Angelita, Azorín

Obra teatral del escritor es­pañol Azorín (seudónimo de José Martínez Ruiz, n. en 1874), estrenada en el Tea­tro Principal del Monóvar (Alicante), pue­blo natal del autor, el 10 de mayo de 1930, con ocasión de un homenaje que allí se le tributó. Fue publicada el mismo año por la «Biblioteca Nueva» (Madrid), e incluida después en los volúmenes de teatro de sus Obras Completas. Su autor, en el Apéndice, la califica de auto sacramental moderno, por su carácter esencialmente simbólico y abstracto. La preocupación y la idea del tiempo y del espacio, que cruza por toda la obra de Azorín, se convierte en el tema central de la comedia, y pasa a sustituir las antiguas alegorías del auto sacramental. Ambos elementos son así incorporados al arte con una plena conciencia de actuali­dad. Lo maravilloso se desarrolla aquí sin aparato externo, sin tramoya: surge de dentro de los personajes, como manifesta­ción de su actividad espiritual, de sus en­sueños y fantasías. El yo se va desdoblan­do a través del tiempo y del espacio. Estas características han llevado a que se hable de surrealismo en Azorín. Pero, como ad­vierte G. Díaz-Plaja, se trata de una es­tricta superación de la realidad. El Desco­nocido, que dice llamarse Tiempo, regala a Angelita, soñadora y preocupada por su futuro, un anillo mágico, mediante el cual podrá conocer precisamente su futuro: a cada vuelta que le dé pasará un año. Ya ¿n su casa, Angelita le da dos vueltas.

Hay un momento de oscuridad, y la protagonis­ta da un grito. Acude inmediatamente la sirvienta para ver lo que ocurre a su se­ñora. Angelita no la conoce. Es que ella ha saltado dos años en el tiempo. Durante este período, se ha casado y ha tenido un hijo. Angelita no conoce a su marido ni a su hijo, como no conoció a la criada al en­trar. Ellos en cambio llevan ya dos años viviendo con ella. Angelita desea nueva­mente librarse del tiempo, de la fatalidad, conocer más futuro. Cuando su marido Carlos (con quien ha discutido sobre el recuerdo, el tiempo, la realidad, etc.) sale de viaje, da cinco vueltas al anillo. Oscu­ridad de nuevo. Angelita se halla en e] jardín de la casa, que ahora ya no es suya: fue vendida, y se halla instalado en ella un sanatorio. El Dr. Javaloyes, director de este sanatorio, que vive preocupado por la idea del tiempo, y sus dos ayudantes (que pre­paran sendos trabajos sobre el espacio y el tiempo), toman a Angelita por un caso clínico cuando ésta afirma que ha anulado el tiempo. Angelita se encuentra de nuevo con El Desconocido y le manifiesta que quiere tener algún deseo, alguna esperan­za. Éste le da a conocer tres destinos dis­tintos, representados en tres Ángelas —tres personificaciones de ella misma—. Angeli­ta escoge el destino de la tercera Ángela: el de la vida oscura, sujeta a un ideal noble. Desaparece la Tercera Ángela, y An­gelita se halla a sí misma. Angelita es el personaje que actúa y vive en el terreno de lo suprarreal. Ella puede, mediante la sortija, confundir el ensueño con la reali­dad y viceversa, y hallar, a través del tiem­po y del espacio, su personalidad, pues ésta, al fin, no es otra cosa sino la concreción, la determinación de la actividad espiritual por estas dos condiciones.

