Venganza Catalana, Antonio García Gutiérrez

Drama en cua­tro actos y en verso de Antonio García Gutiérrez (1813-1884), estrenado en 1864 y pu­blicado en Madrid, en 1866, en las Obras escogidas del escritor. Dedicado a la famosa expedición a Grecia (v. La expedición de los catalanes y aragoneses de Moneada, y la misma antigua Crónica, v., de Muntaner), ilustra, con un interés muy romántico por el color local, la empresa dirigida por Ro­ger de Flor.

La acción se desarrolla en la Grecia de Andrónico y de Miguel Paleó­logo: los tres primeros actos en Andrinópolis, en 1304, y el último en la ciudad de Apros. El emperador griego Miguel Pa­leólogo ha salvado su Estado merced a la ayuda de los mercenarios catalanes y ara­goneses, y en premio de ello ha concedido a su caudillo Roger la mano de su prima María, princesa de los búlgaros. El caudillo es considerado como César del Imperio y’ es tenido en buena estima entre la jerar­quía del país. Pero existe una grave ene­mistad entre las tropas extranjeras, desde algún tiempo sin sueldo, y los griegos de Paleólogo: el conflicto no se hace esperar. La política del emperador se ve apoyada por Gircón, jefe de los alanos: éstos, ebrios de odio contra los mercenarios de Roger, querrían sin más exterminarlos. En este punto, a la trama histórica se entrelaza, a veces con dificultades para el juego escé­nico, el episodio de un drama familiar de Gircón, por el que reconoce en el soldado catalán Alejo a un hijo suyo. Éste, sal­vado por Roger, defiende con riesgo de su propia vida a la princesa María, atacada a traición por los alanos, y se enamora de ella ignorando su identidad y, luego, su casa­miento con su propio y querido jefe.

Pero Irene, hermana de Alejo, no oculta su ren­cor contra María y conspira buscando su perdición y la de su gente (acto I). Entre catalanes y alanos se entablan feroces lu­chas para apoderarse de la capital del Im­perio: sin dejar de mostrarse en apariencia agradecido para con los mercenarios que habían acudido a defenderlo contra sus po­derosos vecinos, Paleólogo desea librarse de ellos cuanto antes mediante la violencia y la traición. Después de provocar el desor­den, llama en su ayuda a los turcomanos. Alejo acaba por saber de boca de la propia María que es princesa de los búlgaros y es­posa de Roger: la mujer manifiesta su odio contra los griegos y su raza insolente cuyos crímenes abomina hasta el punto de consi­derarse, desde aquellos momentos, catalana. Aparecen nuevos pormenores, de tipo más bien novelesco y aventurero, sobre los ante­cedentes de la familia de Gircón y de su hija Margarita, raptada por un desconocido, en cuya búsqueda se había lanzado, desde hacía algunos años, el propio Alejo, deseoso de venganza. Éste, empero, abraza en Ro­ger al presunto raptor (acto II). En el con­flicto de las pasiones, el emperador lleva a término su venganza: Roger es asesinado; pero los mercenarios españoles, enfurecidos por la pérdida de su caudillo, siembran la desolación en el territorio griego.

Resulta evidente que en toda esta intriga tiene su parte Irene, que no disimula su animadver­sión frente a Margarita y a María. Pero si, después de la muerte de Roger, el empe­rador busca anhelosamente el exterminio de los catalanes, la princesa de los búlga­ros anuncia al son de una campana de gue­rra el fin de Grecia (acto III). La acción, en el tétrico fondo de una ciudad fortifi­cada y entre los peligros de la guerra, toca lentamente a su fin. María interrumpe un duelo entre Alejo y un genovés: cada vez más fuerte aparece la hostilidad de las na­cionalidades en la grave crisis del Imperio griego. Paleólogo y Gircón se rodean de guardias en los mismos lugares, llenos de recelo. María, que no puede olvidar la muer­te de Roger, procura poner en evidencia la gloria de España en la misma ruina de los griegos perjuros y traidores; llegan entonces en socorro los estandartes de don Jaime de Aragón, y se consume la derrota del Impe­rio^ bajo las embestidas del arrojo latino. Así es como se cumple aquella «venganza catalana» que había de llegar a ser prover­bial aun entre los propios griegos (acto IV). El drama, cuya trama es más bien enmara­ñada y confusa, presenta escenas logradas por el trazado de algunos caracteres así como por la elocuencia de sus discursos. Por ello es una obra típica del romanticismo español.

C. Cordié