La Libertad huyendo del pueblo. Javier Pérez F.

Pocas veces se encuentra uno con una novela en la que el rigor histórico trate de hacerse perdonar a base de humor. Y esa es la primera impresión que queda, ya desde las primeras líneas, cuando lees «la libertad huyendo del pueblo», del leonés Javier Pérez.

La situación del momento era realmente complicada, cruel, difícil, y también surrealista. Los franceses habían comenzado a evacuar el Museo del Louvre mucho antes de que comenzase la guerra y todo el mundo se preguntaba si era porque temían un atque alemán o era proque eran ellos los que, como en ocasiones anteriores en los años veinte, pensaban invadir Alemania para cobrarse los atrasos de Versalles. Pero en el año cuarenta llegó el desastre militar, los nazis ocuparon Francia y la pregunta pasó a un segundo plano, mientras los miembros más relevantes de la cultura, frnceses y extranjeros, hacían malabarismos para poder seguir trabajando, publicandoo, rodando o componiendo.

Y entonces los artistas, de todo tipo, se encontraron con un aliado inesperado: el Ministerio Nazi de Propaganda, dirigido por Joseph Goebbels, que estaba ansioso por promover la cultura franvesa, la fiesta uy la diversión, para que la gente se olvidase de todo y no se uniera a la Resistencia. Nunca se publicaron más libros que durante la ocupación. Nunca se abrieron más cabarets , ni se fundaron más coros, ni se estrenaron más obras de teatro o más películas. La consigna era que la gente tenía que divertirse, bailar, y hacer el amor. Todo, menos pensar.

Y en este ambiente, un famoso pintor español exiliado, porque le repugnaba el franquismo pero no tanto el nazismo, al parecer, comienza a mover hilos para ayudar a los nazis a robar cuadros y sacarse también él buen rendimiento de la ocasión.

Pero la ocupación dura cuatro años y en cuatro años da tiempo a que sucedan muchas cosas.

Y la vida dura aún más, y resulta que 80 años después, los familiares de los que robaron los cuadros tienen que buscar la manera de venderlos en la actualidad. Y ahí empieza el motivo por el que recomiendo esta novela, porque no sólo es una novela histórica con humor e intriga, sino que se atreve a ampliar esa intriga y ese humor a la descripción de los mecanismos que rigen el mercado negro actual del arte.

En resumen: una obra divertida, sin complejos, bien documentada y muy uinteresante. Dejo dos fragmentos para que juzgue cada cual si vale la pena darle una oportunidad.

«Lo peor de que te invadan los alemanes es lo que madrugan esos cabrones. Cuando te invaden los alemanes, las tropas ocupantes están de patrulla desde las siete de la mañana, o antes, pidiendo papeles y tocando los huevos al personal. En cambio, si te hubiesen invadido los españoles, podrías hacer lo que te diera la gana hasta las once y pico, por lo menos, y sólo estarías invadido de lunes por la mañana a viernes al mediodía: una invasión moderada. A lo mejor por eso los españoles nunca conseguimos invadir más que países de mierda, o convertir en países de mierda los que alguna vez invadimos, que esa es otra posibilidad…»

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Durante los meses siguientes Pedro desarrolló una actividad frenética y ofreció unas cuantas obras de valor a Hausmann, que este siempre agradecía, pero teniendo buen cuidado de mostrar una ligera mueca de decepción. A Hausmann le encantaban las tablas flamencas, los lienzos italianos y los cuadros religiosos españoles, que las tropas napoleónicas se habían llevado de España por centenares, pero nunca parecía satisfecho.

—¿Me encontrará otro Boticelli? —le preguntó un día en Blois, donde habían ido juntos de viaje a visitar las obras almacenadas en el castillo de Chambord.

—Pues seguramente no, pero puede que aparezca un Rembrandt o un Leonardo…

—A ver si es verdad…

—También podría encontrarle algo moderno —ofreció Pedro en aquella ocasión.

Hausmann negó con la cabeza.

—Los cuadros modernos serán buenos cuando sean antiguos. De momento, sólo son famosos.

Pedro se sintió atacado personalmente.

—¿Hay que estar muerto para ser grande? —contraatacó.

—En absoluto. Los verdaderamente grandes también estuvieron vivos en su momento. Pero tenga en cuenta que soy, ante todo, periodista, y me conozco los manejos de los críticos de arte al menos tan bien como usted.

—Hay casos para todos los gustos… —trató de diluir Ríos, que estaba al corriente de lo que el alemán señalaba. 

