La Altercación, Lorenzo de Médicis

[L’Altercazione]. Poemita filosófico pastoril en seis capítulos ternarios de Lorenzo de Médicis (1449-1492), en que, a ejemplo de Teócrito y Virgilio, un ciudadano (Lauro, esto es, Lorenzo) y un pastor (Alfeo) disputan, señalando uno los males de la vida urbana y otro los de la vida campestre; y concluyendo, por boca de Marsilio Ficino, que la única felicidad está en Dios. Un día en la «villa» de Careggi, Lorenzo y su maestro Ficino habían discu­tido precisamente acerca de esto, llegando a la conclusión de que la felicidad no se encuentra en los bienes que dependen de la naturaleza y de la fortuna, sino en el goce del Sumo Bien, al que se llega por medio del amor universal. Doctrina ficiniana, neoplatónica; la imperfección de toda cosa terrestre y la tendencia a elevarse de lo múltiple a lo uno, a poner los ojos en la luz del sol después de haber contem­plado los objetos terrenos impregnados de ella. Por sinceros que sean en el Magnífico los deseos de paz y la exigencia mística, no por ello su obra deja de fracasar en su pro­pósito; trabajo probablemente juvenil, con­trasta con el temperamento artístico de Lo­renzo amante del detalle concreto y obliga­do aquí a discutir acerca de universales abstractos, en difícil gimnasia de silogis­mos. que para él siguen siendo un juego deleitoso. Aunque su ingenio sutil mere­ciera, también en esta prueba, los elogios del gran Ficino, bajo los venerables cipreses de la Academia Florentina, su poesía se perdió por los laberintos de la lógica. Se puede, a lo más, admirar a veces el tono solemne de la obrita, donde se trasluce ins­pirada religiosidad, que permanece en es­tado de pura atmósfera, no concretada en imágenes, y a veces su sabiduría psicológi­ca; pero las descripciones son pobres e in­significantes, y nada nos hace prever en esta obra al rudo poeta realista del Ambra (v.) y de la Nencia (v.).

E. Rho

Alta Sociedad, Ida Hahn- Hahn

[Aus der Gesellschaft]. Novela alemana de la Condesa Ida Hahn- Hahn (1805-1880), publicada en 1838 y considerada por la misma autora como su obra más significativa, hasta el punto de reunir en 1845 bajo el mismo título las sucesivas novelas que años atrás había ido escribiendo (cfr. El que hacía falta [Der rechte, 1839]; La Condesa Faustina [Grafin Faustina, 1841]; Vírico [Ulrich, 1841]; Segismundo Forster [Sigismund Forster, 1841]; cfr. también la novela de carácter autobiográfico Sibila [Sibylle, 1846]). En la novela se enlazan tres aventuras amorosas. La primera, de la Condesa Ondina que abandona el techo conyugal para seguir al Príncipe Casimiro, y más tarde es aban­donada por él. La segunda es la del joven escultor Polidoro que, enamorado de la Condesa Regina, se convierte en un pelele en manos de esta coqueta, ilusionado con la idea de que ella corresponde a su amor: pero cuando se da cuenta del juego feme­nino, su sentimiento se transforma en odio profundo que encontrará su satisfacción el día en que, presa ella a su vez de la pasión, él la rechaza.

