Biblioteca de Apolodoro

Bajo el nombre del gran historiador y cro­nista ateniense Apolodoro, que floreció ha­cia el año 150 a. de C., nos ha sido transmitida la Biblioteca, que es un vasto tratado mitológico, compilado según inme­jorables fuentes, no antes del siglo I d. de C. Por qué algunos han querido atribuir a Apolodoro esta obra, no se comprende claramente; su fama más que a nada se debía a las Cronologías que proporcionaban la base cronológica a toda la historia anti­gua desde los tiempos troyanos hasta la época del autor, pero como además de cro­nología, Apolodoro se había ocupado en mitología, en una obra de 24 libros titulada De los dioses se pudo en cierto modo atribuirle, sin otro fundamento que el de una afinidad en el tema tratado, esta compilación mitológica para puro uso es­colar y de repertorio. No hay nada, en efec­to, de común entre la obra espuria conser­vada y los fragmentos auténticos; en ésta la dirección científica era rigurosamente seguida, no sin referencias a la filosofía estoica y a la filología de Aristarco; la li­teratura poética, principalmente homérica y la de Hesiodo, que constituía verdadera­mente la Biblia teológica y mitológica de los griegos, era examinada por Apolodoro críticamente, y tal vez hasta demasiado ra­cionalmente, pues hallaba en la génesis de la idea de divinidad, si no precisamente el substrato humano al modo de Evemero, a lo menos el astral cosmogónico, y hasta léxico y etimológico. La Biblioteca, en cam­bio, no tiene ningún presupuesto crítico: se limita a exponer los hechos clara y senci­llamente. Mucho del material mitológico del pseudo Apolodoro fue a parar a la literatura escolar, en cuanto los comentadores halla­ron cómodo y oportuno ilustrar las figuras mitológicas con informaciones sacadas de ese repertorio. Su utilidad es demostrada también por el número de compendios que de la Biblioteca se hicieron en los siglos posteriores; todavía hoy representa el más vasto y completo repertorio mitológico de que disponemos para la ambigüedad, si bien de muchos mitos sólo son expuestas las va­riantes más conocidas y no las más extra­ñas y anticuadas. Substancialmente la Bi­blioteca se atiene a la pura tradición del helenismo épico y dramático.

F. Della Corte

Beovulfo

[Beowulf]. Poema de autor desconocido, en lengua anglosajona, que trata de la más antigua leyenda de las es­tirpes germánicas, nacida entre los anglos, cuando aún vivían en la provincia de Angeln en el Schleswig, esto es, hacia la mitad del siglo VI d. de C. No se ocupa, sin embargo, el poema ni de los anglos ni de los sajones, sino de los daneses en sus relaciones con los godos cuando éstos habitaban la Suecia meridional. Se divide en dos partes: la pri­mera, «gloria de Beovulfo», se desenvuelve en la isla danesa de Sjálland y se inicia con la exaltación de la dinastía de los Schyldingos, fundada por Schyld, misterioso niño encontrado en una barca a la deriva y ele­gido rey desde muy joven por su gran valor. A su muerte, el pueblo revistió ricamente sus despojos y, colocándolos en una nave, los confiaron al mar, para que los llevase a la tierra desconocida de donde procedía. El rey Hrothgar, su descendiente, construyó un castillo de madera llamado Heorot (esto es, el castillo de las paredes ornadas con astas de ciervo) en un promontorio sobre el mar tempestuoso, poco más allá de un pantano poblado por misteriosos y terribles enemigos en acecho.

