Diógenes Laercio

Escritor griego au­tor de las Vidas de los filósofos (v.) y cono­cido únicamente a través de este libro. Acerca de él no ha llegado hasta nosotros noticia biográfica alguna. Se cree que vivió en los primeros años del siglo III, por cuan­to no cita filósofos posteriores al II.

Aun su mismo nombre ha sido objeto de con­troversias. Normalmente se le denomina Diógenes Laercio, o sea natural de Laertes, en Cilicia; pero, a veces, en los manuscritos aparece invertido el orden de aquellas dos palabras, y algunos (Wilamowitz) han aducido la posibilidad de que Laercio fuera un sobre­nombre, de reminiscencia homérica; con todo, no se ve claro por qué ello habría de explicar su anteposición al nombre.

Escri­tor muy mediocre, sin estilo ni pensamien­to propios, se revela espíritu ávido de cu­riosidad, pero superficial y dominado por la ambición de ofrecer al público una obra fácil y completa de divulgación con la cual dar a conocer a la generalidad de los lec­tores la filosofía griega en sus distintas escuelas.

Más bien que las doctrinas, su­cinta y, a menudo, deficientemente expuestas, le interesan las relaciones personales, las biografías, las anécdotas, las leyendas y las agudezas. Se trata de un compilador que acude a Soción, Favorino, Diocles de Magnesia, Demetrio de Magnesia, Aristóxeno, Hermipo, Antígono de Caristo y aun otros, así como también a documentos originales, y transcribe o compendia los di­versos elementos sin proceder a una refun­dición previa, por lo que frecuentemente repite bajo formas distintas detalles ya di­chos.

Además, acumula una serie de narra­ciones y no trata de comprobar antes su verosimilitud o falsedad. Compuso también versos en metros varios, reunidos con el título general de Pammetro (v.); de esta colección, no llegada hasta nosotros, saca los epigramas citados en las Vidas de los filósofos. Parece considerar la filosofía como ocioso pasatiempo tan sólo.

No obstante, puede vislumbrarse un interés más profun­do en el libro X, dedicado a las teorías filosóficas de Epicuro y en el que figuran las tres famosas cartas del filósofo. La cir­cunstancia de que la obra se cierre con la fiel exposición de esta doctrina, permite pensar en una propensión, aunque sólo in­telectual y de aficionado, del autor hacia el epicureismo.

V. E. Alfieri

Manuel Díaz Rodríguez

Novelista y ensayista venezolano, nació en 1871 en una ha­cienda próxima a Chacao, no lejos de Cara­cas, y murió en Nueva York en 1927, de donde sus restos fueron trasladados a Caracas. Doc­tor en Ciencias Médicas, viajero incansable, diplomático y político, representó a su país en Italia, fue diputado, senador, director de Instrucción Pública, presidente de los esta­dos de Nueva Esparta y Sucre, y secretario de Fomento y Relaciones Exteriores.

Es el hombre refinado, individualista, europeizan­te, que huye de lo vulgar y busca la bri­llantez en la expresión; quiere reformar y mejorar el ambiente de Venezuela; filo­sofa al estilo de Rodó (Camino de perfec­ción, 1907), pero sin la profundidad y tras­cendencia del gran ensayista uruguayo; plantea los problemas y los resuelve sin apenas lucha, con pesimismo decadente; en una palabra, rinde culto al esteticismo a costa de la profundidad psicológica.

Quizá por eso sus más famosas novelas (ídolos rotos, 1901, y Sangre patricia, 1902, v.) no den una idea exacta del conjunto de su producción literaria: es preciso mirar un poco atrás (Cuentos de color, 1899, v.) y muy adelante (Peregrina o El pozo encan­tado, con otros relatos, 1922) para estimar debidamente la vuelta del novelista ha­cia las interioridades del alma venezolana.

A pesar de esto, Díaz Rodríguez no llega tan adentro como Rómulo Gallegos, pero abre el camino. Comenzó colaborando en El Cojo Ilustrado y dirigió en 1909 El Progresista. Sus Sensaciones de viaje (1896) fueron premiadas por la Academia Venezolana de la Lengua. Otros trabajos suyos son: Confidencias de Psiquis (1896), De mis romerías (1898) y Sermones líricos (1918), que nos ofrecen el criterio esteticista del autor aplicado a la oratoria.

Díaz Rodríguez es un gran escritor venezolano, in­fluido poderosamente por Nietzsche y por D’Annunzio, incorporado a las corrientes esteticistas del modernismo, refinado y selec­to : una de las más interesantes «figuras solitarias» de Hispanoamérica.

J. Sapiña

Guido Da Verona

Nació en Saliceto Panaro (Módena) el 7 de septiembre de 1881 y murió en Milán el 5 de abril de 1939. Fue de origen hebreo e inició sus actividades na­rrativas en la órbita de D’Annunzio. En él, empero, el ideal heroico del modelo queda notablemente reducido.

Entre sus obras cabe citar La que no se debe amar (1910, v.), La vida comienza mañana (1912, v.) y Mimí Bluette, flor de mi jardín (1916, v.), el libro que hizo célebre a su autor. Olvi­dado ya por el público, puso fin a sus días con el suicidio ante los primeros indicios de la persecución racial.

Daini – No – Sammi

Escritora y poetisa japonesa, hija de la célebre Murasaki Shi- kibu y de Fujiwara-no-Nobutaka. Su ver­dadero nombre era Fujiwara Takako. Casó con Takashina Nariaki, «Dazai no sammi» (subsecretario del gobierno de la isla de Kyūshū), de donde la denominación con que es conocida en la historia.

Fue no­driza del príncipe Chikahito, luego empe­rador Go Reizei (1045-48). Se le atribuye el Sagoromo Monogatari (v.), aun cuando muchos no coinciden con esta opinión. En las antologías oficiales aparecen numerosas poesías de esta autora, que tiene además una colección propia, titulada Daini – no- sammi-shū (shū, colección).

Y. Kawamura

Remigio Crespo Toral

Escritor ecua­toriano, nació en Cuenca en 1862, murió en 1939. Cursaba todavía estudios de abogado cuan­do fue elegido diputado de la Convención Nacional (1883). Presidente del Congreso en 1888, desempeñó después diversos car­gos diplomáticos en América y Europa.

Su personalidad y prestigio le valieron ser co­ronado como poeta nacional en 1917. Pero no sólo fue poeta (v. Poesías), situado en el tránsito de un romanticismo decadente a un modernismo balbuciente y tímido, sino también excelente prosista, de cuida­do lenguaje (era miembro correspondien­te de la Academia Española de la Lengua desde 1889), y agudo crítico literario y de arte.

Escribió sobre Bolívar, sobre la cues­tión de límites con Perú, acerca de Dante; en 1901 prologó uno de los volúmenes del novelista Alfredo Baquerizo Moreno, a quien le encuentra antecedentes inmedia­tos en Juan Valera.

Conservador en poli­tica, de espíritu profundo e intensamente religioso, Crespo Toral supo ganar con su pondera­ción y talento la devoción y el respeto de amigos y adversarios: el gobierno liberal del general Plaza lo nombró abogado con­sultor de la Legación de su país en Perú y en España. Propugnó siempre el sentido universal de la literatura y el arte hasta en los temas y producciones de carácter más local.

J. Sapiña