Vida y Muerte de Santa Genoveva, Ludwig Tieck

En 1811, Ludwig Tieck (1773-1853) es­cribió el drama Vida y muerte de Santa Genoveva [Leben und Tod der heiligen Genoveffa], que envuelve la leyenda en un vago espíritu religioso sobre un fondo de naturaleza y de patéticas pasiones. Obra característica del Romanticismo alemán, reune los elementos esenciales que lo carac­terizan; el misticismo indefinido, el intenso sentimiento de la naturaleza, las fluctua­ciones de la pasión, el vago simbolismo. Más que de un poeta, esta obra es la re­presentación de una época.

B. D. Ugo

Tieck está dotado de inspiración, de gra­cia y delicadeza; carece, sin embargo, y ca­recerá siempre, de vigor y de profundidad; los Schlegel lo han estropeado. (Schiller)

Golo y Genoveva, Friedrich Müller

La leyenda, bastante difundida en Ale­mania, ofreció tema para la tragedia en cinco actos, en prosa, con canciones en ver­so, Golo y Genoveva [Golo und Genoveva] del pintor alemán Friedrich Müller (Maler Müller, 1749-1825), compuesta entre 1775 y 1781, y publicada en 1811 por Tieck. El drama, en el que se siente la imitación de Goethe, no se aparta de la narración tra­dicional: pero en ella adquiere un insólito relieve la figura de la enemiga de Geno­veva, Matilde de Rosenau, pérfida y ambi­ciosa mujer que aspira a ser la duquesa de Brunswick y a adueñarse, en beneficio de Golo, de los bienes de Sigfrido. Es el per­fecto tipo de la «mujer fuerte» tan cara a la fantasía de los poetas del «Sturm und Drang» (v.). También la figura de Golo, al que el exceso de su pasión lleva a la lo­cura y al crimen, aun manteniendo puro su amor, es una creación del «Sturm und Drang», con derivaciones del Goetz de Berlichingen (v.) en las escenas fuertes y del Werther (v. Las cuitas del joven Werther) en las sentimentales. El influjo de Goethe, sin excluir la nota shakespeariana, impregna toda la tragedia, la cual, a pesar de su tono excesivamente tenso y declamatorio, en algunos momentos alcanza alturas de verdadera poesía.

G. F. Ajroldi

Genoveva, Friedrich Hebbel

En relación y en contraposición con el drama de Tieck, apareció en 1841 Genoveva de Friedrich Hebbel (1813-1863). Es junto con Judit (v.), que le precedió, uno de los dos dramas juveniles del autor, y re­fleja todavía el tempestuoso desequilibrio de su período de «Sturm und Drang». La leyenda de Genoveva permanece en el fon­do inmutable, pero la figura que más inte­resó al joven y ardiente poeta fue Golo, con su interior conflicto que lo lleva al sui­cidio. Hebbel se sintió afín a él, en el mo­mento en que la mujer que había amado, Elise Lessing, semejante a la santa paciente y sacrificada, da a luz un hijo, mientras él se siente alejado de ella por la tempestuosa pasión hacia Emma Schróder.

El pérfido Golo de la leyenda está entonces represen­tado por un joven y noble caballero, devo­to del conde palatino Sigfrido; se adueña de él una loca e imprevista pasión por la esposa del conde, y la repulsa de la condesa y las malas artes de una vieja hechicera lo impulsan a acusar de adulterio a la gentil Genoveva, a la que sin embargo él ama todavía. El furor contra sí mismo y su loco amor, estimulado por la sublime nobleza de ella, lo arrastran después de crimen en crimen. Genoveva, encerrada en la cárcel, donde languidece de hambre y frío, da a luz un hijo, y el conde, a su vuelta, creyendo en su infidelidad, ordena que la ma­ten junto con el niño. Pero el encargo no se cumple gracias a un milagro; y Golo, torturado por el remordimiento, en el mo­mento en que el conde le nombra su heredero, enloquece y se hace matar por un siervo. Genoveva desaparece en la selva. Con esta nota obscura termina la tragedia, en la que, como en Judit, el problema fun­damental es el de la fatal tragicidad de la vida (el llamado «pantragismo» hebbeliano): la rueda del mundo pasa sobre el joven héroe y lo destroza, resolviendo así román­ticamente el trágico dualismo entre la vo­luntad del individuo y la voluntad del mun­do. Cuanto más abajo arrastra la pasión a Golo, más fuerte se hace su deseo de castigarse y aniquilarse a sí mismo. Frente al sufrimiento activo de Golo, el de Genoveva no llega a resolverse en acción, y en esto consiste la parte débil del drama.

