A la Heroica Salida del Benemérito General José María Morelos por entre el Ejército Sitiador de Cuautia Amilpas, Francisco Manuel Sánchez de Tagle

Composición incluida en las Obras poéticas (v.) del escritor mexicano Francisco Manuel Sánchez de Tagle (17S2-1847). Como es sabido, Morelos y Pavón, sitiado en Cuautla por las fuerzas españolas, mandadas por el general Calleja, resistió el asedio por más de dos meses, desde el 19 de febrero al 2 de mayo de 1812, y al fin logró romper el cerco. Esta es la hazaña que el poeta canta en la primera de las composiciones citadas, en la que in­crepa al enemigo del guerrero mexicano, y le conmina a mirar «…al héroe de Anáhuac y a sus huestes / mayores más en el mayor peligro, / jamás domados y medrosos nunca…»

A. Millares Carlo

Ajbar Matmu ‘A

[Noticias reunidas]. Crónica anónima del siglo X que abarca des­de la conquista musulmana de al-Andalus — expuesta con detalle — y, tras recopilar un conjunto bastante abundante de datos hasta la época de Abd al-Rahman I, aca­ba aduciendo algunos, aunque escasos, datos desde ese momento hasta el final del reina­do del califa ‘Abd al-Rahmán III. En rea­lidad, se trata de una recopilación de tradi­ciones de tipo popular, a menudo expuestas sin seguir un riguroso orden cronológico. Eso —junto con la tesis expuesta por Ju­lián Ribera, quien considera que en su re­dacción intervino más de un autor— expli­ca el desequilibrio que se aprecia en el es­pacio dedicado a los distintos hechos, algu­nos de los cuales están narrados con mucho detalle, mientras que de otros sólo se da una rápida, concisa y, a las veces, impre­cisa visión. Aunque la obra contiene algu­nos errores de fechas, en general y según los paisajes, se aprecia cierto criterio, como, por ejemplo, en el hecho de no dar cré­dito y, por ello, no dar cabida, a una serie de leyendas imaginarias que aparecen en otros cronistas (por ejemplo, la historia del arca abierta por Don Rodrigo). Por otra parte, el principal reproche que se le ha hecho al Ajbár Maymü ‘a es que únicamen­te se ocupe del elemento árabe, en especial de la tribu de Qurays y de los omeyas, ol­vidando los demás elementos que integra­ban la población de al-Andalus. En cuanto a los autores, Ribera distinguió al menos dos: uno, militar, habría redactado hasta el año 88, mientras que lo restante sería obra de un alfaquí que concede poca importancia a lo militar. Edición y traducción española por Emilio Lafuente Alcántara (Madrid, 1867).

D. Romano

El Aguilucho, Edmond Rostand

[L’Aiglon]. Drama his­tórico en seis actos, en verso, de Edmond Rostand (1868-1918), estrenado el 15 de marzo de 1900. El «Aguilucho» es el duque de Reichstadt, hijo de Napoleón y de Maria Luisa de Austria, en quien Rostand ve combinados el generoso ímpetu paterno con la cansada vejez de los Habsburgo, figura vacilante hecha de sueños y de incertidumbres, predestinada a una muerte pre­matura. Estamos en 1830: los patriotas fran­ceses tratan de aproximarse al joven du­que y convencerle para que se ponga al frente de un movimiento que le devolverá al trono imperial, pero el «Aguilucho» está dudando, no tiene confianza en sus fuer­zas, minadas ya por la enfermedad, ni en los conspiradores, románticos y aficionados. Más viva y segura es en él la adhesión ideal a la memoria de su padre, cuyas ges­tas ha conseguido conocer con ayuda de una bailarina, Fanny Elssler, a quien creen su amante y es en realidad su devota maes­tra de una historia reciente que, por volun­tad de Metternich, debiera ignorar. En el palacio de Schoenbrunn, el Duque conoce a Flambeau, viejo soldado del Gran Ejército, que le inflama con sus relatos y le impulsa a la acción.

