El Canto de Hiawatha, Henry Wadsworth

[The Song of Hiawatha]. Poema del americano Henry Wadsworth Longfellow (1802-1882), publi­cado en 1855. Puede definirse como una es­pecie de Edda (v.) indio, basado en la tradición, difundida entre los indios de Amé­rica del Norte, de un personaje de naci­miento milagroso — conocido bajo distintos nombres, entre los que el más corriente es el de Hiawatha — enviado para desembara­zar bosques y ríos y enseñar las artes de la paz. Con esta antigua tradición el autor mezcla otras curiosas leyendas, que dice haber escuchado de labios del músico indio Nawadaha quien a su vez las aprendió «en los nidos de los pájaros del bosque, en las chozas de los castores, en las huellas de los bisontes, en el nido aéreo del águila». Un día el gran espíritu, Gitchi Manitú, can­sado de las luchas entre los hombres, les ordenó que dejasen de guerrear, prome­tiendo que les enviaría un profeta para guiarles e instruirles. Este es Hiawatha, que, nacido de Wenonah y del viento de Occidente Mudjekeewis, fue educado por su abuela, Nokomis, quien le enseñó a com­prender las mil voces de la naturaleza.

Lle­gado a la edad viril, después de una épica lucha con su padre, Hiawatha se retira al bosque y ayuna largo tiempo para hacerse digno de su misión; allí conoce a Mondamín, el amigo del hombre, que lucha con él, y de cuyo cadáver nace el maíz, ali­mento de su pueblo. Luego realiza innu­merables empresas, construye la primera canoa de corteza de abedul, intenta pescar el enorme esturión, que le engulle junto con su barca, pero del cual consigue salir y matarlo; combate victoriosamente contra Pearl-Feather, el mago más poderoso, que envía entre los hombres la enfermedad y la muerte. Por fin enseña a conservar el re­cuerdo de los hechos y de las acciones eje­cutadas, por medio de los signos. Pero no todo es gloria y victoria en la vida de Hiawatha; mueren sus amigos, el músico Chibiados y el fortísimo Kwasind, muerto por las pequeñas gentes malignas; muere también, en un terrible año de carestía, su esposa tan amada, Minnehada (Agua riente); y entonces el héroe, después de haber recibido amablemente a los primeros hombres blancos llegados a su país, reco­mendando a los suyos los deberes de la hospitalidad, marcha para un largo viaje hacia las islas bienaventuradas, donde en­contrará a sus amigos y a su dulce Minne­hada. La forma del poema está imitada del Kalevala (v.) finés y el metro es el dímetro trocaico, con cantinela y monótono, que se adapta al tono de la leyenda. El canto de Hiawatha es sin duda la obra mejor de Longfellow quien, a falta de un verdadero temperamento poético que le permita crear un mundo original, nos da sus mejores obras cuando, como aquí, intenta versos fáciles y fluidos sobre la trama legendaria ya preparada; y no falta cierto pathos en la fidelidad con que evoca la desaparecida civilización india, civilización rica de sol y amor, de la que ha quedado en la cultura americana algo parecido a un nostálgico perfume. Trad. italiana de E. Beccarini Crescenzi (Palermo, 1921).

