Cancionero de Guillén de Segovia

Considera Menéndez Pelayo a Pedro Gui­llén de Segovia (1413-1474?) como el mejor poeta del reinado de Enrique IV, si se ex­ceptúan los Manriques y Álvarez Gato. En el Cancionero de Pedro Guillén se reflejan los altibajos de su asendereada existencia. Hay poesía erótica como su Dezir de Amor, de carácter dantesco, aunque los versos amatorios faltan, casi, de su recopilación, se puede pensar en que pertenecerían a aquella su juventud en la que conoció «los temporales bienes, tantos con que según mi estado, podiera, sin pedir, conservar mi honra y sustentar la vida misma». La muer­te de don Álvaro de Luna (1453), su pro­tector, le inspiró un Dezir en el que trata de rehabilitar la memoria del Condestable, según unos argumentos no siempre seguros, y a pesar de la base paremiológica de algu­no de sus versos («justicia queremos to­dos; / pero non por nuestra cara»).

La caída de don Álvaro, y razones desconocidas, hi­cieron torcer el curso de su vida y con él el de sus versos. La ruina, la ceguera ame­nazante y la vergüenza, le pusieron en trance de extrema desesperación; gracias al arzobispo Carrillo se salvó y comenzó nueva época de prosperidad. Al prelado dedica su Discurso de los doce estados del mundo y de él vuelve a ocuparse en la intro­ducción a La Gaya o silva de consonantes. Como poeta, se caracteriza por cierta se­quedad castellana (aunque afincado en Segovia había nacido en Sevilla) de carácter ascético (Dezires del día del juicio, con­tra la pobreza, etc.), con influencias de la Consolación de Boecio (en la Suplicación al arzobispo Carrillo, por ejemplo). Tradu­jo Los siete salmos penitenciales trovados y en ellos la fortuna le acompañó más que en sus poemas originales logrando en este «casi único ensayo de poesía bíblica di­recta… de la edad media» contrición íntima, vehemencia de afectos y sencillez de ex­presión, según el dictamen de Menéndez Pelayo.

M. Alvar

Cancionero de Ibn Quzmán.

Conjunto de poesías del poeta arábigo-español Abü Bakr Muhammad ibn Quzmán (hacia 1080- 1160). Se trata de una colección de 149 zé­jeles, es decir, de un tipo de poesía en árabe que, a diferencia de la clásica, es es­trófica y está escrita en árabe vulgar o dia­lectal (eso la distingue de la muwassaha, también estrófica pero cuyo texto está en árabe clásico o literario). Las poesías cons­tan de varias estrofas, cada una de las cuales está integrada por un número varia­ble de versos, de 4 a 12, y por un estribillo, que ha de tener la cualidad de ser muy atrayente para despertar la atención del pueblo a quien iba dedicado. De los nume­rosos esquemas que aparecen en el Cancio­nero el más sencillo es del tipo aa bbba ccca, etc. La poesía de Ibn Quzmán es todo lo contrario de la rigidez y amaneramien­to de la poesía en árabe clásico. El autor era culto y conocía bien los poetas árabes; se vale de sus temas, pero les añade algo vivo? con gracia y espontaneidad: los de­forma, caricaturiza e ironiza sobre los temas más serios, incluso el amor y la religión. No se recata en decir que prefiere el amor libertino al ’udrí (platónico), en describirnos tertulias de borrachos, pero sin eufemismos, en explicar chistes desvergon­zados y procaces, anécdotas, etc. No es un poeta adocenado, sino «una voz en la calle», un poeta callejero, que corretea por las ciudades, observa: refiere escenas de mer­cado, pinta juglares pedigüeños vendedores de muías, disputas en las tiendas; y pide: dinero, pan, camisas, forraje para caballos, alimentos, etc. Asimismo, comenta, siempre con ironía, sucesos políticos y sociales, y viene a ser una «especie de anticipado pe­riodismo poético».

