Apuntes de Viaje, Dinicu Golescu

[Insemnarea cáldtoriei mele]. Diario de viaje del rumano Dinicu Golescu (1777-1830) publicado en Bu­dapest en 1826. De 1824 a 1826 el autor tuvo ocasión de viajar por muchos países de Europa, por negocios y por la instrucción de sus hijos. Observador muy agudo, no so­lamente de los lugares, sino todavía más de los pueblos, pudo comprobar en Transilvania la identidad nacional de esas gentes con los demás rumanos y observar que la condición general de la población era me­jor que la de los Principados. En Budapest le asombran los edificios de varios pisos; en Viena, Presburgo, Karlsbad y Berlín, nota con admiración las costumbres modernas y civilizadas, muy distintas de las tradiciona­les de su país. Visita también Suiza, pero más ampliamente y de una forma mejor nos describe las ciudades del Norte de Italia, como Trieste y Venecia, donde le impre­siona el buque que se mueve «con el calor y el vapor, como en una caldera donde hierve el aguardiente».

En las antiguas ciu­dades italianas admira pasmado las huellas de la civilización romana y los monumen­tos del Renacimiento. Escrito con un estilo pintoresco y rico de imágenes, el diario se sigue leyendo aún hoy con interés, ya que cada página encierra unas agudas observa­ciones y dolorosas comparaciones entre las condiciones políticas y sociales de los paí­ses que visita y las de su amada patria. In­teligente y culto, «el primer rumano mo­derno», como le llamó Pompiliu Eliad, preocupándose por el porvenir de su país, se esforzó por él con toda energía, abriendo escuelas y publicando libros, con el fin de mejorar las condiciones del pueblo y espe­cialmente de los campesinos. Y los Apuntes de viaje no son solamente la descripción de la Europa occidental vista por un rumano, sino un documento de alto valor social, que ha tenido una benéfica influencia sobre la vida moral y política rumana.

G. Lupi

Aproximándose a la Forma Antigua, Wolfgang Goethe

[An Antiker Form sich náhernd]. Recopilación de 35 epigramas de Wolfgang Goethe (1749-1832) compuestos casi todos entre 1781 y 1784 y publicados en el orden en que hoy los leemos en Poesías (v.). La métrica es la clásica, por esto nuestro autor los reunió bajo este título. Algunos contienen máximas irónico-moralizadoras, como «Advertencia», «Excusa», etc. Otros adoptan forma de apólogo o fábula, como «Febo y Hermes» y «El nuevo Amor». Otros se refieren también a la vida literaria de la época, como «Viajes fisiognómicos» que alu­den a Lavater, o a consideraciones surgidas de pensamientos sobre personajes y poetas como los siguientes: «Al Duque Leopoldo de Braunschweig», «Tumba de Anacreonte», et­cétera. Esta selección, que no ofrece nada orgánico, entra en la serie de las Xenias (v.). [Traducción española de R. Cansinos Assens (Madrid, 1948) ].

G. Federici Ajroldi

Apreciaciones, con un ensayo sobre el estilo, Walter Pater

[Appreciations, with an Essay on Style]. Ensayo crítico del escritor inglés Walter Pater (1839-1894), aparecido por pri­mera vez en volumen en 1889 y dedicado a su hermano William Thompson Pater, muer­to en 1887. La colección comienza con un ensayo sobre el estilo [«Style»] que a la vez que una confesión de gusto literario es una declaración de método crítico, una especie de exaltación del «mot juste» a la manera de Flaubert, a quien está dedica­da gran parte del ensayo. Esta correspon­dencia perfecta de la palabra con su sig­nificado y valor, es la esencia, para Pater, del «buen» arte, en tanto que el «gran arte» se clasifica en razón de la materia. (No poco sorprende al lector actual el ha­llar catalogados en el mismo plano, la Divi­na Comedia, El Paraíso perdido, la Biblia inglesa, Los miserables de Víctor Hugo). El ensayo sobre el estilo es el penúltimo de la colección en orden de tiempo (1888). El siguiente ensayo sobre Wordsworth es de 1874; el de Coleridge del 1880; el de Char­les Lamb, uno de los más afectuosos y pe­netrantes del volumen, es de 1878.

