Siyaset Name, Nizám al-Mulk

[Libro de la política]. Tratado epicopolítico persa, del género de los llamados «Fürstenspiegel» o «espejos de príncipes», compuesto a finales del siglo XI por el estadista persa Nizám al-Mulk (m. en 1093), por encargo del sultán seleúcida Maliksháh. En él, Nizám al-Mulk recogió los resultados de su larga experiencia de visir y hombre político, puesto que durante muchos años tuvo en sus manos la direc­ción efectiva del imperio. Apenas está bos­quejada la parte teórica sobre el origen y el carácter de la soberanía, donde se acepta el principio corriente en la Edad Media musulmana del origen divino del poder. El Siyaset Name es, en cambio, precioso como cuadro, aunque asistemático y fragmentario, de las instituciones militares y civiles, administrativas y económicas, del imperio de los Seleúcidas, y en parte tam­bién de otros estados musulmanes.

Contie­ne, en efecto, para ilustrar los preceptos políticos y administrativos, numerosos cuen­tos y anécdotas, a menudo estilizados con delicioso candor, que reflejan ambientes y épocas anteriores al siglo XI. Del Estado seleúcida, el Siyaset Ñame nos enseña su estructura de feudalismo militar, la orga­nización de la Corte, el sistema de impues­tos, las relaciones entre el soberano, los vasallos y los súbditos, las relaciones con el califato de Bagdad, etc. De gran im­portancia desde el punto de vista histórico e historicorreligioso son los capítulos fina­les sobre las sectas heréticas musulmanas, contra las que los Seleúcidas libraban una violenta campaña, y de cuyo terrorismo de­bía ser víctima más tarde el mismo Nizám al-Mulk. Además de su importancia histó­rica, el Siyaset Ñame tiene también un no­table interés literario, por el estilo y la lengua en que está redactado, ambos fieles a las más nobles tradiciones de la prosa persa antigua, sencilla y eficaz, ajena al «preciosismo que había de corromperla en época más tardía. Concebido como una obra esencialmente práctica y técnica, la habilidad de su autor supo convertirla en un clásico de la literatura persa. Trad. fran­cesa de Ch. Schefer (París, 1893).

F. Gabrieli

Principios de Biología, Herbert Spencer

[Principies of Biology]. Tratado filosófico, en dos volúme­nes, de Herbert Spencer (1820-1903), se­gundo de la gran obra sobre la teoría de la evolución (v. Primeros principios, Prin­cipios de psicología, Principios de sociolo­gía y Principios de ética), publicado en 1864-67.

En él se trata de demostrar que la vida es el resultado de una incesante adap­tación de las relaciones internas y externas. La constante producción de cambios astro­nómicos, geológicos y meteorológicos deter­mina una serie de causas modificadoras a las que los organismos están expuestos en cada momento. A esto se añaden las fuerzas orgánicas por las que las plantas y los ani­males se encuentran entre una red de com­plicadas relaciones recíprocas, de tal modo que a la variación de cada especie sigue el cambio de las condiciones vitales de todas las demás. Naturalmente, a estos factores externos, inorgánicos y orgánicos, corres­ponden los factores internos. Si la materia orgánica no fuese capaz de seguir, con mo­dificaciones interiores, los cambios de las relaciones externas, las transformaciones operadas por las fuerzas externas provoca­rían la descomposición.

A su vez, todo cam­bio de las condiciones externas, destruyendo el equilibrio interno de los organismos, le obliga a tomar una nueva estructura, y así, cada vez en mayor escala, consiguen ad­quirir los organismos la capacidad de reaccionar ante las variaciones de los ambien­tes. Por sustentar tales principios, hubo quien consideró a Spencer como mero dis­cípulo de Darwin; pero si el pensamiento de este último ha llenado una laguna en la filosofía spenceriana, también es cierto que siete años antes de publicarse el Origen de las especies (v.), de Darwin, Spencer había establecido las bases del problema, con el artículo «The development hypothesis» [«Hipótesis de evolución»]. La convicción spenceriana sobre la verdad de la teoría evolucionista no procede de vía directa, sino indirecta: llega a esta afirmación por hallar inconcebible la tesis opuesta. Tam­bién antes que Darwin creyó que todas las actuales formas vivas se han desarrollado por vía natural, partiendo de formas vivas anteriores y más simples.

