La Feria de los Discretos, Pío Baroja

Novela del gran escritor español Pío Baroja (1872- 1956), publicada en 1905 en la cual el autor manifiesta ya su inclinación hacia los «hom­bres de acción». Tal es el apelativo con que bautiza a Quintín, su héroe de hoy. Pero la «acción». no está sólo en el «hombre», sino en las figuras que con él se relacionan y en el ambiente que le sirve de marco. Acción, hasta la vorágine, como en el giro de la ruleta, e informando con su venda­val todos y cada uno de los trebejos que entran en suerte. Por eso la historia de Quintín no es otra cosa que el episodio nu­clear de toda una colección de acciones marginales o, acaso mejor, la resultante de la universal zarabanda. Porque la novela está llena de condicionantes activos contra los que nada puede hacer el protagonista. Un marqués liberal, una moza de venta y la persecución de una patrulla determinan el nacimiento de Quintín, la muerte de su padre y el abandono familiar de la madre. Pasa el tiempo y ésta se casa con un ten­dero. Nuevo tiempo y la familia del mar­qués ayuda al retoño, que estudia en In­glaterra. A su vuelta, está lejos de la casa del almacenista, enriquecido ya. Fracasa en su amor con Rafaela — la prima de la casa linajuda — y esto le lanza a la acción: se hace amigo del bandido Pacheco, funda «La víbora», periódico izquierdista y de difamación, ingresa en una logia masónica, juega, conspira.

Tras mucho engañar y no poco cinismo, se queda con el dinero de los revolucionarios, tras riñas, huidas, em­presas arriesgadas, etc., etc. Pasa el tiempo; llega a diputado, pero una honda llama de bondad le hace huir de Remedios, la prima joven, llena de pureza y de ternura a la que hubiera herido con las trapacerías de su vida. Junto a esto sabemos otras muchas vidas con sus correspondientes milagros: historias de ventas y venteros, el novelesco existir de la Patrocinio, los días arriscados de Pacheco, el erotismo sentimental de doña Sinda, los nobles de su otra familia (el conde, la condesa), y, a su vez, el en­lace de tales gentes con elementos de toda calaña: servidores, golfos, bandoleros, ta­berneros tertulianos, masones, nobles que no lo son tanto, buscones… Y amores, odios, envidias, etc. El marco en el que se mueven las peripecias de tantos amores, raptos, ri­ñas, levantamiento de partidas, etc., en una Córdoba vista en una serie de inolvidables cuadros en los que ha quedado la ciudad recogida en sus aspectos más brillantes y en los más recoletos: la romería, el baile, la calleja, la espadaña, el puente, el río… To­do visto con su luz más personal y con unas manchas de color — el ciprés, los re­flejos— de impresión imborrable. El acierto de la localización es indudable: las gentes (buenas y« malas, altas y bajas) sorpren­didas en una ciudad que duerme sobre un pasado y para la que cualquier señal de vida vertida hacia fuera es una perturba­ción en su reposo, o un quiebro de su mantenida serenidad.

M. Alvar

La Feria De Las Vanidades, William Makepeace Thackeray

[Vanity Fair]. Novela de William Makepeace Thackeray (1811-1863), publicada por entre­gas mensuales desde enero de 1847 a julio de 1848, y en volumen en 1848. En la novela se desarrollan dos intrigas distintas tan sólo unidas entre sí por ligerísimos lazos. Una de ellas narra la vida y las aventuras de una mujer valerosa, de rara inteligencia y pocos escrúpulos, Becky Sharp. La otra gira en tomo a una compañera de colegio de ésta, Amelia Sedley. Al dejar el colegio, Becky pasa algunas semanas en casa de los Sed- ley, donde intenta cautivar a Jos, hermano de Amelia. Becky es pobre, debe ganarse la vida por sí misma y ama sobre todas las cosas el dinero y el poder que proporcio­na; por esto, si bien Jos es un despreciable cobarde y borrachín, ella hace todo lo po­sible para conquistarlo, y lo conseguiría si el novio de Amelia, George Osborne, no interviniese en el último momento para impedir a Jos que haga su honrada decla­ración. Becky entra entonces como ama de llaves en casa de Sir Pitt Crawley, donde consigue hacerse amar por todos, incluso por miss Crawley, la riquísima hermana de Sir Pitt, y por el barón mismo, quien, a la muerte de Lady Crawley, le propone que se case con él. Pero desgraciadamente ella ya se ha casado secretamente con Rawdon Crawley, segundo hijo de Sir Pitt y so­brino preferido de Miss Crawley.

