Mitología de Martí, Alfonso Hernández Catá

Obra del es­critor cubano Alfonso Hernández Catá (1885- 1940), publicada en Madrid en 1929, en la cual, sin desviarse de lo biográfico, que no había cuajado aún entonces en obras de investigación segura, escoge el método que le permite moverse mejor entre la rea­lidad y la fantasía, entre el hecho cierto y la creación, para que por este camino pue­da dar salida a su inspiración de escritor.

La figura de Martí atraía con fuerza su temperamento artístico y su don creador. La veía crecer a cada nueva lectura, y se perfilaba más nítidamente a medida que iban apareciendo y publicándose nuevos trabajos del maestro. Llegó un instante en que sintió como una obsesión la de escri­bir un libro en que ofreciera la visión que de él se había ido forjando. Descubrió que brillaba en su obra un fulgor no igualado por otras figuras, sean Bolívar o Washing­ton. Sintió la unidad de su genio en acción y creación, y a la poesía señoreando en su vida, en sus sueños, en sus afanes, en su misma muerte, insuperable. Vida que to­caba los lindes de lo sobrenatural. «Un efluvio mesiánico, una supernormalidad de semidiós lo diferencian de los demás ta­lentos y de los demás caudillos». Deslum­brado por los destellos de la figura de Mar­tí, pensó que la biografía no podría dar la medida de tal excepción, y escogió la sen­da de lo mitológico, que sin duda hubiera sido muy grata a Martí, a quien atrajo tanto lo épico como lo sobrenatural. Ha quedado por eso, Mitología de Martí, con sus «estampas», «imágenes» y «grabados», como una obra de finísima creación, en que, despojada del hecho, gravita en el sutil marco de la fantasía la emanación de la realidad que surge de aquella vida, trans­formándose en leyenda de magia y de he­chizo, sin dejar de estar presente el espíritu íntegro de José Martí.

F. Lizaso

Las Mil y una Noches, Anónimo

[Alf laila wa-laila]. Gran colección de narraciones en árabe que el Occidente ha conocido en el siglo XVIII mediante la adaptación al fran­cés de A. Galland, y cuyo texto, en varias redacciones no todas enteramente ligadas entre sí, ha sido publicado en Oriente y en Occidente dentro del siglo XIX. Como tan­tas obras de origen oriental, ésta se com­pone de un relato que sirve de marco, en el cual se encuadran, a menudo comuni­cándose una con otra, las narraciones; pero a diferencia, por ejemplo, de Calila y Dimna (v.), su objeto y carácter no son di­dácticos y sentenciosos, sino puramente na­rrativos.

El rey Shahriyár, al descubrir que su esposa le ha hecho traición y ver confirmada su propia experiencia, y la análoga de su hermano Shahzamán, por increíbles ejemplos de astucia y perfidia femeninas, dispone que en adelante pasará todas las noches en compañía de una joven, hija de alguno de sus súbditos, a la que mandará matar a la mañana siguiente. El triste tributo queda interrumpido por la bella y prudente Shahrazád, que sabe des­pertar el interés del rey contándole un cuento: el rey, para escuchar el final, re­mite al siguiente día la ejecución, pero a la noche siguiente se ha insertado otro cuento al primero, no terminado, y así su­cesivamente ha ido renovándose el interés del rey por conocer el desenlace durante mil y una noches. Al cabo de ellas, el rey, que ha tenido ya tres hijos de Shahrazád y le ha tomado cariño, le concede el in­dulto y la guarda consigo, esposa feliz ella, y curado él de su cruel misoginia. Este marco novelesco puede prolongarse a pla­cer utilizando el contenido de cada uno de los ricos y multiformes patrimonios na­rrativos de las literaturas orientales, y usa­mos intencionadamente el plural porque el material novelístico de las Mil y una, noches no es realmente árabe, sino que ahonda en parte sus orígenes más allá del mundo árabe musulmán y del semítico, lle­gando a Persia y a la India, hasta las más antiguas fases de su producción espiritual.

