Bothwell, Algernon Charles Swinburne

Tragedia en cinco actos y en verso de Algernon Charles Swinburne (1837-1909), segundo de los tres dramas que dedicó a María Estuardo (v. Chastelard y María Estuardo). Fue publicada en 1874; está modelada según los antiguos dramas históricos ingleses («chronicle plays»), y quiere combinar la complejidad de los su­cesos con el análisis psicológico, dando por resultado una prolijidad excesiva, rescatada de tarde en tarde con soplos líricos y viveza dramática. El título de la tragedia minucio­samente estudiada sobre las fuentes históri­cas, proviene de James Hepburn, cuarto conde de Bothwell (1536?-1578), marido de Maria Estuardo: el asesinato de Rizzio, la pasión de María por Bothwell, el asesinato de Darnley, la inflamada palabra de John Knox, son evocados con rasgos poderosos y están bien delineados los caracteres de Bothwell, brutal y sin prejuicios, del débil e insolente Darnley y de la mudable María. Son sobre todo notables el sueño de Darnley, sus siniestros presentimientos, sus alarmas cuando la reina canta la última canción de Rizzio, a quien aquél asesinara, y el mo­nólogo final donde descubre su terror. El último acto languidece entre las intrigas y los sucesos políticos, la prisión de la reina en Loch Leven, la batalla de Langside y la marcha de María hacia Inglaterra.

M. Praz

Boubouroche, Georges Courteline

Relato de Georges Courteline (1860-1929), publicado en 1892. Boubouroche (v.), un próspero y pacífico bur­gués, vive beatíficamente en el amor con­fiado hacia su Adela, una viuda a la que ahorra las pequeñas molestias de la exis­tencia, pagando por ella el alquiler de la casa y todo lo demás. Un vecino de la mu­jer le avisa que ésta le traiciona. Furioso, acude a la casa, creyendo encontrar a un hombre; ella niega serena, quiere que su amigo registre todos los rincones del piso. Casi convencido, obedece sin embargo; y descubre un jovencito encerrado en un gran armario. Adela no se altera y todavía con­vence a Boubouroche de su inocencia, pero sin decirle el nombre del joven; es un se­creto que se refiere a otra persona. Boubou­roche la cree porque tal es su deseo y su necesidad. Y desahogará su ira con el ve­cino de Adela que de ese modo ha turbado su paz. Es la eterna e inagotable hipocresía de la mujer, la eterna ingenuidad del hom­bre que acaba creyendo lo que agrada a su cómodo egoísmo. Viejo asunto tratado con original relieve en las figuras, en el idioma gustosamente colorista. El autor, humorista algo burdo pero divertidísimo en sus his­torias de cuartel y de tribunales, ha dado con ésta su obra maestra, con su fondo de amarga melancolía. Después la convirtió en la comedia del mismo nombre, en dos actos (estrenada en 1893), muy parecida al rela­to, con detalles más vivos, un atrevimiento más descarado en la mujer y en el hombre un abandono más credulón; puede considerarse una farsa de estilo literario y de agu­do sentido humano.

V. Lugli

Tenía la imaginación cómica, es decir, la facultad de aproximarse con la intuición, de modo que suspendía y emocionaba, ras­gos que en la vida real están dispersos e incluso muy alejados unos de otros. (Fernández)

Botchan, Natsume Soseki

Natsume Soseki, autor de Botchan, es uno de los más grandes escri­tores japoneses, erudito y compositor de haikais. En realidad se llama Kinnosuke, y Soseki sólo es un seudónimo. Nace en Tokio, el 5 de enero de 1867 y muere el 9 de di­ciembre de 1916. Después de terminar sus estudios en la Universidad imperial de To­kio, en 1893, entra de profesor en la Es­cuela Normal superior de la misma ciudad y, más tarde, en la escuela secundaria de Matsuyama y en el Liceo de Kumamoto. De 1900 a 1902, estudia en Londres la lite­ratura inglesa y, a su regreso, trabaja en la Universidad de Tokio. En 1907, entra en la Press Asahi para la que escribe numero­sas obras literarias. A pesar de su precaria salud, deja tras de sí una obra voluminosa: novelas, ensayos, críticas, estudios sobre la literatura inglesa, poemas chinos, haikais, etc…. Influyó considerablemente en el es­píritu de la generación de su tiempo y, ac­tualmente, es todavía uno de los novelistas japoneses más estimados. Iniciado en el ro­manticismo, se fue interesando cada vez más por el análisis psicológico de sus per­sonajes y supo pintar diestramente la natu­raleza humana. Botchan apareció por vez primera en la revista literaria «Hototogisu», en abril de 1906. En enero de 1907, fue reeditada con otras dos novelas — «Kusamakura» y «Nihyacutoka» — en un volumen titulado «Ururakayo». Finalmente, Botchan reapareció en las «Obras completas de Soseki», publicadas por Iwanavi. Botchan, apodo del héroe de esta historia, es palabra que en japonés significa «muchacho de bue­na familia».