Al saber este matrimonio, la tía deshereda al so­brino y Becky empieza de nuevo a luchar para procurarse dinero a toda costa. To­dos los medios son buenos para lograr su objetivo. Ella va pasando así de aventura en aventura y de intriga, en intriga, con­siguiendo salir airosa de los peores atolla­deros. Amelia Sedley es el reverso de Bec­ky: sincera, sencilla, honrada y un poco tonta. Ama con todo su corazón a su pro­metido George, joven egoísta y frívolo, el cual, cuando el padre de Amelia pierde to­das sus riquezas, está a punto de romper el compromiso. Un colega suyo, el capitán Dobbin, un infortunado admirador de Ame­lia, le impide llevar a cabo esta mala ac­ción y el matrimonio se realiza a pesar de la oposición del viejo Osborne. Pero George cae en Waterloo y Amelia, desesperada por su muerte, vive durante largos años en la más negra miseria, rechazando la corte del devoto Dobbin para permanecer fiel al re­cuerdo de su marido. Sólo cuando se entera por Becky que George no merecía tan apasionada devoción, se decide finalmente, des­pués de quince años de viudedad, a casarse con su fiel admirador, convertido ya en co­ronel Dobbin. Cuando, en 1846, se disponía a publicar esta novela, Thackeray tenía ya una modesta notoriedad en el mundo lite­rario por su colaboración en revistas muy conocidas, como el «Fraser’s Magazine» y el «Punch» (v.), pero su gran aspiración era la de crear una obra de más enverga­dura, más consistente: así nació La feria de las vanidades, que, si bien fue acogida al principio por el público con cierta frial­dad, consagró la fama de Thackeray.

La novela tiene un subtítulo, «A Novel without a Hero» («Novela sin protagonista») y pue­de decirse que verdaderamente la revolu­ción llevada por Thackeray en el mundo literario con toda su obra, y en particular con esta novela, queda resumida en esta frase. Dejamos de encontrarnos ante el mundo ficticio y rebuscado de la novela de tesis, que prevaleció en la primera época victoriana, en la cual la heroína tiene to­das las virtudes o todos los vicios, la bon­dad es recompensada, y el vicio, castigado; nos encontramos ante la cruda realidad de la vida; ante el buen sentido de la natu­raleza humana en lugar de un estúpido sentimentalismo y de los inútiles prejuicios; no ante muñecos, sino ante hombres. Es éste, en resumen, el mensaje lanzado por Thackeray con esta obra, en la que se afir­ma de una manera indiscutible su genia­lidad. La narración, que tiene la amplitud de un fresco, presenta y describe las más distintas clases sociales; la fría y aguda crítica de los hombres no ha atenuado la vivacidad y variedad de los retratos de muchos de sus personajes. Por encima de todos, domina la personalísima figura de Becky Sharp; en ella el realismo de Thac­keray alcanza una fuerza y una autenticidad que el mismo escritor no pudo ya supe­rar. Alrededor de Becky hay una legión de figuras inolvidables, todas ellas igualmente vivas, porque todas, ya sean buenas o ma­las, son profundamente humanas. La obra no carece, empero, de los que fueron los defectos característicos de todo el arte de Thackeray; en conjunto, falta cohesión a la obra, debido a la excesiva longitud y complicación del relato. La feria de las va­nidades ha quedado, empero, como una obra de capital importancia dentro del des­arrollo de la novela inglesa del siglo XIX. De la novela se hizo una película en co­lores, Becky Sharp (1935), realizada por Rouben Mamoulian. La novela ya había sido llevada a la pantalla por Chester M. Franklin. [Trad. de Alfonso Nadal (Bar­celona, 1943)].