Los orígenes del relato que sirve de marco y de buena parte de sus materiales más an­tiguos son, casi con certeza, arios, indoiránicos. A este fondo se ha juntado otro, surgido en el ambiente musulmán de la alta Edad Media, y que retrata, aunque ya con colores más fantásticos que histó­ricos, la sociedad islámica bajo los Aba­sidas de Bagdad. Un tercero y más reciente estrato parece deberse reconocer en obras típicamente egipcias, que reproducen, con viveza y espontaneidad, especialmente la vida de las clases populares de Egipto bajo los Mamelucos (siglos XIV-XV). Y en Egip­to se suele localizar la redacción definitiva de la colección, como la poseemos nosotros, englobando en sí también ciclos enteros narrativos, originariamente independientes. Las partes más antiguas de la obra, a cuya existencia en formas anteriores de tipo persa aluden fugazmente fuentes persas, son distinguibles por su contenido mucho más que por su forma, que ha recibido en su redacción definitiva un sello bastante uni­tario e islamizado; sólo en sus partes más recientes su lengua adquiere un colorido más decididamente cercano al vulgar. Por medio de las numerosas y más o menos directas versiones, adaptaciones y refun­diciones, todo el mundo conoce el ambiente fantástico de Las mil y una noches, que para muchos es el único aspecto, en verdad harto estilizado y unilateral, bajo el cual aparece el Oriente musulmán.

Cuentos so­brenaturales con intervención de genios y gigantes, espíritus y duendes («El pescador y el genio», «El caballo mágico», «Quamar al-azamán y la princesa Buaur», «Aladino y la lámpara maravillosa»), cuadros bas­tante fantásticos de la Bagdad de Harún ar-Rashid con su magnífico esplendor; via­jes maravillosos (Viajes de Sindibad, v.), aventuras caballerescas, estafadores y fulleros de El Cairo; es un inmenso acervo hormigueante de personajes y lleno de .tra­mas a veces bastante complicadas, pero desarrollado por lo general sin conciencia reflexiva, sin intento de arte, con cierta ten­dencia a la lubricidad, con modos y estilos folklóricos. Las mil y una noches no han gozado nunca, en realidad, de gran presti­gio en los ambientes doctos del mundo is­lámico como no sea en tiempos muy re­cientes, bajo el influjo del interés que se ha tomado por ellas el Occidente. Éste, con curiosidad ilustrativa primero, con, simpa­tía romántica después, se enamoró de la prestigiosa iniciación al Oriente que vio ofrecida por Las mil y una noches, y tomó y desarrolló motivos y ecos de ellas (no­velas de W. Hauff, óperas y «ballets» mo­dernos). [Es notabilísima la traducción francesa directa y literal del árabe por J. C. Mardrus. Versión española de V. Blas­co Ibáñez en 28 vols. (Valencia, 1910)]. A. Fabietti

Como en la Biblia, un mundo, un pueblo entero se describe y se revela; la narración no tiene nada ya de personalmente litera­rio, y sólo sus partes líricas permanecen para decirnos que allí había un hombre y que cantaba. (A. Gide)

Relatos sobre Troya

La leyenda troyana transmitida por los escritores latinos y sobre todo por la Eneida (v.), es uno de los temas preferidos por la literatura na­rrativa medieval (v. Ciclo clásico) y cuenta con gran número de reelaboraciones en to­das las lenguas cultas de Occidente.

*    El primer reflejo, en el orden del tiempo, es la Historia de la guerra de Troya [Ephemeris belli Troiani libri VI], atri­buida a un tal Dictes cretense, testigo de los hechos, pero que en realidad es una paráfrasis de refundiciones griegas de la Riada (v.), hecha por el que se titulaba traductor latino, Lucio Séptimo, del siglo IV o V, el cual afirma haber compendiado la obra de un texto griego en nueve libros, originariamente escrito en lengua fenicia. El pseudo-Dictes mezcla el «epos» homérico y el posthomérico, y, substituyendo el apa­rato mitológico por elementos fabulosos, nos da una novelesca narración de la gue­rra troyana, de la destrucción de la ciudad y de la partida de los griegos, hasta la muerte de Ulises (v.).

