El Año Pasado Por Agua, Ricardo de la Vega

Revista en un acto y cuatro cuadros (en verso y prosa), letra de Ricardo de la Vega (1839- 1910), con música de Chueca y Valverde. Es típica del madrileñismo del libretista y los músicos. Corresponde al llamado «géne­ro chico» en que Vega fue un maestro, muy bien acompañado por la música de Bretón en el caso de La Verbena de la Paloma (v.), obra maestra de este tipo. Aparece aquí su hablar gracioso, sus condiciones de inven­ción y observación de las costumbres, sus personajes «castizos». Continúa el autor la tradición de los «sainetes» de D. Ramón de la Cruz. La obra indicada, ingeniosa, de va­lor de época, no pasa de la categoría de El Señor Luis al tumbón o despacho de hue­vos frescos, con mejor música, pues aquí es de Barbieri, y que hoy nos resulta un tanto ñoña y vieja, en contra del valor perenne de La Verbena…

A. Valbuena Prat

El Anzuelo de Fenisa, Lope Félix de Vega Carpió

Comedia en tres actos de Lope Félix de Vega Carpió (1562-1635), publicada en Madrid en 1617. Es una de las más célebres comedias de Lope, inspirada en una narración (VIII- 10) de Boccaccio. Lucindo, rico mercader español, desembarca en Palermo en compa­ñía de su criado Tristán. Fenisa, mujer tan hermosa como hábil en engañar a los mer­caderes, fijándose en el joven, piensa hacer de él su víctima y le aborda, poniendo en acción todas sus artes de engañadora. Lu­cindo al principio sospecha, pero muy pron­to se rinde, fascinado por la belleza de la mujer y por sus modales de gran dama. Fenisa le invita a comer. Intuyendo la des­confianza del joven, puesto en guardia por el criado, decide en este momento iniciar su juego más astuto. Le hace muchos rega­los sin aceptar nunca nada en cambio, y el joven cae en la trampa. El primer acto con­cluye con un hecho nuevo, extraño a la novela: Fenisa se da cuenta con dolor, que está a punto de enamorarse de un oficial, Don Juan de Lara, joven bello y delicado, recién llegado de España (pero, que en realidad, es una muchacha disfrazada de hombre, que ha ido a Sicilia en busca de su prometido Albano). El segundo acto em­pieza con un diálogo entre Lucindo y el criado. Tristán trata aún de insinuar sos­pechas en el ánimo de su amo, pero las voces de la razón quedan dominadas por la pasión que la belleza de Fenisa ha desper­tado en Lucindo. Todas sus dudas desapa­recen cuando la doncella de Fenisa, Celia, le trae regalos de finísima lencería, asegurándole que su señora muere de amor por él.

Se desarrollan entonces las vicisitudes entre Dinarda (el falso Don Juan) y Al­bano y los amores de Fenisa y el supuesto Don Juan. Escenas de amor entre un albo­roto de criados malgastadores, alegres y burlones, en contraste con la nota ascética y pesimista de Tristán. En la segunda par­te del segundo acto se reanuda el hilo prin­cipal. Fenisa narra entre lágrimas que un hermano suyo ha sido condenado a muerte y que necesita para salvarle una fuerte cantidad de dinero. Lucindo, compadecido la cree y le hace entregar todo el dinero ganado en los negocios* que acababa de ce­rrar. En cuanto Fenisa tiene el dinero en la mano, sin muchas ceremonias muestra su verdadera cara y rechaza a Tristán y a Lu­cindo que reclaman su haber. Éstos, habien­do comprendido que han sido engañados, marchan al fin entre escarnios y gritos. Las escenas iniciales del tercer acto tienen escaso valor artístico: riñas entre Dinarda y sus dos compañeros a quienes se unen más tarde Fenisa y Celia, Albano y Camilo. El asunto se complica ahora y se diluye. Llegan al puerto dos personajes, uno de los cuales es Lucindo, todavía resentido por la fea aventura que le ha ocurrido meses antes y con ánimo de vengarse, y el otro un caballero misterioso que continúa como tal hasta el fin de la comedia. Lucindo, con una treta, consigue arrancar a Fenisa, sus dineros y marcha velozmente, por miedo a las garras de la mujer. El otro en cambio (que luego se descubre que es el hermano de Dinarda), permanece allí y será causa del feliz término del problema amoroso entre Albano y Dinarda. Fenisa queda sola, burlada por Lucindo, desengañada en el amor, y abandonada por todos.

La figu­ra de Fenisa es el centro en torno al cual gravita toda la comedia. Fenisa tiene una personalidad muy acusada: es una criatura elemental que pasa de uno a otro extremo y en todo cuanto hace pone los cinco sen­tidos: en el amor o en el odio vengativo, que pronto desaparece para fundirse en un nuevo y tierno amor, como en el placer con que le gusta jugar inteligentemente con sus víctimas menos ingenuas. Sin embargo, también los personajes de segundo plano de esta comedia son figuras vivas y com­pletas: de modo que El anzuelo de Fenisa constituye, sin duda, una de las mejores comedias de la vasta producción de Lope

. S. Biancalani

Antojos de Mejor Vista, Rodrigo Fernández de Ribera

Opúsculo original de Rodrigo Fernández de Ribera (1579-1631). Fue publicado en Sevilla, en­tre 1620 y 1625, y reeditado en el siglo XIX (Madrid, 1871) sobre un ejemplar que per­teneció a Gayangos. Su título exacto es Los antojos de mejor vista, obra muy útil y provechosa, compuesta y ordenada en lengua castellana por Mr. Pierre de Tal.

