Paul Verlaine

Nació en Metz el 30 de marzo de 1844 y murió en París el 8 de enero de 1896. Su padre, capitán de ingenieros, procedía de una antigua familia de las Ardenas belgas, y su madre, Elisa Dehée, ori­ginaria del Artois, era hija de unos terra­tenientes. En ninguna de ambas ascenden­cias faltan, indudablemente, ejemplos de morigeración y de respeto a la tradición y a las virtudes cristianas, de los que, sin em­bargo, cabe exceptuar al abuelo del futuro poeta, el notario Verlaine, quien había al­canzado una deplorable reputación a causa de ciertos extremismos políticos y, singu­larmente, por su vida lincenciosa. En este ambiente de pequeños burgueses acomoda­dos y conservadores hubo mucho que pudo haber salvado a Paul de los excesos y las extravagancias que constituyeron su triste patrimonio. La familia establecióse en Pa­rís una vez el padre se retiró del servicio.

El muchacho frecuentó el Liceo Bonaparte, actualmente Condorcet. Era entonces un niño afectuoso, caprichoso y más bien mimado, al que habría convenido un pulso más firme que el del ex oficial cincuentón. Hacia los quince años, el joven, que llevaba en su sangre antiguas lacras, experimentó un cam­bio notable. Físicamente poco atractivo, en­tonces, como predestinado por los demonios de la lujuria, fue adquiriendo una fealdad singular — «Il était d’une laideur intense», dijo su amigo Lepelletier—, que, acentuada en el curso de los años y a través de las intemperancias, diole, finalmente, una fiso­nomía de fauno huraño e insensato, con los ojos hundidos bajo una frente enorme, una amplia nariz y una barba descuidada. Pare­cida transformación iba operándose en el carácter del poeta, quien, de humor irre­gular y colérico, gustaba de adoptar acti­tudes irónicas y desvergonzadas, mientras en la intimidad de su corazón permanecía intacto y puro el afecto hacia sus padres.

En definitiva, desde los años del colegio ofrecía el paralelismo desconcertante que explica en el hombre, pronto dominado por los sentidos, el ímpetu de la carne enfure­cida por la sensualidad y el retorno de estos paraísos infernales con el afán de emocio­nes genuinas, la alternancia de cinismo y sinceridad, y la doble inspiración delicada­mente lírica y erótica del artista. Termina­do el bachillerato en 1862, el joven ingresó en la administración municipal en calidad de «expéditionnaire á l’Hotél de Ville», em­pleo modesto, pero útil a la muerte de su padre (1865), acontecimiento que le dejó su­mido en un inmenso dolor y solo junto a una madre demasiado afectuosa y excesi­vamente débil. Por aquel entonces Verlaine era un adolescente muy melindroso y dócil, agi­tado, sin embargo, por repentinos y vio­lentos accesos de cólera, que permitían vis­lumbrar en él una voluntad floja, tanto más vulnerable cuanto que desde algunos años se hallaba dominado por el vino, preludio de la «fureur de boire», de la cual muy pronto se convertiría en presa demasiado fácil.

Luego de haberse habituado a fre­cuentar los cafés literarios trabó numerosas amistades con jóvenes animados como él por el sagrado amor a la poesía: Catulle Mendés, Sully-Prudhomme, Dierx, Anatole France, Francois Coppée, etc. Anhelaba se­cretamente, en efecto, llegar a poeta — sus primeros versos corresponden a 1858 —, y ya a los diecisiete años había leído ávida­mente a Baudelaire. Colaboró en la revista L’Art, una de las numerosas publicaciones semanales de vanguardia llenas de buenas intenciones, pero escasas de dinero, y en el primer Parnasse contemporain (1866), «re- cueil de vers nouveaux», nacido tras la muerte del precedente en el famoso «entresol bas de plafond oü se tenaient les conseils de guerre», que comunicaba con el taller del editor Alphonse Lemerre; éste procuraba patrocinar, sin daño para su bol­sillo, las iniciativas de los jóvenes poetas, quienes se consideraban discípulos de Gautier, Leconte de Lisie, Baudelaire y Banville.