A. Prospero Marchesini

Canigó. Leyenda Pirenaica del Tiempo de la Reconquista, Jacint Verdaguer

[Canigó. Llegenda pire­naica del temps de la Reconquesta]. Poema épico en doce cantos y un epílogo del gran poeta catalán Jacint Verdaguer (1845-1902), publicado en 1886. Para su confección tuvo que realizar el poeta una serie de excur­siones por el Pirineo recogiendo cancio­nes, leyendas y tradiciones, y estudiar su geografía y su flora, con el fin de poder dar al poema la máxima caracterización. Escrito unos años después de La Atlántida (v.), el Canigó, si bien carece del ímpetu de aquel otro poema, tiene mejor unidad y estructura, y fundamentalmente consiste en la poetización de un conjunto de elementos y episodios que cobran unidad en el plano superior de la idea y del sentido de la epo­peya, donde el sentido de la tierra, la le­yenda y la historia se armonizan y sinte­tizan. El ejercicio lírico que entretanto ha­bía ido realizando Verdaguer se entrevé cla­ramente en el estilo del Canigó. Se trata de una exaltación de las gestas de la recon­quista catalana, de los condados pirenaicos de la Cataluña naciente. El poeta quiere simbolizar en él el triunfo de la Cruz no sólo sobre los moros, sino también sobre la naturaleza. La acción está situada en el siglo XI, momento de la reconstrucción es­piritual y material de Cataluña (Wifredo el Velloso consigue, en este siglo, la inde­pendencia de su condado, y Oliva siembra el país de cenobios y monasterios). Como es frecuente en la tradición de los poemas ca­ballerescos, hallamos la acción guerrera contrapunteada por una idílica historia de amor.

Con su hermano Guirre de Cerdeña — «como águila que al águila acompaña» — llega el conde Tallaferro una mañana a la ermita de Sant Martí del Canigó. Les acom­paña Gentil, hijo de Tallaferro, quien ante la imagen del santo caballero, manifiesta su deseo de recibir la caballería, en lo que se complace. Al día siguiente tiene lugar la fiesta del patronaje del santo y el idilio en­tre Gentil y la pastora Griselda, que Talla- ferro interrumpe brutalmente. Las escenas de la celebración y de las danzas recuer­dan — sin que esta semejanza suponga ningún tipo de influencia — las Soledades de Góngora. La noticia de la llegada de los moros irrumpe en la fiesta (I). Gentil, ve­lando en la avanzada del ejército de su tío —a quien debe servir por haberle ar­mado caballero —, contempla el espectáculo del Canigó, blanco de nieve bajo la noche estrellada: «Sembla la serra un geganti magnoli / quan s’esbadellen ses poncelles blanques» [«Parece la sierra un gigantesco magnolio / cuando se abren sus capullos blancos»]. Su escudero le dice: «El que mi- reu no són congestes, / són els mantells d’armini de les fades / que dansen a la llum de la cellístia / deis estanys de Cadí vora les aigües» [«Lo que contempláis no es hielo, / son los mantos de armiño de las hadas / que danzan a la luz de las estre­llas / en los estanques de Cadí junto a las aguas»]. Gentil abandona su puesto y se dirige a la cima de la montaña.

Allí tiene lugar su encuentro con Flordeneu, la reina de las hadas, quien, tomando la figura de Griselda, prende a Gentil en su encanto. El poeta nos describe admirablemente el ambiente de misterio y fantasía del mundo de las hadas, la hermosura de Flordeneu, la belleza de la montaña, etc. (II) Empieza entonces (III) el maravilloso viaje por los Pirineos de los dos enamorados, que Ver­daguer nos transcribe con gran precisión geográfica. Pero su geografía es alucinada y encendida. Incluía en este canto la com­posición dedicada a la Maladetta, el gigan­te que vela sobre España, a quien «las águi­las no pueden seguir en su volar», y las nubes, que quisieran subir hasta su altura, se abaten a sus pies «si no las sube el ala de fuego de la tempestad.» (IV). Tallaferro, entretanto, caído en poder de los moros, consigue salvarse y liberar a los suyos (V). Flordeneu muestra a Gentil la llanura del Rosellón. Las hadas van llevando obse­quios para la fiesta de amor, mientras el coro va glosando la canción popular: «Muntanyes regalades / són les del Canigó; / elles tot l’any floreixen, / primavera i tardor» (VI). Cuentan las hadas historias de sus lugares (una de ellas evoca el paso de Aníbal por los Pirineos). Todo ello es in­terrumpido por la llegada de Guifre, derro­tado a causa de la deserción de Gentil. Al verle coronado de flores, Guifre le da muer­te arrojándole a los abismos (VII). Tras el combate entre Tallaferro y el gigante Gedhur, los moros son vencidos definitivamente (VIII). Comparece el escudero de Gentil con el cadáver de su señor. Oliva evita la venganza que Tallaferro quiere tomar de su hermano Guifre, y éste, para reparar su falta, entra en un cenobio (IX), des­pués de despedirse de su esposa Guisla (X). Verdaguer evoca la figura y la labor de Oliva, su fiebre constructora. Son memo­rables los versos de este canto en que Oliva traza sobre la tierra, con su báculo, el pro­yecto del pórtico de Ripoll. Muere Tallaferro.

