Ragnar Lodhbrók

Vikingo danés del siglo IX, que murió en la costa escocesa el año 866. En torno a su figura no tardó en florecer la leyenda, enriquecida con mo­tivos tomados ya del ciclo nibelungo, ya de la Eneida (v.) virgiliana (tema de Dido), ya de fuentes novelescas (Ragnar y Kráka) o de otro género (leyendas locales, etc.).

A fines del siglo XIII esas heterogéneas his­torias rebosantes de acontecimientos mara­villosos fueron reducidas a una unidad de composición literaria por un escritor islan­dés, que logró no pocas veces dar a su relato una vivaz y brillante exposición. De muy joven, Ragnar, a quien su chaqueta y calzones de pelo hervido en la pez han va­lido su sobrenombre de «Lodhbrók», da muerte a una enorme serpiente, en premio de lo cual se casa con Thora, hija de un príncipe de Gotland, la cual muere al poco tiempo, dejándole dos hijos: Eirik y Agnar. Durante una expedición de los vikingos a Noruega, Ragnar oye hablar de una bellí­sima doncella, Kráka (sobrenombre que significa «la corneja»), o sea, en realidad, Áslaug, hija póstuma de Sigfrido y de Brunilda (otro evidente elemento adventi­cio de origen nibelúngico).

Ragnar le en­vía un sibilino mensaje rogándole que vaya a verle ni vestida ni desnuda, ni en ayunas ni tras haber comido, ni sola ni acompa­ñada. Y Áslaug se presenta envuelta en una red de pesca, con una brizna de hierba en la boca y escoltada por el perro de los viejos campesinos junto a los cuales se educó. Áslaug y Ragnar se casan en Dinamarca, y de esas bodas nacen varios hijos, el mayor de los cuales, Ivar, es tan flaco que le llaman «beinlauss», o sea «sin hue­sos», pero inteligente y animoso. Durante un viaje a Suecia, Ragnar se enamora de Ingebjorg, hija del rey Eystein, aventura que no es ignorada por Kráka, que heredó de su padre la facultad de comprender el lenguaje de los pájaros. Entonces Kráka revela a Ragnar su verdadera personalidad y le confiesa ser hija de Sigurd (Sigfrido). El hijo que tendrá llevará una serpiente alrededor de los ojos y se llamará Sigfrido («Sigurdr ormr í auga», «serpiente en el ojo»). La truncada aventura amorosa de Ragnar e Ingelbjorg provoca la enemis­tad del rey Eystein.

Los dos primeros hi­jos del primer matrimonio de Ragnar par­ten en Guerra contra el rey y mueren; sus hermanastros, juntamente con su ma­dre, se vengan dando muerte al rey sueco. Más tarde, Ragnar quiere invadir Inglate­rra, y Áslaug, tras haber en vano tratado de disuadirle, le da un vestido que ha de hacerle invulnerable (derivación de la «piel de cuerno» de Sigfrido). En Inglaterra, Ragnar cae prisionero del rey Ella y es arrojado a un foso lleno de serpientes (re­petición del tema de Gunnar-Gunter, v.), donde muere heroicamente. Mientras está en el foso, el poeta pone en su boca el breve poema Krákumál, obra notable, in­dependiente de la leyenda y tal vez compuesta en las islas Oreadas. G. Prampolini

Rafael Olbromski

[Rafal Olbromski]. Personaje alrededor de cuyas aventu­ras se desarrolla la acción de la gran epo­peya de Polonia en tiempo napoleónico, que narra Stephan Zeromski (1864-1925) en su novela Cenizas (v.), y que reaparece en la novela Todo y nada (v.) y en el drama Turón.

Nacido en una familia de hidalgos campesinos, Rafael vive una juventud se­rena, que llenan el amor por su tierra y una ardiente pasión por la bellísima prin­cesa Elena. Expulsado de la casa paterna por la dureza de los suyos, empieza un largo vagabundeo que habrá de durar años. Pasa algún tiempo junto a su hermano Pe­dro, figura ideal de soldado de Kosciuszko, entusiasmado por las nuevas teorías socia­les que estremecen los últimos años del siglo XVIII, y luego al lado del príncipe Gintult, magnate de grandes y nobles ideas, afiliado a la masonería. Un breve parénte­sis trágico de amor con Elena, a la que encuentra ya casada, le lleva al país de los tártaros; pero, atacado por unos bandi­dos y capturado juntamente con éstos, es encarcelado y logra a duras penas la li­bertad.

