Atribulado Bonhomet, Philippe- Auguste Williers de l’Isle-Adam

[Tribulat Bonhomet]. Son cinco narraciones de Philippe- Auguste Williers de l’Isle-Adam (1838-1889), publicadas en 1887. Entre todas se dis­tingue, incluso por su amplitud, «Clara Lenoir», un largo cuento (escrito en 1867) que se puede comparar con los Cuentos crueles (v.) del mismo autor, con su ho­rror y su angustia, que recuerdan a Poe, su pasión metafísica y su odio al espíritu burgués. Atribulado Bonhomet (v.), figura que sale en los cinco cuentos, es aquí un burgués mezquino, un áspero positivista; frente a él están Clara Lenoir, la fe pura e iluminada, y su marido, con el pensa­miento vacilante entre hegelianismo y prácticas espiritistas. A través de unas largas discusiones ponen de manifiesto sus almas, y se crea la atmósfera del drama.

Lenoir, anciano, enamorado y muy celoso de su joven mujer, siente en su interior el alma de un caníbal, y la sed de la más in­humana venganza, caso de darse cuenta de la culpabilidad de su mujer. Él muere, y su mujer (que cayó fugazmente en pecado con un joven oficial inglés, y sufre los consi­guientes remordimientos), tiene en seguida la certidumbre de que su marido lo sabe, y la está maldiciendo. El oficial, al que por casualidad Bonhomet conoció, muere en una isla de Oceanía; un salvaje indígena le corta la cabeza. El primer aniversario de la muerte de Lenoir, Bonhomet encuentra a la viuda, muy enferma, que le confiesa que más de una vez vio en sueños a su ma­rido, con el aspecto de un peludo salvaje de Oceanía. Precisamente en aquel mo­mento vuelve a verle afilando una larga navaja, y muere en la horripilante visión. El terrible Bonhomet busca la última ima­gen en la pupila de la muerta, y con un oftalmoscopio vislumbra, en un fondo sal­vaje, un caníbal, que se parece de una manera extraña al muerto Lenoir, llevando en las manos una cabeza cortada que le re­cuerda las facciones del oficial inglés. Bon­homet, negador del espíritu, es derrotado por haber querido mirar en el Infinito «por el hueco de la cerradura». Williers, al igual que en su Eva futura (v.), se sirve de los datos más inciertos y de las más difíciles ciencias, para crear esta ficción terrible y poderosa. Algo abstractas las figuras del matrimonio, aunque Bonhomet, que de la comicidad inicial llega a una cruda y hela­da tragicidad, es una extraña y fuerte creación.

El horror científico-filosófico tie­ne aquí una intensidad que lo diferencia del de Poe. De los otros cuatro breves cuentos es magnífico el «Matador de cis­nes», donde Bonhomet aparece como un sádico intelectual que aprieta las gargan­tas de los cisnes y delicadamente los mata para gozar de su último canto. Los restan­tes son inferiores. En uno de ellos el mis­mo héroe propone explotar los terremotos, exactamente previstos, enviando, a los lu­gares destinados a la ruina, la inútil hues­te de los poetas; en otro aconseja te­ner abiertos los bares hasta muy entrada la noche para que el vino y la vida nocturna impidan al pueblo hacer las revoluciones a la mañana siguiente. En el último, enfer­mo, a punto de morir, aparece delante de Dios, al que habla con chistes bastante fal­tos de gracia, y Dios le vuelve a enviar entre los hombres. Este es algo pobre, y el tipo pierde toda consistencia y razón.

V. Lugli

Villiers es nuestro Edgar Poe, y Atribu­lado Bonhomet no es más que un cuento cruel. (Gourmont)

La obra de este bretón alucinado y qui­mérico es para nosotros mucho más precio­so que la del profeta Gobineau o de Bar- bey. Es uno de los más grandes poetas de nuestra literatura. Creó un tipo, Atribulado Bonhomet, este Homais agigantado a la luz de la luna. (Thibaudet)

Ugetsu Monogatari, Ueda Akinari

[Cuentos para los meses de lluvia]. Colección de cuentos japoneses, de espectros y espíritus, escritos por Ueda Akinari (1732-1809), publicados en 1776. Son casi todos de inspiración china, y una imitación o una recomposición de los cuentos contenidos en el Chien Tëng Hsin Hua [Nuevos cuentos escritos despabilando la lámpara], de Ch’ü Yu de la dinastía Ming (1368-1643).

De estos cuentos son no­tables: «Shira-mine» [«La cumbre blanca»!, «Kikkwa no chigiri» [«La promesa entre los crisantemos»], «Ja-sei no in» [«Lascivia serpentina»] y «Himpuku-ron» [«De la po­breza y de la riqueza»]. El valor literario de estos cuentos estriba en su estilo, arcaico y algo amanerado, aunque exquisitamente clásico y florido. La fantasía y los elemen­tos misteriosos e irreales, de que el libro rebosa, hacen su lectura encantadora y emo­cionante.

Y. Kawamura

El Monje, Matthew Gregory Lewis

[The Monk]. Novela del es­critor inglés Matthew Gregory Lewis (1775- 1818), publicada en 1796. En esta obra ju­venil, Lewis continúa la novela terrorífica de Radcliffe.

Narra la historia de Ambro­sio, prior del convento de capuchinos de Madrid, quien es tentado por la disoluta Matilde de Villanegas, que ha conseguido entrar en el convento vestida de hombre. Ambrosio se convierte más tarde en amante de una de sus penitentes, a la que con­quista con medios complicados y absurdos, como la magia, y con expedientes más prácticos, como el delito. Para no ser des­cubierto, Ambrosio llega a matarla, pero es acusado, torturado y procesado por la Inquisición y, finalmente, condenado a muerte. Hace un pacto con el diablo para escapar de la sentencia y del auto de fe, pero el diablo le traiciona y le hace morir condenado.