Guifre, antes de morir, pide que sea alzada en la cumbre del Canigó una cruz que borre en la montaña el recuerdo de su crimen (XI). La erección de esta cruz sim­boliza la conquista espiritual de la tierra. El coro de monjes y santos irrumpe en la montaña cantando las alabanzas de la cruz, en tanto que el coro de hadas se lamenta por tener que abandonar su reino. Verda­guer pone en boca de los monjes el himno litúrgico de la cruz: «Crux fidelis inter oro­nes / arbor una nobilis. / Sylva talem nulla profert / fronde, flore, germine», «Flecte ramos, arbor alta». La erección de la cruz, como el árbol más bello y fecundo,- da al poema un total sentido alegórico (XII). El epílogo, «Els dos campanars» [«Los dos campanarios»], es una elegía al esplendor de la patria antigua, expresada en el diálo­go de los dos campanarios de Sant Martí de Canigó y Sant Miquel de Cuixá. Verda­guer consigue, en el poema, crear un am­biente épico real, pleno de vida y acción, al modo típico del Romanticismo y de la tradición caballeresca. La exaltación del momento histórico de la Reconquista, de los valores míticos y religiosos, las descrip­ciones de paisaje, el elemento maravilloso, el idilio entre Gentil y Flordeneu, el drama­tismo de algunos de sus episodios, etc., dan a la obra de Verdaguer una gran categoría literaria. Sobre el tema de Canigó compuso el P. Massana una ópera que fue estrenada en Barcelona en 1953. La obra fue tradu­cida al castellano en 1898, por el conde de Cedillo. Existe además traducción francesa e italiana.

A. Comas

La atenta lectura de Canigó me ha con­firmado en la idea que hace tiempo for­mé, conceptuándole a usted (y perdóneme su modestia) como el poeta de más dotes nativas de cuantos hoy viven en tierra de España. En grandeza de imágenes, en vive­za y esplendor, en derroche, digámoslo así, de pompas fantásticas y de colores, y cierta manera grande y amplia de concebir y ex­presar; hay trozos en Canigó que igualan o superan, a los más celebrados de Víctor Hugo, con quien usted tiene un remoto aire de familia, en aquella, se entiende, en que Víctor Hugo es digno de alabanza. (M. Menéndez Pelayo)

Caballo de Oro, Jánis Rainis

[Zelta zirgs]. Dra­ma del escritor letón Jánis Rainis (1865- 1929), compuesto en 1910 y considerado su obra maestra. El argumento es de fábula. La princesa encantada hace siete años fue yace dentro de un féretro de cristal colo­cado en la cima de un monte inaccesible. Siete cuervos son sus guardianes. Sólo po­drá ser libertada por el que logre subir al monte de cristal. Príncipes y gente plebeya intentan la prueba, puesto que el rey había prometido para el vencedor no sólo su rei­no, sino también la mano de la bella prin­cesa. En tanto que todos fracasaban en sus intentos, llega Antins (v.) un pobre simple de innata bondad que había sido arro­jado de su casa por sus hermanos después de haberle despojado de lo poco que su padre le había dejado al morir. En una fría noche, Antins encuentra a un pobre viejecillo que tiritaba mal cubierto por unas ro­pas destrozadas. Movido a compasión, le en­trega sus vestidos. Y el viejo mendigo, que no era otro que el Padre Blanco — la bondad divina, el enemigo de la Madre Negra que había encantado a la princesa — le recom­pensa con el mágico don de aparecer como el Príncipe Desconocido que, vistiendo es­pléndidamente y cabalgando un magnífico caballo áureo, sube al monte, alcanza la cumbre y rescata a la princesa. Una vez li­bertada, el Príncipe desaparece, no sin antes haber prometido volver el día de su boda, y guardándose el anillo que la Princesa le puso en el dedo, y sin el cual ella no pue­de seguir viviendo.