A la salida de un colegio de Tokio, un joven parte para la isla de Shikoku, situada al sur del Japón para hacerse cargo, como maestro, de una pequeña es­cuela. Se trata de un mozo de temperamento franco y espontáneo. En el pueblo se en­cuentra con unos colegas muy diferentes a él, tanto por su carácter como por malas intenciones; por otra parte, los alumnos sólo piensan en burlarse del nuevo maestro. Lógicamente, el ambiente no resulta muy agradable para el joven que acaba de aban­donar Tokio, el centro cultural del Japón. La atmósfera del pueblo se le hace cada vez más irrespirable, y su estancia allí es un continuo rosario de contratiempos y des­venturas, que el joven maestro procura ata­car y corregir llevado de su carácter com­bativo. Al final, sobreviene la catástrofe. Ayudado por su único amigo, llega a las manos con sus colegas y se marcha del pue­blo, para regresar a su querido Tokio, al lado de una vieja sirvienta de su familia, que siempre ha guardado un afecto mater­nal por Botchan. La narración, basada en experiencias personales del autor, viene a representar una especie de protesta contra la injusticia social. Los personajes de la novela son descritos a través del héroe de un modo sarcástico y humorístico al mis­mo tiempo. El patético afecto de la vie­ja sirvienta forma un feliz contraste con el mundillo desagradable de la aldea cam­pesina. El estilo ágil y fuerte de la novela armoniza perfectamente con el tema. Bot­chan ha sido adaptado a la escena por Kimura Kinka y representado por la compa­ñía de Ichikawa Ennosuke, en el teatro de Hongo, en 1927. Más tarde, la novela se ha llevado al cine, sin que hasta hoy haya per­dido su popularidad entre el público culto Japonés.

Los Bostonianos, Henry James

[The Bostonians]. Novela del escritor norteamericano Henry James (1843-1916), publicada en 1885. Pue­de parecer una polémica contra el sufragio femenino del que el autor retrata tipos y mítines con pluma viva e ironía sutil. Pero tiene un significado más profundo, aunque igualmente conservador: el de investigar en las zonas profundas de las relaciones hu­manas. Basil Ransom, joven e inteligente abogado del Sur, arruinado por la guerra, ha ido a Nueva York, para ejercer allí su profesión. Encontrándose en Boston por ne­gocios, visita a una prima lejana, Olive Chancellor, furiosa feminista, de la que ha oído hablar mucho a una hermana suya, Mrs. Luna, que vive en Nueva York. Olive, aunque irreductible enemiga de los hom­bres en general, le invita a comer. Durante la comida, en el calor del discurso, con el que parece quererlo convertir a sus ideas, se le escapa el hablar de un mitin sufra­gista, que debía tener lugar aquel día y ter­mina ofreciéndose para acompañarle. Basil encuentra la cosa divertida y, tomándola como el mejor medio para conocer Boston y sus habitantes, va a la reunión con su pri­ma. Pero la célebre sufragista a cuyo cargo estaba el discurso, no se presenta y su pues­to es ocupado por una muchacha de cabellos rojos, cuyo padre, que practica el mesmerismo, asegura haberla infundido fluido mag­nético suficiente para hacerla tan elocuente como un orador. En efecto, la muchacha que ya desde el comienzo atrajo la aten­ción de Ransom, habla con tanta facilidad y eficacia que entusiasma al auditorio, y por eso la fanática Olive quiere conocerla en seguida y la invita a su casa.