Hausmann paseó unos instantes por uno de los inmensos pasillos de Chambord. Le gustaba aquella sensación de soledad en medio del campo, en un palacio pensado justamente para lo que era su especialidad: impresionar al enemigo. Toda Francia estaba llena de edificio magníficos como aquel. Versalles, desde luego, era insuperable, pero Chambord tampoco estaba nada mal. De hecho, a él, personalmente, le gustaba más Chambord que Versalles, aunque ninguno se podía comparar, a su gusto, con el pequeño Azay le Rideau.

  —¿Sabe cómo se llega a la fama en esto de la pintura?—preguntó con media sonrisa.

Ríos no respondió.

—Usted sí lo sabe, desde luego. No le señalo, pero lo sabe: se llega a la fama consiguiendo que te mencionen los críticos influyentes. Y para conseguirlo, lo mejor es regalarles unos cuantos cuadros. Pongamos media docena. Después ya se encargan ellos de ensalzar al autor para dar valor a esos cuadros y sacarse por ellos un buen dinero. Un dinero justa y exactamente tan bueno como ellos sean capaces de revalorizar al autor con sus críticas. ¿O no funciona así?

—Yo nunca he regalado cuadros —se defendió Ríos.

—Mentira. 

—Jamás lo hice —insistió Ríos.

Hausmann frunció el ceño.

—Supongamos que lo doy por bueno. Pedro Ríos nunca regaló cuadros… Pero usted, de todos modos, tenía un montón de buenos amigos que le ayudaron a hacerse famoso. ¿O ha perdido ya la memoria de sus comienzos? 

—Los críticos siempre ayudan, no lo puedo negar…

Hausmann sonrió.

—Sí, claro, ¿y sabe una cosa? A veces ayudan al mediocre, para que los buenos no hagan sombra a sus protegidos, que son sus inversiones. O a veces simplemente se divierten ensalzando verdaderas basuras. Dicen que lo hacen por provocación, pero en realidad lo hacen por soberbia. ¿No le suena?

—No lo creo.. —rechazó Ríos.

—¿No lo cree, eh? Pues está claro: alabar a un buen pintor no añade nada a su prestigio. Sólo los críticos novatos alaban y ensalzan a los buenos pintores. Muchos críticos de verdadero prestigio se divierten escribiendo elogios a verdaderos tarugos porque de ese modo hacen notar al resto de pintores quién manda en el mercado. Es como si les dijeran: todos sabemos que Fulano es un inútil, pero mirad lo que puedo hacer con él sólo con mi firma, así que imaginad lo que podría hacer con vosotros si quisiera. Obedecedme y sed mansos conmigo. Aceptad el precio que os ofrezcan mis amigos por vuestras obras y todo irá bien. Es un régimen de terror….

—Creo que exagera —rechazó Ríos.

Hausmann se echó a reír y su risa resonó en los pasillos de Chambord. El efecto teatral de aquel eco le hizo gracia al alemán, que levantó ambos brazos para imponer silencio al eco, como si fuese un director de orquesta.

—¿Exagero? —preguntó sonriente.

—Claro que sí. No es para tanto —aseguró Ríos.

—¿También es colaboracionista con los críticos? No pierde usted ni una ocasión, caramba…

Pedro clavó su mirada en Hausmann, que enseguida se disculpó con una palmada en la espalda, antes de continuar.

—Me sé al dedillo esos trucos. ¿O cómo se cree que llegué yo al Ministerio de la Propaganda? 

—Por militancia en la partido nazi, por supuesto.

—También. Pero fundamentalmente por conocer esa clase de cosas.

—Mentir, mentir y mentir…

—Efectivamente. Mentir sin intentar siquiera que te crean. Mentir para demostrar que impones tu versión de las cosas, porque todo el mundo prefiere aceptar tu punto de vista antes que discutir contigo. Eso es una demostración de fuerza. Eso es dominar al otro: obligarlo a aceptar mentiras y a vivir en ellas como si fuesen balnearios o clínicas para tuberculosos espirituales —respondió Hausmann, yendo hacia un cuadro enorme que habían dejado apoyado sobre una pared —Ayúdeme a desembalarlo —solicitó.

Pedro hizo lo que le pedían y pronto pudieron ver “la libertad guiando al pueblo”, la colosal obra romántica de Delacroix.

—Dígame que ve, por favor —rogó Hausmann.

Pedro Ríos sonrió.

—Una alegoría de la libertad, semidesnuda, enarbolando la bandera francesa y poniéndose al frente de los revolucionarios que luchan contra la tiranía. El título lo dice todo: la libertad guiando al pueblo. Un cuadro molesto para usted, seguramente… —se permitió contraatacar Ríos.

Hausmann compuso una mueca.

—Pues yo no veo eso.

—¿Ah, no? —se burló Ríos.

