Del Cisma de Inglaterra, Nicole Sanders

[Delio scisma d’Inghilterra]. Traducción de Bernardo Davanzati Bostichi (1529-1606), pu­blicada en 1602 y titulada Cisma de Ingla­terra hasta la muerte de la reina María, en lengua propia florentina. Simultáneamente a la famosa traducción de Tácito, el escritor reduce en una narración italiana, rápida y vigorosa, la Verdadera y sincera historia del cisma anglicano [Vera et sincera historia schismatis Anglicani] del jesuita inglés Nicole Sanders (1527-1582), publicada en latín en 1585. Con un tono independiente de los problemas históricos y teológicos del libro original, Davanzati da vivacidad a la obra, poniendo de relieve las partes dramáticas, los azares de las persecuciones protestantes, las lujurias y extravagancias del rey Enri­que VIII y los sufrimientos de los católicos ingleses. La traducción (cuya dependencia de Sanders no se advirtió hasta la edición de 1831), se consideró pronto como un tra­bajo robusto y original: ya que no era so­lamente un disfraz en «esta nuestra len­gua, pura y breve» — como decía el autor —, sino también una reelaboración del estilo de la obra. Enrique VIII, por concesión pa­pal, se casa todavía niño con Catalina, viu­da de su hermano Arturo; la reina es bondadosa, pero el joven rey es malo, y pronto trata de repudiar a su mujer para casarse con Ana Bolena, deshonesta y proterva.

A pesar de los rumores que corren sobre la mujer, el rey se casa con ella, mientras el pueblo y los teólogos de Roma condenan el divorcio. El rey, apoyado por muchos «doctorcillos y teologastros», se declara a sí mismo jefe de la Iglesia inglesa, expulsa a Catalina, obliga a Tomás Moro a llevar una vida retirada y hace reina a Ana Bolena. Nacen graves conflictos entre la Corte y la Santa Sede: pero el cisma sigue adelante; Moro es condenado y degollado, y uno tras otro son conducidos al suplicio con inicuos procesos todos los que siguieron fieles al Papa. Éste lanza la excomunión. Las nuevas pasiones y matrimonios de Enrique VIII, la guerra con Francia y Escocia, los im­puestos sobre el pueblo, las tardías obras de piedad en el temor de la muerte dan a su figura un carácter sombrío y terrible. En este período el nivel cultural desciende en Inglaterra, se cierran o queman los con­ventos, el nuevo culto anglicano es impues­to por la violencia allí donde por odio con­tra toda autoridad y disciplina no consigue enraizarse. Muchos religiosos se refugian en Roma, y entre ellos Reginaldo Polo, el fa­moso «cardenal de Inglaterra». María, hija de Enrique, cuando éste fallece y después de un breve período de reinado de su her­mano, se proclama soberana, instaura el ca­tolicismo y devuelve al Papa su primitiva autoridad, con Polo como nuncio apostólico en la isla. Pero con la muerte de los dos personajes a los que se había confiado el restablecimiento del catolicismo en Inglate­rra, se inicia un nuevo y más cruel período cismático. La obra, escrita en un estilo vi­vo y ágil, no ofrece un examen reflexivo de los problemas; pero es importante como testimonio del jesuita inglés y del sabio flo­rentino sobre la reforma de Enrique VIII.

C. Cordié

El Cisma de Inglaterra, Pedro Calderón de la Barca

Drama histórico en tres actos de Pedro Calderón de la Barca (1600-1681), publicado por Vera Tassis en su edición póstuma del teatro cal­deroniano. Enrique VIII, sorprendido por el sueño mientras está escribiendo el capítulo sobre el matrimonio de su «Tratado de los Sacramentos», ve una mujer que le dice: «Yo borraré lo que estás escribiendo». La mujer del sueño es reconocida por él como una nueva dama de honor de su esposa Catalina, la bellísima Ana Bolena: mujer pródiga en amabilidad aparente, pero ambi­ciosa, como la pinta, en efecto, el embaja­dor de Francia, Carlos, que un día la poseyó secretamente y sigue amándola. Enrique, obsesionado por su sueño, se enamora de Ana y en la imposibilidad de poseerla se aflige hasta la desesperación. El cardenal Wolsey, su consejero, favoreciendo las am­biciones de Ana, propone a Enrique que se case con ella, justificando con capciosos motivos la anulación del matrimonio con la odiada Catalina.

