La Arcadia, Giovan Mario Crescimbeni

[L’Arcadia]. Obra des­criptiva en siete libros de Giovan Mario Crescimbeni (1663-1728), publicada en Ro­ma en 1709. Orgulloso de pertenecer a la sociedad arcádica (v. Arcadia) y deseando «certificar» sus «obligaciones inscribiendo la historia de sus hechos», el autor despliega un relato y lo adorna «con todas las gracias que la calidad de la obra podía sopor­tar, y hacerla aparecer completamente dis­tinta de lo que es, escondiéndola en una fábula».

Hablando del movimiento literario que tomó el nombre de los pastores de Ar­cadia y de su sencillez de vida, Crescimbeni narra en forma imaginativa que algu­nas ninfas en viaje hacia la Elida llegan al bosque Parrasio en Roma, celebran los funerales de Basilisa (la reina Cristina de Suecia, protectora de la sociedad) y toman parte en la vida de los pastores de Arcadia (Libro I). En este punto la obra, que ha repetido el título de la obra maestra de Sannazaro, se convierte en pretexto para largas descripciones, en las que las ninfas van a la cabaña del pastor Epidauro y se enteran allí de muchas novedades científi­cas (II), luego van junto a Nitilo y obser­van el museo de antigüedades (III), luego junto a Disfilo y disfrutan de sus maravi­llosas pinturas (IV), después junto a Eufrisio y admiran su biblioteca y sus experi­mentos matemáticos (V). Más tarde pasan por el bosquecillo de Aristeo, moran en la cabaña de Emireno y permanecen entre los pastores que preparan su grata acogida (VI). Tras una estancia en la cabaña de. Metaureo, continúan el viaje y llegan a Elida donde celebran los Juegos Olímpicos (VII).

La obra, construida con mucho cui­dado pero también con mucha debilidad narrativa, presenta con abundancia de deta­lles la hermosa sociedad de Roma y de las colonias arcádicas, fundadas en las diversas ciudades, y traza en sustancia una verda­dera historia moral de las actitudes y cos­tumbres de la nueva corriente social y lite­raria. La fantasía se inspira en una con­cepción amable pero también melindrosa de la vida: un grupo de pastores, entre muchos nombres olvidados al pasar el tiempo aun­que perteneciesen a altos grados de la Igle­sia y de la Nobleza, conserva los nombres arcádicos de los personajes más conocidos: basta citar a Redi, Gigli, Salvini, Magliabechi, Magalotti, Gravina, Fagiuoli, los es­posos Zappi, Vallisneri, el entonces abate Passionei y Lambertini, que todavía no había alcanzado el solio pontificio. Entre los socios difuntos eran ilustres Francesco de Lemene, Vincenzo da Filicaia y Lorenzo Bellini.

C. Cordié

El Aprendiz de Brujo, Wolfgang Goethe

[Der Zauberlehrling]. Balada, alemana de Wolfgang Goethe (1749-1832), compuesta en 1797. El discípulo de un mago, pronunciando una fórmula mágica, transforma una escoba en ser humano a quien ordena ir a buscar agua para llenar la bañera; pero olvida la fórmula necesaria para que cese el encanto y el criado embrujado continúa imperté­rrito trayendo agua, provocando una serie de complicaciones e inundando la casa. El providencial retorno del mago devuelve la escoba a su modesto lugar y restablece el orden turbado por la insuficiente ciencia mágica del rapaz. La balada, que pertenece al tercer período de la actividad de Goethe, cuando, superado su juvenil «Sturm und Drang» (v.) ordenó su pensamiento según las armoniosas y serenas formas clásicas, está constituida de catorce estrofas: siete octavas alternando regularmente con siete sextinas, respectivamente de ritmo distinto. Los primeros cuatro versos de las octavas están formados por cuatro troqueos y los últimos de tripodias trocaicas catalécticas en el sexto y octavo verso, y tienen rima alterna. También las sextinas, formadas de troqueos, tienen rima alterna en los pri­meros cuatro versos y repiten al cerrar la estrofa la rima del primero a la que se añade un verso no rimado. Así la vuelta continuamente mudable de la poesía se adapta perfectamente al tema que fue tra­tado ya por el poeta en otra balada, El bus­cador de tesoros, recogido aquí con tono sa­tírico más insistente. [Trad. española de R. Cansinos Assens (Madrid, 1948)].