S. Rosati

La estructura de La Feria de las vanida­des es el éxito técnico más grande de Thac­keray; y la originalidad constructiva es su más grande talento técnico. (D. Cecil)

Fenómenos, Arato de Soloi

Poema griego de Arato de Soloi o de Soles (primera mi­tad del siglo III a. de C.). En 1.154 hexá­metros de cuidada factura, el autor describe la bóveda celeste, pagando revista a las constelaciones, explicando sus nombres y determinando su posición recíproca; en el verso 733 empieza una segunda parte, co­nocida también con el título especial de Pronósticos, en la que se enumeran los indicios que permi­ten prever el estado del tiempo. En la ex­posición científica se intercalan mitos que la tradición literaria había relacionado con tal o cual constelación. Fuente de esta obra es un tratado astronómico de Eudoxo de Cnido, que el poeta imitó no sin equivocarse alguna vez en la interpretación de algunos detalles técnicos. Es también sen­sible, especialmente en el prólogo, la in­fluencia del estoicismo, del cual Arato fue adepto. El poema es un fruto característi­co del helenismo, tanto en la elección del argumento científico como en el virtuosismo estilístico que el poeta demuestra, ence­rrando una materia abstrusa en los cánones rígidos de una versificación impecable, sin renunciar por ello a la claridad vulgarizadora.

No faltan aquí y allá rasgos en los que el literato alcanza los lindes de la fan­tasía poética, como cuando, al tratar de la constelación de la Virgen, reelabora con fino gusto el mito de la Edad de Oro (w. 96-136). Pero, en general, Arato se nos apa­rece más como un versificador que como un poeta. Esto no impide que su obra, res­pondiendo al gusto del tiempo, tuviera una fortuna singular; considerada más bien co­mo libro de estudio que como libro de pura literatura, esta obra figura entre las esca­sísimas que sobrevivieron a la pérdida de la poesía alejandrina. En efecto, se inte­resaron por ella no sólo los literatos, sino también los hombres de ciencia, los cuales dedicaron a Arato una serie de exposiciones y comentarios. En Roma, los Fenómenos in­fluyeron en la poesía docta y, de un modo particular, en las Geórgicas (v.) de Virgi­lio; Cicerón los tradujo al latín. Claudio César Germánico compuso una refundición de los Fenómenos en 752 hexámetros, Ara- tea (v.), que se publicó después de la muer­te de Augusto, aportando aquí y allá su­presiones, transposiciones y añadiduras al texto de Arato. Finalmente, Rufo Festo Avieno (siglo IV d. de C.) tradujo una vez más al latín el poema de Arato, para des­ahogo de su virtuosismo poético.

A. Brambilla

Las Fenicias, Lucio Anneo Séneca

[Phoenissae] También Lucio Anneo Séneca (4? A. de C. -65 d. de C.) dejó una tragedia titulada las Fenicias, formada por dos fragmentos, en uno de los cuales figura como personaje principal Edipo y en el otro Yocasta. La obra, incompleta o mutilada, sin coros, ofrece los restos de dos tragedias griegas: un Edipo en la primera parte y un episodio de las Fenicias en la segunda. El primer fragmento (vv. 1-362) nos pre­senta a Edipo ciego y a su hija Antígona. Desterrado, Edipo quiere darse la muerte, pero Antígona logra disuadirle del suicidio. Edipo se refugia en las selvas, mientras Te­bas es amenazada por la guerra entre los dos hermanos enemigos, Etéocles y Poli­nices. El segundo fragmento (vv. 363-664) nos transporta a Tebas. Yocasta, desespe­rada al ver a sus dos hijos darse mutua­mente la muerte, se precipita entre los dos y se esfuerza en reconciliarles. Pero Etéo­cles pretende conservar el poder y enviar a su hermano al destierro. Algunos episo­dios de los dos fragmentos, como la escena entre Yocasta y sus hijos, son profunda­mente conmovedores y hacen deplorar que la tragedia no se haya conservado entera.

