Recompensas y Hadas, Rudyard Kipling

La colección fue continuada en el volu­men Recompensas y Hadas [Rewards and Fairies], publicado en 1910. Aquí se conti­núa la serie de los encuentros que los dos niños Dan y Una tienen en compañía del duendecillo Puck, y reaparecen tanto el artista sir Harry Dawe como el caballero normando sir Richard Dalynridge.

El pri­mero explica que fue armado caballero por Enrique VII, por haberle hecho economizar una pequeña suma de dinero, y el segundo concluye la serie narrando una cacería de Enrique I, después de la cual un peregrino revela ser Harold II, salvado de la batalla de Hastings. Los otros personajes son: una don­cella llamada Filadelfia, que narra un ex­traño episodio de brujas; un hombre de la edad de piedra, que cuenta que a cambio de un ojo obtuvo la primera espada de hie­rro y fue adorado por ello tomo un dios por los de su tribu; un contrabandista anglo- francés del tiempo de la Revolución Fran­cesa, llamado Faraón, que narra primero sus aventuras entre los pieles rojas de Amé­rica y después una entrevista con Talleyrand y Napoleón Bonaparte, primer cónsul; San Wilfredo, que refiere la conversión de Meon; un tal Culpeper, médico y astrólogo del tiempo de Cromwell, que habla de la curación de la peste por medio de la astro- logia!; Simón Cheyneys, que recuerda algu­nas aventuras de sir Francis Drake.

Como en el primer volumen, estos encuentros no son más que sueños, pero también aquí el paso dé la vela al sueño no resulta siempre del todo claro, e incluso en algunas ocasio­nes parece que deba prescindirse de ello, tan implicada está la narración en la vida real de ambos niños. Cada uno de los cuentos de este volumen va precedido o seguido por una poesía, de argumento más o menos afín, que sirve de introducción o comentario. El título del libro viene de una canción infan­til «Farewell, rewards and fairies» [«Adiós, recompensas y hadas»], que los dos niños cantan al final de Puck of Pook’s Hill.

B. Ceva

Puck, Rudyard Kipling

[Puck of Pook’s Hill]. Colección de narraciones del escritor angloindio Rudyard Kipling (1865-1936), publicada en 1906.

Dos niños, Dan y Una, que en la vigilia de San Juan han representado tres veces consecutivas unas escenas de la co­media de Shakespeare El sueño de una noche de verano (v.), mientras están me­rendando en un prado se les aparece el duende Puck, que entabla conversación con ellos y opera sobre los niños un hechizo por medio del cual «ven lo que ven y oyen lo que oyen, aunque haya sucedido tres mil años antes». Y así se ponen en contacto con una serie de personajes que relatan sus extrañas aventuras. El primero que se les. aparece es sir Richard Dalynridge, caba­llero normando llegado a Inglaterra con Guillermo el Conquistador. Explica tres epi­sodios de su vida : cómo inmediatamente después de la batalla de Hastings recibió y conservó el castillo situado en la comarca donde viven los dos niños, cómo volvió cargado de oro de un viaje al África, y finalmente cómo su señor feudal De Aquila descubrió los manejos de un enemigo suyo que le quería arrebatar sus posesiones de Pevensey.

Un centurión romano de la XIII legión, Parnesio, narra cómo recibió el mando de la séptima cohorte de manos del propio emperador Máximo, y describe la vida de la guarnición romana en la muralla de Adriano. Hecho capitán por Máximo y puesto al mando de la muralla, contiene las tentativas de invasión que los bárbaros hacen por mar, hasta que, después de la muerte de Máximo, dejan de llegar dos legiones de refuerzo mandadas por Teodosio. Sigue un artista del tiempo de Enrique VII, sir Harry Dawe, el cual narra la manera como ayudó a Cabot a hacerse consignar los cañones para sus naves. Aparece por último un médico judío, que había vivido en tiempos del rey Juan, un tal Kadmil, que relata una leyenda relativa a la Carta Magna (v.) que en cierto modo enlaza con las historias narradas por sir Richard Dalynridge.