Entre estos enemigos, el más feroz era el ogro Grendel, «medio hombre, medio monstruo», quien, envidian­do a los huéspedes de Heorot la alegría de las noches que transcurrían bebiendo hi­dromiel entre las músicas del arpa y el canto de los «scóp» (bardos), con frecuen­cia se aprovechaba de las tinieblas para asaltar el castillo, raptar a los amigos de Hrothgar sumidos en el sueño, y devorar­los. Ya llevaba Grendel doce años entrega­do a su obra nefasta, cuando Beovulfo, jefe guerrero de Hygelac, rey de los godos, vino de Suecia con catorce compañeros dispues­to a contender con él. Se ocultó en la sala durante la noche; cuando el monstruo apa­reció y agarró a uno de sus compañeros, Beovulfo se arrojó sobre él, y luchando furiosamente, tras romperle un brazo, le obligó a retirarse a morir en su guarida. A la noche siguiente, la madre de Grendel asalta Heorot, matando a uno de los mejo­res amigos de Hrothgar, y éste para vengar­le, se dirige, con Beovulfo, a la guarida acuática del monstruo. El héroe combate con la madre, la mata y lleva al rey la ca­beza de Grendel; luego, colmado de dones, vuelve con sus compañeros a la patria, para narrar a Hygelac, su rey y tío, las gloriosas empresas llevadas a cabo. La segunda parte, «Muerte de Beovulfo», se desarrolla en Suecia y presenta al héroe viejo, desde hace cincuenta años rey de los godos, tras la muerte de Hygelac y de su hijo. Siempre valeroso y joven de ánimo, al oír que un dragón que alienta fuego, está a punto de devastar su país, en venganza de haberle sido robado una gran parte del tesoro que custodiaba, parte para combatirle, seguido de una escolta de guerreros. Todos los compañeros, aterrorizados, le abandonan, excepto un pariente suyo, Wiglaf, que le ayuda a terminar con el «gusano mortal».

El viejo héroe, sin embargo, infeccionado por el hálito del monstruo, queda casi mo­ribundo. Se hace llevar el tesoro para go­zarse mirándolo y expira declarándose con­tento por haber sacrificado su vida por el bien de su pueblo. El cuerpo de Beovulfo fue quemado sobre una gran pira, y las cenizas, con el tesoro, fueron sepultadas a la altura del cabo Hronesnaes, visible desde lejos para todos los navegantes. El manus­crito comprende cerca de 3.000 versos alte­rativos, en lengua sajona occidental del si­glo X, y se cree que fue rehecho sobre un original en dialecto anglo del siglo VIII, obra de un poeta discretamente culto, que añadió a la narración pagana elementos cristianomorales. Es histórica la figura de Beuvulfo, rey de los godos, enemigo de los francos a principios del siglo VI. La obra ofrece una viva pintura de las costum­bres del antiguo mundo germánico, en la paz y en la guerra, de la vida en los cas­tillos de altas empalizadas, de las amplias salas abiertas sobre el mar tempestuoso, de donde volvían las altas y estrechas naves piratas, tras realizar arriesgadas empresas. En ellos, tras las victorias sobre los enemi­gos y las cazas por los pantanos, banque­teaban los héroes mientras cantaban los «scóp». Un profundo fatalismo domina en todo el poema «Wydr (la diosa del desti­no) va siempre según debe», dice Beovulfo cuando ha de enfrentarse con Grendel; «ocurrirá en la lucha lo que Wydr haya previsto», dice también cuando ha de com­batir con el dragón. Este fatalismo le ins­pira, sin embargo, gran valentía: «Quien pueda, gánese el honor antes de morir», y «procurémonos fama o muerte» afirma. Va­liente, dispuesto a ofrecer su vida por el bien de sus súbditos, Beovulfo es el tipo ideal del héroe germánico de la alta Edad Media; el héroe que une a un valor excep­cional, la más alta conciencia de su misión de soberano que le impone ser a todas ho­ras el primer servidor del Estado. Trad. italiana de F. Oliviero (Turín, 1933).

