Cartas de Italia, Ljubomir Nenadovic

[Pisma iz Italje]. Es el más interesante de los cinco volúme­nes de recuerdos de viaje del escritor serbio Ljubomir Nenadovic (1826-1855). Estas car­tas, escritas en 1851 y destinadas primero a su amigo Dimitrij Matic, se publicaron en la revista literaria «sumadinka» (La mu­jer de sumadja) dirigida por el mismo Ne­nadovic, y finalmente quedaron comprendi­das en la primera edición de sus obras completas (1881-1885). Más tarde fueron pu­blicadas separadamente. El autor habla mu­cho en ellas de Petar Petrovic Njegos, obis­po, príncipe montenegrino y poeta, autor de la Corona de la montaña (v.). El joven Nenadovic se encontró con el obispo durante su viaje por Italia, y este encuentro dejó en él una impresión profunda. La obra con­tiene la descripción de Nápoles, Pompeya y Roma. Hay también un relato de una as­censión al Vesubio y, siguiendo a Plinio, el autor narra extensamente la erupción y el fin de Pompeya; retrata con breves ras­gos la gente que encuentra; habla de los tu­ristas extranjeros con sutil humorismo; des­cribe su viaje por mar. Es interesante, entre otras cosas, la descripción de San Pedro en Roma, y de su encuentro con el Papa. Estas cartas, sin tener mucho valor artístico, es­tán escritas con sencillez y vigor. Nenadovic se proponía instruir y, sobre todo, divertir al lector, y esto lo consiguió felizmente. Su estilo es fácil y brioso, su lenguaje sencillo y perfecto. Por el humorismo bondadoso de que están salpicadas, estas Cartas constitu­yen hoy todavía uno de los libros más po­pulares entre el público serbio. Es el primer libro dedicado a Italia en la nueva litera­tura serbia.

L. Salvini

Cartas de Humanistas, Beck

[Humanistenbriefe]. Colección de epistolarios de huma­nistas alemanes, editada por Beck en Munich (1923-1940). Se han publicado hasta ahora cuatro volúmenes y constituyen no sólo una fuente de capital importancia para la historia del humanismo alemán y de sus relaciones con el humanismo italiano, sino también — juntamente con la densa misce­lánea de cartas varias publicada por Bócking en el apéndice a su edición de las obras de Hutten — la más sugestiva inicia­ción a la vida íntima de aquellos dos mun­dos tan estrechamente ligados y, al mismo tiempo, tan substancialmente diversos. El primer volumen, publicado en el año 1923 por E. Kónig, está dedicado a Konrad Peutinger, el «Stadtschreiber» de la ciudad de Augsburgo y hombre de confianza de Maxi­miliano I, el mismo que, fuera de Alema­nia, es conocido sobre todo por la Tabla Peutingeriana (v.), pero que, en realidad, en la historia política, diplomática y cultu­ral de la época, fue una personalidad de destacado relieve, y uno de los mayores pro­pulsores del humanismo por su avidez de saber, su variedad de conocimientos y su multiplicidad de iniciativas. No sólo Augs­burgo fue, desde muy pronto, y siguió siéndolo durante varios decenios, el centro cul­tural hacia el que convergían cuantos se interesaban por los nuevos «estudios huma­nos»; no sólo reunió poco a poco en su casa, gracias a asiduos y diligentes cuidados, pre­ciosas colecciones de manuscritos, libros monedas y antiguas obras de arte, dando al humanismo local un tono particular de «es­tilo Renacimiento» que elevó su nivel in­cluso en el campo de las artes figurativas, sino que — a través de su personal colabo­ración en las empresas artísticas del em­perador — ejerció, humanísticamente, una gran influencia en toda alemania. Erasmo, Celtis, Pirckheimer, Aventino, Brant, Reuchlin, Hutten, figuran entre sus corresponsales: y Lutero — como se lee en el acta de la sesión de la Dieta del 17 de abril de 1521 — al verle en Worms en aquel momento deci­sivo, se alegró de encontrarlo: —«Doctor Peutinger, seid ihr auch hier?» [«Doc­tor Peutinger, ¿también vos estáis aquí?»].