O. Lennovari

*      La balada de Goethe inspiró El apren­diz de brujo [L’apprenti sorcier], poema sin­fónico en forma de «scherzo» de Paul Dukas (1865-1937), estrenado en París en 1897. Es una de las más populares páginas sin­fónicas de la música contemporánea y debe su extraordinario éxito al hecho de que, aunque extraída de elementos descriptivos sugeridos por la trama poética de Goethe, su fuerza expresiva se sostiene en una fé­rrea construcción en forma de «fuga»: el ritmo irónico de la partitura de Dukas. su espíritu endiablado y su asombrosa instru­mentación superan completamente la tesis literaria. El original tema de la escoba (expuesto por primera vez por tres fago­tes), viene repetido, en todos los «modos», infinitas veces y bajo innumerables aspec­tos, en una rutilante vestimenta orquestral donde están pintados los borbollones del agua, el creciente espanto del discípulo im­prudente, y sus gritos de socorro. La «fuga» está encerrada entre dos episodios de ca­rácter tranquilo. En el segundo surge, para aclarar la trama, con acentos casi schumanniartos, una dulcísima frase conciliadora.

E. M. Dufflocq

El Anillo Mágico, Friedrich de La Motte Fouqué

[Der Zauberring]. Novela caballeresca del escritor alemán Friedrich de La Motte Fouqué (1777-1843), concebida ya en 1811 como lo demuestra una carta a Fichte, y aparecida en 1813. En la complicadísima trama, Fouqué qui­siera demostrar que de alemania surgió la idea de la caballería que fue «ramificándose por el mundo entero entre amores y combates» para volver finalmente a su ver­dadera patria. En efecto, en el relato el anillo mágico es sólo un pretexto y el ver­dadero protagonista es el caballero Hugo de Trautwangen. Éste tiene un hijo, Otón, quien, todavía joven, encuentra a Gabriela de Portamour que le explica que va en busca de un anillo encantado, robado a su familia por los Montfaucon; ella ha conse­guido por tres veces tomárselo a Blancaflor de Montfaucon, pero Folco, su valiente her­mano, ha derribado por tres veces también a su campeón, obligándola a restituir el anillo. En aquel momento aparece Folco que vuelve a derribar al caballero de Ga­briela. El joven Otón se presenta como nuevo adalid, pero es rechazado porque to­davía no ha sido armado caballero.

En ade­lante, sin embargo, Gabriela es su dama y el anillo, su aventura. Se hace armar caba­llero por su padre, abandona a su prima Berta que se consume de amor por él, y marcha. Rodando por el mundo descubre los amoríos del caballero Hugo de las gran­des hazañas, su padre, y encuentra por to­dos lados hermanos nacidos de mujeres abandonadas por su padre y, al fin, incluso a su propia madre, de la cual se había li­brado Hugo con sortilegios y encantamien­tos. Finalmente, tras haberse perdido y en­contrado de nuevo, se reúnen todos en el castillo de Trautwangen: sus padres se re­concilian, Berta se casa con Otón, Gabriela con Folco de Montfaucon, Blancaflor con el bardo y el anillo encantado queda en manos de Tibaldo. La acción es precipitada y no se sostiene. La obra agradó en su época por sus románticas aventuras y fan­tasías. Y el entusiasmo del autor por el mundo caballeresco es incluso sincero. Pero, «los caballeros, sean francos, o nór­dicos, continúan siendo más o menos los oficiales de la Guardia prusiana contempo­ránea del autor». En cambio hay detalles ricos de fantasía, como sucede siempre en Fouqué; hermosos cuadros decorativos y sentidos paisajes.

G. Federici Ajroldi

Amor Y Psiquis

La fábula de Amor (v.) es uno de los más placenteros mitos de la antigüedad clásica. Fundada en mo­tivos que se encuentran también en todas las tradiciones folklóricas del mundo anti­guo, debió estar muy difundida en la literatura y en el arte griegos, aunque sólo se hallen rastros de ella en algunos comenta­rios y en la escultura.

