La Conjura, Jesús Castellanos

Novela del escritor cu­bano Jesús Castellanos (1879-1912), perio­dista y crítico. Es novela de fondo psicoló­gico, que refleja el conflicto de un espíritu superior, contra el que se vuelve, hasta envolverlo y perderlo, la «conjura» del medio social. El protagonista se llama Augusto Román; es un médico enamorado de su ciencia, un incesante afanoso por la con­quista del saber, que aprecia su profesión como una de las más altas funciones del hombre en la sociedad; y basado en esas convicciones, escribe su libro Filosofía mé­dica, que lo hace famoso. Román es en el fondo un soñador, dado por entero a lo que le enseña la investigación y a lo que le impulsa el sentimiento, que en él está inspirado hacia las más nobles inclinacio­nes.

Al fin, las impurezas de la realidad vencen el ensueño; el idealista se pierde, y Augusto Román se suma a la sociedad en su vértigo positivista, ya que éste le brinda la sonrisa que le negó la suerte mientras fue fiel a sus ideales y leal a sus deberes de investigador honrado. En su con­ciencia había arraigado una convicción; «El objeto único de la vida es ser feliz por los sentidos; y la felicidad no se logra más que con el supremo egoísmo». Triste y descon­solador epitafio, puesto sobre la tumba de un hacedor de bien, pero producto fiel de la «conjura» social contra las almas nobles. Esta novela de Castellanos se publicó en 1909 acompañada de otras novelas cortas, género en que, como demuestra La Conjura, Castellanos puso de relieve sus excelentes cualidades de penetración psicológica, su arte de narrar, así como de describir con colores suaves, pero firmes; y la elegancia de su buena prosa.

J. J. Remos

La Conjuración de Fiesco, Christoph Friedrich Schiller

[Die Verschwórung des Fiesco zu Genua]. Tra­gedia en prosa, en cinco actos, de Christoph Friedrich Schiller (1759-1805), escrita en 1782-83. Con Los bandidos (v.) y con Cábalas y amor (v.) pertenece a los años juveni­les del poeta, sujetos a la influencia del «Sturm und Drang» (v.), y es su primera obra de tema histórico que abre la serie de dramas en los cuales, naturalezas vigo­rosas luchan por dos ideales igualmente ca­ros a los hombres: el poder y la libertad. Al igual que los demás trabajos juveniles de Schiller, La Conjuración de Fiesco se resiente mucho de las osadas teorías de Rousseau, y del Goetz de Berlinchingen (v.) de Goethe, pero también Plutarco in­fluyó en la idea y en la composición de la tragedia. Fiesco es, en su primera con­cepción, uno de tantos héroes plutarquianos que, en nombre de la libertad y de la patria, se rebelan contra toda opresión.

Schiller sacó el argumento de la Conjuración de Fiesco (v.), obra histórica del car­denal de Retz, pero la trató libremente: el tirano Giannettino, de la poderosa familia de los Doria, contra el cual Fiesco cons­pira, no ha existido jamás, como tampoco corresponde a la verdad histórica el fin de Fiesco, cuya trágica muerte fue sólo debi­da a la casualidad. La república de Génova, fuerte y floreciente gracias a su gran almirante Andrea Doria, el cual, a pesar de haber casi usurpado un poder absoluto, gobernó la ciudad con justicia y vigilando su libertad, ha pasado a manos del sucesor y sobrino del almirante, Giannettino, cuya tiranía provoca muy pronto una peligrosa conjuración contra los Doria. Verrina, ar­diente republicano, cuya hija fue forzada por Giannettino, convence a Fiesco, conde de Lavagna, de que se una a él para re­conquistar la libertad perdida y se ponga a la cabeza de los conjurados. La conspira­ción es coronada por el éxito, los Doria son derrotados y Génova se hace la ilusión de estar salvada, cuando un nuevo enemigo se presenta; es el mismo Fiesco que, aspirando al poder, se hace proclamar duque. El amor ilimitado y fiel de su Leonora no consigue sofocar su desmesurada ambición; ni si­quiera la dura e inflexible fe republicana de Verrina es capaz de arrancarlo de su peligroso programa.

La catástrofe es inevi­table : el Bruto fracasado se convierte en un César fracasado que paga su orgullo con la muerte; no con el puñal, sino por el empujón de Verrina, que le hace caer al mar. Y Verrina, el republicano, el ver­dadero Bruto, vuelve a Andrea Doria, vie­jo y glorioso almirante: sólo él puede ga­rantizar la segura prosperidad de su ciudad, el respeto a la libertad, y la tan deseada paz. Las figuras femeninas son todas de se­gundo plano: Berta, hija de Verrina, la Virginia (v.) de esta tragedia; la condesa Julia Imperiali, hermana de Giannettino, amante de Fiesco, y Leonora, la dulce cria­tura, la enamorada esposa de Fiesco, que primero sueña en él como en un gran héroe futuro, pero que sacrifica también estos ideales cuando, demasiado tarde, se da cuenta de que aquella ascensión peligrosa podría costarle el amor de su marido. Comparándola con Los Bandidos, La conjura­ción de Fiesco tiene ya un lenguaje más puro, menos oratorio, que en algunas esce­nas llega a rozar un claro lirismo, mientras que en Los Bandidos domina el tono polé­mico contra una sociedad corrompida.

