Azorín, Gómez de la Serna

Obra de Ramón Gómez de la Serna (1891-1963) y publicada en Madrid, en 1930. Se trata de uno de los estu­dios más ricos de noticias y de anécdotas que se han publicado sobre el maestro Azorín. Sin abandonar nunca su peculiar estilo, Ramón Gómez de la Serna nos va pre­sentando sucesivamente no sólo la persona­lidad de Azorín sino que también dedica estudios muy curiosos a la generación del Noventa y ocho y especialmente a Valle Inclán, Baroja, Maeztu y Silverio Lanza. Si­gue a continuación, paso a paso, la biogra­fía del Maestro, a través de las redaccio­nes de la época — singularmente de «El Globo»— y de sus andanzas viajeras, sin olvidar su actividad política. A medida que desarrolla la curva vital de Azorín, Gómez de la Serna multiplica sus observaciones personales sobre su obra literaria, observa­ciones que dentro de la manera «ramoniana» ofrecen considerable interés. No falta un capítulo destinado a estudiar los inten­tos de renovación del teatro llevados a cabo por Azorín. De esta obra, publicada en 1930, por la Editorial «La Nave», hay una se­gunda edición publicada por la Editorial Losada de Buenos Aires en 1942 y una ter­cera en 1948. En ellas se añaden algunos capítulos destinados a glosar los últimos años de la existencia de Azorín, reintegra­do a su casa de Madrid después de la Gue­rra Civil.

G. Díaz Plaja

Ayúdate a ti Mismo, Samuel Smiles

[Self-help]. Obra de Samuel Smiles (1812-1904), publicada en 1859, y muy difundida. «Self-Help» literal­mente significa «auto-ayuda», esto es, ayudarse uno mismo sin asistencia de los de­más. Es una serie de conferencias dadas por el autor a un grupo de jóvenes de humilde condición, que habían formado una socie­dad para «mejorarse» intercambiándose los conocimientos que cada uno poseía; Smiles quiso demostrar que «nuestra felicidad y nuestro bienestar dependen necesaria y pre­cisamente de nosotros mismos y que la dis­ciplina, la vigilancia ejercida sobre sí y, ante todo, el pronto y honesto cumplimien­to del propio deber, es lo que constituye la gloria de los caracteres viriles». En reali­dad, ni leyes, ni instituciones, ni escuelas, ni libros, pueden levantar el nivel de una sociedad sin el concurso libre y perseveran­te de los individuos. Nada hay en la vida más importante, que formarse un carácter viril y alcanzar el mayor desarrollo posi­ble del cuerpo, de la inteligencia y de la conciencia. Smiles valora su tesis ilustrándola con la historia de hombres de hu­milde origen que supieron elevarse a gran altura, dejando huella imborrable en la his­toria de la humanidad.

Pasan por sus pá­ginas, vivamente presentados, científicos y generales, hombres de estado, fundadores de industrias, inventores y productores: en­tre éstos, el autor subraya de modo parti­cular a los creadores de la máquina de vapor y de los telares, las pacientes fati­gas de los más célebres alfareros, sostenien­do que, aun reconociendo que el azar fa­voreció sus descubrimientos, eran precisas sobre todo voluntad y laboriosidad «para distinguir y aprovechar las ocasiones pro­picias». Ejemplos de perseverancia admira­bles son: Buffon, Walter Scott, Jenner, in­ventor de la vacuna variólica; porque el arte, que es un don de la naturaleza, re­quiere siempre «ejercicio largo y laborio­so», y de ello son prueba las vidas de Tiziano, Hogarth, Cellini, Dupré, Rossini y Verdi. Gran espíritu de iniciativa y ener­gía personal, demostraron también los san­tos y los filántropos (San Francisco de Sales y San Vicente de Paúl), todos cuantos lu­charon por abolir la esclavitud; y, en un plano inferior, pero no menos concreto, porque «cada oficio tiene su dignidad», los hombres de negocios que, tomando como máxima que «la honradez es la mejor línea de conducta», supieron aprovechar el tiem­po, las cosas pequeñas y hacer buen uso del dinero. La obra de Smiles, carente de toda pretensión literaria y artística, está movida por el más simple buen sentido: su éxito enorme puede explicarse porque re­fleja en su empirismo, y en su especificada moralidad, la mentalidad de gran parte de la sociedad en la época en que fue escrita.