A. Comas

Es una postulación de extrarrealidad, de «más allá», de tipo claramente romántico que Azorín va ahincando en su obra, acercándose cada vez más a los paisajes del sueño. (G. Díaz-Plaja)

Angelo, Tirano de Padua, Victor Hugo

[Angelo, tyran de Padoue]. Drama en tres jomadas, en prosa, de Victor Hugo (1802-1885), repre­sentado en 1835. En 1549, es gobernador de Padua, enviado por Venecia, Angelo Malipiero, tirano que vive bajo el temor de Venecia, por la que se siente vigilado, y que puede de un plumazo destituirlo y castigarlo. También le atormentan los ce­los por su mujer Catarina Bragadin, a quien sin embargo no ama y que no le ama; tampoco le consuela su amor hacia Tisbe, comedianta que pasa por su aman­te y no lo es. Ésta adora sólo a Rodolfo, un proscrito misterioso a quien hace pasar por su hermano, y está absorbida en el recuer­do de su madre muerta. Pero Rodolfo (que es Ezzelino da Romano) tiene entregado su corazón a una muchacha que encontró en Venecia y ahora se ha casado, igno­rando con quién y dónde. Un extraño ser, un mendigo que lo sabe todo, le lleva a ella, misteriosamente; también advierte a Tisbe que puede encontrar a Rodolfo jun­to a otra mujer: una llavecita, que fácil­mente puede hacer que le dé el gober­nador, le abrirá el camino. El desconocido que lo sabe todo es Omodei, espía de Venecia que, rechazado un día por Catarina, se venga ahora, sirviéndose de los celos de Tisbe. Ésta llega a la estancia de Catarina cuando Rodolfo acaba de salir y se yergue terrible contra la rival. Pero, viendo a su lado un crucifijo, comprende que la dama es la que cierto día salvó a su madre de un tremendo peligro y recibió en compen­sación aquel regalo.

Ahora sólo piensa en salvar a Catarina desviando las sospechas del marido que acaba de llegar. Omodei es muerto por Rodolfo que conoce sus intri­gas; pero antes de morir hace llegar al go­bernador la prueba de la traición de su mujer. Angelo decide matarla, y Tisbe, con­vencida ya de que Rodolfo sólo ama a la otra, también le perdona: aconseja la muer­te por veneno y suministra en cambio a Catarina un narcótico; luego, se hace llevar el cuerpo desde el sepulcro a su casa. Allí entrega la amada a Rodolfo que ha ido a insultarla y la mata antes de conocer el presente así como su sacrificio. Sin el fervor juvenil y poético de Hernani (v.) ni de Marión Delorme (v.), el drama es voluntariamente esquemático, enfrentando, en vez de criaturas vivas, a la mujer y la cortesana, el soberano, el proscrito y el esbirro envidioso. Tras estas abstracciones retóricas, un burdo melodrama en una Ita­lia completamente convencional; en lugar de la soberbia poesía de los primeros dramas, una prosa hinchada que pocas veces consi­gue páginas vivas y conmovidas. Más que las restantes obras teatrales del autor, ésta había de aparecer como un cañamazo apto para la música de ópera: además del Jura­mento de Saverio Mercadante (1837), deri­va de él la ópera Angelo (San Petersburgo, 1876), de Cesar Cui (Kjni, 1835-1918) y la popularísima Gioconda (v.) de Amilcare Ponchielli, con libreto de Tobia Gorrio (Arrigo Boito). [Trad. española anónima (Barcelona, 1843)].

V. Luigli

*      Del drama de Victor Hugo, Gaetano Rossi extrajo el libro para el melodrama en tres actos Il giuramento de Saverio Mercadante (1795-1870), representado en Mi­lán, con éxito favorabilísimo, en 1837. La acción está transportada a Siracusa en el siglo XIV y también los personajes tienen nombres y rasgos distintos. En esta ópera, bastante más cuidada que la precedente, Elisa e Claudio, se advierte una mayor co­herencia con el texto dramático, una tesi­tura más corta, cierta mesura en los «cres­cendo» estereotipados, alguna novedad en las cadencias y, sobre todo, una mayor ela­boración orquestal; el autor, aun siguiendo de cerca las normas de Rossini y Bellini, consigue encontrar acentos personales es­pecialmente en la predominante parte vocal, arias y duettos, donde la inspiración de frescos apuntes melódicos consigue a veces sinceras expresiones dramáticas. Pero, en conjunto, el ingenio demasiado fácil lleva a trivialidad de construcción, a efectos ple­beyos que, unidos a la falta de unidad es­tilista, confieren a la obra, bajo muchos aspectos la más importante de Mercadante una sensación de repetida y farragosa que ha contribuido al olvido casi total de esta partitura que un día fue célebre.