*    Dejando aparte el poemita la Destrucción de Troya del griego de Egipto, Trifiodoro (siglo V), último vástago del Ciclo épico griego (v.), se remonta al siglo VI otra fabulosa narración, La his­toria de la destrucción de Troya [De excidio Troiae historia], atribuida también a un pretendido testimonio de la gesta, el frigio Dares. El anónimo autor imagina que la historia fue encontrada en Atenas por Cornelio Nepote, el cual la tradujo al latín para dedicarla a Salustio. Pero estos nom­bres ilustres de los dos historiadores figu­ran sólo como etiqueta sobre una narra­ción pseudohistórica cuyo intento principal es el de narrar la leyenda homérica, no de modo homérico ni poético, sino prosaico y casi crítico. Homero, según su autor, que vivió muchos años después de los hechos troyanos, no debía ser buen conocedor de los acontecimientos, antes bien fue un embustero declarado, porque había osado escribir que los dioses habían bajado a la Tierra a combatir contra los hombres. En cambio, Dares, un frigio que había ido a combatir bajo las murallas de Troya, podía saber perfectamente cómo habían sucedido los acontecimientos. Este personaje de los. tiempos ilíacos narra toda la leyenda de las gestas de los Argonautas, de la primera destrucción de Troya, de su reconstrucción por Príamo, del viaje de Paris a Grecia, del rapto de Elena (v.) y de la expedición panaquea hasta la traición de Antenor y de Eneas (v.) que provocaron la caída de la ciudad. En abierta polémica contra Homero está en Dares su actitud filo troyana, que en el fondo era la más agradable para los ro­manos, convertidos ya por la Eneida (v.) virgiliana al odio antihelénico. El original griego, que el anónimo autor tuvo presente, no debía tal vez prever las transforma­ciones romanas de la leyenda, pero en com­pensación defendía el valor de las poblaciones indígenas del Asia Menor contra la orgullosa jactancia de los griegos de Euro­pa. La fortuna de esta obra en la Edad Media fue enorme: el Román de Troya, para no citar sino el ejemplo más ilustre, versificó esta narración, transmitida por manuscritos.

F. Della Corte

*    El Roman de Troie o Estoire de Troie, poema de cerca de 30.000 octosílabos pareados, en dialecto de la Turena (Francia), fue compuesto en torno al año 1165 por un tal Benoît de Sainte-More, tal vez el mismo maestro Benoît que por la misma época versificaba, cumpliendo el encargo de Enrique II Plantagenet, una crónica de los duques de Normandía. Tenemos del poema una edición crítica cuidada por Léopold Constans con el título Le roman de Troie, en s3eis volúmenes impresos en París desde 1904 a 1912. Este roman entra en el que suele llamarse Ciclo clásico (v.), de la época medieval. En él se narra de nuevo la historia fabulosa de Troya, pero no según homero, al que el Occidente medieval sólo conoció de nombre, sin hacer el menor caso de él, sino siguiendo las huellas, prin­cipalmente, de los dos textos latinos de Dictes y de Dares. La obra de Benoit co­mienza, pues, con la empresa de los Argo­nautas y la primera destrucción de Ilion; termina después de haber cantado el rena­cimiento de la ciudad, las vicisitudes del asedio y la disolución del ejército griego, refiriendo la suerte de cada uno de los hé­roes, comenzando por Ulises. En realidad el escritor francés permanece poco fiel a su declarado propósito de atenerse escrupulo­samente a las fuentes; al contrario, altera con frecuencia y sobre todo amplía tra­yendo a colación un sinfín de pormenores, con fácil vena y clara dicción, hábilmente atractiva, aunque por lo demás no siempre evite la vulgaridad de rima y de fraseo. En su poema se acentúa más que en el Ro­mán de Tebas (v.) (al cual, por lo demás, se parece muchísimo), por una parte, el gusto por una ciencia hecha de curiosidad, y por otra parte, el gusto por la galantería caballeresca; las historias de amor son su predilección y a ellas se dirige el mayor empeño de su fantasía. Es invención suya por entero, probablemente, y desarrollada con particular diligencia, el largo episodio de la pasión y muerte de Troilo (v.), aman­te feliz de Criseida (v.) mientras ella está junto a él, pero apenas su amada pasa del campo troyano al griego, lo olvida por Diomedes; este argumento había de ser re­cogido por Boccaccio en el Filóstrato (v.), luego por Chaucer, y pasar de mano en mano hasta llegar a las de Shakespeare. Es un tema célebre y muy difundido en la literatura europea.

