El Espejo de mi Tierra, Felipe Pardo y Aliaga

Fue un periódico literario que editó y redactó en Lima, en 1840, don Felipe Pardo y Aliaga, notable escritor peruano, edu­cado en España bajo la inspiración clásica de don Alberto Lista. Pertenece a la etapa de las letras peruanas denominada el «crio­llismo» por su cultivo de los temas ver­náculos. Pardo fue poeta festivo y satírico, comediógrafo y escritor de artículos de costumbres a la manera de Mariano José de Larra. En todo es atildado y castizo, de vivaz y sutil ironía. El medio de la Lima de entonces, chocó a su refinamiento de formación europea. Amablemente se burló de cuanto consideraba grosero o re­lajado.

Pretendió educar y sublimar aque­lla sociedad por el método elegante de la hilaridad. Sus escritos encierran sendas te­sis aunque no se apartan de la zumbona alegría. Sus artículos de costumbres son cuadros deliciosos de época, con tipos que se han hecho memorables como el Niño Goyito, representativo del pasado ñoño y decadente (cuya contrapartida está en Don Quintín, el petimetre audaz de la comedia Una Huérfana en Chorrillos); y con el abi­garramiento de los hábitos sociales como en Un Paseo a Amancaes.

J. Jiménez Borja

España, Emmanuel Chabrier

Rapsodia para orquesta compuesta en 1882, a la vuelta de un viaje del autor por España, y ejecutada por primera vez al año siguiente, en París, en los Concier­tos Lamoureux (dir. Charles Lamoureux), con éxito notable que ha continuado inal­terado en Francia.

La composición se hizo más popular aún, al ser transcrita al piano por Weldteufel, como una suite de pie­zas independientes. Consta de una exposi­ción de seis temas populares, seguidos por un tema original confiado a los trombones y a la tuba, que sirve de transición, una re­petición caprichosamente desarrollada y un epílogo introducido también por el tema original. Es un fragmento de magistral co­lorido orquestal, rico en expansivo humo­rismo y festiva cordialidad sonora; uno de los más típicos del temperamento del autor.

F. D´Amico

…puede profetizarse, con seguridad casi total, que su nombre no caerá en el olvido y que vivirá en la historia de la música francesa aunque sólo fuese por el chisporro­teo del fuego de alegría de España, que por un momento aclaró el horizonte de nuestra música, a menudo tan gris y ca­rente de gracia. (Dukas)

Es una pintura musical que tiene una extraordinaria intensidad de vida, colo­res deslumbrantes y una sonoridad fastuosa. En la combinación de los seductores rit­mos de sus temas nos parece escuchar las contorsiones de los bailarines españoles arrastrados por un torbellino de frenesí. Extrañas asociaciones de sonidos… superponiéndose a motivos interrumpidos con arte, libres combinaciones de los acordes, ritmos sueltos y precipitados: he ahí lo que advertimos en una obra tan distinta de cualquier otra, francesa o alemana. (Tiersot)

Está considerado, hoy, como uno de los principales representantes del genio fran­cés, cuyas cualidades esenciales refleja su música: el ingenio, la gracia, la esponta­neidad, el gusto del ritmo, con una nota de conmovida ternura. (Combarieu)

Êrh Ya, duque de Chou

[Atenerse a la elegancia]. Nom­bre de un diccionario de términos chinos que la tradición considera bastante anti­guo, atribuyéndolo al duque de Chou (si­glo XII a. de C.). Es una de las obras clásicas de la antigua literatura china. Sin embargo, en su redacción actual, el texto es mucho más reciente y no puede remontarse más allá del siglo II a. de C., aunque se atribuya a Tzü Hsia (n. 507 a. de C.), dis­cípulo de Confucio (551 – 479 a. de C.).

Repartido primero en tres capítulos, cuenta hoy con doce y va acompañado de un comentario de Kuo P´o (276-324) que fue el primero en publicarlo, junto con otro comentario de Hsing Ping (932-1010). Es una guía para escribir correctamente y contiene normas para el uso de muchos términos, además de numerosas ilustracio­nes. Descuidada en el pasado, esta obra atrajo la atención de los modernos que han hecho sobre ella estudios importan­tes. En Japón, el Érh Ya sirvió de modelo al filósofo Arai Hakuseki (1657-1725) para su Toga (El Érh Ya japonés), una obra si­milar publicada en veinte volúmenes en 1717.

Aunque antiguo, sólo bajo la dinastía T’ang (618-907) es registrado entre los clásicos (v. Shih San Ching Chu Su). Los mejores comentarios son los escritos bajo la última dinastía (Ch’ing, 1644-1912): Érh Ya I Su [Comentarios sobre el significa­do del Érh-ya] De Ho Yi-hsin, y Érh Ya Chen I [Comentario crítico al Érh-ya] de Shao Chin-han. (E. C. Bridgeman, The Érh Ya or Ready guide, a Chínese dictionary3 en «Chínese Repository», vol. XVIII).

M. Muccion

Epistolas de Plinio

[Epistulae]. Epis­tolario en nueve libros, escrito, recogido y publicado por Cayo Plinio Cecilio Segundo, llamado el Joven (62-114? d. de C.), al que se añade un décimo libro que contiene la correspondencia epistolar entre Plinio, go­bernador de Bitinia, y el emperador Traja- no, el mismo al que el escritor dedicó el Panegírico (v.).