Finalmente, publicó en la citada empresa editorial sus Poemas satumianos (1866, v.), en los cuales se da más bien la influencia de Baudelaire que la de Leconte de Lisie, por cuanto ya a partir de entonces afirmó Verlaine que la suprema ley del arte «est une dissonance, et que le beau c’est Tharmonie». Tales poemas, «impassibles d’intention», re­sultan, sin embargo, desesperadamente líri­cos y exponentes de un alma que de la ignominia asciende hacia la luz para encon­trarse a sí misma, impulsada por un vivo afán de consolación, ebria «de formas, colo­res y sombras», de esto último singular­mente, «de fines nuances et de contours estompés». Muchos aspectos de la existencia de Verlaine muestran ya en esta época, y a pe­sar de las apariencias, una ruptura del equi­librio interno.

La enfermedad y la muerte de su padre, así como la de una prima a quien amaba intensamente, Elisa, le han trastornado por completo; los juegos pro­hibidos que ajaban al jovencito se han con­vertido en la otra cara de una sensualidad desenfrenada y enervada hasta una lubri­cidad que cabría calificar de doble, orien­tada hacia Venus y Ganimedes. Tal era el poeta a los veinticinco años cuando, enlo­quecido por el alcohol, llevó a cabo el gesto más grave de su existencia de hombre: le­vantó la mano contra su madre y la ame­nazó de muerte. Se trata de un acto propio de un irresponsable, que, sin embargo, no quedaría aislado, por desgracia. Su madre, empero, permanecía siempre junto a él en los momentos peores, jamás cansada de per­donar ni de esperar, a pesar de los malos tratos, hasta el último aliento. Con la admi­rable intuición materna comprendía cierta­mente que, en el fondo, y envuelto por numerosas sombras oscuras, algo de bueno persistía en el hijo, quien de ello recibía un profundo disgusto de sí mismo, destellos de luz y recuperaciones de conciencia.

En efecto: cuanto más la degradación le em­brutecía, tanto menos renunciaría a com­partir con otros la pena de un corazón que sólo sabe cantar, mientras la boca blasfe­ma. Cantaba todavía en Fiestas galantes (1869, v.), donde los fantasmas del pasado vibran con nuevos estremecimientos sobre el fondo rosa y gris de paisajes «tristes» de línea sinuosas, imprecisas y envueltas en brumas, como las de la tierra natal. Sin embargo, la novedad de esta poesía, que creaba nuevamente la sensación de sonido, ritmo y sugestión, no conocería un éxito completo hasta veinte años después, cuando el simbolismo habría impuesto ya un género poético abundante en «magias sugestivas». Como los invitados de estas fiestas de amor, Polichinela, Colombina, Tirsis y Climene, fingen estar alegres, pero llevan por doquier sus penas, por cuanto saben que más allá del placer se halla el desencanto, y parecen no resignarse al destino irónico y cruel que domina sus juegos, así también Verlaine lucha en nombre de una ilusión e invoca el más irre­cuperable de sus bienes, la inocencia.

En tales condiciones de espíritu debía de encon­trarse cuando en 1870, siguiendo las presio­nes familiares, decidió contraer matrimo­nio. De esta suerte, vinculó a sí mismo para el mal, más que para el bien, a una mucha­cha de diecisiete años, Mathilde Mauté. Fru­to del mencionado estado de ánimo, las composiciones líricas de La buena canción (1870, v.) revelan un esfuerzo de reflexión y dan lugar a una poesía abstracta, sen­tenciosa y a menudo trivial. Se trata, em­pero, de un paréntesis muy breve, por lo demás, no completamente sereno. Durante el asedio de París —Verlaine se había alistado en la guardia nacional — volvió a entre­garse a la bebida; a causa de sus simpatías en favor de la «Conmune» perdió el empleo. Nuevamente «…lamentable / Épave éparse á tous les flots du vice», acogió en su casa y en su vida a un joven desconocido lle­gado junto a él desde la nativa Charleville. Había empezado, bajo el signo de la poesía, la infernal amistad con Rimbaud, tremendo episodio cuya víctima sería la esposa de Verlaine Sucediéronse, efectivamente, las interrup­ciones y reanudaciones de la vida conyugal, «alegrada» mientras tanto por un hijito, Jorge.