Relaciones sobre las numerosas embajadas que le fueron confiadas por el Concejo mu­nicipal, noticias acerca de problemas polí­ticos, jurídicos y económicos, intervenciones personales para facilitar el comercio con Venecia a la familia de los Welser — la fa­milia de su esposa, una de las principales de la ciudad después de los Fugger—, reco­mendaciones para asegurar prebendas y ca­nonjías a su cuñado Cristóbal, se mezclan así a estudios históricos, filológicos, genea­lógicos y arqueológicos, a discusiones eru­ditas, a proyectos de obras originales, a noticias diversas acerca de ediciones y tra­ducciones de textos antiguos — propias y de otros — o a informes relativos a las obras de arte y de imprenta protegidas por Maxi­miliano; y, entre una cosa y otra, se inserta el problema religioso, infundiendo a las com­plicadas peripecias de la historia y al fer­vor de los estudios y de las obras, la peren­ne herencia medieval, que va desde las dis­cusiones sobre el «estado matrimonial» del apóstol San Pablo hasta el proceso de Reuchlin y las cuestiones teológicas planteadas por la Reforma (v.). En la mescolanza he­terogénea que siempre ofrece la realidad, la correspondencia de Peutinger nos revela to­do un mundo lleno de contradicciones y fermentos, que se manifiesta concretándose en la palabra inmediata. El volumen se abre con un retrato de Peutinger reproducido de una medalla de Hans Schwarz; incluso físi­camente, la cabeza clasicizante del «Stadtschreiber» humanista, con su nariz aguileña, sus gruesos labios, su doble barbilla y su firme mirada de hombre que sabe lo que quiere, parece resumir en sí mismo la com­pleja multiplicidad de vida que el volumen documenta. El segundo tomo, editado por H. Ankwiej von Kleehoven, publicado en el año 1933 y dedicado a Cuspiniano, tiene por centro a Viena y ofrece una materia más sencilla y homogénea. Llegado desde su Franconia nativa a Viena en 1493, Cus­piniano, que se casó con la hermana del preboste de San Esteban e hija del «barbero de tres emperadores», Ulrich Putsch, alcan­zó rápidamente, gracias al favor de Maxi­miliano, los más altos cargos.

Profesor a los veinticuatro años, luego superintendente de la Universidad, más tarde prefecto de la ciudad de Viena, consejero imperial y em­bajador, se le definió agudamente como «el humanista en alta posición estatal». En rea­lidad, aunque en su juventud diera mues­tras de cierta familiaridad con las musas y en 1500 fuera «coronado poeta», su misma fisonomía de humanista estuvo determinada por esta característica: como «funcionario del Estado» contribuyó, con sentido práctico y agilidad de ingenio, a «hacer la historia» y a modificar la «geografía política» — y de ello son testimonio los importantes infor­mes acerca de su actividad política y diplo­mática ahora publicados —; como «humanis­ta» se ocupó principalmente de estudios geo­gráficos e históricos. Editor, entre otras obras, de Floro y de la Crónica de Otón de Frisinga (v.), coleccionista de mapas geo­gráficos y cosmográficos, autor de una obra historicogeográfica acerca de Austria, de Comentarios sobre los cónsules romanos y de un Catálogo de los emperadores de Occi­dente, sostuvo, con ocasión de tales estudios, relaciones personales y epistolares con los mayores sabios de la época, desde el Aventino a Bernardo de Cíes, desde Reuchlin a Pirckheimer; inmediatamente después de la dramática audiencia ante la Dieta convo­cada en Worms, Lutero le escribió, el 17 de abril de 1521, una célebre carta: «Ego ne apicem quidem revocabo in aeternum.» Por una ironía del azar, esta carta sigue en la edición actual a otra del más encarnizado adversario de Lutero, a propósito de los ata­ques del Eccius dedolatus, el propio Juan Eck. Pero — sic transit gloria mundi! — una vez muerto Maximiliano, también la «fama y el poderío» del erudito y del diplomático se inclinaron a su ocaso: su «Foelicianum» en Schwechat, que durante tantos años había sido una especie de «Tusculum» del huma­nismo vienés, lentamente dejó de ser el idílico lugar de reunión de los doctos; a pesar de los buenos oficios de Pirckheimer, el Cathalogus Imperatorum no encontró edi­tor; y la última carta del epistolario es un amargo y acre desahogo contra otro huma­nista conocido, Brassicano, que, mientras él está muriendo, da pruebas de no cuidarse en absoluto de su antiguo «protector»: esta carta parece el dedo amenazadoramente le­vantado de un hombre que está ya con un pie en la tumba.

