Psiquis

[Psyches]. Protagonista de la fábula de Apuleyo de Madaura (hacia 125-180?) Amor y Psiquis, inserta en sus Metamorfosis (v.).

El Alma del mito de Amor que aquel antiguo escritor platónico tomó de su fantástica religiosidad, ha lle­gado hasta nuestros días, tratada por dis­tintos escritores como Firenzuola y Pasco- li. Amor o Cupido, el dios que ama a una muchacha que debe morir, y Psiquis, la virgen más bella que Venus, que vivió en tiempo de los dioses, dan pie a una his­toria por completo urdida sobre la impo­sibilidad de su adecuación y sobre la ne­cesidad de su recíproco afecto. Así, la jo­ven alojada en el castillo divino se siente oprimida por el misterio de lo invisible. A su alrededor no hay más que una voz «desnuda de cuerpo»: ni una sirvienta, ni una compañera. Las voces la sirven, el oro la rodea, y una invisible presencia vi­ril la hace mujer.

Pero el ansioso colo­quio con la esfera del espíritu se rompe: Psiquis se acerca a aquel esposo cuyo ros­tro ignoraba, enciende una luz y lo con­templa. Y al momento una gota de aceite caída del candil despierta al dios, que abandona a su amada. Entonces empieza la vía purgativa, la ascesis de Psiquis, que en el duelo y en la humillación infligidos por Venus, en la esclavitud y en el aban­dono sobrenatural, busca aquello que perdiera. Le falta la gracia, los dioses huyen de ella, el Amor herido es inaccesible, pero Psiquis, tras haber visitado el infierno, lo­grará encontrarle, gracias al favor de Jú­piter. «Y de este modo Psiquis llegó a ma­nos de Amor. La cual, cuando sobrevino el momento del parto, dio a luz aquella encantadora hija a quien nosotros llamamos Voluptuosidad».

La alegoría sería transpa­rente, si la hubiera: pero esa doncella, que se llama Alma, es como ciertas alegorías dantescas, de las que se puede afirmar esto o aquello, pero que viven realmente en su personal y viva humanidad. Amor y Psi­quis, el principio activo y el principio pa­sivo, o la comunión mística de lo divino y lo humano, o sencillamente la ascesis que los platónicos llamaban catarsis ética: el alma que sucumbe a la tentación de los sentidos, y a través del infierno y del cie­lo, dantescamente, se redimen. ¿Pero qué sería entonces Psiquis? Una figura filosoficoteológica, que no se iluminaría jamás con los colores de la fábula.

Y en realidad Psiquis es ciertamente el Alma, pero «un alma» que aportó a su amor demasiado peso de carnalidad: de ahí su caída, y finalmente la paz unitiva. Y aquí aparece realmente la alegoría del alma, que del amor obtiene la voluptuosidad: pero la fábula ha termi­nado y la débil muchacha enamorada, pa­ciente y de divino rostro, se convierte en aquella pascoliana apariencia «más tenue que el humo que sale de la casa, y que cuando no sale, la gente dice que la casa está vacía». Ya no se trata de una historia de Amor, sino de una historia de Muerte. Y la muerte no da pie a la fábula. La an­tigua virgen que celebra sus nupcias en lo invisible desaparece frente a la eternidad que no es la suya, a la eternidad de «el otro».

Entre los dos polos, en todos sen­tidos opuestos, de Apuleyo y de Pascoli, narraron el mito de Psiquis infinitas voces, desde Fracastoro a Lamartine. Rafael la pintó y Cano va, según el modelo de los antiguos, la esculpió. Pero su verdadera riqueza se vertió por otros caminos, en dos filones distintos: la fabulística popu­lar, de donde tal vez había surgido en otro tiempo el mito — y de ahí la Cenicienta y Belinda—, en una vinculación, como pue­de verse, puramente pragmática, y por otro lado la especulación, que en la teología y en la filosofía busca aquellos sentidos que tal vez Apuleyo quiso suponer, más allá de la belleza: y he aquí las aventuras espirituales del alma que se redime. Tema platónico y luego cristiano, si leemos «gra­cia» donde se leía «Alma» y «Amor».

P. De Benedetti