*      Su única expresión completa se halla en las Metamorfosis (v.) de Apuleyo. La célebre fábula ocupa parte del cuarto li­bro, todo el quinto libro y parte del sexto. Un rey y una reina tenían tres bellísimas hijas; la menor, Psiquis, de belleza verda­deramente divina. La fama de ésta se di­fundió por todas las tierras cercanas de donde venían peregrinaciones sólo por verla. Ya Pafos, en Gnido y en Citerea, se abando­naba el culto de la diosa Venus, mientras que a Psiquis se concedían honores divinos. Esta rivalidad de una mortal irrita el áni­mo de Venus, la cual manda llamar a su hijo Cupido, le muestra a Psiquis y le su­plica que vengue el honor de su madre induciendo a Psiquis a enamorarse del ser más vil de la tierra. Mientras tanto, jamás hombre alguno ha osado acercarse a la muchacha; hasta el punto que, sospechan­do sus padres un odio celeste, consultan al oráculo de Mileto el cual ordena que Psi­quis sea vestida como para la muerte, y, acompañada en cortejo fúnebre, se la aban­done sobre un alto peñasco, cortio prometi­da a un ser ante quien tiemblan el cielo, la tierra y el infierno. Psiquis, abandonada en un alto risco, es levantada del suelo por un vientecillo que la deja sobre un florido césped, y allí se duerme. Cuando se des­pierta se pone en camino y llega a un maravilloso palacio donde oye voces que le dicen que son suyas todas aquellas maravi­llosas riquezas, la invitan a reposar y a tomar un baño; después de lo cual es ser­vida por muchas voces incorpóreas que son sus sirvientas y le aconsejan que no inda­gue acerca de su nueva condición. La sir­ven invisibles presencias que forman armo­niosos coros, y, por fin, un marido también invisible la hace suya. El marido le dice que no busque a sus hermanas, que no responda a sus voces, y no se muestre a ellas cuando las oiga llorar allá arriba so­bre la peña donde ella fue abandonada, so pena de una gran desgracia.

Él cede des­pués a las insistencias de Psiquis, y le per­mite hacer preciosos regalos a sus herma­nas, pero la pone en guardia contra los consejos que ellas le darían. Llegan las her­manas a la cúspide del risco, Psiquis envía a Céfiro a recogerlas, les muestra su ma­ravilloso palacio, y las vuelve a mandar a su casa en las alas del viento, colmadas de regalos y llenas de envidia. Pero en las repetidas visitas de sus hermanas, Psiquis ha incurrido en frecuentes contradicciones a propósito de su esposo, a quien describe, unas veces de una manera, y otras de otra. Sus hermanas comprenden que no le ha visto nunca; señal de que es esposa de un numen, y está encinta de él. Llenas de rabia, le insinúan que es esposa de un monstruo venenoso que acabará por devorarla, le aconsejan que se levante a la no­che mientras duerme su marido, y que vea sus facciones a la luz de una lámpara y, armada de un cuchillo le mate hiriéndole en el cuello; después de lo cual quedará libre para casarse, con todas sus riquezas, con un ser de raza humana. Psiquis por la noche, enciende la lámpara; y en vez de un monstruo ve a su lado a un dios ma­ravilloso: Cupido. Mientras le contempla temblando de amor, una gota de aceite que escapa de la lámpara, despierta a Cupido, el cual, sorprendido, desaparece volando por el aire. Al verse abandonada* Psiquis corre a contárselo todo a sus dos hermanas. Una de ellas, exaltada por la descripción del dios, corre a ofrecerse a él sobre la peña, donde Psiquis fue levantada por el viento, pero es arrastrada y cae al mar. Igual suer­te corre la segunda hermana; mientras tanto una gaviota informa a Venus de la aven­tura y de la quemadura de Cupido. La dio­sa sale del baño y corre al lado de su hijo a quien reprende por sus amoríos, y ruega a Ceres y a Juno que le busquen a aquella vagabunda de Psiquis. A Venus le molesta tener que ser abuela, y que su rival sea precisamente su nuera. Ceres encuentra a Psiquis junto al umbral de un templo suyo; pero para no tener diferencias con su so­brina Venus, se niega a proteger a la pobrecilla. Psiquis se dirige a Juno, pero inútilmente, porque ésta no quiere parecer protectora de una fugitiva a quien manda buscar su nuera.