—No. Yo veo a una chica con la ropa desgarrada portando una bandera. Posiblemente sea una alegoría de la Libertad, es cierto, pero parece asustada y corre delante de un montón de gente armada. Yo diría que es la Libertad huyendo del pueblo, porque la Libertad siempre huye de la chusma. Cuando el populacho toma las armas, lo más probable es que a la Libertad la acaben de violar entre diez o doce y tenga que escapar a toda prisa, fusil en mano, por si la llegan a alcanzar. ¿Ve como no es un cuadro que pueda molestarme?

—¡Qué estupidez!

—En absoluto. Eso es lo que trataba de decirle: si tuviese el tiempo suficiente, el control de los periódicos y verdadero interés en conseguirlo, muy pronto lograría que se le cambiase el título a este cuadro, y dentro de treinta años todo el mundo la conocería como “la libertad huyendo del pueblo”. En eso consiste el poder. Y ese justamente es el poder de la propaganda.

—Mentir…

—Sí, mentir: ya se lo dije. Y mentir a propósito, para que los que te escuchan pierdan el contacto con la realidad. Cerrar las ventanas al exterior para que la única realidad sea la que les cuentas.

—Trabajo de negrero. Trabajo de esclavista.

—Es posible, pero siempre es mejor que el látigo. O al menos tiene mejor imagen —trató de bromear Hausmann.

—No le envidio… —menospreció Ríos.

Hausmann entrecerró levemente los párpados. Luego miró fijamente al español y apretó los labios en una fina sonrisa.

—¿Que no me envidia? Pues yo creo que sí —repuso.

…………………………

Aquel día habían quedado para comer, a la una en punto, pero Pedro se presentó en Arrás a las diez y media de la mañana. En casa de Berger le dijeron que el señor Hopper ya había pasado también por allí y que lo habían remitido a la comandancia militar, porque el señor gobernador tenía una mañana muy ocupada.

              Pedro dio las gracias y se dirigió a la Comandancia, a escasos trescientos metros del domicilio del gobernador.

              Los guardias de la entrada le dieron severamente el alto y le pidieron la documentación. Pedro la entregó con tranquilidad y declaró que el gobernador lo estaba esperando. Un guardia se dirigió al interior del edificio y dos minutos después , le pidió que lo acompañase.

              —Buenos días, señor Ríos. Sabía que llegaría más o menos a esta hora —lo saludó Berger, tras la mesa de su despacho. Sentado enfrente estaba Hopper, que se levantó para estrechar la mano al pintor español.

              —Ni yo mismo esperaba estar aquí tan pronto —repuso Ríos.

              —Eso es porque usted no se sabe de memoria el horario de trenes, como yo. Porque ha venido usted en tren, ¿no es así?

              —Sí, es cierto.

              —Pues nuestros trenes siempre llegan a la hora. Con guerra o sin guerra. Debería usted saberlo. Siéntese, por favor.

              —Gracias —repuso Pedro, acercando una de las sillas que había junto a la pared—. De todas maneras, los guardias han estado un poco lentos y torpes. No todo es perfecto en su Reich…

              Berger se echó a reír.

              —Bien observado. Sin embargo, se habrá fijado que cada vez hablan mejor francés.

              —Eso sí.

              —¡Porque la mayoría son franceses! A los nuestros los están enviando a Rusia. Cualquier día , los franceses descubrirán que se están ocupando a sí mismos  y tendremos un problema, pero mientras se dan cuenta y no, estiramos nuestras tropas como podemos.

              —No me diga…

              —Pedimos diez mil voluntarios para auxiliares de policía y se presentaron cien mil.

              —Es increíble.

              —En absoluto. Aquí está usted, comunista y español, aguantando mis impertinencias. ¿Y sabe por qué? Porque, en el fondo, reconoce que ahora vive mejor que antes. Y eso les pasa a muchos franceses, que estaban hartos del desorden, de la corrupción y de la arbitrariedad de los poderosos.

              —Y ustedes, por supuesto, no son arbitrarios… —ironizó Hopper, introduciéndose en la conversación.

              —¡Pues claro que sí! Nosotros hacemos lo que nos da la gana, sin explicaciones  y amenazando con las armas a quien tenga algo que decir. ¡Pero nosotros somos el enemigo! ¡Eso es lo que la gente se espera del enemigo! Cuando duele realmente es cuando te lo hacen los tuyos, a los que tú pagas para servirte y ves como diariamente se sirven de ti. Que te maltraten los militares ocupantes es casi normal  y,  además, ofende menos, porque son extranjeros. Si un soldado alemán le da una bofetada a un hombre, le dolerá, pero se olvidará en un par de días. Pero si esa misma bofetada se la da su vecino, le guardará rencor para toda la vida. ¿No lo entienden?

