Caperucita Roja, Charles Perrault

[Le petit chaperon rouge]. Fábula de Charles Perrault (1628- 1703) [(v. Historias y relatos de antaño y Cuentos infantiles y del hogar de los her­manos Jacob (1785-1863) y Willielm (1786- 1859) Grimm. Este relato, conocidísimo, prosigue paralelo en las dos versiones has­ta el punto en que el lobo, introduciéndose en el lecho de la abuela, devora a Caperucita Roja. En este punto, como de cos­tumbre en Perrault, termina con una mo­raleja galante que se relaciona bastante mal con la fábula. En los hermanos Grimm en cambio prosigue hasta la llegada del cazador que despedaza al lobo y saca sanas y salvas a abuela y nieta. Es interesante, para ver los estilos esencialmente diversos de uno y otros autores, confrontar parale­lamente las narraciones. Mientras en Pe­rrault, Caperucita Roja corre persiguiendo mariposas, en los Grimm se detiene a coger flores «para complacer a su abuela». Así el relato, que en aquél se desarrolla rápido y desplegado, en éstos se extiende en des­cripciones que perfuman toda la fábula de húmedo olor de bosque.

E. Federici

Hábitos, William Graham Summer

[Folkways]. Monografía del sociólogo norteamericano William Graham Summer (1840-1910), publicada en Boston en 1906. En el prólogo el autor nos informa que este libro nació como introducción al texto de sociología en el que estaba tra­bajando y que a su muerte quedó incompleto.

El libro se propone la importante finalidad de explicar el concepto de «mo­res» (costumbres), y el título que le puso fue hallado por el autor por analogía con otros términos semejantes («folk-lore», «folk-dance», «folk-song», «folk-tale»), con el fin de indicar aquel conjunto de normas y de enseñanzas tradicionales de los pue­blos se pasan de generación en generación, y que forman la guía de su vida y su có­digo moral. Estos hábitos o Folkways, se distinguen de las costumbres («mores»), en cuanto estas últimas, por lo menos en el significado que les atribuye Summer, desig­nan tanto las formas de cumplir las cosas habituales en una determinada sociedad con el fin de satisfacer sus necesidades y sus deseos, como las creencias y las normas relativas a tales formas, con las que tienen relación genérica, creencias y normas que representan el carácter específico, el «ethos», de una sociedad o de un período y pe­netran y dominan las formas de pensar frente a todas las exigencias de la vida. Seguidor del positivismo de Herbert Spencer, Summer entiende la historia de la humanidad bajo la teoría evolucionista co­mo un lento y continuo progreso producido por el acumularse de experiencias de una infinita sucesión de generaciones.

«El pri­mer deber de la vida — nos dice — es vivir; los hombres empiezan con las acciones y no con las ideas… la necesidad fue la primera experiencia a la que siguieron inmediata­mente un conjunto de esfuerzos equivocados para satisfacerla». La experiencia es, pues, la fuente de las costumbres que son trans­mitidas por la tradición, la imitación y la autoridad, y debido a esto constituyen una fuerza social. Estas costumbres se forman inconscientemente y sólo después de mucho tiempo el hombre se da cuenta de ellas y las aprecia. El hambre, el amor, la vanidad y el miedo son los cuatro grandes móviles de las acciones humanas. Pero no todas las costumbres se derivan por leyes naturales, sino que algunas tienen orígenes artificiales y arbitrarios. El autor pasa a explicar el origen de todos los fenómenos de la vida asociada desde la religión, que él hace de­rivar de la magia, a las leyes, desde el len­guaje al dinero, desde la esclavitud al cani­balismo, desde la vida sexual hasta los pasatiempos. De las costumbres nace la moral, debido a que las costumbres pue­den justificar cualquier acción e impedir la condenación de cualquier barbaridad. Toda generación sin saberlo hereda de las pre­cedentes y transmite a las siguientes las costumbres que ellas no han formado, pero que por ellas han sido formadas.

B. Cellini

La Capa, Quinto Septimio Florencio Tertuliano

[De Pallio]. Breve escrito de Quinto Septimio Florencio Tertuliano (siglos II-III), ilustre apologis­ta nativo de Cartago. Compuesto probable­mente entre el 209 y el 211, ocupa por su contenido y por su estilo, una situación par­ticular entre las demás obras del mismo au­tor. Los cartagineses habían notado con gran asombro que éste había cambiado la toga romana, ropa usual hasta entonces en Car­tago, por el corto manto griego que llevaban los filósofos, el «pallium»; Tertuliano se de­fiende devolviendo la irrisión contra sus contemporáneos, a los que acusa de dar im­portancia a hechos exclusivamente exteriores; con tal que él no falte a las leyes natu­rales por las cuales los hombres no deben vestirse como las mujeres, el hombre tiene absoluta libertad para cambiar cuando quie­ra la hechura de sus vestidos. La transfor­mación en general es, por lo demás, ley na­tural, y los mismos cartagineses han cambia­do muchas veces sus trajes por influencia de modas extranjeras; ni tampoco la toga, prenda- de vestir impuesta por los conquis­tadores romanos, es al fin tan honorable como se piensa.