El autor publicó sus car­tas, a instigación de su amigo Setticio, pri­mero sin orden cronológico, disponiéndolas según le venían a las manos. Pero después, interesándose poco a poco el autor y el público en el epistolario, los últimos libros fueron tomados del propio copia-cartas y dispuestos cronológicamente. Colector y edi­tor de sus propias cartas,, Plinio escribió adrede para el público; la fama de sus amigos literatos, Tácito y Suetonio, el pres­tigio de las personalidades políticas y de los miembros de familias ilustres, cuyos nombres encabezan las epístolas, constitu­yen otros tantos factores que contribuyeron a la resonancia alcanzada por estas cartas. El estilo está muy cuidado; atento a los detalles, no evita los efectos patéticos en los grandes asuntos. Las críticas de la cor­te, las habladurías de la ciudad, los arti­ficios, los embrollos, los escándalos, ofrecen materia abundante a quien como Plinio, se interesa en deducir útiles consideracio­nes de orden moral.

Pero lo anecdótico nunca es fin en sí mismo; el autor no gus­ta de contar historietas, ni de detenerse en la narración de hechos cotidianos, por im­portantes que sean; se siente incluso moles­to. En cambio cuando consigue substraerse a los acontecimientos, y extenderse en con­sideraciones literarias o morales, aprendidas estas últimas en los filósofos estoicos, juz­gando según los cánones retóricos al poeta y al escritor de que está tratando, entonces se revela el literato, escribiendo al correr de la pluma, sembrando su prosa de pulidos vocablos griegos. El epistolario de Pli­nio, modelado sobre las Epístolas de Cicerón (v.), es respecto a éstas lo que la oratoria del Panegírico es a la de los Discursos cice­ronianos (v.); la realidad no constituye su objetivo ni su centro de interés, sino sólo un medio, a veces sólo una indicación, que a menudo se olvida para dar lugar al trozo «literario».

F. Della Corte

La agudeza es uno de los principales méritos de las cartas de Plinio, del mismo modo que es uno de los defectos de su si­glo. Plinio, por tanto, al escribir sus cartas, casi convirtió en mérito un defecto de su época. Habla más al corazón que al inge­nio, aunque hable con demasiado ingenio. Su locuaz mediocridad, nos lo da a conocer de cuerpo entero. (Tommaseo)

Pintó su retrato en sus cartas, como los artistas que transmiten su imagen a la posteridad. (Merejkowsky)

Epistolario Asirio

Con este nombre suelen designar los investigadores la re­copilación de las numerosísimas cartas en idioma neoasirio, que se remontan a la última época del imperio asirio y fueron halladas en las ruinas de las antiguas ciu­dades de Asiria; son tanto cartas privadas como cartas escritas por el rey o por go­bernadores o dirigidas a éstos.

El idioma- no es en las cartas el típicamente literario, sino más bien el de la lengua hablada, por el Renacimiento- Convertido en «tribuno augusto», clama por la «salute e la pace deirintiera sacra Italia» [«la salud y la paz de toda la sagrada Italia»]; anuncia e intima a próximos y lejanos el mensaje de Roma, capital del mundo y funda­mento de la fe cristiana, de la libertad romana restituida a todas las ciudades y pueblos de Italia; reclama para el pueblo romano y toda la «sacra Italia» la elección imperial y la jurisdicción de todo el im­perio; veda a los poderosos la entrada en Italia con gentes armadas, sin permiso del Papa o del pueblo romano; condena el uso de los nombres de «güelfos y gibelinos»; invita a las ciudades y a los poderosos de Italia a renovar la antigua unión con Roma y proceder a la elección de un emperador italiano; expone su programa de un régi­men bondadoso y pacífico; declara que el viaje a Roma se ha hecho seguro y pide que se envíen delegados competentes para tratar en el Sínodo Romano de los pro­blemas concernientes al «buen estado»; y exhorta y conforta a todos para que ten­gan buen ánimo y den gracias a Dios por el gran beneficio de «un estado pacífico y justo».

Perdido el favor de la Iglesia, pro­cesado en Praga y condenado por hereje, en su larga prisión (1350-1353) enriquece el epistolario con notas más humanas y espi­rituales; escribe al rey y al arzobispo de Praga, al abad de Sant’Angelo en Roma, al canciller de Roma; conforta a amigos y parientes, dirige su pensamiento a su mujer y a sus hijos y dicta sus últimas volunta­des; condena su pasada vanidad pero de­fiende su obra y su ortodoxia; lanza invec­tivas contra la Iglesia y exalta la misión imperial, con tono y estilo, ya oscuramen­te proféticos y doctrinales, ya revestidos de brillantes adornos humanistas. El episto­lario nos conserva la polícroma figura del tribuno, del desterrado, del prisionero, del senador, a quien Petrarca rindió el gran homenaje de sus versos, a más de una rica lo que han conservado formas y locuciones gramaticales que no se encuentran en las obras literarias.

En la literatura paleo mesopotámica es también famoso el episto­lario paleo babilónico que arroja mucha luz sobre las condiciones de la civilización del Valle de los Dos Ríos en tiempos de la pri­mera dinastía de Babel, la dinastía cuyo principal representante fue el rey Hammurabi. Recientemente han aparecido nume­rosas cartas del reino de Mari sobre el Éufrates medio, que datan del mismo pe­ríodo. Tenemos una edición de Harper del epistolario asirio, Assyrian and Babylonian letters (Chicago, 1902).

G. Furlani