Canto sobre las Gestas Sicilianas, Pietro Ansolini de Eboli

[De rebus siculis carmen]. Poema en dísticos elegiacos compuesto por el médico Pietro Ansolini de Eboli (1160-hacia 1220) y dedicado al emperador Enrique VI, en que se cantan sus gestas en la conquista del reino normando de Sicilia. El poema, que se conservó en el códice 120 de la Biblioteca popular de Berna, fue publicado por primera vez en Basilea en 1746, y forma parte ahora de la adición a la nueva colección muratoriana (1904-10). La muerte de Guillermo II, el último rey normando, ocurrida en 1189, inicia las luchas por la sucesión que sacu­dirán las bases del dominio normando, y que, después de una fiera lucha de partidos, elevaron al trono a Enrique VI de Suabia. El poema, en los dos primeros libros, can­ta las empresas del emperador suabo en la conquista del reino, la de 1191, desgracia­da, y la de 1194, victoriosa. El tercero y úl­timo, intitulado «Liber ad honorem Augusti», es una exaltación alegórica de Enrique, restaurador de una nueva Edad de Oro. Es­crito después de la victoria imperial, cuan­do el autor ya conocía la trágica solución de la lucha, se compone de una serie de cuadros y de episodios significativos, casi escenas ordenadas con vistas a la solución del drama, por el que logran su efecto. Para relacionar los episodios y dar unidad a la narración, aparecen en cada página minia­turas, indudablemente imaginadas, si no ma­terialmente realizadas, por el poeta, que han sido fielmente reproducidas en la edi­ción italiana. De todo ello resulta un con­junto variado y vivaz, que demuestra la originalidad del autor, que, con un gusto que parece preludiar el que será propio del Renacimiento, quiso fundir en un todo his­toria, poesía, dibujo y color.

G. Franceschini

Cantos de Mercantini

[Canti]. Recopi­lación poética de Luigi Mercantini (1821- 1872). Conjunto de cantos escritos entre 1848 y 1862, como poesías de ocasión, ins­piradas en los episodios de la Independen­cia italiana y publicados en un volumen en 1864. Al principio la poesía de Mercantini tenía un tono más literario que aquella en que más tarde concretó su inspiración. En aquel tiempo, en efecto, hizo una tentativa de poema en polímetros, en el que fundió las formas de Berchet y las de Prati, como en el «Tito Speri», poema en siete cantos, cuyo estilo resulta pesado por los nume­rosos recuerdos literarios. Su primera ten­tativa de poesía popular se encuentra en dos poemas cortos sugeridos por sucesos de crónica: el primero, «Marina», se inspira en el suicidio de Marina Ferro, humilde joven de Turín, y el otro, «Maria Avegno», en la muerte de una muchacha, hija de unos pescadores de San Fructuoso, que, por sal­var a unos náufragos, se ahogó junto con su hermana. El período más feliz de la poesía de Mercantini empieza con la «Espigadora de Sapri» [«Spigolatrice di Sapri»], no re­chazada hoy en día por las antologías esco­lares, en que con una forma sencilla y con un ritmo casi cantable el autor hace narrar a una campesina de Salerno la infeliz expe­dición de Cario Pisacane, dirigiéndose de esta manera, por primera vez, al pueblo con las palabras más comprensibles.

El «Canto del Gondolero a la memoria de Dá­mele Manin» (1857) [« Canto del Gondoliere alia memoria di Daníele Manin»]’ expresa un dolor profundo, moderado por el recuer­do de las gloriosas hazañas de 1849 y por la esperanza de que Venecia sea pronto italiana. El «Himno de Garibaldi» [«L’Inno di Garibaldi»], aunque tenga una construc­ción estrófica más exacta y menor facili­dad en el verso, es la voz poética de la epopeya garibaldina que más profundo eco encuentra en el corazón del pueblo. Pero la mejor poesía de Mercantini quizás sea la «Conmemoración de las Cinco Jornadas» [«Commemorazione delle Cinque Giornate»], escrita después de las victorias italianas de 1859, y en la que la personificación del glorioso día celebra el sacrificio de los caí­dos que le hizo inmortal, y las grandes memorias que preparan la era afortunada de la patria. En el último período, Mercan­tini quiso irreflexivamente volver al poema corto de tono literario, y’ escribió un cuento en octavas, «A la madre de los hermanos Savio» [«Alia madre dei fratelli Savio»], un poema dialogado, «Palestro», y, con reminis­cencias dantescas, un polímetro, «Rivotorto», en el que San Francisco y Santa Ca­talina hablan contra el poder temporal de los Papas. En el prólogo de los Cantos el poeta escribe con legítimo orgullo: «Desde las jornadas de Brescia hasta ahora yo canté casi todos los nombres y los hechos más heroicos de nuestra patria»; y después de tantos años y de tantas vicisitudes no se podrían encontrar palabras que mejor ilus­traran el valor del libro.

M. Vinciguerra

Cantos del Antiguo México, P. Francisco Javier Clavijero

Los historiadores más autorizados del antiguo México, como el P. Francisco Javier Clavijero (1731-1787), P. Bernardino Ribeira Sahagún (1488?-1590), D. Fernando de Alva Ixtlixochitl, recuerdan la antigua poesía de México, donde los poetas —como los músi­cos — eran numerosos, hábiles, apreciados y honrados. Esta poesía consistía en su ma­yor parte en himnos religiosos en honor de las divinidades como Uitzilopochtli, Tetzcatlipeca, Tlaloc, Xochiquetzal, Xipe-Totec y otras; en cantos de guerra, de caza, de aventuras de amor, quizás con tendencias éticas y educativas, pero a menudo llenas de amargo pesimismo. La poesía era en general cantada y acompañada musical­mente y quizás con danzas rítmicas. Sigue siendo algo oscura, incluso para los mejo­res conocedores, traductores e intérpretes, ya por el espíritu, ya por el idioma; los cantos elegiacos abundan en metáforas, en palabras compuestas y en formas gramati­cales arcaicas e inusitadas en la prosa, en interjecciones y reticencias. Sin embargo la mayor parte de dicha producción lírica, que debió de ser rica y hermosa, fijada en ideo­gramas y posteriormente en caracteres al­fabéticos sobre papel de pita o pieles de animales, no llegó hasta nosotros, pues sólo pocas decenas de poesías han sido conserva­das e incluso una parte de las mismas puede ser apócrifa o haber sufrido alguna inter­polación posterior.

