todo después de un par de días; confirmó la doctrina sobre la naturaleza funcional de los diversos principios alimenticios (clasificados por él en «respiratorios», como los hidratos de carbono, y «perfectos», esto es, a la vez «plásticos» y «respiratorios», como las substancias proteicas), y finalmente dis­tinguió la simple iniciación de la «hiberna­ción», por la cual todas las actividades vi­tales se reducen hasta el punto de producir un mínimo consumo diario, aunque sufi­ciente para mantener un hilo de vida du­rante un tiempo muy largo, como en el caso citado de Anna Garbero. Observaciones más recientes demuestran que es excesivo considerar que la «inanición fisiológica» (sin daño permanente para el organismo) puede durar 30 días.

U. Forti

Fisal, Abu Muhammad Ali ibn Hazm

Obra del polígrafo arabigoespañol Abu Muhammad Ali ibn Hazm (994-1064), cuyo título completo es Kitab al-fisal fi-l- milal wa-l-ahwá’ wa-l-nihal [Libro de las soluciones decisivas acerca de las religiones, sectas y escuelas]. Ibn Hazm, entre otras muchas obras, escribió un tratado so­bre el amor y los amantes (v. Tawq al- hamáma), un tratadito moral (Libro de los caracteres y la conducta) y una Epístola apologética de al-Andalus (v.).

El Fisal es su obra de más altos vuelos, cuyo cono­cimiento detallado debemos al arabista es­pañol Miguel Asín Palacios (véase al final la referencia bibliográfica). Es un completo análisis de las actitudes que el espíritu hu­mano ha adoptado en cuanto a las ideas religiosas. Se compone de dos partes, en la primera de las cuales trata de las religio­nes no islámicas, mientras que la segunda se refiere a las sectas musulmanas. El Fisal estudia por orden de menor a mayor im­portancia — en relación al monoteísmo — esas actitudes, empezando por el escepticis­mo, el ateísmo y el deísmo. Ibn Hazm exa­mina y refuta esos tres sistemas, que niegan toda base de religión. A continuación se enfrenta con las religiones positivas, em­pezando por las dualistas: el zoroastrismo (incluyendo las sectas maniqueas y mazdeas), y luego con el cristianismo, que con­sidera politeísta por creer en la Trinidad (Ibn Hazm conoce las sectas trinitarias y también las antitrinitarias).

Luego llega, por exclusión, a la tesis del monoteísmo y a la necesidad de la revelación. Tras refu­tar el monoteísmo de los brahmanes y a los racionalistas (que niegan la revelación y son partidarios del poligenismo), dirige sus ataques contra el judaísmo y el cris­tianismo, basándose en el hecho de que han adulterado el Antiguo y el Nuevo Testa­mento, argumento que intenta probar me­diante la crítica externa e interna, demos­trando un conocimiento bastante a fondo de los Textos Sagrados, y señalando a base de motivos históricos la imposibilidad de su conservación auténtica. Del judaísmo impugna cinco sectas que él distingue: samaritanos, saduceos, caraítas, rabanitas e isawíes. Todo esto lo hace a base del criterio záhiri, es decir, de la escuela jurídico-religiosa islámica que seguía Ibn Hazm. De lo cual resulta que la única religión reve­lada es el Islam: prueba la misión divina de Mahoma y el carácter sobrenatural del islamismo. Pero, una pregunta: ¿cuál de las numerosas sectas musulmanas es la or­todoxa? Estudia cuatro sectas principales (así como las «sectillas» en que se subdividen): muryíes, siíes, mutáziles y jariyíes, señalando los puntos en los que andan erra­das.

