El Barril de Amontillado, Edgar-Allan Poe

[The Cask of Amontillado]. Uno de los cuentos más característicos de Edgar-Allan Poe, poeta y escritor americano (1809-1849), maestro entre los más destacados de la li­teratura imaginativa. Este cuento corres­ponde a las «Nuevas historias extraordina­rias» (v. Historias extraordinarias), según la agrupación de Baudelaire, magnífico tra­ductor de Poe al francés y su más decidido admirador. El barril de amontillado nos presenta la horrible venganza, largamente meditada de un hombre que se ha sentido ultrajado y a cuyo cargo corre el relato.

En una ciudad italiana que no se precisa en el texto —al parecer Venecia—, nues­tro personaje se tropieza con el hombre del que ansia vengarse: Fortunato. La ciudad celebra los carnavales y ambos van disfra­zados. Se muestra muy amable con él y, so pretexto de recabar su opinión sobre cierto vino amontillado del que acaba de recibir un barril, consigue hacerle descen­der a la cueva de su palacio, las catacum­bas de los Montresor. La pintura de aque­llos tenebrosos parajes subterráneos, donde las osamentas se apilan bajo las bóvedas que rezuman salitre, es alucinante y en conso­nancia con los gustos del romanticismo in­glés cuyo influjo era notorio en Poe. «¿Cuá­les son vuestras armas», pregunta Fortunato a su anfitrión. «Un ancho pie de oro en campo de azur; el pie aplasta a una ser­piente rampante, cuyos dientes se clavan en el talón». — «¿Y la divisa?» — Nemo me impune lacessit («Nadie me humillará impu­nemente»). Fortunato no comprende la alu­sión y continúa avanzando por las sombrías catacumbas con su guía. Éste le introduce por último en una cripta de entrada bastante estrecha sin ninguna otra salida y allí, con presteza, le pasa una cadena por la cintura sujetándole al muro. Fortunato, al que las repetidas libaciones han borrado toda des­confianza cree que se trata de una broma.

Pero su enemigo pone manos a la obra y, valiéndose de piedras de construcción pre­paradas de antemano, comienza a tapiar aquella especie de nicho. Fortunato com­prende al fin y el frío terror disipa de su cabeza los vapores de la borrachera, mien­tras su enemigo implacablemente alza una y otra fila de piedras, que van cerrando la entrada. Grita con espanto el prisionero, lanza alaridos y su asesino le acompaña en el juego gritando más que él: voces que resuenan lúgubremente en las solitarias ca­tacumbas. Cuando finalmente el vengativo narrador termina de construir el muro, lan­za la antorcha dentro de la cripta donde Fortunato sigue encadenado, coloca la úl­tima piedra, y se aleja, después de haber apilado contra la nueva pared, tapándola, un informe montón de huesos humanos para que nadie logre descubrir su crimen. Y termina: «Durante medio siglo ningún mortal los ha tocado siquiera. In pace requiescat». El barril de amontillado tal vez no sea el mejor cuento de Poe, pero sí uno de los más característicos, en donde el «efec­to único» e impresionante que perseguía con sus relatos alcanza la máxima perfec­ción, en donde la fantasía abre cauce per­fecto a la sensibilidad monocorde y de arrolladora fuerza elemental de su genio «alucinante, entregado a las angustias del terror y a las mortales agonías», como es­cribía Barbey d’Aurevilly.

Balada del Viejo Marinero, Samuel Taylor Coleridge

[The Rime of the Ancient Mariner]. Poema de Samuel Taylor Coleridge (1772-1834), es­crito en 1797-98 y publicado en Baladas líri­cas (v.) en 1798. El poeta se inspiró en li­bros de viajes tales como El Paso del Nor­oeste [Nord-West Passage] del capitán Ja­mes y el Viaje alrededor del mundo [Voyage Round the World] de Shelvocke (1726), o en las famosas baladas recogidas por Percy en Reliquias de la antigua poesía (v.), so­bre todo en lo tocante a forma métrica, temas y vocabulario. A un joven invitado a una boda, le detiene de pronto un viejo ma­rinero, cuyo encendido mirar le fascina. Cuenta el viejo que, navegando hacia el Polo Sur, un gran pájaro marino, un albatros, apareció a través de las nieblas y tuvo acogida muy cordial entre los marineros, hasta que el viejo, violando la hospitalidad, lo mató. Desde entonces, una maldición pesó sobre la nave, que al llegar al Ecua­dor se inmovilizó en la calma chicha. Un espíritu ha seguido a la nave, encargado de vengar al albatros: los compañeros le echan toda la culpa y en castigo le cuelgan al cue­llo el pájaro marino muerto (se ha criti­cado a Coleridge esta idea, dadas las pro­porciones del volátil). Atormentados por la sed, vieron los marineros acercarse un bar­co, pero a la alegría siguió el horror: el barco muestra su cordaje como una barrera a los rayos del sol poniente; es el barco fantasma tripulado por el esqueleto de la muerte y por una figura más horrenda aún: Vida-en-la-Muerte.

