Contra Valente y Ursacio, San Hilario de Poitiers

[Adversus Valentem et Ursacium libri tres]. Obra polémico histórica de San Hilario de Poitiers (principio del siglo IV) de la cual, en 1598, fueron publicados importantes frag­mentos (Fragmenta ex opere historico). Valente y Ursacio eran los jefes del movi­miento arriano en Occidente: contra ellos estaba dirigida de una manera particular esta obra, que es el documento más impor­tante de la actividad intensa que San Hila­rio dedicó a la lucha contra el arrianismo. Los fragmentos que la componen, en total quince, nos han llegado en dos partes dis­tintas, y si bien la primera de las dos es anónima, las características de contenido y estilo no dejan dudas sobre su autenti­cidad.

La obra fue compuesta hacia el 356 y consta de una serie de documentos unidos por comentarios y explicaciones, escogidos, como el mismo autor declara en la intro­ducción, de manera que constituyan una historia de la herejía arriana. A la colec­ción se le añadieron otros dos fragmentos que han llegado hasta nosotros con el falso título de Libro primero a Constancio, lo cual se refiere a la carta del Concilio de Sardica a Constancio (343-44) y la narra­ción correspondiente. Esta obra pone de relieve las dotes de historiador de San Hi­lario y tiene una gran importancia, espe­cialmente como fuente para el conocimiento de la historia eclesiástica, ya que nos ha legado documentos directos, casi todos seguramente auténticos, de la gran lucha contra la difusión de la herejía arriana.

E. Pasini

Contra Leócrates, Licurgo

Único discurso que nos ha quedado de Licurgo (comienzos del siglo IV-324 a. de C.). Se trata de un extenso acto de acu­sación contra Leócrates, modesto burgués de Atenas, el cual, a la primera derrota su­frida por los atenienses en Queronea (338 a. de C.), se había dejado arrebatar por el pánico y, antes que la asamblea decretase la llamada a las armas a todos los habi­tantes de la ciudad, a favor de la noche se había embarcado huyendo a Rodas. Pa­sados cinco años, creyendo que le habrían olvidado, volvió a Atenas, y Licurgo, el es­tadista que había recogido la gran herencia de Demóstenes en la reorganización de la resistencia de la ciudad contra Macedonia, le acusó de traición por haber abandonado la patria en peligro y pidió que fuera con­denado a muerte. Como el fundamento ju­rídico de la acusación era débil (la huida de Leócrates se produjo antes de las deli­beraciones de la asamblea que llamaba a las armas a todos los residentes de Atenas), Licurgo, para demostrar la execrable con­ducta de Leócrates, se extiende en su dis­curso pintando con vivos colores el peligro que había corrido Atenas, recordando la belleza del sacrificio de los caídos por la grandeza de la ciudad, sosteniendo que, si la acción de Leócrates no caía bajo ninguna ley, sólo era porque a ningún legislador se le había ocurrido que pudiera cometerse semejante culpa.

Así, en la narración de la fuga de Leócrates, y en la refutación de su defensa, continuamente se aplica el ora­dor a poner de relieve, sin preocuparse de­masiado de la desproporción entre los hechos y las teorías, que aquella fuga signi­ficaba traición, conduciéndole el desarro­llo oratorio de la tesis a una conmovida exaltación de la victoria de Salamina. De aquí que el orador pase a evocar, valiéndose de la historia y del mito, y citando a veces fragmentos muy largos de poetas, todo lo virtuoso y noble que Leócrates había aban­donado y traicionado al huir de Atenas: la patria, la religión, el amor familiar, los an­tepasados. Esta segunda fase del discurso, en la que el nombre del acusado se cita raramente, no fue probablemente pronun­ciada ante el tribunal, sino añadida o am­pliada en la publicación que Licurgo, para conmover más profundamente a la opinión pública, hizo más tarde. A pesar de la elo­cuencia de Licurgo, apasionada, vehemen­te, e incluso severa por ciertas durezas de su verbo majestuoso, Leócrates fue absuelto. De todas formas, la mayoría en favor del acusado fue sólo de un voto, y esto demuestra hasta qué punto el espíritu fun­damentalmente religioso, y la elevación mo­ral del orador, debieron corresponderse con el vivo sentido de solidaridad que ligaba a los ciudadanos del estado antiguo, y que los hacía más severos de lo que tal vez seríamos nosotros, para culpas que sólo de lejos amenazaban la integridad de la patria.