La novela es una mezcla cu­riosa de hechos sangrientos, de diablerías increíbles, de obscenidades y brutalidades. Se imprimió furtivamente en su forma ori­ginal completa. Lewis se inspiró en las novelas de terror, tan en boga en su tiem­po, pero es también probable, puesto que había viajado por alemania, que influyeran en él las novelas de Bürger, los dramas de Schiller y la novela de Heinse (v. Ardinghello, de 1785). Aunque alcanzó bastante éxito en su momento, la novela fue desaprobada por muchos, incluso por Byron. A pesar de sus increíbles extravagancias, contiene escenas de cierto vigor, y algunas de las invenciones más ridículas e invero­símiles están, sin embargo, bien estruc­turadas. A la manera de Radcliffe, Lewis intercaló en su novela poemas, entre ellos la balada de «Alonso el Bravo y la bella Imógenes» [«Alonzo the Brave and the Fair Imógenes»], que es la más notable. Una morbosidad que une el horror físico al simple terror, y la sensualidad que im­pregna toda la novela, la hicieron popular entre los románticos de segunda fila, que la imitaron en algunas de sus obras. Lewis tuvo imitadores y epígonos, los más cono­cidos de los cuales son Raber Maturin, con su Melmoth el errante (v.), y Mrs. Shelley, con Frankestein (v.). [Trad. castellana de León Compte con el título El Fraile (Bar­celona, 1877)].

A. Camerino

Las Memorias del Diablo, Frédéric Soulié

[Les mémoires du diable]. Publicado en 1837- 38, es el libro más célebre de Frédéric Soulié (1800-1847), el inventivo y quizá de­masiado fecundo escritor de novelas la­crimosas y terroríficas.

La larguísima tra­ma, dividida en múltiples partes, es una sucesión de historias lúgubres donde sólo se habla de robos, raptos, adulterios, in­cestos, fratricidios, parricidios y abomina­ciones de todas clases. Estas escenas se insertan en la vida del barón Armando Luizzi de Ronquerolles, quien obtiene, me­diante un pacto con el diablo, como obtu­vieron ya sus antepasados, que Satanás, a cambio de su alma, satisfaga todos sus de­seos. Esta condición fallará si Luizzi pue­de probar que ha sido feliz al menos du­rante diez años. Armando, con la ilusión de encontrar un camino hacia la felicidad, hace que le revele el diablo todas las pa­siones de los hombres y su vida secreta. Así empiezan los tremendos relatos del diablo, combinados con las aventuras del barón Armando que se convierte, por obra del demonio, en\ instrumento inconsciente del mal. Tres mujeres de sentimientos nobi­lísimos a quienes ama con diverso afecto, su hermana, su amante y una desgraciadí­sima dama, son arrastradas por él a la ruina, a pesar de sus sinceros deseos de beneficiarlas. En el momento en que se cumple el plazo del pacto infernal, le pa­rece advertir a las tres mujeres rezando en torno a su lecho de moribundo, invitándole a dirigirse a Dios; pero el demonio le apre­sa y el castillo de Ronquerolles se hunde dejando en su lugar un profundo precipicio que los aldeanos llaman «la boca del in­fierno». Las Memorias del diablo pertene­cen a la novela de folletín, cuyos maestros fueron Dumas padre, Sue y Soulié.

M. Zini

Melmoth el Errante, Charles Robert Maturin

[Melmoth the Wanderer]. Novela de Charles Robert Maturin (1782-1824), publicada en 1820. Es una de las mejores y más famosas novelas de misterio y de terror publicadas en In­glaterra a principios del siglo XIX. Mu­chos la consideran la obra maestra de la no­vela «negra», superior a las de la Radcliffe (v. Los misterios de Udolfo, etc.) y el Mon­je (v.) de Lewis. Melmoth ha hecho un pacto con el diablo: a cambio de su alma consigue la prolongación de su vida. Pero si logra encontrar quien comparta su suer­te, evitará la condena. El primer pacto, en la novela, data ya del siglo XVII y Mel­moth sigue viviendo.

Melmoth el errante comprende una serie de relatos; la escena más importante y terrorífica de todos ellos es aquella en que Melmoth ofrece com­partir el pacto, que es rechazado por Stan­ton, prisionero en la celda de un manico­mio; por Moneada, que está en manos de la Inquisición; por Walberg, que ve a sus hijos morir de hambre; por Leonor Morti­mer y por la mujer de Melmoth, Isidora. El episodio principal es el de los amores de Melmoth e Isidora, inocente hija de la naturaleza, que entra en la novela con el nombre de Immalee y «es un carácter similar al de la Haidée del Don Juan (v.) de Byron, y… termina con el nombre de Isidora y un destino que la emparenta con la Margarita de Goethe» (Praz). Melmoth, que mata en duelo al hermano de Isidora, después de haberse casado con ella por me­dio de un espectro, de tener de ella una niña y haber perdido a ésta, que muere, y a Isi­dora, que siente terror por su diabólico amante y acaba muriendo del corazón, vuel­ve al castillo de sus mayores y, arreba­tado por los diablos, es arrojado al mar.

La novela abunda en escenas terroríficas y extravagantes, a menudo narradas con un refinamiento digno de Poe. La cons­trucción es bastante defectuosa; hay en ella un «pathos» que a menudo desemboca en las «sensiblerías» de los discípulos de Rousseau. Pero, en un ambiente tan inverosímil, hay escenas gráficas y terroríficas que impresionan, aunque se leen simple­mente por curiosidad y muy raramente para encontrar verdadero placer estético. Entre los admiradores de Melmoth se hallan Bal­zac y Dante Gabriel Rossetti.

A. Camerino