Catalina Ivanovna, Leónidas Andreiev

[Jekaterina Ivanovna]. Drama en cuatro actos del escritor ruso Leónidas Andreiev [Leonid Nikolajevic Andreev, 1871-1919], publicado en 1912. Por celos, el diputado Stibelev dispara contra su mujer, Jekaterina Ivanovna, joven y hermo­sa; y la loca tentativa destroza el equilibrio moral de la mujer. Al cabo de algunos años Stibelev se reconcilia con su mujer, pero Jekaterina Ivanovna es ya otra: muerta en ella toda pureza, ha descendido de escalón en escalón a un fuego de libertinaje que la agita, y destruye definitivamente la armonía familiar. En el último acto del drama, en el estudio del pintor Koromyslov, Jekaterina Ivanovna, secretamente amargada por la ne­gativa opuesta a sus ofertas por el joven Aleksej, su cuñado, se despide de todos: en apariencia se aleja para hacer una excursión con un amigo, pero en realidad no volverá nunca más ni encontrará salvación. Todos lo advierten, incluso el marido presente, pero nadie pronuncia palabra ni hace un gesto para disuadirla. Sólo el llanto, cada vez más fuerte, de Lisa, su hermana, la acompaña. Las figuras de Stibeley y de Aleksej están dibujadas al iniciarse el drama con un vigor realista que luego no se conserva. Toda la energía, la vitalidad que anima a los per­sonajes al principio, se agota paulatinamen­te: y se convierten en los testigos débiles e inertes de la progresiva disolución moral de Jekaterina Ivanovna. El drama carece de grandeza: representantes de un mundo burgués próximo a la ruina, los personajes ni siquiera viven aquel descontento, aquel «taedium vitac» poderoso de Chejov; y el ver­dadero drama de Jekaterina Ivanovna ape­nas se intuye; diríase que se produce más en la vida que en la escena, adonde el autor la llevó.

B. Del Re

Catalina, Taras Frigor’evic Sevcenko

[Caterina]. Poema del ucra­niano Taras Frigor’evic Sevcenko (1814- 1861), aparecido en la primera selección de sus poesías Kobzar (v.), en 1840. Catalina, sencilla muchacha ucraniana, seducida por un oficial ruso, es arrojada de su casa pa­terna y va a pie, llevando consigo a su hijo, hacia Moscú, en busca de su amado. Tras muchos sufrimientos y vagabundeos, encuen­tra a su seductor, pero es rechazada. Cata­lina acaba su triste vida en un lago y su hijo, con los años, se convierte en lazarillo de un mendigo ciego. Cierto día encuentra a un gran señor en un coche de seis caba­llos. La mujer que está a su lado queda im­presionada por la belleza del niño y su compañero reconoce en él el bellísimo sem­blante de Catalina, pero «se vuelve del otro lado y la nube de polvo envuelve a Juanito». En este poema el autor contrasta la ética rusa (.«el ruso ama jugando y jugando abandona») con la ética de la mujer ucra­niana, que «ama con todo el corazón» y lo sacrifica todo al amor, identificándolo con la misma vida, con sus severas normas de familia y de tradiciones seculares. De ahí la moraleja del poema: «Amad, ¡oh hermo­sas!, pero no a los rusos, porque los rusos son extranjeros y hacen daño». Pero el poe­ma tiene también un significado simbólico: la hermosa y desgraciada Catalina es Ucra­nia, seducida por los halagos de Moscú y luego abandonada al arbitrio del ejército ruso y de los numerosos burócratas mosco­vitas. Como fuentes literarias pueden citarse Clarissa (v.), de Richardson, Pobre Liza (v.), de Karamzin, y la Desgraciada Oksana, del escritor ucraniano Kvitka-Osnavjanenko.

E. Onatskyi

Catalina de Georgia o Constancia Probada, Andreas Gryphius

[Catharina von Georgien oder bewdhrte Bestándigkeit]. Es el segundo de los cinco dramas escritos por Andreas Gryphius (1616-1664), publicados por su hijo Christian, junto con las comedias y las poesías, en 1698. Es un drama de martirio cristiano, en el cual se nota la influencia de los Gibionitas, del dramaturgo holandés contempo­ráneo suyo Joost van Vondel, además de las representaciones de los jesuitas a las que Gryphius había asistido en Roma. Se ob­servan las reglas de las tres unidades, sobre las cuales insiste Opitz en el Libro de la poesía alemana (v.); el verso, alejandrino rimado, está tratado con maestría y con bue­nos efectos retóricos. Catalina, princesa de Georgia, es un modelo de piedad cristiana, de castidad y de virtud femenina. El sha de Persia, Abbas, truculento malvado de guar­darropía, se enamora de ella, que le re­chaza con fría firmeza para no abjurar de su fe cristiana. El sha la manda encarcelar y la condena al martirio. Catalina lo afron­ta con actitud teatral; falta en ella todo con­flicto interior; todo el drama reside en sus sufrimientos físicos, minuciosamente descri­tos y comentados retóricamente por los co­ros. También aquí, como en el Carlos Es­tuardo (v.) y en las Poesías (v.), hay un difuso sentido de la tristeza de la vida con su grave admonición: «Memento mori». El mayor mérito artístico de la obra es el lenguaje cuidado, colorido y rico en imá­genes, que aquí se encuentra por primera vez en la literatura dramática alemana.

