Álbum (Farsas ilustradas), Wilhelm Busch

[Albura (Bilderpossen)]. Cuatro breves composiciones en verso de Wilhelm Busch (1832-1908), pu­blicadas en 1864. Son las primeras que dio a la imprenta y ya presentan algunas de las características peculiares de su produc­ción. Las vicisitudes, ya cómicas, ya trá­gicas, de los protagonistas están narradas con fino humorismo y las vivaces ilustraciones ponen siempre felizmente en evi­dencia el lado cómico de las distintas si­tuaciones. En la primera farsa «Katze und Maus» asistimos a la infructuosa caza que da un gato a un ratoncito impertinente y audaz que acaba salvándose, refugiado en un viejo zapato, mientras el gato es ence­rrado por el amo, indignado por las nume­rosas desgracias que ha causado con su inútil persecución. «Der Eispeter» es la his­toria de un muchachito que en un invierno rigurosísimo se aventura imprudentemente fuera de su casa. Debido al frío intenso, a continuación de desgracias – diversas, va convirtiéndose lentamente en una especie de «Puerco espín de hielo». Y cuando sus padres, que han salido en su busca, tratan de devolverlo a la vida, con el calor de la estufa, Peter se derrite en agua, junto con el hielo que lo recubre por completo. «Kritschan mit der Piepe» es la única de las cua­tro farsas que está escrita en dialecto. Na­rra la historia del pequeño y desobediente Cristián que cierto día se siente enfermo y ve que ante sus ojos se desarrolla una serie de imágenes terroríficas: especialmen­te un Moro negro, que al final sale de la pipa, aterroriza al chiquitín y lo cura para siempre de sus travesuras. Termina el librito, Hansel y Gretel (v.), libre interpreta­ción de la fábula del mismo nombre.

L. Callari

El Alba, el Día, la Noche, Dario Niccodemi

[L’alba, il giorno, la notte]. Comedia en tres actos del dramaturgo italiano Dario Niccodemi (1874-1934), representada el 29 de marzo de 1921. Tiene sólo dos personajes —Anna y Mario — y consta de tres diálogos bas­tante largos pero ligerísimos, apenas inte­rrumpidos por algunas voces de parientes de Anna, que nuca se ven. En el alba, Mario encuentra en el bosque a una muchacha y la sigue, con extraña curiosidad, hasta el jardín de su quinta. El diálogo se inicia con las necesarias explicaciones, tanto de la in­sistencia de Mario como de la incauta dis­posición de Anna al quedarse escuchándole. Mario va a batirse en duelo: desvelado, ha­bía salido a respirar el aire fresco de la no­che. Anna se entera de que es ella la causa ‘involuntaria del encuentro, debido a un altercado entre Mario y cierto mandolinista que había dicho que vio un fantasma en el bosque. La hora se acerca; y Mario ruega a Anna que recuerde enviar ciertas cartas en caso de desgracia.

Ya en pleno día, en el mismo jardín, Anna espera las noticias, examinando las cartas de Mario: para su madre, para el abogado y para cierta Ma­rión… Entre tanto las emociones le han abierto el apetito y empieza a desayunar. Mario llega. ¿Cómo? ¿Está comiendo en lu­gar de desesperarse? El diálogo se reanuda algo acerbo, puntilloso, impertinente: Ma­rión es el quid de la cuestión. Por otra par­te, Anna está prometida a Paolino. Ambos se sienten celosos; la cólera los mantiene en sus posiciones y Mario, irritado, se mar­cha. Pero por la noche vuelve a deambular en torno al jardín; consigue entrar, y la ex­plicación suprema se produce en el encanto de la noche estrellada: amor. Marión no ha existido nunca y Paolino es el hermano de Anna. La comedia es una de las más graciosas del autor: una contienda aguda, chispeante de brío, sobre la trama de un concepto sencillo y amable: las cosas y las personas son más apreciables cuando se ven levemente difuminadas por la luz tenue del alba o de la noche: durante el día se las percibe demasiado bien.

M. Ferrigni

A la Vejez Viruelas, Manuel Bretón de los Herreros

Comedia de Manuel Bretón de los Herreros (1796-1873), que se representó en 1824, y cuyo éxito y cualidades, aunque incipientes, revelaron el mérito de este dramaturgo realista den­tro de la etapa romántica. Popular en los tipos y lenguaje, y casi caricatural en los caracteres, se anticipó al precioso tipo de comedia que inmortalizó en Marcela, ¿o cuál de los tres? (v.) (1831). Procede de la tradición de la comedia moratiniana, su­pliendo en color y brío lo que no llegó a igualar en punto a perfección. La prime­ra versión de A la vejez… fue en 1817, y en prosa, lo cual demuestra la inmediata relación con Moratín. Así como éste plan­tea el caso de El viejo y la niña (v.) o el mismo de El sí de las niñas (v.), Bretón presenta aquí el caso de una vieja enamo­rada. El teatro de Bretón abarca desde esa fecha hasta la de 1867, en que representa Los sentidos corporales.