A. Prospero Marchesini

Ayudas a la Reflexión, Samuel Taylor Coleridge

[Aids to Reflection]. Tratado filosófico de Samuel Taylor Coleridge (1772-1834) bajo forma de una serie de aforismos, publicado en 1825. Es el libro de Coleridge que ejerció más in­flujo en el pensamiento del siglo XIX. Se refiere a la distinción entre razón («rea- son») e inteligencia («understanding»), dis­tinción ya implícita en Platón («nous» y «dianoia»). Aunque Coleridge acepte la teo­logía anglicana ortodoxa, se adhiere en sus­tancia a la filosofía kantiana; de donde pro­cede una de las típicas contradicciones de este autor, que acepta los principios del idealismo subjetivo y, por otra parte, con­serva la creencia en la Trinidad y en el dogma cristiano. La inteligencia es la fa­cultad por la cual reflexionamos y genera­lizamos sobre la base de las impresiones de los sentidos, los cuales no hacen sino pro­porcionar elementos de comparación. La razón, en cambio, o predetermina la expe­riencia, o se vale de la experiencia pasada para sustituir a la necesidad en lo futuro. La esfera propia de la inteligencia es el mundo natural, no el espiritual; en la in­teligencia se dan actos conceptivos («concipiences» o «conceptive acts») más que con­cepciones («conceptions»); la realización es obra de la fantasía («faney», la que Kant llama «Einbildungskraft»); la inteligencia forma «entia rationalia», que con ayuda de la imaginación se convierte en «entia realia». Por otra parte, por la vía de te razón llegamos al conocimiento de las últimas verdades espirituales. Acerca de este pun­to, Coleridge se aparta de Kant y se apro­xima a Jacobi. Coleridge exalta la razón («the All-perfect and Supreme Reason») en detrimento de la inteligencia, llamada «la mente de la carne» («the mind of the flesh»). En realidad la razón pierde en él las limitaciones kantianas, y se convierte en instrumento de fe. La moralidad y la prudencia, a su vez, son distintas por el hecho de que la primera brota de la razón y de la conciencia del hombre, y la segun­da de la inteligencia (distinción resuelta­mente kantiana). La parte culminante de la obra es la que lleva por título: Aforismos sobre la, religión verdaderamente espiritual [Aphorisms on Spiritual Religión Indeed].

M. Praz

Axioco o de la Muerte, Platón

Diálogo atribuido a Platón (427-347 a. de C.). Sócrates mientras está preparándose para marchar a Cinosarga es llamado por Clinias quien, llorando, le anuncia que su padre Axioco está muriéndose y que, perdidos los ánimos, tiembla y se aflige al ver acercarse su muerte: sólo Sócrates podría calmarle. Sócrates consien­te de buen grado en cumplir aquella pia­dosa misión y va a casa de Axioco. Apenas llega junto a él comienza a reprenderle por su comportamiento, impropio de un hombre anciano y sabio. Puesto que la muerte va acompañada de la insensibilidad, los temo­res y la repugnancia de Axioco a tener que ir a disolverse bajo tierra, son contra­dictorios y vanos; un cuerpo sin alma no constituye ya un verdadero hombre, y el alma, aprisionada en el cuerpo que es un mal, siempre anhela su reino celeste, de manera que la muerte es siempre libera­ción. Pero Axioco no se contenta con se­mejantes filosofismos a los que llamaba nada menos que sofismas: su tristeza requiere pa­labras más persuasivas. Sócrates entonces le obliga a reconocer una vez más el círcu­lo vicioso de sus temores que le hacen imaginar que podrá captar con su senti­miento la privación de los sentidos, y le reanima con el pensamiento de la inmorta­lidad.