F. Arborio Mella

Angélica, Luis Barahona de Soto

Poema caballeresco en doce cantos, de Luis Barahona de Soto (1548- 1595), publicado en 1586. Su título completo es la Primera parte de la Angélica, pero es más conocido con el de Las lágrimas de Angélica. Quiere ser una continuación del Orlando furioso (v.) y narra las aventuras de la bella Angélica (v.) después de su matrimonio con Medoro, sus esfuerzos para huir de la persecución de Orlando (v.), prisiones, encantamientos y la difícil recon­quista del reino de Catay, del que se apo­deró una reina rival. Las aventuras son más extravagantes que fantásticas y el poema carece de la menor unidad, reduciéndose a un frágil tejido de episodios que se enlazan unos con otros sin conseguir nunca un relieve decisivo. Con lo heroico caballe­resco alterna lo fabuloso, sin fundirse, en estilo demasiado espeso, duro y amanerado. De este parecer no fueron los contemporá­neos de Barahona, que elevaron las obras hasta las nubes. «Hubiese llorado — dice el Cura en el sexto capítulo del Quijote (v.) — si hubiese hecho quemar este libro (La Angélica), porque su autor ha sido uno de los grandes poetas, no sólo de España, sino del mundo…» De la segunda parte del poe­ma sólo quedan fragmentos citados en otras obras.

A. R. Ferrarin

*      La hermosura de Angélica de Félix Lope de Veta de Carpio (1562-1635), poema en veinte cantos y en octavas reales, se ins­pira en los mismos personajes. Escrito en el período en que el poeta servía en la Ar­mada Invencible, el poema fue publicado, con algunas adiciones de actualidad, en 1602. También el gran dramaturgo quiere, imi­tando a Ariosto, continuar el Orlando fu­rioso (v.) por lo que se refiere a las aventu­ras de Angélica y Medoro. Pero el poema carece de impulso épico y tiene el desarro­llo de una novela de aventuras. Un rey de Andalucía deja en testamento que su trono ha de ser ocupado por la pareja más her­mosa del mundo y, naturalmente, en los primeros cantos del poema, este honor co­rresponde a los dos hermosísimos esposos. Pero, después del triunfo inicial, Angélica y Medoro son acosados por la suerte y en­vueltos en una serie de aventuras compli­cadas; Angélica, entre otras, es raptada por Cerdaro y Medoro la rescata. En esta parte, que es la más amplia del poema, Lope de Vega, sin ser sostenido por adecuados re­sortes de fantasía, cae en lo extraño y lo vacío. Salvan a la obra de un juicio abso­lutamente negativo la exquisitez de la fac­tura, algunos episodios verdaderamente be­llos y pasajes de valor autobiográfico con rasgos felizmente humoristas. Están añadi­dos al poema, en forma completamente ex­terna y ocasional, 200 sonetos algunos de los cuales figuran entre los más bellos de Lope.