              —Sí, claro, pero no es lo mismo una bofetada que el fusilamiento de un hijo, o el ahorcamiento de un pariente. ¿Puedo preguntarle cuántas penas de muerte ha firmado desde que está aquí? —preguntó Ríos, irritado por la falsa campechanía del alemán. Detestaba a aquella clase de hombres, que fingían burlarse de todo para escupir su bilis.

              Berger suspiró.

              —Se lo puedo decir exactamente. Noventa y una.

              —¿Y después de noventa y una muertes, puede aún decir que los franceses están más contentos con usted que con la situación anterior?

              Berger se alisó las puntas de su bigote.

              —Sí, lo afirmo. Porque he firmado noventa y una penas de muerte. Pero no se imagina usted cuántas denuncias he pasado por alto. Ahora, con el tiempo, ya van llegando menos, pero al principio, recibía diez o doce denuncias diarias. Durante un año entero. Vecinos que denunciaban a sus vecinos, ajustes de cuentas por tierras, ajustes de cuentas por mujeres, ajustes de cuentas por negocios, ajustes de cuentas por ofensas del siglo pasado. Comencé numerándolas, pero cuando llegué a las tres mil , me aburrí y preferí dejar de contarlas. ¿No se lo cree? Las tengo archivadas.

              Pedro Ríos bajó la vista. Sabía que en España había sido igual.

              —Le creo.

              —Hace bien, porque es la pura verdad. Todo el que tiene una cuenta pendiente con alguien quiere utilizarnos a nosotros para saldarla. Y luego, por supuesto, los asesinos seremos nosotros, y con razón, porque no niego que, entre los míos, hay muchos a los que les divierte el asunto, pero le doy mi palabra de honor de que, por cada fusilamiento, hay cincuenta denuncias que se han ido a enmohecer al archivo. ¿Cómo se cree usted que perseguimos a los judíos en este país?

              —Pues buscándolos en el censo, por supuesto —repuso Hopper.

              —¡Qué va! —despreció Berger con un gesto—. Ni uno de ellos está tan loco como para permanecer localizable en el mismo domicilio que tenía antes de la guerra. Los vamos cogiendo según los van denunciando sus vecinos, o con más frecuencia aún, los dueños de las propiedades colindantes a las de los judíos. La cuenta que hacen está clara: «Si muere Aarón, yo me quedo con su casa, con su parcela, o con su sastrería y además, por cuatro perras». Y denuncian a Aarón si se enteran de algún modo de dónde se ha metido.

              —Ya, así es la miseria humana… —se lamentó Pedro.

              —Pero no nos quieren sólo por miseria. A veces también nos aprecian por nuestra grandeza —aseguró Berger.

              —¿Por su grandeza?

              —Sí, se lo aseguro. Usted es un pintor famoso y nuestro común amigo, Hopper, un rico industrial americano, pero la gente común no está en una posición tan buena como la suya.

              —¿Y eso qué tiene que ver?

              —Es muy sencillo. Durante años, durante siglos, los ricos se impusieron a los pobres en todas partes. Se quedaron los mejores puestos, heredaron las mejores plazas de la administración y cerraron el paso a los de abajo. Los profesores, los jefes de todos los departamentos de la administración, los jueces y hasta los jefes de policía procedían de una serie de familias selectas y beneficiaban a los suyos. No había ni una opción de ascender verdaderamente , como no fuese haciéndose cura.

              —Eso es el malo de la sociedad burguesa. Habla usted como un marxista —señaló Pedro.

              —Pues no lo soy. Pero es cierto: las élites se defendían entre sí  y no sólo para impedir el paso a los de abajo: cada vez que surgía un conflicto, de cualquier tipo, siempre tenía la razón el de la clase social superior. Daba igual que se tratase de lindes de tierras, de derechos de riego, de alquiler de edificios, de derechos de venta o producción en una fábrica. Siempre era igual. Era inútil acudir a los tribunales, porque la razón siempre la llevaba el rico contra el pobre, siempre el poderoso contra el desheredado.

              —¿Y ha cambiado eso?

              —¡Pues sí! Porque a nosotros nos importa todo un carajo, ¿no se da cuenta? Nosotros somos los amos del país porque lo hemos conquistado por las armas. No le debemos favores a nadie y no hacemos cuenta de los favores que tendremos que pedir mañana, cuando queramos que a nuestro hijo se le apruebe una oposición para un buen puesto. A nosotros nos importa todo tres pimientos, y hacemos lo que nos da la gana, porque queremos y cuando nos parece. ¿Puede haber alguien más imparcial?

              Hopper se echó a reír y Pedro lo secundó.

              —Es usted un maestro de la propaganda —alabó el americano.

