El Genio Alegre, Hermanos Álvarez Quintero

Comedia española, en tres actos y en prosa, de los hermanos Serafín (1871-1938) y Joaquín (1873-1944) Álvarez Quintero, representada por primera vez en 1906. En la vieja casa solariega de los marqueses de los Arrayanes, la austera doña Sacramento vive con su triste admi­nistrador don Elias; su hijo Julio sólo se deja ver cuando las deudas de su vida de­rrochadora le impulsan a bucear en la casa materna. La alegría está rigurosamente des­terrada de la casa de los Arrayanes hasta el momento en que llega a instalarse el ge­nio alegre, Consolación, sobrina huérfana de la marquesa, que trae su optimismo revolucionario y travieso, sus flores, sus ca­narios, su loro y la sonrisa seductora de su criada Coralito. Un aire nuevo entra en la austera morada: la marquesa y su admi­nistrador, luego de haberse escandalizado, se convierten a la doctrina de Consolación, que puede resumirse en su grito: «Alegrémonos de haber nacido», y el desenfrenado marqués Julio encuentra en la belleza y en la alegría- de la prima los motivos de una conversión profunda. El motivo no es nuevo en el teatro europeo del siglo XIX, pero la interpretación que le dan los her­manos Quintero, densa del colorido y los perfumes del campo andaluz, hacen singu­lares la comedia y sus tipos.

A. R. Ferrarin

La Gazza Ladra, Gioacchino Rossini

Ópera semiseria en dos actos de Gioacchino Rossini (1792-1868), según el libreto de Giovanni Gherardini, estrenada en 1817 en el Teatro de la Scala de Milán. El argumento está sacado de un drama francés [La pie voleuse], inspirado, al parecer, en un hecho real.

La casa de Fabrizio, rico arrendatario, está de fiesta por la inminente llegada de su hijo Giannetto, militar. Espera al joven con ansiedad de enamorada una buena muchacha, Ninetta, sirvienta en casa de Fabrizio, y su alegría es tanto mayor cuanto que ella está a punto también de volver a ver a su propio padre, que es compañero de armas de Giannetto. Llega el joven soldado, ale­gremente acogido por todos. Pero el padre de Ninetta no se presenta hasta más tarde a su hija, y a escondidas: se le culpa de un grave delito de insubordinación y lo andan buscando. Por ello pide auxilio a su hija, y le entrega un cubierto de plata para que lo venda. Por desgracia, poco después, la esposa de Fabrizio advierte la desapari­ción de un cubierto completamente igual. Al saber la venta efectuada por Ninetta, y ante el silencio en que ésta se encierra para salvar a su padre, la señora no vacila en denunciar como sospechosa a la joven. Detenida y procesada, la pobre muchacha es condenada a muerte; pero cuando la sen­tencia está a punto de ser ejecutada se des­cubre quién es la verdadera ladrona: una urraca que Fabrizio tiene en casa. A Ni­netta, reconocida inocente, llega luego la alegre noticia del indulto total concedido a su padre. Finalmente, con el consentimiento de sus padres, Giannetto y Ninetta cambian la promesa que consagra su amor. La conocidísima obertura figura entre las más cálidas y arrebatadoras escritas por Rossi- ni. Se inicia con un «maestoso marziale», cuyo comienzo está constituido por tres sencillos redobles de tambor (ocurrencia originalísima que dejó sorprendidos a sus contemporáneos); el «allegro con brío» si­guiente presenta el famoso tema de rápidos tresillos típicamente rossiniano, llenos de ingenua tristeza a pesar del rápido movi­miento.

El primer acto, que comienza con la des­cripción del ambiente campesino en fiesta y termina con la detención de la presunta ladrona, contiene la cavatina de Ninetta «Di piacer mi balza il cor», pasaje en que triun­faba la Malibrán en París, un estupendo terceto, y el final denso de viva musicali­dad rítmica. En el segundo acto, el dueto entre Ninetta y Giannetto, que se desarro­lla en la escena de la cárcel; otras páginas notables son la marcha al suplicio, la ple­garia de la condenada, el quinteto, «escena que, por su elevada inspiración, sabio des­arrollo y efecto dramático, merece ser cla­sificada entre las más bellas e intensas de la ópera italiana» (Radiciotti).

Es de notar, finalmente, en esta ópera la intuición feli­císima de Rossini al expresar musicalmente las situaciones dramáticas, los estados psi­cológicos en una rica gama de matices, des­de lo patético a lo bufo. Sólo en contados pasajes su genio inventivo cede a las ma­neras convencionales propias del estilo tea­tral de la época, entregándose excesivamen­te al virtuosismo canoro.