S. Pellegrini

*    El poema de Benoît halló amplio favor en la Edad Media, especialmente en Alema­nia, porque según una antigua tradición los francos eran también descendientes, co­mo los romanos, de los troyanos fugitivos; y obtuvo allí más de una refundición. La primera fue el Canto de Troya [Liet von Troye], poema compuesto a principios del siglo XIII por el poeta alemán Herbort von Fritzlar por deseo del landgrave Hermann de Turingia (1190-1217) como preámbulo a la Eneida (v.) de Heinrich von Veldeke. El relato comienza remontándose a la ex­pedición de los Argonautas y a la conquista de Troya por Hércules para descender pau­latinamente a los hechos narrados por Ho­mero. Son frecuentes también en este Canto las descripciones de batallas, de escudos, de paisajes, etc. El Liet von Troye adapta la narración al tiempo, a la mitología y a las costumbres del país de su autor, y por este esfuerzo de adaptación al gusto de la Edad Media germánica, el poema de Herbort no podía resultar ni fiel al espíritu griego, ni obra de gran valor. Hay en él demasiado disfraz de los héroes griegos como caba­lleros medievales, demasiada preocupación porque cada acción corresponda a los pre­ceptos de gentileza y nobleza de la época cortesana. Además, en cuanto a la forma, el poema, con sus residuos populares y con sus asperezas, está lejos aún de la gran épica caballeresca que pronto llegará. Pero, precisamente por este carácter de transi­ción y preparación, su obra ofrece un in­terés histórico propio y no puede ser desdeñada.

M. Pensa

*    Otra refundición es la Guerra de Troya [Trojenischer Krieg], largo poema (en 40.424 versos) de Konrad von Wurzburg (1230-1287), el cual se sirvió además de la relación latina de Píndaro tebano y de la Aquileida (v.) de Estacio para hechos que el modelo francés no contenía. Y precisa­mente en esta parte de su obra Konrad dio libre curso a su fantasía perdiendo de vista el conjunto de la narración y deteniéndose en detalles secundarios. El poema halló un continuador que narró en 10.000 versos el epílogo de la guerra de Troya (regreso de los griegos a su patria, etc.) de manera todavía menos feliz, porque disfrazó hasta lo grotesco la vida de los griegos según el gusto convencional caballeresco alemán de la época.

M. Pensa

*    Hacia 1300 debió de ser compuesto otro poema alemán sobre el mismo tema, esto es, La guerra troyana [Del Trojaner Krieg] llamada de Gottweig por el nombre del convento de que proviene su códice. No es mejor que el poema de Konrad ni que el canto de Herbort von Fritzlar y, como éste, disfraza la epopeya griega a la manera cor­tesana utilizando motivos y maneras pro­pias del ciclo bretón y de la saga de Teodorico. Entre otras refundiciones posteriores de la guerra troyana son dignas de recor­dar tres novelas en prosa: una de Hans Mair, otra de Heinrich von Braunschweig y una tercera anónima.