En el minúsculo libro (26 hojas foliadas en la primera edición), el héroe, Pierre, llega a Sevilla en una mula resabiada y difícil de gobernar, lo que le da pie para una larga serie de juegos de palabras, chistes, disparates, frases sucias, etc.; una vez dejada la mula, se dirige a la Iglesia Mayor. Allí se encuentra con un hombre que le explica las excelencias y maravillas de la Catedral (su tamaño, el lujo del tenebrario, las dimensiones del cirio pascual, etcétera), contándolas con evidente exage­ración andaluza. Y este mismo guía le sube a la torre. En lo alto se encuentra con un tipo extraño que «tenía á lo melindroso en dos dedos apuntalados unos antojos que traía a la jineta sobre una alcayata de na­riz, que tenía clavada en uno como rostro». Se trata del licenciado Desengaño, quien vive siempre en las torres más altas, «par­ticularmente donde hay relojes, porque en lo que ellos quitan, doy avisos de impor­tancia». Con esos anteojos, desde lo alto de la torre, ven el mundo como es: minis­tros de justicia, negociantes, escribanos, frailes, y mujeres se convierten en buitres, cuervos, milanos, águilas y palomas «todo barajado». Un médico en verdugo; los es­critores cultos en erizos; los barcos en re­des que se llevan el oro; maldicientes, ena­morados, jugadores, alquimistas, etc., son satirizados de manera que recuerda mucho la ironía quevedesca. Tradicionalmente se viene considerando como un antecedente del Diablo Cojuelo (v.) este ver la vida en sus entrañas más profundas desde lo alto de una torre.

A. Zamora Vicente

Ante el Dolor, Léon Daudet

[Devant la douleur]. Libro de Léon Daudet (1868-1941), apare­cido en 1932, que narra las experiencias del autor como estudiante de Medicina, en los años lejanos de su juventud, y mezcla las vivencias personales con violentos rasgos satíricos. El mundo a que se refiere es el mundo médico, concretamente el de la gran medicina francesa que, hacia finales del siglo pasado, se impuso por una actividad tan multiforme y genial que parecía casi milagrosa, ornándose de nombres ilustres, y llegando a representar un elemento principalísimo (no ya como el autor sostiene «preponderante») en la aportación cultural de la tercera república. De este mundo médico había ya dado el autor una sátira encendida y fantasiosa en el libro que le dio a conocer al gran público, los Mortícolas (v.). Este segundo libro había de ser una continuación del primero: casi un comentario histórico donde los rasgos sumarios y coloreados del magnilocuente libelo se comentarán minuciosamente a la luz de una crónica nutrida de memorias personales. A pesar de ello desaparece a menudo en esas páginas la intención denigratoria, hundida en el calor de la vocación. Vemos a Daudet olvidar pronto sus iras, ante la innegable nobleza y ante el generoso ritmo de la vida de sus maestros: ante el recuerdo de sus jóvenes años, entusiastas e iracundos, pero a pesar suyo atraídos por el ímpetu de las obras y de las pasiones de que fueron testigos. De este modo, los propios rasgos satíricos, y las propias revelaciones malignas añaden vida y relieve a los retratos: en torno al gran Charcot, las figuras de estos médicos, ya geniales maestros, ya vulgares mediocridades, ya fuesen apóstoles, ya dudosos políticos, animan las páginas, elevando el tono del libro a un grado sinceramente patético y francamente humano, no infrecuente en la obra de Daudet hijo. También el estilo aparece lleno de relieve y de color y me­nos forzado y truculento que en otras obras de este pintoresco escritor.

M. Bonfantini

El Animal de Maese Belhomme, Guy de Maupassant

[La béte á mait’Belhomme]. El mejor re­lato del volumen El señor Parent (v.) de Guy de Maupassant (1850-1893). Del patio de la Fonda del Comercio, propiedad de Malandain hijo, está a punto de salir la diligencia Criquetot-Le Havre. El chistoso postillón, César Horlaville, va llamando a los viajeros, pintoresco desfile de persona­jes rústicos, y el viaje comienza. Pero uno de ellos, Belhomme, está enfermo, gime y se lamenta de tal modo que sus compañeros se interesan por su caso: se dirige en busca del doctor para consultarle sobre un mis­terioso dolor de oídos (aumentado a lo que parece por el movimiento del coche) que le produce la impresión de un animal que le devora el cerebro. Interviene el cura que, con cómicos manejos, consigue liberarle echándole en la oreja aceite y agua calien­te: con lo que salta una pulga. La historia acaba con un buen trago que el avaro Bel­homme se ve obligado a ofrecer a la compañía y con una limosna al sacerdote, mé­dico improvisado. El arte de Maupassant se aprovecha de este tenue hecho para dibujar una pequeña galería de figuras extremada­mente pintorescas, con el estilo rápido, co­lorido y sabroso, hábilmente entrelazado con modismos regionales, que es típico de sus mejores relatos aldeanos y que alcanza aquí efectos de rara fuerza.

M. Bonfantini