En tanto Venus se dirige a Júpiter para que le ceda la ayuda de Mercurio en la busca de la joven, y confía a éste una relación que contiene el nombre y las señales de Psiquis. El dios de la voz sonora pregona su bando por las ciudades y el premio concedido a quien encuentre a Psiquis, que es de siete besos a la diosa Venus. Los hombres parten en su busca, y es precisamente la Solicitud, una de las sirvientas de Venus, la que lograr capturar a Psiquis vagabunda y llevarla a la fuerza a presencia de Venus, la cual, después de haberse ensañado contra la pobre y decirle que nunca consentirá en su boda con su hijo, le da a cerner un gran montón de ce­bada con la que están mezclados trigo, garbanzos, lentejas, habas y semillas de adormidera. Y he aquí que, durante la no­che, una procesión de hormigas se afana diligente para efectuar el trabajo que Psi­quis no se atreve siquiera a intentar. Ve­nus impone a Psiquis otros trabajos, sos­pechando que está protegida por todos los fieles del dios del Amor; y uno de estos trabajos consiste en darle un copo de lana de las ovejas de oro que están en la cús­pide de un alto monte; otro, traerle un cántaro de agua de las fuentes del río Estigio, sobre una áspera cima; y por fin ir al Infierno a pedir a Proserpina un tarrito de precioso cosmético. Pero toda la crea­ción ayuda a Psiquis, desde la caña hu­milde, a una torre, que hablan y le ense­ñan cómo salir de aquellas pruebas. Obte­nido el tarrito del cosmético Psiquis piensa utilizar un poco de él para agradar a su Cupido. Pero el ungüento la sumerge en un sueño mortal. Por suerte, Cupido, no pudiendo resistir la ausencia de Psiquis, la encuentra y la resucita, y mientras ella vuelve a emprender el camino, para llevar el regalo de, Proserpina a Venus, él vuela hacia Júpiter y le pide que consienta en su matrimonio con Psiquis.

Júpiter no resiste a la súplica de Cupido, como no ha resis­tido nunca a los asaltos de la lujuria con que el joven procaz se ha burlado a me­nudo de él; reúne a los dioses y anuncia que, proponiéndose frenar al joven Cupido con el matrimonio, dará su asentimiento a las bodas. Enviado Mercurio a recoger a Psiquis, Júpiter le ofrece una copa de am­brosía que la hará inmortal. Las bodas se celebran con un espléndido banquete. De Amor y Psiquis nació luego una hija lla­mada Voluptuosidad. Esta fábula es tal vez la más pura joya de la fantasía alejandri­na. Sus ecos, numerosísimos en las artes figurativas de todos los tiempos, se hallan copiosos en la novelística medieval, en la renacentista, y en la tradición legendaria franco -germánica.

C. Alvaro

Una de las más exquisitas composiciones artísticas de la literatura latina imperial, en la que Apuleyo, el único antiguo que ha transmitido la inmortal leyenda, empleó todos los recursos de su estilo fastuoso e imaginativo y de su manera de ser a la vez obscena y trágica, mística y chistosa, don­de el ingenuo encanto de la creencia popu­lar está mezclado con la burlona represen­tación del Viejo Mundo divino. (C. Marchesi)

*      Pasado a la simbología cristiana por sus significados alegóricos y espirituales, el mito prestó muchos rasgos a conocidas le­yendas medievales, como las de Lohengrin (v.), de la bella Melusina (v.), de la Cenicienta (v.), etc. El Humanismo volvió a los motivos originales de la fábula y Boccaccio la insertó en su Genealogía de los Dioses Gentiles (v.). Hicieron versiones <le ella Boiardo, Pompeo Vizani y sobre todo Fiorenzuola quien, en el Asno de Oro tradujo de manera original todas las Meta­morfosis (v.). Es particularmente rica la tradición que la graciosa fábula tuvo en la poesía latina y vulgar. Se recuerdan el poemita en octavas Psiche de Nicolo da Correggio (1450-1508), Le nozze di Psiche e Cupidine [Las bodas de Psiquis y Cupido] -de Galeotto del Carretto (m. 1530), etc. La fábula fue puesta a contribución por Chiabrera en el poemita Alcina prigionera [Al- cina encarcelada]; por Marino, en el Ado­nis (v.); por Lippi, en el Malmantile racquistato [Malmantile recobrado] (v.), por Forteguerri en el Ricciardetto (v.). En tiempos más cercanos volvieron a utilizar el tema Cassiani, Savioli, Pindemonte, Ari- ci, Zanella, Prati, Walter Pater, William Morris, Víctor Laprade, Robert Bridge, Giovanni Pascoli, etc. En España es nota­ble el poema la Hermosa Psiquis de Mal Lara y en Inglaterra entre otros, el poe­mita Eros and Psyche, de Stakerley Marmion (1603-1639).