F. Della Corte

Las Fenicias, Eurípides

Tragedia de Eurípides (480-406 a. de C.), represen­tada en el 410 ó 409. La trama principal del argumento es la misma que la de los Siete contra Tebas (v.) de Esquilo, es decir, la lucha entre los hijos de Edipo (v.), Etéocles y Polinices (v.) y su muerte a manos uno de otro. Pero, alrededor de es­tos dos personajes el poeta reúne las fi­guras y los destinos de todos los miembros de la familia de los Labdácidas: Edipo, Yocasta (v.), Antígona (v.) y Creonte (v.), de modo que la acción, en la intención in­novadora del poeta, se presenta como el vasto cuadro del destino de toda una es­tirpe trágica, más que como el drama in­dividual de esta o aquella persona. El coro, que da nombre a la tragedia, está formado por muchachas extranjeras, fenicias, que han sido enviadas a Delfos por los seño­res de Tiro, para que permanezcan allí co­mo servidoras consagradas al culto de Apo­lo. Declarada la guerra entre Argos y Tebas, por obra de Polinices, participan vivamente de la suerte de esta última ciudad, a la que se sienten ligadas por la fraternidad de los antiguos fundadores, Cadmo de Te­bas y Agenor de Tiro. En el prólogo, Yo­casta — a quien Eurípides hace vivir toda­vía, después de la expiación de Edipo, en la tragedia, hoy perdida, Edipo — refiere cómo, una vez descubierta la impureza de Edipo, culpable inconsciente de parricidio y de incesto, éste se ha sacado los ojos y ha sido encerrado en el palacio por sus hijos Etéocles y Polinices, para ocultar la vergüenza de la familia. Edipo, que sigue viviendo, más como un espectro que como un hombre, ha lanzado sobre ellos la mal­dición de que se disputen con la espada, la herencia paterna. Y ahora la maldición se cumple.

El pacto que los dos hermanos habían acordado, de reinar un año cada uno, alternativamente, no ha sido cumplido por Etéocles, que ha expulsado de la ciu­dad a Polinices. Éste se ha refugiado cerca de Adrasto, rey de Argos, con cuya hija se ha unido en matrimonio, y ahora se halla en pie de guerra, a la cabeza de los argivos y de otros seis príncipes aliados, frente a su ciudad natal, para reclamar su derecho. La madre ha intentado una re­conciliación induciendo a Etéocles a cele­brar una entrevista con su hermano, y aho­ra aguarda que el hijo desterrado entre en la ciudad. Después que Yocasta ha salido a la terraza de palacio, desde’ la cual se domina la llanura que rodea a Tebas, apa­recen un viejo esclavo y Antígona. Ésta hace que le señalen uno a uno los gue­rreros enemigos, pero, en realidad, sólo se interesa por uno: su hermano Polinices, y, al vislumbrarlo, de lejos y no tan clara­mente como ella deseara, pronuncia pala­bras de tierno afecto hacia él. El pedagogo explica a Antígona el intento de reconci­liación propuesto por Yocasta. Pero el in­tento fracasa: Polinices, que llega a su ciudad natal temeroso de una emboscada, se encuentra con su madre y con Etéocles, y en el diálogo cada uno de los hermanos se mantiene en sus posiciones: Polinices, reclamando ser admitido en Tebas en las condiciones de antes, y Etéocles afirmando fría y brutalmente, sin tomarse la molestia de buscar siquiera pretextos morales o ju­rídicos, que no cederá ni una parte de su autoridad. Son inútiles todas las palabras de apaciguamiento de Yocasta. Los herma­nos se insultan y amenazan, y Polinices parte para dar la señal del ataque. Después del canto del coro, que, recordando las des­venturas de la casa de Cadmo, expresa la mayor angustia ante la inminente desdicha, Etéocles y Creonte, hermano de Yocasta, preparan un plan de combate.