Pero Ana, al llegar al trono, encuentra molesto a su antiguo alia­do, y el rey sacrifica a Wolsey, al que de­pone de su cargo y expulsa de la corte. Poco dura el poder de Ana Bolena. Enrique descubre sus amoríos con Carlos, que pare­cen querer revivir, y la condena a muerte. Quisiera llamar de nuevo a Catalina, pero es demasiado tarde: la hija de los dos, la católica María, le anuncia su muerte. La obra sigue bastante fielmente la historia; pero esta fidelidad, junto con las evidentes intenciones polémicas y didácticas, perju­dica a veces su dramatismo. Sin embargo, son muy eficaces algunas escenas: la inicial, particularmente feliz, como ocurre a me­nudo en Calderón, las confidencias de Carlos y Ana, la astuta conducta de ésta hacia En­rique, el patético encuentro de Catalina y Wolsey, reducido a la mendicidad en el ca­mino real. Además de Ana, destaca entre los personajes, por lo demás todos bien dibu­jados si no vigorosos, Enrique VIII, cuya humanidad está juzgada con menos pre­juicios de lo que se podría suponer, dada la posición polémica del gran dramaturgo católico.

F. Meregalli

Ciropedia, Jenofonte

Novela his­tórica en ocho libros de Jenofonte, ate­niense (427?-355? a. de C.), que debe catalogarse más que con sus obras históricas, con las de contenido filosoficosocrático, como Los dichos memorables (v.) y la Apología de Sócrates (v.). El autor narra en ella, ade­más de la educación, como indica el título, toda la vida de Ciro el Viejo, del cual ya se habían ocupado, entre los griegos, Hero- doto (Historias, v. I, 107/130) y Ctesias, el médico que había vivido en la corte de Artajerjes, contemporáneo de Jenofonte. A pesar de ser un personaje histórico, Ciro había vivido en tiempos y lugares lo bas­tante lejanos para que Jenofonte pudiera idealizar libremente sus empresas numero­sas y notables, y hacer de él aquel modelo de hombres y de monarcas que el escritor acariciaba bajo el influjo de la filosofía so­crática y de su ideal aristocrático de incli­nación lacedemónica. Que el propio autor no aspiraba a la exactitud histórica, lo demues­tra, además del amor con que se detiene a narrar pequeños episodios de la infancia de Ciro, o en describir el esplendor de las ca­cerías, o el fausto de las costumbres orien­tales, la circunstancia de que haga morir a Ciro de muerte natural, cuando estaba his­tóricamente atestiguado, incluso por Hero- doto, que había muerto en batalla contra los masagetas: y ello, sólo para poder poner en boca de Ciro las famosas palabras (traduci­das por Cicerón en el último capítulo del Catón Mayor, v.) con las cuales exhorta a sus hijos, y a sus amigos, a la justicia, al amor y a la paz.

En el primer libro de la Ciropedia, dedicado de manera particular a la narración de la infancia y la adolescen­cia de Ciro, éste se nos muestra dotado de las mismas cualidades de conductor, de ar­dor, de gustos y de carácter que distinguían a Ciro el Joven, como el mismo Jenofonte nos lo representó en la Anábasis (v.). Nota­ble es, en esta parte de su obra, la fantásti­ca descripción de los sistemas pedagógicos persas, con la educación de los jóvenes en común, donde aparecen temas tratados por Platón en su República (v.) y repetidos des­pués por todos los que, desde Thomas Moore a Campanella, trazaron los perfiles ideales de un Estado con base comunista. Luego de haber aprendido a obedecer por medio de tan severa disciplina, Ciro está prepara­do, como el propio Jenofonte nos lo dice, para mandar bien y lo demuestra cuando, con un ejército muy inferior en número, pero bien adiestrado y. aguerrido, consigue vencer a los armenios, a los caldeos y, sobre todo, a los asirios, que amenazaban a su tío Ciaxares, rey de los medos. Dictadas des­pués sabias disposiciones en ventaja de los súbditos y ganado el favor y la ayuda de nuevos pueblos, Ciro reanuda la guerra con­tra los asirios y sus aliados, vence entre és­tos a los lidios con su rey Creso, a los egip­cios, a los babilonios, y vuelve a Persia, y de allí a Media, donde se casa con la hija de Ciaxares; vuelve después a Babilonia, dilata con ulteriores conquistas su imperio, que se extiende así del mar Negro a Etiopía, y, finalmente, después de un nuevo viaje a Persia, muere expresando a sus hijos su testamento espiritual.

