Aspromonte

[Aspremont]. Cantar de gesta del siglo XIII en series monorrimas de versos decasílabos. Agolante, rey de África, impone a Carlomagno (v.) que se convierta a la fe pagana y se le someta. Ante la negativa del emperador, el hijo de Agolante, Almonte, invade Italia, Carlo­magno desciende con su ejército hasta Ca­labria y ambos se enfrentan al pie de las montañas de Aspromonte. Tras largas bata­llas, Almonte es vencido y obligado a huir. Perseguido por Carlomagno en un esfuerzo desesperado, está a punto de escapar del perseguidor, pero le llega al emperador la ayuda de su sobrino Roldán (v.) que había dejado en Francia por ser demasiado joven y no estar aún armado caballero. Armado sólo con un palo, mata primero a Almonte y luego a Agolante, que, desconociendo la suerte de su hijo, había ido en su ayuda. Así, vencidos los paganos, y muertos sus jefes, la viuda de Agolante se convierte en esposa de Florent, hijo del rey de Hungría. El cantar se basa en ciertos recuerdos de las invasiones sarracenas que asolaron la Ita­lia meridional en aquella época. Hay un cierto cuidado de lo pintoresco y del color local que aparece, por ejemplo, en la des­cripción de los mensajeros sarracenos con anillos en las orejas y los cabellos unidos en largas trenzas; no falta en ciertas es­cenas el sentido cómico y algunos caracte­res están trazados con vigor. Alguna escena grandiosa se pierde por exceso en un fá­rrago de repeticiones y digresiones prolijas. El poema francés está insertado en la Karlamagnússaga y existe una redacción ita­liana en prosa de Andrea da Berberino: Aspramonte.

C. Cremonesi

El Arte Militar y la Guerra, Pierino Belli

[De re militari et bello]. Obra, de tema militar del jurisconsulto Pierino Belli (1505-1575), publicada en 1563. Se divide en dos partes distintas: en la primera, el autor diserta con notable competencia y objetividad so­bre el arte de la guerra en general, deli­neando los principios esenciales con deduc­ciones y confrontaciones, de los ejemplos sacados de la historia de diversos pueblos. La segunda parte trata de la guerra desde un punto de vista jurídico, mirándola como elemento necesario para dirimir las con­tiendas internacionales, y con un valor, por tanto, estrictamente moral. Los príncipes no deben querer la guerra por fines de econo­mía y conquista, sino sólo por graves y vi­tales razones, y cuando la guerra se haya terminado, han de entrar en vigor, y respetarse, los tratados. En el tiempo de Belli, lo que hoy llamamos «derecho de guerra» era un conjunto de convenciones no codi­ficadas, mal conocidas y por lo tanto poco respetadas. Observador agudo y juriscon­sulto dotado de aptitudes políticas, a Pietro Belli ha de contársele entre los más claros exponentes de su siglo. Toda su obra es viva, pero la primera parte tiene su valor y significado en su consideración de la guerra sólo como la extrema necesidad a que deben recurrir los pueblos; la segunda parte es más orgánica y digna de examen.

G. Gherardini

Annus Mirabilis, John Dryden

Poema corto en cuartetas de John Dryden (1631-1700), so­bre las batallas de 1665 y 1666 contra los holandeses, publicado en 1667 y probable­mente escrito en Charlton, en el Wiltshire, donde el poeta vivió durante la peste y el incendio de Londres (2 a 7 de septiembre de 1666). La descripción de una guerra moderna representaba algo nuevo en poe­sía. Boileau había sido el primer francés que se había atrevido a describir en versos los efectos de la artillería; en Italia lo ha­bía ensayado ya Ariosto. En la poesía in­glesa, Edmund Waller (1606-1687) había descrito la batalla de Solé Bay en las Ins­trucciones a un pintor [Instructions to a Painter]. En el poema de Dryden las líneas de la descripción se pierden entre símiles y divagaciones. Ciertos conceptos son típi­camente barrocos. Por ejemplo, al descri­bir el ataque inglés a las naves holandesas refugiadas en Bergen con su precioso car­gamento de especias hindúes, el poeta dice: «Una bala desciende entre cúmulos de es­pecias, y sus perfumes vuelan armados contra ellos; algunos caen preciosamente heridos por fragmentos de porcelana, y otros mueren de aromáticas metrallas». Des­cribiendo el incendio de Londres, el poeta observa fríamente el avance de las llamas de calle en calle y extrae de ello reflexiones y símiles.

