Nueva Atlántida, Francis Bacon

[Nova Atlantis]. Obrita de Francis Bacon (1561-1626), escrita en inglés [New Atlantis] hacia 1621 y más tarde traducida al latín y publi­cada en esta lengua en 1627.

Quedó en estado fragmentario, y tenía que presentar, en una especie de novela científica utópica, un estado ideal con una sociedad en que, en beneficio de la humanidad, se prestaba ante todo atención al estudio de la natu­raleza.

La parte publicada se refiere a la organización de los estudios. El título pro­viene de la Atlántida de que habla Pla­tón en el Timeo (v.) y en Critias (v.), y que, según parece, desapareció como resultado de un cataclismo. La Nueva Atlántida está situada en una isla, Bensalem, habi­tada por un pueblo cristiano que se había separado del resto del mundo para llevar una vida sensata, no turbada por relacio­nes con pueblos en cuyo trato nada iban a ganar.

La obra está desarrollada en forma de narración, después del arribo forzoso a aquella lejana isla durante un viaje del Perú a China y Japón, y nos refiere la historia de aquel pueblo. Hay en la isla una «Casa de Salomón», o «Colegio de la obra de los seis días», que dirige los es­tudios y las investigaciones. Cada doce años son enviados a países extranjeros doctos investigadores, encargados de llevar a cabo, de incógnito, una misión de información con el fin de llevar a la isla las noticias de todos los descubrimientos llevados a cabo en los países visitados.

Siendo el fin de la «Casa» el de extender el conocimiento de los fenómenos naturales y el poder del hom­bre, se reúnen en ella todos los medios posibles para conseguirlo, adecuados para las más variadas experimentaciones, desde el examen del subsuelo a los temas más elevados, desde la cría de animales y plan­tas a la preparación de las más variadas bebidas y al estudio de fenómenos térmi­cos y luminosos.

El instituto posee varias clases de investigadores, clasificados según su trabajo: desde los que, como «comer­ciantes de luz», van a países extranjeros a proveerse de conocimientos, a los que están encargados de consultar viejos libros para encontrar en ellos la descripción de experiencias; desde los «cazadores», que reúnen experiencias hechas en las artes y en los oficios, a los «mineros» que prueban nuevas experiencias; desde los que tienen el cometido de clasificar los hechos obser­vados, a los «bienhechores» que hacen cien­cia aplicada en beneficio del hombre, y a los «iluminadores» y a los «intérpretes de la naturaleza», los cuales se elevan hasta las leyes más generales y que abrazan am­plios círculos de hechos; hay además los jóvenes que, al lado de los ancianos, están destinados a seguir la tarea.

Finalmente se nos explica cómo el instituto conserva un modelo de todos los inventos y que se levantan en él monumentos a los inven­tores. La Nueva Atlántida nos da un pro­yecto de realización de la idea expresada por Bacon en la Instauratio Magna (v. La gran instauración). Este libro entra de lle­no en el grupo de las obras de carácter utópico, como la Utopía (v.) de Tomás Mo­ro y La ciudad del sol (v.) de Tommaso Campanella, que florecieron entre los si­glos XVI y XVII dentro del general resur­gimiento de los estudios, indicando una nue­va dirección del pensamiento y expresando en una forma más o menos abstracta las aspiraciones de aquella edad hacia una so­ciedad en la que dominara la razón y tu­viera como única ley la de la vuelta a la naturaleza.

E. Codignola

Esta tendencia suya hacia lo épico, su aspiración hacia las sublimes regiones a que se elevaba naturalmente su alma, desem­bocan fatalmente en la epopeya fantástica; es decir, en un poema de sucesos absoluta­mente irreales, irreal en el ambiente y en sus personajes. (Taine)

Noticias de Ninguna Parte, William Morris

[News from Nowhere]. Novela del escritor inglés William Morris (1834-1896), publicada en Londres en 1891. Después de una animada discusión sostenida en el círculo sobre el porvenir de la sociedad, el autor se duer­me y despierta en la sociedad del año 2000.

El progreso de la civilización está conce­bido como una vuelta a la sencillez casi primordial de la vida, en la cual las má­quinas y la velocidad espasmódica de la época de Morris han sido abolidas y olvi­dadas en la serena paz de la vida cam­pestre. El urbanismo ha sido combatido, y se han demolido los barrios miserables.