A. R. Ferrarin

*      Angélica en el Catay, se titula una obra dramática en tres actos de Félix Lope de Vega Carpió (1562-1635), procedente de la Parte octava… (1604). Según Menéndez Pe- layo se trata de una de las antiguas obras de Lope de Vega, posterior a Los celos de Rodamonte, de la que repite escenas y si­tuaciones. Es simplemente una dramatización de algunos de los episodios del Or­lando furioso (v.) de Ariosto, especialmen­te, de los referentes a las aventuras de Angélica y Medoro, Cervino e Isabela, Ro­damonte, Mandricardo, Doralice y de otros personajes del poema italiano. El asunto principal de la obra son los amores de Angélica y Medoro y su coronación como reyes del Catay (hecho, éste, que se anun­cia pero no se realiza en el Orlando). Los episodios en que Lope sigue Ariosto ape­nas si han sido alterados, lo que ha per­mitido a Ludwig estudiar las diferencias entre ambas obras. Sólo en algún momento consigue Lope una auténtica interpretación de los temas del Orlando, como por ejem­plo cuando nos cuenta en forma de un bello romance morisco el rapto de Doralice. Lope sintetizó en su obra especialmente los can­tos I, XIV, XIX, XX, XXI, XXIII, XXIV, XXVII, XXIX y XXXIX del poema italia­no. En su conjunto la obra aparece como una sucesión de episodios aislados, sin ila­ción entre ellos, lo que obliga al poeta a una rápida sucesión de escenas y da un as­pecto de irregularidad total al poema dra­mático, de la que se salva sólo el segundo acto.

A. Comas

*      Angélica y Medoro, uno de los más be­llos y famosos romances de Luis de Góngora, fue escrito en 1602, según la fecha del mejor manuscrito. La acción, en 136 versos octosílabos, es muy simple: encuentro de Angélica, reina de Catay, con Medoro, he­rido de muerte, el enamoramiento de am­bos y su felicidad una vez curado Medoro. Este argumento deriva, como es sabido, del Orlando furioso (v.), estrofas 16-37 del canto XIX. Se trata, por tanto, de un tema muy conocido por todos, pero desarrollado con toda la artificiosidad del Barroco, por lo que fue muy admirado por Gracián. Dá­maso Alonso lo ha estudiado primorosa­mente con la intención de demostrar cómo en un romance de 1602, que siempre los críticos había elogiado por su «naturali­dad», abundan sobremanera los artificios más complicados. Halla, por ejemplo, nu­merosas contraposiciones («las venas con poca sangre, / los ojos con mucha noche»), paralelismos («el lunado arco suspende / y el corvo alfange depone»), alusiones y perí­frasis («aquella / vida y muerte de los hombres», para designar a Angélica), me­táforas curiosas y originales («ya es herido el pedernal, / ya despide al primer golpe / centellas de agua»), cultismos sintácticos («plumas les baten veloces»), y conceptos, ingeniosidades y chistes («un mal vivo con dos almas —Medoro— / y una ciega [de amor] con dos soles [por ojos]»). A pesar de todo, y aun quizá por esta misma arti­ficiosidad, el romance es muy bello. Una de las más logradas estilizaciones barrocas de la pasión amorosa, donde la estallante sensualidad y el gozo de la naturaleza que sirve de fondo a esa pasión, son las notas dominantes. Así, por ejemplo, describe a Angélica: «Desnuda el pecho anda ella, / vuela el cabello sin orden; / si le abrocha es con claveles, / con jazmines, si le coge.» Y todo está al servicio de esa pasión: «Cue­vas do el silencio apenas / deja que las sombras moren / profanan con sus abra­zos / a pesar de sus horrores.» Aunque de­riva del Orlando, Góngora ha embellecido con extraordinaria sensualidad y delicadeza (con esa sensualidad tan característica del cordobés), lo que en Ariosto está más cer­cano a un plano realista.

