Esteban Zaitay

Protagonista del re­lato en verso de József Gvadányi (1725- 1801), Viaje a Buda de un notario de aldea. (v.). Esteban Zaitay es un hidalgüelo pro­vinciano que, en Buda, observa con doloroso estupor que la ciudad, en su mayor parte habitada por alemanes, ha perdido total­mente su carácter nacional.

Escandalizado y decepcionado, el notario anda por la ciu­dad como si se hallara en otro mundo y no se abstiene de comunicar sus observaciones a todos cuantos encuentra. Aparte de los motivos cómicos, hay verdadera poesía en su ingenuidad de viejo cuño, y en su con­servadurismo que se convierte en elemento positivo para un pueblo que en el progreso ve una amenaza de desnacionalización.

Es­teban Zaitay es también el personaje prin­cipal de la comedia El Notario de Peleske (v.) de József Gaal (1811-1860). Pero el teatro lo disminuye, convirtiéndole en ri­dículo tipo de provinciano retrógrado que choca con la cultura de la capital y llega incluso a interrumpir, en su ingenuidad, una representación de Otelo.

M. Benedek

Estebanillo González

Protagonista de La vida y hechos de Estebanillo Gon­zález (v.). La obra, que está dedicada a Octavio Piccolomini, duque de Amalfi, se presenta como una autobiografía, según el acostumbrado esquema de la novela pica­resca; y como existen pruebas documenta­les de la existencia real de un bufón lla­mado Estebanillo González que estuvo al servicio de los Piccolomini, se tiende a con­siderar la biografía como auténtica, aunque con algunos rasgos caricaturescamente exa­gerados.

Estebanillo se define como «hom­bre de buen humor». Pero su humorismo está muy lejos de la cordialidad de Lazarillo (v.) o de la sátira, por atroz que sea, de un Guzmán de Alfarache (v.) o de un Pablos de Segovia (v.). Su bufonesca co­micidad no oculta ninguna intención sa­tírica o moralizadora, sino que nace de una absoluta insensibilidad moral. Esteba­nillo lleva hasta el extremo la indiferencia del pícaro por todo cuanto no se refiere a su comodidad general. Su rasgo caracte­rístico es una verdadera manía de errabundeo, que le impide detenerse dondequiera que sea por más tiempo del que le permiten sus proezas (que en general es siempre poco).

Desde su niñez, las seducciones de la vida picaresca le llevan lejos de la casa paterna y le empujan a una vida errante y aventurera; siempre al margen de la so­ciedad y sin aceptar sus leyes, hace todos los oficios para no dedicarse a ninguno. Así le vemos sucesivamente barbero, cirujano, marinero, rufián, soldado, sacamuelas, ta­húr, vivandero, siempre ladrón, a menudo desertor, y finalmente correo real. Su cam­po de acción va desde España a Portugal, a Italia, a Francia, a Flandes y Alemania, a Polonia y a Rusia.

Pero si en la impos­tura sólo empeña su talento, en la bufo­nería alcanza verdaderamente el arte. Como él mismo dice: «mi oficio es el del buscón y mi arte el de la bufa». En efecto, diríase que Estebanillo opone deliberadamente al mundo heroico de la guerra de los Treinta Años, con sus colosales figuras trágicas, como el Wallenstein (v.) evocado por Schiller, su sarcasmo de antihéroe. Constante­mente está exaltando su cobardía y cuando puede tumbarse al sol con la barriga llena de vino nada le importan la patria, ni el Turco, ni la religión, ni el honor. Las mu­jeres le interesan poco y prefiere entre­garse al hurto, a la estafa y al engaño.

Sin embargo, no es capaz de matar. Su divisa es «No matar, pero sí robar» y la vista de la sangre le da escalofríos siempre que no es él quien la hace brotar del rostro de sus clientes cuando se hace pasar por con­sumado barbero. Como soldado, procura ob­tener siempre el puesto mejor y más segu­ro: vivandero, asistente, furriel, etc., y pasa el tiempo de sus no pocas batallas escon­dido lo mejor que puede. Ello no le impide después exaltar sinceramente las victorias españolas, y proclamar mentirosamente las propias, trompeteando a los cuatro vientos maravillosas empresas contra enemigos que no pueden desmentirle y presentándose siempre al reparto del botín, como si tu­viera derecho a él.

