Gianfrancesco Loredan

Nació en Venecia el 28 de febrero de 1607 y murió en Peschiera el 13 de agosto de 1661. La jactancia, el ingenio, el temperamento licencioso, la hi­pocresía y el convencionalismo verbal adap­táronle bien a su siglo. Actuó en política, y fundó con algunos colegas una academia literaria. A los dieciséis años publicó Bro­mas geniales (v.), y más tarde El cementerio (v.), en colaboración con su amigo Pietro Michele. Tanto estas obras como las res­tantes (las novelas Dianea, Erisandra y Ada­mo, las narraciones Novelle amorose, las comedias L’incendio y La turca, y otras páginas sobre temas muy variados) presen­tan escaso interés. Fueron también propios del ambiente contemporáneo su antiespaño­lismo algunos indicios de positivismo y sus textos religiosos (Vita di S. Giovanni Orsini, Vita di Alessandro III pontefice massimo, etc.).

M. T. Dazzi

Abū Naṣr ibn Jāqān

Escritor arabigo- español. Vivió entre los siglos XI y XII; era natural de una aldea de la región de Jaén; su muerte se sitúa entre 1134 y 1140. Nuestro autor fue un tipo más bien estra­falario, pobre, errante, borracho y muje­riego, indolente y vividor, especie de bufón que medraba de lo que podía arrancar con sus excentricidades y zalemas a los prín­cipes y poderosos. Su vida desordenada le ocasionó la pérdida de un cargo público bien retribuido; con frecuencia se presen­taba en casas y tertulias en estado de em­briaguez, lo que en cierta ocasión le costó el encarcelamiento.

Procaz y fanfarrón, se vanagloriaba de sus altas amistades y de los regalos recibidos a cambio de sus adu­laciones de palabra y por escrito. Viajó por toda España y pasó a Marruecos, donde murió asesinado en la habitación de una posada; parece que fue víctima de la ven­ganza de algún poderoso señor a quien ha­bía molestado con sus mordacidades. Escri­bió la antología literaria Qalā’id al- ‘iqyān (v.), compilación dedicada al soberano almorávide, que recoge versos y dichos inge­niosos de literatos antiguos y contemporáneos, y Matmah al-Anfus (v.), del mismo carácter que la anterior. Ambas obras están escritas en prosa rimada y su lenguaje es puro y elegante.

J. R. Manent

LA OTRA REALIDAD

Agustín Kong,
Barceloba. Livin’ Leaving la vida blogger
Penguin Random House, 2017, 365 págs.

por Anna Rossell

Agustín Kong se presenta en la escena literaria con una novela (la primera que publica, no la primera que escribe), que nos sumerge en el submundo de las redes sociales y los blogs. Un mundo paralelo, el único para quien vive en él y de él. Y hay que ser experto en su código específico, lingüístico y estratégico, altamente especializado, para sobrevivir en un universo donde impera la rivalidad feroz de los egobloggers, en su pugna por convertirse en influencers, ganar followers y hasta haters, en la medida en que estos revalorizan su marca a partir de hashtags, instagramers, trend topics, youtubers, hipsters, swaggers… todo vale, si ello ayuda a escalar el éxito basado en la fachada, en la construcción del personaje al dictado de lo que vende en el ultimísimo momento. Son las reglas del juego, las más salvajes de un mercado basado en la fachada, lo superficial, la mentira. La novela es un retrato de esta otra realidad virtual, que ha ido ganando espacio a la tradicional para imponerse como única y definitiva a golpe de generación.

Eva Gris, cuarentañera egobloguera de éxito, inventora de la dumping pose, antes enfermera, que sueña con ser escritora, nos pasea por los subambientes de Barcelona, acompañada de la representante de su agencia, que saca partido de su encumbramiento en las redes sociales para negociar con marcas de todo tipo vendiendo su imagen en lugares estratégicos de la ciudad condal.

La novela, escrita en primera persona, se compone de una amplia variedad de tipos de texto: notas de Eva, textos subidos a las redes, vídeos en youtube, conversaciones telefónicas, whatsapps… Los textos son un reflejo del mundo que el autor quiere transmitir: una vida sin privacidad, donde impera la sobreexposición de una figura construida para el escaparate, a base de falacia.

Es indudable que Kong maneja bien el mundillo, lo conoce bien y lo presenta tal cual sin pretensión moralizante. Mucho contribuye a ello el registro lingüístico por el que apuesta: un lenguaje frívolo, a menudo irónico, que, por su frivolidad, confiere al texto la misma superficialidad que aparentemente pretende denunciar, y que, por la ironía que acompaña a menudo los pensamientos de Eva, da fe de la conciencia social que la define. Sin embargo el personaje hace el juego a lo que parece reprobar sin que manifieste una posición crítica ostensible. Esta ambigüedad de la protagonista, con quien simpatiza el autor, que no abandona el registro liviano, se impone, y acaba por prevalecer la superficialidad. A ello contribuye el hecho de que la novela se recrea en lo reiterativo, innecesario, en tanto que la historia no requeriría tantos capítulos para transmitir lo esencial. La novela sucumbe a la reiteración, en mi opinión forzada, por la voluntad de embutir en la narración todos los barrios emblemáticos de Barcelona, en los que los ambientes insustanciales y cínicos se manifiestan supuestamente con matices diferentes, matices que por su trivialidad no tiene interés plasmar de más.