El texto que se ha con­servado es precisamente del propio Brassi­cano, y lleva, de su puño y letra, en el reverso del folio, estas palabras: «Cuspinianus anno 1529 martii die 15!». Aún más allá de la muerte se preocupó, en cambio, de consolidar su gloria el «gran animador del humanismo» en Viena — y en otro tiempo maestro del propio Cuspiniano en Ingolstadt—, el «archihumanista» Conrad Celtis, al cual está dedicado el tercero y nutridísi­mo volumen de la obra que comentamos, preparado por H. Rupprich. De las 350 car­tas, aproximadamente, que constituyen su Epistolario, más de 250 — todas dirigidas a él, en parte transcritas personalmente, en parte transcritas por terceras personas por su mandato — constituyen un bloque com­pacto que el propio Celtis seleccionó, reunió y ordenó «para uso de la posteridad». No to­das son cartas de «colegas ilustres» — aun­que ninguno de los «más ilustres» falta a la cita epistolar—; preferentemente, son cartas de hombres por lo general desconocidos o poco conocidos, escolares o aspirantes a serlo; pero, como de cada uno de ellos figura generalmente una sola carta, su mismo nú­mero demuestra la vasta popularidad e in­fluencia que, en sólo cuatro lustros, desde su regreso de Italia en 1486 hasta su muerte en 1508, alcanzó Celtis. Y es fácil comprender su hechizo. Mientras el humanismo alemán venía orientándose hacia los «Realia» — la erudición y la ciencia — o hacia una formu­lación nueva de viejos problemas teológicos, él continuó manteniendo la fe en la buena tradición que no concebía separada, ni aun de los más profundos y severos estudios, el culto de la bella forma según el ejemplo de los clásicos; mientras el humanismo alemán — como si presintiera las próximas borras­cas — se hacía cada vez más «sedentario», satisfecho de sentirse «doctamente ocioso» en algún plácido sitial de canónigo o en al­guna mullida poltrona de las distintas buro­cracias donde cada vez volvía a tejerse, por debajo de los acontecimientos cambiantes de la guerra, lo que quedaba de la autoridad imperial, Celtis seguía siendo el hombre de los innumerables recursos y de sensibilidad pronta e inquieta, el hombre del «movi­miento perpetuo», ávido de vivir «et multa vivendi cupidus».

Fue efectivamente, entre los humanistas alemanes de la época, «el poeta» por excelencia. Entre las cuatro mu­jeres que, en los cuatro libros de los Amo­res, «dan fisonomía a la naturaleza y a la historia de las cuatro mayores regiones de alemania», una al menos, Hasilina von Reytonich, fue un personaje real: entre los años 1489 y 1491 Celtis la conoció mientras estudiaba matemáticas y física en Cracovia, y una carta que ella le envió, en lengua checa, mucho tiempo después, en 1500, y que él conservó — en doble ejemplar—, lo hace revivir ante nuestros ojos; es una car­ta amarga de desilusión, llena de recon­venciones: Hasilina ha sido invitada a cenar en casa de unos amigos juntamente con un joven humanista forastero; durante la cena se habla de poesía y de lo que son y lo que hacen los poetas, y el joven «magister» forastero saca del bolsillo un librito y ‘lee: es el primer libro de los Amores, y Hasilina figura en él con su verdadero nombre, y se describe punto por punto todo cuanto ha acontecido entre el poeta y su «besadora», «según suele acontecer entre un hombre y una mujer cuando se quieren bien»; ¡ah! éste es, pues, el agradecimiento que Celtis demuestra por «tantos beneficios recibidos»; un hombre de honor no habla de cosas se­mejantes, sino que las guarda en silencio en su corazón, y él, en cambio, Celtis, no sólo habla de ello, sino que lo escribe, y — según cuenta el «magister» forastero — «lo canta también, con acompañamiento de laúd y vio­lín». Pobre Hasilina, le sobra la razón. Y no obstante, el tono de la carta delata que, a pesar de su resentimiento, no acaba de lograr arrancarlo de su corazón, ya que, como todos ‘los hombres de vivos impulsos, Celtis era un «hombre de presa» y un «ato­londrado», pero era también generoso. «Pro­digalidad es tu nombre», le escribe una vez un colega de Ingolstadt. Y prodigarse era en realidad su modo de vivir, e incluso su modo de enseñar: en el «Collegium poetarum et mathematicorum», que en 1501 el emperador Maximiliano creó a sus órdenes y bajo su guía junto a la Universidad de Viena, Celtis «vivía» con sus discípulos; estudiaba con ellos, con ellos se divertía, «re­presentaba con ellos»; en Linz, en 1502, cuando puso en escena ante la corte im­perial su Ludus Dianae — espectáculo «more comoediae» según el modelo de los del Re­nacimiento italiano —, él mismo desempeñó el papel de primer actor, al lado de Pedro Bonomo, futuro obispo de Trieste.