Basil, in­teresado y atraído también por la personali­dad de la muchachita que se llama Verena Tarrant, va también de visita a casa de su prima cuando sabe que está la muchacha. Vista de cerca, la muchacha no pierde nada de su extraño encanto y sin -duda Ransom sentiría por ella algo más que un simple interés, si sus negocios no le llamasen a Nueva York. También el lector pierde por algún tiempo de vista al joven para seguir a Olive, que cada vez más entusiasmada por Verena, en la que cree haber descu­bierto a una nueva profetisa del sufragis­mo, persuade a los padres de la muchacha para que se la cedan, pues quiere tenerla siempre a su lado, y se la lleva a Europa, para sustraerla a las asiduidades de un rico estudiante de Harvard. Durante este tiem­po, Basil, que vive solitario en Nueva York, hace más caso que antes a las atenciones de Mrs. Luna, muy deseosa de que sean más frecuentes las relaciones entre los dos, y por ella tiene noticias de Olive y de Ve­rena y siente el deseo de ver a la mucha­cha. No tarda en presentársele ocasión de volver a Boston; verla y darse cuenta de que está enamorado de ella es todo uno. Entre Olive y Basil, comienza desde en­tonces una especie de guerra. Los dos lu­chan por la posesión de la muchacha y mientras una le alaba la belleza del estado virginal y la satisfacción de la gran mi­sión que la está confiada, el otro trata de convencerla de que la verdadera misión de la mujer es el matrimonio, la familia, la casa. Al fin, la victoria es de Ransom, que se lleva a Verena en el momento en que debe pronunciar un esperado discurso en un importante mitin.

C. Linati

Los bosques de Westermain, George Meredith

[The Woods of Wesiermain]. Poesía del escritor inglés George Meredith (1828-1909), publi­cada en 1883 en el volumen Poems and Lyrics of the Joy of Earth. Compuesta en ver­sos trocaicos de cuatro pies combinados con algunos de tres e incluso de dos pies, en su mayoría pareados y dividida en cuatro partes de longitud progresiva, es una poesía alegórica inspirada en el mito de la natu­raleza, cuya comprensión eleva al hombre hasta Dios, mientras arrastra a la ruina a quien la desconoce. Los bosques encanta­dos de Westermain simbolizan precisamente la naturaleza: no todos pueden penetrar en ellos, pues eso constituye casi una em­presa heroica. En apariencia no difieren de los otros, pero quien entra goza de nuevos placeres, incluso supera el mismo estado del placer y del dolor en la contemplación y en el amor que sublima al alma y la con­duce a la comunión perfecta con la natu­raleza. Mas para que la magia de la na­turaleza pueda obrar de lleno es preciso amar intensamente la luz, amarla hasta el punto que las tinieblas ya no asusten; sólo entonces se tendrá la llave de la Tierra. Conviene subyugar y someter a los pro­pios fines al Dragón, que era el dueño antes de que el hombre que se ha aventurado en ellos estuviese regenerado por la luz.

La naturaleza es multiforme y el Cambio, hijo de la Vida, tiene por mujer al Alma, de quien nacen las luces que impulsan hacia adelante al hombre y lo conducen a la Fuente perenne y a la divina Llamada don­de todos se reúnen en el Corazón palpi­tante de quien vierte la sangre vivificadora, fuego líquido del color del vino, donde se reflejan la Vida y la Muerte. Llegados a este punto precisa anhelar, ver y buscar: la naturaleza escrutada cede la llave y abre todas sus puertas, pero es necesario mirar en profundidad. Entonces el alma se enri­quecerá más allá de lo que se puede ex­presar y adquirirá el necesario valor; la Razón, después de haber contemplado la Fuente, estará dotada de una fuerza indó­mita que iluminará al Dolor, pondrá en fuga al Temor y, purificada, será conducida hacia Dios. Sangre, Cerebro y Alma, recompues­tos en unidad, asegurarán la felicidad del hombre. Pero si surge la duda y la dificul­tad de comprender suscita exasperaciones y odio hacia cuanto permanece incomprendido, entonces el hombre está perdido en los bosques de Westermain: los rencores le cir­cundan, el sol se oscurece, desaparece la belleza, las alegorías se pliegan al soplo del viento, una multitud de fuegos fatuos enlo­quecidos gira a su alrededor y el mismo bosque se transforma en una carroña. Es esta sin duda la poesía más oscura y cier­tamente la más abstracta de Meredith, pero 110 carece de continuidad de inspiración, de felicidad expresiva y de fácil musica­lidad.

B. Cellini