Entre tanto el Príncipe Rico urde todas las añagazas para conquis­tar a la Princesa, que sigue transtornada y sin querer reconocer en el Príncipe su ver­dadero libertador. En el día de sus nupcias surge Antins, vistiendo rústico vestido, y se presenta ante el rey, a quien muestra el anillo y hace una ingenua relación de lo su­cedido. Pero el Príncipe Rico impide que vea a la Princesa y aun logra apoderarse del anillo. Una vez que éste ya no perte­nece al verdadero libertador, la princesa debe morir, volviendo para siempre al fé­retro de cristal. Ya se ve llegar a la Madre Negra con sus cuervos. ¿Quién la salvará? Quien la toque morirá. No será el Príncipe Rico quien dará su vida por la de ella. Pero sí Antins, que no teme morir con tal que la Princesa sea salvada. Su sacrificio es el triunfo del bien. Los dos se ven salvados y felices y la Madre Negra se lleva a su presa: el Príncipe Rico. En la intención del autor estas imágenes de cuento visten un pensamiento. El Caballo de Oro no es más que una alegoría. La Princesa durmiente no es otra que la libertad nacional, exánime durante siete siglos y devuelta a la vida por los idealistas desinteresados, «Antins», nom­bre que ha pasado de propio a común, muestra de la popularidad de esta obra.

M. Rasupe

El Caballero Mostaza, Antonio Beltramelli

[Il Cavalier Mostárdo]. En estas crónicas irónico-fantásticas publicadas en 1921, Antonio Beltramelli (1879-1930) vuelve a tomar el tono y la figura principal de Hombres rojos (v.). Por el gran prestigio que el héroe, aventu­rero sin miedo, medio despreocupado y medio caballero, goza en su ciudad — la ciudad del Capricornio — durante las luchas encendidas entre los republicanos y los rojos y los negros, es hábilmente atraído dentro del órbita de la nobleza — la opulen­ta alcurnia de los Alerami —, que le pide protección, Mostaza acepta, en parte por ge­neroso instinto que le inclina a defender a los que están en peligro y a los oprimidos, y en parte por vanidad, pero más todavía por complacer a una hermosa doncella fo­rastera, Ninón, que lo halaga en su amor propio de hombre guapo, capaz de suscitar interés femenino a pesar de sus cincuenta y cinco años. La lucha política, conducida con extremada bravura y temeridad por sus compañeros, en la ciudad y fuera de ella, termina con la victoria de los republica­nos; el palo y el fusil enseñan mucho más que los programas elaborados en los con­ciliábulos de los politicastros teóricos e in­telectuales, los odiosos hombres de «cáte­dra» como los llama por burla Mostaza que se aprovechan de su obra, burlándose de él y escarneciéndolo. De igual modo lo trata la sociedad de los nobles que, pasado el pe­ligro, lo considera extraño y le cierra la puerta. Otra decepción más dura, le viene de Ninón, quien primero se entrega a él y le invita a encuentros secretos en una casa de campo, pero luego le hace traición prefiriendo a un marqués.

La vida de Mos­taza se oscurece; pero en medio de la me­lancolía que se apodera de él se despiertan ciertos aspectos de su alma íntima y deli­cada, el apego, sentimental a su Romaña, la conciencia triste y resignada de la inme­diata vejez y de la inutilidad de su obra agitada e incomprendida; el oscuro senti­miento de Dios y su amor, más de tierno padre que de tío adoptivo, por Spadarella, una muchachita con voz de ángel, que vive entre las flores y la adoración de algunos buenos ancianos. Al fin, una misma suerte los iguala; los dos defraudados en sus afec­tos (también Spadarella ha padecido su amarga desilusión) dejan la ciudad del Ca­pricornio, ella para reanudar en otra parte su carrera de cantante, iniciada triunfal­mente, él para ser compañero y custudio de la gloria de su sobrina. «Libro de pa­sión — lo define Beltramelli — en el cual ríe y sonríe, desde la melancolía o la vio­lencia, el alma hiperbólica de nuestra gen­te». Pero la melancolía, cuando aflora, es un momento autobiográfico, no está en las cosas; la seriedad se impone al tono des­preocupado, humorístico, épico, pero no por movimiento natural. La verdadera huma­nidad de Mostaza lo convierte en fantoche: podría ser un personaje de Pulci o Tassoni, puesto a vivir en una atmósfera lúcida y alegre de mito entre formas y colores más que entre sentimientos o ideas. Con todo, esta novela es una de las más notables ten­tativas de la literatura del novecientos para llevar a la espiritualidad del sueño la dura y prosaica materialidad del presente.