Los dos seres sobrena­turales se juegan a los dados la suerte de la tripulación: la Muerte se queda con todos los demás; Vida-en-la-Muerte obtiene el vie­jo marinero. Así, éste ve caer muertos a sus pies a los compañeros y ve las maldiciones de todos, en las vitreas miradas de sus cadáveres. Por fin, el corazón del marinero se enternece contemplando a las criaturas marinas que se mueven a la luz de la luna, y las bendice: entonces se rompe el encan­to; por intercesión de la Virgen la lluvia refresca al marinero e, impulsada por un poder sobrenatural, la nave se dirige hacia las costas inglesas; pero como expiación, el marinero deberá errar de país en país narrando su historia y enseñando, con su ejemplo, amor y respeto para todas las cria­turas de Dios. La belleza de este poema maravilloso, obra maestra de Coleridge y del romanticismo inglés, reside sobre todo en la musicalidad y en el colorido, que crean una atmósfera mágica y ultraterrena. Las fuentes del poema han sido estudiadas, precisando, a la vez, el proceso de asocia­ción y transformación que sufrieron en la mente del poeta, por J. L. Lowes en The Road to Xanadu. Londres, 1927. Algunos de los versos del poema son citas corrientes, por ejemplo: «a sadder and a wiser man» («un hombre más triste y más sabio»). [Trad. española de M. Manent en el volu­men Románticos y Victorianos (Barcelo­na, 1945)].

M. Praz

De todos los escritos de Coleridge, el Vie­jo marinero es el único que podemos poner confiadamente en manos de cualquier per­sona a la que quisiéramos dar una idea favorable de sus extraordinarias posibili­dades.   (Haxlitt)

Bajo el Sol de Satán, Georges Bernanos

[Sous le soleil de Satan]. Novela de Georges Bernanos (1888-1948), publicada en 1926, y su primera obra, en la que ya se afirman no sólo el pujante estilo, sino todos los temas predi­lectos del gran escritor católico. El libro se abre con un largo prólogo narrativo cuya ligazón con el resto de la obra no se ve, en principio, muy clara. Una joven pro­vinciana se aburre, y este sentimiento ba­nal conducirá a la tragedia de la demonia­ca posesión, que arrastrará al abismo a Germaine Malhorty, conocida por Mouchette. El ansia de aventuras, la rebeldía contra una vida rutinaria, impulsan a Mouchette a entregarse a un aristócrata, el marqués de Cardignan. Queda embarazada y su amante se apresura a rechazarla; para vengarse, Mouchette le hace creer (falsamen­te) que es la amante del doctor Gallet, dipu­tado de la comarca y libidinoso burgués que ya hace tiempo viene cortejándola. Des­pués, en el curso de una escena lo bastan­te confusa para que todo el mundo crea en un accidente, Mouchette mata al mar­qués. Se convierte en la amante del doctor Gallet, a quien vanamente suplica que le haga abortar. Mouchette le confiesa su crimen pretendiendo forzar a su nuevo amante a que participe de su secreto, pero éste, refugiándose en la incredulidad, se resiste a admitir la veracidad de sus pa­labras, y la mujer, presa de un súbito ata­que de histeria, da a luz un niño muerto. Esta impotencia suya al no poder aligerar su alma, esta tenaz resistencia de todo el mundo a creer en el crimen, que la man­tiene prisionera de su acto, tales son los signos de la posesión diabólica, según pre­tende sugerirnos Bernanos. Desde entonces, una parte íntima de su ser queda sustraída a los hombres y a Dios: «He aquí, pues, bajo nuestros ojos a esta ingenua mística, santa Brígida de la Nada. Un crimen im­pune; nada revelará sus huellas en la tie­rra. Su vida es un secreto entre ella y su Dueño, o más bien el solo secretó de su Dueño». A partir de aquí, se inicia la se­gunda parte de la novela, muy diferente, en apariencia, de la primera: el autor nos presenta a un vicario rural, hombre rudo y salvaje, alma inquieta, obsesionado por el ascetismo y a quien sus superiores pro­fesan una gran desconfianza: el abate Donissan