M. Maggi

De los Principios, Orígenes de Alejandría

La más sistemática e importante obra filosoficoteológica de Orígenes de Alejandría, llamado el «Adamantino» (185-254), com­puesta hacia el 231, y que sólo ha llegado hasta nosotros en su traducción latina por Rufino de Aquilea, con el título De principiis seu de potestatibus.

Los Principios son una tentativa ecléctica dé conciliación de sistemas filosóficos y corrientes de pensa­miento y de vida religiosa que formaban el clima espiritual de la cosmopolita Ale­jandría del siglo III, como el neopitagorismo, la filosofía judaico-alejandrina, el neoplatonismo y el gnosticismo. No causa, por tanto, asombro que en este intérprete del Cristianismo según los términos de la filosofía griega, no se halle aquella unidad y rigidez sistemática que ‘formará la carac­terística de los Doctores y Padres de la Iglesia de los siglos sucesivos, y que com­batido en algunas de sus doctrinas haya sido después privado de la cátedra cate­quística de Alejandría y excomulgado. Orígenes propugna la doctrina de la crea­ción «ex nihilo», y sostiene, para salvar además de la actividad eterna inmanente de Dios también la transcendente, la eter­nidad de la creación, concebida como una serie sucesivamente infinita de mundos.

También los espíritus, creados por Dios «ab aetemo», perduran incorruptibles y eternos: han salido todos iguales de las manos del Creador; solamente la diversi­dad de los méritos adquiridos por el libre albedrío los ha dividido en sus distintas categorías. En efecto, las diversas condicio­nes y dotes de las almas humanas en su nacimiento terrestre dependen de los «mé­ritos que se han conquistado en su exis­tencia anterior, antes de tomar un cuerpo mortal». «Luego de saciarse en la contem­plación divina, se inclinaron al mal en­friándose en su amor divino…, y, finalmen­te, para pagar su culpa, fueron relegados a los cuerpos» en los cuales deben cumplir su purificación. Coherentemente, Orígenes interpreta de modo alegórico todo el relato del Génesis (v.), y en el «pecado de Adán» ve un símbolo de la caída general de los espíritus humanos. También el alma de Cristo fue creada «ab aeterno», como todos los espíritus, y fue destinada a la unión con el Verbo divino, porque por potencia de amor se había unido a Dios de modo más ardiente y tenaz.

Contra la doctrina de los castigos y de las recompensas eter­nas sostiene la de las pruebas sucesivas, ya como subida del mal al bien supremo, ya como bajada de la virtud al vicio. En la «Apokatástasis» o reintegración univer­sal y retorno al mismo punto¿ se efectuará el fin del universo. Destruido el único ene­migo, la muerte, todos los seres serán re- conducidos a Dios y entonces «Dios estará todo en todos» (San Pablo). Mas para lle­gar a esto, todos, hasta los justos, necesi­tarán de una purificación, pues se habrá de lavar en todos la mancha del contacto del alma con la carne. La conciliación de esta doctrina de la «Apokatástasis» con la de las pruebas sucesivas, que implica la posibilidad de un doble proceso del alma al bien y viceversa, forma la más ardua cuestión de la metafísica de Orígenes, y por él no resuelta. Si el principio y el fin son los mismos, ¿cómo puede la posi­bilidad, esencial al libre albedrío, de que las almas decaigan y realicen el mal, conciliarse con la consecución de la unidad y armonía definitiva de todos los espíritus en Dios? La originalidad y atrevimiento de los Principios, y sus divergencias de la doc­trina católica, hacen de ellos una obra fundamental en la historia del pensamiento cristiano de los primeros siglos.