*      En Francia es célebre la narración in­tercalada de trozos líricos por Jean de La Fontaine (1621-1695) Les amours de Psyché et de Cupidon, publicado en 1669. La his­toria de Psiquis, esposa sin saberlo del dios Amor, que instigada por sus hermanas envidiosas conoce a su esposo invisible, desobedeciendo a su prohibición, y es cas­tigada por su curiosidad con largas y du­rísimas pruebas, que terminan con la apo­teosis de ella y bodas magníficas, está na­rrada según las Metamorfosis de Apuleyo. La Fontaine las enriquece con algunos epi­sodios nuevos; sobre todo añade un tono propio suyo, una gracia entre preciosista e irónica, en que se advierte al autor de los Cuentos (v.) más que al de las Fábulas (v.). No se profundiza en esta obra’ el sentido misterioso de la leyenda, y con todo su aire griego, de platonismo sentimental, anima a trechos su elegante prosa. Además la obra está inmersa en la realidad moderna, porque un espíritu sutil y bello, Polifilo, la ha compuesto y la lee a tres amigos, en el lu­gar más a propósito: Versalles con sus nuevos embellecimientos, sus grutas y sus umbrías donosamente descritas. Los tres amigos —bajo los nombres de Acanto, Aristo y Gelasto — según parece son Racine, Boileau y Moliére. Más incierta es la iden­tificación en cuanto a Gelasto; menos du­doso es que Polifilo sea La Fontaine que a su manera cuenta, comenta y más aún, vive, con sus ideales de arte y de vida, y al final recita el himno a la voluptuosidad, proclama su amor por toda cosa bella: «J’aime le jeu, l’amour, les livres, la mu- sique, / La Ville et la campagne, enfin tout…» Iba unido a esta narración, en su primera impresión, el poemita Adonis com­puesto doce años antes y sólo conocido por copias manuscritas. En cerca de seiscientos alejandrinos se refiere la amorosa historia ovidiana de Adonis (v.), puesta de nuevo en honor por Marino (v. su Adonis). Es una ejercitación poética a menudo inten­cionadamente preciosista y decorativa. Pero la aviva el amor de la gran poesía antigua; y el artista sutilísimo se revela especial­mente en el lamento final de Venus, en el cual Paul Valéry indicaba un acento ya preraciniano, que tal vez ayudó al futuro autor de Fedra a entonar su voz.

V. Lugli

*      No menos rica es la tradición teatral, que cuenta con representaciones, melodra­mas, tragicomedias, comedias, etc. Entre las obras más conocidas están el «auto» Psyquis y Cupido de José de Valdiviel- so (1560?-1638) y la comedia de Pedro Cal­derón de la Barca (1600-1681) Ni amor se libra de amor (1662), etc.