. Cierta noche de pesadilla, camino de Étaples, el clérigo se extravía por un mundo fuera del habitual. Allí se tropieza con un buen hombre con aspecto de cha­lán, de una cordial vulgaridad. Traban con­versación y, en el curso de ella, el abate Donissan reconoce con horror en su inter­locutor al propio Maligno, que le testimo­nia un odioso afecto. Por fortuna, la lle­gada de un labriego conocido le libra de su presencia. El abate Donissan se encuen­tra con Mouchette y, gracias a su don de leer en las almas, logra, que ella le con­fiese el secreto que constituye la raíz de su posesión diabólica. El clérigo le libra del orgullo de su falta y, entonces, al alma de Mouchette «despojada de todo, incluso de su crimen» sólo le queda una salida: matarse. Y el abate Donissan, con gran escándalo de sus feligreses, transporta a la Iglesia el cuerpo de la agonizante. En este punto es cuando el prólogo cobra su senti­do: los destinos de Mouchette y del vica­rio, tan alejados a los ojos humanos, esta­ban en realidad ligados por lazos sobrena­turales; las inquietudes, las angustias del abate Donissan se revelan como una mis­teriosa repercusión de la posesión diabóli­ca de Mouchette, y quizás como el precio fijado para comprar la salud de su alma. Desde esta su primera novela, Bernanos concede así un puesto esencial al dogma de la comunión de los santos, del rescate recí­proco de las faltas. De modo idéntico, en la Alegría (v.) será sacrificada Chanta! como pago por el rescate del abate Cénabre de La Impostura. [L’Imposture]. Volvemos a encontrarnos con el abate Donissan conver­tido en cura de Lumbres y aureolado de una reputación de santidad, si bien sus es­crúpulos no le han abandonado en abso­luto; incluso se han agudizado.

Está con­vencido de que su íntima vocación es po­seer aguda conciencia de la acción de Satán sobre las almas, de esta acción cuyos obje­tivos predilectos son tal vez los santos. Pero el peligro existe para todas las criaturas y se esconde incluso en los actos de más inocente apariencia. El «santo» de Lumbres nunca cesa de encontrarse con Satán: «está en la mirada que le desafía, en la boca que le niega; está en la angustia mística y en la seguridad y serenidad del simple. ¡Príncipe del mundo! ¡Príncipe del mun­do!…». Es a Dios mismo a quien Satán busca herir a través de nosotros, y el abate Donissan posee clara conciencia de tener trabado con el Enemigo un combate per­sonal : «Dios me ha inspirado este pensa­miento que señala mi vocación; perseguir a Satán en las almas y comprometer ine­vitablemente en esta tarea mi reposo, mi honor sacerdotal e incluso mi salvación». Después de haber tratado de resucitar a un niño, el cura de Lumbres, asaltado por los penitentes, venerado por la multitud, falle­ce de un ataque al corazón cierto día en que un célebre académico, «ilustre ancia­no que ejerce la magistratura de la ironía» (personaje en donde fácilmente se recono­ce a Anatole France) había venido a visitarle. Drama del pecado y de la santidad, la novela de Bernanos, como ya indica su título, es ante todo el drama de la amenaza y de la posesión que sobre la obra divina hace gravitar Satán. El autor reprocha al mundo actual (incluso a los sacerdotes) que no se ocupe ya de Satán, lo que, a su jui­cio, equivale a negar la vida interior. Para Bernanos, Satán posee una presencia visi­ble y carnal, quizás demasiado visible para ganarse completamente la adhesión del lec­tor. Por otra parte, los héroes de Bernanos se definen exclusivamente en relación con la tentación y la salvación, y toda psicolo­gía puramente humana casi brilla por su ausencia.

Atribulado Bonhomet, Philippe- Auguste Williers de l’Isle-Adam

[Tribulat Bonhomet]. Son cinco narraciones de Philippe- Auguste Williers de l’Isle-Adam (1838-1889), publicadas en 1887. Entre todas se dis­tingue, incluso por su amplitud, «Clara Lenoir», un largo cuento (escrito en 1867) que se puede comparar con los Cuentos crueles (v.) del mismo autor, con su ho­rror y su angustia, que recuerdan a Poe, su pasión metafísica y su odio al espíritu burgués. Atribulado Bonhomet (v.), figura que sale en los cinco cuentos, es aquí un burgués mezquino, un áspero positivista; frente a él están Clara Lenoir, la fe pura e iluminada, y su marido, con el pensa­miento vacilante entre hegelianismo y prácticas espiritistas. A través de unas largas discusiones ponen de manifiesto sus almas, y se crea la atmósfera del drama.