Por fin, la tercera, es la aventura dé la condesa Ida Schónholm, el tipo de la intelectual incomprendida presen­te en todas las novelas de Hahn-Hahn, y que vive con Otto. Si la heroína tiene «una cabeza extraña, no hermosa, pero atractiva, formada como la de una Virgen, con la ex­presión de una Sibila… ojos cambiantes… con un rasgo de melancolía inexplicable», Otto es, en cambio, guapísimo y cuando habla «es alegre y casi despectivo, porque el labio superior, cortísimo y fuertemente di­bujado, da a su boca un leve aire irónico». Ironía en el hombre, melancolía en la mu­jer, son los rasgos que caracterizan a todos los personajes de la condesa Hahn-Hahn. Esta escritora es, bajo todos los puntos de vista, la antítesis de los autores de la «Jo­ven alemania», no sólo porque su prepara­ción está hecha, sobre todo, a base de las novelas de George Sand (v. Lelia, 1834) y de la poesía de Byron, sino principalmen­te porque, ante el espíritu nuevo-burgués- liberal, representado por los hombres de la «Joven alemania», ella sólo admite en la selecta colección de sus personajes, repre­sentantes de la aristocracia de la sangre o del espíritu, pertenecientes todos ellos al mundo conservador, del que ella misma — descendiente de una noble familia del Mecklemburgo — descendía. A esta escri­tora, en un tiempo amada y admirada, re­monta la predilección que la novela ale­mana experimentó largo tiempo por dicho tipo de héroes. Una exaltada y exasperada sensibilidad, para evitar el árido escepticis­mo a que la hubieran conducido las decep­ciones, la llevó a mediados del siglo a convertirse al catolicismo y, por fin, a fundar en Maguncia un convento de la Orden del Buen Pastor, donde permaneció, aunque sin tomar el velo, hasta su muerte, conti­nuando su obra de poetisa y narradora, pero con intenciones exclusivamente mora­les y religiosas.

F. Federici

El Altar de los Muertos, Henry James

[The Altar of the Dead]. Cuento del novelista norteamericano Henry James (1843-1916), publicada en 1895 en un volumen titulado Conclusiones [Terminations]. En vísperas del matrimonio, George Stransom pierde a la mujer que había de convertirse en su es­posa. Desde aquel momento dedica su vida al culto no sólo de aquella muerta sino de todos sus muertos: para cada cual, un cirio en el altar que Ies ha consagrado en la igle­sia. Ante dicho altar encuentra siempre arrodillada otra devota y aquel vínculo les hace ser amigos. Hasta que George Stramson descubre que para su compañera de culto, todas las velas sólo tienen una úni­ca cara, y llamean por el hombre, amigo predilecto al principio y después pernicioso enemigo, al cual George no podrá consa­grar nunca una luz en su altar. La mujer, en cambio, aun habiendo sido también víc­tima del muerto, sólo podrá conservar la amistad con Stransom si éste enciende tam­bién aquel cirio. El desenlace ocurre de­lante del altar, después de una larga se­paración, cuando Stransom está ya decidido a añadir un cirio para su enemigo y la mu­jer a venerar en cada llama al muerto a la que fue dedicada.

«Un cirio más», repite Stransom; y la resolución de consagrar una luz incluso a la memoria del amigo-enemi­go, parece confundirse en su mente de hombre ya viejo y consumido, con la idea de la que otros encenderán a su memoria, y se desploma sobre el hombro de la mu­jer, con la palidez de la muerte pintada en el rostro. La familiaridad de Stransom con su altar, el hecho de atribuir un nombre a cada llama, como si se tratase de una cara, son temas que James desarrolla con su más refinada sutilidad. Todavía más impresio­nante y minucioso es el análisis de los mo­tivos que llevan al alejamiento y al tardío encuentro, todavía en situaciones espiritua­les contrastantes, de los protagonistas de esta narración. [Traducción de María Anto­nia Oyuela en el volumen La lección del maestro y otros cuentos. Emecé Editores, Sociedad Anónima (Buenos Aires, 1949) |.

