François Mauriac

Nació en Burdeos el 11 de octubre de 1885. «No observo ni describo: hallo de nuevo—escribió en cierta ocasión—, y lo que encuentro es el mundo estrecho y jansenista de mi infancia piadosa, angus­tiada y replegada en sí misma, y la provin­cia que la envolvía… En mí todo ha ocu­rrido como si a los veinte años se hubiera cerrado para siempre una puerta detrás de lo que iba a ser la materia de mi obra.» Hijo de una familia burguesa de terrate­nientes y de importantes comerciantes de Burdeos y las Landas, los intensos olores y los colores ardientes de su tierra meridio­nal habrían de ser no sólo elementos escé­nicos de su producción novelesca, sino tam­bién un personaje esencial de ésta. Cris­tiano, desarrolló en el seno del catolicismo, al ritmo de las fiestas litúrgicas, su inte­ligencia y, más aún, su sensibilidad y su misma sensualidad: el Dios de Mauriac, ya como vocación o bien como punto de contradic­ción, es, ante todo, una divinidad presente a los sentidos.

El padre del escritor, no obs­tante, era ateo. Falleció en 1886. El mu­chacho, que entonces contaba un año, fue educado, junto con tres hermanos y una hermana, por su madre, católica ferviente y severa, Realizó sus primeros estudios en instituciones religiosas : primeramente con las monjas de la Sagrada Familia, y después en el colegio Grand Lebrun, que dirigían los marianistas en el suburbio bordelés de Cau- déran. Una de las novelas iniciales de Mauriac. La robe prétexte (1914), presenta sin duda con gran fidelidad el ambiente que rodeó la adolescencia del autor, hiper sensible, asustado por el descubrimiento en sí mismo de las primeras y ya fuertes seducciones de la vida, reservado, sin compañeros ni re­laciones con el mundo y la sociedad, se­diento de pureza, extremadamente escrupuloso y sólo capaz de desahogar libremente las propias emociones durante los prolon­gados rezos en la capilla del colegio y cuando, por la noche, hallaba de nuevo finalmente el calor del hogar. Del centro docente marianista pasó luego al Liceo de Burdeos, donde, a lo largo de un año, fue un alumno muy brillante, fervoroso lector de Racine y Pascal, y también de Baudelaire y Rimbaud, autores entonces todavía no admitidos en los programas, y más bien con­siderados como muy peligrosos.

Posterior­mente, ya en la Facultad de Letras, siguió los cursos de Camille Jullian y de Fortunat Strowski, y entabló sus primeras amistades con André Lafon y Jean de la Ville de Mir- mont. En 1906, obtenida la licenciatura en letras, llegó a París y superó las pruebas de la École de Chartes; sin embargo, de­seoso ya de consagrarse únicamente a la literatura, presentó algunos meses después la dimisión. Colaboró en pequeñas revistas y publicó en 1909 su primer libro, la co­lección de poesías Les mains jointes, elo­giado en un caluroso artículo por Maurice Barrés. Un año más tarde entregó a la im­prenta una nueva colección, Uadieu à l’ado­lescence. Por aquel entonces se relacionó çon Francis Jammes y Robert Vallery- Radot, católico intransigente que luego ha­bría de ingresar en la orden benedictina. Con André Lafon, uno de sus amigos de Burdeos, fundó en 1912 la revista Les Ca­hiers; este mismo año apareció su primera novela, L’enfant chargé de chaínes, confe­sión de las incertidumbres espirituales en que el autor se debatía y, a la vez, evoca­ción bastante irónica de los ambientes «sillonistes» por él frecuentados a lo largo de varios meses. El 13 de junio de 1913 con­trajo matrimonio con la hija de un tesorero general.

Poco antes de la Guerra Europea publicó La robe prétexte. Alistado en los servicios auxiliares en calidad de enfermero, en 1915 fue enviado a Salónica. Durante la convalecencia de unas fiebres leyó en el hospital a Maurice de Guérin, cuya inspi­ración aparece muy próxima a la suya. Tras el armisticio reanudó su actividad literaria con La chair et le sang (1920), narración de un conflicto entre la religion, el amor y los prejuicios sociales, y Préséances (1921), cruel descripción de la alta sociedad borde- lesa. No obstante, hasta los treinta y siete años, con Le baiser au lépreux (1922), no alcanzó Mauriac la celebridad, confirmada poco después por la Academia Francesa con el Grand Prix du Roman, otorgado a Le dé­sert de Vamour (1925). El 1.° de junio de 1933 fue elegido académico.