A pesar de las mu­chas inexactitudes históricas y geográficas y la prolijidad de algunos pasajes de pro­pósito más particularmente moral y peda­gógico, esta obra alcanzó un gran éxito en­tre antiguos y modernos. Por la pericia con que son tratadas las partes de técnica mili­tar, fue obra predilecta de los grandes ge­nerales romanos, como Escipión y Lúculo, mientras Maquiavelo la tomó por modelo al componer la Vida de Castruccio Castracane (v.). Su lenguaje, muy cuidado, no es del todo puro; su estilo es siempre límpi­do y llano, algo común en algunos trozos, pero en general dotado de elegancia y de gracia propias para dar relieve a su elemen­to dramático. Son notables la sencillez y la espontaneidad que constituyen tal vez el máximo valor de toda la obra de Jenofonte. [La mejor traducción clásica, que es al mis­mo tiempo la primera, es la del secretario Diego Gracián, en Las obras de Xenophon trasladadas de griego en castellano (Sala­manca, 1552), infinitas veces reimpresa, re­visada y corregida, hasta nuestros días.

C. Schick

*   En tiempos modernos las conquistas del gran caudillo persa han ofrecido argumento a diversas obras que forman, en torno a su figura casi legendaria, una notable tradición literaria y musical.

*   La literatura recuerda ante todo el .Gran Ciro (v.) de Madeleine de Scudéry, publi­cado en 1653. Le sigue el Ciro reconocido [Ciro riconosciuto], de Pietro Metastasio (1698-1782), melodrama perteneciente a la producción más tardía del poeta; figura en­tre sus obras más a menudo musicadas y en el siglo XVII divulgó la historia de Ciro.

*   En música se recuerda la ópera Ciro de Francesco Provenzale (16249-1704), repre­sentada en Nápoles en 1653; la de Francesco Cavalli (1602-1676), en 1655; el Ciro de Attilio Ariosti (1666-1740), representado en Lon­dres en 1721. Además de la larga serie de los Ciro Riconosciuto, compuestos según el libreto de Metastasio: por Antonio Caldara (1670-1736), Viena, 1736; Leonardo Leo (1694- 1744), Nápoles, 1737; Nicoló Jommelli (1714- 1744), Bolonia, 1744; de Johann Adolph Has- se (1699-1783), Dresde, 1751; Giuseppe Sarti (1729-1802), Copenhague, 1756; siguen otros de menor importancia.

*   Una ópera sobre el mismo asunto titu­lada Ciro in Babilonia fue compuesta por Gioacchino Rossini (1792-1868). Es la quin­ta que escribió el autor y no ofrece gran interés; en su primera representación, en Ferrara, en 1812, fue mal acogida. Una de sus arias más logradas fue utilizada más tarde por Rossini en el Barbero de Sevi­lla (v.), y transformada en. la famosa ca­vatina: «Ecco ridente in cielo».

