La Ciudad del Vicio, osé Valentim Fialho de Almeida

[A Cidade do vicio]. Narraciones del escritor portugués José Valentim Fialho de Almeida (1857-1911), publicadas en 1882. La obra se inicia con una «Sinfonía da abertura», escrita en prosa bien rimada, de colorido rico, y con­tinúa con «Los jovencitos» [«Os Novilhos»!, «Noche en el río» [«Noite no Rio»], «Aban­dono del Palomar» [«Abandono do Pombal»], «El hurto» [«O Roubo»], «Mater Dolorosa», «Mefistófeles y Margarita», «La camisa» [«A Camisa»], «El Mayorazgo» [«O Morgato»] y «La Virgen del Camposanto». Este último es el más bello cuento del libro y uno de los más característicos escritos por el autor. En él revela sus procedimientos técnicos, su temperamento emotivo y su exquisita sensi­bilidad. Arturo, un escultor, ama a Judit, una joven tísica; pero su amor es tan pura­mente contemplativo que ni siquiera llega a despertar sus sentidos. Judit tiene una sen­sibilidad aguda y enfermiza, fruto de taras hereditarias; Arturo, absorto en sus sueños artísticos, piensa cuán hermosa será aquella gracia esculpida en mármol, y escoge a Ju­dit como modelo; pero aún no ha terminado la estatua cuando la muchacha muere. Ar­turo está tan apesadumbrado que rompe la estatua, en la que había expresado genial­mente toda la frágil y cándida inocencia de la niña querida, es decir, todo lo estética­mente único y espiritualmente raro que ella expresaba con su pobre cuerpo. Todos estos cuentos, en los que los motivos más mórbi­dos y apasionados del Romanticismo tardío se reviven con simpatía, nos dan la medida de un escritor que sabe transferirse esti­lísticamente a un mundo soñador y vago, pero de contornos firmes y decididos; y por tanto alejado de las complicaciones de una psicología sombría e intrincada.

L. Panarese

Ciudad del Rey de Amor, Jacme March

[Ciutat del Rey d’Amor]. Obra del poeta catalán Jacme March (1335-1410), escrita en noves rimades hexasilábicas (al modo provenzal), falta de principio. Se componía en 31 de agosto del año 1370, fecha de una carta que forma parte del poema (vv. 231-274). Nos ha lle­gado en la copia del pequeño cancionero de la biblioteca de Estanislau Aguiló, en Palma de Mallorca (siglo XV), y ha sido publicada entera por primera vez por A. Pagés en la revista francesa «Romanía», nú­mero 54, 1928. Lo conservado de esta obrita consta de 366 versos. Su argumento es muy sencillo. Una embajada al rey del Amor le pide una disposición que proteja a los finos amantes y castigue a los otros. El rey se aconseja con Secret, Lealtat y Conexenca, y acuerda edificar una nueva ciudad, en don­de sólo podrán residir los leales amadores. El rey hereda en esta ciudad al poeta y le entrega una carta fechada en la Joyosa Guarda, invitando a los leales amantes a ir a poblar la nueva ciudad. La alegoría de la Ciutat del Rey d’Amor es del mismo género que la de la primera parte del Román de la Rose (v.) de Guillaume de Lorris. Aquí el Dios de Amor reina en un bello vergel so­bre los fieles amantes, quienes viven así se­parados de los vulgares amadores. La obrita de Jacme March se inspira por completo en los principios del amor cortés y se debe totalmente a ellos. Otras influencias son más superficiales o más episódicas. La más vi­sible es el nombre de la Joyosa Guarda, don­de el rey firma sus cartas. Idéntico nombre llevó el castillo de la Dolorosa Guarda, des­pués que fue conquistado por Lanzarote, en el que éste vivió felizmente con la reina Gi­nebra, hasta que el rey Artús le sitió en él.