C. Baseggio

El Catalán Serrallonga y Bandos de Barcelona, Francisco de Rojas Zorrilla

Comedia dramática de Francisco de Rojas Zorrilla (1607-1648), en colaboración con Luis Vélez de Guevara (1579-1644) y Antonio Coello (1611-1682). Por la edad de los «Tres ingenios», se pue­de situar la obra entre 1635 y 1640. El pro­tagonista es el famoso rebelde don Juan de Serrallonga, tan popular en la historia y leyenda de Cataluña, en las luchas o «ban­dos» entre diversas familias que los autores llaman «los Narros y Caderes». Al principio de la obra, Serrallonga cuenta sus aventu­ras, y tiene lugar una escena con su viejo padre (don Bernardo), recogida por la le­yenda. El tipo femenino de doña Juana Torrellas es profundamente humano. El am­biente de bandoleros, con sus cantos y gri­tos; la aspereza campestre de algunas esce­nas, y la fijeza de caracteres, han hecho una obra perfecta con tres colaboradores (Coello en el acto I, Rojas en el II y Vélez en el III). El último acto con los rasgos de valor indomable de Serrallonga en la prisión, y su despedida de la vida, y la expresión de amor a Juana, termina con la muerte en el cadalso del protagonista, en donde «aun es­tando sin el cuerpo — la cabeza, está mos­trando — su nunca vencido esfuerzo». Co­rresponde la obra al género de «Comedia de bandoleros», típica de la Edad de Oro, en que la anárquica individualidad de los ca­racteres se une a virtudes de generosidad y nobleza. A su vez, recoge perfectamente la leyenda e historia catalana, con notable sim­patía, y dentro del concepto que se tenía de esta región en el siglo XVII (Cervantes, Tirso, etc.): personalidad acusadísima, lu­chas de estirpes, bandidos generosos; como desde el siglo XIX, en parte, se ha trasla­dado a una Andalucía a lo Merimée. Serra­llonga, ha sido tratado diversas veces en las letras catalanas contemporáneas (recorde­mos las poesías de Maragall) y actualmente ha sido llevado, con bastante acierto, al cine español.

A. Valbuena Prat

El Catalán de la Mancha, Santiago Rusiñol

[El catalá «de la Mancha»]. Novela del pintor, co­mediógrafo y narrador catalán Santiago Rusiñol (1861-1931), publicada sin fecha al­rededor de 1911. Posteriormente hizo una obra dramática en cuatro actos con el mis­mo título y tema que se estrenó el 6 de diciembre de 1918. Ignasi, un viajante cata­lán, se establece en Cantalafuente, imagina­rio pueblo manchego, y se casa con la hija del dueño del café. Al cabo de un tiempo llega de Barcelona otro catalán que huye de la policía porque ha participado en un levantamiento anarquista. El cafetero lo re­coge en su casa hasta que el catalán se de­cide a poner en marcha, mecanizándolo, el único molino de viento del pueblo. Obtiene el permiso del asombrado don Juan-Antonio Ruiz y Pérez de Castrovidos, que adminis­tra casi todas las tierras del pueblo. Pero la obsesión del catalán son sus ideas que difunde copiosamente a través de sus ser­mones sociales. Intenta hacer reformas por medio de la sociedad «La lira agrícola», pero muy pocos lo toman en serio. Entretanto, su hijo Joanet ha aprendido a torear gra­cias a Frascuelo, el vagabundo del pueblo, y, muy seguro, se marcha a ejercer su ofi­cio. Pero se enamora de la Golfa, una cu­pletista, que le disputa su amigo Faustino. La Golfa se inclina por éste y Joanet hace desesperadamente alardes de su bravura para impresionar a la cupletista, pero el toro le coge y el lidiador muere. El padre de Joa­net sigue predicando e incita a la huelga contra el administrador. Mientras intenta soliviantar a los tranquilos campesinos, una bala perdida mata a su amigo el cafetero. El catalán, ante la nueva desgracia, huye, sin rumbo, del pueblo. La obra tiene una raíz en el costumbrismo de Vilanova y de Estébanez Calderón. Pero es difícil separar lo bufo de lo serio, lo dramático de lo có­mico, ya que en Rusiñol la ironía asoma en cualquier momento. Algún crítico ha pues­to en duda el carácter de novela de esta obra, por la insistencia con que expone unas tesis que consisten en contrastar, por una parte, la rutina fatalista de los labriegos y el afán renovador del catalán, y por otra el idealismo delirante dé éste y el buen sentido de los campesinos. Hay también un lejano eco tartarinesco un poco atrabiliario. La mano del pintor se trasluce en las pe­netrantes descripciones del paisaje y de los pueblos.

A. Manent