M. Pensa

*    En Italia hubo la célebre refundición de Guido delle Colonne (siglo XIII) Historia Destructionis Troiae, terminada en 1287, impresa por primera vez alrededor de 1473, y luego en deficiente edición crítica por N. E. Griffin (1936). Bebiendo en la ex­tensa narración de Benoit (a quien, sin embargo, no nombra), Guido delle Colonne ofreció a sus contemporáneos, en una forma más sintética y en una lengua más difusa, el disfraz medieval de aquellas mixtificaciones literarias de la epopeya homérica que habían sido atribuidas a Dictes cretense y a Dares frigio. Cuenta, por lo tanto, cómo Jasón (v.) y Hércules (v.), dirigiéndose ha­cia la Cólquida, desembarcaron en Troade y fueron expulsados de mala forma de allí por Laomedonte. Después de la conquista del Vellocino, volvieron y tomaron terri­ble venganza de aquella afrenta, destru­yendo Troya y llevándose esclavas a sus mujeres. El insulto de Telamón a Hesione, hija de Laomedonte, dejó fecunda simiente de odio en la nueva Troya que resurgió bajo Príamo (v.). El rapto de Elena (v.) fue la consecuencia de este odio, y provocó la gran guerra, de la cual se describen en esta obra, por extenso, sus once batallas, con las muertes de los principales perso­najes: Héctor (v.), Deífobo, Sarpedón, Palamedes, Troilo, Memnón, Aquiles (v.), Antíloco (v.), Pentesilea (v.). Finalmente, Eneas (v.) y Antenor entregan la ciudad a los enemigos, y el sacerdote Toantes les vende el sagrado Paladio. Troya es des­truida: Eneas y Antenor emigran. También parten los caudillos griegos, cuyas princi­pales hazañas se refieren, deteniéndose so­bre todo en Agamenón (v.) y en Ulises, con cuya muerte termina el relato. Confluyen en éste todas las deformaciones experimenta­das por la epopeya homérica: el racionalis­mo de los relatos de Dares y Dictes, el dis­fraz medieval del Román de Troie con su tono sentimental y su larga vena de espíri­tu aventurero y caballeresco. Guido añade todavía una cosa nueva: un minucioso cui­dado en los pormenores que puedan acrecer la credulidad de los hechos referidos y un tono moralizante que se explaya en varias digresiones: sobre la falsedad de los dioses paganos, las tristes consecuencias de la des­cortesía de los príncipes, los peligros de la promiscuidad de los jóvenes y de las mu­jeres durante las fiestas, y así sucesivamen­te. La compilación de Guido fue traducida a todas las lenguas cultas y por su extra­ordinaria difusión eclipsó el original de Benoît.

E. C. Valla

*    Tanto del poema de Benoit como de la refundición de Guido delle Colonne se hicieron varias traducciones españolas con el título de Crónica troyana. Una de ellas, conservada en un códice de El Escorial, fue terminada en 1350; otra, en gallego, que perteneció al marqués de Santillana, publicada en 1900, es considerada como el documento más antiguo de la literatura ga­llega. Se conocen además una traducción bilingüe (gallego-castellana), una catalana que firma Jaime Conesa (1367) y otras muchísimas españolas.

*    En Italia se conoce también la Istorietta Troiana, versión en prosa vulgar del Ro­mán de Troie de Benoit o, más probable­mente, derivada de una refundición de ella, pues en muchos puntos presenta abrevia­ciones o discordancias. Ha llegado hasta nosotros incompleta en un códice laurenziano gaddiano (LXXI) de los primeros años del siglo XIV, y en un códice magliabechiano más tardío con el título «Questo é el libro de la destruction de Troie». Después de haber narrado la empresa de Jasón, sus amores con Medea y, después de la primera guerra entre griegos y troyanos, la primera destrucción de Troya, continúa con el rapto de Elena del templo de Venus. Todos los héroes de la segunda guerra son minucio­samente descritos; así Ulises «fue ricco re effu ñero, barbuto e piloso, grosso e corto efforte, savio e sottile, eppure il piü bello parladore chell’uomo saDesse». La muerte de Patroclo en un furibundo combate da lugar a una tregua, durante la cual Briséis, amada por Troilo, es restituida a su padre Toante, y por Diomedes hace traición a Troilo. Reanudada la lucha, resplandece el valor de Acciles (v. Aquiles) y de Héctor, que chorreando sangre es desarmado y llo­rado por mujeres y doncellas. Al comienzo de una reseña de «reyes, duques y baro­nes» griegos y de sus naves se interrumpe el manuscrito. Los amores de Jasón y Medea, el juicio de Paris entre «madonna Juno, madonna Palas y madonna Venus», la belleza de Elena, la magnificencia de la ciudadela de Troya y el lamento de Héc­tor herido forman episodios desarrollados con gracia y colorida vivacidad, en un len­guaje vulgar que se resiente de la traduc­ción del francés. Éste es el escrito más ar­tísticamente notable entre todos los que tratan en lengua vulgar la materia de Tro­ya, tan viva todavía en la Italia de la Edad Media, aunque disfrazada con los caracte­res y los elevados y generosos ideales de la caballería.

