Páginas Vividas, Josep María Folch i Torres

[Pagines viscudes]. Relatos del novelista catalán Josep María Folch i Torres (1880-1950) publicados en el semanario infantil «En Patufet» desde 1909 a 1939.

Los temas de estas narraciones buscan, generalmente, una ejemplaridad moralizadora. Así, la hija cuyas oraciones consiguen la conversión del padre, quien la acompaña en el venturoso día de la pri­mera comunión; la madre viuda que tra­baja incansablemente para mantener y edu­car a sus „hijos; los amores entre jóvenes de condición modesta que pueden tener buen final gracias al apoyo de un protector pro­vidente.

El matrimonio entre el hijo de un rico industrial y la muchacha de los colo­nos, bendecido por el Cielo porque no es motivado por intereses materiales; la re­dención de los vagabundos gracias a un bienhechor que les proporciona un empleo digno. Las Páginas vividas son un docu­mento humano, a veces excesivamente sen­timental, con un estilo directo y fluido, no exento de gracia expresiva.

Más que unos fines puramente estéticos, Folch i Torres se propuso unos fines educativos. La exalta­ción de virtudes como la generosidad, la bondad, la abnegación y el heroísmo cris­tiano contribuyeron a formar, dentro de una rectitud moral y ciudadana, a varias gene­raciones de jóvenes catalanes.

Aun hoy las Páginas vividas influyen en parte en nues­tra juventud, que las conoce a través de sus padres. El valor educativo, patriótico y moral de estos relatos cobra mayor relieve con el transcurso implacable de los años aciagos.

A. Manent

Los Niños del Agua, Charles Kingsley

[The Water Babies]. Cuento para niños del escritor in­glés Charles Kingsley (1819-1875), publica­do en 1863, traducido a todos los idiomas y adaptado al cine (dibujos en color) por Walt Disney.

Sería error creer que el pe­queño deshollinador Tom, que nunca ha conocido a su madre y siempre ha sido mal­tratado por su cruel dueño Grimes, ha muerto ahogado en el río aquel día en que, seguido por perros y criados, huyó del cas­tillo donde vivía la bella y dulce niña Ellie. Tom había ido al río para beber y para lavarse y se había dormido en la dulce frescura del agua. Al despertar, se había dado cuenta que podía quedarse en el agua y que comprendía el lenguaje de las innumerables, criaturas que le rodea­ban.

Hubiera podido ser feliz, si no hu­biese atormentado a los animales más pe­queños que él, buscándose su enemistad. Pero tras llevar a cabo una buena acción con una langosta, encuentra un grupo de niños como él, los «niños del mar», que le enseñan a limpiar las ensenadas de la costa y le conducen hacia la isla de San Brandán, donde es recibido por la señora Hagancontigocomohiciste («Bedonebyasyoudid») y por la señora Hazcomoquisierastehicieranati («Doasyouwouldbydoneby»), muy fea y du­ra la primera, bellísima y dulce la segunda. Después de otras fechorías cometidas por el incorregible Tom, las dos hadas deciden proporcionarle una maestra que le enseñe a ser bueno.

Ésta no es otra que la pequeña Ellie, la cual todos los domingos se marcha al paraíso, haciendo surgir en el corazón de Tom un fuerte deseo de seguirla. Mas para ello es necesario que antes «vaya donde no le gusta, haga lo que no le guste, ayude a alguien que no quiera». Tom irá, pues, a El-otro-Lado-de-Ningún-Sitio («The-Other- End-of-Nowhere») y ayudará a Grimes. El viaje a la profundidad del mar es largo y lleno de terribles dificultades, pero llegado al término, Tom encuentra a Grimes me­tido hasta los hombros en una chimenea de donde no puede salir. Solamente la pie­dad que el hombre ve en los ojos del niño y advierte en sus palabras, le conmueven y se disuelve en llanto la dureza de su corazón.

