La educación en Italia antes del año mil, de Giuseppe Salvioli

[L’instruzione in Italia pri­ma del mille]. Obra (1857-1928), publicada en 1908, en la cual es estudiada la sociedad italiana durante los siglos VIII, IX, X, en sus relaciones con la cultura. La idea fundamental del autor es que la Edad Media no es de modo alguno una época de barbarie; la sociedad parece tosca, pero está deseosa de saber y llena de vigor, de vida y de confianza en el por­venir. Es romana la tradición de la ense­ñanza, porque aún a través de las vicisi­tudes de las conquistas y de las domina­ciones extranjeras permanecieron como base de la cultura, la lengua, la literatura y el derecho romanos.

Tiene particular interés el tratado que ofrece Salvioli de la« escuelas (muchas de las cuales son des­pués sometidas a examen analítico) en tiem­pos de los ostrogodos, de los lombardos y de Carlomagno; reviven así el carácter y el significado de las escuelas parroquiales y de las laicas, de la cultura del clero, y de la educación femenina. La obra de Sal­violi es interesante, sobre todo, porque de su minuciosa exposición resulta claro que en’ la Edad Media hubo en todas las ciu­dades de Italia numerosos maestros y es­cuelas, que, por el ansia de conservación de una ciudad, prolongaron la obra de los retores del Imperio mediante una enseñanza destinada a florecer plenamente en las uni­versidades del siglo XIII.

G. Martinelli

La educación del hombre, Friedrich Froebel

[Die Menschenerziehung], Obra publicada en 1826. El autor expone los principios fundamenta­les de su concepción pedagógica, fruto no sólo de sus meditaciones, sino también de su experiencia de educador. La educación, que comprende instrucción y alecciona- miento, tiene por finalidad «conducir al hombre a la clara y absoluta visión de sí mismo»; y, por lo tanto, «a conocer su ver­dadera vocación y a llevarla a cabo espon­tánea y libremente». Esta idea domina toda la obra, la cual sigue al niño desde su más tierna infancia hasta la juventud y tiene por finalidad el desarrollo de todas las facul­tades humanas y el perfeccionamiento moral, puesto que todo ser está condicionado por Dios.

La educación, desde un principio, ha de tolerar y proteger, jamás obligar, es decir, impedir la espontaneidad para substituirla con modelos artificiales. El hom­bre, en el primer período de su vida, acoge en sí la multiplicidad del mundo exterior para hacerla suya. Froebel destaca la im­portancia de este momento para el presente y el porvenir, puesto que las primeras im­presiones quedan indeleblemente grabadas en la mente humana. Lo que caracteriza a la primera infancia es el disiparse la nie­bla que envuelve todas las cosas hasta que éstas se presentan de una manera distinta, especialmente por medio de la palabra. De manera que el niño aparece a sí mismo «como un objeto completamente distinto y diferente de los demás objetos»; mediante los sentidos, el niño «hace exterior lo in­terno e interior lo externo», y el conoci­miento reside en la perfecta coordinación entre cosa y espíritu.

Las primeras tenta­tivas de lenguaje, el desarrollo de los sen­tidos, el esfuerzo para enlazar el mundo interno con el externo, además de cons­tituir las características de la infancia son los primeros grados sobre los cuales se apo­ya la educación espiritual. El lenguaje se identifica aún con el signo lingüístico, es de­cir, aún no se ha separado del objeto como el cuerpo del espíritu que son, para el niño, cosa idéntica. El juego ocupa una gran par­te de la vida infantil: Froebel lo llama «pro­ducto más puro y más espiritual del hom­bre en esta edad». Éste debe ser alimentado por la madre y vigilado por el padre, pues­to que, en su íntima esencia, revela la actividad espiritual del hombre de mañana. Propias de la infancia son también las primeras tentativas de dibujar, que repre­sentan el deseo de exteriorizar las cosas aprendidas.