Hebbel lo reconoció; y en 1851 escribió un Epílogo a Genoveva [Nachspiel zu Genoveva], en el que Sigfrido conoce la inocencia de su mu­jer y la encuentra con su hijo durante una cacería en la selva. La tragedia, en ende­casílabos, a pesar de sus debilidades y del horror casi repugnante de algunas figuras que se resienten del ambiente miserable en que transcurrió la juventud del poeta, revela, sin embargo, su genio dramático y, aunque poco apta para la representación, contiene escenas de alta vitalidad.

C. Baseggio-E. Rosenfeld

Genoveva de Brabante, Jacobo de Varazze

Antigua le­yenda popular, que ha tenido gran número de redacciones aparecidas bajo diversos tí­tulos, cuya primera versión, nos fue dada por Jacobo de Varazze (siglo XIII) en su Leyenda Áurea (v.). Genoveva (v.), hija del duque de Brabante, casó con el pala­tino de Tréveris, Sigfrido, que pronto hubo de partir para unirse con Carlos Martel en la lucha contra los sarracenos, dejándola al cuidado del mayordomo Golo. Éste, al no lograr seducir a la infeliz princesa, la acu­só de adulterio, haciéndola condenar a muerte por Sigfrido. Los siervos que de­bían matarla, apiadados de ella, la aban­donan en un bosque junto a su hijo recién nacido; a partir de aquel momento, Ge­noveva vivió de las frutas silvestres del bosque en tanto que una cierva amaman­taba a su hijo. Muchos años después, Sig­frido, durante una cacería, sigue a esta misma cierva, que le conduce a Genoveva, y, habiendo ésta podido probar su inocencia, la lleva a palacio. El traidor Golo es descuartizado, pero la princesa no puede sobrevivir mucho tiempo a los sufrimientos pasados. Genoveva es, por tanto, una típica heroína romántica «avant la lettre», una personificación de la virtud perseguida y reconocida demasiado tarde, de la santidad triunfante en su derrota. Como tal, tenía necesariamente que resultar muy cara al prerromanticismo lacrimoso y al romanti­cismo con ribetes místicos. Desde la Edad Media, apareció en varias versiones: pero su renacimiento se debe sobre todo a Pierre Claude Nivelle de la Chaussée (1692-1754), el cual, inaugurando el género lacrimoso, hizo de ella la protagonista de uno de sus dramas.

U. Déttore

Genio y Locura, Cesare Lombroso

[Genio e follia]. Obra del psiquíatra y antropólogo Cesare Lombroso (1836-1909), publicada en Milán en 1864 (4.a edición aumentada, Turín, 1882). El autor, que parte de un rígido determinismo psicofísico, se propone investigar a fondo las relaciones entre genio y locura, tal como empezó a hacer en su ensayo juvenil La locura de Cardaño (1855). Muchos psiquíatras pusieron el genio, lo mismo que el crimen, entre las formas teratológicas de la mente humana, entre las variedades de la locura. Lombroso, partiendo de tales pre­supuestos, estudia la fisiología de los hom­bres de genio buscando en su anormalidad las características de su espíritu. En mu­chos de ellos, en efecto, encuentra una concentración y un agotamiento excesivo de la sensibilidad que es causa de los actos extravagantes que los grandes ingenios tie­nen en común con los locos. Por otro lado, los hombres de genio se pueden considerar unos «metereópatas», por lo que los fac­tores climáticos y ambientales tienen sobre el genio una acción indirecta. Aduce luego ejemplos de genios enajenados (Harrington, Ampère, Comte y otros) y de locos genia­les. Pero también hay genios (Dante, Ga­lileo, Spinoza, Bacon) que nunca dieron señales de locura. Lombroso concluye su obra poniendo de manifiesto que hay mu­chos puntos de contacto entre la patología del loco y la fisiología del hombre genial. Estas analogías y coincidencias deben hacer considerar la locura desde un nuevo punto de vista y poner en guardia contra la. su­pervaloraron del genio. La interpretación del genio como anormalidad, y la impor­tancia que Lombroso dio a los factores constitucionales y ambientales en la inves­tigación psicológica no ha resistido a la crítica más reciente. Sin embargo, la obra fue traducida a casi todos los idiomas y conquistó un lugar de primer orden en la ciencia positivista.

V. Busacchi