Puck, o Robin Goodfellow

Gnomo de El sueño de una noche de verano (v.), de William Shakespeare (1564-1616). Puck o Hobgoblin son nombres dados tradicio­nalmente en Inglaterra a los gnomos. Jun­tos aparecen en el Epitalamio (v.), de Edmund Spenser (15529-1599).

Es un espíritu alegre y travieso, que se divierte enredán­dolo todo y se ríe de la locura de los hombres («¡Oh, qué locos son los hom­bres!», exclama en una frase que se ha hecho famosa, en la escena 2 del acto III del Sueño). Shakespeare le erige casi en símbolo de la volubilidad del amor, tro­cando en simpática malicia la originaria maldad de que Puck estaba dotado en la superstición popular. Su figura se halla también en la Nymphidia (1627), poema novelesco de Michael Drayton (1563-1631), y sugirió el título de un delicioso libro para niños, de Rudyard Kipling (1865- 1936), Puck (v.).

M. Praz

Ptocoprodromo

Con este nombre, que significa Prodromo el Mendigo, se firmó el dramático Teodoro Prodromo (n. hacia 1098), poeta de la corte bizantina de los Comnenos.

Su poesía, la más original producción de la literatura bizantina, biográficamente interpretada, dio vida a un tipo satírico comparable a otras célebres imágenes de poetas irregulares, desde Zecco Angiolieri a Villon, Rabelais, etc. En cuatro composiciones de contenido autobiográfico (v. Epístola al Emperador, Epístola al Sebastocrato, etc.), Ptocoprodromo dibuja con picaresco brío un tipo de literato quejumbroso y .pedigüeño en cotidiana lucha con el hambre, la esposa y todas las dificultades inherentes a la tris­te profesión de las letras. Abandonando los refinamientos de la envejecida y formalística tradición poética de Constantinopla, Ptocoprodromo representa admirable­mente el descaro de la degradación y las bufonerías y muecas del encanallamiento.

En efecto, apoya sus eternos llamamientos a la liberalidad imperial con cáusticas des­cripciones de su vida familiar: sus peleas con su mujer, que le echa en cara la mi­seria de su vida y se encierra en su habi­tación, dejándole en manos de sus hijos hambrientos y ante el hogar apagado; las invectivas contra dos abades, padre e hijo, que señorean en el monasterio, entregán­dose a la francachela mientras someten a sus monjes a una dieta de agua sucia y un poco de pan; las burlas con que el monje hambriento, aprovechando un imprevisto incidente que aleja por un momento a los abades de su bien provista mesa, logra fi­nalmente sacar la tripa de mal año y, cuando regresan aquéllos, acusa del hurto a un inocente gato, etc.

Maestro en deslu­cir toda grandeza y toda utopía, Ptocopro­dromo sabe mejor que ningún poeta de su tiempo hablar de sí mismo con irresistible sinceridad: su obra es el poema del esto­mago torturado y de la literatura maltre­cha, como una serie de goyescos aguafuer­tes en los que el hombre bizantino se ve vivir en su realidad y en la intimidad de su casa.

R. Cantarella

Psiquis

[Psyches]. Protagonista de la fábula de Apuleyo de Madaura (hacia 125-180?) Amor y Psiquis, inserta en sus Metamorfosis (v.).

El Alma del mito de Amor que aquel antiguo escritor platónico tomó de su fantástica religiosidad, ha lle­gado hasta nuestros días, tratada por dis­tintos escritores como Firenzuola y Pasco- li. Amor o Cupido, el dios que ama a una muchacha que debe morir, y Psiquis, la virgen más bella que Venus, que vivió en tiempo de los dioses, dan pie a una his­toria por completo urdida sobre la impo­sibilidad de su adecuación y sobre la ne­cesidad de su recíproco afecto. Así, la jo­ven alojada en el castillo divino se siente oprimida por el misterio de lo invisible. A su alrededor no hay más que una voz «desnuda de cuerpo»: ni una sirvienta, ni una compañera. Las voces la sirven, el oro la rodea, y una invisible presencia vi­ril la hace mujer.

