Competición de los Vientos, Janus Pannonius

[Eranemos, seu Certamen Ventorum]. Poema la­tino del gran poeta húngaro del Renacimiento corviniano, Janus Pannonius (1434- 1472), publicado por Joannes Sambucus en el año 1567, en Viena. Janus Pannonius, discípulo de Guarino (al cual dedicó un Pa­negírico), se sirve del tema de la competi­ción de los vientos para hacer brillar su ingenio poético descriptivo. Cada uno de los cuatro vientos: el majestuoso Euro, el tem­pestuoso Austro, el sereno Céfiro y el te­rrible Bóreas, evoca cuadros horribles o idílicos para poner de relieve sus propios méritos: estudios de nubes, escenas de inun­daciones, de terremotos, jardines floridos, naufragios… Eolo, maestro de los vientos y árbitro de la competición, da la palma y el triunfo a Bóreas. No sería difícil encontrar en este poema descriptivo clásico, signos de inquietudes «románticas» o modernas, por su acusado sentido de la naturaleza y la vo­luntad expresiva que alcanza a menudo mo­mentos de verdadero lirismo.

G. Hankiss

Competición de los Cantores en la Wartburg

[Wartburg-Krieg], Colec­ción de los «lieder» que fueron cantados por los distintos «Minnesánger» alemanes en la contienda poética que, según una leyen­da, tuvo lugar en el siglo XIII en Wartburg ante el landgrave Hermán de Turingia. La colección comprende dos partes (de distintos autores y distintas épocas):

1) Alabanza de los príncipes;

2) Solución de enigmas.

El «Minnesánger» Heinrich von Ofterdingen de­safía a los poetas presentes a cantar las ala­banzas de un príncipe mejor de lo que él pueda hacerlo cantando las del duque de Austria. El que pierda será castigado con pena de muerte. Walther von dér Vogelwei- de canta las alabanzas del rey de Francia, el llamado «Schreiber», las del landgrave de Turingia junto a Reinmar von Zweter y Wolfram von Eschenbach, y Biterolf alaba al conde Henneberg. Heinrich von Ofterdin­gen canta en cambio las alabanzas de Leo­poldo VI y le compara al sol; mas, puesto que Wolfram alabando al landgrave de Tu­ringia le compara al día, y éste vale más que el sol; así es declarado ganador y Hein­rich von Ofterdingen tendría que morir, pero, como gracia especial se le concede poder llamar en su ayuda al poeta Klingsor, con el que empieza la segunda parte de la contienda, es decir la solución de los enig­mas que son casi todos de carácter religioso y teológico.

M. Pensa

El Compañero Kisljakov o Tres pares de medias de seda, Pantelejmon Sergeevic Romanov

[Tovarisc KisljakovTri pary selkovych culok]. Novela rusa de Pantelejmon Sergeevic Romanov (1884-1938), publicada en 1931. El autor, tí­pico representante del «naturalismo social» que fue, entre 1925 y 1930, una de las prin­cipales tendencias de la literatura soviética, ambiciona en esta obra, como en otras suyas, hacerse casi historiador de la sociedad con­temporánea, describiendo la transmutación general de las costumbres y el conflicto en­tre los restos del viejo mundo y los inicies del nuevo, en la Rusia de los primeros años de la Revolución. El «camarada» Kisljakov, acusado del homicidio de Tamara, mujer de un amigo suyo, el químico Arkadij Nejnamov, es procesado. En realidad ha sido el amante de Tamara, y la mujer, que había esperado convertirse en una actriz célebre con la ayuda de un director teatral también amante suyo, al ser abandonada por este último, se ha matado con un puñal que le había regalado Kisljakov. La novela se basa por completo en la evocación de estos ante­cedentes, sin que el autor se preocupe de enterarnos del resultado del proceso.