Siguen: «Sir Thomas Browne» (1886), «Love’s Labour Lost» (1878), «Measure for Measure» (1874), «Shakespeare’s English Kinks» (1889), en el que el autor se propone poner en evidencia «el sentimiento dominante en los dramas ingleses de Shakespeare como una especie de crónica dramática popular», «Dante Gabriel Rossetti» (1883); «Feuillet’s ”La Morte”» y un «Epílogo», sin fechar, pero probablemente contemporáneo al ensayo sobre el estilo, en el que el autor dis­cute los diversos significados y contenidos de la distinción entre «Clásico» y «Román­tico» en la literatura del último siglo, sobre todo en lo concerniente a Inglaterra y Francia. Pater no intenta en efecto, en dar un juicio definitivo en la tan debatida cues­tión sino que trata más bien de agudizar la antinomia demostrando lo infundado de ella en muchos casos, y su valor puramen­te definitorio en otros. El ensayo sobre el estilo puede desilusionar a los que espera­sen hallar en él la clave del arte de Pater; por otra parte, en tanto que algunos ensa­yos (sobre todo los que se ocupan de Lamb y de Wordsworth) revelan todo el juego de la exquisita sensibilidad de Pater, otros muestran que su juicio no era siempre se­guro al hablar de los modernos; especial­mente el ensayo sobre Feuillet sorprende a los lectores de hoy.

C. Pellizzi

Los Apóstatas, San Cipriano

[De lapsis]. Tratado de San Cipriano, obispo de Cartago, marti­rizado en 258. Escrito en la primavera de 251, apenas vuelta la paz religiosa, va diri­gido contra los partidarios del perdón y de la indulgencia para los que habían aposta­tado durante la persecución de Decio. En 250 un edicto del emperador Decio inicia una violenta y sistemática persecución; to­dos los cristianos deben abjurar y sacri­ficar a los dioses, bajo pena de destierro o de muerte, además de la confiscación de sus bienes. La iglesia africana parece derrumbarse bajo el ímpetu de una tempestad tan violenta; es un espectáculo de cobardía, de apostasía en masa, que sólo puede ser justificado en parte por la paz de que la Iglesia de África gozaba hacía más de trein­ta y cinco años. Cipriano traza vigorosa­mente en Los apóstatas el cuadro de una deserción tan lamentable. Dios ha querido probar a sus fieles con la persecución, y muchos de ellos han caído voluntariamente y cobardemente, sin combatir, aun antes que la persecución iniciase realmente sus violencias; los cristianos acuden en masa al foso para sacrificar, arrastrando tras ellos a sus hijos y parientes, para salvar vida y dinero: y en ellos no se ve ninguna incertidumbre, ninguna vacilación en renegar del Dios por el que hubieran debido afrontar gozosos el martirio.

