Manuel Eduardo de Gorostiza

Poeta mexicano nacido en Veracruz en 1789, murió en Tacubaya en 1851. Hijo del gobernador es­pañol de Veracruz, es llevado a España a los cinco años y allí se educa y se forma; estudia la carrera militar, se bate contra las tropas napoleónicas en la guerra de la Independencia y llega a coronel; en 1814 se retira del ejército. Pero es un hombre de espíritu liberal y de alma mexicana; y cuando el absolutismo fernandino le hace salir de España en 1821, G. vuelve sus ojos hacia su patria de origen en busca de liber­tad y se pone al servicio del país donde nació para convertirse en uno de los mexi­canos más ilustres de su época.

Dirigió la negociación de los tratados diplomáticos de la nueva República con las diversas poten­cias extranjeras, representó a México en los Estados Unidos (1836), fue ministro de Hacienda, de Relaciones Exteriores, y com­batió con las armas en la mano la interven­ción norteamericana (1841). Es decir, luchó primero en España y después en México, por la libertad y la independencia. Su for­mación literaria era netamente española, pero su teatro es una proyección singular del teatro moratiniano en México; y en México no sólo escribe G. comedias originales y refundiciones, sino que se convierte ade­más en empresario teatral.

La mayor parte de su producción literaria es de su juven­tud. Entre sus comedias han merecido espe­cial estudio Indulgencia para todos (v.), Las costumbres de antaño (v.) y Don Dieguito (v.); siguen la misma orientación moratiniana Tal para cual o las mujeres y los hombres y las comedias en prosa Contigo, pan y cebolla y Don Bonifacio; se advierte la in­fluencia de Juan Francisco Regnard en El Jugador, y el autor empresario no vacila en acudir personalmente a refundir a los clásicos en busca de obras para su escena (Calderón, Rojas, Lessing, Scribe, etc.). Mu­rió pobre y olvidado. De cuando en cuando se le reivindica tanto en España como en México, pero también es frecuente que se le olvide o desdeñe en uno y otro país.

J. Sapiña

Melchiorre Gioia

Nació en Plasencia el 17 de septiembre de 1767, murió en Milán el 2 ‘de enero de 1829. Estudió en el Colegio Alberoni, y fue ordenado sacerdote en 1793. En 1796, a causa de una disertación sobre el tema: «¿Qué gobierno libre conviene más a la felicidad de Italia?», fue expulsado de la Administración general de Lombardía y encerrado en las prisiones del Santo Ofi­cio.

Bien pronto, sin embargo, la Repú­blica Cisalpina, proclamada en 1797, le devolvió la libertad. La disertación, enviada a Milán, había sido premiada y el Consejo de los Juniors lo solicitó como redactor. Después de breve vacilación, Gioia se dirigió a Milán, donde, habiendo colgado los hábi­tos, fue nombrado ciudadano de la Repú­blica. Después de haber renunciado al cargo de redactor en el Consejo de los Juniors, se entregó al periodismo y fundó con Foscolo y con Giacomo Breganze el Monitore italiano, publicando gran cantidad de opúsculos para criticar los abusos de po­der del gobierno. Una carta dirigida al du­que de Parma en la que protestaba contra la prisión que había sufrido y en la que solicitaba ocho mil liras de indemnización por el encarcelamiento de Plasencia, le va­lió una nueva prisión a principios de abril de 1799, a instigación del agente de Parma en la República Cisalpina y del ministro de España.

Pero después de la batalla de Marengo, recuperó G. la libertad y, vuelto a Milán, fue nombrado cronista de la segun­da República Cisalpina. En 1803, a causa de un libro escrito por él para defender el divorcio (Teoría civil e pénale del divorzio) fue destituido de su cargo de cronista. Pero cuando se estableció el reino itálico (en 1805), Gioia fue nombrado primero em­pleado de policía y luego director del Servi­cio de Estadística del Ministerio del In­terior. A consecuencia de nuevas críticas sufrió nuestro autor nuevas persecuciones, pero en 1811 fue llamado a Milán por Vaccari, ministro del Interior, quien le confió la compilación de las estadísticas de los departamentos del reino. Atendía a este tra­bajo cuando sobrevino el derrumbamiento del reino. Se retiró entonces a la vida pri­vada y publicó varias obras de Economía política, de Sociología y de Ideología. Su última obra fue la Filosofía de la estadís­tica (v.).

G. Capone Braga

Ulises

El mito de Ulises (v.), narrado principalmente en la Ilíada (v.) y la Odi­sea (v.), tiene una tradición poética que desde los más lejanos orígenes llega ininte­rrumpidamente hasta nuestros días. La narración homérica, pasando a los poetas cíclicos, se enriqueció con nuevos elementos que aprovechó también la trage­dia (v. Ayax y Filoctetes de Sófocles, y Cíclope, Troyanas, Hécuba y Orestes de Eurípides). La Eneida (v.) transmitió la figura del héroe a la Edad Media y a nuestra época, pero aparte la gran interpretación dan­tesca que hace de Ulises el símbolo de la humana sed de saber y de la voluntad in­trépida, el mito no recibió contribuciones notables, y la poesía moderna se atuvo casi exclusivamente a los aspectos sentimenta­les de la narración: el regreso del héroe a Ítaca, el episodio de los pretendientes, el reconocimiento de Penélope, etc.