La nivelación social es absoluta, pues to­dos trabajan por el solo gusto de crear lo que es necesario y todos disfrutan de la abundancia. La palabra «política» ha des­aparecido del idioma y las cuestiones in­ternas que pueden surgir se resuelven por medio de convenios amistosos en los que, más tarde o más temprano, todos se ponen de acuerdo.

Hombres y mujeres son de una singular belleza y cortesía. Un joven, Dick, se ofrece como guía al forastero, extrañamente vestido, y le lleva a un co­mercio donde unos niños le dan una túnica y una capa de alegres colores. Él se en­cuentra con dificultades para pagar, pero nadie demuestra comprender sus gestos, pues ya no existe la moneda; a Dick se le ocurre entonces conducir al forastero al lado de un pariente suyo muy anciano, Hammond, que quizá pueda explicarse me­jor que él.

En el diálogo que sigue, se pasa revista a los principales problemas so­ciales y políticos. Morris expone, a través de las respuestas del viejo, sus soluciones utópicas y al mismo tiempo los defectos y males del siglo XIX. Admitido el princi­pio de que la recompensa del trabajo es la vida, la alegría de crear, y que la ne­cesidad de trabajar es natural como el ins­tinto de procreación, Hammond exalta la artesanía, en la que se afirma la indivi­dualidad artística, y recuerda con horror haber oído hablar a sus mayores de la existencia de inmensas fábricas donde la contribución humana era puramente mecá­nica.

Después de la visita a Hammond, el joven Dick y su novia Clara llevan a Mo­rris junto con algunos amigos suyos a las faenas y fiestas de la trilla. El viaje se hace en barca por el Támesis, donde en­cuentra intactos los antiguos nombres de los pequeños pueblos bien conocidos por él. Cada noche duermen en una de las al­deas a orillas del río y en todas partes son recibidos como antiguos amigos. En una de estas etapas, Morris se enamora de una muchacha, Ellen, que se siente atraída por el forastero, venido, según cree ella, de lejanas y misteriosas tierras.

Marchan los cuatro, felices; pero llegados a su des­tino cerca de Hammersmith, cuando Mo­rris se dirige a la cena, de repente ad­vierte que ve sin ser visto y lee en las facciones de la hermosa Ellen la tristeza por su desaparición; una nube obscura le envuelve y, al volver a la luz, se encuentra en su estancia de Hammersmith, precisa­mente donde se habían dirigido para la trilla. El autor se siente triste y solo, pero el recuerdo de la visión es tan neto y vivo, que piensa que debe darla a conocer para tratar de instaurar lentamente la nueva era de la nivelación, de la felicidad tran­quila y serena.

El presupuesto básico de dicha concepción utópica es la firme con­fianza, alimentada por Morris y por los principales escritores ingleses de utopías (Kendall, Huxley, etc.), en la bondad inna­ta del hombre. Esto es para los utopistas un lugar común; Morris se diferencia de los demás por el arte con que hace casi convincente la realización de su utopía, re­conociendo la necesidad de un largo pe­ríodo de transición para alcanzar dicha era de feliz ingenuidad, cuyos caracteres son delineados con magistral ligereza de toque.

N. Pucci

Nosotros, Evgenij Ivanovič Zamjatin

[My]. Novela de Evgenij Ivanovič Zamjatin (1884-1937), sólo publi­cada en las traducciones sueca (1927), fran­cesa (1929) e inglesa, y no en el original ruso.

Se trata de la característica novela utópica, cuya acción se desarrolla en el futuro, transcurridos por lo menos mil años, cuando todo el globo terrestre «se halle en poder del Estado único», y los hombres sean simples números en una or­ganización matemáticamente perfecta, don­de, sin embargo, «alguien» o «algo» puede fallar, aun a pesar de la precisión de los cálculos.

Todo el mundo es una sola má­quina manejada por sincrónicos inquisido­res, que controlan cualquier pensamiento de cada uno de los seres, partículas del todo, en el que cada cosa tiene su hora, incluso el amor, y en donde la temperatura es mantenida constante por medio de una cúpula abocada sobre la ciudad. «Nosotros realizamos — dice en una ocasión cierto personaje — el viejo sueño del paraíso.

Re­cordad, si no: en el paraíso no se conocen ni el deseo, ni la piedad, ni el amor; en el paraíso los santos han sido transforma­dos: les ha sido quitada la imaginación, y es sólo por esto que conocen la beatitud». Si «algo» falla, es debido, a pesar de todo, a la existencia de algún ser cuya imaginación no ha sido anulada y que fundamenta su felicidad en el deseo, la piedad, el amor, en el sentido actual de la palabra, es decir, según los antepasados de los hombres-nú­mero del año 3000.