G. Lupi

Belfagor, Maquiavelo

Hay varias obras inspiradas en la leyenda, probablemente de origen oriental, del diablo que toma mujer; es una leyenda bastante divulgada en los cuentos populares, según se ve en una relación del siglo XVI que la crítica ha reconocido inde­pendiente de la famosa de Maquiavelo, es decir, en una narración de las Noches agra­dables (v.) de Straparola. No se pueden citar redacciones escritas antes del si­glo XVI, excepto las Lamentaciones de Matteolo [Lamentations de Mathéolus] de Johan Le Févre (siglo XV) y otros escasos testimonios, en latín; conviene después citar el Ecatomythium de Lorenzo Astemio, com­puesto hacia los primeros años del XVI y publicado en 1536. El famoso archidiablo Belfagor (Baal-Peor en la Biblia de los Setenta), dios de los moabitas y de los madianitas, entre los que era venerado por las mujeres, está considerado por San Jeró­nimo como el correspondiente hebraico de Priapo; también comparece, genéricamente, entre los diablos de los misterios medie­vales. Pero sobre todo se ha difundido en la literatura moderna el extraño caso del diablo burlado, a través de la novela de Maquiavelo y de su reelaboración en verso por La Fontaine (v. Cuentos).

C. Cordié

*   La novela de Maquiavelo [Nicoló Ma- chiavelli (1469-1527)] Belfagor archidiablo [Belfagor Arcidiavolo], tuvo en su ori­gen un nombre diferente, La novela del diablo que tomó mujer [La novella del diavolo che prese moglie], y tras varias falsas atribuciones, en 1549 fue publicada con el nombre de su verdadero autor. Bel­fagor es un archidiablo al que tocó en suerte entre todos los demonios del infier­no realizar una difícil misión en la tierra. Como muchas almas de condenados confie­san que la causa de su condenación fueron sus mujeres, Plutón decide enviar un diablo a la tierra para confirmar ese aserto. Bel­fagor toma forma humana, recibe una gran cantidad de dinero, y eligiendo Florencia como lugar de la prueba, entra en ella con gran séquito, bajo el nombre de Rodrigo de Castilla, noble español. Recibido con grandes honores, casa con una bellísima, pero pobre muchacha, llamada Honesta, y bien pronto se enamora de la mujer, a la que juzga más soberbia que el propio Lucifer. Por ella gasta su dinero, también ayudando a sus cu­ñados que terminan por llevarlo a la ruina. Reducido a la pobreza y perseguido por los acreedores, se ve precisado a huir, refugiándose en casa de un labriego de la cam­piña florentina. En prueba de agradecimien­to, Rodrigo le revela su verdadero ser y como recompensa le promete penetrar en el cuerpo de una muchacha, de donde sólo saldrá cuando el campesino, fingiendo exorcizarla, quiera que salga del cuerpo de la niña, pudiendo de este modo embolsar la gran cantidad prometida por la familia a quien la libre de los demonios. Así ocurre durante dos veces; pero después Belfagor advierte al campesino que está ya cansado de continuar por este camino. Pero ocurre que una hija del rey de Francia está poseí­da por los espíritus: el rey llama al cam­pesino y le ordena curar a su hija bajo pena de muerte. El campesino ruega a Belfagor que salga del cuerpo de la princesa, pero el diablo no obedece. El campesino enton­ces hace levantar en la plaza principal una gran tribuna en la que se celebrará una misa propiciatoria, y ordena que se colo­quen alrededor de la plaza, gentes con trombas, címbalos, tambores, cuernos, etc., que deberán todos sonar a una señal suya.

Cuando viene la princesa, el campesino da la señal y al preguntar el diablo la causa de tanto estrépito, le responde, sin que la multitud pueda oírle a causa del ruido, que se trata de la mujer de Rodrigo que viene a buscarlo. Ante tales palabras, Belfagor huye asustado, prefiriendo regresar al infierno. Esta viva narración, escrita en un ligero y límpido lenguaje, lleno de sal y humor, pertenece a la literatura satírica antifemenina. Fue muchas veces refundida y tradu­cida; La Fontaine la rehizo en francés, el poeta Fagiuoli la vertió en tercetos. El in­glés John Wilson (1627-1696) escribió en 1690 una .tragicomedia, Belfagor, el matri­monio del Diablo [Belfagor, the marriage of the Devil]. Como en la Mandragora (v.), domina aquí el placer de representar, reuniendo imágenes vivas en un clima de alegre sarcasmo. Así aparece la imagen del desenfadado Maquiavelo, que tantas veces se trasluce en las cartas del secretario flo­rentino.