M. Praz

Wingult, Rudolph G. Binding

[Der Wingult]. Una de las más bellas novelas de guerra del escritor Rudolph G. Binding (1867-1938), compuesta en 1921. Sobre el fondo oscuro y solemne de la lucha mortal y extenuante realizada con extremado encarnizamiento, el escritor ofrece una nueva e inesperada variación de los motivos de un ser de impulsos primiti­vos y de estatura gigantesca puesto junto a una persona más refinada, más delicada y más débil. Wingult ha dejado su oficio de barquero en el Rin para ir a combatir.

No le fuerza un ideal ni un mito, sino la idea de dar muestras finalmente de la fuerza que siente dentro de sí, en su cuerpo inmenso. En los días de espera anda de un lado a otro, como «un Atlante a quien le faltara su peso», y se divierte en representar «una montaña que escupe fuego», llenándose la boca de petróleo y encendiéndolo en cuanto lo escupe. Un juego de circo que a él le pa­rece un artificio mágico y le divierte. Un joven y delicado abanderado llega a ser objeto de su afecto. El gigante le protege y ayuda con ingenua ternura, como la de una madre que cuida a un hijito. Una vez. des­pués de haber demostrado que su fuerza hercúlea bastaba para cumplir una hazaña que muchos habían probado en vano, con­sigue tender un puente entre las cañas de un pantano, cargándose en las espaldas, uno tras otro, dos caballos muertos.

Después de­cide ir a montar la guardia más allá de aquel vado, y sólo pide a sus camaradas que le dejen la comida por la noche, cuando el enemigo no pueda ya observar aquel paso, en la orilla segura. El abanderado quiere acompañarle, pero, al segundo día, una bala lo hiere en la sien y lo mata. Luego, cuando por la noche Wingult transporta a su com­pañero muerto a la otra orilla, ya no halla comida. Espera en vano todo un día — sus camaradas han cambiado de sector —; y des­pués, llevando consigo al compañero caído, se va escupiendo fuego, como aparición monstruosa, hacia el enemigo, y desaparece en la oscuridad. En esta novela el escritor alemán ha conseguido dar un tono casi de leyenda, con un fondo emotivo y humano, a un episodio trágico en la más triste de, las existencias.

R. Paoli

Sonetos En Arnés, Friedrich Rückert

[Geharnischte Sonette]. Poesías de guerra del poeta alemán Friedrich Rückert (1788-1866), que forman parte de las Poesías alemanas publicadas en 1814 con el pseudónimo de Freimund Reimar. En el primer ciclo de 24 sonetos, el poeta define su misión educativa y pa­triótica, e inspirándose en el resurgimiento de alemania, exhorta a todos los demás pueblos a unirse en una lucha común con­tra los tiranos. Evoca luego el espíritu del rey Federico, para que incite al combate a sus compatriotas; fustiga a los enemigos de las sectas secretas y amonesta a los du­ques de la Liga del Rin para que re­cuerden la gloria de sus antepasados, y a todos los alemanes, para que destruyan la Columna de Austerlitz levantada en París para oprobio de alemania. El viejo Rin se alboroza porque, pasado el tiempo de la esclavitud, pronto verá a un ejército ale­mán en marcha.

Exaltando luego el espí­ritu de sacrificio de las mujeres alemanas, la primera parte concluye con una alusión a la nueva orden de la Cruz de Hierro, y con una plegaria por la Patria. En el se­gundo ciclo de 20 sonetos evoca la figura de Napoleón y el miserable fin del Gran Ejército. El poeta presenta la gran resurrec­ción y finaliza su ciclo con la visión de Federico el Grande, caudillo espiritual del renacimiento nacional, y con el panegírico de Hardenberg y Stein, jefes de la santa lucha. Estos sonetos, aunque recuerden en la lengua y en el planteamiento el de Friedrich Schlegel «Gute Zeichen», y algunos pensamientos del Espíritu del tiempo (v.) de E. M. Arndt y de los Discursos a la nación alemana (v.) de Fichte, alcanzan una forma original cuando reflejan el apa­sionado dolor por los oprobios sufridos por su patria. Se pasa de estados de ánimo so­lemnes y elevados a un amargo escarnio y a una indignada ironía. A veces el cuadro evocado es grandioso, como aquel en que Napoleón corre en pos del fantasma de la gloria, hasta que éste desaparece en el in­cendio de Moscú. El idioma está modelado en una forma concisa, interrumpido por exhortaciones, preguntas, contraposiciones, ora variada con motivos de la mitología clásica, ora solemnizada con acentos reli­giosos.

A. Feldstein