Las lágrimas bajan por su rostro sucio de hollín y rompen la argamasa que lo tiene preso. Al lado de Tom ha surgido, mientras tanto, un hada; se parece primero a Hagancontigocomohiciste, luego se trans­forma en Hazcomoquisierastehicieranati, fi­nalmente toma el aspecto de una «mujer irlandesa» encontrada ya por Grimes y Tom en la tierra, que da a Grimes la tarea de limpiar el cráter del Vesubio, mientras Tom volverá por milagro a la isla de San Brandán. Aquí Ellie le ha esperado durante «centenares de años» y se ha hecho una mujer; y también Tom, al realizar «lo que no le gustaba hacer», se ha vuelto un hom­bre y ha conquistado el derecho de que- darse para siempre con Ellie, domingos incluidos.

Desgraciadamente, la intención didáctica de esta bella fábula está dema­siado clara en todo momento, haciendo pe­sada la narración. Sin embargo, y aunque falte, como en toda la obra de este escri­tor, aquel «sentido del humor» que es equi­librio y ligereza de toque, el cuento no tiene igual, en las fábulas de esta clase, por la riqueza de su fantasía.

L. Krasnick

Narraciones, Nathaniel Hawthorne

Nathaniel Hawthorne (1804-1864) dos volúmenes de cuentos para niños, adap­tados de las leyendas de la mitología grie­ga: El libro de las maravillas [The Won­der Book], en 1851, y Los cuentos del bos­que frondoso [Tanglewood Tales], en 1853.

El éxito del primero, escrito para sus hi­jos, animó a Hawthorne a repetir la aven­tura aplicando la misma fórmula. Diez años antes ya se había ocupado de poner al alcance de los niños, no la mitología, sino la historia, con El sillón del abuelo [Grand­father’s chair] y dos series de biografías. El prólogo del Libro de las maravillas nos adentra en «Tanglewood», el bosque frondoso, donde un grupo de niños se congrega en torno del joven estudiante Eustace Bright para escuchar sus relatos.

El autor se esfuerza por hacer viva la presencia de los niños por medio de un diálogo entre el narrador y los oyentes, diálogo que, de vez en cuando, reaparece en el curso del libro: un procedimiento artificial y tan convencional como los personajes. Hawthorne, que ya lo había empleado en sus primeras obras infantiles, renuncia a él en Tanglewood Tales. Cada volumen con­tiene seis leyendas. Las del Libro de las maravillas son: «La cabeza de Gorgona» (Historia de Perseo y de Medusa), «El tacto del oro» (El rey Midas), «El paraíso de los niños» (Pandora), «Las tres manzanas de oro» (Hércules en el jardín de las Hespérides), «El pichel maravilloso» (Mercurio en casa de Filemón y Baucis) y «La qui­mera» (Pegaso y Belerofonte).

En los Cuen­tos del bosque frondoso volvemos a encon­trarnos con Eustace Bright, que, en esta ocasión, se dirige al encuentro del editor para ofrecerle sus nuevas adaptaciones: «El Minotauro» (Teseo), «Los pigmeos» (Anteo y Hércules), «Los dientes del dragón» (El rapto de Europa y la fundación de Tebas por Cadmo), «El palacio de Circe» y «Los granos de granada» (El rapto de Proserpina). Según propia confesión, en estas le­yendas el autor se proponía «reemplazar por un tono en cierto modo gótico o ro­mántico la clásica frialdad, tan repelente como el contacto del mármol» y «natural­mente… revestirlas de un matiz moral en la medida de lo posible».

El autor, al mis­mo tiempo, censura implícitamente la obra, señalando ciertos fallos cuando declara que, al suprimir todo lo que habría podido cho­car con la sensibilidad o las costumbres de la Nueva Inglaterra, no ha tenido más re­medio que guardar silencio sobre los mitos y las divinidades más importantes del Pan­teón griego, en provecho de las hazañas de los héroes o del ingenioso Mercurio; de este modo, despoja a las leyendas de gran parte de su fuerza y riqueza. Resulta curioso oír decir a Eustace Bright que tales relatos datan de la infancia del mundo, de la edad de oro, «donde el mal jamás había existido».

De todas formas, es preciso recordar que se trata de obras menores en la producción global de Hawthorne. Por otra parte, cuan­do no se las compara con sus modelos, estas leyendas clásicas de la literatura infantil anglosajona se revelan encantadoras y muy bien escritas, en un tono perfectamente lo­grado para el público a que se destinan. Nada más alejado de estos relatos que la atmósfera sombría y el angustioso proble­ma del mal de la Casa de los siete altillos (v.), escrita, no obstante, por la misma épo­ca. Aquí encontraremos el reflejo de los días felices pasados en Lenox, como tam­bién del goce que el autor experimentó es­cribiendo estas leyendas, «tarea placentera y una de las más agradables en la esfera literaria que he emprendido nunca».

