Los Conquistadores, José María Salaverría

Obra del es­critor español José María Salaverría (1873-1940), publicada en 1918. El libro, en su con­junto, es una interpretación literaria de la conquista de América, del ambiente y del espíritu de aquella empresa. El autor evoca la Andalucía del tiempo de los viajes, y, siguiendo a los historiadores de Indias, des­cribe las gestas de Hernán Cortés y Pizarro. Trata de los móviles de la conquista, de la heroicidad de los conquistadores, etc. Cierra el libro un capítulo dedicado a Ma­gallanes y Juan Sebastián Elcano. La obra, que quiere ser una exaltación de los va­lores de la espiritualidad y del tempera­mento hispánicos, cae a menudo en el tó­pico y se manifiesta en una forma excesiva­mente idealista. Frente a la ideología de la generación del 98, Salaverría pretende adoptar una posición a su manera positiva que busca su fundamento en el patriotismo y en el optimismo.

A. Comas

Il Conciliatore

Revista literaria milanesa que se propuso continuar las tradi­ciones del Caffé, pero con un programa mu­cho más amplio. Silvio Pellico, que fue uno de sus más asiduos colaboradores y que preparó la impresión de cada uno de los números, en una carta a Foscolo dice: «Se ha escogido este título porque los redacto­res de la revista se proponen reunir y con­ciliar a todos los amigos de la verdad, mo­vidos por el propósito común de la unidad de la patria». Fundada en Milán por el con­de Luigi Porro Lombertenghi, su primer nú­mero se publicó el 3 de septiembre de 1818 en papel azul, y por eso fue llamada «La hoja azul». Sus principales colaboradores, además del conde Porro y Pellico, fueron Giovanni Berchet, Federico Confalonieri, Pietro Borsieri, Gian Domenico Romagnosi, Ermes Visconti y el abate Di Breme. La revista pareció pronto sospechosa a la cen­sura austríaca, que advirtió, desde los pri­meros números, que el Conciliatore se ha­bía propuesto suscitar en el pueblo, junto con el amor a la cultura, el sentimiento de libertad y de unidad.

El 18 de octubre de 1819 el censor conde Villata amonestó a Pellico por el tono político que había ad­quirido la revista, y ya no se publicó más. La colección del Conciliatore consta de 118 hojas, con un conjunto de 478 páginas. En 1930 el Municipio de Milán se encargó de la publicación de unas páginas inéditas y preparadas para los números 119-120, pági­nas que precisamente habían inducido a la censura austríaca, en octubre de 1819, a re­querir, por última vez, a Silvio Pellico, para que desistiese de la audacia con que él y sus compañeros escribían sobre temas y sis­temas políticos, aludiendo de modo harto transparente a las tristes condiciones en que se hallaba Italia. El objeto de la re­vista era, en efecto, como había declarado Borsieri en la introducción, hacer conscien­tes a los italianos de su estado lastimoso y enseñarles a pensar tomando ejemplos de la antigua literatura patria y condenando las disputas estériles y académicas. Los es­critos publicados en el Conciliatore fueron en gran parte bibliográficos; bibliografías que, a veces, cobraban la forma de verda­deras memorias. El más asiduo de los co­laboradores fue Berchet que encendió ás­peras polémicas y ‘fue el jefe de escuela de la teoría romántica, al afirmar que la literatura debe representar las aspiraciones, los sentimientos y las * necesidades del pue­blo. El Conciliatore dejó surco profundo en la historia de la cultura italiana del siglo pasado.

R. Caddeo

Sus promotores son todos románticos. Yo no espero nada de ellos porque conozco a esos sujetos. (Giordani)

Conceptos Fundamentales de la Historia del Arte, Heinrich Wolfflin

[Kunstgeschischtliche Grundbegriffe]. Obra del historiador del arte suizo Heinrich Wolfflin (1864-1945) pu­blicada en Munich en 1915. En ella se es­tudia, dentro del ámbito del arte europeo, el tránsito estilístico del siglo XVI al XVII, del Renacimiento al Barroco. El libro está en­teramente ocupado por cinco pares de con­ceptos, o mejor dicho, de esquemas, que definen, según el autor, los más elementa­les y comunes caracteres de estilo de cada uno de los dos períodos considerados. El primer par trata de la antítesis entre lo li­neal (o plástico, o diseñativo) y lo pictó­rico; el paso del primero al segundo de estos términos designa, según el autor, pre­cisamente la nueva orientación formal del arte barroco. El estilo lineal por representar las cosas según sus caracteres táctiles de contorno y de superficie, acentúa sus límites, los aísla, considerándolos como cuerpos só­lidos y palpables; el estilo pictórico, en cambio, tiende a la pura apariencia óptica, a lo indeterminado, a la mudable visión de conjunto.