Era inevitable que seme­jantes conceptos fueran considerados en la Rusia soviética como una sátira del socia­lismo. Desde el punto de vista literario, la novela de Zamjatin es semejante a las no­velas de Wells, a Un mundo feliz de Huxley y a las obras utópicas de Capek: La Krakatita (v.) y R.U.R. (v.).

E. Lo Gatto

La Isla del Doctor Moreau, Herbert George Wells

[The Island of Doctor Moreau]. Novela de Herbert George Wells (1866-1947), publicada en 1896. Pertenece al grupo de las narraciones fantásticas con base científica a las que el autor debió su primera celebridad en el mundo entero.

La isla del doctor Moreau es un islote, perdido en los mares del Sur en el cual desembarca un tal Eduardo Prendrick, único superviviente de una nave que había naufragado en aquellos parajes. Muy pronto Prendrick se da cuenta de que la isla está habitada no sólo por el doctor Mo­reau y por su ayudante Montgomery, que a disgusto le otorgan hospitalidad, sino tam­bién por una población de criaturas extra­ñas: hombres animalizados, o viceversa, ani­males humanizados. Hablan un lenguaje especial, caminan derechos, y los sirvientes de Moreau y de Montgomery, los primeros con que se topa, llevan vestidos. Estupe­facto, inquieto, aterrorizado por lo que ve y oye, sin conseguir hacerse cargo de ello, Prendrick decide huir de la estrecha vigi­lancia que los dos cirujanos ejercen sobre él y descubre un poblado de cabañas habi­tado por criaturas aún más extrañas y ho­rribles. Éstas se llaman a sí mismas «hom­bres» y parecen estar, al menos parcialmente, regidas por una extraña ley cuyos preceptos se complacen en repetir en una especie de letanía que les ha enseñado Montgomery.

Alcanzado por los dos médi­cos, Prendrick es informado de que aque­llos seres de pesadilla no son otra cosa que animales sobre los cuales Moreau ha practi­cado atrevidos experimentos de injerto y vivisección, llegando a modificar incluso sus cerebros y su laringe para hacerles capaces de un rudimentario pensar y darles la fa­cultad de hablar. Los animales así humani­zados a veces recaen, después de un cierto lapso de tiempo, en su primitiva condición, y solamente el terror y el respeto que Moreau les inspira consigue en parte fre­narlos. Cuando Moreau es asesinado por un gigantesco puma sobre el cual había inicia­do sus horribles y cruelísimos experimen­tos, Montgomery, ebrio de desesperación, precipita aún más las cosas: pronto los hombres-bestias se rebelan. Montgomery es muerto, la casa de Moreau destruida por un incendio y Prendrick se encuentra solo para luchar contra los habitantes de la te­rrible isla, hasta que consigue huir en una barquita y es recogido por una nave que pasaba por aquellas latitudes.

En ningún otro libro de Wells se encuentra tan amarga sátira. En la descripción de la organización de la vida de los hombres-bestias es evi­dente la comparación con la sociedad cons­tituida, con sus leyes y sus principios mo­rales que, según la concepción puramente materialista del Wells joven, han sido im­puestos en interés de unos pocos y por su superioridad intelectual, leyes a las cuales la masa amorfa obedece por temor, aunque intentando sustraerse a ellas todo lo po­sible, pues no consigue comprender su uti­lidad o su valor. De las leyes, y especial­mente de la religión (de la cual Moreau, el hombre-dios, y Montgomery, el sacer­dote, son sus representantes), esta humani­dad bruta no recibe alivio, sino nuevas tor­turas: terror del castigo, infalible cada vez que se abandona a la alegría del instinto, remordimientos, etc. Solamente el hombre- hombre que tenga conciencia de su propia dignidad y del propio poder puede llegar a adaptarse a ellas y comprenderlas. Tam­bién es notable en esta narración, además de la exuberante fantasía, la verosimilitud psicológica de los inverosímiles personajes.

