Ma Mère L’oye, Maurice Ravel

Cinco piezas infantiles para piano a cuatro manos, de Maurice Ravel (1875-1937), publicadas en 1908, ins­trumentadas y estrenadas en forma de ba­llet, en cinco cuadros, en París, en 1912. Se titulan «Pavanne de la Belle au bois dormant»; «Petit Poucet»; «Laideronnette, Imperatrice des Pagodes»; «Les entretiens de la Belle et la Bête»; «Le jardin féerique», y están inspirados en Perrault (v. Historias y cuentos de tiempos viejos).

En el ballet la princesa Florina aparece en un jardín encantado; una anciana está hilando junto a una lavandera. La paleta orquestal de Ravel, tan rica en timbres y colores, se revela ya desde estas primeras páginas, pe­se a su sencilla escritura, si la comparamos con sus obras precedentes. La princesa jue­ga con la rueda de la rueca, pero en cier­to momento queda herida, y la anciana hilandera pide socorro. Hombres y mucha­chos entran precipitadamente en escena. Florina ha quedado dormida y dos damas se disponen «a prepararla para su noche secular». Una lenta y triste pavana marca el ritmo de la danza. Después comienzan los cuadros que representan los sueños de la princesa; la escena de la «Bella y la Bes­tia» es comentada por una música sencilla, construida sobre dos fases, la una entonada en tiempo de vals y la otra violenta y bru­tal, definidas ambas por medio de un ins­trumental ligero.

Se hace de noche; los siete niños del leñador, con Pulgarcito, se duermen; pasan los pájaros que les devo­ran todo el pan; aquí Ravel traza una de­licada página de música imitativa, y con acentuaciones rítmicas y frases melódicas que se funden en el calor de las armonías y de la instrumentación, crea una atmósfera de ensueño, la cual trasciende, a pesar de la evidente intención onomatopéyica, toda referencia realista; atmósfera que se pro­longa en la sobria y susurrada página del despertar de los niños y su dolor por la .pérdida de su pan; unos compases de ritmo suelto, una «cadenza», primero ejecutada por el arpa y después por la celesta, anun­cian la llegada de Laideronnette, emperatriz de las Pagodas; dos melodías chinas, una viva y luminosa, otra más lenta y extensa, son expuestas alternativamente para fundir­se después en ricas sonoridades tímbricas. Las danzas que siguen conducen finalmente al jardín encantado donde Florina es des­pertada por el príncipe encantador. «La idea de evocar en estas piezas la poesía de la infancia me ha conducido naturalmente a simplificar mi estilo y a desnudar mi es­critura», escribe Ravel; pero este sentido de la escritura lineal y esquemáticamente construida es algo más que una sencilla motivación literaria.

Ma mère l’Oye, com­puesta mientras Ravel trabajaba en Dafnis y Cloe (v. Dafnis y Cloe, o las Pastora­les), revela la necesidad de evadirse de la atmósfera impresionista en la cual el com­positor había venido formándose. Hay en Ravel, ahora, una madurez de lenguaje que lo lleva a resolver la experiencia del impresionismo en una nueva conciencia de los valores constructivos en un sentido más preciso y definido; de este modo, el color, el juego tímbrico, ya no se disuelven co­mo en Debussy, en indefinidas y sutiles impresiones sonoras, sino que tienden a organizarse dentro de esquemas precisos. Ma mère l’oye es, por esto y, tal vez, por la voluntaria sencillez de su escritura, en­tre todas las composiciones de Ravel, la que mejor señala la posición del músico francés respecto al impresionismo.

L. Rognoni

 

Lina, André Lichtenberger

[Line]. Narración infantil del es­critor francés André Lichtenberger (1870-1939). Publicada en 1905, se afirmó muy pronto como uno de los clásicos de la lite­ratura infantil. En ella, como en las demás obras del mismo género de Lichtenberger, la narración se desenvuelve dentro de las normas tradicionales: el retrato de Lina va acompañado e ilustrado por una serie de episodios de la vida cotidiana.

Lina es una chiquilla eterna desesperación de su mamá, de su maestra, de sus niñeras. El único que es indulgente con ella, hasta un punto in­comprensible, es el padre. Consciente de sus numerosas «culpas», la propia Lina a menudo se sorprende de esta debilidad, tanto más cuanto que la autoridad paterna es la única que tiene algún poder sobre ella. Cuando la muchacha quiere penetrar el misterio de tal indulgencia, el padre se lo revela sin dificultad: él sabe que Lina es profundamente buena y hasta prudente a su modo. Pero la muchacha tiene un carácter independiente, y sus cualidades no han hallado todavía el justo equilibrio con sus defectos. Con la edad alcanzará esta ar­monía, y Lina poseerá entonces la persona­lidad que su padre defiende ahora en ella. Esta tesis pedagógica no está expuesta en forma de moralismo abstracto y no turba la narración; es, al contrario, el criterio animador del libro y hace espontánea a la figurilla de la muchacha, que parece ver­dadera y con caracteres tales que la man­tienen fresca a pesar de los años transcu­rridos y de los cambios de costumbres.