Se trata, en suma, de una poesía viva, alegre, atractiva, que re­fleja un ambiente disoluto, pero que gozó del favor del público, cantándose por las calles, entonada por juglares, mendigos o gente del pueblo; escrita en lengua vulgar de Córdoba — una de las pocas fuentes de que disponemos para conocer ese dialec­to —, entremezclando palabras del dialecto romance hablado o al menos conocido por las gentes. Pero lo que debe destacarse es que además de ser ágil e interesante, Ibn Quzmán era un buen poeta, con aciertos líricos, según puede apreciarse, por ejem­plo, en su célebre zéjel de los diminutivos. Su Cancionero es importante para la his­toria literaria y para conocer las costum­bres populares de la época. Edición en ca­racteres latinos y traducción parcial en castellano por A. R. Nykl, con el título El cancionero del Seih, nobilísimo visir, maravilla del tiempo, Abu Bakr ibn cAbd al-Malik Aben Guzmán (Madrid, 1933). Otros poemas han sido traducidos por Emi­lio García Gómez, en sus Cinco poetas mu­sulmanes. Biografías y estudios (Madrid, 1944), páginas 141-167. Edición de un nuevo fragmento y traducción alemana por Ritter y Hómbach, en la revista «Oriens», V (1952), páginas 269-301.

D. Romano

Cancionero de Gómez Manrique

La obra poética de nuestro autor, encuadrada dentro de la línea del Marqués de Santillana, Juan de Mena y la poesía de cancionero derivada de la gallego- portuguesa (Gómez Manrique escribió en portugués), ofrece un rico panorama de es­tilos y géneros en sus 108 poesías conser­vadas en dos manuscritos (de Palacio y de la Biblioteca Nacional de Madrid) y repro­ducidas en parte por el Cancionero Ge­neral de 1511. Su múltiple personalidad crea­dora se caracteriza por una poesía de tipo cortesano y amoroso, de fina habilidad técnica, pero carente de verdadera inten­ción lírica; por numerosas «estrenas» y aguinaldos, breves poemas dedicados a fa­miliares y amigos; por sus sátiras crueles, como la que dirige a Juan Poeta («Son con destral desbastadas / vuestras rimas, / y no son sotiles limas / bien limadas»); y, so­bre todo, por una poesía de tipo doctrinal y político en la cual se revela su verdadero genio poético: las «Coplas para el señor Diego Arias de Avila», claro precedente de las Coplas de su sobrino Jorge Man­rique (v. Cancionero), la «Exclamación y querella de la gobernación» y el «Regimien­to de Príncipes», verdadero tratado doctri­nal del buen gobierno dedicado a los Reyes Católicos.

Merecen ser destacados, también, sus poemas elegiacos, como el «Planto de las virtudes e poesía por el magnífico señor don Iñigo López de Mendoza», extenso poe­ma alegórico dentro del clima peculiar del Marqués de Santillana; la «Defunción del no­ble cavallero Garci Lasso de la Vega», etc., y su poesía religiosa, de la que debemos recordar sus dos grandes poemas dramá­ticos : «Representación del Nacimiento de Nuestro Señor», que compuso a ruego de su hermana María, vicaria del monasterio de Calabazanos y que «rebosa ternura, fina emoción y un arte primitivo de arquitec­tura teatral, perfecto en su orden» (Valbuena Prat), y las «Lamentaciones fechas para Semana Santa», que son un diálogo entre Nuestra Señora, San Juan y Magda­lena. El cancionero de Gómez Manrique ha sido publicado modernamnete por Paz y Melia, en 1885, y por Fouché-Delbosc, en 1915.

