Remigio Zena

Seudónimo del marqués Gaspare Invrea, que nació el 23 de enero de 1850 en Génova, donde murió el 8 de septiembre de 1917. Graduóse en Leyes en la Universidad de su ciudad natal, y estuvo empleado en la administración de justicia militar. A esta labor oficial añadió una actividad de poeta y escritor, de la cual cabe mencionar sus obras poéticas Poesie grige (1880), vincu­lada al realismo y a la «scapigliatura» milanesa, e In Olympia (1905), satírica, así como las narrativas La boca del lobo (1892, v.), descripción verista del ambiente popular genovés, y L Apostolo (1901), según el tono de Huysmans (v.).

G. Invrea

William Wollaston

Nació en Stafford­shire el 26 de marzo de 1659 y murió en Char­terhouse Square el 20 de octubre de 1724. Pertenecía a una antigua familia del condado natal, uno de cuyos miembros, Henry Wollaston, había acumulado en Londres una con­siderable fortuna, heredada casi en la tota­lidad por su hijo mayor, William, quien adquirió el castillo de Shenton y, primo del padre del filósofo que nos ocupa, prometió su protección al joven, admitido el 18 de junio de 1674 en el «Sidney Sussex College» de Cambridge. Allí, aun cuando apreciado por su aplicación, Wollaston se enemistó pronto con el director del centro, y hubo de abandonar la ciudad apenas graduado, el 29 de agosto de 1681.

Vuelto al hogar, conoció una época difícil, de la cual es testimonio la égloga pindàrica escrita entonces «para desahogar la melancolía». En busca de consuelo com­puso también una versión del Eclesiastés bajo la misma forma poética. Poco después, recibidas las órdenes, fue nombrado maes­tro adjunto de la escuela de Birmingham; su antecesor en el cargo retiróse junto a William de Shenton, e influyó indudable­mente en la determinación que indujo a aquél a hacer testamento, a su muerte, en favor del pariente. De esta suerte, en 1688 Wollaston llegó a ser rico, aun cuando se viera gravado por el mantenimiento de los fami­liares. En 26 de noviembre contrajo matri­monio con Caterine Charton, y, en adelante, permaneció en el ambiente de su hogar, entregado a la composición de sus obras. En 1691 publicó la paráfrasis del Eclesiastés.

En 1703 imprimió, exclusivamente para su propia familia, una gramática latina. En 1722 dio a la luz su obra principal, Esbozo de la religión natural (v.), publicada en 1724. Escribió, además, numerosos tratados, de los cuales sólo trece se conservan en la actualidad, y en estado fragmentario, por cuanto Wollaston, severo crítico de sí mismo, antes de su muerte quemó gran parte de sus tex­tos. Algunos años después, es 1732, la reina Carolina hizo colocar un busto de mármol del filósofo en el jardín real de Richmond, junto a los de Locke, Newton y Clarke.

M. L. Stringa

Juan de Valdés

Nació en Cuenca hacia 1499 y murió en Nápoles en 1541. Hermano gemelo de Alfonso (v.), de familia noble, pasa sus primeros años en el ambiente de la corte, entrando hacia 1524 en el servicio del marqués de Villena que acogía en su casa un centro de «alumbrado» dirigido por Pedro Ruíz de Alcaraz. Más tarde se matri­cula en Alcalá, estudiando fundamental­mente el griego. La publicación (1529) del Diálogo de doctrina cristiana (v.), denun­ciada a la Inquisición y juzgada por una comisión teológica de la Universidad de Alcalá, que sin embargo, no lo hace muy severamente, le mueve a abandonar España definitivamente. En Italia ejerce algunas misiones diplomáticas, nombrándole Cle­mente VII «camerarium nostrum».

En 1535 se establece en Nápoles en calidad de agente político imperial, y allá dirige espiritual­mente un grupo centrado en Julia Gonzaga, la seductora napolitana, al que asistían, en­tre otros, Pietro Camesechi, más tarde con­denado a la hoguera, Pedro Mártir, Varmigli, etc. Poco sabemos de su vida a partir de 1537. Personaje curioso, místico peculiar, fuera de serie, como su hermano al servicio de la idea imperial de Carlos V, y así lo atestigua su correspondencia con el cardenal Ercole Gonzaga, es con su hermano Alfonso el representante más típico del erasmismo en España, y, en efecto, con el propio Erasmo mantiene una interesante corres­pondencia a partir de 1528. De salud deli­cada, espíritu más refinado que activo y emprendedor, Valdés es el reformista sagaz, tolerante, deseoso, más que de polémica y ruptura, de una vida religiosa más íntima y menos formalista. Su labor literaria ofrece el doble aspecto del reformista místico y del filólogo. En la primera dirección su labor fundamental se desarrolla en Nápoles tanto como autor como divulgador y traductor de textos religiosos, dirigidos a su íntimo círcu­lo napolitano.

Se trata de obras escritas con más intención religiosa que literaria, por lo que son comprensibles sus defectos forma­les, llenas de fervor e inquietud religiosa, en algunos momentos de una intimidad en la que rezuma el cálido ambiente del círculo y de la belleza de Julia Gonzaga. Además del citado Diálogo de la Doctrina cristiana (v.), recordamos Alfabeto cristiano (v.), cuyo original castellano se ha perdido, co­nociéndose sólo por la traducción italiana, en la que interviene Julia Gonzaga, y se expone la tesis fundamental del amor a Dios como causa de acción; Las ciento diez con­sideraciones divinas (v.), la más completa de sus obras religiosas, reflejo de los colo­quios con sus discípulos y de orientación erasmista, con sentimientos amplísimos y desbordados, como el perdón general, con­fianza ilimitada en Dios, etc. Comentario a la epístola de San Pablo a los romanos, la interpretación de los Salmos, trabajos exegéticos sobre San Mateo, San Pablo, etc.

