[Heinrich von Ofterdingen]. Novela en dos partes, de las cuales la primera («La espera») está completa, y la segunda («El cumplimiento») es solamente un esbozo. Fue publicada postumamente en la edición de los Sehriften de 1802, por F. Tieck, que conocía también los proyectos del escritor en los últimos tiempos de su breve existencia.
En 1799, Novalis lee en la biblioteca de una antigua familia alemana la saga de Enrique de Ofterdingen, trovador (Minnesánger) del siglo XIII, que había vivido en la corte de Federico II. Por otra parte, el Wilhelrn Meister (v.) de Goethe, aparecido pocos años antes, había ejercido sobre él una profunda impresión, si bien, después de un primer momento de entusiasmo, había acabado juzgándolo demasiado «moderno» y «burgués»: «Un libro de poesía sobre un asunto poco poético». Pero el plan de una novela del mismo género, en la cual el héroe llegase a un ideal de vida a través de una serie de experiencias personales, le seducía.
Y surge la idea de la presente novela, que debía ser un nuevo Wilhelm Meister, pero ennoblecido por una atmósfera poética según los ideales románticos. La narración comienza en la casa paterna de Enrique, cuyo padre es artesano. El joven tiene un sueño en el cual, después de vagar largamente por desconocidos y maravillosos países, llega a una gruta en la que encuentra una flor azul. Éste es el símbolo de la poesía romántica alemana, es decir, de la poesía pura y de la vida perfecta. Poco después, Enrique deja Turingia, su país natal y emprende un viaje con su madre para ir a casa de su abuelo, en Augsburgo. En el curso del viaje, Enrique asiste a los preparativos para una nueva cruzada.
También encuentra a una joven oriental, prisionera, figura sufriente y dulce, que recuerda la Mignon de Goethe, y que canta sintiendo la nostalgia de la patria lejana y perdida. Después de esta visión de la vida guerrera y tumultuosa, los viajeros encuentran a un viejo minero, que habla de maravillosos metales y minerales ocultos en la profundidad de la tierra. Guiados por él exploran una caverna, donde encuentran a un Hohenzollern, que se había retirado allí después de un glorioso pasado, tras haber participado en inolvidables acontecimientos históricos. Ahora estudia la historia en los libros. Enrique es, pues, atraído primero por la gran aventura de una cruzada a Tierra Santa, después por los secretos de la naturaleza escondidos en las montañas, luego por la visión de otros secretos ocultos en el seno de la historia.
Así preparado, el inexperto joven llega a la casa de su abuelo. Allí encuentra a un poeta ya famoso, Klingsohr — en el cual Novalis ha hecho el retrato de Goethe —, y a su hija Matilde. Entre ambos jóvenes nace inmediatamente el amor, bien visto por el padre. Conversaciones doctas y elevadas se desarrollan entre el poeta y el que lo será. Enrique le ruega que le cuente una historia, y Klingsohr narra en símbolos la victoria de la poesía contra la razón y sus otros enemigos; una visión anticipada de lo que debía gradualmente realizarse en la segunda parte de la novela. Enrique debía llegar a conocer los grandes asuntos del mundo; encontrarse en la corte de Federico II en Palermo, viajar hacia Oriente hasta Jerusalén, participar en una guerra cerca de Pisa y llegar a Roma (no obstante, el ciclo terreno de Novalis se cierra sin que él hubiese pisado el suelo de Italia), y luego regresar a Turingia, donde tendría lugar el famoso debate entre los «Cantores a la Wartburg». Inmediatamente la novela se habría transformado en narración mítica simbólica, en la cual todo, animales, plantas y piedras, hubiera hablado y se hubiera confundido.
Matilde, después de su muerte, bajo la forma de distintas mujeres, sería encontrada con frecuencia por Enrique, quien finalmente cogería en realidad la flor azul de su sueño. Pero la muerte del poeta truncó el trabajo en pleno proceso de desarrollo. Comparando el fragmento con el Wilhelm Meister, es necesario reconocer que no resiste el paralelo, porque en Novalis falta el don de Goethe de crear la realidad viviente. Sin embargo, tal comparación no nos daría la sustancia viva de la obra, la cual, más que la historia de la formación espiritual de un alma, es una continua lírica embriagada de poesía. Cada página, cada frase, está entretejida con idéntica magia poética. Se puede abrir el libro al azar: la prosa es tan armoniosa que las poesías intercaladas (la de la joven oriental, el brindis de Klingsohr, los cantos de los caballeros, el del minero) no sorprenden. Es una embriaguez continua, una lluvia de flores azules. Es necesario advertir, además, que las etapas de la existencia de Enrique conducen gradualmente a través de los lugares románticos, de los cuales nadie, ni Tieck, ni Schlegel, había establecido una nomenclatura tan exacta. Novalis es aquí un creador, y hasta llegar a Wagner, medio siglo vivirá del tesoro de poesía concentrado, escondido en esta novela fragmentaria. [Trad. castellana de Germán Bleiberg (Buenos Aires, 1951) y catalana de Joan Maragall (Barcelona, 1907)].
F. Lion