No era tampoco celoso de sus ideas, iniciativas y «descubrimientos»; su primer impulso era dar parte de ellos a sus amigos: cuando des­cubrió — y quizás «arrebató», quién sabe dónde — la Tabula Peutingeriana (v.), se la envió a Peutinger, cuando descubrió el ma­nuscrito de Ligurinüs (Gesta de Federico I en Italia, v.), lo mandó a los amigos de Augsburgo, que cuidaron de su publicación. Le interesaba su gloria, pero le gustaba que también la hubiera para los demás, para to­dos los demás. Y en cualquier ciudad donde estuviera, aunque fuese por breve tiempo, todo el mundo se agolpaba espontáneamente a su alrededor; y de todas partes, junto al Vístula o junto al Rin, en Viena y en Heidelberg, en Nuremberg, en Augsburgo y en Lübeck surgieron a su paso «solidalitates litterariae» al modo de las academias italianas. Y todos le celebraban en verso y en dedica­torias o en prosas epistolares: le celebraban cuando llegaba y cuando se marchaba; le celebraron en un denso haz de epigramas cuando curó de su sífilis; le celebraron cuan­do murió y le celebraron después de muerto.

La edición de los Poemas breves (v.) y de los Dramas (v.) de Rosvita — otro «des­cubrimiento» suyo — hizo penetrar un rayo de su gloria hasta las clausuras de los con­ventos, y conmovió incluso a la severa y austera Sor Charitas del convento de las Clarisas, donde fue por treinta años superiora y desde donde hizo frente a todos los huracanes de la Reforma: pero ¿cómo? ¡Un hombre tan grande, tan sabio, tan célebre, no había desdeñado emplear su tiempo y su ciencia en sacar a luz los escritos de una simple monja, de una pobre «muliercula»! Antes de enviarle su carta de gracias, Sor Charitas, temblando de reverencia, hizo que le corrigiera el latín su hermano Willibald Pirckheimer, a fin de que resultase menos indigno del destinatario; lo único que la afligía en el fondo de su corazón era que siguiera malgastando su genio en poesías sobre «Diana, Venus y Júpiter», en vez de dejar «tales personajes» en el Infierno, «don­de a estas horas están ciertamente ardiendo». Existencias tales se consumen rápidamente: en la continuidad de la llama, las fuerzas de la vida arden, y así la existencia de Celtis, truncada antes de que alcanzara los cincuenta años, aparece como un mundo in­acabado. Desde el De situ Norimbergiae a las visiones paisajistas e históricas de los Amores, desde la edición de la Germania de Tácito al ensayo titulado Germania gene- ralis, la mayor parte de su obra de escritor había convergido hacia un vasto proyecto acariciado durante veinte años: una Ger­mania illustrata que con latina elegancia de lenguaje, en clásica nobleza de forma y si­guiendo el ejemplo de la Italia illustrata de Biondo, evocase los paisajes, las tiudades, los acontecimientos políticos, los usos y costumbres y las bellezas artísticas de las distintas regiones de su patria. Muchos co­laboradores entusiastas le enviaron materia­les desde los más alejados países, desde los Alpes tiroleses hasta el Mar del Norte, des­de Innsbruck a Dantzig. Muchos continua­dores entusiastas se propusieron proseguir el proyecto después de su muerte; pero na­die lo llevó a cabo; nadie podía hacerlo sino él. Ni siquiera lo logró el amigo que había alojado en su casa a Celtis cuando en 1487 el emperador Federico III le coronó poeta: Willibald Pirckheimer, a quien está dedicado el cuarto volumen de las Cartas de humanistas, preparado por E. Reicke.

Se­ñor por su nacimiento, fortuna y educación, pero con inclinaciones populares que respon­dían a su temperamento y estaban en el es­tilo del ambiente, Pirckheimer fue, también como humanista, el patricio de la «imperial y libre ciudad» de Nuremberg. Docto en el latín, el griego y el hebreo; poseedor de una de las más preciosas bibliotecas de la época; amante de las artes, escritor de geo­grafía e historia y poeta a ratos perdidos, supo también mandar las tropas de su ciu­dad puestas a disposición de Maximiliano en la guerra contra Suiza, y, llegado el caso, no rehusaba tampoco el combate sin­gular, como cuando le «rompió el hocico» a Kraft Vetter, hasta el punto de que el Concejo, reunido en tribunal de justicia de cinco miembros, le hubo de condenar a una multa, el pago de las costas y «dos días y dos noches de arresto en la torre, en una celda cerrada». Sólido, macizo, robusto, no tuvo probablemente en su juventud, cuando estudiaba en Padua, el exuberante «doble mentón» con que lo ha inmortalizado un célebre grabado de Durero; su «amiguita» Bernardina — después del regreso a su pa­tria — le siguió siendo fiel, a pesar de que sus amigos pretendieran que «se la había dejado en herencia». Y siguió siéndole fiel incluso cuando supo sus próximas bodas con Crescentia Kleter, «pudicissima et honestissima» muchacha con doscientos florines de dote; y le fue fiel hasta el punto de com­prar para él «chales y cendales venecianos» evidentemente destinados a su novia. «¡Ay, pobre de mí, que debo tenerte lejos de este corazón mío que no tiene ni tendrá jamás otro bien!», exclama, sin embargo, la carta que ella le envió; y por lo demás, aparte de sus próximas bodas, tampoco él debió ser insensible a este amor, desde el momen­to en que conservó la carta, excepto en un sólo punto donde el papel presenta un am­plio desgarrón, que corresponde al párrafo en que se describen las insistentes tentati­vas de sus desleales amigos para poner la mano sobre su bella durante el regreso de un banquete nocturno. Pero el «caro Bilibaldo», que de su «fidelissima Crescentia» se hizo regalar nada menos que seis hijos en ocho años de matrimonio, era robusto, vital y con amplia capacidad amatoria.