Si bien la personalidad fundamental de Valdés es esencialmente la mística religiosa, desde el punto de vista literario es más interesante su obra filológica, el Diálogo de la lengua (v.), escrita en Nápoles, pro­bablemente durante su primer período de estancia. Dentro de la corriente dignificadora de las lenguas romances al estilo de Pietro Bembo en Italia y J. du Bellay en Francia, y en un correctísimo estilo, es por una parte un intento de historia crítica de la lengua castellana y por otra un estudio de las más importantes obras literarias cas­tellanas. De fría y sutil exposición doctri­nal, suavemente irónica en sus ataques (v. gr. contra Nebrija) y de una elegancia y refinamiento exquisitos, este coloquio es sin duda una de las obras maestras del re­nacimiento español. Su doctrina es en gene­ral acertada, con claras previsiones sobre la puntuación, los arcaísmos y la evolución de la lengua.

Interesa destacar, y adviértase en ello un síntoma de la claridad mental de Valdés, cómo en esta obra el autor abandona su preocupación religiosa para estrictamente ceñirse al tema. Resumiendo, Valdés es uno de los humanistas españoles más característi­cos; espíritu ávido, vertió su ansiedad en una doctrina misticista sobre la base del desprecio de la razón humana, enturbiada por el pecado original, y del conocimiento y sentimiento en el sentido de la profundi­dad, de Dios. Ésta es su dimensión fun­damental, a la que enriquece, o mejor nos la hace suponer más compleja, dilatada, su Diálogo de la lengua. En vida, en parte por su condición política pública, quizá también por su poca aparatosidad, escapó a las per­secuciones. Bajo Pío V su doctrina fue condenada y alguno de sus miembros que­mado. Valdés ya había muerto.

Gleb Ivanovich Uspenski

Nació el 13 de octubre de 1840 en Tula, y murió en Strel’na, cerca de San Petersburgo, el 24 de marzo de 1902. Pertenecía a una familia de tradi­ciones eclesiásticas, interrumpidas, empero, por su padre, que fue empleado. Estudió Leyes primeramente en la Universidad de San Petersburgo, y luego en la de Londres. En 1863, no obstante, abandonó los estudios, por cuanto, fallecido su padre, hubo de ga­narse el propio sustento. Aun cuando empezó a publicar relativamente pronto, su prime­ra obra importante, Costumbres de la cal le Rasterjaeva (v.), no vio la luz hasta 1866, en El contemporáneo. Cinco años después, en 1871, apareció La ruina, segunda novela del autor, elaborada con cierta, lentitud. Al mismo tiempo, marchó al extranjero, y se desinteresó casi- de la suerte de su obra, acogida en Los anales patrios, la más im­portante revista radical de la época. De la descripción del pequeño mundo de una ciudad de provincias (empleados y pequeños burgueses) pasó a la de la influencia ejer­cida por la vida urbana en la población rural. Empleado en la caja de ahorro agrí­cola de una pequeña ciudad del gobierno de Samara, de donde se trasladó posterior­mente al de Novgorod, Uspenski había podido adquirir un profundo conocimiento del mundo de los mújiks. Frutos de sus expe­riencias fueron Del diario campesino (v.) y, luego, La potencia de la tierra (v.). A este último texto se halla vinculado par­ticularmente el nombre del autor, quizá más bien por la originalidad de las situa­ciones que a causa del valor artístico de su descripción. Escrita en plena efervescen­cia del populismo idealista, la novela re­fleja las desilusiones del ideario en relación con los campesinos; pero, también, el no disminuido y sincero fervor con que los intelectuales de la época (la obra apareció en 1882) procuraban acercarse al pueblo (v. asimismo EX aldeano y su trabajo, 1882). Tras La potencia de la tierra Uspenski escribió todavía otras narraciones. Sin embargo, su actividad había terminado. Víctima de una dolencia psíquica, vivió aún diez años más; finalmente, la muerte libróle de sus sufri­mientos.

E. Lo Gatto

L’Avenir, Hugues-Félicité-Robert Lamennais

Famoso diario fundado en 1830 por Hugues-Félicité-Robert Lamennais (apellido democratizado por el autor en 1837 — del originario de La Mennáis; 1782-1854), con Charles Forbes de Tryon de Montalembert (1810-1870) y Henri-Domini- que Lacordaire (1802-1861). En él sostiene Lamennais vigorosamente el ideal de un ca­tolicismo democrático, que veía en el libe­ralismo un fruto del Evangelio y de la va­ticinada igualdad social. Promovió viva lu­cha contra el espíritu de la Monarquía de julio, a la que Lamennais consideraba liga­da a intereses particulares, y en el fondo, materialistas. Para comprender la inspira­ción del diario, es notable la actitud procla­mada por el autor en su Ensayo sobre la in­diferencia en materia de religión (v.). El epígrafe del diario: «Dios y libertad», re­sume plenamente este programa espiritual. Condenado por la Iglesia — para lo que son documentos importantes los Asuntos de Roma (v.) — el escritor se sometió, pero pronto, por su espíritu revolucionario, rom­pió definitivamente con la autoridad ponti­ficia en Palabras de un creyente, 1833, (v.). El diario se vio obligado a suspender su publicación en noviembre de 1831.

C. Cordié