              —¡En absoluto! Lo que les digo es rigurosamente cierto. ¿Saben a lo que dedico yo la mitad de mi tiempo? ¿Saben a lo que lo dedican la mayor parte de los comandantes de ciudades como esta? A ejercer de tribunal de apelación. La gente está aprovechando la ocupación para llevar a los tribunales los casos que nunca se hubiese atrevido a llevar antes. Los pobres, sobre todo, confían en nosotros, porque no conocemos a nadie  y nos da igual a quién damos la razón. Los pobres vienen por centenares a quejarse de lindes de fincas, de canales de riego, de paredes medianeras con otros propietarios más ricos, porque nosotros no sabemos quién es quién y a menudo sentenciamos a su favor, cosa que no sucedía antes ni en sus mejores sueños. Y sin gastos de abogados: vienen, cito a ambas partes, pido los planos, trazo una línea recta y asunto arreglado en diez minutos. Si acerté, está  bien. Y si no, también, porque no se puede apelar a ninguna parte. ¿O creen que yo quiero complicarme la vida con media docena de chopos plantados en un lugar que no he visto nunca? Pues los franceses, sobre todo los pobres, lo saben y hacen cola una mañana entera para que les devuelvan un gallinero, porque saben que es ahora o nunca.

              —Por lo que dice, les acabarán echando de menos el día que se vayan —ironizó Pedro Ríos.

              —Usted no, seguramente, porque seguirá siendo rico y famoso en cualquier lado. Pero los pobres puede que sí…

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Memorias del Primer Amor, Giacomo Leopardi




[Memorie del primo amore]. Escritas en di­ciembre de 1818 por Giacomo Leopardi (1798-1837), son un ejemplo de minuciosa introspección, de una seguridad indecible­mente fría y serena, de una voluntad ilu­minadora cuyo valor asombra y casi asus­ta. Se descubre en ellas un método que será luego caro a los modernos, pero sin lo que en éstos tiene de morboso y enfer­mizo, incluso en Marcel Proust. Estas me­morias se abren con una declaración gené­rica y un tanto literaria: «Comenzando a sentir el imperio de la belleza, hacía ya más de un año que deseaba yo hablar y conversar, como hacen todos; con mujeres agradables, una sonrisa de las cuales, que por rara casualidad me fuera dirigida, me parecía algo extraordinario y maravillosa­mente dulce y lisonjero, y en mi forzada soledad, este deseo había sido hasta hoy de lo más vano».

Narra luego sus senti­mientos al encontrarse con una dama de Pesara, de veintiséis años, pariente lejana, a la que creía capaz de dar algún desahogo a su «antiguo deseo»: consigna todas sus ansias, la envidia a los hermanos que por la tarde jugaban con ella, la «fría contem­plación», el descontento después de haber jugado la tarde siguiente con ella y ha­berse dado cuenta de que aquel placer era mucho «más turbio e incierto» de lo que se había imaginado, y de que el corazón se le había hecho «suave y tierno»: «Me acosté pensando en los sentimientos de mi corazón, que en sustancia consistían en in­quietudes indistintas, descontento, melan­colía, algo de dulzura, mucho afecto, deseo de no sabía qué, sin ver entre las cosas posibles nada que lo pudiera satisfacer. Me alimentaba de la memoria continua y vivísima de la tarde y de los días anterio­res, y así velé hasta muy tarde, y, adorme­ciéndome, soñé como si tuviera fiebre, con las cartas, el juego, la dama; con todo lo que despierto había pensado soñar, y me parecía que había podido notar que yo no había soñado nunca nada en que hubiera creído soñar: pero aquellos afectos de tal modo se habían apoderado de mí e incorporado a mi mente, que de ninguna mane­ra, ni aun durante el sueño, me podían de­jar».

Y así prosigue, con un análisis qué lo consuela: «Queriendo dar un poco de contentamiento a mi corazón, y no sabien­do ni queriendo hacerlo de otro modo que escribiendo, ni pudiendo escribir hoy de otra cosa, después de intentar hacer versos y encontrarlo imposible, he escrito estas líneas». Confesión preciosa, que prueba el carácter liberador de la palabra en la vida de Giacomo Leopardi.

F. Flora

Memorias del Señor Severino Soplica, Henryk Hzewuski

[Pamiatki J. Pana Seweryna Soplicy]. Colección de cuentos publicados anó­nimos, en 1834, en París, por el conde polaco Henryk Hzewuski (1791-1866). El autor, conocidísimo en su época por su in­genio y habilidad en la conversación, re­copiló en estas supuestas memorias de Severino Soplica, copero de Parnawa, una serie de cuadros de la vida polaca del si­glo XVIII, que conocía a fondo por tradi­ciones familiares y por afinidad tempera­mental (fue llamado un alma del siglo XVIII perdida en su época).