C. Izzo

En su activo: (James) es un artífice ex­traordinario. Quiero decir que construye con una habilidad exquisita e infalible, y escribe como un querubín. Incluso cuando es más amanerado y exasperante, dice lo que ha de decirse, con más claridad y pre­cisión que cualquier otro escritor moderno. En su pasivo: carece lamentablemente de fuerza emotiva. Hasta su concepto de la belleza es demasiado artificioso y sin ori­ginalidad. (A. Bennett)

Alsino, Pedro Prado

Novela del poeta y ensayista chileno Pedro Prado (1886-1952), publica­da en 1920 y reeditada varias veces en años siguientes. En ella plantea el autor el mito del hombre-ave, que vuela con alas de su propia carne, las cuales le crecen de la joroba que se ha hecho al fracturarse la espina dorsal cuando pretendía imitar a los pájaros. Una vez que el niño lisiado logra dominar sus alas, el autor describe sus vue­los e intercala los cantos que Alsino esboza embriagado por la luz del sol y expandida el alma en la plenitud del aire. Alsino su­fre crueles choques en el mundo al cual pertenece por su origen campesino, proba­ciones que recuerdan en cierto grado las de don Quijote en su carrera andantesca; pero su final trágico se mantiene en el plano del mito. Alsino sube y sube llevado por sus alas, hasta que pierde la vida mientras vue­la, y desciende atraído por la ley de gra­vedad. El roce con la atmósfera incendia su cuerpo, y, en definitiva, de éste no llegan a la tierra sino ligeras cenizas que los vien­tos dispersan y baten. La novela permite al autor trazar bellas descripciones de la re­gión central de Chile, esbozar cuadros de vida campestre muy poéticamente dispues­tos y, en los cantos de Alsino, hacer encum­bradas reflexiones sobre el alma, el amor, la belleza, la verdad y otros temas. En la novela chilena moderna ocupa lugar de predilección por la graciosa intención de su estilo así como por la intensidad del mito que se traduce en la fábula. El autor recibió por la totalidad de su obra el Pre­mio Nacional de Literatura en 1949.

R. Silva Castro

El Altar de la Victoria, Briússov

[Altar’ pobedy]. Novela del escritor ruso Briússov [Valerij Jakovlevic Brjusov] (1873-1924), publicado en 1913. La acción se desarrolla en el siglo IV d. de C. en torno a las aven­turas del joven Junio que se dirige a Roma para estudiar retórica y filosofía. Ardiente defensor del antiguo Olimpo romano, el joven vive en casa de un tío senador; por una parte cede a la fascinación femenina, por otra sufre la influencia de los conspi­radores que tratan de suprimir al empera­dor Graciano, quien, por sugerencia del obispo Ambrosio, quisiera extirpar el pa­ganismo y ha hecho quitar del Senado el «Altar de la Victoria». Volver a colocar el altar en su sitio y sofocar la odiosa doc­trina de Cristo: eso es lo que quieren los enemigos del emperador. Ayudado por dos mujeres — una es un demonio de ambición y de perfidia, la otra, secuaz de las tradi­ciones proféticas —, Junio consigue pene­trar en el palacio del Emperador, pero es descubierto y encarcelado.

Libertado mila­grosamente, vuelve a emprender la lucha, participa en las ceremonias de los secuaces del Anticristo y de nuevo, casi por mila­gro, se salva de la muerte para asistir al asesinato de Graciano y a la elección como emperador del rudo Máximo. Si bien la conclusión sobre la invencibilidad del cris­tianismo resulta evidente, el escritor no tiende precisamente a ello, sino que, con fría indiferencia de esteta y de historiador, pinta la época, poniendo de relieve virtudes y defectos tanto de los cristianos como de los paganos. La lucha entre las dos creen­cias sirve por otra parte de telón de fondo para innumerables vicisitudes que revelan un minuciosísimo conocimiento de la vida del siglo IV d. de C. El mayor interés de la novela radica sobre todo en dicha recons­trucción, síntoma sin embargo, en un poeta exquisito como Briússov, de la decadencia de sus fuerzas creadoras. Hay que advertir, en fin, que la novela, escrita en el período comprendido entre las dos revoluciones ru­sas de 1905 y de 1917, refleja en la figura del emperador Graciano la imagen espiri­tual de Nicolás II y la atmósfera política y moral de su corte.

E. Lo Gatto