E. Allodoli

La única novela fantástica que puede llamarse obra de arte, es el Belfagor; el diablo acompañado de la sonrisa maquiavé­lica.     (De Sanctis)

*   Notable es el Belfagor «archidiablería en cuatro actos» de Ercole Luigi Morselli (1882-1921), compuesto probablemente en 1920. La fábula es la misma de la novela de Maquiavelo, con algunas variantes. Belfagor, hecho hombre, toma el nombre del rico Ypsilón, y la ocasión de tomar esposa se le presenta en la familia de un farmacéuti­co avaro, maese Mirocleto, padre de tres hijas: Cándida, Fidelia y Magdalena, de las cuales sólo Cándida posee buenas y amables costumbres. Ella ama a un joven marinero, Baldo, con el que su padre no la deja casar porque es pobre. El señor Ypsilón, «impo­nentísimo, pomposísimo, brillantísimo», ha­bla en la tienda del farmacéutico con pa­labras elevadas y difíciles, llenando de cu­riosidad a toda la familia con su riqueza y sus maneras, y al viejo avaro le da un baño de agua de rosas con sus inesperadas ga­nancias. Hace la corte a Cándida; pero ésta reafirma su amor por el marinero lejano. Entre tanto, Belfagor hace varias diabluras en casa de Mirocleto, por lo cual éste es arrestado; pero un siervo de Belfagor hace comprender que si Cándida se casara con el rico Ypsilón, todo tendría arreglo. Y así ocurre. La boda se celebra con fiestas y alegrías; pero en el aire se nota algo in­fernal, entre risas sardónicas y befas malig­nas. Parece como si una atmósfera trágica envolviera todas las cosas. Cándida piensa constantemente en el marinero; en cambio, las hermanas sueñan con ilustres persona­jes del séquito de Belfagor, diablo disfra­zado. Por fin, Cándida se rebela al amor de Ypsilón y huye del lecho conyugal, al tiem­po que el palacio queda convertido en rui­nas y los diablos vuelven miserablemente a su infierno. En el último acto, hacia media noche, tres vagabundos se encuentran cerca de la iglesia. Vuelve Baldo, se topa con Belfagor, quien, bajo el disfraz de uno de los vagabundos, trata de hacerle dudar de que Cándida le haya sido fiel. Baldo llora y se desespera, hasta el extremo de parecer endemoniado. Pero el amor de la muchacha le devuelve la paz: la pureza de ella vence todos los hechizos, todos los debates. En­tonces Belfagor, perdida la partida, vuelve a la lid con cuernos y cola, continuando la vida de soltero sin querer someterse a más pruebas. La obra, con sus vivos contrastes entre sentimiento e ironía, muestra cuánta complejidad expresiva había alcanzado el mundo de Morselli tras Glauco (v.) y Orion (v.); más cerca de este último, Belfagor, con su afirmada potencia satírica, no ex­cluye sin embargo temas profundamente emotivos, como el persistente afecto de Cándida hacia su novio; pero el conjunto está entretejido de sarcasmo y bufonería, en la que halla desahogo la rica vena hu­morística de Morselli.

C. Cordié

*   óperas musicales: Belfagor, ópera có­mica en un acto de Casimir Gide (1804- 1868), representada en 1858; Belfagor, ópera fantástica de Giovanni Pacini (1796-1867), Florencia, 1861.