Metternich, que lo intuye, se limita a llevarle ante un espejo: ¿no advierte que todo, en su persona, lleva el sello de los Habsburgo? Es un golpe mor­tal para el joven, quien, desde este momen­to, sólo vive para la próxima muerte; no sabe oponerse a las insistencias de los ami­gos que le impulsan a huir con Flambeau, pero se retrasa; los conspiradores son de­tenidos en la llanura de Wagram. Flambeau se mata y en torno al «Aguilucho», que ha quedado solo junto al viejo soldado mori­bundo, los muertos de Wagram resucitan y señalan en él la víctima expiatoria de la trágica gloria del padre. Sólo frente a la muerte es fuerte: cuando, con un pretexto, tratan de darle los sacramentos en presen­cia de la familia imperial, no se deja en­gañar, comprende y acepta. Su vida, com­pletamente encerrada en la intimidad, in­capaz de acción, se extingue entre las mu­jeres que le han amado% Fanny Elssler y Teresa, la lectora de María Luisa, aun agi­tada hasta el fin por larvas de gloria. El li­rismo bastante amanerado de Rostand no podía conseguir dar vida a un nuevo Hamlet, de modo que el drama se basa más bien en lo que circunda al protagonista — las es­cenas de Corte, el amor de Teresa, las rápi­das escenas de Metternich, los sueños de los conspiradores y sus propios sueños— más que en el protagonista mismo. De ahí la debilidad de la obra, cuya concepción esta­ba demasiado basada en el drama íntimo del «Aguilucho» para poder expresarse com­pletamente sólo en el cuadro y en el vir­tuosismo poético del conjunto.

U. Déttore

De poco sirve tener horror a la guerra; V. Hugo y Rostand acaban casi por hacer aceptar las matanzas de Napoleón. (Renard)

Agnoscat Omne Saeculum, Venancio Honorio Clemenciano Fortunato

Himno para el obispo Leoncio, compuesto por Venancio Honorio Clemenciano Fortunato, poeta cristiano (535-hacia 600), nacido en la Italia septentrional, pero que pasó la ma­yor parte de su vida en las Galias. Es la XVI composición del primer libro de los Poemas (v.) de Venancio, recogidas en con­junto en once libros; es un himno abeceda­rio, esto es, las 23 estrofas de que está com­puesto, se inician con las letras dispuestas en orden alfabético; está escrito en dímetros yámbicos acatalécticos, y en ellos la rima se repite con mucha frecuencia. Dic­tado en honor de Leoncio, arzobispo de Burdeos, a quien el autor había ya dedica­do un panegírico en dísticos elegiacos, ce­lebra su inesperado regreso, después que otros sacerdotes, que injustamente se dispu­taban la sucesión de la silla episcopal, ha­bían difundido la noticia de su muerte. A éstos ataca el poeta en la primera parte del himno: el obispo es intérprete de la vo­luntad divina, sólo a Dios corresponde su elección: es pues, verdaderamente reproba­ble la contienda entre hombres ineptos para alcanzar un puesto que sólo Dios puede y debe asignar.

Ahora la llegada de Leoncio pone término a esa lucha y, como autén­tico y prudente pastor, volverá al buen camino a su dispersa grey; sin duda por voluntad divina, el día de su regreso coin­cide con el aniversario de la toma de pose­sión de su cargo, el pueblo, desesperado por la ausencia de su obispo, está casi atónito ahora con el contento de su regreso, y se une de todo corazón al himno de alegría del poeta que alcanza, especialmente en sus últimas estrofas, un calor y una solemni­dad casi corales. La forma de himno sirve aquí al poeta para un tema que no es ex­clusivamente religioso, como el de los dos himnos suyos incluidos en la liturgia, el Pange lingua (v.) y Vexilla regis prodeunt (v.); se convierte en un canto de ca­rácter más popular y aun incluyéndose en las numerosas composiciones laudatorias de Venancio, tiene una particular espontanei­dad y está dictado por un sentimiento sin­cero. Como en todas las composiciones de Venancio, el cuidado de la forma es mi­nucioso, y abundan en él los artificios re­tóricos; pero en su conjunto el himno es vivo y sentido, y se le cuenta entre las composiciones más notables y poéticamen­te logradas de su época.

E. Pasini

Agesilao, Jenofonte

Escrito encomiástico en que se toma por modelo escri­tos análogos de Isócrates y que la crítica definitivamente concorde atribuye a Jenofonte ateniense (427? 355? a. de C.), quien estaba ligado con el rey Agesilao por mu­chos vínculos de amistad y de admiración. Fue escrito poco después de la muerte del rey, esto es, en torno a 300. Más que la ver­dad histórica — la materia deriva en su mayor parte de las Helénicas (v.) — el autor tiende a glorificar al protagonista, en el cual admira, sobre todo, la rectitud mo­ral y la piedad para con los dioses.

C. Schick