Un pariente y amigo suyo, Cristóbal Cedro, le socorre y le da hospitalidad, pero la llegada de un veterano de Napoleón, mutilado que ha luchado en las Antillas, decide el destino de entrambos. Duran­te toda una noche el soldado narra sus aventuras, que los dos jóvenes escuchan combatidos por los más opuestos sentimien­tos; pero al amanecer han tomado una de­cisión: huirán atravesando el Vístula, se incorporarán a los ejércitos napoleónicos y lucharán. La empresa está llena de peli­gros, pero es favorecida por la princesa Eli, hermana de Gintult, a la que Rafael adoró en otro tiempo, pagando un momen­to de excesiva audacia con un latigazo en el rostro. Pero ahora la joven le acoge, se conmueve ante su situación y le concede una hora de amor, a pesar de lo cual Ra­fael tiene la suficiente fuerza de ánimo para partir e iniciar la vida de soldado con sus fatigas, durezas y mortales peli­gros.

Toda la campaña de 1806-1807, Danzig y Varsovia, le encuentran bajo las ar­mas; en Varsovia, además, es herido al lado del príncipe Gintult. La guerra le ha transformado profundamente: el joven im­petuoso, voluntarioso y sensual se ha con­vertido en un hombre consciente del valor de la acción, y en todo semejante a aque­llos legionarios que, como Dombrowski, buscan su propia guerra en guerras ajenas, seguros de encontrar algún día, en una encrucijada, la liberación de su patria. Cuando Gintult le dice que asiste a la ba­talla para estudiar los acontecimientos hu­manos, Rafael contesta que a la batalla hay que entregarse por completo, con fe en la eficacia del combate, pues el valor inflexible es la primera virtud del soldado. Salvado cuando iba a ser capturado y fusi­lado, Rafael se esconde, pero apenas resta­blecido se pone a las órdenes de Poniatowski. Al volver de la guerra, se establece en las tierras heredadas de su tío, recons­truye su casa, reanuda la vida de hidalgo campesino… pero, a poco, la abandona.

Ce­dro, que ha luchado en España, donde fue herido, ha visto a Napoleón y le ha ro­gado con entrecortadas palabras que sal­vara a su patria; y ahora viene a llamar a su antiguo camarada para que le acom­pañe a la expedición de Rusia. Tras una breve vacilación, Rafael le sigue. La gue­rra, para el polaco, no termina nunca; sólo quedan cenizas del gran incendio pren­dido por las esperanzas napoleónicas, pero cuando Polonia se subleva en 1831, Rafael Olbromski, que ya no es joven, vuelve a abandonar su tierra y su hijo, encantador muchacho de 10 años, huérfano ya de ma­dre, para llevar a cabo una peligrosa mi­sión que puede costarle la vida. Una vez más, saldrá ileso, pero morirá en 1846 a consecuencia de la revolución de los cam­pesinos, durante la cual Austria pone pre­cio a las cabezas de los nobles (Turón). Más tarde, hallaremos a su hijo fusilado por los rusos en la revolución de 1863 (Río fiel). Entre los numerosos personajes de Cenizas (obra cuyo verdadero protagonista es Polonia), y frente a la inolvidable fi­gura de Pedro, a la noble inteligencia del príncipe Gintult y a la purísima pasión de Cedro por su patria, Olbromski puede parecer un hombre relativamente insignifi­cante.

Pero ese hidalgüelo mediocre, im­pulsivo y ambicioso representa, en medio de los grandes, la anónima muchedumbre de los polacos cuya vida está dominada por los acontecimientos nacionales. Todo lo abandonan para luchar por la libertad: in­tereses personales, amor, familia e incluso los hijos, a quienes legan su herencia de esfuerzo y sacrificio, que no cesarán hasta que se haya llegado a la meta.

M. B. Begey

Arcángel Rafael

[Rěphā’el = Dios cu­ra]. Rafael es el arcángel que en el libro de Tobías (v.) acompaña a Tobías el Joven desde Nínive a Ragúes en Media, libera a la esposa de éste de la presencia del Diablo, y devuelve la vista al anciano Tobías (v.). Sus pasos marcan huellas humanas desde la Asiria semítica a la Media aria; pero la revelación angélica es aparición de un ins­tante, en el capítulo XII, en casa de To­bías.

Y entonces aquel compañero de viaje está ya muy lejos y sus palabras caen como del cielo: «Yo soy el ángel Rafael, uno de los siete que están delante del Señor… La paz sea con vosotros, no temáis… Parecía que yo comiera y bebiera con vosotros, pero en realidad gusto un manjar invisible y una bebida que los hombres no pueden ver. Ha llegado el momento de que vuelva a Aquel que me envió». Su forma humana, su persona y su carácter desaparecen. Ra­fael se nutre de Dios: en su forma seráfica la divinidad se refleja como en el libro de un angélico diácono. La historia de los hombres no volverá a verle: sólo cuando el tiempo esté a punto de morir, Rafael tomará una de las «siete copas de oro lle­nas de la ira de Dios» y la derramará sobre la tierra.

P. De Benedetti

Radamés

Es inútil decir que jamás existió, ni en Egipto ni en ninguna parte, un general de este nombre; pero Radamés, después de Alejandro Magno (v.), de César (v.) y de Napoleón, es quizás el general más famoso del mundo, casi tan conocido como Aníbal, el gran caudillo africano que hubiera podido ser su contemporáneo.