J. M. Blecua

*      Angélica y Medoro se titula un melodrama n verso, en dos actos del escritor madrileño José de Cañizares (1676-1750). Comienza con la Loa nueva “para la fiesta que se ha de representar en el coliseo del Buen Retiro a la entrada de la Serenísima Señora doña Luisa Isabel de Borbón, Princesa de Asturias”. Después de la Loa (cuyos personajes son Europa, América, Asturias, Lucina, Paris, Océano, Júpiter, Diana, El Júbilo Español, Mediterráneo, Venus, Marte, África, Asia, Himeneo, Madrid, Coro de danzarines españoles y Coro de danzarines franceses), sigue el acto primero de “la Ópera escénica deducida de la andante caballería de Angélica y Medoro”. De este acto son personajes Medoro, joven galán; Oriendo, paladín francés; Reinaldos de Montalbán; Marsilio, Rey Africano; Ferragut, general moro; Malandrín, criado de Orlando; el Olvido, Paladines, comparsa de moros, Angélica, dama¸ Agramante, reina mora; Elisa, mágica; Brunesa, criada de Angélica; Parmelina, zagala; damas de Agramante; ninfas; zagalas y zagales y comparsa de franceses. Se trata de una guerra entre africanos y franceses, terminándose con unas treguas. En el acto primero nos enteramos, a la vista de un campamento militar, de que Medoro, moro arrogante, fue a Francia llevado por su mal destino, y en busca de gloria, impulsado por su ambición. También sabemos que Angélica es hija del Gran Can de Catay, y que vino a Francia robada (sin violencia) por Orlando, al que ama. Riñen Orlando y Medoro, y es herido el segundo siendo recogido y amparado por Angélica. Al acto primero sigue un Entremés nuevo, del cual son personajes el Montañés, un Vizcaíno, dos Hombres, dos Mujeres, una Tapada, un Gallego, un Alcalde y una Alcaldesa. Y el acto segundo comienza con un apasionado clamor de Medoro, dirigiéndose a su enamorada: «Dime, oh tú, cisne de cristal parlero». A continuación vienen los celos de Orlando, que ha visto en un árbol un cartel que dice: «Aquí se aman Angélica y Medoro». Irrumpe un aria que súbitamente rasga el ambiente caballeresco amoroso, diciendo: «…chula embustera, / ¿Quieres que yo te quiera, /Apropíncuate ya: / anda acá, / bulliciosa, / a donosa, / anda acá», etc. Angélica propone a su amante la fuga «al Catay, en una nave de la Armada africana», para poder amarse libremente. Sobrevienen las treguas, y se levanta el campamento. Entonces apare­ce el Olvido con una gran copa de agua en la mano, que ofrece a Orlando: «Tu ven­tura es esta». Orlando contesta: «Y bien la manifiesta / ver que con sólo desmin­tiendo el daño / brindar a la salud del desengaño / aplauso cobrarás y brío». El Olvido le incita a beber, y él bebe. Ahora es el momento de la nave que se lleva a Angélica y Medoro, impulsada por los re­meros Cupidos, y que aparece sobre el mar de la escena un extraño acompañamiento de delfines, focas, monstruos marinos y na­vichuelos. Entre un sinfín de versos in­sulsos — hay que reconocerlo —, acaso des­tacan los del momento de la riña entre Orlando y Medoro, y no por su belleza sino por su ternura amorosa: Medoro: «Pues ya informado de tus hechos quedo, / ¿a qué esperas?»; Orlando: «¿Aún no me tienes miedo?»; Medoro: «Soy infeliz, y en mi contraria suerte / como es piedad la muerte, en mí no hay muerte!»; Orlando: «Al oír tu locura / lástima da tu joven hermosura.»

C. Condé

Ángel Guerra, Benito Pérez Galdós

Novela en tres volú­menes de Benito Pérez Galdós (1843-1920). publicada en 1891. La muerte de su madre causa en Ángel Guerra una profunda crisis que la pérdida de la mujer había dejado latente en una exasperada actitud contra el destino y la sociedad. El joven abandona la vida libertina y las ideas extremistas y se dedica a su hija Ción que carece ya del calor de un afecto. La pequeña está con­fiada al cuidado de la joven institutriz Lo­renza que emplea en ella su piedad y su amor maternal. Y la proximidad de Lo­renza penetra lentamente en el ánimo rudo y violento de Ángel, que se siente natural­mente inclinado hacia el candor y la re­signación de la joven. Se separa de su amante Dulcenombre y se abandona al nue­vo sentimiento que todo lo purifica y eleva. Pero la muerte no le da tregua y se le lleva también a Ción. Ángel entonces siente que no puede llenar solo el vacío de su vida y pide a Lorenza que se case con él. Pero la joven ya ha madurado la llamada de la vida monástica y sólo por caridad cristiana y para completar su obra permite a Ángel que la siga a Toledo, donde ella, en el pe­ríodo del noviciado, pretende albergarse en casa de unos parientes.