Sigue un panegírico del «Pallium» que, introducido para que hable por sí, alaba su comodidad en comparación con modelos de vestidos más complicados y se alaba de ser usado por las personas más serias y bien pensantes, como los filó­sofos, los retores, los médicos, los poetas, hombres todos muy superiores a los gla­diadores, a los intrigantes de baja estofa y en general a todos cuantos al frecuentar el foro y las asambleas, no les parece cosa digna de vestir el «pallium». Ahora, pues, cuando se lo ponen los cristianos, el «pa­llium» tiene una nueva y absoluta razón de superioridad; es el manto que viste a los hombres más juiciosos entre sus semejantes. El estilo de este escrito está caracterizado por antítesis, asonancias, y el uso de tér­minos populares y técnicos y se nota en él un refinamiento y una rebusca de pre­ciosismos en su expresión, mayores que en los demás escritos de Tertuliano. Ha sido considerado por algunos críticos como un ejercicio retórico escolar, pero en reali­dad, bajo su tono brillante y burlón, con su ironía que en muchos puntos toca en la sátira, con su franca desaprobación de la ligereza contemporánea, el ardor con que es defendida por él toda costumbre de los sabios y de los cristianos, y la misma viva­cidad de su paradoja, muestra la perso­nalidad y la precisa intención polémica del autor. [Trad. española clásica de Esteban de Ubani con el título La capa de Tertu­liano (Madrid, 1631)].

E. Pasini

Caos del Tresporuno, Teófilo Folengo

[Caos del Triperuno]. Obra de Teófilo Folengo (1491- 1544), publicada en Venecia en 1527, en dos raras ediciones, la última ligeramente am­pliada. Es intencionadamente oscura, empe­zando por el título que indica en el «tres por uno» la colaboración simbólica de Mer­lino, Limerno y Fúlica, seudónimos, los dos primeros, bajo los que el autor publicó sus Macarroneas (v.) y el Orlandino (v.), y re­ferencia latina, la tercera, a la zarceta, por el nombre de familia. Se compone de tres «selvas», o partes, y resulta un conjunto de diálogos, narraciones, peroraciones y ver­sos, incluso macarrónicos y burlescos; se introducen para discutir en la obra a Paola, madre del autor, su hermana Corona y su sobrina Livia. Símbolos, acrósticos, alusio­nes satíricas y biográficas aumentan la con­fusión de una obra que ya de por sí resulta desigual, con ninfas y musas que intervie­nen aquí y allá para hacer observaciones y que aumentan aún nuestras dudas sobre el verdadero significado de tal máquina li­teraria. En total, como se ve por el con­traste de las tres personalidades del autor, que van conversando entre sí, y por el mundo macarrónico y satírico, parece ser que Folengo intenta justificar o al menos rescatar su obra de artista y de hombre, y más si se consideran ciertos episodios de su vida monacal, que, bajo ciertos puntos de vista, todavía están oscuros. Las cues­tiones que se refieren a la interpretación de la fe y a las reglas conventuales movie­ron a algunos investigadores a ver en la obra la intención de preparar el regreso de Fo­lengo al convento que había abandonado, mientras que para otros el libro representa una nueva lucha contra las doctrinas de la Iglesia a la luz del «puro evangelio». El conjunto tiene escaso valor artístico; la misma dificultad de interpretación está oca­sionada por la rebuscada obscuridad de ex­presión y atestigua una vez más que el espíritu férvido y desigual del autor encon­traba principalmente en los fantasmas del mundo macarrónico su mejor expresión.

C. Cordié

Folengo, me refiero a algunas de sus poe­sías líricas diseminadas por el Caos del Tresporuno, parece preparar una de las actitudes de Giordano Bruno: insertar en el movimiento de imágenes y de ritmos de los rimadores unos significados religiosos y esotéricos. (M. Bontempelli)

Cañas y Barro, Vicente Blasco Ibáñez

Novela del valencia­no Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928). Como en tantas obras suyas, trata en ésta de re­producir un aspecto de la vida en la Albu­fera valenciana: la desazonada existencia de cazadores y arroceros privados de las más elementales exigencias para subsistir. Pero, si esto es en el fondo lo que las pá­ginas logran, no debe olvidarse que la natu­raleza del ambiente condiciona un tipo de vida en el que los hombres actúan movi­dos por falsos condicionantes. Como tres momentos en la historia de la Albufera, otras tantas generaciones del linaje de los Palomas se mueven por estas páginas. El abuelo es un aventajado pescador; el hijo, un heroico labriego; el nieto, la deshonra de un linaje limpio. Este nieto, haragán, aventurero, guerrillero en Cuba, vuelve tras años de andanzas a Saler, su pueblo. Su antigua novia se ha casado y, ahora, reanu­dan unos amores marcados, ya, con el es­tigma del adulterio. Muerto el tío Caramel, marido de Neleta, los encuentros de los amantes se hacen más frecuentes; sin em­bargo, el matrimonio no puede realizarse porque, con él, Neleta quedaría privada de la fortuna marital. De estos amores ilícitos nace un hijo asesinado por su padre la no­che misma del alumbramiento.

El niño es arrojado a la laguna de donde un día, ante los espantados ojos del abuelo y del nieto, lo extrae el perro familiar. El terror y el remordimiento llevan al Cubano a suicidarse cerca del sitio donde vuelve a hundirse el cuerpecillo medio podrido de su hijo. Como en otras ocasiones, Blasco Ibáñez ha construido una novela dotada de gran vigor y de poderosa violencia. Y, como en otras ocasiones, la tosquedad, la brutalidad o la insegura verosimilitud empañan sus notorios aciertos. Los tipos son excesivamente acar­tonados : el abuelo o el padre ferozmente intransigentes en cada uno de sus mundos, Neleta guiada — sólo — por una desmedida ambición a la que todo queda supeditado (su amor, su sentido maternal), el nieto, piltrafa abúlica movida por la sordidez de su amante, la Borda, silenciosamente abne­gada en su amor hacia el hermanastro. To­dos estos con otros tipos secundarios y unas descripciones hechas a grandes manchurrones de color crean una novela brutal, sin piedad, pero con vibración humana, con unos valores que — cual fuerzas de la na­turaleza — están en las pasiones desatadas y en la incapacidad de los hombres para luchar contra el mal.

M. Alvar