Cuando quedó viudo, conservó religiosamente el culto a la memoria de su esposa y no con­trajo nuevas nupcias; pero ¿cómo hubiera podido cerrar, aparte de eso, las puertas de su corazón? Las cartas de sus amigos están llenas de alusiones a sus «Buhlschaften». «Quod futuas, non improbo», le escribía des­de Bamberg su amigo el canónigo Lorenzo Beheim, y hasta cierto punto estaba orgu­lloso de que la «favorita» fuera su propia hermana, casada con un tal Porst, y casi no hay carta de Beheim en que olvide saludar a la «Porstin». «Porstin tuam et meam», como la llama más de una vez. Es verdad que Beheim había estado en Roma con Alejandro VI «familiaris ac dapifer et commensalis continuus» y que César Borja lo había elegido entre sus manipuladores de «preparados químicos» y que, por consi­guiente, no era hombre para hilar demasia­do delgado en fruslerías de este género. Pero también Pirckheimer sostenía corres­pondencia con él en el mismo tono y se in­formaba de sus desdichas cada vez que el amigo se buscaba alguna complicación o se debatía para salvarse de alguna reclamación de alimentos para algún niño venido al mundo no por su voluntad, sino «por volun­tad de Dios». Pirckheimer había estado cinco años en Italia, y Beheim más de veinte; y en este aspecto, es como si, juntamente con la «humanitas», el arte y el comercio, un soplo del cálido y excitante viento del Sur hubiera llegado a las riberas del Pegnitz, en la ciudad de San Sebaldo. Pero a la som­bra del severo «Burg», ceñido por sus ma­cizas murallas coronadas de torres, desde San Sebaldo a San Lorenzo, la vieja Nuremberg es toda ella un documento de un goticismo que ningún soplo de Renacimiento podía disipar; e incluso el «poderoso» Pirck­heimer, que tuvo seis hermanas y tres hijas monjas, no podía sustraerse a su influjo, y entre el cumplimiento de una embajada di­fícil y la compra de un bello libro o de una hermosa alhaja; entre la buena mesa y las bellas mujeres, por la noche soñaba en el infierno y luego se pasaba el día inter­pretando el sueño según los estudios de autores sacros y profanos, antiguos y mo­dernos, o bien — entre una y otra búsqueda de una buena tintura para el cabello — me­ditaba sobre las contradicciones del Géne­sis (v.) que hace «estallar la luz» en el primer día de la creación, mientras no hace «surgir el sol» hasta tres días más tarde; o bien, apoyándose en la doctrina del amigo Beheim, defendía contra Pico la base cientí­fica de la astrología.