En aquella etapa alternan los momen­tos de delirio y de furor con fases de arre­pentimiento y de buenas intenciones. El poeta levantábase de la abyección para in­vocar clemencia y recrearse espiritualmen­te; quizá no se equivocan quienes, en la distribución de responsabilidades, atribuyen la mayor parte de ellas al «diabólico» ami­go del Pauvre Lelian (anagrama de Paul Verlaine). La «pareja» vivió en Bélgica e Inglaterra una existencia errante y escan­dalosa, que terminó en Bruselas con una insensatez de Verlaine: el poeta, en el paroxismo de un estado que, en su disculpa, cabe con­siderar patológico, disparó contra el com­pañero (1873). Desgarrado por insolubles problemas, a los cuales no era ajeno el do­lor causado por la renuncia de la esposa a la reanudación de la vida conyugal, y escaso de dinero, Verlaine había perdido la pizca de sentido común que, con el auxilio y la pre­sencia de la madre, otra víctima de sus irregularidades, lograra salvar siempre de los naufragios de su agitada existencia.

Si­guieron la condena, la infamia y la ruptura, terribles episodios después de los cuales Rimbaud, quien había dado ya lo peor de sí a la vida y lo mejor a la poesía, debía inclinarse hacia otros destinos más huma­nos y prácticos, en tanto Verlaine encontraría de nuevo las alternativas del mal y el remor­dimiento. Sin embargo, la relación con el «ángel negro» se había producido asimismo en otros ámbitos, donde sólo dos tempera­mentos de artistas, diversamente geniales, pueden coexistir más allá de lo demoníaco y lo sacrílego, y había conseguido hacer sur­gir del infierno el canto, las Romanzas sin palabras (1874, v.), límite extremo del voca­blo antes de su transformación en música, reflejo del mundo sobre el espíritu captado por la conciencia en el momento más ge­nuino de su impresión. Aparece entonces ya el Verlaine de la «visión musical», con sones imperceptibles, dispares y armonías diver­gentes. Ello supone una aportación original y, al mismo tiempo, vinculada a la época; recordemos, si no, la revolución de la pin­tura impresionista, que tuvo lugar entre 1870 y 1874.

Verlaine recibió los primeros ejem­plares de Romanzas en la prisión celular de Mons, donde expiaba la pena que le im­pusiera la justicia belga, muy severa ante episodios tan escabrosos. Durante los pri­meros meses de reclusión el poeta sintióse aplastado por el peso de la vileza; pasaba los días en una apática somnolencia. Cuando le dijeron que su esposa había obtenido la separación legal (mayo de 1874), entregóse a la desesperación; pero, impulsado por los remordimientos, volvió a la fe, asistido por el capellán de la prisión, el abate Descamps. Fue este un retomo sincero, por cuanto, en realidad, y a pesar de ciertas actitudes blas­femas, Verlaine no había llegado nunca a la im­piedad; sin embargo, tal arrepentimiento no conseguiría librarle aún de la pesadilla del pecado. Cuando salió de la cárcel esperábale únicamente su madre. El poeta procuró re­montar la pendiente y restaurar su econo­mía; por primera vez la tranquilidad pare­ció entrar en su vida. Actuó entonces como profesor en Inglaterra (1875-1877), luego en el Institut Notre – Dame de Rethel (hasta 1879), y, tras un curioso intento de vida en el campo y la demasiado tierna amistad con el joven Lucién Létinois, en París final­mente (1882).

