Estos materiales fueron revisados y aumentados con noticias nuevas por Zarco y Sancho. La obra se premió en el concurso de la Biblioteca Nacional de 1862, y se publicó entre los años 1863 y 1888, en cuatro volúmenes. La impresión de los dos últimos, vigilada por Menéndez Pelayo, es menos correcta que la de los dos primeros. El Ensayo formado con las papeletas de Gallardo (1776-1852) es una riquísima mina de materiales para el estudio de la literatura española. Gallardo fue un investigador infatigable. Movido por un afán insaciable de curiosidad y por su gusto por todo lo español, especialmente en sus manifestaciones más castizas y tradicionales, el número de volúmenes impresos y manuscritos que pasaron por sus manos, fue enorme.
En su forma actual, los cuatro volúmenes del Gallardo son una colección de materiales sin igual, especialmente para la antigua poesía española de carácter tradicional. Pero, debido a las luchas políticas, se destruyó en Sevilla la totalidad de las papeletas de Gallardo, y los materiales que se han publicado, son los que él recogió de nuevo, a partir de sus cuarenta años. «A conservarse juntos y completos sus trabajos —dicen Zarco del Valle y Sancho Rayón— la bibliografía española puede decirse que estaba hecha, cuando a los apuntamientos formados posteriormente, se viesen agregados y unidos los que hizo en la edad más lozana». Al ir a publicar los apuntes de Gallardo, Zarco y Sancho Rayón los completaron con notas que ellos mismos sacaron en importantes bibliotecas particulares de Madrid, entre las que se contaban las notabilísimas del Marqués de Salamanca, del Duque de Osuna y de don Pascual Gayangos, quien les facilitó copia de un nuevo catálogo de libros de caballerías, redactado después de la publicación del de la «Biblioteca de Autores Españoles». En los cuatro tomos del Ensayo no están todos los materiales que dejó Gallardo. Zarco del Valle y Sancho Rayón entregaron a Menéndez Pelayo numerosas papeletas, que todavía permanecen inéditas en su biblioteca de Santander.
Sainz Rodríguez anunció, hace tiempo, que se preparaba la publicación de un quinto volumen del Ensayo que todavía no ha aparecido, con los materiales inéditos, y un índice general alfabético de toda la obra (Revue Hispani– que, LI, 353, n. 1). Las noticias de Gallardo no se limitan a escuetas notas bibliográficas, sino que van acompañadas de amplios resúmenes y extractos de las obras, hechos con mucha habilidad, que hoy se consultan todavía con gran provecho, pues muchas de estas obras son sumamente raras y no se han reeditado modernamente. De los cancioneros, Gallardo da copias tan extensas que equivalen a verdaderas ediciones. Hay que llegar a Menéndez Pelayo — crítico de mucho mayor vuelo, naturalmente, que Gallardo — para encontrar una remoción tan considerable de materiales literarios.
Gallardo no fue lo que hoy se llama un crítico de ideas. Fue un incansable rebuscador y un enamorado de la antigua poesía española. A veces el casticismo y la rareza de algunas obras hacían que las estimara en más de lo que eran. Pero a pesar de tales defectos, nadie en su tiempo fue superior a Gallardo. De una vez para siempre se interesó por lo que las obras son y no por superficiales ideas retóricas, como sus predecesores. Su ejemplo sirvió de estímulo a Agustín Durán, el colector del Romancero (v.), y a Cayetano Alberto de la Barrera, el bibliógrafo del teatro español, dos figuras señeras y beneméritas de la erudición castellana.
P. Bohigas