Así, «in aedibus Pirckhaimeri», en la bella casa hospitalaria de la Plaza del Mercado, adornada con las imá­genes de Apolo y de las nueve musas, el Norte y el Sur, el Medievo y el humanismo, el espíritu del Renacimiento y el de la in­minente Reforma se encontraban, equilibrándose en el amor a las artes y las letras. Es el mundo de Durero. Y es natural que el puesto de honor del epistolario — por lo menos en este primer volumen que llega hasta el año 1505 — corresponda precisamen­te al grupo de cartas que Durero escribió a Pirckheimer desde Venecia, desde enero hasta octubre de 1506. Son diez cartas, es­critas en un alemán entreverado de pala­bras y frases italianas, que por la vivacidad de su colorido y lo inmediato de su tono, tienen, en ciertos momentos, un relieve digno del lenguaje de Cellini. Se ve al pin­tor moverse, con su barba en punta, en medio del mundo alegre, chismoso pero fer­viente, de obras de artistas venecianos de la época: era un extraño «ospite nordico», y aunque Sambelling (Giovanni Bellini) «muy viejo pero todavía el mejor en el arte de pintar» le «alababa delante de muchos gentiles hombres», no faltaban incompren­siones y críticas. Pero se siente en estas cartas el estado de euforia propio de los artistas en los momentos de intenso desarro­llo y de plenitud creativa; y, para inducirle a volver a la patria, Pirckheimer tuvo que amenazarle con «poner una lavativa» a su mujer — éste era el tono de la correspon­dencia entre los dos amigos —. Por fin se decidió, pero ¡ «qué hielo» era aquel a cuyo encuentro iba después de «tanto sol»! «O wie wird mir nach der Sunne frieren!». Wólfflin ha afirmado que la exclamación no debe entenderse como expresión de un sen­timiento personal, sino como un «lugar co­mún» que se halla en otros escritores de la época, como, por ejemplo, Hans Sachs. Pero los «lugares comunes» no tienen esta evi­dencia de imagen, este concentrado pathos y este acento tan lírico. El hecho de que otros hayan repetido esta frase indica únicamente que ésta, además de expresar el sentimiento personal del gran pintor, responde también al sentimiento de toda una generación, como siempre acontece con la palabra que es una vibración de poesía.

Y las cartas de estos cuatro volúmenes lo demuestran. En torno a los cuatro personajes principales están casi un millar de humanistas grandes y pe­queños, y los «adeptos del humanismo» de quienes se^ incluyen cartas o a quienes se hace alusión en los comentarios — ejempla­res por la riqueza de su información y por su precisión — que los doctísimos editores les han añadido; y, en relación con Italia, se presentan todos, o casi todos, en esta misma actitud. Directa o indirectamente, se forman en la «experiencia italiana»; pero, una vez formados — aunque no griten toda­vía el «Los von Rom» de Hutten y Lutero — se sienten distintos; y afirman con mayor o menor fuerza su propia individualidad; pero la separación no es nunca total: van por su camino, pero no logran sofocar por en­tero la queja: «O wie wird mir nach der Sunne frieren!».

G. Gabetti

Cartas de Guittone d’Arezzo

El epis­tolario de Guittone d’Arezzo (alrededor de 1230-1294), publicado en 1745, comprende 36 cartas de temas variados. De ellas se desprende con mayor claridad que de su producción poética, la figura de un Guittone moralista, sentencioso y sermoneador ade­más de escritor pulquérrimo. La importan­cia histórica y técnica del epistolario de Guittone reside en la circunstancia de ser el primer epistolario en lengua vulgar con propósitos netamente literarios y con la aplicación insistente, minuciosa e implacable de todos aquellos recursos rítmicos y es­tilísticos sugeridos por las «artes dictandi» medievales. Aquellos preceptos, aplicados a la lengua vulgar, conferían necesariamente a la prosa un ritmo y una tensión distinta­mente poéticos; los dos procedimientos se confundían fácilmente uno con otro, y la epístola se componía en correspondencia de sones, de ritmos y de temas según un vago pero perceptible sistema estrófico. En efec­to, ocho por lo menos de las cartas de Guit­tone se pueden descomponer en versos, y tres de ellas presentan un esquema muy preciso; en todas, además, el «numerus» del verso ondea y resuena en forma evidente y ostentosa.

La mayor preocupación de Guittone es la de evitar el tono y la cadencia comunes del lenguaje hablado; aliteracio­nes, asonancias, sucesiones y repeticiones de sones, juegos etimológicos, amplificaciones y desarrollos paralelos o simétricos, o anti­téticos, o cruzados por temas verbales y lógicos confieren a su prosa un carácter típi­co que deriva de la presencia simultánea de elementos diversos y opuestos: el rudo y estricto vigor de la argumentación, dislo­cado, retorcido o enrarecido por su artifi­ciosa estilística. «Soprapiacente donna», co­mienza una carta, que es toda ella un desarrollo lógico verbal del tema de la «per­fección» y en la que parecen anticiparse ciertas ideas del «stil nuovo»; «sobreplaciente mujer de toda cumplida sabiduría, de mé­rito coronada, mi digna dama cumplida… el omnipotente Dios puso en vos tan maravi­llosamente cumplimiento de todo bien, que más parecéis angélica criatura que terrena, en dicho y en hecho…». Conocidísima es la carta a los florentinos, escrita algo después de la canción «Ahi lasso!, or é stagion di doler tanto!», pero en estrecha relación con ella, y en la cual coexisten de la manera más típica el entonado artificio del estilo con un apasionamiento vigorosamente sen­tencioso y requisitorio. Admirado e imitado por sus contemporáneos, el epistolario de Guittone es apreciado menos por sus resul­tados artísticos, que por su significado técni­co y literario en la historia de la prosa italiana de los siglos XIII y XIV; representa el esfuerzo más notable de ennoblecimiento literario de la lengua vulgar italiana, y está por tanto, dentro de sus límites, en la línea de desarrollo de la prosa italiana que con­duce al Convivio (v.) dantesco y al Decamerón (v.) de Boccaccio.