*   De la comedia de Morselli (y probable­mente de una primera redacción), Claudio Guastalla extrajo el libreto de Belfagor, co­media lírica en un prólogo, dos actos y un epílogo, de Ottorino Respighi (1879-1936), representada en Milán en 1923. La obra es musicalmente una agradable tentati­va de retorno a la ópera bufa italiana y de fusión de elementos líricos con elemen­tos grotescos, de apuntes sentimentales con motivos irónicos o caprichosos. Pero la unidad estilística adolece del eclecticismo de la inspiración, que se mantiene por com­pleto en la órbita de un mundo postro­mántico. Con todo, aunque la unión de los géneros no se verifique por completo, y por tanto no siempre resulte neta la carac­terización de las situaciones y de los per­sonajes, la obra contiene páginas brillantes, que ponen en evidencia la mayor inclina­ción de Respighi por las composiciones sin­fónicas que por las dramáticas, y su pro­fundo conocimiento de los más sutiles pro­blemas de la técnica orquestal (v. también el Diablo es un asno).

L. Fua

Belisario, Manuel Georgila Limenita

[Narración del ad­mirable individuo llamado Belisario ]. Poema bizantino que ha llegado a nosotros en tres redacciones, una de ellas en 556 versos, de quince sílabas, sin rima; otra en 840 versos que riman sólo hacia el final de la composi­ción, y la tercera en 997, todos rimados. La segunda es obra del versificador de Ro­das, Manuel Georgila Limenita (siglo XV), que amplió un poema anterior compues­to en el siglo XIV, o tal vez otro poema más antiguo, mientras que las otras dos re­dacciones carecen de nombre de autor. A través de toda la composición, escrita en lengua popular, se mezcla la verdad his­tórica con la leyenda del personaje, que se fue formando a través de los siglos (cierta­mente no antes del XI y tal vez mucho más tarde), y con la fantasía del autor, que hace navegar a su héroe nada menos que hasta Inglaterra, al servicio del rey, e introduce en la narración nombres de per­sonajes que vivieron en Bizancio después que el protagonista. En general, se trata de un trabajo netamente griego, sin influen­cias extranjeras, con cierto aliento heroico y dramático y con un final, único en los poemas populares bizantinos, que podríamos llamar patrióticos.

C. Brighenti

*   Con el mismo título de Belisario, se conocen varias obras, que confirman la fa­mosa leyenda con que la Edad Media coro­nó la figura del gran general caído en des­gracia de Justiniano, leyenda que parte de la Historia Secreta (v.) de Procopio de Cesarea. La obra más célebre, en el teatro europeo, es el Belisario [Belisaire], de Jean de Rotrou (1609-1659), tragedia en cinco ac­tos, representada en 1642 y publicada en 1644. Belisario, después de haber conquistado Persia y la India, regresa triunfante a su patria. Como el general desdeña el amor de la emperatriz Teodora, ésta quiere vengarse, instigada fuertemente por celos contra An­tonia, dama a quien él corteja. A Teo­dora la secunda Leoncio, que se cree arrui­nado por Belisario, y que al darse cuenta de su error, no quiere matar al héroe. Pero Narsés, favorecido de Justiniano, se encarga de llevar a cabo el hecho; conmovido, al ir a matarle, halla junto a Belisario, dormido, su nombramiento de gobernador de Italia. Del mismo modo falló en su empresa Filipo, enamorado de Antonia. La propia em­peratriz trata entonces de suprimir a Beli­sario; pero sorprendiéndola el emperador en el acto, sólo la clemencia de Belisario la salva de su justo castigo. A pesar de todo, calumniándole con una carta fingida, dirigida a Antonia y que la emperatriz dice haber recibido de ésta, Teodora hace privar de sus honores al general: Justiniano le condena a muerte y, apenas ajusticiado, Teodora confiesa su culpa. Pero ya es tarde. Muriendo inocente, Belisario demuestra la honestidad de su vida.