A. Passerini

Contra Eratóstenes, Lisias

Es el único discurso de Lisias (445?- 380 a. de C. aprox.) pronunciado por él mismo, pues fue de profesión logógrafo, o sea que escribía discursos para los de­más. Mas en el año 404 su hermano Polemarco había caído víctima del gobierno oligárquico, establecido en Atenas con el favor de los espartanos, llamado de los Treinta, por el número de los miembros que componían la suprema asamblea del estado. En el 403, los demócratas derroca­ron con las armas el régimen oligárquico, y los Treinta huyeron a Eleusis. El nuevo gobierno, preocupado en sanar las profun­das heridas que la desgraciada guerra del Peloponeso había infligido a la ciudad, pro­clamó una amnistía general, que compren­día también a los Treinta, a condición de que se sometieran a una rendición de cuen­tas. Sólo dos se aprovecharon de tal gene­rosidad, siendo uno de ellos Eratóstenes. Pero cuando se presentó, Lisias, acusándole de haber asesinado a su hermano Polemarco, pidió para él la pena de muerte. Pero Eratóstenes no había asesinado a Polemarco con su propia mano, sino que, cuando el Consejo de los Treinta decidió el arresto y la condena de los metecos más ricos, como sospechosos al régimen, había participado en las detenciones, prendiendo, entre otros, a Polemarco en la vía pública. Éste fue encarcelado y obligado a beber la cicuta, mientras Lisias lograba escapar de las ma­nos de los esbirros que le habían sorpren­dido en su casa.

El orador cuenta en primer lugar estos lances, extendiéndose larga­mente sobre los suyos propios, porque de su hermano, fuera del arresto y la conde­na, poco tenía que contar: cómo habían sido saqueados los bienes de ambos, cómo se había llegado a tanta codicia que hasta arrancaron los pendientes de las orejas de la mujer de Polemarco, y cómo se negó in­cluso lo necesario para los funerales de éste. Todo esto no guardaba estrecha re­lación con el proceso, pero Lisias quería con su patética narración conmover a los jueces. En efecto, a Eratóstenes sólo podía reprocharle el haber arrestado a Polemar­co en la vía pública, si bien le hubiera sido fácil dejarlo escapar: por esta razón le con­sideraba directamente responsable. Al ale­gato de Eratóstenes de que él se había declarado en la asamblea contrario a la persecución de los metecos, y que después no había hecho más que ejecutar órdenes, oponía Lisias que si de verdad se hubiera manifestado en contra, no le hubieran con­fiado la ejecución precisamente a él. El resto del discurso no es, en sustancia, más que una apasionada evocación de los de­litos de los Treinta. Y en cuanto a la pre­tensión de Eratóstenes de haber sido par­tidario de Teramenes, el más moderado de los oligarcas, caído víctima de los radica­les, Lisias rechaza esta defensa, sea re­cordando el lejano pasado de Eratóstenes, sea demostrando que Teramenes no mere­cía mejor consideración que sus compañeros de fechorías.

El hecho es que, si la acusa­ción de Lisias no tenía muy sólidos funda­mentos, su requerimiento chocaba con una de las decisiones que más honraron a la democracia ateniense y a su campeón, Trasíbulo: la de perdonar. Los rencores y la venganza privada eran cosas demasiado mezquinas frente a las calamidades en que yacía Atenas por efecto de la espantosa de­rrota sufrida: sólo la más generosa con­cordia podía restablecer su bienestar. Por esto, a pesar de la fogosa peroración de Li­sias, parece que los jueces absolvieron a Eratóstenes.

