Rabagas

Protagonista de la comedia de su nombre (v.) de Victorien Sardou (1831-1908), convertido en prototipo del moderno demagogo ambicioso y sin escrú­pulos.

Es el jefe del «partido revoluciona­rio» del principado de Monaco : cuatro o cinco fracasados amigos suyos, que creen realmente tener algún rasgo en común con los hombres de 1789, constituyen el estado mayor de la oposición. Rabagas es el más ruidoso de todos (empezando por su nom­bre, breve y explosivo), y su vacua elo­cuencia no sólo le sirve para ejercer char­latanescamente la profesión de abogado, sino para animar el «partido» y el diario de vanguardia «La Carmañola»: todo ello, en definitiva, para su exclusiva ventaja personal. La «revolución» que Rabagas con­cibe como algo fácil, de opereta, en medio de la perfumada e indulgente atmósfera de la Riviera, no es en rigor más que un pretexto para su medro y la satisfacción de sus resentimientos de antiguo hombre del pueblo.

Como todo charlatán de la política y del periodismo, Rabagas no es más que un ambicioso capaz de enormes apetitos. Un capricho de mujer que quiere ridiculizarle le hace dar un gran salto en su carrera: instalado, como gobernador de Monaco, en el elegante palacio del prínci­pe, y lisonjeado por su flamante título de «excelencia», se dispone inmediatamente a aceptar cualquier componenda, renegando de sus antiguos compañeros y de los «inmortales principios» y transformándose po­co a poco en reaccionario, que se rodea de esbirros, ordena registros, detenciones, car­gas de caballería y… luminarias públicas en su honor, y sueña con la dictadura… Al descubrirse la burla y quedar anuladas todas sus posibilidades políticas, declara que se dirigirá a Francia, donde los hom­bres de su cuño, dice, pueden hacer for­tuna; pero puede creerse que, en pocos de­cenios, el abogado monegasco ha dado la vuelta al mundo, ha encontrado por todas partes los mismos crédulos oídos y tal vez, refinado por sus primeras experiencias, ha llegado a hacer verdaderamente «carrera», quién sabe bajo qué meridiano.

G. Falco