[El material que puede ser manejado con relativa confianza está constituido por veinte cantos que figuran en el capítulo I del libro VI de la Historia general de las cosas de Nueva España de Fray Bernardino de Sahagún, O. F. M. (Fols. 274-281 u del manuscrito de la Biblioteca Nacional de Madrid, edición fototípica de Del Paso y Froncoso), y por sesenta y dos contenidos en el códice 97 (15-3-97) de la Biblioteca Nacional de México, titulado Cantares de Los mexicanos y otros opúsculos. Este texto fue publicado en facsímil por Antonio Peñafiel (México, 1907). Ángel M. Garibay lo ha descrito recientemente en su libro Historia de la literatura náhuatl. Pri­mera parte (Etapa autónoma: de c. 1430 a 1521, México, 1953), pp. 37-38. En esta obra le consagra los capítulos III, «Poesía Líri­ca»; «Poemas otomies» y VI «Poesía dramá­tica». Véase del mismo autor, «Poesía indí­gena, de la alta planicie. Divulgación lite­raria (México, 1940) (Biblioteca del Estu­diante Universitario, 11). W. Jiménez Mo­reno, Fray Bernardino de Sahagún y su obra al comienzo de su edición de la His­toria (México, 1938), pp. 52-56, ha consa­grado a estas poesías una larga e impor­tante nota. La bibliografía anterior en len­gua española ha perdido interés].

G. V. Callegari

Canto Ensangrentado, Penco Slavéjkov

[Kárvava pésen’]. Poema del poeta búlgaro Penco Slavéjkov (1866-1912), que quedó incomple­to por la muerte prematura del autor. Es como una gran epopeya nacional sobre el fondo del pasado búlgaro, cuyos sucesos oscuros y gloriosos el poeta evoca de los relatos escuchados durante su infancia. El núcleo del poema está constituido por la lucha y el sacrificio del joven Mladén por la redención de la patria durante los años que vieron la sublevación (1876) y la gue­rra ruso-turca de liberación (1877-1878). Pero el episodio es sólo un pretexto para una concepción epicolírica amplia y gran­diosa, exaltadora de los ideales, los sufri­mientos y los sacrificios de todo el pueblo por su rescate. El verdadero gran héroe del poema es el viejo monte Balcán, majestuoso y poderoso, guardia vigilante de la suerte del pueblo, cuya alma, cuya vida y cuyos ideales se concentran en él como en un dios inmortal de la estirpe. No son quizás completamente ajenos a la concepción del poema, ecos de las luchas del Risorgimento italiano (parte de ella fue concebida y es­crita en Italia en los últimos meses de la vida de Slavéjkov) y alguna influencia del poema polaco el Señor Tadeo (v.) de Adam Mickiewicz. Trad. parcial de E. Damiani en Penco Slavéjkov. Canti epici e lirici (Venecia, 1929).

E. Damiani

Canto de Annón

[Annolied]. Poema histórico-encomiástico en alemán antiguo, compuesto entre 1077 y 1081 por un eclesiástico, quizás bávaro, del convento de Siegburg, en la Renania, para honrar la memoria de Annón II arzobispo de Colonia desde 1056 hasta 1075. El poema empieza por el origen del mundo, habla después del pecado original, la redención, la difusión de la palabra de Jesucristo en el mundo, por medio de los apóstoles y de los santos, y finalmente acaba hablando de Annón. Pero, llegado a eso, se separa del tema para narrar los orígenes de Colonia, la venida de los héroes troyanos a la tierra de los francos, las guerras sostenidas por Cé­sar contra Pompeyo con la ayuda de los germanos, después las de Augusto y por fin la venida y la redención de Jesucristo. En este punto enlaza con el tema princi­pal de la vida de Annón, arzobispo de Co­lonia, celebrando su carácter, sus obras piadosas, su expulsión de Colonia y su per­dón a la ingrata ciudad, su muerte glo­riosa y sus milagros. El tono de toda la narración es vigoroso y le sostienen siem­pre un gran amor a la patria y una inque­brantable fe en la providencia divina que envía a la alemania lacerada por luchas internas hombres fuertes y justos que la salven en los momentos oportunos. El poe­ta tiene acentos de profundo dolor al narrar las luchas entre Enrique IV, discípulo de Annón, y el papa Gregorio VII, como tam­bién acentos de luminosa fe al hablar de la santidad de Annón que desde el cielo intercede por su pueblo. El poema es uno de los mejores monumentos de poesía his­tórica con fondo místico de la Edad Media alemana.

M. Pensa

¿Qué podemos decir de este poema?, ¿qué decir de su composición, de su gravedad, de su extensión, de la proporción de sus partes, de su belleza moral, de la lozanía de su dicción? Si cada santo hubiera teni­do un panegirista semejante, y cada mo­nasterio un poeta como éste, ¡qué ricos seríamos y con qué ardor veneraríamos a nuestros santos! (Herder)