Absurda Cómica, o Peter Squentz, Andreas Gryphius

[Absurda cómica oder Peter Squentz]. Comedia alemana del poeta, comediógrafo y trágico, Andreas Gryphius (1616-1664), aparecida en 1657. El argumento deriva directamente de la comedia de Píramo y Tisbe que, in­cluida por Shakespeare en el Sueño de una noche de verano (v.), era también repre­sentada aisladamente en alemania por los comediantes ingleses y adaptada al alemán por Daniel Schwenter, pero la intención sa­tírica está más acentuada y se le han aña­dido nuevos personajes. Peter Squentz (v.) maestro de escuela del pueblo de Rumpelskirchen, sabiendo que el rey ha de pa­sar por allí, induce a los buenos artesanos a improvisar en su honor una «absurda có­mica», o sea, una representación. Lo mismo que en el Sueño, se escoge el drama de Píramo y Tisbe; el propio Peter se encarga de recitar el prólogo y el epílogo, para lo cual se necesita «un hombre valiente, serio y de relieve»: acabado el asunto, los acto­res son recompensados según los despropó­sitos que han dicho. Brillante sátira del pe­queño ambiente burgués del pueblo. Peter Squentz es una de las obras más agradables y ágiles de este escritor, que en cambio suele ser tan pesado en la grandiosidad complicada y muchas veces prolija de sus tragedias. Los juegos de palabras, las dispu­tas satíricas, las equivocaciones divertidas y significativas, se encadenan del principio al fin, sin perder nunca, sin embargo, el enlace con la humanidad del mundo peque­ño, honrado y siempre decoroso de los ar­tesanos alemanes.

B. Dettore Ugo

Absalón y Arjitofel, John Dryden

[Absalom and Architopliel]. Poema satírico en dísticos heroicos de John Dryden (1631-1700), pu­blicado en 1681. Ha sido definido como uno de los más perfectos poemas alegóricos in­gleses. El nombre del autor permaneció desconocido durante algún tiempo. Bajo el velo de la historia bíblica, el poema alude a la tentativa del partido de Lord Shaftesbury (el falso tentador Arjitofel) de excluir de la sucesión del trono al duque de York y sustituirle por el duque de Monmouth (Absalón). El poema, escrito para presen­tar con luz siniestra a Shaftesbury en un momento en que la suerte de la tentativa estaba incierta, tuvo enorme éxito y fue continuado en 1682 por una segunda parte escrita casi en su totalidad por Nahum Tate (1652-1715) y revisada por Dryden, que añadió 200 versos en los cuales, entre otras cosas, bajo los nombres ficticios de Og y Doeg, caricaturizaba a dos dramatur­gos, Thomas Shadwell (16429-1692) y Elkanah Settle (1648-1724); dos retratos satí­ricos que se hicieron famosos. Se hicieron del poema dos versiones latinas y algunas réplicas por parte de los secuaces del par­tido opuesto (por ejemplo Absalón el viejo o Arjitofel prosificado [Absalom sénior or Architophel transprosed], atribuido a Elkanah Settle).

M. Praz

El Abolengo, Manuel Linares Rivas

Comedia de costumbres de Manuel Linares Rivas (1878-1938) estre­nada en el teatro Lara de Madrid — típico para su época — en 1904. Fijó su fama, de público medio, burgués, como discípulo (há­bil en lo técnico, y preciso en lo realista, pero menos incisivo y hondo) del univer­salmente conocido Jacinto Benavente. Re­presenta el tipo «familiar» de problema de la época actual; notable por su fecha, pero menos importante, que otras obras poste­riores del mismo Linares Rivas como Las zarzas del camino y La mala ley (v.), y, desde luego, que el teatro poético como Lady Godiva o El caballero Lobo. Tampoco tiene el apasionamiento del problema cle­rical-social, tan discutido, de La garra (v.). En El Abolengo destacan los caracteres de Gertrudis, Jorge y Andrés, en lo que se ha llamado «apacible ambiente costumbrista». El éxito de público fue tal que el autor dedicó la comedia a su madre, emocionado por el entusiasmo «de clase media» que sus­citó. Planteó el problema del «prejuicio de clases». La obra anterior, que empezó a dar a conocer a Linares, y que aquí se supera es Aire de fuera (1903).