La tragedia, a pesar de que no puede contarse entre las mejores obras de Rotrou, es importante por su sencilla representación de las intrigas y por la pintura incisiva y pasional del pro­tagonista. La crítica de nuestros días, aten­ta a descubrir en Rotrou los motivos que hacen, de él, «inconsciente heraldo de Ra­cine», relaciona ésta con el Británico (v.); reelabora el drama español El ejemplo ma­yor de la desdicha de Antonio Mira de Amescua (15749-1644), aparecido en Zara­goza en 1632 y, atribuida, erróneamente, a Juan Pérez de Montalbán, con el nombre de la Comedia famosa del Capitán Belisa­rio y ejemplo mayor de la desdicha, y después, por un nuevo error, a Lope de Vega: publicóse, según el original, en Ma­drid en 1923, por Ángel Valbuena Prat, con otras obras del mismo escritor. En este drama se presenta al general bizantino con un pro­fundo sentido del honor; revelando el amor, en las varias intrigas de los persona­jes, acentos verdaderamente patéticos, has­ta en los contrastes y en los odios más acendrados.

C. Cordié

*       Un gran acontecimiento fue, en su tiempo, el Belisario [Bélisaire], tragicomedia de Gauthier de Costes de La Calprenède (1614-1663), representada en 1659 y nunca impresa en ella el carácter del general desciende del pedestal de tragedia de Rotrou para perderse en revoloteos y cantatas.

*       Es notable el Belisario [Bélisaire] de Jean François Marmontel (1723-1799), novela moral y política publicada en 1767. Según el espíritu de la ilustración, la trama representa la desgracia de la sabiduría, porque es maestra de bondad. Por otra parte, la narración está llena de aventuras y de intrigas. Justiniano es viejo y el imperio está en decadencia: sus cortesanos viven entregados a grandes orgías y festines. Belisario llega a un castillo de Tracia y dirige a los jóvenes palabras de devoción para el estado. El general está ciego y le guía un muchacho. El oven guerrero Tiberio cuenta todo esto a Justiniano, que quiere hablar de incógnito a su antiguo genera. Luego, Belisario encuentra en un poblado a Gelimer, antiguo rey de los vándalos, al que un tiempo venciera y juntos razonan filosóficamente sobre la existencia. Los búlgaros raptan a Belisario, pero él se niega a volverse contra el emperador bizantino y consigue refugiarse en una aldea que anta­ño salvara de los hunos. Más tarde encuen­tra a su familia desterrada en un castillo ruinoso; al verle, la mujer, enferma, muere y la hija se desmaya. El grande y fiel gene­ral advierte, por medio de Tiberio, al empe­rador que los búlgaros están en Tracia. En seguida, el emperador habla con Belisario, que no lo reconoce, sobre asuntos políticos: por fin, convencido de su inocencia, le vuelve a su favor. Eudoxia, hija de Beli­sario, se casa después con Tiberio, que su­cederá a Justiniano en el imperio bizanti­no. La obra, prolija y débil en las descrip­ciones, interesa por el testimonio del autor sobre los problemas de viva actualidad en el siglo de las luces, entre otros el de la tolerancia religiosa: famoso en tal concepto, es el capítulo XV, traducido al ruso por Catalina II, por las ideas innovadoras que contiene. La novela fue parodiada por un alegre escritor que bajo el nombre de Desriviéres «soldado de la guardia» [«soldat aux gardes»] imprimió un Hilario [Hilaire] en Amsterdam en 1767.

C. Cordié

*   También Carlo Goldoni (1707-1793) es­cribió un Belisario, drama popular que ini­ció la serie de sus éxitos teatrales en Venecia, aunque no sea obra de valor.