Aunque Mauriac haya publicado, además, otra colección poética, Orages (1925), algunos libros de recuer­dos y de crítica literaria, como La rencon­tre avec Pascal (1926), La vie de Jean Racine (1928), Le roman (1928), Commencements d’une vie (1932), Le romancier et ses personnages (1933), etc., y varias medi­taciones espirituales, como Dieu et Mammón (1929), Souffrances et bonheur du chrétien (1930) y Vie de Jésus (1936), su profunda influencia entre el público, y no solamente católico, se debe en particular a una fecun­da producción novelística, en la que des­tacan sobre todo Le fleuve du feu y Géni-trix (1923), Thérèse Desqueyroux (1927, v.) — obra continuada en La fin de la nuit (1935) —, Destins (1928), Lo que estaba per­dido (1930, v.), Nido de víboras (1932, v.), Le mystère Frontenac (1933), Les anges noirs (1936) y Les chemins de la mer (1939). A partir de 1936, Mauriac, quien, luego de sus simpatías juveniles hacia el «Sillon» de Marc Sangnier, había permanecido comple­tamente al margen de la política, juzgó deber de un escritor cristiano la adopción de una actitud frente a los éxitos obtenidos por las doctrinas totalitarias en Europa; y así, cuando el general Franco inició su rebelión armada, nuestro autor, como, por otra parte, Bernanos y Maritain, alineóse junto a la minoría de católicos franceses que apoyó espiritualmente a los republicanos españoles.

Los artículos que empezó a publicar en pe­riódicos como Temps Présents y que repro­dujo parcialmente en las colecciones titu­ladas Journal (1934-51), le atrajeron odios tenaces, procedentes con frecuencia de sus antiguos admiradores; pero también nuevas simpatías de ambientes que su condición de escritor «católico» mantuviera hasta enton­ces alejados de él. Tales reacciones favora­bles o desfavorables se hicieron todavía más vivas cuando en el curso de la ocupación alemana el autor adhirióse al Frente Na­cional, colaboró en la prensa clandestina y publicó, bajo el seudónimo de Forez, Cahier noir. De esta suerte Mauriac descubrió en sí otra vocación: la de periodista polí­tico, acerca de la cual cabe preguntarse si el escritor no ha llegado a preferirla a la de novelista. Rebelde a cualquier compro­miso duradero con un partido, sea éste cual fuere, e interesado en la política (¡y con qué apasionados ímpetus!) sólo en virtud de una exigencia espiritual y al servicio de lo que juzga la única justicia, ha perma­necido siempre, desde hace más de quin­ce años, en la oposición; dentro de esta actitud, se ha levantado sucesivamente contra los comunistas, los demócratas-cristianos y los conservadores tradicionalistas, con lo cual provocó primeramente el odio de la iz­quierda, mediante sus campañas contra la depuración y su intervención en favor de Robert Brasillach (v.), a quien, sin em­bargo, no logró salvar del fusilamiento, y suscitó luego el escándalo de la derecha por sus simpatías cada vez más abiertamente expresadas en favor de los movimientos de independencia de los pueblos de ultramar.

Al margen de esta actividad política, pro­gresivamente absorbente, Mauriac ha continuado, empero, su obra propiamente literaria, ya a través de nuevas novelas — La farisea (1941, v.), Le sagouin (1951) y Galigaï (1952) —, o bien con numerosos artículos críticos y ensayos religiosos, como La rencontre avec Barrés (1945), La pierre d’achoppement (1948) y Mes grands hommes (1949), o, en fin, en el teatro, donde, alen­tado por Maurice Bourdet, entonces admi­nistrador de la Comédie Française, diose a conocer con Asmodée (1937), obra a la cual siguieron Les mal aimés (1945) y Le feu sur la terre (1949). El 6 de noviembre de 1952 obtuvo el Premio Nobel de Lite­ratura, que le fue concedido por el conjunto de su obra.