Lenoir, anciano, enamorado y muy celoso de su joven mujer, siente en su interior el alma de un caníbal, y la sed de la más in­humana venganza, caso de darse cuenta de la culpabilidad de su mujer. Él muere, y su mujer (que cayó fugazmente en pecado con un joven oficial inglés, y sufre los consi­guientes remordimientos), tiene en seguida la certidumbre de que su marido lo sabe, y la está maldiciendo. El oficial, al que por casualidad Bonhomet conoció, muere en una isla de Oceanía; un salvaje indígena le corta la cabeza. El primer aniversario de la muerte de Lenoir, Bonhomet encuentra a la viuda, muy enferma, que le confiesa que más de una vez vio en sueños a su ma­rido, con el aspecto de un peludo salvaje de Oceanía. Precisamente en aquel mo­mento vuelve a verle afilando una larga navaja, y muere en la horripilante visión. El terrible Bonhomet busca la última ima­gen en la pupila de la muerta, y con un oftalmoscopio vislumbra, en un fondo sal­vaje, un caníbal, que se parece de una manera extraña al muerto Lenoir, llevando en las manos una cabeza cortada que le re­cuerda las facciones del oficial inglés. Bon­homet, negador del espíritu, es derrotado por haber querido mirar en el Infinito «por el hueco de la cerradura». Williers, al igual que en su Eva futura (v.), se sirve de los datos más inciertos y de las más difíciles ciencias, para crear esta ficción terrible y poderosa. Algo abstractas las figuras del matrimonio, aunque Bonhomet, que de la comicidad inicial llega a una cruda y hela­da tragicidad, es una extraña y fuerte creación.

El horror científico-filosófico tie­ne aquí una intensidad que lo diferencia del de Poe. De los otros cuatro breves cuentos es magnífico el «Matador de cis­nes», donde Bonhomet aparece como un sádico intelectual que aprieta las gargan­tas de los cisnes y delicadamente los mata para gozar de su último canto. Los restan­tes son inferiores. En uno de ellos el mis­mo héroe propone explotar los terremotos, exactamente previstos, enviando, a los lu­gares destinados a la ruina, la inútil hues­te de los poetas; en otro aconseja te­ner abiertos los bares hasta muy entrada la noche para que el vino y la vida nocturna impidan al pueblo hacer las revoluciones a la mañana siguiente. En el último, enfer­mo, a punto de morir, aparece delante de Dios, al que habla con chistes bastante fal­tos de gracia, y Dios le vuelve a enviar entre los hombres. Este es algo pobre, y el tipo pierde toda consistencia y razón.

V. Lugli

Villiers es nuestro Edgar Poe, y Atribu­lado Bonhomet no es más que un cuento cruel. (Gourmont)

La obra de este bretón alucinado y qui­mérico es para nosotros mucho más precio­so que la del profeta Gobineau o de Bar- bey. Es uno de los más grandes poetas de nuestra literatura. Creó un tipo, Atribulado Bonhomet, este Homais agigantado a la luz de la luna. (Thibaudet)

Ugetsu Monogatari, Ueda Akinari

[Cuentos para los meses de lluvia]. Colección de cuentos japoneses, de espectros y espíritus, escritos por Ueda Akinari (1732-1809), publicados en 1776. Son casi todos de inspiración china, y una imitación o una recomposición de los cuentos contenidos en el Chien Tëng Hsin Hua [Nuevos cuentos escritos despabilando la lámpara], de Ch’ü Yu de la dinastía Ming (1368-1643).

De estos cuentos son no­tables: «Shira-mine» [«La cumbre blanca»!, «Kikkwa no chigiri» [«La promesa entre los crisantemos»], «Ja-sei no in» [«Lascivia serpentina»] y «Himpuku-ron» [«De la po­breza y de la riqueza»]. El valor literario de estos cuentos estriba en su estilo, arcaico y algo amanerado, aunque exquisitamente clásico y florido. La fantasía y los elemen­tos misteriosos e irreales, de que el libro rebosa, hacen su lectura encantadora y emo­cionante.

Y. Kawamura