Lo que le preocupa es representar y analizar, con ocasión del proceso, la mentalidad del pro­tagonista, un ingeniero intelectual no con­formista, que, no creyendo en los ideales comunistas, pero debiendo, sin embargo, ganarse la vida para él y para su mujer, se ha empleado en un museo. Allí, gradualmente, Kisljakov vence su innato individualismo y algo por oportunismo y algo por encontrar una razón a su vida, se hace amigo del di­rector, comunista exaltado, y con él cola­bora en la reorganización del museo, inspirándose en la interpretación dialéctico-marxista de la historia. Pero cuando el director es despedido, Kisljakov, para no perder el puesto, le retira el saludo. Primero, pues, ha «traicionado» a sus compañeros intelec­tuales empleados como él en el museo y ahora «traiciona» a su nuevo amigo. Así quiere señalar Romanov la condena del vie­jo intelectual ruso, cerebral, débil, indeciso, incapaz de adaptarse a los tiempos nuevos y de fácil compromiso con su conciencia. For­zada por la intención satírico-programática, la obra se impone, sin embargo, por la finu­ra del análisis, el acre vigor de un humo­rismo rabioso que da al estilo una origina­lidad cautivadora. Trad. ital. de Neanova- Feline (Milán, 1933).

G. Kraisky

El Compañero de la Vuelta a Francia, George Sand

[Le compagnon du tour de France]. Novela de George Sand (Aurore Dudevant Dupin, 1804-1876), publicada en Bru­selas en 1840. Pertenece al segundo período de la actividad literaria de la autora, en que la exaltación romántica del amor soberano se mezcla con la predicación de los ideales sociales y humanitarios. El argumento se desarrolla hacia el 1823. El protagonista, el ebanista Pierre Huguenin, es un «compa­ñero de la vuelta a Francia», es decir, un adepto de una de aquellas asociaciones obre­ras de carácter socialista, llamadas «debe­res», que vivían más o menos brillantemen­te, toleradas por las leyes y a menudo en lucha con ellas. Joven, apuesto, inteligente, nutrido de literatura filosófica, histórica y social, con una conciencia virgen, una ar­diente sed de verdad y una firme voluntad de apóstol, se encuentra, por una serie de circunstancias, viviendo junto a la familia de un curioso tipo de patricio, el conde de Villepreux, que esconde, bajo su barniz de liberal, un profundo escepticismo.

Dos mu­jeres jóvenes forman parte de dicha fami­lia: Joséphine, caprichosa, romántica y apa­sionada y, en contraste con ella, Iseult, em­bebida de profunda cultura y abierta a los idealismos más sublimes. La primera se con­vierte en la ruina de un amigo de Pierre, a quien arranca, con la fuerza de una pa­sión deletérea, de un amor santo y virtuo­so; la segunda, aun con las mejores inten­ciones, hace un estrago no menor en la vida de Pierre, quien la ama y es correspondido, y sin embargo renuncia a ella, como el ma­rinero que prefiere morir con la tripulación a salvarse con pocos privilegiados. La nove­la, característico reflejo del idealismo de la época, lo expresa de modo más bien verbal, con sueños místicos y largas declamaciones. También los personajes principales, en su abstracta perfección moral, están a menú- do alejados de la verdad y de la vida, de la que participan más las figuras secundarias, como la de Joséphine, que revelan mejor la feliz fantasía y la finura psicológica de la autora.

E. C. Valla

El Compañero de los Ojos sin Pestañas y otros Éstudios que Tratan del Vivir Inimitable, Gabriele D’Annunzio

[Il compagno dagli occhi senza cigli e altri studii del vivere inimitabile]. Es el segundo tomo de las Chispas del mallo (v.), de Gabriele D’Annunzio (1863- 1938), publicado en 1928. Da nombre al libro y ocupa exactamente la mitad de él una lar­ga narración en prosa, fechada en 1900; de la cual incluso los fragmentos publicados por separado en el «Corriere della Sera» en los años 1911-1914, como Chispas (y para los cuales nos falta una confrontación exac­ta) giran en torno de un solo tema: un in­quieto presentimiento de soledad y de glo­ria entresacado, igual que el tema del Se­gundo amante de Lucrezia Buti (v.), de los presagios de la adolescencia: desde el apa­sionamiento por Napoleón y las inquietudes y escaramuzas del colegio hasta el episodio culminante del poeta-niño, que desde la pri­sión se evade hasta los tejados entre las golondrinas y bajo la lluvia.