La conclusión que se impone es que debe seguirse la interpretación literal del Corán (v.), o sea, el sistema propugnado por la escuela Zahirí. En conjunto, la obra constituye una apología del Islam, pero sin carácter objetivo e impersonal. Señalemos que Ibn Hazm polemizó con el judío Sémuel b. Nagrella (cf. Poesías) en un tratadito en el que abundan los insultos, sea contra la persona de su oponente, sea contra el judaísmo. [Traducción castellana, precedida de un amplio estudio, por Miguel Asín Pa­lacios, en su obra Abenházam de Córdoba y su historia crítica de las ideas religiosas (Madrid, 1927-1932, 5 vols.)].

D. Romano

De la Firmeza del Sabio, Lucio Anneo Séneca

[De constantia sapientis]. Es el segundo de los doce diálogos de Lucio Anneo Séneca (4 a. de C.- 65 d. de C.), escrito, posiblemente, entre los años 52 y 53. Está dedicado a aquel Anneo Sereno, comandante de la guardia de los bomberos, con el cual, a pesar de su gran diferencia de edad, Séneca tenía una gran amistad y al que dedicó también otras obras, como La tranquilidad del espíritu (v.) y La vida contemplativa (v.). El conte­nido del diálogo se indica ya en el subtítulo «nec iniuriam nec contumeliam accipere sapientem»: el sabio no puede recibir ni «ofensa grave» ni «ofensa leve». El sabio, dice el filósofo, es como esos cuerpos que el fuego no logra encender o como aquellos metales sobre los cuales rebotan los golpes: evidentemente los hombres, que son natu­ralmente malos, intentarán inferirle ofensa grave o leve, pero los golpes no le tocarán, ni los de la «iniuria» ni los de la «contu­melia», que, aunque más leve, suele ser para el vanidoso más dolorosa que la pri­mera. El sabio guarda en sí mismo las razones y las garantías de su serenidad, no en las cosas exteriores, que la naturaleza le ha dado, pero puede también quitarle fácilmente y de improviso: y en prueba de esta afirmación Séneca cita los ejemplos de Catón de útica y del filósofo griego Estilpón, el cual, habiendo perdido en la des­trucción de Megara, bienes, casa e hijos, declaró que el enemigo no le había qui­tado nada, desde el momento que no le había sido arrebatado aquello que era su don sacrosanto, es decir, su imperturbable serenidad. Por lo tanto, si el sabio, el que verdaderamente lo es, sabe hacer frente a las vicisitudes más dolorosas e inmerecidas, no podremos dudar de que sabrá mantenerse inalterablemente sereno frente a las pequeñas ofensas de la maldad o de la mezquindad humana.

Esta imperturbabilidad del sabio ha sido admitida también por el filósofo que más alejado parece de los prin­cipios del estoicismo, o sea, precisamente aquel Epicuro que los más ostentan como escudo de su molicie. Efectivamente, Epi­curo dice que la fortuna no puede hacer presa sobre el paciente; no entra en su casa porque sabe que en ella no encontraría nada suyo. Pero entre Epicuro y los estoi­cos existe esta diferencia substancial: Epi­curo dice que las ofensas son tolerables para el sabio; mientras, según los estoicos, ni siquiera existen. El diálogo termina con una cálida exhortación a soportarlo todo serenamente: hay que mantenerse lejos de las provocaciones y no dejarse conmover por las alabanzas; hay que aprender a con­tar únicamente con uno mismo y a cuidarse tan sólo del propio perfeccionamiento moral; así se conquistará la perfecta liber­tad, que consiste en no turbarse por las ofensas y en tolerarlas con serenidad, sin irritación ni amargura. En la Firmeza del sabio aparecen con mayor amplitud varios temas ya indicados en la Providencia (v.); pero en esta última el concepto de la im­perturbabilidad del sabio está considerado más bien frente a los inevitables choques de la convivencia social. Felices ejemplos sacados de la vida cotidiana y del inter­cambio de relaciones con el prójimo de todos los grados y clases sociales, dan ma­yor viveza a la tesis estoica y contribuyen a hacer de este diálogo una de las más vi­vas obras de Séneca.

A. Mattioli