M. Bruní

Gaudeamus, Joseph Víctor von Scheffel

Colección de poesías de Joseph Víctor von Scheffel (1826-1886), pu­blicada en 1867. El título — que es la pa­labra inicial de un antiguo canto goliar­desco — quiere significar el tono alegre y desenfadado característico del volumen. En realidad, Scheffel, ingenio versátil y culto más que poeta inspirado, extrae motivos y temas del mundo de sus experiencias inte­lectuales para ponerlos en verso con un espíritu bondadoso y burlón. Incluso donde se propone la caricatura o la parodia no lo hace movido por un verdadero resentimien­to o indignación moral, sino solamente por una indeterminada veleidad de burla que no llega siquiera al horaciano «castigat ridendo mores». Scheffel se complace, todo lo más, en la burla literaria. Él es un lite­rato, y tiene también en estas poesías todas las cualidades y todos los defectos de los literatos: con las formas y la agudeza que le son propias, permanece en la atmósfera del «cenáculo muniqués», con el cual tuvo en común el culto a la poesía y a la pin­tura.

En la primera parte del Gaudeamus trata humorísticamente temas sacados de las ciencias naturales, mundo que un miem­bro de la «sociedad del Cocodrilo», el cien­tífico poeta Franz von Kobell, había intentado cantar en serio en la Historia remo­tísima de la tierra [Urgeschichte der Erde]. Lo jocoso bordea a veces los límites de lo grosero como en el «Canto del guano», donde el «humor» tiene ribetes de innega­ble vulgaridad: «Los pájaros son todos fi­lósofos. Su principio se impone: procura cuidar siempre de las necesarias evacua­ciones, que todo lo demás va por sí solo». La malicia de Scheffel, por otra parte, es tan tenue, que se complace incluso en ideas de dudoso efecto cómico. Por ejemplo, el humorismo del canto «Pumpus von Perusia», que tiene su origen en una situación a decir verdad muy peregrina: el príncipe etrusco Pompo de Perugia, totalmente arrui­nado, aguza el ingenio de manera que «aquel día en la selva junto a Suessula, por pri­mera vez desde que el mundo era mundo, un héroe colocaba un clavo en perjuicio de otro héroe».

En la balada «La batalla de Teutoburg» el cadencioso ritmo trocaico de la primera estrofa acompaña el seguro cabalgar de un «condottiero» romano: cuan­do los romanos se volvieron protervos [frech], se dirigieron hacia el norte de alemania. «A la cabeza, al son de las trom­petas, cabalgaba el mariscal de campo ge­neral señor Quintilio Varo». Pero después de algunas estrofas Scheffel, orgulloso del valor de sus Quérulos, describe el mísero fin del «pobre caudillo» con intenciones despectivas demasiado patentes y con un gusto evidente con exceso de la burla en la citación de banalísimos detalles de una banalísima situación. Más tranquila es la vena de Scheffel en las poesías en las que el poeta recuerda con suave nostalgia las serenas horas transcurridas en la amena y gozosa Italia. En «Monte Olivano», el tono jocoso y familiar con el cual el poeta ale­mán evocaba de nuevo el paisaje itálico, la hospitalaria opulencia de la Casa Baldi, los suculentos manjares y las dulces conversa­ciones, nos revelan un temblor de contenido lirismo. Este lirismo se extiende en otros fragmentos en notas paisajísticas con un abandono al libre canto sin sombra de chanza o ironía. Esto ocurre, por ejemplo, en «Partida» [«Ausfahrt»], donde Scheffel insiste en el tema eichendorffiano del feliz vagabundeo por el mundo: el poeta, nuevo «Taugenichts», jovial y desocupado, camina por alegres bosques mientras el sol brilla y resuenan los cantos, junto a los prados llenos de flores multicolores y reposa sobre el musgo bajo el azul pabellón del cielo.

Lo mejor de Gaudeamus reside en los mo­mentos en que la poesía asume un tono benévolo y jocoso sin caer en lo soez o en notas satíricas demasiado amargas; allí don­de la simpatía y la emoción se enciende al recuerdo de dulces sensaciones y alegrías pasadas; donde el espíritu se esparce en un lirismo suave, al cual no es extraña la remota sugestión de espíritus y formas ya consagrados en la literatura romántica.

G. Necco

El Gato. Observaciones Fisiológicas Mo­rales, Giovanni Raiberti

[Il gatto, cenni fisiologici morali]. Obra de Giovanni Raiberti (1805-1861), es­crita en 1845, con el humorístico pretexto de proponer al gato como modelo del com­portamiento humano «por la persuasión de que la verdadera originalidad es dote ex­clusiva de los animales, mientras que los hombres son siempre más o menos imita­dores». Raiberti da una descripción aten­tísima de las costumbres de este animal. Sabe interpretar muy sutilmente su carác­ter, y esto le sirve para fustigar con ama­ble ironía las costumbres y defectos de los hombres. Así, la pereza del gato le da oca­sión para distinguir entre el ocio torpe y el ocio filosófico: «El primero parece con­sistir en no hacer nada; el segundo, en no tener nada que hacer». Sutileza que él comenta lanzando a los desocupados este flechazo. «El ocio no es ya el padre de los vicios, sino el hijo de todas las virtudes, premio de las honradas fatigas». Este ai­roso tono irónico bonachón, y la aparente facilidad con que el libro está escrito, ase­guraron a la obrita una vasta popularidad y a Raiberti cierta fama que aún hoy le sobrevive.