*      Particular mención merece la tragedia- ballet en cinco actos Psyché de Moliére (Jean-Baptiste Poquelin, 1622-1673), repre­sentada en París 1671, con música de Giambattista Lulli (1632-1687). Pertenece al gru­po de composiciones de ocasión rápidamen­te escritas para proveer a alguna fiesta de Luis XIV. Entre ellas Psyché se distingue sobre todo por haber sido el pintoresco fruto de una colaboración curiosa. Los tro­zos cantados son de Philippe Quinault; a Moliere pertenecen tanto el plan de la obra como la versificación del prólogo del primer acto, de la primera escena del segundo acto, y de la primera del tercero ; lo demás fue versificado por Pierre Corneille. Dadas es­tas premisas, no es caso de buscar particu­lar carácter a esta composición, cuyos cin­co actos desarrollan los puntos salientes de la conocida fábula de Psiquis como se en­contraba en las Metamorfosis de Apuleyo y como había sido utilizada recientemente en la exquisita narración de La Fontaine. Las cantatas de Quinault muestran des­envuelta elegancia; los diálogos en verso de Corneille le reconocen por su noble gravedad. La mano de Moliere se descubre sobre todo en la vivaz y maliciosa pintura de los caracteres de las hermanas envidio­sas, como también en mesurados y sabrosos acentos de parodia, aunque demasiado es­casos para conferir originalidad a la com­posición. Por la riqueza y la variedad de las escenas (el mágico palacio de Amor, el Infierno con la Casa real de Plutón, etc.) la complicación de los recursos teatrales, la gracia y la lujosa variedad de los «inter­medios» (especialmente el último, en que toman parte casi todos los dioses del Olim­po), esta diversión escénica se puede re­cordar como un ejemplo significativo de las representaciones teatrales complejas y es­pectaculares particularmente gratas al gus­to de la época.

M. Bonfantini

*      Una comedia Psyche, derivada de la fá­bula antigua, fue escrita por el dramaturgo inglés Thomas Shadwell (1640-1692); con el mismo título y el mismo asunto parece que Thomas Corneille (1625-1709) escribió en 1678 una tragedia de la cual más tarde Bernard de Fontenelle (1657-1757), su so­brino, sostuvo ser autor.

*     También la música es rica en obras compuestas en torno a la leyenda amorosa de la bellísima joven. La primera que se recuerda es el intermedio Psiche e amore de Alessandro Striggio (1535-1587), para la comedia La Cofanaria, representada en Flo­rencia en 1565. Después del ballet de Mo­liere, Giambattista Lulli (1632-1687) músi­co la tragedia atribuida a Thomas Corneille; la representación tuvo lugar en 1678. En 1675 había sido impresa la partitura de Matthew Locke (1632-1677) para la Psyche de Shadwell. También Alejandro Scarlat- ti (1660-1725) compuso una ópera Psiche; fue representada en Nápoles en 1683. En 1725 se ejecutaba en Venecia un inter­medio con el mismo título, a cinco voces, por Benedetto Marcello (1686-1739). Recor­demos también la obra de Jean Joseph Cassanea de Mondoville (1711-1772); el ba­llet de Johann-Christophe Vogel (1756-1788) representado después de su muerte; la ópera cómica también titulada Psyché, de Ambroise Thomas (1811-1896), que se puso en escena en París en 1857; la obra L’amore di Cupido e Psiche de Marco Scacchi (si­glo XVII); los poemas sinfónicos Amor und Psiche de Johan Goepfart (1773?) y de Niels Gade (1817-1890); la opereta de Catterino Cavos (1776-1840); la ópera Eros und Psyche de Max Zenger (1837-1911), Mu­nich, 1901; el poema para canto y orques­ta Psyche op. 33 de Louis Vierne (n. 1870), las óperas Eros und Psyche de A. W. Bagadurow (n. 1878), de Wladimir Rozicki (na­cido 1883), y de Emil von Reznicek (n. 1860), que fue representada en Breslavia en 1917.

