Prouhèze

Personaje del «poema dia­logado» El escarpín de raso (v.), de Paul Claudel (1868-1954). En la época en que España dominaba media Europa y casi todo el resto del mundo, Prouhéze nació de un noble caballero del Franco Condado que la dejó huérfana a los 18 años.

Sola en Ma­drid, encuentra apoyo en un viejo amigo de su padre, don Pelayo, que se casa con ella aunque sin lograr su amor, y que le contagia su pasión por el África. A las costas que don Pelayo defiende va a parar un día, de resultas de un naufragio, Ro­drigo de Manacor. Y basta que Prouhéze oiga su voz para que entre ambos se cree el mismo lazo de amor que en otro tiempo unió a Tristán (v.) e Isolda (v.). Pero Prouhéze está ligada por el matrimonio; y cuando sale de la casa de su terrible es­poso confía a la Virgen su zapato de raso para que, si la asaltara la tentación del mal, «tuviera que andar hacia él a la pata coja».

Con todo, cuando sabe que Rodrigo se halla herido en su castillo, donde lo vela su madre, Prouhéze, a quien su ángel custodio intenta retener en vano, sale ha­cia el castillo adonde llega sólo para re­cibir de Pelayo, en nombre del rey, la orden de defender la plaza de Mogador, entre el océano y el desierto, confiada a don Camilo, caballero que en otro tiempo la amó e intentó seducirla. Rodrigo debe partir, pero por una vez puede reunirse con Prouhéze, y en la noche, en las mura­llas de Mogador, la luna ilumina una doble sombra en la que se perfila el único beso de aquéllos. Tras la muerte de Pelayo, el único medio de salvar la fortaleza es que Prouhéze se case con Camilo.

Antes de decidirse, ella escribe a Rodrigo, pero du­rante diez años su carta anda errante por los dos mundos sin llegar al destinatario. Prouhéze se resigna, pues, al matrimonio, su ángel de la guarda continúa protegién­dola y gracias a su fe Camilo podrá salvar su alma: Prouhéze tiene que renunciar a Rodrigo. Aunque ninguna palabra suya dé explícitamente a entender que acepta, su silencio es más elocuente que todas sus palabras, y Camilo puede exclamar: «Si no fuera así, ¿de dónde vendría la luz que ilumina tu rostro?» Y cuando Rodrigo re­grese sólo podrá recibir de Prouhéze, ya en trance de muerte, el último adiós.

Tam­bién le deja a su hija, y desde el purga­torio que en otro tiempo el ángel custodio le anunciara, Prouhéze seguirá las últimas peripecias de Rodrigo hasta el día en que, vencido, pobre y deshonrado, la encontra­rá misteriosamente en el mar de las Ba­leares. Prouhéze cumple así, en la renun­cia y en el sacrificio, su misión de mujer, a la que la había llamado el jesuita que al principio del drama aparece en el mo­mento de sufrir el suplicio: instrumento de la redención cristiana de Rodrigo, de Camilo y de todas las almas desterradas que dolorosamente se pierden en el mundo musulmán.

J. Madaule