Pero el ansioso colo­quio con la esfera del espíritu se rompe: Psiquis se acerca a aquel esposo cuyo ros­tro ignoraba, enciende una luz y lo con­templa. Y al momento una gota de aceite caída del candil despierta al dios, que abandona a su amada. Entonces empieza la vía purgativa, la ascesis de Psiquis, que en el duelo y en la humillación infligidos por Venus, en la esclavitud y en el aban­dono sobrenatural, busca aquello que perdiera. Le falta la gracia, los dioses huyen de ella, el Amor herido es inaccesible, pero Psiquis, tras haber visitado el infierno, lo­grará encontrarle, gracias al favor de Jú­piter. «Y de este modo Psiquis llegó a ma­nos de Amor. La cual, cuando sobrevino el momento del parto, dio a luz aquella encantadora hija a quien nosotros llamamos Voluptuosidad».

La alegoría sería transpa­rente, si la hubiera: pero esa doncella, que se llama Alma, es como ciertas alegorías dantescas, de las que se puede afirmar esto o aquello, pero que viven realmente en su personal y viva humanidad. Amor y Psi­quis, el principio activo y el principio pa­sivo, o la comunión mística de lo divino y lo humano, o sencillamente la ascesis que los platónicos llamaban catarsis ética: el alma que sucumbe a la tentación de los sentidos, y a través del infierno y del cie­lo, dantescamente, se redimen. ¿Pero qué sería entonces Psiquis? Una figura filosoficoteológica, que no se iluminaría jamás con los colores de la fábula.

Y en realidad Psiquis es ciertamente el Alma, pero «un alma» que aportó a su amor demasiado peso de carnalidad: de ahí su caída, y finalmente la paz unitiva. Y aquí aparece realmente la alegoría del alma, que del amor obtiene la voluptuosidad: pero la fábula ha termi­nado y la débil muchacha enamorada, pa­ciente y de divino rostro, se convierte en aquella pascoliana apariencia «más tenue que el humo que sale de la casa, y que cuando no sale, la gente dice que la casa está vacía». Ya no se trata de una historia de Amor, sino de una historia de Muerte. Y la muerte no da pie a la fábula. La an­tigua virgen que celebra sus nupcias en lo invisible desaparece frente a la eternidad que no es la suya, a la eternidad de «el otro».

Entre los dos polos, en todos sen­tidos opuestos, de Apuleyo y de Pascoli, narraron el mito de Psiquis infinitas voces, desde Fracastoro a Lamartine. Rafael la pintó y Cano va, según el modelo de los antiguos, la esculpió. Pero su verdadera riqueza se vertió por otros caminos, en dos filones distintos: la fabulística popu­lar, de donde tal vez había surgido en otro tiempo el mito — y de ahí la Cenicienta y Belinda—, en una vinculación, como pue­de verse, puramente pragmática, y por otro lado la especulación, que en la teología y en la filosofía busca aquellos sentidos que tal vez Apuleyo quiso suponer, más allá de la belleza: y he aquí las aventuras espirituales del alma que se redime. Tema platónico y luego cristiano, si leemos «gra­cia» donde se leía «Alma» y «Amor».

P. De Benedetti

Prudhomme

[Joseph Prudhomme]. Po­pular personaje francés creado por Henry Monnier (1805-1877), aparece en la serie de las Escenas populares de 1830, se afirma y triunfa con las Memorias de monsieur Joseph Prudhomme (v.), así como en otras farsas y comedias del propio Monnier y se convierte pronto en una figura universal­mente conocida y característica, entusiás­ticamente adoptada por todos los caricatu­ristas de la época y citada por literatos y hombres de mundo.

Como indica su mismo nombre (que se escribía también Prudhomme, es decir, «hombre prudente y de sanas ideas»), Prudhomme simboliza la nulidad magistral y pagada de sí misma, y su for­tuna implica evidentemente una clara in­tención de sátira política, ya que no en vano su figura se impone en tiempo de la monarquía burguesa de Luis Felipe. Pro­fesor de caligrafía, buen ciudadano, elector celoso de sus derechos y guardia nacional, Prudhomme representa el progresivo ascen­so de la pequeña burguesía que espera afianzarse en la vida pública, y pretende hablar de todo, juzgarlo todo y expresar en cada momento su opinión, sentenciando, con modesta arrogancia, «sencillamente en nombre del sentido común».

Físicamente, Joseph Prudhomme es hombre de mediana estatura, grueso, barrigudo e imponente, de rostro colorado y satisfecho, enlevitado, con altísimo cuello almidonado de largas puntas abiertas, con una chistera que generalmente prefiere llevar en la mano, y os­tentando una solemne calvicie que le con­fiere una cómica expresión de gravedad y de suficiencia. Su manía son los discursos, y su vida es sobre todo función de sus «frases célebres». Algunas de ellas son me­ras absurdidades o necias tautologías, cuya fuerza cómica reside en el contraste entre su pomposa forma y la increíble vacuidad de su pensamiento: «Es mi opinión, que sinceramente comparto»; «sacad al hombre de la sociedad y le aislaréis», etc.