M. T. Chiesa

Lecturas para Niños, Zacharias Topelius

[Lásning fór bam]. Es el título de la más conocida re­copilación de prosas y poesías para niños, del escritor sueco, de Finlandia, Zacharias Topelius (1818-1898), publicada en ocho volúmenes, entre 1865 y 1896. Los temas están sacados en parte de fábulas cono­cidísimas, como la Princesa Blancanieves, la Cenicienta, etc., en parte de recuerdos de la vida infantil observada por él con fina intuición. Topelius es un moralista; pero el contenido moral, en estas Lecturas, surge naturalmente del relato mismo. Las Lecturas de Topelius, tanto en su original sueco como en la traducción finlandesa, han influido en la formación de tres generacio­nes nórdicas.

T. Tuulio

Juan que Llora y Juan que Ríe, Sophie Rostopchine-Ségur

[Jean qui grogne et Jean qui rit]. Publi­cado en 1865, es uno de los más conocidos cuentos para niños de la condesa de Ségur (Sophie Rostopchine-Ségur, 1799-1874). Jean y Jeannot son dos primos: el primero ale­gre, afectuoso, complaciente, activo y listo, un corazón de oro; el segundo exactamente lo contrario, siempre descontento, perezoso, envidioso, embustero y ladronzuelo si se le presenta la ocasión. Marchan los dos a París en busca de trabajo, y Jean se labra un buen camino, apoyado por un joven bien­hechor, el señor Abel, entusiasmado por su buen carácter: al principio camarero en un café, entra como criado en una excelente casa y más tarde sigue viviendo feliz y con­tento en calidad de servidor del señor Abel, que ha llegado a ser un conocido y rico pintor, y que ayuda ampliamente también a la familia de Jean. Jeannot en cambio, el llorón insoportable, celoso de la buena suerte de su primo, no sabe hacerse amar, no trabaja bien con ningún amo, y des­pués de haber robado en casa de unos ricos señores de acuerdo con el administrador, delito tras delito, acaba condenado a tra­bajos forzados. La narración, conducida casi completamente en forma dialogada como en los otros cuentos de la condesa de Ségur, es agradable y, aunque adolece de un moralismo demasiado programático, conserva cierta gracia y vivacidad.

M. Zini

Juanito sin Miedo, Lorenzo Viani

[Giovannin senza paura]. Obra narrativa de Lorenzo Viani (1882-1936), publicada en 1924. En estilo sencillo y austero (y ello porque se dirige, a lo menos en su propósito editorial, a los niños) cuenta la vida de Juanito (Giovan­nin). Su padre, Giando il Mastino, marinero, muere, en un acto de generosidad, arras­trado por los remolinos. En la pobre casa desolada el muchacho crece rebelde y da numerosos disgustos a su madre; abandona la escuela y con otros chiquillos lleva las cosas que roba a un encubridor. Hasta que los guardias le prenden. Salvado de la cár­cel, su santa madre, que había hecho todos los sacrificios para proporcionarle un oficio y alejarle de los peligros del mar, antes que verle en la cárcel otra vez, prefiere con­fiarle a un capitán, Argante: éste lo acoge, por amor a su difunto padre, en su «Cassandra».

Pero el buque va a estrellarse en una noche infernal, contra una escollera; la noticia de la nueva desgracia llega al pue­blo. Lloran la muerte del niño; la maestra manda hacer una lápida en que es recordado Giovannino Bianchi de ocho años «el cual navegando hacia su ensueño desapa­reció en las aguas de Córcega la noche del 15 de marzo de 1856». Pero el chiquillo, que estaba en la estiba encerrado por el capitán, es encontrado moribundo por un pastor, Sisizio. Giovannino crece en la isla de Pianosa en medio de una vida salvaje. Muere un santo ermitaño en la cima del monte; muere también el pastor dejando cien escu­dos; si dentro de un tiempo dado no viene a recogerlos el capitán de un buque calabrés serán del atrevido Giovannino. Éste consigue por fin volver a su patria; sus seres queridos todos han muerto; su madre, su abuela, su hermanito, y nadie de aquel pueblo lo reconoce: una misma lápida in­dica la desventura atroz de toda una fami­lia. Giovannino comprende el amor de su madre y la oscura tragedia que le llevó vagabundo por las riberas.

Esta obra, no privada de elementos inspirados, tiene un tono propio para los niños, con vivaces es-corzos en su narración; por su agilidad de toques (que hacen más significativa toda­vía los dibujos del autor) debe considerarse sin duda como una de las mejores obras de la literatura infantil contemporánea en Italia.

C. Cordié