Los poemas de Cordura (1881, v.), dedicados más tarde a la memoria de su madre, presentan la lucha del pecador contra las tentaciones y se elevan en la oración hasta Cristo, que devuelve la inocen­cia con el perdón. Son el canto del arre­pentimiento y de la esperanza, alternancias de la caída y la redención, en los que el espíritu del poeta, extasiado y tembloroso, pone su nota más elevada y profunda. De­siguales entre sí en cuanto al valor, estos poemas, no obstante, suponen, en la obra de Verlaine, un momento supremo y diverso en el cual turbaciones y emociones se trans­forman en metáforas y anímanse con ale­gorías para ofrecer, mediante el concurso de un lenguaje poético y experto, nuevas perspectivas a la poesía francesa. Las cul­pas, que se expían e inducen al canto a quien es verdaderamente poeta, no desapa­recen del todo, y retornan suaves bajo la forma ambigua de remordimientos y nuevas incitaciones.

Verlaine, que había aspirado siem­pre a una existencia regular y burguesa — «Mon Dieu, mon Dieu, la vie est là sim­ple et tranquille» —, procuró volver a su empleo en el municipio. En vano, sin em­bargo, trató de conseguir su propósito. Los vicios, entonces, encontraron en él de nue­vo una fácil presa. Y,, así, empezaron otra vez los desórdenes, los escándalos, las in­creíbles vejaciones a la madre, e incluso la cárcel. El hombre alcanzaba el fondo de la miseria moral, en tanto el . poeta comenzaba a llamar la atención. Verlaine escribía en las bata­lladoras y efímeras revistas de Montmartte, La Nouvelle Rive Gauche, Lutèce, Le Chat noir. Su obra Los poetas malditos (1884, v.), presentación de los autores poéticos nuevos, Corbière, Rimbaud, Mallarmé, con­tiene páginas compuestas apresuradamente y no siempre seguras en cuanto a la infor­mación; sin embargo, fue considerada por los jóvenes el mensaje de sus aspiraciones y por el público el manifiesto de una nueve, estética.

Ésta, que en literatura expresa la oposición del espíritu idealista al positivis­mo, o, mejor, a cierta poesía parnasiana y al materialismo naturalista, orientábase ya hacia una expresión cerebral, llena de mis­terio y dificultades, que debería concretarse en el hermetismo de Mallarmé, o bien ha­cia un lirismo más directo, del que Sagesse aparecía como modelo. Acababa de nacer el simbolismo, en su esencia poética varia­da, compleja y altamente sugestiva. A pe­sar de algunas reacciones ásperas e iróni­cas, Verlaine pareció tomar en serio su papel de jefe de escuela e interesarse en las discu­siones. animadas y no siempre serenas que mantenían en efervescencia el mundo de las letras; instintivo y en absoluto doctrinario, empero, no debió de obtener de ello mu­chas satisfacciones. Después de Sagesse, que marca el punto culminante de su trayectoria artística, el poeta, acuciado nuevamente por la necesidad, siguió escribiendo.

Aparecie­ron, así, Antaño y hogaño (1884, v.), colec­ción diversa e irregular; Amor (1888, v.), Bonheur (1891) y Liturgias íntimas (1892, que completan el panel sacro del díptico de Verlaine, y Paralelamente (1889, v.), Canciones (1891) y otras obras menores, que integrar el otro, donde aparecen las torturas de una sensualidad desenfrenada e insaciable. Estos contrastes, bajo formas diversas, no dan tregua a su ser. «Enfant terrible, que tout désolait, et séduisait, ou enchantait», según un contemporáneo, y cuya mirada, maravi­llosamente límpida en el rostro de fauno, pasaba repentinamente de la alegría a la có­lera, vivió los últimos diez años de su exis­tencia tras la muerte de su desventurada ma­dre, entre la gloria creciente, cierta holgura económica, la miseria moral y física, los tugurios del Barrio Latino y el hospital.

Tras este período, un pobre cuerpo agitado por el pecado y víctima del mal concluía la ronda de su libertinaje, en tanto Y. libe­rábase para siempre del peso de la carne impura y pasaba a la posteridad con otra historia, la de su espíritu más profundo, el alma de poeta.