P. Onnis

*    Una versión dramática de la obra de Guido fue redactada en cerca de 28.000 ver­sos por el francés Jacques Milet (1425 aproximadamente-1466). Ignoramos si Ulstoire de la destruction de Troyes, uno de los raros ejemplos de teatro profano serio del siglo XV francés, fue representada; de todos modos obtuvo notable éxito literario, ates­tiguado por gran número de manuscritos y de impresiones antiguas (la primera de ellas de 1484; tenemos una edición mo­derna al cuidado de Edmund Stengel, pu­blicada en París en 1883). La acción, en cuatro jornadas, se inicia con la negativa por parte de los griegos a restituir a Hesione, hermana de Príamo, raptada por ellos, y con el consiguiente permiso dado por Príamo a Paris para robarle Elena a Menelao; continúa con el desembarco de los griegos en la Troada, y una serie de batallas en que caen Patroclo, Héctor, Aqui­les, Paris y la reina de las Amazonas: ter­mina con la introducción del .caballo  madera en la ciudad, el saqueo, el incendio, la matanza, la fuga de Eneas y la disolu­ción del ejército vencedor. El poeta se de­clara francamente partidario de los venci­dos y se esfuerza por desacreditar a los griegos, a los que atribuye, como se ha visto, la responsabilidad de la guerra; esta actitud tiene móvil nacional, pues el autor adoptó la fábula repetida desde el siglo VII hasta el XVI, del origen troyano de los francos. A pesar de su tono patético, el drama parece a los críticos pesado y pro­lijo; pero con justicia se alaba su versifi­cación rica en ritmos y melodías, con un timbre que sin duda alguna podría llamarse metastasiano.

S. Pellegrini

Relato del Naufrago

Con este título es conocida entre los egiptólogos una composición en forma dialogada que ha llegado hasta nosotros en un papiro de la XIl dinastía (2081-1869 a. de C.). En la dualidad le falta el comienzo, pero gra­cias al amplio fragmento, que se conserva no es difícil reconstruir lo perdido. Un alto personaje, un príncipe, no ha logrado rea­lizar bien un encargo, sin duda importante. Ha expuesto su caso a un amigo que acaba de realizar un largo viaje por el Nilo, du­rante el cual ha llegado hasta la Nubia septentrional.

Mientras que la tripulación — aquí comienza la parte que poseemos — se afana por amarrar la nave en tierra con maromas, y ellos mismos tocan jubilosamente tierra, el amigo — también un elevado personaje, que el faraón honró con el cargo de «uno de los del séquito armado» — ex­horta al príncipe a tranquilizarse y a que se mantenga dueño de sí cuando se encuen­tre en presencia del faraón. Le habla, ade­más, de cierto caso suyo, muy semejante al que aquí se lamenta, un caso verdaderamen­te extraordinario, en el que la fantasía y la tendencia a las aventuras del Egipto an­tiguo están derramadas a manos llenas: partiendo con una nave gobernada por los mejores marineros de Egipto hacia las in­mediaciones del Sinaí, a unas minas pro­piedad del soberano, la embarcación nau­fragó a causa de una terrible tempestad.

Él solo, y con grandes penalidades, fue el único superviviente. El oleaje le sostuvo a flote, abandonándolo en la costa de una isla desierta. Pasó algunos días completamente solo, con la única compañía de su corazón. Se improvisó una cabaña con ramas y logró encender fuego fabricándose un instrumento rudimentario. Comió fruta y hierbas que la isla producía en gran cantidad. Un fragor como de trueno anunció la llegada de una serpiente descomunal, tan bien depuesta, sin embargo, para con el náufrago que se interesó por su aventura. Para confortarlo, le dijo que de allí a cuatro meses una nave enviada por la Corte atracaría en la isla para conducir, o de nuevo a su patria. De esta manera podría regresar hacia los suyos y volver a su casa, la cosa más bella del mundo. Dio además al náufrago raros y fi­nos productos que no se hallaban en Egip­to, entre ellos el «anti», un perfume que poseía en abundancia la serpiente, señora de la Somalia.