Con todo, La conjuración de Fiesco tiene un campo más limitado: las discordias de un pueblo y la lucha contra un tirano; y sus horizontes son también más restringidos, así como su aliento: no siempre se salva de caer en el peligro de la «historia esce­nificada». En el teatro se sostiene porque tiene dos o tres primeros papeles adecuados para el lucimiento de grandes actores. Las unidades de lugar y tiempo son respetadas rigurosamente: la acción se desarrolla en el palacio de los Fiesco, en Génova, y no dura más que tres días, desde la mediano­che del 31 de diciembre a la noche del 2         al 3 de enero. [Trad. española de Eduar­do Mier y Barbery en Teatro completo, to­mo II (Madrid, 1883), y de José Yxart, en Dramas de Schiller, volumen II (Barcelona, 1909).]

O. Lennovari

Coningsby, Benjamín Disraeli

Novela del autor inglés Benjamín Disraeli (lord Beaconsfield, 1804- 1881), publicada en 1844. Ésta, como las de­más novelas del mismo autor, no es más que una viva proyección literaria de las teorías políticas y sociales del gran esta­dista que, sobre todo después de las agi­taciones de 1839 y la subida al trono de la reina Victoria, empezaba a destacar con su programa de la «Joven Inglaterra» pa­trocinando el abandono de nocivos indivi­dualismos y la fusión de las clases sociales, para una renovada colaboración nacional en interés superior del país. Coningsby es huérfano del segundón del duque de Monmouth, y su educación es confiada a Rigby, el poco escrupuloso secretario del duque. En Eton, Coningsby encuentra al joven Oswald Millbank, hijo de un rico industrial que ha sido educado en el desprecio de la nobleza. Después de un período de abierta hostilidad ambos jóvenes se hacen amigos íntimos, incluso Coningsby se enamora de Edith, hermana de Oswald, pero el duque, abuelo de Coningsby, y el industrial, padre de Edith, se oponen ambos ferozmente a las bodas de los jóvenes.

El anciano Monmouth, que entretanto se ha vuelto a casar con la jovencísima e infiel Lucrecia, por instigación de su mujer y de Rigby des­hereda a Coningsby. Pero Rigby revela también al duque la infidelidad de su mu­jer, de modo que la arroja de su casa y al morir deja su enorme fortuna personal a una hija ilegítima, Flora Billebecque. Coningsby, obligado a trabajar para vivir, emprende la carrera de leyes e incluso pre­senta su candidatura al Parlamento. Vien­do que el joven demuestra ser capaz de bastarse a sí mismo, Millbank padre modi­fica la opinión a su respecto y le concede la suspirada mano de Edith. Entretanto tam­bién Flora Billebecque muere y deja a Co­ningsby, que ha sido elegido diputado, cuanto heredó de Monmouth. El libro pre­senta una hábil y afortunada combinación de sentimentalismo agradablemente opti­mista y de preciso realismo, lleno de in­tenciones polémicas contra la sordidez del espíritu y la densa ceguera política de las viejas clases dirigentes.

L. Krasnik

El dandismo de Benjamín Disraeli siem­pre tiene algo del dandismo de un depen­diente de lujo de una tienda de lujo. (E. d’Ors)

El Congo y otras Poesías, Vachel Lindsay

[The Con­go and other Poems]. Aparecida en 1914, es obra del poeta americano (Nicholas) Vachel Lindsay (1879-1932), famoso por sus predicaciones del Evangelio de la belleza, por la Florida, Georgia y Carolina, cantor del alma y la psicología negra y pregonero de Langston Hughes, el más típico y fuerte de los poetas negros de que puede vanagloriarse la poesía americana de hoy y cuyo ingenio Lindsay descubrió cuando Hughes servía de mozo de hotel en Washington. Vehemente y extraña, la poesía de Lindsay es de resonancia popular; utiliza el «negro folk» y el «jazz rythms», principalmente en la poesía que da su nombre a la colección, «El Congo», y cuyo subtítulo es: «Estudio sobre la raza negra», poesía que debe ser cantada. Dividida en tres partes que tratan, respectivamente, de la rusticidad de los ne­gros americanos, de su indomable alegría y de su esperanza en la religión, tiende la obra esencialmente a destruir las barreras entre poesía y música, y bajo la influencia de los ecos de las Campanas (v.) de Poe trata de crear la llamada «higher vaudeville imagination» haciendo de manera que cada verso deba medio recitarse y medio cantarse.

L. Berti

Confusión de Sentimientos, Stefan Zweig

[Verwirrung der Gefühle]. Son tres largas na­rraciones, publicadas en 1926, del gran no­velista austríaco Stefan Zweig (1881-1942). Sus héroes son individuos agitados por las pasiones, que los colocan en doloroso con­flicto consigo mismos y con los demás. Así, la dama inglesa de «Veinticuatro horas de la vida de una mujer» que, viuda y sin ser ya joven, encuentra en Montecarlo a un polaco que, debido a una fuerte pérdida en el juego, está a punto de dar un paso de­sesperado. Movida por un puro sentimiento de piedad, la dama conduce al jugador, ca­rente de medios, a un hotel. Su interés produce un peligroso equívoco, que la in­glesa no consigue disipar. Después de una noche absurda, cuyo recuerdo pesará sobre toda su vida, la mujer entrega dinero al joven, para que vuelva a su casa, y éste le jura que renunciará al juego. Pero ines­peradamente la inglesa se siente llena de un loco amor por el joven. Vagabundeando, llega al casino, y lo ve de nuevo en la mesa de juego. La mujer advierte que ya no es nada para él. Pierde todo dominio sobre sí misma, le hace reproches, pero el polaco responde brutalmente y le arroja a la cara manotadas de dinero. Es sensible en todo el cuento, así como en los demás, la influencia de las teorías psicoanalíticas, de las que Zweig fue decidido defensor. [Trad. de la novela Veinticuatro horas de la vida de una mujer, por María Daniela Landa (Barcelona, 1935), varias veces reim­presa.]

B. Del Re