M. Mourre

Pierre-Louis Moreau de Maupertuis

Nació en Saint-Malo el 17 de julio de 1698, en el seno de una familia de buenas tradi­ciones culturales, y murió en Basilea el 27 del mismo mes de 1759. Realizados los primeros estudios con el abate Coquard, ingresó en 1714 en el colegio de La Marche, de París, donde permaneció durante dos años, dedi­cado singularmente al estudio de las mate­máticas. Tras un viaje a Holanda entró en el brillante cuerpo de los mosqueteros grises, y poco después recibió el grado de lugarteniente en el regimiento de La Roche- Guyon. Mientras tanto, empero, seguía man­teniendo el contacto con los ambientes cultos y mundanos de la capital. En 1723 abandonó la carrera de las armas e ingresó en la Academia de Ciencias de París; se destacó entonces por algunos textos refe­rentes a cuestiones de Matemáticas y Física, en los cuales se mostraba partidario de Newton. En 1728 estuvo en Inglaterra, y al año siguiente en Basilea, donde ligó una sólida amistad con los Bernouilli. Diole ocasión de manifestarse la polémica enta­blada acerca de la configuración de la Tie­rra, que requirió la realización de ciertas mediciones en las cercanías del círculo po­lar. Con este objeto M. se dirigió a Suecia junto con Clairaut, Camus y Le Monnier, como jefe de la expedición.

Llegado a Tor­nea en julio de 1736, no sólo desarrolló con pleno éxito la misión que le había sido confiada, sino que además llevó a cabo otros muchos experimentos científicos, y ello con un celo que le costó la congelación parcial de las piernas. En 1737, luego de su triunfal regreso a París, donde fue recibido y cumplimentado incluso por el monarca, reunió los resultados de la expedición en el texto Sur la figure de la terre, de reso­nancia internacional. Y así, en 1740, Fede­rico II de Prusia invitóle junto a él; M. le siguió en la campaña de Silesia, y en Mollvitz cayó en poder de los austríacos, quie­nes pronto le enviaron a París en libertad. Sin embargo, el inquieto científico, miembro de la Academia Francesa desde 1743, no permaneció largo tiempo en la capital de Francia: en 1744, llamado otra vez por Fe­derico II, volvió a Berlín para organizar allí la Academia de la que fue nombrado presidente. En esta ciudad publicó algunas de sus obras principales: Essai de ‘philoso­phie morale (1749), Ensayo de cosmología (1750 v.), Examen philosophique de la preuve de l’existence de Dieu (1756).

Los últimos años de su vida, empero, se vieron amargados a causa de una violenta polé­mica desencadenada por el leibniziano Sa­muel König y en la que intervino Voltaire con ataques personales más bien violentos contra M.; ni aun la mediación de Fede­rico II logró apaciguar los ánimos. Grave­mente enfermo de tuberculosis, en 1756 hubo de regresar a Francia, de donde pasó luego a Basilea. Allí halló consuelo en la amistad de los Bernouilli, quienes le acom­pañaron hasta su muerte. Entre las obras restantes de M. cabe mencionar las memo­rias presentadas en 1732 a la Academia de Ciencias de París, Comentaire de la dou­zième section du premier livre des princi­pes de Newton, Sur les lois de l’attraction y Discours sur la figure des astres.

V. Verra

Almanaque del Pobre Ricardo, Benjamín Franklin

[Poor Richard’s Almanac]. Almanaque pu­blicado por primera vez en el año 1732 (y continuado durante veinticinco años) por Benjamín Franklin (1706-1790) bajo el seu­dónimo de Richard Saunders, nombre de un conocido autor inglés de almanaques. En el prólogo a la primera edición el au­tor presenta al «pobre Ricardo» (v.) bajo el aspecto de un yanqui, ingenioso pero no rico, y a su mujer Brígida. Éste y los si­guientes prólogos, agudos e instructivos al mismo tiempo, derivando con toda proba­bilidad de los ejemplos ofrecidos por el «Spectator» (v.), pertenecen de derecho a la literatura, pero la fama duradera del Al­manaque (que durante años fue la única lectura profana de millares de americanos de todas las clases sociales) hay que buscarla en la abundancia de proverbios, sen­tencias y máximas que el autor distribuía profusamente en la publicación.

No todas las máximas son originales, y sus fuentes son las más dispares, desde Rabelais y Bacon hasta Swift y La Rochefoucauld, pero muchas, ciertamente, fueron inventa­das por él y, en general, todas contienen la sustancia de la que fue norma ética de su vida, es decir un llamamiento a las virtu­des medias, como la economía, el ahorro y la sobriedad. Las mejores fueron recopila­das por el mismo Franklin en un curioso discurso con el título de El camino de la riqueza [The Way to Wealth], que fingió que encontró en una subasta un viejo lla­mado Padre Abraham. He aquí una mues­tra: «Si de todas las cosas el tiempo es la más preciosa, perder el tiempo debe ser — como dice el pobre Ricardo — la mayor prodigalidad; porque, como dice también, el tiempo perdido no se encuentra nunca más y eso que nosotros llamamos «tiem­po», por adelantado se nos revela siempre como «tiempo demasiado escaso». La pe­reza lo hace todo difícil y la actividad todo fácil, como dice el pobre Ricardo; y «quien se levanta tarde debe correr todo el día y conseguirá con grandes esfuerzos acabar su trabajo en plena noche, etc.». En aquellos tiempos, cuando la costumbre de citar pro­verbios y máximas estaba muy difundida, las sentencias del pobre Ricardo andaban en labios y en la pluma de todos, tanto en América como en Inglaterra, y no pocas de ellas, traducidas, han entrado a formar par­te del patrimonio gnómico de toda Europa.

