Ricciarda, Ugo Foscolo

Tragedia de Ugo Foscolo (1778-1827), representada en Bolonia en 1813 y publicada en 1820. Güelfo, príncipe de Salerno, odia mortalmente a su hermanastro Averardo, que para recuperar las tie­rras que le usurparon y vengar a un hijo suyo, alevosamente asesinado por su tío, le sitia en Salerno: también él ha perdido en la batalla dos hijos, y solamente le queda Ricciarda, suave figura de muchacha, que ama, correspondida, a Guido, hijo de Ave­rardo. Pero este amor, que podría traer la paz entre los dos contrincantes, exaspera a Güelfo, que obliga a Ricciarda a renunciar para siempre a su amado; cuando por fin, vencido, se encuentra frente a su hermano vencedor, después de herir a Guido, mata a su hija y se suicida.

La tragedia, cuya acción tiene lugar en un subterráneo del castillo de Salerno, continúa motivos del teatro alfieriano (v. particularmente Poli­nice, Saúl) sin darles por otro lado un es­píritu nuevo y restándoles vitalidad, como se ve claramente en Güelfo, monstruo ab­surdo e incoherente. Apenas algún que otro acento de poesía notamos en el púdico amor de Ricciarda, y es importante, como docu­mento político, el discurso de Averardo («Inerme freme e sembra vile Italia»), con el que el autor manifestó sus esperanzas y sus propósitos de italiano en el momento en que el Imperio napoleónico empezaba a derrumbarse.

M. Fubini

Ricardo III, William Shakespeare

[The Tragedy of King Ri­chard III]. Drama histórico en cinco actos, en prosa y en verso, de William Shakespeare (1564-1616), escrito hacia 1593 e im­preso en in-cuarto en 1597, 1598, 1602, 1605, 1612, 1622, y en in-folio en 1623.

Los he­chos históricos están casi todos tomados de las crónicas de Edward Hall o Halle (La unión de las dos nobles e ilustres familias de Lancaster y de York [The Union of the two noble and illustre Famelies of Lancestre and Yorke, 1548]) y de Raphael Holinshed, ambas basadas, a su vez, en las Anglicae Historiae (1534) de Polidoro Virgili de Urbino (14709-1555?) y sobre la incompleta Historia del rey Ricardo Tercero [The His- tory of King Richard the Third, 1513] atri­buida a Santo Thomas More. En el centro del drama se halla el personaje del usur­pador Ricardo, duque de Gloucester (v. Ri­cardo III), aparecido ya en Enrique IV, par­te tercera (v.). Ricardo, escondiendo bajo benignas apariencias sus diabólicos planes, hace que su hermano Eduardo IV sospeche del otro hermano, Jorge, duque de Clarence, y lo ponga en prisión; luego lo hace matar por sus sicarios y arrojarlo a una cuba de malvasía. Corteja a Ana, viuda de Eduardo, príncipe de Gales, en tanto ella sigue al féretro de su difunto marido, epi­sodio que hace pensar en la famosa situa­ción de la matrona de Éfeso en el Satiricón (v.) de Petronio, porque Ana, después de haber insultado a Ricardo, cede a sus pretensiones de amor.

Muerto Eduardo IV, Ricardo, convertido en protector del reino durante la minoría de Eduardo V, cons­pira para usurpar el trono. Recluye al jo­ven rey con su hermano Ricardo en la To­rre de Londres, y con la ayuda del duque de Buckingham se hace proclamar rey. Hace asesinar en la Torre a los hijos de Eduar­do IV, y quita de en medio a los pares no partidarios suyos: Hastings, Rivers y Grey. Para fortalecer su posición, el usur­pador repudia a Ana para casarse con su joven sobrina, Elisabeth de York, hija de Eduardo IV, y, en una escena parecida a la de la conquista de Ana, persuade a la viuda de Eduardo IV, la reina Elisabeth, a con­sentir en el matrimonio. Buckingham se rebela ante la ingratitud de Ricardo, declarándose por el conde de Richmond (Henry Earl of Richmond), pero es capturado y condenado a muerte. Por fin las tropas del usurpador combaten con las de los rebel­des en Bosworth (1485), y Ricardo, después de una noche atormentada por la espan­tosa visión de sus víctimas que se le apa­recen (escena que no se cree de Shakes­peare), es muerto en la batalla. Richmond asciende al trono con el nombre de En­rique VII.