En otras, el efecto cómico resulta de la obstinada manía que Prudhomme tiene de formular complicados razonamientos lógicos, en los que inmediatamente se embarulla: «Napo­león era un ambicioso: si se hubiera contentado con seguir siendo simple oficial de Artillería, quizá todavía estaría en el tro­no». Otras veces da salida a su burdo uti­litarismo burgués, exagerado hasta la enor­midad; así cuando, a la orilla del mar, ex­clama: «Ya es bello, el océano; ¡pero cuán­ta tierra perdida!» Pero la frase más ge­nial de Prudhomme es de carácter político y logra reunir en poquísimas palabras un increíble número de necedades: «Señores, el carro del Estado navega sobre un vol­cán».

También es de él otra frase destinada a llegar, con pequeñas modificaciones, has­ta nuestros días: Prudhomme había sido nombrado oficial de la Guardia Nacional y para celebrarlo se le ofrece un banquete, al final del cual sus amigos le regalan un sable de honor; él entonces, levantándose copa en mano para dar las gracias, empieza diciendo: «Este sable es el día más bello de mi vida», y continúa impertérrito: «y sabré servirme de él para defender nues­tras instituciones y, si llega el caso, para combatirlas».

M. Bonfantini

Prouhèze

Personaje del «poema dia­logado» El escarpín de raso (v.), de Paul Claudel (1868-1954). En la época en que España dominaba media Europa y casi todo el resto del mundo, Prouhéze nació de un noble caballero del Franco Condado que la dejó huérfana a los 18 años.

Sola en Ma­drid, encuentra apoyo en un viejo amigo de su padre, don Pelayo, que se casa con ella aunque sin lograr su amor, y que le contagia su pasión por el África. A las costas que don Pelayo defiende va a parar un día, de resultas de un naufragio, Ro­drigo de Manacor. Y basta que Prouhéze oiga su voz para que entre ambos se cree el mismo lazo de amor que en otro tiempo unió a Tristán (v.) e Isolda (v.). Pero Prouhéze está ligada por el matrimonio; y cuando sale de la casa de su terrible es­poso confía a la Virgen su zapato de raso para que, si la asaltara la tentación del mal, «tuviera que andar hacia él a la pata coja».

Con todo, cuando sabe que Rodrigo se halla herido en su castillo, donde lo vela su madre, Prouhéze, a quien su ángel custodio intenta retener en vano, sale ha­cia el castillo adonde llega sólo para re­cibir de Pelayo, en nombre del rey, la orden de defender la plaza de Mogador, entre el océano y el desierto, confiada a don Camilo, caballero que en otro tiempo la amó e intentó seducirla. Rodrigo debe partir, pero por una vez puede reunirse con Prouhéze, y en la noche, en las mura­llas de Mogador, la luna ilumina una doble sombra en la que se perfila el único beso de aquéllos. Tras la muerte de Pelayo, el único medio de salvar la fortaleza es que Prouhéze se case con Camilo.

Antes de decidirse, ella escribe a Rodrigo, pero du­rante diez años su carta anda errante por los dos mundos sin llegar al destinatario. Prouhéze se resigna, pues, al matrimonio, su ángel de la guarda continúa protegién­dola y gracias a su fe Camilo podrá salvar su alma: Prouhéze tiene que renunciar a Rodrigo. Aunque ninguna palabra suya dé explícitamente a entender que acepta, su silencio es más elocuente que todas sus palabras, y Camilo puede exclamar: «Si no fuera así, ¿de dónde vendría la luz que ilumina tu rostro?» Y cuando Rodrigo re­grese sólo podrá recibir de Prouhéze, ya en trance de muerte, el último adiós.

Tam­bién le deja a su hija, y desde el purga­torio que en otro tiempo el ángel custodio le anunciara, Prouhéze seguirá las últimas peripecias de Rodrigo hasta el día en que, vencido, pobre y deshonrado, la encontra­rá misteriosamente en el mar de las Ba­leares. Prouhéze cumple así, en la renun­cia y en el sacrificio, su misión de mujer, a la que la había llamado el jesuita que al principio del drama aparece en el mo­mento de sufrir el suplicio: instrumento de la redención cristiana de Rodrigo, de Camilo y de todas las almas desterradas que dolorosamente se pierden en el mundo musulmán.

J. Madaule