De la representación de lo múl­tiple se pasa a la definición cuantitativa, es decir, al concepto del número: este conoci­miento eleva en gran manera la vida del niño. Con esta riqueza de conocimientos, el niño entra a la segunda niñez, que se diferencia de la edad pueril anterior en que ésta unía el sujeto al objeto, y ahora vuelve a separarlos pero acercándolos ínti­mamente. «Este es el período en que el len­guaje es y se presenta como algo total­mente independiente, existente en sí y por sí». El niño hace interior el mundo externo, es decir, aprende cómo antes se expresaba. La segunda niñez es la edad de la ins­trucción, así como la primera era la de la educación. La instrucción es adquirida en el colegio; en éste entra el ser humano para conseguir el «conocimiento general, del interior y de la unidad mediante la re­presentación externa de lo singular, de lo particular».

El niño se convierte en cole­gial cuando en él se afirma la conciencia de la vida y de la voluntad, que es la ac­tividad espiritual del hombre consciente­mente dirigido hacia un fin. Por esto la escuela interviene como formadora del es­píritu. El niño ama el juego, que en esta edad es, por encima de todo, manifestación de la propia fuerza; por esto ama la jardi­nería, a causa del directo contacto con la naturaleza que satisface su curiosidad. Lue­go Froebel trata de las materias de ense­ñanza; éstas son: la religión, las ciencias naturales y las matemáticas, que están «uni­das al espíritu del hombre como el alma a la religión». Se detiene luego en la en­señanza del idioma, que es «la representa­ción de la unidad de todo lo que es múl­tiple»; en el arte, expresión del mundo interior del hombre.

Termina con observa­ciones sobre los diferentes objetos de la enseñanza. La obra es notable por el apa­sionado sentimiento que la informa, por el soplo de pura religiosidad que la anima y por el ideal moderno del libre desarrollo del ser humano, es decir, por la autonomía educativa, por la cual Froebel se muestra, después de Rousseau, como uno de los más insignes representantes de aquel movimien­to que no sólo condujo al descubrimiento del verdadero sujeto de la educación, el ser humano libre, sino que encontró que este mismo sujeto no es libre si no se desarro­lla como principio autónomo de su mundo interior, que no es el mundo del individuo aislado, sino el mundo humano, es decir, el mundo de la historia y de la cultura.

M. Maresca

Los edificios de Constantinopla, Procopio de Cesarea

Obra escrita después del año 558 por encargo de Justiniano o para captarse su favor; en todo caso, es un homenaje cortesano al sobera­no. Se trata del elenco y descripción de los monumentos que el emperador mandó cons­truir en el vasto imperio bizantino. El autor le atribuye también todos los edificios construidos a expensas públicas. La intro­ducción es un encomio entusiasta y exage­rado de Justiniano, de su bondad, benigni­dad y actividad en todos los campos.

Es ex­tensa la descripción de los edificios de Constantinopla, que ocupa todo el libro primero. Los seis libros restantes describen las forti­ficaciones en las distintas partes del impe­rio. La obra termina con la descripción de una fortaleza en las Columnas de Hércules. A pesar del tono cortesano —las descrip­ciones son pretextos de alabanzas al empe­rador — la obra es de suma importancia como fuente topográfica, geográfica y eco­nómica de la época de Justiniano.

L. Banti

Edad de Oro, José Martí

En 1889 el escritor cubano publicó en New York cuatro números de una revista con este título. Esta «Publicación Mensual de Recreo e Instrucción» dedicada a los niños de América, ha sido considerada como la primera en tiempo y en calidad, apa­recida en castellano, y ha quedado como uno de los más valiosos testimonios de la sensibilidad y grandeza de espíritu del autor, además de serlo de su originalidad como escritor.

La revista, íntegramente re­dactada por Martí, muestra una serie de aspectos de su personalidad y constituye también una demostración de cómo supo anticiparse a muchas conquistas de la pe­dagogía moderna y, sobre todo, puso una vez más de relieve en esos escritos su preocupación por las normas de justicia y dignidad humanas, que debían cultivarse en el niño desde su más tierna edad. Se di­rigió a ellos como a hombres del futuro, que quería ayudar a formar, cultivándoles las más altas dotes de la sensibilidad y del carácter. Los cuatro números de que constó la publicación, fueron reunidos en volumen, constituyendo el tomo 5.° de la edición de las obras de Martí acometida por Gonzalo de Quesada y Aróstegui (La Edad de Oro. Roma-Torino, 1905). Poste­riormente se han hecho varias reimpresiones de esta obra.