G. F. Ajroldi

La Garduña de Sevilla y Anzuelo de las Bolsas, Alfonso de Castillo y Solórzano

Novela picaresca de Alfonso de Castillo y Solórzano (1584- 1648), editada en 1642, última obra publi­cada en vida del autor, pues que no son de fiar las noticias sobre ediciones posterio­res: constituye la continuación de las Aven­turas del Bachiller Trapaza, quinta esencia de embusteros y maestro de embelecadores.

Trapaza es el padre de Rufina, la garduña de Sevilla (nueva recluta de la serie capi­taneada por La Pícara Justina (v.), de Ló­pez de Úbeda). Antes de pasar a mejor vida, Trapaza, salvado de las galeras, pero siem­pre pícaro, casa a Rufina con un viejo, provisto de una mediana fortuna: ésta no basta a Rufina, y trata de complementarla explotando su atractivo personal. Engaña­da por un primer adorador, logra que un segundo mate al primero: el marido muere de dolor al descubrir las infidelidades de su mujer, y Rufina comienza entonces sus faenas de gran estilo. Primera víctima es el viejo Marquina, el cual se da a entender que debe huir para sustraerse a la justicia: su tesoro pasa a poder de Rufina, a la que él ha acogido imprudentemente en su casa. Segunda víctima, un genovés que se em­peña en encontrar la piedra filosofal: Ru­fina y un compadre se presentan como al­quimistas, y terminan por quedarse con todo, dejando al genovés una carta bur­lesca llena de buenos consejos, última pre­sa importante es Crispín, falso ermitaño, ladrón y jefe de ladrones: Rufina se hace acoger por él, le enamora como de costum­bre, le roba y le hace detener.

Logrando huir, Crispín se pone de acuerdo con un rufián para pagar a Rufina con su misma moneda: pero el compadre se enamora de la bella picara y ella de él, de modo que se llevan todo lo que pueden de Crispín, y lo hacen prender y ajusticiar. Los dos se procuran entonces algún beneficio a costa de un director de cómicos, que termina burlado creyendo burlar, y se casan con la intención de poner un comercio de sedas, pero sobre todo con la intención de co­meter burlas todavía más sabrosas. La narración está interrumpida por tres novelas más breves: «Quien todo lo quiere todo lo pierde», «El Conde de las legumbres» y «A lo que obliga el honor». La unidad funda­mental de las cuatro narraciones, está dada por su adhesión al principio de que no conviene mortificar y combatir los instin­tos, sino que se deben utilizar para que la vida sea más bella, y que se pueden em­plear con placer y ventaja siempre que se use de discreción, inteligencia y prudencia. En efecto, Rufina fracasa en su primera aventura, como Isabel (protagonista de la primera novela) en la suya y todos los que caen en las redes de Rufina, no porque sean individuos amorales o inmorales, sino sólo porque no son lo suficientemente inteligen­tes o hábiles para obtener su placer sin complicaciones. Pero todas las demás aven­turas de Rufina, la del Conde de las le­gumbres, la de Doña Victorina (en la ter­cera novela), etc., etc., tienen éxito porque la satisfacción del instinto está ayudada por la inteligencia.

La Garduña es, por tanto, una variación sobre el amor ayudado en sus golpes por una lúcida inteligencia que lo lleva a triunfar de todo: pero se trata de un amor al propio yo, en sus aspectos más simples y vulgares, en torno a los cua­les gira la vida. Una visión descarada y burlesca de la vida, que no toma en serio ninguno de los hechos trágicos, dramáticos o sentimentales que expone. Cierto es que del pícaro tradicional queda poco o nada: la característica de esta figura, no la dan tanto sus cualidades buenas o malas, cuanto la coexistencia y la compenetración de las unas y de las otras. Aquí, por el contrario, los conceptos de «honor, generosidad, de capacidad para tomar de huevo el camino de la honestidad, de lo deshonesto que es tal, porque falla continuamente en todo lo que emprende, más por su imprevisión que por la falta de talento» (Ruiz Morcuende), están completamente superados. Del pícaro fundamentalmente honrado, aunque con una honradez típicamente suya, Rufina y sus compañeros no tienen nada: ellos son mal­vados y no pueden dejar de serlo debido a su propia forma mental, además de que seguramente gozan en su modo de ser. Li­terariamente, la Garduña tiene bastantes méritos: narración viva, estilo atractivo, descripciones vigorosas entremezcladas acá y allá de máximas morales que, tal como están escritas, tienen más aire de burla que de severa admonición: de modo que la armonía del todo, más que perjudicada, sale gananciosa.

R. Richard