D. Mattalía

En Guittone está ya madura la prosa ita­liana de pensamiento, hasta en las ondula­ciones rítmicas que a veces la incitan a re­cordar el canto. (F. Flora)

Cartas de Delacroix., Philippe Burty

Publicadas en principio bajo este título por el crítico de arte Philippe Burty (1830-1890), fueron des­pués objeto de una edición más copiosa (en cinco volúmenes) establecida por André Joubin (París, Librería Plon, 1936-1938) con el título Correspondance générale de Delacroix (1804-1863). Esta colección de car­tas es muy valiosa por venir a completar felizmente el Diario (v.) del pintor. Como su comentador hace observar, este último ofrece dos grandes lagunas en la vida de Eugéne Delacroix (1799-1863): el período anterior al año 1822 y el comprendido en­tre 1825 y 1847. O sea que sin esta corres­pondencia nada sabríamos de la madurez del gran pintor ni de su adolescencia. Gra­cias a la obra de A. Joubin, se puede seguir sin interrupción la existencia de Delacroix desde sus años de colegial hasta su muerte. La correspondencia podemos dividirla en cinco partes: los años de colegio y apren­dizaje (1804-1822); los años románticos (1822-1831); el viaje a Marruecos (1832); el período de los grandes trabajos (1833-1853), y los últimos años (1855-1863). La adoles­cencia del pintor fue una etapa difícil y melancólica. Huérfano a los quince años, físicamente débil y ansioso de afectos, el muchacho se ve obligado a vivir en casa de una hermana, que no le guarda mucho cariño, iniciándose así pronto en el apren­dizaje del dolor. Por fortuna hay otro aprendizaje, el de su arte, que, en cierto modo, le compensa del primero. A los die­ciocho años entra en el estudio de Guérin, mostrándose desde el principio rebelde a las enseñanzas académicas.

Experimenta, por el contrario, la influencia de Géricault y se aplica al trabajo buscando certeramente su verdadero camino. Su obstinación no es arbitraria, se asienta en base firme: su Bar­ca de Dante, que presenta al Salón de 1822 produce el efecto de un trueno y crea su reputación. Dos años más tarde (Salón de 1824), la Matanza de Scio consolida su prestigio, y Delacroix se convierte en el jefe de la escuela romántica. Los encargos oficiales se suceden junto con las adquisi­ciones de sus cuadros por el Estado, y todo parece indicar que Delacroix reina ya sobre país conquistado. Nada de eso. En 1827, su prodigioso Sardanápalo escandaliza a las gentes y le lanza al arroyo, viéndose obli­gado a vivir con suma estrechez. Bien es verdad que una nueva obra maestra le destaca nuevamente en 1831: la Libertad en 1830. Por entonces, su fama es tal que se acuerda autorizarle para que se una al conde de Morny en su embajada cerca del Sultán de Marruecos. Esta etapa de seis meses ejerce una influencia decisiva en la vida de Delacroix al arrancarle de su taller y hacerle entrar en contacto con el mundo islámico. Aquí el pintor cobra afición por los caballos y tigres, por el mar y sus cria­turas. Por otra parte, este descubrimiento le iba a servir de puente para penetrar en el mundo antiguo, y la visión de los árabes le sugiere la antigüedad griega y romana. Ayudado por su genio, el artista evoluciona de este modo del romanticismo al clasicis­mo. De estos hallazgos tan importantes para su obra nos hablarán las gozosas cartas que dirige, no a sus camaradas de juventud, sino a Balzac, Dumas, Stendhal, Víctor Hugo y al Director de Bellas Artes, Sosthéne de la Rochefoucauld.