F. Lizaso

«Dumas» populares ucranianas

[Ukrajins’ki Narodni Dumy]. Recopilación de cantos populares de los cosacos ucra­nianos del siglo XVI-XVII que se cuentan entre las más bellas creaciones del folklore europeo. Son producciones épico-líricas, de metro variado, con vivas alternancias rítmi­cas. Las «dumas» eran cantadas con acom­pañamiento de instrumentos musicales, llama­dos «bandura» o «kobza», por cantores pro­fesionales populares llamados «banduristas» o «kobzares»; tuvieron enorme influencia sobre el renacimiento de la literatura ucra­niana en general; y es significativo el hecho de que la recopilación de poesías del más grande poeta ucraniano, Taras Sepcenko, lleve el título Kobzar (v.).

Con su forma métrica y musical, las «dumas» representan el máximo desarrollo del estilo recitativo, empleado originariamente en los lamentos fúnebres, piezas obligadas en los antiguos funerales ucranianos, de donde las «dumas» tomaron algún motivo o imágenes poéticas. También les aproxima a dichos lamentos la libertad de improvisación, por lo que cada «kobzar» o «bandurista» tiene general­mente su propia variante melódica. La pri­mera mención de las «dumas» se encuen­tra en los Anales del historiador polaco Stanislao Sarnicki [Annales sive de ori­gine et rebus Polonorum et Lithuanorum], Cracovia, 1587, donde se lee que la muerte de los nobles hermanos Strus’, caídos en la guerra contra los rumanos en 1506, encon­tró eco en las canciones que los ucrania­nos llaman «dumas». El texto más antiguo conocido de una «duma» completa (sobre el cosaco Netjaha) lleva la fecha de 1684.

En 1819 fue impresa por el príncipe Certelev la primera recopilación de «dumas», acom­pañada de un estudio, en el que el recopi­lador pone de relieve la singular belleza, originalidad, profundidad de pensamiento y fuerza expresiva de estos cantos popu­lares ucranianos. A ella siguieron otras re­copilaciones, pero sólo en 1920, a cargo de Filaret Kolesa, apareció en Leópolis la primera edición científica de todas las «du­mas» conocidas con una amplia y docta introducción y ricas y completas anota­ciones. La Academia Ucraniana de Kiev hizo imprimir por fin (1927-1931) una lujosa edición de «dumas» en dos volúmenes, a cargo de Katerina Hruscevs’ka.

Las «dumas» pueden subdividirse en dos grandes categorías: las más antiguas, que narran los episodios guerreros entre ucranianos y tár­taros o turcos, o los tormentos y la nostal­gia de los ucranianos en las prisiones tur­cas; junto al amor a la patria aparece un elemento moral y religioso que se expresa en estas «dumas» a través del arrepenti­miento por los pecados cometidos; a la se­gunda categoría pertenecen en cambio las «dumas» sobre acontecimientos del si­glo XVII, es decir de tiempos del hetmán Bohdan Chmelnic’kyj y de sus guerras con­tra Polonia. Son menos líricas, más realis­tas y frecuentemente tienen un tono hu­morístico o satírico. En la edición acadé­mica de Kiev las «dumas» están divididas en seis grupos: «Dumas de la prisión», «Du­mas del mar», «Dumas de la estepa», «Dumas de la nobleza», «Dumas sobre el hetmán Bohdan Chmelnic’kyj», «Dumas de la vida doméstica». Las «dumas» tienen gran importancia también como fuente histórica, porque reproducen eficazmente el ambiente cultural y psicológico en que se desarro­llaron los acontecimientos que inspiraron a los anónimos poetas.

E. Onatskyi