Compendio Historial de España, Esteban de Garibay

(Título resumido). Obra de Esteban de Garibay (1533-1599), de Mondragón, muy ver­sado en griego y latín. Aunque no nombra­do cronista hasta 1592, compuso ya entre los años 1556 y 1566 esta descomunal pro­ducción — cuatro volúmenes en folio, im­presos por Plantino en 1571 —, con el ambi­cioso plan de ordenar y beneficiar todas las historias escritas, tomando el hilo desde Adán. Pudo — y él fue el primero en lograrlo — llegar así, en 20 libros, hasta la muerte de Fernando el Católico, y aun dedicar otros tantos a la historia de los demás reinos peninsulares: Navarra, la Corona de Aragón, Portugal — hasta don Sebastián — y los esta­dos musulmanes. Pero ello a costa de la más elemental crítica: todo es por él acogido, incluso las invenciones de Annio y las de Ocampo, ni le importa que unas y otras fuentes admitidas se contradigan entre sí, de lo que él mismo se disculpa por antici­pado. Es, no obstante, el «compendio» una copiosa suma de noticias, y como tal fue muy utilizado. En el aspecto literario su torpeza de expresión le hace prolijo y os­curo, así como el temor a la llaneza le lleva a retorcer las frases, siendo por todo ello de muy enfadosa lectura.

B. Sánchez Alonso

Compendio Histórico de Química, Francesco Selmi

[Compendio storico della chimica]. Traba­jo de Francesco Selmi (1817-1881), inser­to al final del volumen XI y último de la «Enciclopedia de química científica e in­dustrial» [«Enciclopedia di chimica scientifica e industríale»], dirigida por el propio Selmi y publicada en Turín entre los años 1867 y 1878. Vasta y sabia reseña de la his­toria de la química desde sus lejanos orí­genes, hasta Dalton, Gay-Lussac, Avogadro y Berzelius, y fundamentada en las biogra­fías de los más notables maestros de la química. Tres amplios y agudos capítulos intercalados entre las biografías echan una mirada general sobre el progreso de la quí­mica: «Del siglo XVI a Lavoisier», «De La- voisier a Davy», «Albores de la nueva di­rección». Una «Mirada retrospectiva sobre las artes e industrias principales relaciona­das con la química, que fueron halladas e inventadas desde los hombres primitivos has­ta finales del siglo decimosexto», examina separadamente las diversas materias: alimentos, indumentaria, vidrio, jabones, pin­tura, escritura, papel, moneda, etc.

G. Speroni

Compendio de la Historia de Port-Royal, Jean Racine

[Abrégé de l’histoire du Port-Royal]. Monografía histórica de Jean Racine (1639-1699), en dos partes: la prime­ra fue publicada en Colonia, en 1742; la obra completa apareció en Viena, en 1767. Tras alguna noticia sobre la histórica abadía de Port-Royal, fundada por los cistercienses en el año 1204, el autor habla largamente de la madre María Angélica Arnauld, que nom­brada abadesa de aquel monasterio, en el período de su más miserable decadencia, cuando sólo tenía dieciocho años, logró, gra­cias a su santidad y a su firmeza, reformarlo de tal modo que a principios del si­glo XVII, llegó a ser un foco de piedad y un modelo de disciplina para todos los con­ventos de la orden. Siguen las vicisitudes del convento, que en 1626 se trasladó a París, convirtiéndose en un foco de piedad y de doctrina por obra de sus grandes «solita­rios», la Escuela de Port-Royal.