Pasado el tiempo anunciado, el náufrago, desde un elevado árbol, pudo reconocer a lo lejos la nave que venía de Egipto para devolverle a su patria. Llegado a la Corte, después de un viaje de dos me­ses, se presentó al faraón, al que ofreció como homenaje los productos recibidos de la serpiente. El faraón le honró mucho y lo elevó al cargo de «hombre del séquito ar­mado». En este punto el príncipe, siempre preocupado por su mala suerte, pronuncia mesuradas palabras: todo cuanto el otro le ha contado es, sí, digno de un amigo ex­celente, pero en este caso es completamente inútil. Ha hecho como el que trata de dar agua al pato la mañana misma en que éste debe ser muerto: es decir, un rasgo que no ha servido para nada. El desconocido autor del cuento ha sabido escribir una graciosa invención, que en el texto original se halla expuesta en una lengua pura y ágil, que aviva las imágenes del mundo fabulo­so, tratándola con espíritu juicioso y mesu­rado. Algunos pasajes no pueden por me­nos que traer a la memoria del lector de nuestros días al antiguo Ulises y al moder­no Robinson Crusoe. [Trad. española en Antología de cuentos (Barcelona, 1953)].

E. Scamuzzi

Reina Mab, Percy Bysshe Shelley

 [Queen Mab]. Poema breve del inglés Percy Bysshe Shelley (1792-1822), impreso en edición privada en 1813; edicio­nes incompletas en 1839; completa en las Obras poéticas (1904).

El poeta imagina que Mab (v.), reina de las hadas, toma, en su carro mágico, el alma de Ianthe y la lleva al Palacio de los Encantos, donde, en pre­mio a su virtud terrenal, podrá observar el pasado, el presente y el futuro del mun­do. Desde allí ve la caducidad de las glorias humanas, los errores cometidos por la humanidad en el pasado, el triste estado en que, a causa de sus errores, se encuen­tra en el presente y por fin escucha la pro­fecía de un futuro más feliz para el mundo, cuando la vida del hombre esté inspirada únicamente en la llama del amor.

Por boca de la reina de las hadas, Shelley ataca a los reyes, tiranos, sacerdotes y ricos; se lanza ásperamente contra la religión cris­tiana y todas las instituciones de la socie­dad que le parecen obstaculizar la evolu­ción del hombre hacia la gradual elimina­ción del mal en la que coloca toda espe­ranza de un porvenir más feliz. Escrita a la edad de dieciocho años, Reina Mab que­da como una composición juvenil que, aun revelando, pese a muchas crudezas, el don poético y el fervor imaginativo de su au­tor, tiene una vitalidad poética más bien débil. El joven poeta está exclusivamente preocupado en expresar sus ideas y las ma­nifiesta con agresividad y aspereza que, aunque propias de un alma naturalmente apasionada, están acentuadas por intempe­rancias juveniles de celo y entusiasmo.

Al desarrollarse, el pensamiento de Shelley se separó con el tiempo de las posiciones de este poema, pero ya en él se expresa el acto de fe en el destino humano que se encontró siempre en la base de las ideas del poeta, es decir, la convicción de que, guiados por el amor, la caridad y un ma­yor sentido de la justicia, los hombres po­drían transformar su vida eliminando el mal. El autor nunca tuvo la intención de publicar este poema, del que, crítico severo y sensible, comprendía antes que nadie los errores; sólo hizo imprimir, en 1813, algu­nos ejemplares que distribuyó entre amigos. Más tarde extrajo de esta obrita algunos pasajes que refundió, transformándolos li­geramente, y fueron publicados en 1816 con el título El demonio del mundo [The Daemon of the World].

S. Rosati

Poesía inverosímilmente triturada en los planos constructivos. (E. Cecchi)