Todos estos encuentros no son más que sueños, pero el adormecimiento de los dos niños no resulta siempre bastante cla­ro, y si se adivina en algunas ocasiones, en otras parece que no existe, de tal ma­nera está imbricada la narración con la vida que les rodea. El humorismo de estos rela­tos, que a veces rebasa la comprensión de los niños, versa sobre el constante contraste entre los tiempos antiguos y los modernos. El volumen presenta una variedad de argu­mentos que raramente se encuentra en las colecciones de novelas de Kipling. Casi cada uno de los cuentos va precedido de una poesía de tema más o menos afín, que sirve de introducción o de comentario. [Trad. española de Fernando Gutiérrez y Diego Navarro (Barcelona, s. a.)].

B. Ceva

Princesa Brambilla – Un «capriccio» a la manera de J. Callot, Ernst Theodor Amadeus Hoffmann

[Prinzessin Brambilla. – Ein Capriccio nach J. Callot]. Cuen­to de hadas de Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (1776-1822), publicado en 1820 y considerado por algunos como lo más per­sonal del escritor.

En efecto, encontramos en él aquella fusión poética del mundo real, del mundo imaginario y del mítico, típicos de los mejores cuentos maravillosos de Hoff­mann. La fábula nos lleva a Italia, objeto de la constante nostalgia de este artista, en pleno carnaval romano; protagonistas: Giacinta, graciosa y laboriosa modistilla, y su enamorado, el presumido artista Giglio Fava. Un bellísimo vestido que Giacinta cose para una princesa y que ella se pone en una ocasión le da la ilusión de ser amada por un príncipe.

También Giglio sueña con el amor de la princesa Brambilla (que en el cuento, con el príncipe Cornelio, representa el mundo del capricho y de la ilusión, de manera que sólo aparece acci­dentalmente en un clima de magia), a la que vio desfilar por el Corso en extravagante y lujoso cortejo. A Giglio, ahora ya perdido tras su sueño, le ocurren aventuras de toda clase; se encuentra, o cree encontrarse con la princesa, bailar con ella y batirse por ella contra un rival; mientras, sus extrava­gancias provocan su despido del teatro, le reducen al hambre y convencen a los demás de que está loco; por lo tanto le practican una sangría.

Le salva de la locura el abad Chiari, que le persuade para que vuelva a la escena, donde interpreta uno de sus dramas, El moro blanco; y aquí tenemos una graciosa caricatura del teatro postmetastasiano altisonante y artificioso, mezcla de reminiscencias clásicas y heroicas; mientras otro capítulo evoca la comedia del arte «Las cien y cien variaciones de la aventura amo­rosa del buen Arlequín con la pilluela Co­lombina», con las salidas de Polichinela y las rabias de Pantalón. Siempre buscando a la princesa Brambilla, Giglio penetra en el palacio del príncipe Bastianello de Pistoia, donde ella está hospedada durante su permanencia en Roma, y le introduce en un salón de mármol rojo, donde en un trono de oro y plata está sentado un vejete que lee un gran in-folio, mientras unos avestruces montan la guardia de honor, y cien damas, lindas como hadas, trabajan en una gran red.

Descubren a Giglio, le envuelven en la red y le cuelgan de la ventana; de allí lo salva el charlatán Celionati, sacamuelas y vendedor de específicos, que no es otro que el riquísimo príncipe Bastianello. A través de una serie de cuadros en que alternan los escenarios encantados del palacio Bas­tianello con las tertulias del Café Greco, nos llevan al País de Urdar, donde el me­lancólico rey Ophioch recobra la salud gra­cias a la alegre reina Liris; pero su descendiente, la reina Mytilis, pierde, a causa de un brujo, su imaginación y su feliz humorismo (simbolizado en la Fuente de Urdar) y también ella se ve reducida, como todos los desgraciados seres humanos, a la árida razón. Deshará el hechizo de la reina Mytilis, Giglio Fava por medio del teatro, que es la maravillosa Fuente de Urdar, es decir el humorismo, que sana las mentes, da equilibrio a la vida y supera las des­compuestas fantasías y el árido raciocinio.