P. Bohigas

La Ciudad de las Aguas, Henri de Régnier

[La Cité des Eaux]. Recopilación de poesías de Henri de Régnier (1864-1936), publicada en París en 1907. La parte más original, que da el título al volumen, está dedicada a la mag­nificencia de Versalles y a los recuerdos his­tóricos del Palacio. El poeta, con la nos­talgia de un mundo para siempre en el ocaso, se dirige a las fuentes, a las estatuas, a los árboles del parque, para revivir la dulzura del aura del siglo XVIII, que todavía se refleja en ellos. Versalles ya no tiene sobre la corona de los reyes los lises que la ador­naban antaño, y la ninfa que hablaba por boca suya ha callado definitivamente. Pero en la admiración de los descendientes, an­gustiados por una triste realidad contempo­ránea después de la ruina del antiguo régi­men y la aurora sangrienta del nuevo, la espléndida ciudad de las fiestas, de los bai­les y de los paseos solitarios vuelve a soñar el momento de su inolvidable felicidad («Salut á Versailles»). Así, en varios sonetos dedicados a partes del palacio — la fachada, la escalera — o a las fuentes y a las esta­tuas, el poeta cincela con refinada finura los esplendores de aquel mundo, y el deli­cado suspiro de una edad lejana se refleja en la contemplación de lo moderno que quiere hacer suya una lección de belleza: único retazo de una cruel Historia. Otros ciclos de poemas («Le sang de Marsyas» y «Ode et poésies», en particular) acentúan la habilidad estilística de De Régnier, poeta finísimo en los particulares momentos des­criptivos, tanto como carente de verdadera armonía de creador. Son especialmente no­tables aquellos por los que desfilan ninfas y sátiros mostrando el ferviente y mesurado clasicismo al que ha llegado el poeta ya simbolista. Bastante interesante, incluso en comparación con otros poetas y, en par­ticular, con el d’Annunzio de Alción (v.), es «Le centaure blessé», que pertenece a otro grupo de poesías, las «Inscriptions lúes au soir tombant». Testimonian un tenaz amor a un país a menudo visitado, por sus bellezas de arte y sus recuerdos históricos (v. también El pasado vivo), los «Quatre poémes d’Italie», en los que se cantan en especial los esplendores de Roma, Verona y Venecia.

C. Cordié

La Ciudad de la Noche Terrible, James Thomson

[The City of Dreadful Night]. Poemita de James Thomson (1834-1882), publicado entre marzo y mayo de 1874 en el «National Reformer» y en 1880 en un volumen con otras poesías. Thomson describe en él una sim­bólica ciudad de las tinieblas, que no cono­ce la luz porque al aparecer el sol se disuel­ve como los sueños, si bien continúa pre­sente en el pensamiento y en el corazón de los que no conocen la luz de la esperanza. La ciudad tiene un templo, en el que se predica la religión de la nada; está atra­vesada por el río del suicidio. Por sus ca­lles oscuras circulan como fantasmas sus habitantes, la mayor parte hombres madu­ros, raramente jóvenes, pocas mujeres y sólo algunos niños; antes de penetrar en ella, han abandonado toda esperanza en la vida y el único alivio, para su desesperación, consiste en la seguridad de morir. Son pa­tentes en Thomson las influencias de la lite­ratura italiana (conoció y tradujo al in­glés obras de Leopardi); pero también lo son las reminiscencias dantescas, que pue­den reconocerse en la ciudad terrible y en la desesperación de sus habitantes, reminis­cencias reabsorbidas por la sensibilidad mo­derna del poeta, para el que la escena vie­ne a ser una especie de imagen de la con­ciencia y del mundo interno de los hombres, configurado como una ciudad, con su curso de agua, símbolo de la muerte y la eterni­dad, y con sus turbios laberintos.

Es ésta, sin duda, la mejor obra de Thomson. El do­lor de vivir, la romántica fascinación de la desesperación, que puede decirse que son el tema central de casi toda su obra poéti­ca, se acentúan y profundizan en tono más decisivo en La ciudad de la noche terrible, en la que la desesperación se acepta como la constatación del fin de aquellos valores espirituales y religiosos que han hecho posi­ble la vida de los hombres. En el poemita debe verse indudablemente el resultado de una insatisfacción que hacía germinar en la conciencia colectiva el optimismo dema­siado fácil y superficial de la época victoriana, época que había sustituido los valores trascendentales del espíritu por la moral utilitaria; pero también debe reconocerse en la aparición prematura del poemita res­pecto a la reacción antivictoriana, y en su carácter particularmente intenso, el signo de la situación personal del poeta, que fue conducido a su desconsolada concepción de la vida, por causas individuales que hirie­ron y amargaron su juventud. Es posible ver también en Thomson, producida por la acción de teorías anárquicas absorbidas en Londres, una posición extrema del indivi­dualismo, que, abolido todo otro valor, termina por devorarse a sí mismo. La oscura atmósfera y el profundo pesimismo hicieron que el público no acogiera la obra favora­blemente; pero por la intensidad del senti­miento, por la concentrada fantasía y por la musicalidad del verso, que, casi por con­traste, acrece la desolación del tono, queda la obra como una de las manifestaciones más intensas de la poesía inglesa del si­glo XIX. El mismo título lleva también un cuento de Rudyard Kipling.