G. Marzot

El Caballero Del Cisne

[Le Chevalier au cygne]. Poema medieval francés, que forma la parte de más acusada fanta­sía y más característica de un ciclo en tor­no a la primera Cruzada. A ésta se refieren más concretamente, y con discreta fidelidad a la historia, la Canción de Antioquía y la Canción de Jerusalén, compuestas induda­blemente la primera y quizás también la segunda, la una alrededor de 1139 y la otra posteriormente, por Richard le Pélerin, pero que sólo ha llegado a nosotros en la refun­dición de Graindor de Douai (principios del siglo XIII). Otros poemas se añadieron des­pués, de asunto fabuloso a inventados muy libremente, encaminados especialmente a ce­lebrar el origen de la familia del héroe de la primera cruzada, Godofredo de Bouillon. He aquí el argumento que el ciclo desarro­lla: un rey de Hungría, Lotario, contrae ma­trimonio con Elioxa, una bellísima joven a quien ha encontrado casualmente yendo de caza. De este matrimonio nacen, mientras Lotario está ausente, en guerra contra un rey pagano, siete hijos, seis varones y una hembra. Los varones son, por un encanta­miento y por la maldad de la abuela, que no amaba a la bella nuera, metamorfosea- dos en cisnes. Pero, más tarde, cinco de ellos pueden, con la ayuda de su hermana, recobrar su forma humana, mientras que el sexto sigue siendo cisne. Habiendo cre­cido, parten un día en busca de aventuras, y uno de ellos, el mayor, Hélias, llamado «el caballero del cisne», embarca en una navecilla conducida por su hermano cisne, y llega a Nimega, donde el emperador está haciendo justicia a una ilustre dama, la señora de Bouillon, contra un usurpador.

El caballero del cisne se ofrece como cam­peón, vence y mata en terrible lucha al enemigo de la dama, y luego se casa con la hija de ésta, Beatriz, la cual, sin embar­go, no deberá nunca preguntarle su nom­bre. Pero transcurridos ocho años de matri­monio, cuando ya tienen una hija, Ida, la esposa no resiste a la curiosidad y hace la pregunta fatal. Después de esto, el caba­llero misterioso no puede seguir con ella, y vuelve a partir en la navecilla conducida por el cisne. Este es el asunto narrado en el Caballero del Cisne y repartido entre dos poemas: Elioxa, o el nacimiento del caba­llero del cisne [Élioxe, ou la naissance du chevalier au cygne] y El caballero del cis­ne, con variantes de episodios, nombres y títulos de texto a texto. Tal vez un error lingüístico es el origen de la bella leyenda: le chevalier au cygne no sería otro que «le chevalier au signe», el caballero de la se­ñal, el señalado con la cruz, el cruzado. De cualquier modo, la leyenda tuvo gran difusión, especialmente en alemania, y es popularísima por el drama wagneriano Lohengrin (v.). Siguen Mocedades de Godofredo [Enfanees Godefroy]. Del matrimonio de Ida con Eustacio de Boulogne nacieron tres hijos, Eustacio, Godofredo y Baldovino, que la madre tiene destinados a las mayo­res fortunas. En La Meca, en Oriente, una hechicera lee en las estrellas el anuncio de la llegada de los cristianos a las tierras musulmanas y las empresas de Godofredo y de sus hermanos, causando el espanto en­tre los sarracenos. Uno de éstos, Cormemonant, viene a Europa para salvar a su patria matando a Godofredo; pero le ve, le admira, lo mismo que a su corte, y regresa a Oriente lleno de admiración por los cris­tianos. Sigue la Canción de Antioquía [Chanson d’Antioche], en la cual se narra el desgraciado viaje de Pedro el Ermitaño a Oriente, y luego, más largamente, la he­roica expedición de Godofredo de Bouillon hasta la entrada de los cristianos en Pales­tina. Entre los guerreros que acompañan a Godofredo, cuya sabiduría se hace resaltar a menudo, se encuentran su hermano Baldovino, Tancredo y otros que combaten con valor. En la Canción de Antioquía se dan a un tiempo el interés histórico y literario, y en verdad figura entre los mejores can­tares de gesta.