A. Bruzzi

Ugolino Verino

Nació el mes de enero de 1438 en Florencia, donde murió el 10 de mayo de 1516. Fue notario, pero cultivó asimismo el estudio de las Letras, que había iniciado con Landino (v.), en cuya obra Sandra (v.) inspiró su primer poema latino Fiammetta (1463-64, v.), conjunto de elegías en las cuales canta su amor hacia una hermosa muchacha.

Por aquel entonces florecía la segunda generación humanista florentina, que influyó profundamente en la produc­ción poética de nuestro autor, toda en latín, pero inspirada en temas de la poesía «vul­gar». Cantó a los Médicis, y posteriormente, influido por el movimiento espiritual que llevaría a la dictadura de Savonarola, dedi­cóse a los motivos de carácter religioso. Caído el reformador, fue multado y exclui­do durante dos años de los cargos públicos. Cuando León X, en el curso del viaje reali­zado a Bolonia para su entrevista con Fran­cisco I, pasó por Florencia, confióse a Verino el discurso de bienvenida dirigido al pontífice; al parecer, murió poco después de la cere­monia a causa de la intensa emoción ex­perimentada.

A. Altamura

Émile Verhaeren

Nació en Saint-Amand (Amberes) el 21 de mayo de 1855, y murió trá­gicamente, arrollado por un tren, el 26 de noviembre de 1916, en Rúan. Estudió en Bruselas y Gante con los jesuítas; sin em­bargo, no le atrajeron ni la carrera ecle­siástica ni la probable sucesión a un tío suyo, propietario de una fábrica de aceite. En Lovaihá graduóse en Leyes el año 1881; como estudiante, había participado en la «Kermesse» y en las grandes borracheras cuyo eco puede hallarse en algunos pasajes realistas de su primera colección de poesías, Las flamencas (1883, v.). Luego de haber ejercido brevemente la abogacía en Bruse­las, su intensa vocación literaria y las exhor­taciones de Camille Lemonnier le indujeron al abandono de la profesión.

Fundó una revista de literatura, La Semaine; colaboró en La Jeune Belgique, y participó activa­mente en el movimiento artístico-literario, dirigido por Lemonnier, al cual se debe la creación de la moderna literatura belga en lengua francesa; junto con este autor y De Coster (v.), Verhaeren fue uno de sus principales representantes. La vida del poeta volvióse entonces anárquica e irregular, como la de los escritores en quienes la poesía se iden­tifica totalmente con la existencia. Aban­donada Bélgica y la llanura flamenca, de donde cantara las grises y místicas sole­dades y la tristeza vagamente alucinadora en sucesivas colecciones líricas, como Les moines (1886), Les soirs (1886), Los cam­pos alucinados (1893, v.) y Villages illusoires (1894), conoció el vertiginoso tumulto de las ciudades modernas —París, Londres, Berlín —, en la contemplación de cuyas fábricas y movimiento se exaltó.

Esta expe­riencia dio lugar a uno de sus libros más notables de composiciones líricas, Las ciu­dades tentaculares (1895, v.), visión épica­mente grandiosa y apocalíptica de la vida de las grandes metrópolis que señaló asi­mismo una franca modificación en los temas de la poesía de Verhaeren y la aparición de una lírica inspirada en una ávida y casi orgiás­tica participación en la existencia y en las cosas: Les visages de la vie (1899), Las fuerzas tumultuosas (1902, v.), La multiple splendeur (1907). Vuelto a Bélgica desde París, donde había vivido aislado junto a la ciudad, pasó normalmente el resto de la vida en una remota localidad desde la cual, en Toute la Flandre (1904-1909), fue evo­cando nuevamente la belleza de su tierra natal, llena de bondad y heroísmo. Siguie­ron Les heures du soir (1911) y Las mieses ondulantes (1912, v.).

Con carácter póstumo apareció Les ailes rouges de la guerre (1917), testimonio de su aversión a Ale­mania. Verhaeren es también autor de algunos dramas esencialmente líricos, entre los que cabe citar Les aubes (1898), Le cloître (1900), Philippe II (1901) y Hélène de Sparte (1912).