Racine sa­lió de esta escuela, y llevó su sello indele­ble, a través de todas las peripecias de su vida, peripecias que en ciertos momentos le alejaron de sus antiguos maestros, contra los que se dirigió en Carta al autor de las herejías imaginarias [Lettre á Vauteur des hérésies imaginaires, 1666]. (Una segunda carta, que no fue publicada por el autor, apareció en 1727). Sin embargo, cabe afirmar que este movimiento, que surgido en defensa de la catolicidad contra la irreligión y de la iglesia francesa contra las injerencias de la Curia Romana, fue perseguido por la autoridad, no sólo religiosa, sino también ci­vil, que en el mismo sospechó injustamente el germen de un partido político, no pudo separarse de la conciencia de Racine, segu­ramente un poco angustiada por el remor­dimiento de sus páginas juveniles. Y hace por eso en esta obra la apología del movi­miento mismo. La apología y la historia, se entremezclan con finura y discreción, sin que la historia se falsee, sino prodigando el autor toda su elocuencia para iluminar los aspectos inatacables del movimiento, en tanto que se cierne sobre lo que es teológi­camente incriminable. Por tanto, el autor, por una parte, analiza en todos sus motivos y en sus medios más duros, la lucha de los jesuitas contra Port-Royal; por otra parte nota, con la consciente sobriedad del artis­ta, la heroica constancia de las víctimas: el abate de Saint-Cyran, director del convento, que introdujo en él la doctrina de Jansenio, Antonio Arnauld, el teólogo intrépido e in­cansable obligado a huir desterrado, las mu­jeres, no menos firmes que los hombres en negarse a firmar el Formulario que condena­ba la doctrina jansenista, y que fueron ex­pulsadas de su convento y obligadas a dispersarse por otros monasterios. Racine, gran prosista además de gran poeta, con este compendio dio, a la historiografía francesa de su siglo, su obra mejor.

E. C. Valla

Compendio de la Tradición de la Teología Griega, Lucio Anneo Cornuto

Obra de Lucio Anneo Cornuto (siglo I des­pués de Cristo), que en su forma expositiva y por ir dirigida a un muchacho, probable­mente discípulo personal del autor, como lo fueron Persio y Lucano, parece escrita para la escuela. La presuposición de Cornuto es la rígidamente estoica de no creer en las divinidades, sino como alegorías naturalis­tas, que simbolizan fenómenos físicos, y co­mo cada divinidad es protectora de algún elemento, fácil será conjeturar por la cosa protegida la personalidad del protector: Jú­piter el rayo, Poseidón el mar, Apolo el sol, Diana la luna, Hefesto el fuego. Esta inter­pretación de la teología griega, que ya Cratetes de Malo, filósofo estoico y filólogo de Pérgamo, había intentado para ilustrar la mitología homérica, volvió a ponerse en auge gracias a la obrita de Cornuto. Heráclito, autor de los Problemas Homéricos (v.) y con él cuantos exegetas intentaron penetrar el fundamento místico y teológico de Homero, se remitieron a este método que se oponía antitéticamente al evemerístico.

F. Della Corte

Compendio de las Pandectas, Bernhard Windscheid

[Lehrbuch des Pandektenrechts]. Obra mo­numental del jurista alemán Bernhard Windscheid (1817-1892), publicada en 1891, que compendia los grandiosos resultados de su intensa experiencia científica. En su in­troducción hallamos una sólida exposición de los principios sistemáticos y de los con­ceptos de derecho de las Pandectas. Por este nombre entiende el autor «el derecho privado común alemán, de origen romano». La mayor influencia sobre el derecho indí­gena fue ejercida por el derecho romano, por la costumbre, no del pueblo, sino de los letrados, porque el derecho romano era tanto más perfecto cuanto que ya se mos­traba no como «un» derecho, sino como «el» derecho. El derecho romano común tiene valor subsidiario; es considerado como un todo en la forma de la codificación justinianea elaborada por la escuela boloñesa. Por encima de las legislaciones particulares co­dificadas, el derecho romano conserva im­portancia preeminente, porque es «funda­mento de toda ciencia de derecho privado y en cierto modo, de cualquier ciencia ju­rídica». Esto procede de su estructura uni­versal que trasciende los límites de la indi­vidualidad popular, y ello sin incurrir en la abstracción.

La parte general del libro I trata «del derecho en general». Las fuentes del derecho son: la ley («expresión emanada del Estado, de que alguna cosa será dere­cho») y la costumbre (derecho que es usado de hecho con la conciencia de un derecho). Hay además normas jurídicas emanadas de una voluntad diversa de la del Estado (co­munes, corporaciones, etc.); se tiene aquí la «autonomía» en contraposición a la «le­gislación» y la «observancia» en contrapo­sición a la «costumbre». Sigue el tratado so­bre la interpretación y sobre las antítesis y la esfera de acción del derecho.