A. Valbuena Prat

Los Abejorros, Eugéne Brieux

[Les hannetons]. Co­media en tres actos de Eugéne Brieux (1858- 1932), representada en París en 1906. Aban­donando las tesis sociales, las demostracio­nes demasiado construidas de sus demás comedias, el autor ha querido llevar a la escena un trozo de vida, señalado con agu­da e insistente veracidad. Carlota, una exobrera de menos de veinte años, vive con un profesor de ciencias naturales, Pedro Cattrel, y revela los mismos valores y de­fectos de la verdadera mujer burguesa: los celos, el afecto monopolizador, que reduce al amado a una verdadera esclavitud. Su amor, hecho de afecto y de tiranía domés­tica, recuerda a Pedro el de los abejorros, «cuyas costumbres amorosas son particular­mente crueles». Un breve paréntesis de ale­jamiento no consigue separarlos, sino que solidifica su cadena. Sobre el fondo de una casa de vecindad, entre los alborotos y los chismorreos de los inquilinos, los protago­nistas viven con su humanidad profunda­mente caracterizada, con su aventura tragi­cómica de «ménage» irregular, que sólo se parece a las parejas legítimas en el peso grave y cotidiano. La impresión es de una alegría amarga y de un humorismo des­consolado.

N. Inghilleri di Villadauro

Los Abderitanos, Christian Martin Wieland

[Adberiten]. No­vela satírica alemana de Christian Martin Wieland (1733-1813), aparecida en 1781, pero publicada ya en parte en años ante­riores a partir de 1774 en el Deutscher Merkur (v.). La novela, que tiene cierto sabor volteriano, consiste en una serie de episodios que ocurren en Abdera, ciudad griega de Tracia, en el período de pleno florecimiento de la civilización ateniense. Wieland se inspiró en el recuerdo de la fama que de gente mentecata y simple tu­vieron los abderitanos, especialmente a jui­cio de los romanos, como a juicio de los alemanes podían tenerla los «Schildbürger». Pero si éstos interpretaban todas las me­táforas como verdades puras, aquéllos en cambio se dejaban llevar por su fantasía, y obraban bajo el impulso de la primera impresión sin reflexionar, pasando con ra­pidez y sin el menor nexo lógico de una acción a otra.

Ignoraban completamente la importancia del arte, de la filosofía y de la ciencia, mientras las frivolidades se con­vertían en cuestiones de estado. Sólo una cosa importaba a los abderitanos: imitar a la gran Atenas y sentirse iguales a los atenienses. El contraste entre su mentali­dad y la del mundo culto se advierte en Demócrito que, después de diez años de peregrinaciones, vuelve a la patria con ideas y actitudes nuevas y quisiera refor­mar la vida de la ciudad según su expe­riencia. Pero los abderitanos no quieren sa­ber nada; lo que no es como ha sido siem­pre, en Abdera es un mal y un error y, para evitar el riesgo de que haya otros ciudadanos como aquél, dictan una ley que prohíbe viajar a los jóvenes. La primera parte concluye con la representación mu­sical de una tragedia de Eurípides, con asistencia del autor, quien, después de ha­ber deplorado la incomprensión del públi­co, de los músicos y de los ejecutantes, vuelve con su compañía de Atenas y pone de nuevo en escena la tragedia. Pero los buenos abderitanos, que en el primer mo­mento están entusiasmados, preferían su antiguo teatro, que no cansa demasiado el cerebro. Toda la segunda parte gira en tor­no al proceso intentado por un mercader de Asiría contra un sacamuelas que, habiéndole alquilado un asno, al atravesar un lugar aislado se sienta a la sombra del ani­mal. El mercader pretende ser pagado tam­bién por la sombra proporcionada por su cuadrúpedo, y toda la ciudad acaba com­plicada en este terrible caso. Se forman los partidos de la «sombra» y los del «saca- muelas», hasta que, debido a una contro­versia religiosa de enorme importancia en torno a los sapos sagrados de Latona, y a otros sucesos, gran parte de la población emigra hacia nuevas tierras. Y así los ab­deritanos se desparraman por el mundo, pero continúan siendo abderitanos.

Las fuentes son evidentes: Ovidio, Luciano, Juvenal y otros satíricos clásicos. La parte más vital e interesante de la novela con­siste en las alusiones a la vida contempo­ránea del poeta. Pese a que Wieland, en un capítulo-clave, se disculpe de las alu­siones personales que algunos quisieran ver, la sátira es evidente en las advertencias que dirige a los alemanes para que se guarden de seguir el ejemplo de los abderitanos al juzgar las obras de arte. En Los Abderita­nos, Wieland que, como dijo Goethe, poe­tizaba viviendo y vivía poetizando, se fijó principalmente en su ciudad natal, Biberach, representándose a sí mismo en De­mócrito, y se situó contra las exaltaciones del «Sturm und Drang» (v.), defendiendo el cosmopolitismo contra el nacionalismo estre­cho, con mordaz crítica iluminista.

G. F. Ajroldi