Entre ésta y la Canción de Jerusalén debe colocarse la Canción de los Miseros [Chansoii des Chétifs], que relata un hecho fantástico, en el cual aparecen seis caballeros, únicos supervivientes del ejército con el cual Guillermo IX de Poitiers, gran señor y trovador provenzal, par­tió en seguimiento de Pedro el Ermitaño; fracasada la expedición del santo monje, los seis caballeros consiguen llegar a Pales­tina, después de una serie de luchas contra dragones, serpientes y quimeras. Finalmen­te, en la Canción de Jerusalén \Le Chanson de Jérusalem], en el valle de Josafat, a la vista de la santa ciudad de Jerusalén, los cristianos comienzan a combatir con los paganos, animados por la palabra de Pe­dro el Ermitaño, que con su ardor de pere­grino estimula a los guerreros. El poema del Tasso parece haberse inspirado, al menos en algunos episodios, en esta canción. En una compilación de principios del siglo XIV, que recoge todo este asunto, se incluye un poema, Baldovino de Sebourg [Baudoin de Sebourg], predominantemente cómico y rea­lista, alejado por completo de la verdad histórica. El hermano de Godofredo es el héroe de las más embrolladas y descabella­das empresas y aventuras.

C. Ciordini

*   La misma leyenda ha inspirado asimis­mo El Caballero del Cisne [Der Schwanritter] del poeta alemán Konrad von Würzburg (1220?-1287), en el que se narra la saga de Lohengrin (v.) independientemente de la Historia del Graal (v.) y de la ver­sión que encontramos en el Perceval (v.) de Wolfram von Eschenbach. Ante la corte del emperador Carlos, en Nimega, la duque­sa de Brabante (viuda del duque Gotfrid) y su hija presentan una acusación contra el duque de Sajonia, que ha atentado con­tra los derechos de las dos damas. De pron­to aparece en el mar un cisne que remolca una barquichuela en la que duerme un ca­ballero. Éste es acogido alegremente por Carlos y su corte, y ya que el duque de Sajonia exige el juicio de las armas en su querella con la duquesa de Brabante, el des­conocido caballero asume la parte de ésta y vence al sajón. Sigue el casamiento de Elsa de Brabante con el caballero del cis­ne, con la condición, impuesta por éste, de no ser nunca interrogado sobre su persona ni sobre su origen. Tal condición es obser­vada durante un tiempo por la mujer, pero al fin ésta hace a su marido la fatal pre­gunta, y Lohengrin, entre el dolor y la tristeza de todos, debe despedirse de su amada y seguir al cisne que ha vuelto a buscarlo. Para este poema, el autor se ha servido de un original francés del cual depende también el poema del ciclo de Godofredo (v. más arriba). Las otras dos principales redacciones alemanas (fuera de las modernas) de la saga de Lohengrin son el breve episodio que cierra el Parsifal de Wolfram von Eschenbach y el poema de tono popular titulado Lohengrin.