Cinq-Mars, Alfred de Vigny

Novela histórica de Alfred de Vigny (1797-1863), publicada en 1826. El joven Henri d’Effiat, marqués de Cinq- Mars, en 1639 va a la corte, con una reco­mendación para el cardenal de Richelieu, que le presentará al rey Luis XIII. Distinguiéndose en el sitio de Perpiñán, adquiere la estimación y el afecto del rey, sin haberse dirigido al Cardenal, que ya le odia. Y Cinq-Mars será uno de los enemigos de Richelieu, que no pueden sufrir su poder absoluto. En 1642, es favorito del rey, gran escudero y uno de los primeros del partido anticardenalista. La conjura contra Riche­lieu se forma en torno al hermano de Luis, Gastón, débil y asustadizo, y a la reina, va­cilante; Cinq-Mars, en cambio, está decidi­do, puesto que, levantándose, podrá conser­var además el amor de María de Gonzaga. Se atreve a hablar a Luis del llanto de Fran­cia, oprimida por el Cardenal, y el rey le es­cucha, casi convencido; pero pronto se deja ganar de nuevo por la fascinación de Ri­chelieu. Cinq-Mars firma un tratado con Es­paña; el Pére Joseph, la Eminencia gris, la sombra del Cardenal, consigue averiguarlo sustituyendo, a escondidas, al confesor de Cinq-Mars y de María. Es la hora del pe­ligro y, puesto que María parece alejarse de él, puede morir. Gastón y los demás se retiran de la conjuración, humillándose ante el Cardenal: también el rey, aunque con pena, abandona al escudero a su suerte. Ri­chelieu triunfa, Cinq-Mars muere con su fiel amigo De Thou; la ambiciosa María se ca­sará con el rey de Polonia. Es la primera novela histórica francesa, en la línea de Scott. No faltan escenas delicadas, páginas dignas del autor; pero predomina el roman­ticismo más tenebroso, con figuras lóbregas, escenas de horror y de excesivo patetismo. Quisiera informar la obra una idea muy apreciada por el poeta: la defensa de la antigua nobleza, sacrificada por Richelieu a la monarquía unitaria y absoluta; pero se trata de una tesis históricamente falsa, de­bido a la cual es alterada la verdad de los acontecimientos y de las personas, com­prendido el juvenil entusiasmo de Cinq- Mars, que ni siquiera De Vigny consigue justificar. [Trad. de Manuel Arnillas (Bar­celona, 1841) y Manuel Azaña (Madrid, 1918)].

V. Lugli

*   Se sacó de esta novela un libreto de Paul Poirson y Louis Gallet para una ópera mu­sical dialogada en cuatro actos y cinco cua­dros: Cinq-Mars, de Charles Gounod (1818- 1893), representada en París en 1877. Es una de las últimas óperas del autor de Fausto (véase) que resulta más bien árida y está muy lejos de señalar una evolución en el estilo del compositor. Abundan los efectos dramáticos convencionales y la melodía no tiene siquiera la rica inventiva y el calor que se encuentran en las mejores compo­siciones de Gounod. Es la expresión, ya fatigada, de aquel teatro musical romántico que había encontrado su forma en la «grand opéra» y que hoy día está casi completa­mente olvidado.

L. Rognoni

Las Cinco Naciones, Rudyard Kipling

[The Five Nations]. Volumen de versos de Rudyard Kipling (1865-1936), publicado en 1903. En esta recopilación la poesía de Kipling alianza quizás la más completa expresión de aquel espíritu de imperialismo del que este escri­tor fue en la literatura el mayor exponente. Varias poesías se basan en sucesos de aque­llos años, entre las que es famosísima «The Recessional», escrita en 1897 para el jubileo de la reina Victoria; otras celebran las be­llezas de las tierras del imperio (las cinco naciones son, en efecto, las tierras que lo componen: Inglaterra, África del Sur, Nue­va Zelanda, Australia, Canadá); otras, en fin, de las más bellas, cantan al mar en sus bonanzas y tempestades, los barcos que lo surcan y los hombres que viven en ellos. En estos versos, el imperio inglés, alcan­zada la cumbre, encontró su consagrador: es poesía civil, nacida de convicciones y pa­siones profundas y en su necesidad de ím­petu y de fuerza se reviste de metros ma­jestuosos y de formas bíblicas. Inspirada en hechos contingentes y en particulares condiciones históricas, y teniendo a menudo un tono polémico y dogmático, pese a su parte defectuosa está dotada de energía, de inspiración sincera, de fuerza expresiva, pro­pias del mejor Kipling. Son famosos los ver­sos «Take up the white man’s burden» («Le­vanta el pesó del hombre blanco», es decir, su misión colonizadora) en «The white Man’s Burden», y los del «Recessional»: «God of our fathers, know of oid, Lord of our farflung battle-line», etc.

G. Foresio