A esta primera antítesis funda­mental, afín con el binomio táctil-óptico de Riegl (v. Arte decorativo romano tardío) pueden referirse en el fondo todos los es­quemas siguientes, que atañen a los desarrollos desde la visión de la superficie a la visión de la profundidad (el arte clásico del siglo XVI refiere todas las partes de la composición a una superficie plana, mientras que el Barroco acentúa sus superposiciones); de la forma cerrada, de la coordinación y de la sinteticidad constructiva a la forma abier­ta y suelta; de la unidad clásica, hecha de numerosas partes independientes aunque ar­mónicamente unidas con el todo, a la uni­dad barroca, obtenida por la concentración de todas las partes en un motivo único, o con la subordinación absoluta al elemento principal: en fin, de la claridad absoluta de la representación en cada una de sus partes, a la claridad relativa del conjunto. Para aclarar y justificar sus propios esquemas, Wólfflin analiza en sugestivas aproximacio­nes muchas obras de pintura, escultura y ar­quitectura preferentemente de análogo tema, de los siglos XVI y XVII; por ejemplo, un grabado de Durero junto a uno de Rembrandt, un retrato del Bronzino junto a uno de Velázquez. Lo lineal y lo pictórico no son, sin embargo, para nuestro escritor, es­quemas sólo aplicables a los siglos XVI y XVII, sino que más bien constituyen dos tipos opuestos generales, del ver, o «cate­gorías de la intuición», válidos tanto para la arquitectura y las artes decorativas como para la pintura y la escultura, y capaces de asumir cada uno de los más diversos con­tenidos: dos polos entre los cuales periódi­camente oscila todo el curso del arte, hasta el punto de que el paso de uno a otro pue­de ser observado desde luego en diversas condiciones hasta en el arte gótico medie­val.

Limitándose a estudiar y poner en evi­dencia en sus variaciones el más profundo sustrato óptico que en el curso de los siglos está en la base de las representaciones ar­tísticas más diferentes, es posible, según Wólfflin, trazar la historia de un desenvol­vimiento de la visión que se actúa por in­terna necesidad para el cual las diferencias de los caracteres individuales y nacionales no tienen significado alguno. Aunque no desconozca el valor de la personalidad y la existencia de las «constantes» étnicas, el au­tor puede así afirmar, por ejemplo, que una fachada barroca romana tiene el mismo de­nominador visual que un paisaje holandés de Van Goyen. De aquí la idea a menudo mal interpretada, pero notablemente afor­tunada hasta en la historia literaria, de una «historia del arte sin nombres de artistas». Naturalmente Wólfflin conoce perfectamen­te los límites de su investigación, dirigida únicamente a establecer la necesaria perte­nencia de todo artista a un determinado tipo de ver; sabe que una cosa es estudiar la belleza de Leonardo o de Durero y otra el elemento común en que aquella belleza ha tomado forma: no se le oculta siquiera que los esquemas por él formulados son ge­neralizaciones empíricas, forzosamente os­cilantes e imprecisas. Con todo, su concep­ción no ha escapado a las mismas críticas dirigidas a la teoría de la «pura visibilidad» (v. Escritos acerca del arte de K. Fiedler), de la que deriva, ni especialmente al repro­che de haber puesto como fundamento de la historia del arte entidades formales abs­tractas y en sí inexpresivas, cuya necesidad evolutiva no es bien comprensible. De todos modos, a la obra de Wólfflin le queda el mé­rito indiscutido de haber afinado grande­mente contra un vasto cerco de intereses históricos, el análisis visivo de las obras de arte. [Trad. de J. Moreno Villa (Madrid, año 1936)].

