[Joseph Prudhomme]. Popular personaje francés creado por Henry Monnier (1805-1877), aparece en la serie de las Escenas populares de 1830, se afirma y triunfa con las Memorias de monsieur Joseph Prudhomme (v.), así como en otras farsas y comedias del propio Monnier y se convierte pronto en una figura universalmente conocida y característica, entusiásticamente adoptada por todos los caricaturistas de la época y citada por literatos y hombres de mundo.
Como indica su mismo nombre (que se escribía también Prudhomme, es decir, «hombre prudente y de sanas ideas»), Prudhomme simboliza la nulidad magistral y pagada de sí misma, y su fortuna implica evidentemente una clara intención de sátira política, ya que no en vano su figura se impone en tiempo de la monarquía burguesa de Luis Felipe. Profesor de caligrafía, buen ciudadano, elector celoso de sus derechos y guardia nacional, Prudhomme representa el progresivo ascenso de la pequeña burguesía que espera afianzarse en la vida pública, y pretende hablar de todo, juzgarlo todo y expresar en cada momento su opinión, sentenciando, con modesta arrogancia, «sencillamente en nombre del sentido común».
Físicamente, Joseph Prudhomme es hombre de mediana estatura, grueso, barrigudo e imponente, de rostro colorado y satisfecho, enlevitado, con altísimo cuello almidonado de largas puntas abiertas, con una chistera que generalmente prefiere llevar en la mano, y ostentando una solemne calvicie que le confiere una cómica expresión de gravedad y de suficiencia. Su manía son los discursos, y su vida es sobre todo función de sus «frases célebres». Algunas de ellas son meras absurdidades o necias tautologías, cuya fuerza cómica reside en el contraste entre su pomposa forma y la increíble vacuidad de su pensamiento: «Es mi opinión, que sinceramente comparto»; «sacad al hombre de la sociedad y le aislaréis», etc.
En otras, el efecto cómico resulta de la obstinada manía que Prudhomme tiene de formular complicados razonamientos lógicos, en los que inmediatamente se embarulla: «Napoleón era un ambicioso: si se hubiera contentado con seguir siendo simple oficial de Artillería, quizá todavía estaría en el trono». Otras veces da salida a su burdo utilitarismo burgués, exagerado hasta la enormidad; así cuando, a la orilla del mar, exclama: «Ya es bello, el océano; ¡pero cuánta tierra perdida!» Pero la frase más genial de Prudhomme es de carácter político y logra reunir en poquísimas palabras un increíble número de necedades: «Señores, el carro del Estado navega sobre un volcán».
También es de él otra frase destinada a llegar, con pequeñas modificaciones, hasta nuestros días: Prudhomme había sido nombrado oficial de la Guardia Nacional y para celebrarlo se le ofrece un banquete, al final del cual sus amigos le regalan un sable de honor; él entonces, levantándose copa en mano para dar las gracias, empieza diciendo: «Este sable es el día más bello de mi vida», y continúa impertérrito: «y sabré servirme de él para defender nuestras instituciones y, si llega el caso, para combatirlas».
M. Bonfantini