Sin embargo, la novela tiene muchas virtudes: nos permite conocer subculturas urbanas (no solo barcelonesas) ignoradas por buena parte de los lectores, en el lenguaje que los caracteriza, de modo desenfadado. Kong domina el registro por el que opta y sabe mantener el gusto del lector por la justa dosis de mordacidad con que adoba la narración. La técnica narrativa logra transmitir el ritmo frenético —capítulos cortos, frases breves, que transcriben la ausencia de vida privada (hasta la muerte de una amiga y la recuperación de los otrora sensibles nexos de amistad se ven envueltos en la maraña de la red insustancial que determina la cotidianidad del personaje— dan fe del tempo enajenado en que vive inmersa la protagonista, prototipo de un perfil no emergente, sino consolidado, como el de Celia Fuentes, persona real que se suicidó el pasado año «porque todo era fachada y se sentía sola», víctima de las consecuencias de esta vida carente de valores y metas, que atrapa y engulle a quien se deja.

La novela tiene el mérito de plasmar literariamente, con mucho realismo, esta otra realidad. Agustín Kong sabe escribir y tiene buen olfato. Su escritura promete, si madura y no hace concesiones a la tiranía que plasma en .

© Anna Rossell
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Manuel Eduardo de Gorostiza

Poeta mexicano nacido en Veracruz en 1789, murió en Tacubaya en 1851. Hijo del gobernador es­pañol de Veracruz, es llevado a España a los cinco años y allí se educa y se forma; estudia la carrera militar, se bate contra las tropas napoleónicas en la guerra de la Independencia y llega a coronel; en 1814 se retira del ejército. Pero es un hombre de espíritu liberal y de alma mexicana; y cuando el absolutismo fernandino le hace salir de España en 1821, G. vuelve sus ojos hacia su patria de origen en busca de liber­tad y se pone al servicio del país donde nació para convertirse en uno de los mexi­canos más ilustres de su época.

Dirigió la negociación de los tratados diplomáticos de la nueva República con las diversas poten­cias extranjeras, representó a México en los Estados Unidos (1836), fue ministro de Hacienda, de Relaciones Exteriores, y com­batió con las armas en la mano la interven­ción norteamericana (1841). Es decir, luchó primero en España y después en México, por la libertad y la independencia. Su for­mación literaria era netamente española, pero su teatro es una proyección singular del teatro moratiniano en México; y en México no sólo escribe G. comedias originales y refundiciones, sino que se convierte ade­más en empresario teatral.

La mayor parte de su producción literaria es de su juven­tud. Entre sus comedias han merecido espe­cial estudio Indulgencia para todos (v.), Las costumbres de antaño (v.) y Don Dieguito (v.); siguen la misma orientación moratiniana Tal para cual o las mujeres y los hombres y las comedias en prosa Contigo, pan y cebolla y Don Bonifacio; se advierte la in­fluencia de Juan Francisco Regnard en El Jugador, y el autor empresario no vacila en acudir personalmente a refundir a los clásicos en busca de obras para su escena (Calderón, Rojas, Lessing, Scribe, etc.). Mu­rió pobre y olvidado. De cuando en cuando se le reivindica tanto en España como en México, pero también es frecuente que se le olvide o desdeñe en uno y otro país.

J. Sapiña

Melchiorre Gioia

Nació en Plasencia el 17 de septiembre de 1767, murió en Milán el 2 ‘de enero de 1829. Estudió en el Colegio Alberoni, y fue ordenado sacerdote en 1793. En 1796, a causa de una disertación sobre el tema: «¿Qué gobierno libre conviene más a la felicidad de Italia?», fue expulsado de la Administración general de Lombardía y encerrado en las prisiones del Santo Ofi­cio.

Bien pronto, sin embargo, la Repú­blica Cisalpina, proclamada en 1797, le devolvió la libertad. La disertación, enviada a Milán, había sido premiada y el Consejo de los Juniors lo solicitó como redactor. Después de breve vacilación, Gioia se dirigió a Milán, donde, habiendo colgado los hábi­tos, fue nombrado ciudadano de la Repú­blica. Después de haber renunciado al cargo de redactor en el Consejo de los Juniors, se entregó al periodismo y fundó con Foscolo y con Giacomo Breganze el Monitore italiano, publicando gran cantidad de opúsculos para criticar los abusos de po­der del gobierno. Una carta dirigida al du­que de Parma en la que protestaba contra la prisión que había sufrido y en la que solicitaba ocho mil liras de indemnización por el encarcelamiento de Plasencia, le va­lió una nueva prisión a principios de abril de 1799, a instigación del agente de Parma en la República Cisalpina y del ministro de España.

Pero después de la batalla de Marengo, recuperó G. la libertad y, vuelto a Milán, fue nombrado cronista de la segun­da República Cisalpina. En 1803, a causa de un libro escrito por él para defender el divorcio (Teoría civil e pénale del divorzio) fue destituido de su cargo de cronista. Pero cuando se estableció el reino itálico (en 1805), Gioia fue nombrado primero em­pleado de policía y luego director del Servi­cio de Estadística del Ministerio del In­terior. A consecuencia de nuevas críticas sufrió nuestro autor nuevas persecuciones, pero en 1811 fue llamado a Milán por Vaccari, ministro del Interior, quien le confió la compilación de las estadísticas de los departamentos del reino. Atendía a este tra­bajo cuando sobrevino el derrumbamiento del reino. Se retiró entonces a la vida pri­vada y publicó varias obras de Economía política, de Sociología y de Ideología. Su última obra fue la Filosofía de la estadís­tica (v.).

G. Capone Braga