En estos episodios se inspira también El regreso de Ulises a su patria [Il ritorno di Ulisse in patria], ópera de Claudio Monte­verdi (1567-1643), estrenada en Venecia en 1641, según libreto de Badoaro. En el pró­logo aparecen la Humana Fragilidad, el Tiempo, la Fortuna y el Amor. Entre los dieciséis personajes del drama, Ulises, Penélope, Melanto, doncella de Penélope; Eurímaco, amante de Melanto; etc., hay un «papel ridículo», el de Iro, «torpe parásito de los pretendientes de Penélope», tarta­mudo. La mediocridad del libreto provocó la monotonía de gran parte del recitativo. Los trozos en los que se anuncian o des­arrollan afectos fuertes inspiraron muy bien, en cambio, al músico. Así, por ejemplo, el lamento de Penélope, desesperada en su soledad, que, construido estróficamente, re­pite de un modo vario el doloroso estribillo de la invocación «Torna, deh torna». Este lamento rebosa de femenina melancolía, en­cerrado en un estrecho ámbito sentimental, en el que el vehemente deseo, más que la esperanza, es como una vaga luz que rompe las tinieblas. No faltan otros pasajes dra­máticamente poderosos y coherentes.

Tam­bién la acción resulta a veces acompañada con oportuna dinámica vocal e instrumental, como en la matanza de los pretendientes. Los personajes secundarios tienen páginas notables. En conjunto, la ópera es bastante débil. Hubo hasta quien dudó de que fuese de Monteverdi. Una edición moderna diri­gida por Luigi Dallapiccola fue usada en la representación de la ópera que tuvo lu­gar en Florencia en mayo de 1942.

A. Della Corte

*       En Italia, además de la ópera de Monte­verdi, son notables la Circe (v.) de G. B. Gelli (1498-1563); el poema L’ultimo viaggio di Ulisse de Arturo Graf (1848-1913) y «Il ritorno di Odisseo» en los Poemas convi­viales (v.) de Giovanni Pascoli (1855-1912). También Gabriele D’Annunzio (1863-1938) trata el mismo argumento en su Laus Vitae (v.).

*       En España hubo la comedia Los trabajos de Ulises de Luis Belmonte Bermúdez (1587- 1650); la Circe (v.) de Lope de Vega (1562- 1635); el «auto» Los encantos de la culpa y la comedia El mayor encanto, Amor (v.) de Pedro Calderón de la Barca (1600-1681), estrenada en 1653.

*       En Inglaterra continúan el mito la tra­gedia Ulysses de Nicholas Rowe (1674- 1718), estrenada en 1706; la composición en prosa The Adventures of Ulysses (1808) de Charles Lamb (1775-1834); el monólogo lírico Ulysses (1842) de Alfred Tennyson (1809-1892); The Retum of Ulysses, uno de los ocho dramas publicados por Robert Sey- mour Bridges (1844-1930) entre 1885 y 1893; y, por fin, el Ulises (v.) de James Joyce (1882-1941). En Francia se publicó en 1852 el drama Ulysse de François Ponsard (1814- 1867).

*        En alemania es de 1914 El arco de Uli­ses (v.) de Gerhart Hauptmann (1862-1946).

*       De las obras musicales compuestas sobre la figura del héroe homérico, recordamos el melodrama Ulisse errante de Francesco Sa­crati (16029-1659), estrenado en Venecia en 1644; la ópera Ulysse, París 1703, de Jean Ferry Rebel (16619-1747); el Ulysses (1722) de Reinhard Keiser (1674-1739); el Ulysses und Telemachos de Daniel Gottlieb Treu (1695-1749), Breslavia 1726; la música (1851) de Charles François Gounod (1818 – 1893) para el Ulysse de Ponsard; la ópera cómicaLe retour cL’Ulysse (1889) de Stéphane Kaoul Pugno (1852-1914); el poema sinfó­nico para solos, coros y orquesta II ritomo d’Odisseo de Riccardo Zandonai (1883-1944)

*      En las artes la figura de Ulises está pre­sente en un sinfín de pinturas sobre vasos de la antigüedad. En el Renacimiento tra­taron episodios de su vida Claude Lorrain en dos lienzos (Louvre y Ermitage), Talais- son (Louvre), Rubens (Pitti), Guido Reni (Nápoles) y en 1880 Lucien Doucet.

Torquato Tasso

La figura del gran autor de la Jerusalén libertada (v.), por la tragedia de su genio, que representa la más perfecta reversibilidad entre arte y vida, y especialmente por la leyenda de sus amo­res con Leonora D’Este, ha sido uno de los temas favoritos del Romanticismo, que ade­más de gran número de biografías más o menos noveladas, le dedicó dramas, poe­sías e historias en todas las literaturas. La leyenda, que comenzó mientras el poeta aún vivía, al tiempo de su cautiverio en Santa Ana, apareció después de su muer­te en la biografía que el jurista napolitano G. P. D’Alessandro hizo preceder (1604) a su examen crítico de la Jerusalén, y aparece con todos sus fantásticos elementos en la Vida (1621) que escribió otro napolitano, Giambattista Manso (1560-1645), al que Tasso dedicó uno de los Diálogos (v.): «De la amistad» [«Dell’Amicizia»].

Prometeo

Prometeo, el que trajo el fuego a los hombres, es una de las más grandiosas figuras que brotaron de la pro­fundidad del mito, y tiene una tradición literaria y artística que desde la más lejana antigüedad clásica se extiende sin interrup­ción hasta nuestros días. Dios del fuego en su origen, poetas y mitógrafos lo revistie­ron de los más complicados significados filo­sóficos y morales, haciendo de él un símbolo del espíritu humano, en su anhelo hacia la luz y la libertad.