Aquí la prosa nace (o asegura que nace), como toda la de las Chispas, en las causas insertadas entre otra obra más considerable, que en este caso es el Fuego (v.), la novela por excelencia del dominador triunfante; el tono sombrío, los repliegues y la melancolía propios de las Chispas no sólo no se pierden sino que se acrecientan porque los sentimientos sobre­humanos de la novela son tan sólo un regis­tro más del contrapunto que se quiere ejecu­tar en la nueva prosa, como del hoy al ayer; así también desde aquellos sentimientos ra­diantes a la turbación y a la amarga pie­dad por el caso humano que llama a la puerta del Superhombre bajo la forma de un antiguo compañero de colegio, Darío, su preferido, a quien la vida ha hecho insigni­ficante y digno de lástima en la misma me­dida que D’Annunzio lo ha elevado con vic­torioso orgullo. El compañero de los ojos sin pestañas, dice el título: particularidad física que en la antigüedad era apreciada, y que hoy nos resulta casi repulsiva, pero in­deciblemente mezclada a la compasión, al amor de antaño. Este continuo pasar de un tono a otro, que es la música de las Chispas, aquel rememorar (como se dice en el Segundo amante de Lucrezia Buti) que no es «haber vivido ni revivir, sino que es vivir en el vivir»; el punto de par­tida y el planteamiento de la obra son una mina de excelentes ocasiones para el des­arrollo de la nueva musa d’annunziana. También aquí los términos puristas vuel­ven a la boca del chiquillo atormentado; pero «los había proferido en contradicción conmigo mismo, de. la misma manera que ahora pronunciaba otros disidentes por com­pleto conmigo, extraños a la nobilísima vida de mi ser profundo, sonoros y fal­sos y no obstante tocados de no sé qué soplo de afanes desconocidos, de un secreto frenesí, de un impreciso descontento».

Y vol­viendo del ayer al hoy, del niño al hombre, escribe más adelante: «Hablo como quien, teniendo miedo en la obscuridad, cree poder tomar a broma las tinieblas y los fantasmas». Aquel hálito de angustia y aquel casi terror a la oscuridad, sostiene la obra página por página, mucho mejor que el ya indicado propósito, el cual habría podido ser por sí mismo, no menos auto laudatorio que los del Fuego. El mismo ambiente del colegio, tan­tas veces descrito, se aúna hasta formar una sola cosa fabulosa con aquel hálito de angustia. Poco más vale la pena de añadir del Darío niño: que, de la misma manera que Frontino (en el Segundo amante de Lucrezia Buti) no era más que el comentario melancólico y tierno de la ávida sensua­lidad del niño-poeta, del mismo modo Darío es la melancolía de la orgullosa soledad; y el aspecto miserable de Darío hombre, es el resorte de todo lo demás, pero poéticamente, de por sí, convence menos, cuanto menos concuerda la melancolía con el sentimiento que el poeta tiene de la propia soledad ac­tual.

En resumen, el centro poético de D’Annunzio auto biografiando sus años juve­niles, como de todo el D’Annunzio de las Chispas, no es ni la sensualidad ni el orgu­llo, sino la melancolía de ambos, aunque sólo sea melancolía en cuanto presentimien­to fatal. Y solamente perjudica a la compo­sición todo lo que sobrepasa (un poco de excesiva oratoria y una suntuosidad de ca­dencias) la pura invención y la escritura desenvuelta de las obras mayores. De las de­más prosas del libro (entre las cuales hay algunas de época posterior a la de las Chis­pas), es interesante recordar «Sobre un maestro adverso» [«Di un maestro avverso»], dedicada a Carducci, «Sobre la enfer­medad y sobre el arte de la música» [«Della malattia e dell’arte della música»], en me­moria de Giacosa; pero, sobre todo, «Exe­quias de la juventud» [«Esequie della giovinezza»], donde la sensación de fábula de melancolía y de inquietud dominante en las Chispas se recoge con infinita gracia en el imaginario regreso junto a la madre, en las palabras de la fábula («¡Ah, cuánto os ha­béis hecho esperar!», que son las palabras de la Bella Durmiente al Príncipe Azul) donde la pena y el deseo de ella se mani­fiestan callando. Al final del volumen hay una composición en verso, «Encomio del bronce» [«Encomio del bronzo»], ya pu­blicada en una revista en 1906; se trata de sonoros cuartetos endecasílabos que en vano intentan recordar la música de los que se encuentran en Alción (v.) y repiten por ené­sima vez la alabanza al Artista Creador.

E. De Michelis