A. Passerini

Contra Ctesifón, Esquines

Discurso pronunciado en el año 330 antes de Cristo por Esquines (390-315 aprox.) con­tra Ctesifón. Éste había propuesto en 338, al día siguiente de la victoria de Filipo de Macedonia sobre Atenas en la batalla de Queronea, la concesión de una corona de oro a Demóstenes, por el desinterés con que había llevado a término, junto con otros, el encargo de restaurar los muros de la ciudad; la corona debería ser tam­bién un reconocimiento de toda su con­ducta política. Y puesto que ésta se había dirigido siempre contra Macedonia, la ma­nifestación sería una confirmación de los sentimientos antimacedónicos de Atenas aun después de la paz. Pero Esquines, au­tor del convenio con Macedonia, se opuso, acusando a Ctesifón de ilegalidad por al­gunos vicios formales de su propuesta, mas sobre todo porque, según él, la política de Demóstenes había sido funesta para Ate­nas. El proceso no tuvo lugar hasta siete años después, no sabemos por qué. El dis­curso de Esquines presenta algunas tra­zas de recomposiciones sucesivas debidas a este largo intervalo, como también se nota que fue revisado después del proceso y modificado en varios puntos. El plan del discurso es claro.

Después de un exordio en el que Esquines alardea de defensor de la legalidad y de la constitución democrá­tica, discute el problema de derecho. En esto la razón estaba de su parte, pero el proceso iba dirigido sustancialmente contra Demóstenes, y tenía mucha mayor impor­tancia el problema político. Esquines, para demostrar su tesis, pasa revista a la acti­vidad pública de su adversario desde los primeros contactos con Filipo hasta el día del proceso, afirmando que todas las des­gracias acaecidas a la ciudad eran conse­cuencia de la obra de Demóstenes, al paso que los éxitos eran debidos a la bondad di­vina o a Macedonia; Demóstenes sólo había obedecido a su codicia de dinero, dejándose corromper por el mejor pagador; egoísta, inconstante, cobarde, impío, había arruina­do deliberadamente a la patria. De todas estas acusaciones Esquines no presenta (ni podía hacerlo) prueba alguna; su única ar­ma era la narración de los hechos. Y la narración es habilísima, porque, sin dar tiempo a los oyentes para reflexionar, les presenta los sucesos a la luz por él bus­cada, no vacilando en modificarlos o interpretarlas a su guisa: la palabra ágil, abun­dante y vigorosa aumenta la vehemencia y la fuerza dialéctica de la demostración.

La última parte es particularmente agresiva, porque se refiere a la vida privada de De­móstenes, negándole sus ideales democrá­ticos (sobre este punto los jueces atenien­ses eran sensibilísimos) y comparándole con los hombres verdaderamente ilustres del pasado. El largo discurso termina afir­mando que una absolución sería un insulto a los caídos de Queronea, así como la con­cesión de la corona a Demóstenes haría temblar a los muertos de Salamina y Pla­tea. Pero la voz del pasado se hizo oír a los atenienses a través de Demóstenes con fuerza muy distinta (v. Por la corona): Ctesifón fue absuelto y, una vez más, con­firmada la política antimacedónica, a pesar del poco éxito del pasado, y de que precisa­mente aquel año Alejandro había dado el último golpe al imperio persa. Esquines, des­pués de fracasar así en su misión política, abandonaba Atenas para siempre.