No hay ningún dolor, ningún arrepentimiento en su corazón, y aun antes que termine la persecución pi­den insolentemente que vuelvan a admitirlos en la Comunidad y hasta se fundan en el apoyo de algunos confesores, que les proporcionan cédulas de indulgencia. Los confesores (los que han padecido tormen­tos por la fe, pero que no han podido, como los mártires, sacrificar su vida por ella) no pueden, afirma Cipriano, valiéndose de sus méritos adquiridos en la persecución, conceder el perdón a los renegados, pues sólo Dios podrá perdonarlos, y sólo la Igle­sia fijar las condiciones de la reconcilia­ción con la Comunidad. Al llegar aquí Ci­priano manifiesta con decisión sus afir­maciones, aun sabiendo la amenaza que pesa sobre su autoridad con la repentina substitución de los obispos por los confe­sores en el ministerio carismático del per­dón. Cita y describe de modo realista los milagros con que Dios ha demostrado cla­ramente su voluntad de castigar a los apóstatas. Después de haber estigmatizado la inconsciencia del renegado que, muerto espiritualmente, vuelve sereno y alegre a la vida y a sus placeres, Cipriano concluye su escrito con una afectuosa y fraterna exhor­tación a los apóstatas: con un sincero arre­pentimiento pueden obtener el perdón del Dios de quien han renegado; oración, li­mosna, penitencia, son los medios necesa­rios para volver a entrar en la Comunidad; pero lo mejor es el martirio voluntario. En los apóstatas Cipriano modifica sensible­mente la intransigencia inicial, que mues­tra en sus Cartas (v.), donde indicaba el martirio como única vía de redención; sus decisiones fueron aprobadas en el Concilio celebrado en la primavera del 251 en Car­tago, y en el Concilio romano de octubre del mismo año.

Este tratado, uno de los más interesantes, y de los más completos de Cipriano, es sermón y programa a un tiempo. Hay en él la decisión, la firmeza del obispo y la elocuencia afectuosa, la caridad fraterna del pastor. Es una obra viva, realista, escrita con estilo vigoroso, en una lengua poco vulgar: el método y la doctrina se resienten mucho de la influen­cia de Tertuliano, que no disminuye la importancia de la obra de Cipriano, que es, con Tertuliano y San Agustín, uno de los Padres de la Iglesia africana: fue cono­cidísima su obra en la Iglesia occidental, leída por todos los escritores cristianos, hasta en la Edad Media, como lo demues­tran los numerosos manuscritos de sus obras que han llegado hasta nosotros; no es pequeña su influencia en Oriente, donde a veces su personalidad se confunde con la del mago Cipriano de Antioquía.

E. Pasini

Apostilla Conclusiva no Científica a «Briznas Filosóficas», Soren Aabye Kierkegaard

[Afsluttende uvidenskabelig Efterskrift til de «Philosophiske Smuler»]. Obra filosófica del danés Soren Aabye Kierkegaard (1813-1855), publicada en 1846. El autor atribuye la pa­ternidad de esta obra, que tiene el subtítu­lo «Mezcla mímico-patético-dialéctica; pro­testa asistencial», a Juan Clímaco, a quien había atribuido ya las Briznas filosófi­cas (v.). El motivo de las Briznas se repite en la Apostilla; sin embargo, hay una dife­rencia, porque en esta última obra el pro­blema filosófico central se revela en su ca­rácter y significado decididamente cristia­no, mientras en las Briznas dicho significa­do se presentaba solamente de una forma alusiva y disfrazada. Además, en la Aposti­lla, la actitud antihegeliana es más precisa e insistente, y se manifiesta en una polémica chistosa, irreverente, pero extraordinaria­mente eficaz.

Kierkegaard ve en el hegelismo un «juego de dominó», una habilidad en la colocación de la «piezas» dentro del sistema, es decir, por ejemplo, los concep­tos del amor, la fe, la acción, pero sin amar, creer, ni actuar. El hegelismo es evasión de la vida, filosofía para «profesores y ca­tedráticos» que, con una especie de bruje­ría hace de la vida real una vida de fan­tasmas; y se hace la ilusión, con la catego­ría del «superamiento», de haber desterrado a la poesía y a la religión como momentos inferiores. Los hegelianos son los que «lo conocen todo pero que no se conocen a sí mismos», ya que temen, aceptando su si­tuación de hombres particulares, perder la realidad universal. La «protesta existencial» de Juan Clímaco se dirige contra la fuga del individuo de la autenticidad de sí mis­mo; y quiere constituir un «mensaje» que disuada de los vanos filosofemas, demasia­do fáciles de decirse, a cada «hombre par­ticular existente», llamándole a su misión ética y religiosa.

G. Alliney