Ésta fue, sin duda, la razón que indujo a Haw­thorne a considerarlas, a veces, como una de sus mejores obras. Se olvidaba que, al dirigirse a los niños, lo hacía como adapta­dor, no como creador, circunstancia que encaja en más justos límites el valor que puede concedérsele a esta parte de su producción.

Los Músicos de Brema, Jacob y Wilhelm Grimm

[Die Bremer Stadtmusikanten]. Cuento de Jacob (1785- 1863) y de Wilhelm (1786-1859) Grimm (v. Cuentos para niños y familias). Uno de los rasgos característicos de la poesía popular era, según los Grimm, la parte que en el cuento toman los animales, las plantas, las cosas, todos animados y provistos del don de la palabra.

En éste hallamos cuatro ani­males domésticos: el asno, el perro, el gato y el gallo, que, después de haber servido toda su vida al hombre, cuando llegan a viejos advierten que sus respectivos amos quieren deshacerse de ellos. Toman el ca­mino del campo y piensan irse a Brema y hacer que los tomen a sueldo en la ban­da municipal.

Pero no es menester ir tan lejos para dar muestras de su voz. En me­dio de la noche brilla una lucecita. Se aso­man a una ventana los cuatro compadres y ven a unos bandidos celebrando un festín. Los cuatro viajeros se ponen uno encima del otro, y, tras una bulla infernal, se preci­pitan en la habitación, mientras los ban­didos, aterrorizados, huyen dejando su cena a los recién llegados. La Edad Media nór­dica, desde el Román de Renart (v.) a las gárgolas de las catedrales góticas, tenía predilección por los animales sabios y pru­dentes, que tenían más astucia que el campesino, así como por los animales imagi­narios, encarnación, a veces, del diablo, que atormentaban a los pobres hombres.

Pero esta vez los alegres compadres se contentan con aprovecharse de la ocasión según sus necesidades; se procuran un buen alojamiento para el resto de sus días y restablecen el equilibrio que la injusticia de los hombres había intentado quebrantar en perjuicio de ellos.

F. Fano

Memorias de un Asno, Sophie Rostopchine-Ségur

[Mémoires d’un âne]. Publicado en 1860, es un gra­cioso libro para la infancia de la Condesa de Ségur (Sophie Rostopchine-Ségur, 1799- 1874).

El asno Cadichon narra a su joven amo su historia llena de aventuras: vivara­cho y díscolo, no queriendo doblegarse a una severa ama que lo cargaba demasiado con verduras para el mercado, ha huido después de haberla coceado severamente, y ha errado durante largo tiempo por el bosque; luego pasó a manos de otros due­ños y fue el compañero devoto de una niña enfermiza, a la que incluso salvó de un incendio; muerta su amiguita y olvidado por todos, Cadichon fue bien recibido en un castillo, donde una indulgente abuela había reunido muchos nietos, niños y ni­ñas, así como sus padres, y allí empieza para él una serena existencia, combinada con la alegría de los chiquillos, que le ado­ran: excursiones al bosque, meriendas, ca­cerías, partidas de pesca. Cadichon es el compañero inseparable e inteligente, que en todas las circunstancias sabe ser útil y providencial (incluso descubre a una ban­da de bandoleros ocultos en un subterrá­neo). Pero el astuto borriquito no tiene buen carácter: es algo impaciente, venga­tivo, le gusta hacer bromas pesadas a las personas con quienes no simpatiza; no siempre es un asno de buen corazón… has­ta que, advirtiendo que está perdiendo el afecto de sus pequeños dueños y bajo la amenaza del molino, se arrepiente de sus picardías y con algunos actos de genero­sidad y bondad consigue el perdón y re­cobra la estimación de pequeños y mayo­res.

En este célebre relato la sonrosada pedagogía y el moralismo programático de la condesa de Ségur saben revestir formas graciosamente fantásticas; de ahí que estas Memorias sean consideradas, con justicia, como uno de los ejemplos más notables de la literatura infantil de todos los tiempos.

M. Zini