Entre las mejores escenas figura aquella en que la vieja reina Margaret, viu­da de Enrique VI, maldice a los demás personajes del drama, culpables de la pér­dida de su marido y de los suyos; sus mal­diciones, según muestra el desenvolvimiento del drama, se cumplen, por lo que la figu­ra de la anciana cobra casi la categoría de una Erinnia. El estilo es amanerado y re­tórico, con repeticiones de comienzos de versos y otros artificios, tales como invecti­vas, imprecaciones, etc. De un extremo a otro lo recorre como motivo dominante la palabra «sangre». Pero el carácter de Ri­cardo es muy vigoroso, aunque poco sutil. Psicología y estilo han parecido demasiado elementales para ser de Shakespeare, pero muy bien pueden ser suyos, si se piensa no en el Shakespeare de las grandes tragedias de la madurez, sino en el de las primeras tentativas, todavía influido por sus prede­cesores, sobre todo por Christopher Marlowe (1564-1593). El episodio de la muerte de los jóvenes hijos de Eduardo, narrado por un personaje que ejerce la función del men­sajero de la tragedia clásica, es famoso, y debía sugerir un cuadro muy notable de Paul Delaroche (1797-1856). Es también fa­mosa la exclamación de Ricardo, que bus­ca una nueva cabalgadura en la batalla de Bosworth: «Un caballo, un caballo, mi reino por un caballo» [«A horse, a horse, my kingdom for a horse!»]. [Trad. de Luis Astrana Marín en Obras completas (Madrid, 1930; 10.a ed., 1951)].

M. Praz

Todo cuanto Shakespeare ha perdido para nosotros como poeta dramático, lo ha ga­nado como poeta en general. Es un profun­do filósofo, y en sus dramas se aprende a conocer el corazón humano. (Goethe)

No conoce otra vida que la terrena, vigorosa, apasionante, afanosa, debatiéndose en­tre la vida y el dolor, y en torno a ella y sobre ella, la sombra del misterio. (B. Croce)

Ricardito el del Copete, Charles Perrault

[Riquet a la houppe]. Cuento de Charles Perrault (1628-1703) (v. Historias y relatos de an­taño). Es uno de los cuentos en que el mal velado e irónico racionalismo de Per­rault aflora de modo evidente.

Ricardito, jorobado y lisiado, que tiene el don de con­vertir en ingeniosa a la mujer amada, y la princesa magnífica y necia, que posee a su vez el don de hacer bello al hombre de sus sueños, cambian entre sí estos presentes para unirse felices en matrimonio. Y he aquí como Perrault comenta el aconteci­miento: «Y hay quien asegura que no fue el encanto del hada, sino sólo la fuerza del amor, quien operó aquella metamorfosis. Dicen los tales que la princesa, en vista de la gran constancia de su gentil amador, su modestia y los incontestables méritos de su corazón y de su mente, no vio nunca la de­formidad de su espalda; la joroba de él le pareció el artificio espiritual de quien se inclina ante la belleza, y si antes creía que cojeaba como un lisiado, desde aquel mis­mo momento le pareció que saltaba gra­ciosamente».

E. Federici

Ricardo II, William Shakespeare

[The Tragedy of King Richard II]. Drama histórico en cinco actos, en verso, de William Shakespeare (1564- 1616), acaso escrito hacia 1595-96, publicado en in-cuarto en 1597, 1598, 1608 y 1615 y en in-folio en 1623. Su fuente principal es la Crónica de Holinshed en su segunda edición (1587), porque la escena cuarta del acto se­gundo utiliza un pasaje que no figura en la edición de 1577.

Otras fuentes son: la Crónica de Hall, las Guerras civiles de S. Daniel, la traducción inglesa (de Bernera) de la Crónica de la traición y de la muerte de Ricardo II de Inglaterra, atribuida a Jean Le Beau. Hasta hace algún tiempo, se creía ver en este drama el influjo de Christopher Marlowe (1564-1593), por la ma­nera de utilizar las crónicas. La crítica más reciente cree, en cambio, que la se­gunda y la tercera partes del Enrique VI (v.) de Shakespeare preceden al Eduardo II (1592) de Marlowe; de modo que Shakes­peare habría sido el primero en iniciar este tipo de drama, y Marlowe, aunque haya influido sobre él, habría en este caso reci­bido su influjo, tomando de él la idea de dramatizar las crónicas. Es, sin embargo, cierto que el carácter de Ricardo II (v.) ofrece analogías con el de Eduardo II. El drama trata los principales episodios del gobierno de aquel rey. Éste destierra arbi­trariamente a Henry, apodado Bolingbroke, hijo de Juan de Gante (John of Gaunt), y a Thomas Moebray, duque de Norfolk; si en este caso el débil rey se complace en sus actitudes y se embriaga en el ejer­cicio del poder, poco después, a ruegos de Juan de Gante, mitiga la sentencia de Bo­lingbroke queriendo alardear de soberano magnánimo. La noticia de la enfermedad de Juan de Gante revela otro aspecto del ca­rácter del rey; éste se está exprimiendo el cerebro para ver la manera de sacar más dinero de sus súbditos, y la muerte de Juan le ofrecería una magnífica ocasión para incoar un expediente de confiscación y quedarse con los bienes del difunto.