El libro II trata de «los derechos en general». Derecho subjetivo es «una potestad o señorío de la voluntad otorgada por el orden jurídico». Esta definición comprende, ya el derecho a un determinado comportamiento de otra persona, ya la facultad de poner en existen­cia derechos de la primera especie. Aquí el autor tomó posición contra la concepción de Ihering (según la cual el derecho subjetivo es el interés tutelado jurídicamente) en cuanto — observa — la substancia del dere­cho no es la «finalidad» por la cual el or­denamiento jurídico ofrece tutela, sino la «razón» por la cual la concede. Y la razón de esto no puede estar en otra cosa sino en la voluntad del ordenamiento jurídico, y en virtud de la voluntad del titular se ha con­vertido en «decisiva». Es sin embargo indi­ferente que el ordenamiento jurídico ofrez­ca o no los medios coactivos para actuar el poder de la voluntad del titular, en cuanto la coacción no atañe a la esencia del dere­cho. Puesta la distinción entre derechos rea­les («aquellos en fuerza de los cuales la vo­luntad del titular es decisiva para una co­sa») y personales («aquellos en fuerza de los cuales la voluntad del titular no es nor­ma para el comportamiento de los hombres respecto a una cosa sino que lo es para cualquier comportamiento de una persona particular») pasa a tratar de algunas impor­tantes formas de derecho subjetivo. Par­ticular interés suscitan las figuras de los «derechos en la propia persona», y de las «pretensiones o razones»: los primeros son configurables en el sentido de «que la vo­luntad del titular por la propia persona» habiendo sido proporcionada por el ordena­miento jurídico de tutela se torna decisiva contra los que están frente a ella; las se­gundas expresan «la tendencia del derecho a sujetarse y la voluntad ajena como tal» independientemente de la naturaleza del derecho. Quieren en sustancia, designar la posibilidad reconocida por el ordenamiento jurídico, de hacer valer el derecho. En tal sentido la pretensión no se confunde con la «actio», aunque constituye su fundamento y su causa. Pasando a tratar del objeto del derecho, el autor, como consecuencia de su teoría voluntarista del derecho subjetivo, reconoce esta cualidad sólo al hombre como persona física, en cuanto es el único capaz de poner en ejecución aquella «voluntad que se ha declarado decisiva».

Las llamadas per­sonas jurídicas son, por lo tanto, entes ficti­cios y no existentes de por sí, sino sólo en cuanto por ellas actúan personas físicas. So­bre estos presupuestos se define el hecho jurídico en función de la sola voluntad pri­vada, esto es: «una declaración privada de voluntad dirigida a producir un efecto ju­rídico». La obra de Windscheid resume y compendia todo lo mejor que haya produ­cido la especulación pandectista alemana. Reviste gran valor, no sólo para la ciencia jurídica, sino también para la historia po­lítica. A la ciencia jurídica aportó tesoros inestimables, por cuanto en su seno sur­gieron nuevos planteamientos de problemas jurídicos. Así, la teoría de los derechos sub­jetivos, cuya función en el ordenamiento jurídico fue acrecentándose cada vez más, a través de las sucesivas especulaciones, has­ta convertirse en el propio fundamento del derecho; el plan jurídico, admirable cons­trucción doctrinaria que tiende a unificar en un criterio único todas las instituciones que tengan su causa en la voluntad; e innume­rables instituciones particulares. Por el lado ¡histórico la obra representa un esfuerzo maravilloso, de carácter exquisitamente eu­ropeo, para unificar en una síntesis ideal su­perior el germanismo y el romanismo. Su esfuerzo así va más allá del mero tratado jurídico, para asumir el valor de idea-fuerza de la civilización europea. Trad. italiana de Fadda y Bansa con glosas y comentarios (Turín, 1902).

A. Repací