Malvaloca, Serafín y Joaquín Álvarez Quintero

Drama en tres actos de los costumbristas españoles Serafín (1871- 1938) y Joaquín (1873-1944) Álvarez Quintero, estrenado en el Teatro de la Princesa de Madrid, el 6 de abril’ de 1912, por la compañía de María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza.

Escrita con el gracejo andaluz y la soltura inimitable de estos au­tores, la obra carece de valores trascen­dentales, ya que se limita a contar la his­toria ligera de una mujer «de la vida», muy buena y generosa de corazón, arrebatada de impulsos, sobre quien pesa una familia des­vergonzada, responsable quizá de sus malos pasos, y que al enterarse de que un antiguo amante suyo, Salvador, ha sufrido graves quemaduras en el ejercicio de su oficio de fundidor, acude al convento de Hermanitas de los Pobres, en donde le curan, para vi­sitarle. Allí conoce al compañero de fun­dición del herido, Leonardo, hombre del Norte español, serio y apasionado, que se enamora de ella en el acto, así como ella de él. La campana del convento está rota y los fundidores, agradecidos al cuidado de las monjitas por Salvador, se ofrecen a fundirla para devolverle su cristalino y primitivo son. Este destino de la campana arranca a Malvaloca el nostálgico deseo de poderla imitar: «Meresía esta serrana / que la fundieran de nuevo / como funden las campanas». Porque Leonardo tiene ce­los de su pasado, de su amigo Salvador, cuya intimidad con la idolatrada mujer no olvida; y en una escena en que Malvaloca — que va a ver una procesión a casa de su amado, y en ella recibe inevitables des­aires por parte de señoras del pueblo — se duele de su existencia, aunque el ex aman­te ofrece irse de allí a fin de que su pre­sencia nada recuerde del pasado. Al oírse el primer repique de «Golondrina» — la campana recuperada—, Leonardo y su ama­da Malvaloca lloran juntos, de emoción y de esperanza de una nueva vida de amor y regeneración total.

C. Conde

Mamá Mews, Fritz Stavenhagen

[Mudder Mews]. Drama naturalista en «plattdeutsch» (dialecto bajo- alemán) de Fritz Stavenhagen (1876-1906), publicado y representado en 1904. Fue es­crito bajo el estímulo de Otto Brahn, el gran director del «Deutsches Theater» de Berlín, que supo reunir a su alrededor un grupo de autores audaces y contribuyó enormemente a la regeneración del teatro alemán y al desarrollo del naturalismo. En la islita Finckenwerder, en el Elba, viven los pescadores Willm Mews y su mujer, Elsabe, casados y felices desde hace seis años. Elsabe es una buena mujer, todavía bastante joven, algo indolente, fantástica, amante de la lectura. Las circunstancias obligan al pescador a recibir en su casa a su madre. La anciana Mamá Mews ha te­nido una vida muy difícil y se ha vuelto pendenciera y mala, testaruda y eternamen­te descontenta. Incapaz ya de amor, se siente extraña a Elsabe, y cada acto de la joven la irrita. Entonces Elsabe, no pudiendo soportar por más tiempo vivir junto a su suegra, tanto más cuanto que el marido da siempre la razón a ésta, en un acceso de desesperación se arroja al mar. Los per­sonajes de Mamá Mews son ásperos y vi­gorosamente diseñados, y el drama es una de las obras maestras del teatro alemán de la época.

C. Gundolf

La Malquerida, Jacinto Benavente

Drama en tres ac­tos, del dramaturgo español don Jacinto Benavente (1866-1954), estrenado y publi­cado en 1913.

El joven Faustino es asesi­nado pocos días antes de su casamiento con Acacia, hija de la señora Raimunda, y las sospechas recaen sobre Norberto, antiguo prometido de la joven, y sobre Esteban, su padrastro. La acusación que afecta al ma­rido llega a conocimiento de Raimunda cuando Norberto, que se declara inocente, le canta unas coplas que predicen la muerte de aquel que ame a Acacia y aluden ade­más a la pasión de Esteban por la joven. La revelación es aclarada por la confesión de la hija, quien confirma el insano senti­miento de su padrastro y trastorna el áni­mo de Raimunda, pero, al fin, vence el amor de esposa y madre. Está dispuesta a desmentir la indudable complicidad del ma­rido en la muerte de Faustino y propone una nueva vida a Esteban y a la hija, que piensa alejar de la casa. Pero Acacia se rebela: no marchará, y cuando la madre le ruega que llame padre a Esteban y pro­cure aplacar el odio que siempre le ha de­mostrado, proclama su amor hacia el -pa­drastro. El hombre queda desconcertado por la revelación: como poseído por una fuerza extraña, se precipita sobre la hija para lle­vársela, y mata a Raimunda, que pretende cerrarle el paso.

El drama, con su tono sombrío, se enlaza al realismo de las pri­meras obras de Benavente, que quiere re­accionar con decisiva voluntad constructiva contra el teatro artificioso del romanticismo tardío. Lejos de toda intención polémica, las figuras y, sobre todo, la de la madre, delicadamente concebida y rica en deter­minaciones concretas, poseen un pleno re­lieve humano y popular, y los sentimientos que se agitan tienen la fuerza de las pa­siones largamente concebidas.