En esta cínica repre­sentación de sí mismo, en esta caricatura de todo lo heroico, Estebanillo puede con­siderarse como la identificación de una persona humana de rasgos bien definidos, y, por lo tanto, logra aquella vitalidad novelesca que inútilmente persigue en la acu­mulación de toda clase de acontecimientos y aventuras.

C. Capasso

Esteban el Loco

[Bolond Istók]. Per­sonaje proverbial húngaro, acerca del cual nada más se conserva una frase: «sólo nos echó un vistazo como Esteban el Loco en Debrecen». Su figura se mantuvo viva en la conciencia popular gracias a dos poesías.

La primera es un breve poema titulado con su nombre (v.), de Sándor Petófi (1823- 1849), que nos lo presenta como un joven vagabundo, que en todas las adversidades conserva su optimismo, sabe ser feliz y crea la alegría a su alrededor. Su divisa es: «No se puede morir antes de haber sido feliz». La segunda obra es otro breve poema incompleto de János Arany (1817-1882), que lleva el mismo título.

El primer canto (1850) narra el nacimiento del protagonista, con un naturalismo que recuerda El apóstol (v.) del mismo autor y con un humorismo algo amargo. El carácter de Esteban se di­buja en el segundo canto (1873), que es una encubierta autobiografía del poeta y describe las primeras grandes desilusiones del joven tímido e inexperto en el arte dramático y en el amor.

Este Esteban el Loco convertido en intelectual nada tiene que ver con el personaje optimista de Petofi y sólo se enlaza con él por su limpidez interior, por aquella implícita buena fe en la que Arany gustaba de ver el fundamento de su propio carácter. También llevó el tí­tulo de «Esteban el Loco» un semanario humorístico fundado en 1878, muy popular durante varios decenios y en cuya portada figuraba la imagen del goliardo de Debrecen.

M. Benedek

San Esteban

La lapidación de San Esteban figura en la Divina Comedia (v. «Purgatorio», c. XV), en forma de visión. Su relato se reduce a unos pocos versos (106-114).

La serenidad aumenta a medida que nos acercamos a la cumbre; mejor dicho, esa serenidad, un clima alto, angélico y casi sagrado, que poco a poco va alejando hacia el fondo a la furibunda muchedumbre, a los gritos y a los golpes, es el tema fundamental del pasaje. Las gentes, pues, armadas de pie­dras y encendidas de ira, rodean a un jo­ven, le golpean y le dan muerte, mientras uno grita a otro, únicamente: « ¡Martirízale, martirízale!» Abre el episodio la manse­dumbre del inerme joven y la multitud que se arroja sobre él, llenando la escena y manifestándose todavía más temible en su unánime invocación al martirio.

Pero basta que prosiga el discurso: «Y él veía…»: la figuración se traslada al lado del már­tir y le coloca en primer plano; los actos de San Esteban — no cae, sino que se in­clina hacia tierra por la muerte que ya pesa sobre él, pues incluso la muerte ad­quiere contornos serenos, musicales y an­gélicos — trazan a su alrededor un aura fervorosa y celeste de silencio. Y en esa zona, mientras la muerte se acerca y arre­cia la «guerra», San Esteban se guía mi­rando siempre al cielo y orando con aquel rostro que provoca compasión. «Siempre»: no vuelve los ojos ni hacia la tierra ni hacia sus perseguidores: la muchedumbre está ya lejos.

El poeta describe el sacrificio con la solemne gravedad de un rito. Los hechos de los Apóstoles (v.) llaman «vir» y «homo» a San Esteban, a quien el poeta en cambio representa como un joven. ¿Por qué? Por un error de memoria, responden los comen­taristas, o por influjo de la pintura cris­tiana que, en efecto, representa general­mente al protomártir en edad juvenil. En realidad, la razón más auténtica de esa di­ferencia reside en el diverso modo de si­tuar al personaje fundamental.

En los He­chos, San Esteban no sólo tiene jerarquía de hombre, sino estatura: su historia está totalmente acordada sobre el motivo de su tempestuosa gallardía; con talla de «hom­bre» se enfrenta con sus jueces en el con­cilio, y habla con energía, y les ataca («du­ra cerviz», «homicidas», «traidores») con vi­ril energía. Es una figura más heroica que digna de compasión, más magnánima que mansa. Y por encima de su muerte tras la furiosa lapidación, destaca su lucha de hombre contra otros hombres.