Espiritualmente conducido por la joven, Ángel cree sentir también él la llamada de la vida religiosa y acuciado por Lorenza que es ya sor y continúa guiándole, decide inmediatamente fundar una nueva orden religiosa. Pero en su fuero interno se siente hijo de la ira y cuando los primos y el hermano de Dulce- nombre le hacen víctima de un robo, se rebela contra la infamia, les ataca y queda mortalmente herido. En los últimos instan­tes ve en la muerte la solución lógica de su existencia. Ante el confesor y Lorenza, llamada para asistirlo, confiesa otra vez su amor por la joven sor a quien había segui­do en el camino de bondad y de misticismo sólo para poder estar junto a ella, por lo que no es digno de la misión que hubieran querido confiarle y acepta la muerte. Por el justo equilibrio en que están colocadas realidad e imaginación y por la constancia del tono narrativo, Ángel Guerra es una de las mejores novelas de Galdós. El tema del sentimiento religioso, aun constituyendo el motivo conductor, no se convierte nunca en tesis y los personajes están captados en su concreta expresión de figuras vivas.

M. L. Bonelli

Angélica, Leo Ferrero

Drama en tres actos de Leo Ferrero (1903-1933), escrito en 1928 y pu­blicado en 1937. El drama, que el autor define como satírico, es una especie de cu­riosa parodia, llena de máscaras y de per­sonajes irreales y simbólicos, de la vida italiana durante los años del régimen fas­cista; fue escrita por el autor durante los primeros meses de su destierro en París. La acción se desarrolla en la plaza de una ciudad imaginaria, completamente sujeta a las órdenes de un Regente henchido de re­tórica, vanidad y presunción, ante quien doblan la espalda los ciudadanos serviles, a expensas de los espíritus liberales y hon­rados. El drama parte del hecho de que el Regente, con ocasión de la boda de la her­mosísima Angélica con cierto Valerio, ha reinstaurado el antiguo «jus primae noctis». Nos encontramos en vísperas de la ceremo­nia y en la plaza tienen lugar los más di­versos comentarios a la nueva ley y no faltan tímidas protestas; pero nadie tiene el valor de oponerse a la voluntad del Re­gente.

Entra en escena en este momento el héroe del drama, el joven Orlando, paladín de la libertad y de Angélica, de la que ella es símbolo: pero al enterarse de lo que sucede en el pobre pueblo, Orlando le incita a la revuelta y le guía cuando el Regente, rodeado por sus pretorianos, lle­ga para llevarse a la muchacha; se lo impide Orlando, cae prisionero y la ciu­dad es liberada al fin. Pero un mes más tarde, cuando el pueblo es convocado para elegir su gobierno, el mismo Orlando es asesinado. El drama recuerda vagamente la comedia de arte por la presencia en escena de casi todas las máscaras italianas, pero está compuesto en forma sutilmente moder­na, en torno a situaciones psicológicas, y termina con una moraleja: la libertad no puede existir, no puede durar ni tener su verdadero aspecto, mientras no sea una resultante de la conciencia individual y colectiva. El asunto de la obra es elevadísimo y está sostenido por el juvenil en­tusiasmo del autor, por sus sentimientos en estado puro que llenan todas las escenas: por ello se hace perdonar, en parte, la sen­cillez idiomática que a menudo es pobre­za, así como la elemental transparencia de los símbolos y la simplicidad de los razo­namientos, que se resienten de ingenuidad. Es probable que la obra, no publicada por el autor, tuviese que ser objeto de una refundición estilística, capaz de transfor­mar el interesante cañamazo, señalado por momentos de profunda poesía, en una obra de valor absoluto. Angélica fue representa­da con enorme éxito en el teatro de los Mathurins de París en 1936, por la compa­ñía de los Pitoeff.

G. Verenosi