L. Krasnik

La Guerra de los Mundos, Herbert George Wells

[War of Worlds]. Novela de anticipación del es­critor inglés Herbert George Wells (1866- 1946), publicada por primera vez en el «Pearson’s Magazine» (1897) y en volumen en 1898. Wells ya había publicado El hom­bre invisible (v.), que es sin duda alguna su obra maestra, cuando imaginó la fan­tástica llegada de los marcianos a nuestro planeta. La Guerra de los Mundos, según nos cuenta, le fue sugerida por una charla con su hermano Frank. En cierta ocasión que ambos se dirigían a Surrey dando un paseo, Frank le dijo: «Imagina por un ins­tante que los habitantes de otro planeta descendiesen de pronto sobre esta pradera y comenzaran una marcha sobre nosotros…».

La novela acababa de nacer. Cierto día, al llegar la medianoche, puede observarse una nube incandescente en torno al planeta Marte; el fenómeno se repite durante las nueve noches siguientes. Algunos días más tarde un cometa se abate sobre la región de Londres. Inmediatamente puede apreciarse que no se trata de ningún aerolito, sino de un cilindro gigantesco, aproximada­mente de unos treinta metros de diámetro. Es el primero de los diez ingenios seme­jantes que han sido arrojados desde Marte para hacer la guerra a la Tierra. Como quiera que se notan señales de vida en el interior del aparato, una delegación terres­tre, formada por gente notable y precedida de bandera blanca, es enviada para inten­tar parlamentar con los marcianos. Pero mientras la delegación se aproxima al ci­lindro, parte de él un rayo de fuego que la destruye; este rayo es la principal arma ofensiva de los marcianos: se trata de un chorro de fuego, proyectado por un espejo parabólico de tal potencia, que cuanto se interpone en su camino, sean hombres o co­sas, queda inmediatamente carbonizado. A la noche siguiente cae un nuevo cilindro, los soldados son enviados entonces contra los marcianos, monstruos de repulsivo aspecto. Habiendo visto a los marcianos y sus máquinas de guerra, el narrador decide ale­jar a su esposa de la zona de peligro, y la envía a casa de una prima suya. Al quedar solo encuentra a un artillero inglés, único superviviente de una batería que ha sido destruida por los marcianos, que le informa de los sucesos ocurridos durante la jorna­da.

Nuestro hombre queda tan impresiona­do, que decide a su vez huir también, e intentar reunirse con su esposa. Para evi­tar a los marcianos debe efectuar un gran rodeo; por doquier atraviesa las líneas de los soldados que intentan detener a los in­vasores. Por doquier también, la triste mu­chedumbre de refugiados que son implaca­blemente perseguidos por las máquinas de guerra. En Londres reina el pánico, hay una huida general y desesperada de todos sus habitantes: unos intentan dirigirse al norte, otros alcanzar el continente cruzando el Canal. Mientras el narrador procura a través de los campos llegar a Londres es­capando a los marcianos, encuentra a un pastor, y los dos, hambrientos, entran en un pabellón de las afueras, esperando encon­trar algo que comer, justamente en el mo­mento en que al lado mismo cae el quinto cilindro, sepultando la casa bajo toneladas de tierra. El único camino posible para salir de allí está guardado por los marcia­nos. Durante una semana los dos refugia­dos se arrastran entre los escombros de la bodega y de los lavaderos. El pastor, exte­nuado, enloquece, y el narrador se ve obligado a matarle en defensa propia. Logra finalmente escapar y llega a Londres, en­contrando la ciudad completamente desier­ta. Después de haberse reunido sólo unos momentos con el artillero, sale de la ciudad y llega a South Kensington; allí, de pronto, percibe los desgarradores lamentos de los marcianos y, subiendo a una colina, des­cubre, en un enorme reducto, a una infini­dad de marcianos heridos de muerte, enve­nenados por los gérmenes de nuestro pla­neta y casi devorados por los perros… La noticia de la liberación se esparce inme­diatamente. Los refugiados regresan a sus hogares.

El narrador encuentra milagrosa­mente a su mujer. En una palabra, se ha­bían dejado arrebatar por el terror. Esta novela de anticipación es mucho menos optimista que las de Julio Verne. Al con­trario, Wells parece complacerse en aterrorizarnos. La atmósfera del libro, a pesar de la derrota final de los marcianos, es más bien pesimista; los hombres no pueden es­perar gran cosa de la ciencia, en todo caso nuevos peligros, catástrofes mundiales, y nada que pueda contribuir a la mejora de nuestra existencia. Tales horrores del futuro son descritos por el autor con rigurosa pre­cisión. Puede ser también que exista en Wells una cierta satisfacción en asustar, para saciar así, por medio de la ficción no­velesca, su rencor contra la sociedad victoriana, tan segura de su fuerza y de su tranquilidad.