El fondo de los cuentos es la segunda mitad del siglo XVIII, la época de la heroica confederación de Bar; los confederados, gentilhombres cam­pesinos unidos para defender la patria y la religión contra los moscovitas, son sus prin­cipales protagonistas. Sin embargo, Rzewuski no quiso evocar hechos históricos, aunque transiten por sus cuentos persona­jes célebres como el padre Marco, legen­dario capellán de los confederados; Casi­miro Pulawski, el intrépido jefe que irá a morir a América, o el príncipe Radziwill, verdadero soberano en su castillo de Nieswiez.

Entramos más bien, siguiendo a Severino, modesto gentilhombre, en las casas patricias, donde asistimos a los banquetes pantagruélicos, a las borracheras espectacu­lares, a las bravatas fanfarronas de los es­padachines lituanos; lo seguimos en las cacerías y en los tribunales, donde se des­arrollan los pleitos seculares entre familia y familia, a que tan aficionados eran los polacos de aquella época. Conocemos en estos cuentos, que conservan intacto el sa­bor de la conversación polaca, característi­ca de la literatura que se desarrolla hasta el siglo XIX en las ciudades y en los cas­tillos de la nobleza, las aventuras de tipos curiosos, como la banda de los «Albanos», los fieles amigos del príncipe Radziwill, o los milagros inéditos que circulaban entre los confederados, efectuados por el padre Marco contra los moscovitas, o por la es­pada de cualquier gentilhombre. Asistimos a las bodas de Severino con Magdalena, señorita pobre de alto rango, y a las pin­torescas ceremonias que las acompañan.

Circula en estas aventuras, que se desarro­llan en una época trágica para Polonia, una «vis cómica» más fuerte que las des­gracias que caen sobre el país y que es ca­racterística del pueblo polaco; incluso en las horas más tristes los polacos no han perdido la serenidad ni la fe, y los hijos de los valientes confederados de Bar han cantado valientemente en todos los cam­pos de batalla de Europa el canto de Dombrowski: «Polonia no ha muerto, mientras nosotros vivamos».

M. B. Begey

Memorias del Marqués de Bradomín, Ramón María del Valle- Inclán

Narración en prosa, en forma au­tobiográfica, de Ramón María del Valle- Inclán (1869-1936). Se imaginan narradas por un noble aventurero que vivió a prin­cipios del siglo XIX, y están divididas en cuatro Sonatas, que toman los nombres de las estaciones: Sonata de Otoño (1902), So­nata de Estío (1903), Sonata de Primavera (1904) y Sonata de Invierno (1905).

En la Sonata de Primavera, Bradomín, al servi­cio de la Guardia Noble del Papa, es en­viado al Colegio Clementino en Ligura, di­rigido por Monseñor Stefano Gaetani, a quien encuentra agonizante. El prelado se confiesa públicamente, luego muere y se describen sus espléndidos funerales. Brado­mín es más tarde acogido en el palacio de la Princesa Gaetani, rodeada como en una Corte de Amor por sus cuatro bellísimas hijas. Se enamora ardientemente de la ma­yor, María Rosario, que está a punto de hacerse religiosa: nace un profundo y vio­lento conflicto entre la pasión voluptuosa y romántica de nuestro nuevo Casanova y la religiosidad mística y fanática de la muchacha. La aventura continúa y se com­plica en una sombría atmósfera de fana­tismo y de superstición. El mayordomo atenta contra la vida del marqués, que ha conseguido penetrar en la habitación de María Rosario; luego le roba un anillo que, fundido con los sortilegios de una bruja, debía quitarle la fuerza viril. Bradomín lo recupera con ayuda de un monje. El rela­to  concluye trágicamente, después de un diálogo apasionado entre él y la muchacha, a quien intenta seducir con todas las artes donjuanescas de la sensualidad mística y patética — diálogo interrumpido por la caída desde una ventana de la hermana menor de María Rosario, la cual se vuelve loca, reconociendo en dicha desgracia el poder diabólico del impenitente don Juan. El grito final: « ¡Fue Satanás!», resuena monó­tono y -pavoroso en el palacio y en el alma desengañada del enamorado.

La Sonata de Estío se desarrolla en tierra mexicana soleada, exuberante, pintoresca, entre el sue­ño de antiguas civilizaciones y las pasio­nes de una multitud híbrida y abigarrada de bandidos, indios y extranjeros de todas las razas. El nuevo amor del marqués tiene como objeto un tipo fascinador de mujer criolla, inconstante e incestuosa, en quien la juventud y la belleza de las formas vi­bran con profunda lujuria que no carece de un hálito de religiosidad sensual y su­persticiosa. Las impuras bodas se celebran en un convento, donde el marqués hace pasar a la joven, la «Niña Chole», por su mujer. Pero el padre, su amante, la rapta. Luego, Bradomín la vuelve a encontrar, después de una descripción de una cabal­gada a orillas del lago del Tixul, danzando desnuda ante las llamas de las hogueras nocturnas. Sigue adelante con el desengaño en el corazón, pero, tras una noche de combate, en la que muere el bandido más valeroso de México, la india regresa, ya a salvo, y otras bodas sellan la reconcilia­ción, apagando con la cínica y sensual dulzura del perdón todo recuerdo de trai­ción e infidelidad.