L. Krasnik

Almanaque de las Musas

Nombre genérico dado a una especie de anuario que se puso de moda en el siglo XIX y que intenta recoger la producción poética del año y dar incremento a la nueva poesía. El primer Almanaque apareció en París con el título de Almanach des Muses fundado por Masson Lacour y continuó hasta 1830. Pero los más célebres son los alemanes [Musenalmanach] que se multiplicaron, surgiendo y decayendo rápidamente. El primero y más importante entre ellos es el Almanaque de las Musas de Gotinga para el año 1770, imitación del francés. Intentaba recopilar y publicar las poesías editadas e inéditas de poetas alemanes contemporá­neos poniendo «nombres desconocidos jun­to a nombres famosos, con la esperanza de que la vecindad de los últimos favoreciese a los primeros». Fueron sus fundadores los poetas Heinrich Christian Boie y Friedrich Wilhelm Gotter, junto con Abraham Gotthelf Kástner, matemático. El Almanaque no tenía una precisa dirección literaria, sino que era su intención, precisamente en aquel momento en que era tan viva la polémica entre los poetas nacionales y los no nacio­nales, recoger la flor y nata de la poesía fijándose sólo en su valor artístico.

Entre los colaboradores se contaron los poetas más célebres de la época: Klopstock, Bürger, Gleim y tantos otros. Entretanto, en 1772, Voss fundó al margen del Almanaque el llamado «Heimbund» o «Liga de los Ami­gos de Gotinga», cuyo ídolo fue Klopstock, que le imprimió su espíritu fuertemente na­cional, contra el grupo de Wieland y de los simpatizantes con la literatura francesa. El apogeo del Almanaque de Gotinga se produjo el año 1774; colaboraron, además de Klopstock, que lo hizo anónimamente, Goethe, que envió desde Estrasburgo algu­nas poesías y la fábula «El águila y la pa­loma», firmando con una sigla, y además Voss y Bürger con la Leonora (v.). Desde entonces el Almanaque se afirmó de tal modo que puede decirse que no había poe­ta en lengua alemana que no ambicionase figurar en él. En 1776 Voss asumió la direc­ción pero por brevísimo tiempo; pasó luego a von Gocklinck, mientras Voss fundaba otro. En 1778 fue director Bürger, has­ta 1795, sucediéndole Reinhard, que trató de animar sobre todo a los poetas jóvenes que, en años de dura vida política, podían difícilmente abrirse camino. En 1802, tras una disputa con el editor Dieterich, tam­bién éste dejó la dirección del Almanaque, que duró todavía un año bajo la dirección de Sophie Mereau, futura esposa de Clemens Brentano. Pero ya había perdido todo su significado. Schiller, que nunca colaboró en aquél, había lanzado las Horen (v.); los grandes poetas publicaban directamente sus obras, y por todas partes surgían revistas literarias y nuevos Almanaques. El de Go­tinga había cumplido con su papel. Otros Almanaques habían aparecido al mismo tiempo en Suevia (1777-1795) y continuaron surgiendo incluso en la época romántica. Entre los más famosos figura el editado por Goethe y Schiller, aparecido en 1795 con las principales poesías de Schiller de aquel año y donde en 1797 aparecieron las famosas Xenias (v.), dísticos satíricos al estilo de Marcial, que respondían ásperamente a las críticas lanzadas contra las Horen. El nú­mero de 1798 es también llamado Almana­que de las baladas y contiene las principales baladas de Schiller: El zambullidor (v.), El guante (v.), y así sucesivamente, como también La novia de Corinto (v.) y Mignon (v.) de Goethe.