*   En cambio, ofrece algún interés el Be­lisario [Belisaire] (1808) de Stéphanie-Félicité Ducrest de Saint-Aubin de Genlis (1746-1830). Esta novela sigue bastante por encima la de Marmontel. Para no aludir a la política de los grandes, no se culpa en ella a Justiniano de los males del general, que fue perseguido y cegado por venganza de los enemigos envidiosos. Desenvuelve prolijamente el encuentro con Gelimer, en el que el soberano destronado recibe al ven­cedor en desgracia: esto sugiere a la es­critora numerosas páginas sobre la belleza del perdón. Se inspira también en Mar­montel, compitiendo en la tentativa de dar a la escena un personaje ejemplar, el Be­lisario [Bélisaire], drama en cinco actos y en verso de D’Ozicourt, publicado en 1779 y de estilo muy seco, aun en la búsqueda de una naturaleza que huya de los excesos de la pasión. El argumento, que abunda en re­ferencia a la sociedad moderna, inspiró en seguida otros modelos, entre ellos una tra­gedia en cinco actos de Victor Jony (1764- 1846), que se representó en 1818 y que en seguida fue prohibida por la censura que creyó atisbar en ella simpatías por Na­poleón.

C. Cordié

*   En música, merece recordarse una ópe­ra en tres actos, Belisario, de François André Danican Philidor (1736-1795), con li­breto extraído de la novela de Marmontel; fue representada en París en 1796, y la mú­sica refinada de Philidor, al gusto de Rameau y de Mozart, fue bastante aplaudida. Bajo el directorio, Pierre Garata (1764-1823) compuso una romanza Belisario con letra de Népomucéne; sigue un melodrama ho­mónimo de León de Saint-Lubin (1805- 1850), representado en Viena en 1827, y fi­nalmente el Belisario de Gaetano Donizetti (1797-1848), representado en Venecia en 1836 y en París en 1843. A pesar de sus cua­lidades, la obra no tuvo éxito.

El Ave Fénix, Cynewulf

[The Phoenix]. Poemita anglosajón de 677 versos, conservado en el Codex Exoniensis donado a la biblioteca de la catedral de Exeter por el obispo Leofric (1046-1072), al transferir su sede de Crediton a Exeter. El poemita, atribuido a Cynewulf por afinidad de estilo (sig. VIII- IX), describe el magnífico bosque en que vive el Ave Fénix, lleno de árboles mara­villosos y de frescas aguas corrientes. Ape­nas aparece el sol fulgurante de luz, el pá­jaro prodigioso eleva su vuelo cantando una melodía que ningún ser humano puede igualar, con la que expresa la alegría de su espíritu. Señala durante doce veces las ho­ras del día y de la noche, y así vive gozan­do de las bellezas de la naturaleza, durante mil inviernos. Construye su nido en prima­vera con las hierbas más aromáticas y per­fumadas, en el árbol más alto, y allí vive feliz hasta que, en el día prefijado, el sol ardentísimo incendia su vivienda; en la ho­guera, todo se reducirá a cenizas, pero de las cenizas surgirá el pájaro joven y puri­ficado. El Ave Fénix es el símbolo de las almas pías y santas que tras una vida justa renacerán a la felicidad del cielo, y es tam­bién el símbolo del Redentor que pasó de los sufrimientos de la tierra a los gozos del Paraíso. En su primera mitad, el poemita está inspirado, casi parafraseándolo, en el Carmen de ave Phoenice de Lactancio y conserva la interpretación dada a esta le­yenda por San Ambrosio en el Hexamerón (v.) y por Beda en los comentarios al libro de Job. Es la única composición poé­tica anglosajona que exalta la naturaleza lujuriante y serena, glorificada por el es­plendor fulgurante del sol. Parece como si el autor hubiera querido olvidar la natura­leza de su país, terrible y a menudo enemi­ga, refugiándose con la fantasía en el riente y alegre paisaje oriental y, que entre las brumas nórdicas que lo envuelven, haya querido glorificar a la fuerza y el esplendor del sol expresando poéticamente el fuerte sentimiento que impulsa hacia el sur a los pueblos nórdicos.

E. Lupi