G. A. Dell’Acqua

Mejor que el título de crítico, le conviene el de filósofo del arte, y, por decirlo con mayor exactitud, el de filósofo de la histo­ria del arte. (E. d’Ors)

Comentarios de L. Aretino

[Rerum suo tempore gestarum commentarius]. Bre­ve síntesis de setenta años de historia, es­crita por Leonardo Bruni, llamado Leonardo Aretino, ya viejo (1370-1444), como com­plemento de su Historia florentina (v.). Ins­pirada por el problema, que se nota aun­que no esté expresado explícitamente, de la diferencia que media entre historia y po­lítica, revela que hay en Bruni una madu­rez espiritual de la que carecen los histo­riadores contemporáneos suyos. Del mismo modo que había advertido la diferencia en­tre crónica e historia en el juicio que ilumi­na a esta última, dando a la sucesión mera­mente temporal de la primera una conexión causal y un sentido tanto más rico cuanto más profunda es la conciencia del presente, advirtió también la diferencia entre historia y política: en aquélla, el conocimiento de los hechos es la base para el juicio, mientras que en ésta la ignorancia del futuro hace que la única norma de conducta sea la con­ciencia moral.

En la primera, los hombres lo son de ciencia y conciencia; en la se­gunda, aun siguiendo tales, son también hombres de partido. Bruni, temiendo que el juicio del hombre de partido enturbiase la serena visión del historiador, quiso que estos Comentarios aparecieran separados de la Historia. El cuadro abraza a grandes pince­ladas en escorzo, en una treintena de pági­nas o poco más, lo acaecido en Italia del año 1378 al 1440. Período borrascoso en el que el autor se halló envuelto desde niño: cuando Enguerrand de Coucy, llegado en socorro de Luis de Anjou, ocupó por sorpre­sa Arezzo guiado por los proscritos (1384), el autor, niño aún, era encerrado en el cas­tillo de Quarata. Llegado a adulto y huma­nista famoso, primero como secretario de papas, después como canciller de la repú­blica de Florencia, estuvo siempre presente en los sucesos de su tiempo. «Ipse vidi» es el supuesto implícito en esta obra que, junto con la mayor obra histórica del autor, for­ma parte de la nueva colección muratoriana.

G. Franceschini

EL CAMÍ DE L’EXILI REPUBLICÀ (1939)

Portada del llibre de Maria Campillo (ed.), Allez! Allez!, Escrits del pas de frontera, 1939

Maria Campillo (ed.)
Allez! Allez!, Escrits del pas de frontera, 1939
L’Avenç, 2019, 341 pàgs.

per Anna Rossell

Una gran aportació, aquesta dels Escrits del pas de frontera, 1939. I ho és des de dues òptiques ben diferents. D’una banda, la psicològica i humana, perquè cap trauma no es digereix, cap ferida no es guareix, si no se’n parla; de l’altra, la del coneixement i la difusió dels fets en aquella situació concreta del dolorós moment d’exili, per il·luminar-ne la història i esclarir els fets. I difondre’n el coneixement a les generacions més joves, que no ho van viure directament, és una manera d’impulsar el diàleg i el debat sobre el tema.

Perquè de la Guerra d’Espanya 1936-1939, mal anomenada Guerra Civil, cal parlar-ne i seguir-ne coneixent la Història. Se n’ha parlat prou a les famílies? Quants pares de la generació que va lluitar o viure aquesta guerra ho han explicat als fills? I, fins passat el temps, quants néts han sentit els avis i els besavis parlar-ne? Se n’ha tractat a les escoles com cal i amb la dedicació que mereix? La resposta és evident. Sobre els esdeveniments podríem dir que, en general, s’hi ha fet el silenci o s’ha fet curt.
Un símptoma clar de la dificultat de rememorar els fets és la tardança a editar diaris personals i memòries per part dels protagonistes directes, la majoria publicats molts anys després.

I per bé que els textos ja havien vist la llum anteriorment gairebé tots, integrats en els escrits autobiogràfics de cadascun dels autors, ara se’ns ofereixen recollits sota un tema comú i molt concret: el dels últims dies de la guerra i el pas de la frontera francesa, camí de l’exili. El volum té l’avantatge que aplega l’experiència d’uns fets crucials viscuts per un ampli espectre de personatges —en aquell moment soldats, consellers de la Generalitat, intel·lectuals, artistes, polítics…— i ens permet de percebre’n similituds, diferències i matisos.