Al año siguiente Schi­ller publicó el Prólogo de Wallenstein (v.) y Goethe, bajo el seudónimo de Justus Ammán, «Los musagetas», Ludwig Tieck co­laboró con dos poesías. En 1800, Schiller dejará la dirección, completamente embar­gado por su labor de dramaturgo, pero con­tinúa colaborando aún durante cierto tiem­po, entre otras cosas con la célebre «Can­ción de la campana». Otro Almanaque no­table apareció después bajo los auspicios de August Wilhelm Schlegel y Ludwig Tieck en 1802. Colaboraron algunos de los perso­najes más significativos del Romanticismo: Schelling, Novalis, Fichte y otros. En 1804 apareció uno de los últimos importantísi­mos Almanaques en Berlín, editado por Chamisso y Vernhagen, que incurrió en los furores de los Schlegelianos que no lo en­contraron bastante «romántico». Acabó en 1806.

G. Federici Ajroldi

Nicolás Maquiavelo

Nació el 3 de mayo de 1469 en una antigua familia noble de Florencia, donde murió el 22 de junio de 1527. Escasas noticias poseemos acerca de la etapa de su vida anterior a 1497, año de una carta suya referente a dos sermones de Savona- rola, y 1498, fecha de su ingreso en la burocracia florentina como secretario de la segunda cancillería; en aquel texto habla ya de los hombres que se adentran en el mundo de la política sin los medios nece­sarios para dominarlo. Las diversas misiones diplomáticas que de 1499 a 1512 desempeñó en varias cortes, modestas o de gran impor­tancia, como las de Luis XII de Francia o Maximiliano I de Habsburgo, le propor­cionaron valiosas experiencias acerca de la gran política europea contemporánea. Las relaciones diplomáticas (v.) de Maquiavelo, o sea los informes que facilitaba casi diariamente a la República sobre el desarrollo de las diversas situaciones, son una fuente esen­cial para la reconstitución de su ideología política, cuyos puntos principales permiten vislumbrar su estudio: el valeroso mante­nimiento de las posiciones extremas, la pos­posición de la amistad y la palabra a la fuerza y a la utilidad respectivamente, y la todavía imprecisa teoría de la fortuna, símbolo de la necesidad de una atención continua a los hechos.

Por otra parte, las mencionadas legaciones facilitaron a Maquiavelo el conocimiento de la vida interna y la consistencia de los grandes pueblos protago­nistas de la política de entonces; y así como de sus experiencias italianas y florentinas surgieron Del modo di trattare i popoli della Valdichiana ribellati (1503) y Parole da dirle sopra la provvisione del danaio (1503), sus conocimientos de carácter internacional dieron lugar a los textos acerca de Alemania (v. Retrato de las cosas de la Magna) y Francia (v. Retrato de cosas de Francia), en los cuales el interés del autor se dirige esencialmente al grado de madurez política alcanzado por tales países, y, por ende, a la disgregación de Alemania y a la creciente solidez de la monarquía francesa. Todas las obras que hasta aquí hemos mencionado nos muestran los fundamentos sobre los cua­les construiría Maquiavelo, a partir de 1512, sus gran­des textos. En esta fecha, la derrota de las huestes florentinas en Prato permitió a los españoles el dominio de Florencia y el res­tablecimiento de los Médicis. Maquiavelo hubo de retirarse de la actividad pública, y en el tránsito de 1512 a 1513 empezó a componer los capítulos iniciales de los Discursos acer­ca de la primera Década de Tito Livio (v.), en los que compara un siglo de historia florentina con la perfección de la política romana, y, a la luz de ésta, según la teoría de la imitación de los «órdenes antiguos», enérgicamente defendida ya desde el prin­cipio de la obra, relaciona la realidad pre­térita con las posibilidades del presente y revela su posición respecto a la historia contemporánea.

Difícil resulta saber por qué Maquiavelo interrumpió esta labor para escribir de una sola vez los veintiséis capítulos de El Príncipe (1513, v.); quizá pueda expli­carse por la necesidad de llevar al terreno de las conclusiones prácticas los principios generales de los Discursos. La característica fundamental de El Príncipe consiste en el planteamiento de las dificultades y la pre­paración de los medios adecuados para resolverlas, a lo cual se llega a través del estudio de la realidad y del criterio abso­luto con que dominarla; de ahí la conve­niencia imprescriptible de que el hombre no se vea inferior a las situaciones históricas, que debe prever mediante las normas ofre­cidas por el autor y dirigir al fin deseado, y, también, la crudeza de la «política» maquiavélica y su implacable frialdad en la elección de los medios más crueles, fruto de una fidelidad rigurosa a las premisas acerca de la situación del ser humano en el mundo y del deber que le impulsa a no permanecer nunca por debajo de las cir­cunstancias. El Príncipe supone, por lo tan­to, una rígida presentación de la «virtud» humana, una indicación de los procedimien­tos con que se «debe» resistir y reaccionar frente a las situaciones, o sea la «fortuna».