C. Capasso

Malos Pensamientos y Otros, Paul Valéry

[Mauvaises pensées et autres]. Fragmentos de Paul Valéry (1871-1945), publicados en 1942. Son éstos en verdad «malos», subver­sivos pensamientos sobre la inteligencia, la literatura, el amor, la historia, la gloria, etc.: Valéry, con un placer evidente, pro­cede, en sus cortas notas tomadas al azar de los días, a un verdadero juego de des­trucción. Son pocas nuestras certezas y se­guridades, nuestras pequeñas comodidades humanas, las que quedan indemnes y, bajo un cierto punto de vista, esta pequeña obra podría constituir un excelente breviario de escepticismo. La inteligencia, en principio, es humillada: razón, sabiduría, verdad, esas grandes palabras cargadas de honores, según Valéry, a menudo responden más a confor­mismos que a verdaderas realidades. Lo que nosotros llamamos certezas, muy bien po­drían ser nuestras dudas, pero multiplica­das por el asentimiento del mayor número posible, y adornadas así del prestigio de la verdad. Pero, más allá de las convicciones prácticas, ¿qué es lo que hay de la verdad? Se nos escapa ‘generalmente, se olvida de­masiado que ésta no sigue la forma de nuestros deseos.

Un cierto choque, por el contrario, una tortura, el sentimiento de una herida en aquello que nosotros tene­mos por más querido, nos podría prevenir de que nos hallamos próximos a tocar la realidad: «Quizá sería preciso conocer lo ‘real’ en la ausencia de estos caracteres se­ductores, en la imposibilidad de introducir­los, en la revelación de la vanidad o de la ingenuidad de su explicación». Los verda­deros filósofos son aquellos que osan afron­tar esta inquietud, no hombres de libros, sino heridos por las cosas y que no apren­den los problemas, sino que salen a su en­cuentro. Solamente el hombre, comúnmente deseoso de preservarse de las cosas; cons­truye por ello las ilusiones, de las cuales la más sólida es el yo, «la superstición del yo», dice Valéry. La literatura moderna no estima más que la «sinceridad». ¡Cuán va­cío es este valor! El hombre sabe dema­siado poco de él para que lo que de él nos cuenta pueda tener el menor interés. «Ser sí mismo. Pero ¿sí mismo vale la pena?», pregunta Valéry. ¿Acaso no estamos hechos de accidentes impersonales?. «Mi azar es más que yo». La ilusión del yo supone nuestras relaciones con otro: el amor no es otra cosa que una creación del ser que él ha tomado por objeto.

Valéry habla tam­bién de su arte: «En Francia jamás se han tomado los poetas en serio». En nuestra época lo serán menos que nunca: en otro tiempo, la preocupación por la «posteridad» obligaba a hacer a los escritores prodigios que no hubiesen sido hechos por los vivos. La precipitación moderna amenaza la per­fección: «les ceuvres modernes racolent, font le trottoir». Y éste es el más sombrío juicio que Valéry hace de la literatura con­temporánea: «Se ven en ella a los salvajes que se hacen imprimir, a los hombres-lobos que -corrigen sus pruebas, a los dragones arrojando llamas que realizan su ‘servicio de prensa’: todo ello de un modo tan na­tural como sus funciones más naturales». Este libro inquieta, y si se toma como una metafísica, puede desesperar. Pero es, sobre todo, un ejercicio previo del conocimiento, una necesaria obligación de saber que no se sabe nada. El juego resulta entonces sa­ludable, y la aprehensión del ser se hace posible.

Malombra, Antonio Fogazzaro

Primera novela del escritor italiano Antonio Fogazzaro (1842-1911), apa­recida en 1881. Toma su hombre de la pro­tagonista, Marina de Malombra (v.). Una tarde, en el cajoncito de un «secretaire» de su cuarto, Marina encuentra un mechón de cabellos, un guante, un espejo y un breve manuscrito, con las últimas palabras de una de sus antepasadas, Cecilia, escritas en la estancia, donde un celoso marido, tenién­dola prisionera, la hacía expiar una culpa de amor. «Tú, el que encuentres y leas estas palabras, reconoce en ti a mi alma desven­turada». Marina se imagina, en efecto, que encarna el alma de la muerta y que ha de pasar por las fases principales de la exis­tencia de ésta. Cree reconocer en un tío con el que vive, y del cual se considera perseguida, una reencarnación del marido de Cecilia, y tiene la sospecha de que en un joven y oscuro escritor, Conrado Silla (v.), que vive con su tío en calidad de se­cretario, revive el alma del antiguo amante.

Conrado, enamorado sensualmente de Mari­na y puesto a prueba por ésta, muere a ma­nos de ella, enloquecida, sumiendo en el luto a su purísima novia, Edith (v.). La no­vela, por lo que tiene de mediúmnica, tan del gusto y del interés de su época, puede decirse que es la más exuberante de fan­tasía entre todas las novelas de Fogazzaro, cuyos motivos pueden definirse en el tras­paso de la realidad al mundo del arte in­suflado de lo novelesco. Tiene un destacado valor autobiográfico, no tanto por la exte­rioridad del argumento, cuanto por la in­terioridad de Conrado Silla, héroe dividido entre sensualidad y espiritualidad, lo mis­mo que lo estaba el autor. Tumulto pasio­nal, impulso místico, atmósfera fabulosa, son sus principales caracteres. Suele hallár­sele un precedente en una novela de Víctor Cherbuliez, Le Comte Kostia (1883). A fines del siglo pasado, Augusto Poggi hizo de la novela un poema sinfónico. [Trad. española de Francisco Godó (Barcelona, 1911)].

P. Nardi

Como documento de la personalidad fogazzariana, éste es verdaderamente el libro fundamental. (F. Flora)