Por lo tanto, cuando el brujo Ruffiamonte entona su himno a Italia: «Italia, país de cielo lleno de sol y sereno…» también la sala del palacio Bastianello desaparece… Son las doce y por las calles de Roma las gentes regresan del teatro. También vuel­ven a su casa Giglio y Giacinta, más enamo­rados que nunca, y que llevan un año casa­dos. Una cena opípara en la casita modesta, pero limpia y cómoda, de los esposos reúne alrededor de la mesa al sastre Bescapi y al príncipe Bastianello, que levanta el velo simbólico del cuento y pone de manifiesto el sentido profundo de la liberación a tra­vés de la alegría y el amor. En un breve prólogo al cuento, Hoffmann advierte que en él no hay que buscar sentidos recónditos, sino abandonarse «al gallardo espíritu ca­prichoso de una fantasía quizás a veces demasiado atrevida», de la que Callot, con sus grabados, fue el único inspirador. En realidad, es algo más que un capricho; a tra­vés del a menudo enigmático juego de rela­ciones internas entre los personajes y sus vicisitudes, Hoffmann hace aflorar una gran verdad ética y educativa.

B. Allason

Sigenot

Poema en alemán medieval, que podemos reconstruir a través de un manuscrito del siglo XV; se refiere a una de las muchas leyendas del ciclo de Dietrich von Bern (v.), y concretamente a su combate con el gigante Sigenot. Se cuen­ta cómo Sigenot quiere vengarse por ha­ber matado Dietrich a dos de sus parientes, quitándoles el yelmo Hildgrimm. Sigenot consigue abatir a su contrincante y encerrarle en una gruta, donde al poco tiempo trae también a Hildebrand (v.), fiel com­pañero de Dietrich, también vencido en duelo.

Pero en este punto su antiguo maes­tro de armas, enfurecido, mata a Sigenot con la espada de Dietrich y libera a éste con la ayuda del enano Eggerich, después de reprocharle por haber salido solo de Verona. Este breve poema, que tiene escasa importancia artística, pertenece al número de los muchos poemas cortos que responden al tiempo en que la épica heroica alemana empieza a degenerar en puro gusto de lo aventurero y se tiñe con matices cómicos.

M. Pensa

El Pobre Dionisio, Mihail Eminescu

[Sarmanul Dionis]. Novela del escritor rumano Mihail Eminescu (1849-1889), publicada en 1872. El joven Dionisio, melancólico y soñador, quisiera vivir en tiempos ahora ya pasados. Sumergido en la lectura de un manuscrito de astronomía, mientras una muchacha en una habitación contigua canta dulcemente acompañándose con el piano, el joven em­pieza a perder la conciencia de lugar y tiempo y se ve transportado por sus ensue­ños.

Retrocediendo en el tiempo vive en los días de Alejandro el Bueno, gran señor de Moldavia, en el siglo XV, siendo él el mon­je Dan, y en la casa del señor Rubén apren­de las fórmulas que le permitirán levan­tarse por el espacio. Entonces deja en la Tierra su sombra y volando alcanza a María, de la que está enamorado; con ella, viajan­do por el espacio, llega a la luna. Su felici­dad es tan grande que se figura ser Dios y, por castigo, es precipitado a los abismos del espacio. Así vuelve a la realidad, pero, creyendo que sigue siendo Dan, se queda estupefacto e incapaz de orientarse, hasta que María, disfrazada de jovencito, va a verle y la felicidad le hace recobrar defini­tivamente la conciencia.

El cuento en su paso de la realidad al sueño, más natural en la primera parte, traduce poéticamente la inclinación del autor hacia el pasado, los sueños, su deseo de perderse en regiones fantásticas y salir de la propia personalidad. El elemento folklórico tiene una parte im­portante en esta obra como en todas las de Eminescu (v. también Poesías).

H. Lupi