La composición de los Discursos fue reanu­dada entre 1515 y 1517; el segundo libro de esta obra, madurado y escrito luego del fra­caso práctico de El Príncipe, en una época en que la lucha entre las grandes potencias europeas por el predominio en Italia iba anunciando cada vez con mayor claridad el destino al cual se veían inevitablemente abocados los Estados italianos, expresa la amargura de Maquiavelo ante la situación a que los príncipes de éstos habían llevado sus terri­torios al no inspirar su actuación en el gran ejemplo de los romanos. Mucho menos importante resulta el libro tercero, inte­grado por capítulos episódicos y no fundi­dos en un todo. La misma desconfianza amarga del segundo se da en los siete que constituyen el Arte de la guerra (v.), obra compuesta entre 1519 y 1520 como expre­sión de todas las ideas del autor respecto de la milicia y los grandes problemas de la estrategia militar; las palabras del prota­gonista del diálogo, Fabrizio Colonna, quien melancólicamente reprende a la fortuna no haberle permitido poner en práctica su larga consideración sobre los órdenes roma­nos, reflejan el mencionado estado de ánimo de Maquiavelo, el cual, siquiera pudiese proseguir sus invectivas contra los príncipes ignoran­tes y corrompidos, no contaba ya con una perspectiva política concreta susceptible de conferir sentido y vigor pragmático a sus principios. Parecidos conceptos contiene el breve ensayo histórico Vida de Castruccio Castracani (1520, v.) e incluso, contra las apariencias, en La mandràgora (v.), la prin­cipal comedia del autor — Clitia (v.) resulta mucho menos original en cuanto a inspira­ción, y Andria imita estrechamente a Terencio — y la obra maestra de su genio artístico.

Porque Maquiavelo fue no sólo un gran pensador político, sino también escritor y artista de excepcionales cualidades; el des­conocimiento de tales características no nos permitiría comprenderle íntegramente. Aun cuando las composiciones en verso, desde los dos Decenales (v.) hasta los Capitoli y el Asino d’oro, interesen más bien por algunos de sus pasajes polémicos que de­bido a un valor literario intrínseco, no sucede precisamente lo mismo en la prosa de nuestro autor, ya literaria o política, y ello desde El Príncipe, la obra maestra estilística de Maquiavelo, hasta las Historias floren­tinas (v.). En la primera de estas dos pro­ducciones la índole dialéctica del texto encuentra su expresión en una prosa de excepcional poder demostrativo, clara e in­cisiva en el planteamiento de los problemas, implacable en las soluciones a éstos y rígida y polémica en la demolición de los concep­tos no adecuados a la inexorable lógica de la realidad. Parecidos caracteres se dan en los Discursos y en las otras grandes obras de Maquiavelo, del Arte de la guerra a las Historias florentinas; sin embargo, la menor tensión pragmática disminuye aquí la intensidad del dramatismo. La gran obra literaria del autor que nos ocupa es, sin duda, Man­dragora, escrita en 1518; como en los casos de Clitia y Andria, se trata de una comedia en cinco actos, inspirada en modelos clásicos y situada en el ambiente florentino de la época de las guerras de Italia.

Su carácter dramático reside no en la sátira cruel de ciertos tipos humanos y sociales, sino en las palabras y la actuación de los héroes de esta comedia, movidas por los principios de las grandes obras políticas de Maquiavelo y presentadas en un nivel de baja categoría que envilece una lógica destinada a la fundación y con­servación de los Estados; el mismo contras­te, empero, ofrecía entonces la vida del autor, quien, anteriormente en contacto con reyes y príncipes, veíase reducido, en los años de su mayor erudición, a actuar como legado en un capítulo de frailes menores. La última obra, Historias florentinas, fue iniciada en 1520 y concluida en 1526. En general, el mérito histórico del texto suele juzgarse inferior al vigor de las doctrinas políticas que en él introduce Maquiavelo; ello, que no es absolutamente cierto, puede explicarse considerando que debió de creer inútil la confirmación de sus teorías en la historia de Florencia. Dicha obra cierra perfecta­mente el arco del pensamiento político de este autor, artífice de un estilo rigurosa­mente lógico y de una prosa original y moderna sin parangón en toda la literatura italiana.

G. Sasso