M. Pensa

*   En España, la historia del caballero del Cisne se inspira en una leyenda épica, cuyo objeto fue explicar los orígenes de Godofredo de Bouillon, el primer rey de Je­rusalén. Sobre el tema folklórico de la suegra calumniadora, popularizado moder­namente en muchas consejas, se compuso a fines del siglo XII o a principios del XIII un cantar de gesta francés, que fue prosificado, junto con otros poemas épicos franceses del ciclo de las cruzadas, en la Gran Conquista de Ultramar (v.). Este can­tar era distinto de los que se han conser­vado en francés sobre el mismo tema, y se distingue, a través de la prosificación cas­tellana, por la gracia ingenua de sus epi­sodios, en franco contraste con la pesadez de la mayor parte de los relatos que com­ponen la Gran Conquista de Ultramar. Se­gún esta leyenda, la infanta Isomberta dio a luz de una vez a siete niños. Su suegra, que la odiaba mortalmente, comunicó al conde, su hijo, que Isomberta, había dado a luz a siete podencos. Las cartas del con­de fueron falsificadas por la mala suegra y se dispuso que los niños fueran muertos, pero esta orden no se cumplió. Abandona­dos en un monte, los niños fueron criados por una cierva y educados por un ermita­ño, que iba a pedir limosna con seis de los hermanos. Reconocidos por su abuela, fue­ron aprisionados los niños, e iban a darles muerte. Cada uno de ellos llevaba en el cuello un collar, que al momento de nacer les había colocado un ángel, y al írselo a quitar, para matarlos, los seis niños se con­virtieron en cisnes y fueron a refugiarse en un lago, cerca de la ermita donde vi­vían el ermitaño y el hermano que no había perdido la forma humana.

Su abue­la ordenó que se fundiesen los collares para hacer con ellos una copa, pero el pla­tero que había de ejecutarla, la hizo con un solo collar y guardó los cinco restantes. El conde Eustacio regresó de la guerra y ordenó que se hiciese contra su esposa la justicia que solía hacerse contra las adúl­teras. El hijo del conde que había con­servado la forma humana, defendió a su madre en combate judicial y venció al acu­sador. La madre del conde fue emparedada; los niños recobraron su primitiva forma al serles puestos los collares que no habían sido fundidos y el que quedó sin collar, continuó en forma de cisne, y acompañaba al hermano, campeón de su madre, en todos los combates. De ahí el nombre que dieron a éste de Caballero del Cisne, el cual tenía el privilegio de vencer en todas las bata­llas que libraba a favor de dueña inocente. Una de las damas que defendió fue la du­quesa de Bouillon, falsamente acusada por el duque de Sajonia. El Caballero del Cisne casó con Beatriz, la hija de la duquesa, y de este matrimonio nació Ida, que casó con el conde Eustacio de Bolonia, de cuya unión nació Godofredo de Bouillon. El fi­nal de esta historia es muy conocido, a causa del drama musical de Ricardo Wagner, Lohengrin, inspirado en la versión alemana de esta leyenda. El Caballero del Cisne ordenó a su esposa que no le pre­guntara nunca su nombre ni de qué tierra era, pero aquélla no pudo reprimir su cu­riosidad, y al hacer las preguntas vedadas, su esposo se separó de ella y se alejó en la barca tirada por el cisne. Tal es, redu­cido a esquema el argumento de la Historia del Caballero del Cisne, que ocupa los ca­pítulos 47 a 142 en la edición Gayangos de la Gran Conquista de Ultramar. Dichos capítulos fueron publicados de nuevo en 1914 por Emeterio Mayorriaga. Es probable que esta historia haya penetrado en Espa­ña, al compilarse aquella extensa crónica, lo que no pudo ser antes de 1295, fecha de la continuación del Román d’Eracle una de sus principales fuentes. La edición de La Gran Conquista, hecha en Salaman­ca en 1503, a pesar de que la atribuye a Alfonso X (f 1284), es la única copia de esta obra, que contiene un pasaje relativo a la disolución de los Templarios, ocurri­da en 1312. Puede verse bibliografía sobre los poemas épicos referentes a las cruza­das en Riquer, Los Cantares de Gesta, 334- 37, y sobre la Gran Conquista de Ultramar y sus componentes, en Bohigas, Historia General de las Literaturas’ Hispánicas, I, 525.

P. Bohigas Balaguer