A. Passerini

Su oratoria es llena y difusa, y resulta tanto más grandiosa cuanto menos ceñida; más carne que nervio. (Quintiliano)

Consulado de Mar

[Llibre del Consolat de Mar]. Es una recopilación anóni­ma y privada del Derecho marítimo del Mediterráneo, efectuada seguramente en Barcelona, en la segunda mitad del siglo XIV (hacia 1370). Su autor fue, segura­mente, un escribano del Consulado de Mar barcelonés, que reunió diversos textos an­teriores, de índole diversa, formando con ellos un cuerpo de Derecho marítimo para uso de los consulados mercantiles de las costas mediterráneas. En su forma actual, el Llibre del Consolat de Mar consta de un articulado de 334 capítulos, aparte de otros textos adicionados corrientemente en las ediciones impresas, correspondientes a los siguientes elementos: a) Reglamento ju­dicial del Consulado de Valencia (capítu­los 1-42); b) Pragmática de Jaime I sobre juramento de los abogados de Mallorca (capítulo 43); c) Costums de la Mar (ca­pítulos 46-297) y Ordinacions de la armada en corso (capítulos 298-334). La parte de mayor interés del Llibre, son las Costums de la Mar, que constituyen su núcleo fun­damental y básico. La originaria redacción de estas Costums debe situarse en época anterior, hacia la década 1260-1270, como obra de uno o varios juristas, según piensa Perels, o más probablemente, de expertos hombres de mar, los cuales cuidaron de anotar los usos y costumbres recogidos por los navegantes y mercaderes de diversos puertos del Mediterráneo, como viejos sa­bedores de las tradicionales leyes maríti­mas.

Muchas veces, sin embargo, los reco­piladores de aquellos usos marítimos se ha­llaron sin una norma jurídica aplicable al caso controvertido, y entonces la declara­ron de nuevo, pasando a ser ley. Aunque se desconoce el texto originario de las Cos­tums, fue éste, sin duda, redactado en Bar­celona, plaza marítima de gran importan­cia en el Mediterráneo desde el tiempo de Jaime I, y en idioma catalán. Las Costums de Tortosa, redactadas por Tamarit y Gil en 1272 y aprobadas definitivamente en 1279, recogieron ya, como apéndice, diversos ca­pítulos tomados de las Costums de Mar; y pocos años después, en 1283, al organizarse el Consulado de Valencia por Pedro el Grande, estas Costumbres de Mar, de Bar­celona, fueron concedidas a dicho organis­mo como norma reguladora de su actua­ción. En el siglo XIV, éstas pasaron a in­tegrar, como se ha indicado, el Llibre del Consolat de Mar, tras una reelaboración efectuada probablemente por el’ autor del mismo. Al lado de ellas se colocaron otros elementos legales de carácter oficial, apa­recidos también a fines del siglo XIII y pri­mera mitad del siglo XIV por ordenación soberana o de los propios Consulados con vistas a su funcionamiento como órganos judiciales. Aunque el lugar y fecha de apa­rición del Llibre del Consolat de Mar ha­yan sido objeto de secular discusión, pretendiéndose atribuirla a distintos países (Italia, Francia), en la actualidad está fuera de duda, según puntualizó Wagner, la cuna barcelonesa de este código formado hacia la referida fecha de 1370.

Pronto logró el mismo una aplicación general en todos los puertos y consulados del Mediterráneo, y en la Edad Moderna se difundió incluso por el Atlántico, siendo traducido a numerosos idiomas para constituir el Derecho maríti­mo común de Europa hasta fines de la épo­ca. En la excelencia de este código — dice Perels — ha de hallarse la razón de tal universalidad. Autores de todos los países han coincidido en elogiar al mismo por el va­lor de su conjunto, el detalle en la regu­lación de las instituciones mercantiles ma­rítimas y sobre todo la tendencia a una justicia equitativa. El Llibre del Consolat de Mar, conservado en varios manuscritos (Barcelona, Valencia, Mallorca, París, Ca- 11er) se imprimió a partir de 1484, habiéndose efectuado desde entonces numerosas ediciones en sus distintas versiones. La edi­ción catalana más útil es la de Moliné Brasés, aparecida en Barcelona en 1914. Otra reciente es la de Valls y Taberner, en la colección «Els Nostres Clássics», Barcelona, 1930, con la inclusión de otros textos de derecho marítimo catalán.

J. M.a Font Rius