S. Rosati

La Ciudad de la Niebla, Pío Baroja

Obra del gran novelista español Pío Baroja (1872- 1956), publicada en 1909. Con La dama errante (v.) y El árbol de la ciencia (v.), constituye esta novela la trilogía de La raza. Responde al criterio, enunciado en otra oca­sión por Baroja, de novelar una serie de episodios coherentes de la España contem­poránea. Tenemos aquí los mismos perso­najes^— me refiero a los protagonistas — que ocuparon las páginas de La dama erran­te (el doctor Aracil y su hija María), insta­lados ya en Londres, después de las tenta­tivas revolucionarias narradas en la novela precedente. Dos partes forman la estructura de la novela: en la primera, los Aracil son todavía la unidad indivisa, mientras que en la segunda, María, independizada por la boda de su padre, lucha en soledad por abrirse camino en la dureza de la vida lon­dinense. Al final, las personas vuelven a unirse; el doctor Aracil regresa tras el fra­caso de su segundo matrimonio en tierras de ultramar, y Maria, casada con un pa­riente suyo, es «una señora sedentaria y tranquila», madre de un hijo. La novela tiene una precisa arquitectura en torno a la evolución espiritual de los personajes y a su deambular por la amargura del exilio. Pero esa unidad, rara vez alterada, es como la lanzadera que fuera urdiendo el vivir sereno o el fugaz tránsito de tantas cosas como Baroja va poniendo ante nuestros ojos. En ambas partes hay logradas descripciones de paisajes londinenses, visiones impresio­nistas, tamizadas por el suave velo de una neblina o de una lluvia cernida, que hace pensar en alguno de los más bellos cuadros de su hermano Ricardo (¿cómo no recordar El muelle de los orfebres parisino?).

Sin embargo, la galería de tipos varía mucho en una y otra parte. En la primera, el hotel sirve — como tantas veces en la obra de Baroja — de cita a una serie de tipos y ti­pejos en los que abunda sobre todo la mesocracia, con brillos y tristezas, pero con el relativo fulgor que da la vida de sociedad, por modesta que sea. En el vórtice de esa vida se pierde el doctor Aracil, casado con la señora Rinaldi, una viuda sudamericana a quien María no quiso servir. La gente que pulula por la segunda parte es muy otra. Es una colección de personajes movidos en la dura necesidad de un vivir nada agradable. Son los tipos exóticos, como la rusa y su hijita, el polaco, los judíos, etc. Gentes para quienes la vida tiene mucho de áspera exi­gencia y de angustiosa desazón. Es lógico que en este mundo, como evasión de la ac­tualidad hostil, haya cierta huida hacia un Londres visto a través del pasado: llámense consideraciones arqueológicas, valoraciones artísticas, crítica literaria o como queramos. Porque de todo esto hay abundantemente en la novela. Todo visto — por supuesto — con las pinceladas sueltas y precisas de un cua­dro impresionista, pero, también, como era de esperar, con un atroz pesimismo y con unas notas agrias y duras que hacen pensar en lo que Solana significó para la pintura española contemporánea; válganos un solo botón de muestra, aquel en que se describe la presencia de unos mendigos por las ca­llejuelas de Whitechapel Road. Los dos ti­pos principales de la novela ofrecen una acabada evolución psicológica. El doctor Ara­cil, lentamente ganado por la abulia, acaba cayendo en un absurdo egoísmo, en el que impensadamente pretendía sacrificar a su hija. Ésta, María, es la mujer fuerte y abne­gada para quien no existe la palabra clau­dicación.

Ella sola — contra todos — apoya­da por el consejo de su pariente Venancio o por la escasa ayuda de Natalia, la amiga rusa con la que vive, va sobreponiéndose a los ramalazos adversos hasta hacerse dueña de su propia libertad. Natalia, fatalista, sa­crificada, podría ser una criatura sacada de la novelística eslava (tan finamente estudia­da nos parece), como Vladimir, el fácil ena­morado, fracasado — también esto podría ser doctoievskiano — en una hondura de cobar­días. Vidas y gentes movidas en sombras y tristezas; para ellas, los barrios sórdidos de Londres y la hostilidad de una ciudad, ciega, a las criaturas que entre sus garras se de­baten.

M. Alvar