Pero si Radamés no existió jamás, si sus batallas no *se libraron ni siquiera en el mapa y si se ignora por qué virtudes debía ser elegido como defensor del suelo egipcio amenazado por el rey etíope Amonhasro, en cambio amó, en la fantasía de Verdi — animada por los versos polímetros del libreto de Ghislanzoni—, a Aida (v.) y fue amado por ella. Este amor arrastró a la pena de muerte, por involuntaria traición., al generoso soldado, que tras haber derro­tado, en el tiempo que dura un intermedio entre el primero y el segundo actos, las tropas de Amonhasro, se convirtió entre el tercero y el cuarto en un réprobo, y hubo de aceptar la muerte con la frente alta, vencido por el destino, pero con el alma inocente, víctima, o casi, de un burdo error judicial y de su voluntad de no disculparse.

Un general enamorado no podía termi­nar de otro modo: aproximadamente como, en la historia, terminó, suicidándose sobre la tumba de su amante, un general fran­cés que estuvo a pique de convertirse en dictador: el general Boulanger. Un general enamorado, de quien no se conocen las ba­tallas, y que prefiere amar a una negra como la esclava Aida, en lugar de la apa­sionada Amneris, de alabastrina tez e hija del faraón, sólo podía ser un tenor, y tal es, en efecto, en la ópera de Verdi, el tenor más tenor, juntamente con el Manrico (v.) de El trovador (v.), de todos los tenores verdianos. Radamés es la primera víctima, y la más ilustre, de la Venus negra: el primer general y el primer tenor que se pierde por una mujer de los trópicos.

Su ejemplo, por ahora, no ha tenido imitado­res. Toda su vida, incluso su vida de sol­dado, gira alrededor de un solo nombre, el de Aida, desde el momento en que, mien­tras espera saber cuál será el guerrero de­signado para rechazar la amenaza de los etíopes, confiesa con enamorado candor, en una romanza de inspiración un poco fati­gosa pero tan célebre como él, que sólo aspira a aquel mando para poder regresar vencedor y ofrecer a Aida la corona de su triunfo. «Celeste Aida» suspira el enamo­rado general, sin saber que en aquella dulce y morena criatura se encierra la suerte de su país y de su ejército, la de­rrota de su patria y la oprobiosa condena de él mismo, que tan cándidamente canta las alabanzas de aquélla en el pórtico del templo del inmenso Fta. Conmover con la aventura de un general enamorado e im­prudente, traidor contra su voluntad, fue uno de los milagros de Verdi y uno de los mayores milagros de toda la historia de la ópera.

O. Vergani

Rabagas

Protagonista de la comedia de su nombre (v.) de Victorien Sardou (1831-1908), convertido en prototipo del moderno demagogo ambicioso y sin escrú­pulos.

Es el jefe del «partido revoluciona­rio» del principado de Monaco : cuatro o cinco fracasados amigos suyos, que creen realmente tener algún rasgo en común con los hombres de 1789, constituyen el estado mayor de la oposición. Rabagas es el más ruidoso de todos (empezando por su nom­bre, breve y explosivo), y su vacua elo­cuencia no sólo le sirve para ejercer char­latanescamente la profesión de abogado, sino para animar el «partido» y el diario de vanguardia «La Carmañola»: todo ello, en definitiva, para su exclusiva ventaja personal. La «revolución» que Rabagas con­cibe como algo fácil, de opereta, en medio de la perfumada e indulgente atmósfera de la Riviera, no es en rigor más que un pretexto para su medro y la satisfacción de sus resentimientos de antiguo hombre del pueblo.

Como todo charlatán de la política y del periodismo, Rabagas no es más que un ambicioso capaz de enormes apetitos. Un capricho de mujer que quiere ridiculizarle le hace dar un gran salto en su carrera: instalado, como gobernador de Monaco, en el elegante palacio del prínci­pe, y lisonjeado por su flamante título de «excelencia», se dispone inmediatamente a aceptar cualquier componenda, renegando de sus antiguos compañeros y de los «inmortales principios» y transformándose po­co a poco en reaccionario, que se rodea de esbirros, ordena registros, detenciones, car­gas de caballería y… luminarias públicas en su honor, y sueña con la dictadura… Al descubrirse la burla y quedar anuladas todas sus posibilidades políticas, declara que se dirigirá a Francia, donde los hom­bres de su cuño, dice, pueden hacer for­tuna; pero puede creerse que, en pocos de­cenios, el abogado monegasco ha dado la vuelta al mundo, ha encontrado por todas partes los mismos crédulos oídos y tal vez, refinado por sus primeras experiencias, ha llegado a hacer verdaderamente «carrera», quién sabe bajo qué meridiano.

G. Falco