Mien­tras el rey está en Irlanda, Bolingbroke in­vade Inglaterra con las fuerzas rebeldes; el rey vuelve, se deshace en imprecaciones contra sus enemigos, traza un retrato ideal del carácter augusto de un soberano, su­perior a la inconstancia de las instituciones humanas, protegido del cielo que manda a sus ángeles a combatir por él, y pasa de la exaltación al envilecimiento, según el tenor de las noticias que le llegan; por fin se retira al castillo de Flint, haciéndose pasar como víctima de los traidores. El conde de Northumberland, que viene a parlamentar, le asegura que Bolingbroke sólo pide lo que le pertenece, y el rey consiente en una entrevista, de la que sale vencido y some­tido. Bolingbroke entra triunfalmente en Londres, proclamado rey con el nombre de Enrique IV; en la- famosa escena de la de­posición (acto IV, escena 1), Ricardo se compara con Cristo. Es verdad que, según ha observado Walter Pater, esta escena tie­ne toda la solemnidad del ritual de la misa, y todo el drama está sin duda investido de significado simbólico: la agonía y la muerte de Dios, sacrificado sobre el altar. Confina­do en el castill5 de Pomfret, Ricardo es asesinado. El drama, además de una viva reseña de£>acontecimientos políticos, es, más sutilmente que los demás dramas históricos de Shakespeare, el estudio de un alma que parece anunciar ya la de Hamlet (v.); con­trasta con el débil y fascinador soberano, el hábil y nada sentimental Bolingbroke, que, en tanto que finge querer sólo tutelar los derechos de la herencia, se porta ya co­mo un rey, mostrando las cualidades de sa­gacidad, moderación y dureza que debían asegurarle el trono. Por este eficacísimo contraste, el drama ha tenido siempre mucho éxito, y es digno del creador de Hamlet y de Lear. [Trad. española de Luis Astrana Marín en Obras completas (Madrid, 1930; 10.a ed., 1951)].

M. Praz

Hasta en sus más olvidados dramas, Sha­kespeare tiene un gran número de lumino­sas páginas de belleza superior, que nunca nadie igualó y que seguramente nadie lo­grará igualar. (Baretti)

Es de tan elevada estatura, que yo me inclino ante él para honrarle. (Goethe)

Shakespeare no pudo aspirar ni al ideal de la belleza que obsesionaba el alma del hirsuto Platen, ni los ideales humanitarios y sociales de Schiller o de un Turgueniev. Pero tampoco tenía necesidad de nada de eso para alcanzar el infinito, al que cada poeta llega dirigiéndose al centro del círcu­lo desde cualquier punto de la periferia. (B. Croce)

Rhetoricorum Libri IIII, Benito Arias Montano

Interesante poema didáctico en hexámetros del polí­grafo español Benito Arias Montano (1527- 1598), publicado en 1569El título completo es Rhetoricorum libri IIII, Benedicti Ariae Montani Theologi, ac poetae laureati ex dis­ciplina militari divi Jacobi Ensigeri, ad Gas­par em Velesium Alcocerum. Cum Annotationibus Antonii Moralii Episcopia Menchuacanensis, quae rem omnem quem brevissime explicant… Antuerpiae, ex officina Christophori Plantini MDLXIX.

Tentativa juvenil en que Arias Montano, más que en imitar la epístola de Horacio a los Pisones, pretendió competir con la elegante Poética del cremonés Jerónimo Vida, obispo de Al­ba, poeta más virgiliano que horaciano. El interés de esta obra de Arias Montano es literario y moral. Es notable la belleza de las imágenes y las noticias de costumbres y personajes de su tiempo. Los principios son útiles pero no originales. El poema se dis­tribuye en cuatro libros: el primero trata de los tres géneros, demostrativo, deliberativo y judicial; el segundo, de la invención; el tercero, de la disposición; el cuarto, de las cualidades del orador. La aridez preceptiva está compensada por mil ingeniosas digre­siones y por ejemplos de la propia cosecha del autor.

Arias Montano excita el celo de los obispos en la reforma de la oratoria sa­grada; se pronuncia contra el protestantis­mo; reprueba la lectura de los libros de ca­ballerías; describe, con fácil y brillante tra­zo, las costumbres de la dorada juventud de su tiempo, sus viajes a Italia y finalmen­te tributa un poético recuerdo a sus maes­tros, a sus compañeros de estudios y a sus amigos. Arias Montano tenía una inaudita facilidad y sus versos latinos, por esta ra­zón, degeneran a veces en prosaísmo. Es digna, empero, de tenerse en cuenta la flui­dez de sus versos. Pasa rápidamente de lo didáctico a lo histórico, de lo antiguo a lo moderno. El método de enseñar la retórica en verso, iniciado por Arias Montano, no prosperó en las escuelas del siglo XVI, y eso que él había encarecido sus ventajas en versos elegantísimos.