A partir de su regreso de Marruecos, se abre para Delacroix el período fecundo de sus grandes trabajos: veinte años de incesante producción, duran­te los cuales el maestro dotará a la pintura francesa de algunas de sus más auténticas obras maestras (cuadros de caballete) junto con numerosas composiciones decorativas: el Salón del Rey i 1833-1837), la Biblioteca de la Cámara y del Senado (1838-1847), el techo de Apolo en el Louvre (1848-1850) y el Salón de la Paz en el Ayuntamiento (1851-1853). Como un verdadero titán, lu­cha con las formas hasta dominarlas sin que su inspiración dé paso a un momento de desmayo. Toda la correspondencia que se relaciona con esta época (1833-1853) es particularmente numerosa y fiel reflejo del poder creador de su espíritu. Leyéndola se comprueba que su existencia fue un per­petuo combate. Théophile Gautier hace ob­servar en alguna parte: «Aunque hablando afectaba cierta frialdad, Delacroix partici­paba más que nadie de la fiebre de su épo­ca». Y refiriéndose más adelante al escán­dalo que suscitaba con cada uno de sus cuadros, resumía así la situación: «Se le atacaba con tales injurias, que no se ha­brían podido encontrar otras más groseras dirigidas a un asesino». Registremos, en fin, este rasgo sobre su genio: «Aunque trabaje como pintor, siente como poeta, y el fondo de su talento está hecho de literatura». Le­jos de encerrarse en la representación ex­clusiva de los mismos objetos, Delacroix tendió toda su vida a traspasar los límites de lo posible. La Exposición Universal del año 1855 fue decisiva en este sentido, encontrándose reunida en ella su obra entera. A partir de aquí, la Correspondencia del pintor cobra un tono patético y los últimos años de su vida nos brindan un espectáculo de sombría grandeza. Afectado desde hacía tiempo por una laringitis, la enfermedad, de carácter tuberculoso, hace de pronto rápi­dos progresos y sus cartas aparecen domi­nadas por la angustia de la muerte.

Esti­mando que aún no ha acabado su obra, Delacroix se encierra en la soledad. «Cuan­do en este mundo — escribe a una de sus bellas amigas — ya no queda nada por ha­cer, es preciso seguir trabajando so pena de morir de tristeza». Sus últimos años los emplea en la decoración de la capilla de los Ángeles, de Saint-Sulpice. Empresa titá­nica. Se sabe que el viejo maestro residía entonces en Champrosay. He aquí cuál fue su régimen de vida en estos terribles meses: «Todos los días — escribe a uno de sus pri­mos — me levanto a las cinco de la ma­ñana, para poder coger el primer tren, y hacia las ocho y media ya estoy en el tra­bajo. A las tres regreso a Champrosay y aquí ceno temprano para acostarme también pronto. Haciendo esta extraña vida, espero poder terminar mi obra». En su estudio de la calle Furstenberg (que él llamaba su madriguera) muere en presencia de la vie­ja bretona Jenny Legnillon, entregada fiel­mente a su servicio desde 1820 para cuidar de él sin descanso en su largo martirio.

Cartas de Ariosto

[Lettere]. Importan­tes documentos de la vida de Ludovico Ariosto (1474-1533) son sus Cartas en len­gua vulgar, recopiladas orgánicamente por primera vez por Antonio Cappelli en 1862, y en una nueva edición aumentada, dedi­cada a Luigi Cibrario, en 1866. Se trata de cartas de negocios y profesionales, de go­bierno y de política, dirigidas a Hércules I y a Hipólito de Este, a Equícola, a León X, a los Ancianos de la república de Lucca, al Bembo y a otros numerosos personajes e instituciones ciudadanas. Siguen cartas es­critas en nombre del cardenal Hipólito, y proclamas publicadas durante el gobierno de la Garfagnana. En todos estos textos se nota un sentimiento preciso y metódico del deber, y un severo cuidado de las funciones que tenía asignadas. Al lado de las Sáti­ras (v.), se nota en las Cartas generalmente improvisadas, y si no pulidas en la forma, por lo menos escritas con inmediatez y vi­vacidad, un mundo de cosas prácticas, entre cuestiones políticas y rivalidades de intere­ses, que está muy lejos de la atmósfera poé­tica del Orlando furioso (v.). Aquí está la vida del autor, entre sus exigencias fami­liares, los deberes de su cargo y la variada naturaleza de la sociedad de su tiempo: aspecto profundamente humano que explica el valor de sus desahogos satíricos pero justifica también los ribetes políticos y mo­rales del poema y precisa su alcance en el cuadro de las condiciones de Italia. Estas Cartas revelan el buen funcionario que se interesa por someter a los bandidos y ase­gurar una relación política, calmar una discusión que va para largo o resolver una cuestión relativa a milicias o a fronteras, y es una zona humana que muchos descui­dan al estudiar la vida de Ariosto y tratar de comprender sus motivos espirituales a menudo en conflicto, como en las Sátiras, pero ligada además a un fermento de senti­mientos y motivaciones de los que surgirá cada vez más pura la creación del poema, verdadera flor del Renacimiento y de la agi­tada y atormentada vida del artista.

C. Cordié