Que el alma es inmortal lo atesti­guan la superioridad del hombre sobre la naturaleza a la que él trasciende práctica y teóricamente, lo cual hace suponer que en el alma existe un espíritu divino. Axioco, pues, va al encuentro de la inmortalidad, no de la muerte, y Sócrates termina con un mito, que le ha enseñado un mago; las al­mas después de la disolución del cuerpo, comparecen ante los jueces infernales Minos y Radamante, y les toca en suerte, según la conducta de su vida, eterno goce o eter­nas penas. Axioco, que ha vivido piadosa­mente, será sin duda bienaventurado; anhe­loso, consolado, persuadido, ahora casi ya invoca la muerte, en lugar de temerla. El Axioco es el más notable (después del Pri­mer Alcibíades) de los diálogos apócrifos. Escrito indudablemente en el siglo II a. de C. se sirve, para vencer el temor de la muerte, de una argumentación cara al Epi­cureismo: la muerte será sólo cuando nos­otros ya no seremos. El diálogo en su con­junto no carece de cierta gracia de estilo muy característico. [Trad. española de Pa­tricio de Azcárate (Madrid, 1871-72)].

G. Alliney

Averroes y el Averroísmo, Ernest Renán

[Averroés et L’averroisme]. Ensayo histórico de Ernest Renán (1823-1892), publicado en 1852, y revisado definitivamente en 1882. En un riguroso estudio de historia de la filosofía sobre la vida y las obras del más famoso científico árabe Ibn Rosd (en latín Averroes), depura críticamente la tradición bio­gráfica y los testimonios doctrinales. Por las persecuciones que la filosofía sufrió en­tre los árabes, en el siglo XII, el pensa­miento de Averroes fue pronto mal inter­pretado; sobre todo su comentario de Aris­tóteles, basado en un conocimiento científico plenamente sujeto a la tradición griega, fue combatido tanto por los musulmanes faná­ticos como por los católicos escolásticos. Manuscritos árabes, hebreos y latinos indi­can la gran vitalidad de una interpretación inspirada en el racionalismo. Especialmen­te en cuestiones relativas a problemas filo­sóficos (como el intelecto activo y el inte­lecto pasivo) el pensamiento de Averroes, negador de mitos y de concepciones arbitra­rias tanto en religión como en filosofía, fue entendido en menosprecio de la inmortali­dad del alma y como exaltación de una au­téntica y verdadera ciencia humana. El mismo aristotelismo científico, negador de mundos sobrenaturales, halla en Averroes un asertor decidido, que será violentamente combatido por todos los que, como Alberto Magno, Tomás de Aquino, Petrarca, inter­pretarán al filósofo griego dentro de la ór­bita de la filosofía cristiana. Pronto Ave­rroes (como se ve en obras de pintores me­dievales) se convierte en símbolo de incre­dulidad, aunque Dante estime su «gran co­mento» y celebre al autor entre los espíri­tus excelsos del Limbo. La escuela de Padua continúa las tendencias averroístas en la interpretación positiva de Aristóteles: Pietro d’Albano en la medicina, Pomponazzi en filosofía, y otros varios estudiosos, indican una vitalidad a la que se oponen el platonismo con Ficino, y el humanismo, con Vives y con Pico.

Pero Cesalpino, Cardano, Vanini, aun entre acusaciones de impiedad, afirman su espíritu iniciador de corrientes que se fundirán, en la investigación de una verdad, con otras aspiraciones del Renaci­miento, por un pensamiento autónomo de toda autoridad eclesiástica y por una reli­gión que sea voluntad interior y no atri­buto de autoridad. La obra de Renán, fruto de largo trabajo filológico, provisto de ra­rísimos textos árabes,, es documento fun­damental para los estudios de historia de la filología; el prefacio de la primera edición es famoso por su afirmación de un método histórico en sí y por sí, fuera de toda posi­ción dogmática. Una «curiosa lección» nos la da el ahogamiento de un pensamiento como el de Averroes, dice la advertencia de la edición definitiva, al confirmar la im­portancia de una filosofía que no fue guia­da en sus orígenes por ningún motivo dog­mático; pero en semejante circunstancia se nota una vez más la estrechez del genio is­lámico, en comparación con la multiforme y compleja formación de la civilización cris­tiana en Europa, donde jamás se llegó a un fanatismo integral y negador de la li­bertad, sino que se acogió la voz humana y racional de Roma y de Atenas.

C. Cordié