A la vejez…, aun­que de un modo algo borroso significa ya lo típico de su teatro: él contacto del pasa­do XVIII (Goldoni, Moratín), con la come­dia costumbrista romántica como Tanto va­les cuanto tienes (1827) de Rivas; es decir lo poético-satírico, la gracia del color que actúa «en broma» sobre los dramas coetá­neos. Así, Bretón es al auténtico teatro ro­mántico algo así como los entremeses de Quiñones respecto al drama de honor y de «capa y espada» en la Edad de Oro. Uno y otro tratan la misma materia de sus coetá­neos «en serio» pero en «tono menor» y ca­ricatural. Siempre queda en Bretón, como en esta obra, algo entre paródico y amargo. Muchas de estas comedias parecen sainetes amplificados, esbozos de caricaturas. Bretón fue, en la comedia, el pintor de costum­bres de la corte, con algo goyesco, y para­lelo a los escritores en prosa como Meso­nero Romanos. A la vejez… influyó en obras del propio Bretón, y en la técnica de las de López de Ay ala, y aun del mismo Benavente de nuestros días.

A. Valbuena Prat

La Aguja de la Abuela Gurton, William Stevenson

[Gammer Gurton’s Needle]. Es el segundo ejemplo de comedia inglesa propiamente dicha, escrita probablemente por William Stevenson (m. 1575). Fue representada en un ambiente universitario, verosímilmente en 1550: sin embargo, la primera edición, fue publicada en 1575. El argumento es bas­tante vulgar. La anciana Gurton pierde la aguja cuando está remendando los calzones del marido; se turba, se enfada, se pelea con todas las vecinas, sospechando que le han robado la preciosa aguja. Por fin Hod~ ge, el marido, el personaje más cómico de la comedia, advierte al sentarse que la agu­ja no se ha movido de sus calzones. Dícese que este final promovió invencible hilari­dad entre los primeros espectadores, es de­cir los estudiantes del Christ’s College de Cambridge. Esta comedieta o farsa, escrita en versos de siete pies («fourtener») y en el dialecto sud-occidental que se convirtió luego en la forma convencional del diálogo rústico de la escena isabelina, se aproxima a los modelos clásicos por la unidad de ac­ción y la división en actos y escenas.

E. di Carlo Seregni

Las Agudezas del Párroco Arlotto, Arlotto Mainardi

[Le facezie del Pievano Arlotto]. Es una de las obras más amenas de la litera­tura italiana y merecidamente conocida en un amplio círculo de lectores, un Arlotto Mainardi (1396-1484), párroco de San Crescio en Macinoli, recogió, durante su vida o a lo menos inmediatamente después de su muerte, sus cuentos, agudezas, burlas y amenidades. La más antigua colección impresa fue publicada en Florencia, hacía 1500, y muy pronto las agudezas fueron unidas a las de Gonnella y Barlacchia. Ejemplar por su texto y sus anotaciones es la edición cuidada por Giuseppe Baccini en 1884. En la colección, escrita en forma viva y popular, sobresalen, entre respuestas y hechos singulares, una calma y una pro­bidad que dibujan el carácter de un hom­bre experto y, bajo aparente ingenuidad, observador agudo. El párroco Arlotto juzga con exactitud y serenidad la vida humana y sus hipocresías, y moraliza sus complica­ciones acerca de los defectos y los vicios de los hombres. A una bella que por dos duca­dos la habría contentado, Arlotto responde que por tal precio no quiere comprar un remordimiento; al pobre obrero que un do­mingo pregunta qué día es, le pregunta si tiene pan en su casa y al saber que no lo tiene, le incita a trabajar porque para él no hay fiesta obligatoria. Es famosa la familiaridad de este párroco con San Antonino obispo de Florencia: este personaje es citado en la obra muy a menudo, dando la razón a Arlotto hasta cuando sus ene­migos intentan perjudicarle por sus cos­tumbres. Son interesantes algunos de sus aforismos: «¿Qué es más puntiagudo que un cuchillo y una aguja? La lengua del hombre. ¿La ley? Es una tela de araña

. ¿La cosa más fiel? La tierra. ¿De dónde eres? Del mundo», y otros semejantes. Es evidente, sin embargo, que gran parte de la sabiduría juguetona del párroco está tomada de la tradición toscana y a menudo también directamente de moralistas y filósofos grie­gos y latinos, que se habían convertido en patrimonio de una común cultura didáctica. Pero en torno a la variada figura de este religioso que anda por tabernas y encruci­jadas diciendo lo que piensa entre toda clase de personas, se forma una leyenda que vivi­fica su figura y la hace típica. Por lo demás, como nota fundamental de sus varias ob­servaciones sobre la vida y la sociedad, se encuentran en estas agudezas, como en Bertoldo, Bertolaino y Cacasenno (v.), la apología del campesino defensor del buen sentido, continuamente elogiado en los cuentecillos y en las bromas de este párro­co, por su sabiduría popular que siempre tiene su reivindicador en el tiempo. Una revista titulada «Il pievano Arlotto» («El pá­rroco Arlotto») se publicó entre los años 1588 y 1860, e hizo todavía más cómica la referencia al antiguo personaje. C. Cordié