Com explica l’editora Campillo al pròleg que serveix d’introducció i aclariment, el volum aplega escrits d’un «ventall representatiu de relats que reflecteixen aquesta experiència, escrits per quaranta-un autors de diversa condició: historiadors, periodistes, poetes, novel·listes, polítics, mares de família, metges o artistes plàstics». El seu criteri de selecció ha estat donar una visió representativa de l’exili republicà en general. És per això que el llibre recull autors de diversa procedència social i ideològica, i hi trobem textos d’autors clàssics, força coneguts (Antoni Rovira i Virgili, Xavier Benguerel, Artur Bladé, Teresa Pàmies, Avel·lí Artís-Gener, Lluís Ferran Pol, com altres menys difosos (Edmon Vallès, Otília Castellví, Jaume Pla…), d’aparició més recent (Carles Fontseré, Sebastià Gasch, Montserrat Julió, Agustí Centelles) o desconeguts fins el moment de la publicació d’aquest llibre (Pere Calders o Francesc Trabal).

Només els quatre primers textos (Pere Quart, Pere Calders, Antoni Rovira Virgili i C. A. Jordana i la conferència de Francesc Trabal pertanyen als anys 1939 i 1940, poc després, doncs, que es produïssin els fets narrats, la resta van ser escrits posteriorment en un llarg període que abasta des de les darreries dels anys 60 del segle passat fins el 2009. Tanmateix, és probable que, al menys en alguns casos, els autors es basessin en anotacions fetes al moment. En tot cas, la vivència d’aquells dies va deixar una empremta tan viva en els seus protagonistes que els relats ens semblen escrits des de la immediatesa. La major part dels textos estan extrets de llibres de memòries, autobiografies i diaris; tanmateix n’hi ha algun de traspassat a la ficció.

Així el relat, majoritàriament en primera persona, adopta el registre de la crònica, que deixa constància detallada dels fets. En tractar-se d’un exili massiu i compartit —les darreres xifres parlen de «460.000 persones (uns 220.000 militars i la resta civils) entre les acaballes de gener i les de febrer del 1939, quan va passar el gruix més considerable»—, segons indica Campillo al pròleg, els textos no només ens parlen de cadascun dels autors i d’aquells més al·legats que feien amb ells el camí, sinó també, indirectament, de les penalitats de tota la corrua de persones que compartien el mateix destí. Una munió de gent envaïa carreteres i camins, amb diversos vehicles o a peu, amb criatures, carregats de maletes, fardells, carros i animals de granja, per les diferents vies d’accés a França.

Els temes són recurrents en tots els relats: l’abatiment de la derrota, la desil·lusió, la decepció, la immensa tristesa, el pregon sentiment de la pèrdua, la fam, el fred, la por, la incertesa, la misèria, la brutícia, la fatiga, l’angoixa, els bombardeigs de l’aviació enemiga sobre els fugitius, les aglomeracions a la frontera (que sovint denominen la ratlla, la línia), la dificultat d’aconseguir la documentació reglamentària per passar a França; a la duana, les muntanyes d’armes que els obligaven a deixar, els vehicles abandonats estimbats pendents avall, els camins plens d’embalums, maletes i roba… Ja a França, l’emoció plaent de poder menjar pa blanc i beure quelcom calent, les experiències de bona o mala rebuda per part de la població i de la policia (solidaritat en uns casos, desconfiança i rebuig en d’altres), els guàrdies senegalesos, els camps de concentració i l’esforç per evitar el confinament.

Una lectura altament recomanable que ens permet compartir la vessant humana de l’exili republicà, una part de la nostra Història, que aquest llibre ens permet recuperar.

El llibre inclou una Nota sobre els autors, que recull breument el recorregut professional i d’exili (o repatriació) de cadascun, i un Índex onomàstic alfabètic que remet a les pàgines corresponents.

Maria Campillo, l’editora (Alhama de Aragón, 1953), fins a la seva jubilació recent professora de Literatura Catalana Contemporània a la Universitat Autònoma de Barcelona i vicedirectora del CEDID (Centre d’Estudis sobre Democràcies i Dictadures), té una llarga experiència com a investigadora en textos d’autors catalans antifeixistes. Especialista en un àmbit de la literatura catalana que també aporta llum a la nostra Història, és autora i editora de diverses publicacions en aquest camp, entre altres Contes de guerra i revolució 1936-1939 (1981), el capítol corresponent a La literatura i la Guerra Civil de la Història de la literatura catalana (1984), Escriptors catalans i compromís antifeixista, 1936-1939 (1994) i múltiples articles sobre el tema, publicats en diverses revistes.

© Anna Rossell
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Maria Campillo