No está des­armado: profetiza con elocuencia torren­cial, define con lógico raciocinio, ve a Dios («vidit gloriarn Dei»), habla en nombre de Dios. Incluso en la muerte, la nota que domina es la «apostólica»: la muerte está llena de solemne y sacerdotal dignidad: el mártir ora, hinca la rodilla en tierra, in­voca al Señor a grandes voces («clamavit voce magna: Domine…»), y se duerme en Él. Dante envuelve en el silencio la muerte de su personaje. Por ello es justo hablar de dos personajes distintos: el uno, el de los Hechos, domina la escena con su heroico vigor; el otro, el de Dante, con su angé­lica mansedumbre.

P. Baldelli

San Esteban

Cuando lo­gró su primer mártir, la iglesia estuvo com­pleta: el primer mártir, la última piedra. Fue en el año 36, en Jerusalén, junto al templo profanado.

La muerte del diácono Esteban se narra en Los hechos de los Após­toles (v.). Su gloria fue doble: la de ser el primero y la de entrar en la historia por boca de Dios, por la Escritura revelada. «Esteban, lleno de gracia y de fortaleza, obraba prodigios y suscitaba grandes señales entre el pueblo». Era uno de los siete diá­conos de Jerusalén, consagrados por los apóstoles, casi encarnaciones de la caridad, al modo como los obispos encarnaban la fe y los fieles la esperanza.

Pero las tres vir­tudes circulaban por toda la Iglesia, y Es­teban, el ministro de los pobres y de las obras, cumplió su obra suprema muriendo en la sabiduría por la Sabiduría: sus ene­migos, los hebreos helenizados, «no podían resistir a la Sabiduría ni al Espíritu que hablaba». Y Esteban era «el Espíritu que ha­blaba». Esa palabra divina fue la que le llevó ante el sanedrín, y allí, en el umbral del martirio y del Paraíso, el Espíritu ha­bló en él por última vez. Fue el más im­portante discurso de Esteban: «Mirándole fijamente, todos cuantos estaban sentados en el consejo, vieron su rostro como el ros­tro de un ángel».

La gracia de su paz era tan viva que penetraba incluso en el mundo diabólico que le rodeaba, y los propios ju­díos adivinaban en él la naturaleza angélica. Esteban lo olvidó todo de pronto, se olvidó de sí mismo y del odio que le rodeaba, y empezó a hablar cariñosamente, como diá­cono de caridad: «Hombres, hermanos y pa­dres, oídme: el Dios de la Gloria se apare­ció a nuestro padre Abraham». ¿Qué de­fensa, qué elocuencia? Bastaba la historia de Israel: los profetas, los mártires, una limpidez de espejo.

En aquel espejo apa­reció^ Cristo, y acaso también él: Esteban. Moisés (v.) «pensaba que sus hermanos comprenderían como Dios por su mano les daba la salvación, pero ellos no le enten­dieron». También Esteban lo pensaba y ellos no le entendieron. El Dios que no tiene Templo porque todo es Templo para él («el cielo es mi trono y la tierra escabel de mis pies»), el Dios de Esteban, había sido muerto violentamente a manos de aquellos hombres. «Os resistís constante­mente al Espíritu Santo: como hicieron vuestros padres hacéis vosotros. ¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros pa­dres?» El diácono había comprendido: Israel sólo era fiel a la lógica de su raza, como sus padres.

El sanedrín estaba irritado, Es­teban juzgaba y los jueces se revolcaban en el furor. Estaban más abajo que la muerte, se hallaban en el infierno que si­gue a la muerte: «prorrumpiendo en gritos, se taparon los oídos». Es el ademán dantesco de la condenación: la verdad es de­masiado grande, no puede desaparecer ni morir. Contra su inmensidad no hay más que la inmensidad del mal, pleno, cons­ciente, de quien rehúsa. Se taparon los oídos porque oían la verdad, y lo sabían, pero la rehusaban.

Esteban, por su parte, se hallaba en el otro polo del ser: «He aquí que veo los cielos abiertos, y el Hijo del Hombre sentado a la diestra de Dios». Y las piedras caían sobre él y él se aproxi­maba al éxtasis eterno: «Y doblando las rodillas, gritó en alta voz: ‘Señor, no les imputes este pecado’. Y tras estas palabras se durmió en el Señor». Había entrado en su casa, bajo las piedras, en un milagroso sueño, como el sueño del grano bajo la gleba; ya lo había dicho Jesús: «Si el gra­no no muere…». Allí cerca, un joven fa­riseo guardaba las túnicas de los verdugos, «consintiendo en su muerte». Aquel joven judío se llamaba Saulo y era natural de Tarso (v. Pablo).

P. De Benedetti