G. Pioli

La Primera Vez con el Padre a Maitines, Laza Lazarević

[Prvi put s otcem na jutrenje]. Es la mejor novela corta del escritor serbio Laza Lazarević (1851-1890), publi­cada por vez primera en 1879 en el perió­dico serbio «Srpska Zora» [«La Aurora serbia»] con el título Las campanas ‘ de la igle­sia de N. Mitar, rudo y severo comerciante de una ciudad de provincias, presa de la pasión del juego, descuida a su familia y el trabajo; acaba llevando a su casa a los compañeros y pasa las noches enteras jugan­do. Su mujer, que vive con los hijos en la sujeción más temerosa, no se atreve a hacerle el menor reproche.

Pero Lina noche la des­gracia se ceba con Mitar y lo pierde todo. Bajo la desgracia, el hombre, siempre tan fuerte, se acobarda y está a punto de ma­tarse. Pero la mujer, que ha seguido la dolorosa aventura, en aquel momento está a su lado y con sus palabras humildes y devotas despierta su confianza en sí mismo y su esperanza. Vuelve a su casa tranqui­lizado, despierta a los hijos y se dirige por primera vez con ellos y con su mujer a maitines. La novelita tiene en la primera parte un valor dramático notabilísimo y está llevada con mucha habilidad. El patético final revela una intención moral, pero sin estropear, en conjunto, la impresión pro­funda y favorable que suscita.

L. Salvini

Los Preludios de Liszt

[Les Préludes]. Es el tercero de los doce poemas sin­fónicos de Franz Liszt (1811-1886); escrito en 1854, figura entre los más conocidos y ejecutados de la serie.

El texto que lo ins­piró pertenece a las Meditaciones poéticas (v.) de Lamartine: «Nuestra vida, ¿no es acaso una serie de Preludios al canto des­conocido cuya nota primera y solemne en­tona la muerte?». De la obra, que está cons­truida según el característico procedimiento de Liszt de oposiciones entre episodios sere­nos y contemplativos y episodios agitados y tumultuosos. La misteriosa sugestión que despierta en el ánimo la contemplación de un objeto ar­queológico queda fijada por el músico en «Canope», sugerido por una antiquísima urna funeraria egipcia. El noveno preludio está sacado de una reminiscencia de Dickens: «Hommage a S. Pickwick Esq. P. P. M. P. C.» (Esto es: «Esquire, Perpetual President, Member Pickwick Club»).

Es una página irónica y pintoresca análoga al sexto preludio, que retrata una figura de «varie­dades»: «General Lavine excentric». Un día Debussy recibió de Manuel de Falla una postal ilustrada de Granada, en la que figu­raba la «Puerta del vino», y sacó de ella el título para un preludio, una «habanera», sangrienta y violenta, hecha de sonoridades acres veladas a veces por lánguidos acentos que evocan ambientes ambiguos de barrios bajos. Con dos piezas de virtuosismo pia­nístico se cierra el segundo libro de los Preludios. El undécimo preludio es un verdadero estudio de técnica de «tierces alternées», pura música, libre de toda imagen extraña, que pone en obra y plasma una sugestiva materia sonora: el juego alterna­do entre las dos manos de bicordes de ter­cera.

El último preludio, «Feux d’artifice», es una especie de suma de todas las mane­ras pianísticas preferidas por Debussy: flui­dísimos arpegios, rozados sobre las teclas blancas y las teclas negras, sonoridades. Los principales momentos de la prosa poé­tica de Lamartine, ilustrados por el músico, pueden resumirse de esta manera: el amor, aurora de la existencia, los tormentos del hombre, el refugio en la naturaleza, la lucha, en fin, en la que el hombre recupera la plena conciencia de sí mismo.

L. Córtese

Liszt, a pesar de la universalidad de su inteligencia musical, no ha conseguido ja­más elevarse a la música pura, o sea a una música que no busque su razón de ser en el deleite del virtuosismo, o que no se ponga al servicio de un texto literario para obtener de él el apoyo del elemento poé­tico. (Combarieu)