Cancionero de Garci Sánchez de Badajoz

Poeta y músico español de la corte de los Reyes Católicos. Su poema más im­portante es el «Infierno de amor», en el que, en «los tormentos / de las tinieblas oscuras», aparecen hasta treinta poetas cas­tellanos, entre los cuales Macías, Juan Ro­dríguez del Padrón, el Marqués de Santi- llana, Juan de Mena, Jorge Manrique, Diego de San Pedro, etc. La obra pertenece al gé­nero de los llamados poemas colectivos, tan frecuente en la poesía catalana del siglo XV (Jordi de Sant Jordi, Francesc Ferrer, Pere Torroella). Debe destacarse también «El sueño», en el que el poeta ve su propio en­tierro y oye a los pájaros cantar sus «obse­quias / porque de amores murió», siendo «en… verdes laureles / …su cuerpo con­vertido». Garci Sánchez de Badajoz repitió este tema en dos romances, o mejor dicho, en dos composiciones en octosílabos parea­dos, en los que se intercalan villancicos. En sus «Liciones de Job apropiadas a las pasiones de amor» adapta los rezos del breviario a temas amorosos, dentro de una línea muy característica del siglo XV caste­llano (Mosén Diego de Valera, Suero de Ribera). Sus «Lamentaciones de amores» tie­nen momentos de una fina intención lírica: «Y vos, cisnes, que cantáis / junto con la cañavera / en par del río, / pues con el can­to os matáis, / mirad si es razón que mue­ra / con el mío». Escribió también nume­rosas reqüestas, canciones, villancicos y dezires en los cuales desarrolla los principios del amor cortés con delicados primores for­males, dentro del mundo poético castellano de cancionero. De ahí nació la leyenda de su «locura de amor», que se divulgó en breves alusiones y en agudas anécdotas a lo largo de todo el siglo XVI.

J. Molas

¿Qué cosa se iguala a una redondilla de Garci Sánchez…? (Lope de Vega)

Cancionero de fray Ambrosio Montesino

Poesías del franciscano español fray Ambrosio Montesino (f hacia 1512), el único poeta de su tiempo que nada debe a la corriente italianista. Publicó su Cancione­ro de diversas obras de nuevo trobadas en Toledo en 1508, dedicándolo al rey Don Fernando, a quien debía su favor en la Corte. También por encargo de los mis­mos Reyes Católicos tradujo la famosa Vita Christi del Cartujano (v.). Contrariamen­te a la opinión de Menéndez Pelayo, que veía en fray Ambrosio un «orador sagra­do en forma poética», su obra nos muestra una auténtica naturaleza poética, bien ajena, en su casi totalidad, a todo énfasis retó­rico. Lo sustancial del pensamiento y del verso de Montesino está directamente en­lazado con la poesía de tipo tradicional. En esta corriente tradicionalista halla el poeta su mejor expresión y alcanza gra­cias poéticas de delicado lirismo, que nun­ca encontramos en Padilla (v.) ni en Men­doza (v.). En los sueltos y ágiles octo­sílabos de fray Ambrosio Montesino se dan cita cancioncillas profanas vueltas a lo divino, como la conocida «A la puerta está Pelayo / y llora», convertida en el delicio­so poemita «Desterrado parte el Niño, / y llora».

Como es de esperar en un poeta que con tanta maestría maneja los octosílabos, el romance logra en sus manos verdaderos hallazgos. Su Romance en honor y gloria de san Francisco, escrito por orden de Cisne- ros, es una bella muestra del género, con aciertos muy felices, no exentos de cierta ingenuidad franciscana, como cuando es­cribe: «Silencio fue su lenguaje / y los yermos su poblado». No faltan en este Can­cionero (reimpreso en el tomo XXXV de la Biblioteca de Autores Españoles, Rivadeneyra) muestras de la abundante poesía mora­lista de su tiempo, pero nada nuevo aporta a lo común de su época. Es en el aire sencillo, popular de sus versos y de su pensamiento donde reside el encanto de su personalidad. Todo lo demás (alusiones bíblicas, conceptismo, moralidad) pertenece al espíritu general del reinado de los Re­yes Católicos, a quienes sirvió en su vida y deleitó con su obra.

J. M. Blecua