D. Mattalia

Pietro Paolo Vergerio, el Viejo

Nació en Capodistria en 1370 y murió en Budapest el 8 de julio de 1444. En 1386 marchó a Flo­rencia, donde actuó como profesor de Dia­léctica y se relacionó con los principales representantes de la primera generación humanística florentina, entre quienes figu­raban Salutati (v.) y Leonardo Bruni (v.). Luego fue lector de Lógica en el Estudio de Bolonia (1388-1390), y a continuación estuvo en Padua (1390-97); editó África (v.), de Petrarca. Más tarde volvió a esta ciu­dad, en la cual terminó el ciclo de sus estu­dios con el triple doctorado en artes, Me­dicina y Derecho. En 1405 dirigióse a Roma. Desempeñó un cargo en la curia, figuró en el séquito del cardenal Zabarella, y participó en el Concilio de Constanza, donde mos­tróse partidario de una reforma de la Igle­sia. Pasado, finalmente, al servicio del em­perador Segismundo, vivió en Hungría los últimos años de su existencia, ocupado casi exclusivamente en cuestiones eclesiásticas y disciplinarias.

Nuestro autor fue humanista, poeta y literato; así lo atestiguan la come­dia de fórmula terenciana Paulus (v.), el tratado De arte métrica y el poema Poética narratio. Resulta singularmente importante en la historia de las doctrinas pedagógi­cas; en este ámbito defendía una educación entendida como libre y armonioso desarrollo de la personalidad e integrada por la for­mación artístico-literaria y el ejercicio físi­co, factores a los que concedía notable tras­cendencia. Vergerio expuso sus ideas en el tratado Acerca las costumbres y los estudios libe­rales (1400-02, v.). Su obra fue continuada por el homónimo Pietro Paolo Vergerio, el Joven.

D. Mattalía

José María Vergara y Vergara

Es­critor y bibliófilo colombiano nació en Bogotá en 1831 y murió en 1872. De familia acomo­dada, no hizo estudios universitarios y de­dicó su vida al periodismo y la literatura; su pasión por los libros lo llevó a reunir una espléndida biblioteca, que utilizó en sus estudios. Estuvo en Francia y en España. Uno de los fundadores de El mosaico (1856- 1862), fue el alma de este semanario, de gran repercusión en la vida literaria colom­biana. Durante su viaje a España, le fa­cultó la Real Academia Española de la Lengua para establecer filiales en América, y a su regreso, Vergara y Vergara organizó y puso en marcha la Academia Colombiana de la Len­gua, aunque la iniciación real de los tra­bajos de esta corporación no se realizó has­ta pocos meses después de la muerte de su fundador y director.

Carlos García Prada afirma que «no fue hombre de sólida y varia cultura, ni fuerte capacidad creadora, pero sí atrayente e interesante, por lo ver­sátil y contradictorio». Sanín Cano resalta su mecenazgo, aunque modesto, y la influen­cia de su aliento en la carrera literaria de Jorge Isaacs. En su Historia de la literatura hispanoamericana, se lamenta Anderson Imbert de que Vergara pusiera «su mayor empeño al escribir sobre temas no americanos». (Ver­sos en borrador, 1869), es, posiblemente, su obra poética más destacada. Como historia­dor de la literatura colombiana, su obra es meritoria y constituye una fuente en la que han bebido constantemente los críticos pos­teriores (v. Historia de la literatura en Nueva Granada).

Y como escritor costumbrista, su figura crece en la novela breve Olivos y aceitunos son todos unos (1868), y sobre todo, en los cuadros costumbristas, algunos de los cuales son de gran calidad y deno­tan un excelente sentido del humor: Las tres tazas, Un par de viejos, Consejos a mi potro, Un manojito de hierba; del que dice Anderson Imbert que está «arrancado de la tumba de Chateaubriand en el viaje que hizo a Europa»; Los buitres y algunos otros. El fundador de la historia de la literatura colombiana y organizador de la primera academia hispanoamericana de la Lengua es un personaje central de la cultura y de las letras colombianas, pese a que murió cuando el anuncio de su madurez permitía esperar de él muchas más cosas.

J. Sapiña