La Sonata de Otoño bor­da una delirante historia de amor en el dulce y soñador país gallego. Bradomín es llamado al palacio de Brandeso por su pri­ma Concha, que fue su amante y ahora está enferma de tisis. El relato es rico en figuras y episodios amables y divertidos, como el paje niño y sabihondo, las hijitas de Concha que juegan con las palomas, la caída del caballo de don Juan Manuel, no­ble extraño y testarudo. La trama central es una serie extenuante y voluptuosa de diálogos de amor, encendidos por una mez­cla amarga y morbosa de nostalgia, paisaje, lujuria carnal y enfermedad mortal, hasta que la mujer muere en la profunda noche de perdición y de horror. Nuestro héroe, que se dirige a avisar a su otra prima, Isa­bel, en su habitación, no puede resistir a la tentación de amarla; luego vuelve a to­mar el cuerpo de la muerta para devolverlo a su habitación en trágico paseo nocturno por los salones de palacio. En la Sonata de Invierno, Bradomín es ya viejo, pero con el corazón todavía joven y ardiente, aunque maltrecho y reflexivo debido a las canas. Se destacan aquí, además, sus altas cualidades de combatiente y de héroe al servicio de la causa carlista. Para obede­cer las órdenes de don Carlos, no duda en cruzar un río vigilado por los alfonsinos: herido en el brazo izquierdo, se recobra en un hospital de monjas y sufre la ampu­tación del miembro sin lamentarse.

La úl­tima historia de amor es lastimosa y pa­tética: la muchacha que le asiste y a quien ama siendo correspondido, resulta al fin que es su hija. La figura de Bradomín asciende aquí a un sincero acento trágico, donde el destino perverso del hombre le lleva a convertir en voluptuosidad senil incluso el dulce instinto paterno, que hasta le hace adivinar, en la fealdad de su hija, algunos elementos físicos simbólicos del candor y la inocencia interiores. La niña se suicida. El relato termina con la despedida defini­tiva que Bradomín da al amor, personi­ficado en la insaciable condesa de Volfani, pura imagen femenina de la lujuria mez­clada con el fanatismo y el sacrificio.

El autor dice del marqués que era «feo, ca­tólico y sentimental». Es evidente su filiación respecto a don Juan (v.), Casanova (v.) y Childe Harold (v.). Pero todo ello junto con el superhombre romántico de Barbey d’Aurevilly y de D’Annunzio no explican por completo el personaje, que resulta, en definitiva, un tanto artificioso e idealizado por la fantasía del autor. Se advierte en el fondo la naturaleza española barroca, incendiaria y picaresca, que se ex­tiende de Tirso a Lorca y de Goya a Pi­casso. Pero, observado en la intimidad, su­tiles e invisibles elementos catárticos del catolicismo y de la tradición, que le eran congénitos, recorren a cada instante la re­presentación y figuración del libertinaje, del escepticismo, de la extravagancia y de la voluptuosidad. Los temas románticos de la sangre, de la muerte, de la carne, de la nada, de la perversión sacrílega, aunque empujados por la ficción al límite extremo de lo horrible y del capricho sensual, es­tán siempre sostenidos por una secreta pie­dad, una inmaculada y heroica lealtad, y un sentido preciso, aunque grosero y esti­lizado, de la trascendencia de los signifi­cados éticos de la acción.

La prosa de Valle-Inclán es purísima y se despliega en un especial ritmo prieto, continuo, en toda la gama de los afectos y las escenas de paisaje. Es inimitable su arte de escorzar figuras, cortar los diálogos y apurar en una especie de plasticidad interna las corres­pondencias entre el alma amante y los jar­dines, el cielo, los astros, los ecos de la tierra. Arte nostálgicamente matizado por ideas caballerescas, medievales y terrorífi­cas, íntimamente exenta de misticismos fá­ciles, por el contrario, macabra y realista, sinceramente estremecida por una mirada atenta a la verdad de los objetos y de los sentimientos.

O. Macro

Memorias de Judas, Ferdinando Petruccelli della Gattina

[Memorie di Giuda]. Novela de Ferdinando Petruccelli della Gattina (1815-1890), publicada en 1870.