*      Importante en la historia de la música es el poema sinfónico en seis partes para orquesta y coro Psyche de César Franck (1822-1890) escrito en 1887-88 y dedicado a Vincent d’Indy. Mientras Psiquis duerme entrevé en el sueño una absoluta felicidad ultraterrena (I — «El sueño y los sueños de Psiquis»), el aire tranquilo que la envuelve comienza a agitarse y la recorre un miste­rioso rumor; son los Céfiros que transpor­tan a Psiquis al reino feliz a que aspiraba, en el jardín de Eros (II — «Psiquis trans­portada por los Céfiros al jardín de Eros»), donde espera la llegada del esposo (III — «El jardín de Eros»). Así tiene lugar el en­cuentro del joven dios con Psiquis (IV — «Psiquis y Eros») ; la orquesta liga y en­salza los dos temas de Eros y de Psiquis hasta que en el final interviene y predomi­na el tema de la inexorable advertencia que Psiques había ya recibido pero que no es­cuchará. Ella querrá conocer el rostro de su misterioso amante y volverá a caer a la tierra, castigada, para errar sola con su dolor (V — «Los sufrimientos de Psiquis»). Pero Eros la perdona y el amor hecho ya creyente y vidente se eleva en la más lu­minosa apoteosis de la redención (VI — «El triunfo del inmortal amor de Psiquis y de Eros»). La fábula pagana, en la cual Psi­quis, por su curiosidad, es privada para siempre de la eterna felicidad sin ninguna posibilidad de perdón ni de redención, ha sido resuelta por Franck según el espíritu profundo y fervorosamente católico que ha sostenido y animado toda su vida e inspi­rado gran parte de sus obras principales (las Bienaventuras, etc.). En «El sueño de Psiquis», en «Psiquis transportada por los céfiros» y en «Psiquis y Eros» (éstas, y en particular «Psiquis y Eros» son sus partes más bellas) vive una fuerte pasionalidad que sabe brotar y desenvolverse en ondu­lantes cantables de violines, pero siempre contenida en pureza y nobleza de acentos y diseño. Aun revelando aquí y allá remi­niscencias de modos wagnerianos, Psiquis se coloca netamente en las antípodas de ese mundo, y es un ejemplo de poema sin­fónico y de coralidad concebida con .una delicadeza de gusto exquisitamente latino, y también por su armoniosa unidad formal por el desenvolvimiento discursivo directo y sólido, por la manera instrumental, queda, hasta el punto de que en algunas atmós­feras orquestales, que se levantan fluidas y ligeras para seguir a los Céfiros o a los sueños de Psiquis, podemos encontrar el presagio de una nueva atmósfera musical: la de Debussy.

G. Graziosi

La sensualidad no insinúa en ningún mo­mento sus tentaciones; ello hace la música de Franck tan justa. No podemos dejar de sonreír ante la hermosa Psyché. Franck des­poja a Eros y a Psique de los cuerpos y substituye la carnal poesía del mito anti­guo por la historia del Alma y del Amor; entiéndese del Amor divino. (Riviére)

*      Las figuraciones artísticas de Amor y Psiquis son más numerosas que las litera­rias. Nos quedan barros cocidos italiotas, vasos griegos, pinturas murales, grupos en mármol, de los cuales el más antiguo es el conservado en el Museo Capitolino. Entre las obras modernas, son famosos los fres­cos de Rafael y discípulos en la Farnesina; de Florín del Vaga en el castillo de Santángelo, los de Julio Romano en el Pala­cio del Té de Mantua, los cuadros de Corregió, de Salviati y de Zuccheri, de Prud’ hon y de Gérard. Entre las esculturas que más fama han logrado, figuran los dos már­moles de Canova y la Psiquis abandonada de Tenerani.

Los Amores de Marte y Venus, Reposiano

[De Concubitu Martis et Veneris]. La an­tigua leyenda de los amores de Marte (v.) y Venus (v.), ya narrada por Homero y Ovidio, es tratada con alguna variante (la escena, por ejemplo, no se desarrolla en Lemnos, sino en Byblos, sede fenicia del culto de Adonis, v.), en su poemita de 128 hexámetros, compuesto probablemente en el siglo III d. de C. y que ha llegado hasta nosotros con el nombre de un cierto Reposiano. El poeta comienza lamentándose de su propio amor infeliz, y después de va­rias consideraciones acerca de la naturaleza del amor y la invocación a las Musas, narra la bien conocida leyenda de Venus sorpren­dida por Vulcano en una cita con Ares. Es característico en este poema el uso del mito como ejemplificación de un motivo didác­tico sacada de una experiencia personal; son bastante numerosas en sus versos las reminiscencias de Ovidio; Virgilio y Dra­concio; y no falta algún rasgo pictórico en la descripción de Venus esperando a Marte, y de Cupido que se divierte adornando con flores las terribles armas del dios. Se ha ensayado la hipótesis de que el poema de­riva de un original griego: una alusión a Pasifae en los últimos versos ha hecho su­poner después que el poema, en el estado en que lo poseemos, debió formar parte de un poemita más vasto acerca de los amo­res de los dioses.

C. Schick