El joven pien­sa en imprudentes acciones ofensivas, pero Creonte le demuestra que es más seguro aguardar en cada una de las siete puertas, con otros tantos contingentes de defenso­res, el ataque de los siete correspondientes ejércitos argivos. La escena está en evi­dente y poco feliz contraposición a la fa­mosa revista de las tropas argivas en los Siete contra Tebas (v.) de Esquilo. Al par­tir, Etéocles ordena a Creonte, para el caso de que él no regrese, que una en matrimo­nio^ a Antígona con su hijo Hemón. Después de un canto del coro, Creonte sabe, por el adivino Tiresias, que sólo a la fuer­za se decide a revelárselo, que la ciudad no se salvará a menos que un hijo de Creonte, el joven Meneceo, sea ofrecido en sacrificio a los dioses. Creonte se niega, indignado, y manda a su hijo, que ha oído las palabras del vate, que se oculte. El mu­chacho simula obediencia, pero una vez solo afirma su deseo de sacrificarse por la pa­tria: se dará a sí mismo la muerte, arrojándose de las murallas. Con la invención de este episodio, totalmente desconocido de la tradición y secundario en la estructura de^ la tragedia, Eurípides demuestra su afi­ción al tema del heroísmo de los jóvenes, aunque aquí no se alcance el significado profundo de otras figuras euripidianas na­cidas del mismo motivo. Después del estásimo, en el que se exalta el heroísmo de Meneceo, vuelve a escena Yocasta, y un mensajero le dice que la ciudad está salvada. Pero Yocasta quiere saber sobre todo la suerte de sus hijos. El mensajero, pri­mero con cierta vacilación, le revela por fin que Etéocles ha provocado en duelo sin­gular a Polinices y que este duelo debe decidir la guerra. La buena noticia era, pues, un engaño piadoso.

Yocasta intenta por última vez impedir el fratricidio. Lla­ma a Antígona y con ella se dirige al cam­po a suplicar a los dos hermanos. Las acom­paña un canto de piedad del coro. Pero madre e hija, como relata en un largo dis­curso un mensajero a Creonte, llegan sólo a tiempo para recoger los últimos suspiros de ambos hermanos, que se han herido mutuamente de muerte. Etéocles, que ya ha perdido el habla, sólo puede dirigir a las dos mujeres una mirada de amor; Poli­nices puede todavía deplorar la desdicha que lo ha empujado contra su patria y su­plica que, aunque enemigo y rebelde a su tierra, se le conceda en ella una tumba. La madre, Yocasta, se suicida sobre los ca­dáveres de sus dos hijos. Y aparece en escena Antígona, guiando la procesión que transporta los cadáveres. Después de un la­mento de la joven, en traje de luto, como una «bacante de los muertos», sale por fin del palacio aquel que hasta este momento ha vivido en él como una sombra, Edipo, el autor último y más desdichado de tantos males. Sus desventuras no han terminado. Creonte, ahora rey de la ciudad, le ordena que se vaya de ella para no perjudicarla más con su presencia funesta. Ordena ade­más que Polinices, como rebelde a su pa­tria, sea expuesto sin sepultura fuera de los confines de Tebas. Antígona rechaza las bodas con Hemón, que Creonte quiere imponerle, y declara que rendirá honores fú­nebres a Polinices y que acompañará a Edipo en su último exilio. El drama está todo hecho de episodios y detalles sin pre­dominio de una línea de acción o de una figura determinada. Eurípides recurrió tal vez a este tipo de drama comparable a un cuadro extenso y rico, en un intento de renovar una materia demasiado conocida.

No puede decirse que en el conjunto de las Fenicias alcanzara la homogeneidad de tono que a un artista como él le era dado obte­ner a través de un material tan vasto y disperso; aquella unidad que logra en otro drama análogo, las Troyanas (v.). Hay aquí elementos de nueva y pura poesía en la fi­gura de Yocasta, en la de Antígona y, sobre todo, en la de Polinices, el personaje que más sale del corazón del poeta. En efecto, contra todos los datos de la tradición, Eu­rípides se pone de parte de este desdicha­do que combate llorando contra aquellos a quienes ama. Pero otros personajes y mo­mentos resultan, comparados con los demás, demasiado pálidos y sumarios, como Etéo­cles, que, más que realizar la figura trá­gica del hombre sediento de dominio, se limita a exponer sus teorías con seca frial­dad. [Trad. de Eduardo de Mier en el vo­lumen Tragedias (Madrid, 1879) incluida después en el tomo I de las Obras dramá­ticas (Madrid, 1909) y en el de Obras com­pletas (Buenos Aires, 1946)].

A. Setti

Esquilo y Sófocles son espíritus antiguos en toda la fuerza y en toda la autenticidad del término. Eurípides es ya un moderno. (E. Jaloux)