El apóstol Judas, identificado con un agi­tador político contemporáneo del mismo nombre, dirige la conspiración judía con­tra el dominio romano y promueve la po­pularidad de Jesús para servir sus propios fines. Pero el Rabí de Nazareth le esquiva con sus predicaciones de amor y de igual­dad, que decepcionan al particularismo na­cionalista. Judas trata, sin embargo, de im­pedir la ruina cierta del profeta y coopera a liberarle de la cruz antes de su muerte, que ocurrirá en un refugio solitario de Ro­ma tres años más tarde. En torno a los dos personajes se desarrolla una intriga com­plicadísima de aventuras extravagantes y novelescas: las diferencias entre la hermosa y feroz Claudia y Pilatos su marido, aman­te de Ida, hermana de Jesús, amada a su vez por Judas cuando la sencilla y tierna María de Magdala le abandona para seguir la doctrina del Rabí; los tratos de Claudia con Judas y los conspiradores para conse­guir a Pilatos, excitando sus ambiciones; la reconciliación de los cónyuges, que cues­ta la vida a Ida, arrojada a las murenas, y decide el fracaso de la conjura.

Judas, her­moso y rubio, de aspecto afeminado, pre­nuncia la moda literaria del escéptico aman­te de sensaciones; Jesús, «ágil y delga­do, de tez biliosa y bronceada», está re­presentado en la aspereza de las polémicas más que en su dulzura serena; Pilatos se convierte en un sentimental romántico. En el fondo brilla el mundo multicolor de los judíos de todas las sectas y condiciones, entre los que destaca, fuertemente caracte­rizado, el pícaro Bar Abbas. «Donde entra­ba, entraba el ruido… Todos se reunían a su alrededor para festejarle. Empezaba ha­ciendo reír y acababan azotándole». Histo­ria y Biblia (v.), Evangelios apócrifos (v. Apócrifos del N. T.), literatura volteriana, Vida de Jesús (v.) de Renán, son las fuen­tes de esta fantástica reconstrucción, su­mida en interminables discusiones eruditas y rica de escenas abigarradas, voluptuosas y trágicas. Son evidentes la afición a volver del revés las situaciones tradicionales y el gusto por la paradoja brillante. El libro ocupa un lugar absolutamente aparte en la literatura historiconovelesca de la época; el idioma y el estilo revelan quizá dema­siado que fue pensado y redactado en francés.

P. Onnis

Memorias, François de La Rochefoucauld

[Mémoires]. Se publicaron en 1662; la primera parte, que quedó inédita, apareció en 1817. Se extienden de 1624 a 1652. Después de un rápido esbozo de los acontecimientos que señalaron sus años de infancia, François de La Rochefoucauld (1613-1680) em­pieza a hablar de sí mismo, de su ingreso en la Corte (1629), de donde, hostil a Ri­chelieu y devoto de la reina Ana de Aus­tria, es alejado (1636); durante breve tiem­po permanece preso en la Bastilla (1637) y es luego desterrado a Verteuil hasta 1639. Muerto Richelieu (1642) y Luis XIII (1643), se dirige más abiertamente a la reina y es uno de los opositores del nuevo ministro Mazarino. Al afianzarse éste con el favor de la soberana, La Rochefoucauld, casi en desgracia ante ella, indignado por dicha ingratitud, trata de imponerse del modo más peligroso, combatiendo a la reina y a Mazarino (1646): su amor por Mme. de Longueville le incita y domina.

Así, tiene un papel importante en la lucha de la «Fronda» (1648-1652), conducida por el Parlamento, el pueblo y los grandes seño­res contra el poderío real; combate, es he­rido gravemente en 1652, en París, en la Puerta San Antonio, y se encuentra sobre todo complicado en las mil intrigas que están detrás de aquel movimiento peligroso para la unidad del Estado Vencida la «Fronda», La Rochefoucauld, retirado de la vida pública, escribió sus Memorias, cierta­mente interesantes (sus contemporáneos las apreciaron mucho) y preciosas para la his­toria de dichos años. El tono es sobrio, austero, a menudo muy vivo; el autor, que en los años últimos y más dramáticos habla en tercera persona de sí mismo, disimula bas­tante bien su intención apologética. No oculta lo que había de pobremente ambi­cioso en la oposición de los Grandes a la autoridad regia, ni el motivo menos noble que inducía al mismo La Rochefoucauld: ansia decepcionada de honores, rencillas, pasiones galantes y aventureras. En la cró­nica secreta, entre los bastidores de la «Fronda», se supera como retratista feliz, agudo investigador del alma, que hace pre­sentir al moralista. Con las Memorias pue­de relacionarse la Apología escrita en 1649 y publicada en 1855. En ésta, las razones personalísimas de oposición a Mazarino son confesadas más francamente, según el prin­cipio de la propia utilidad, que recuerda de cerca las Máximas (v.). [Trad. española de Cipriano Rivas Cherif (Madrid, 1919)].

V. Lugli