Don Ramiro

Es el protagonista de la novela La gloria de don Ramiro (v.), del autor argentino Enrique Larreta (1875- 1961). Aunque nacido en casona hidalga de Ávila, la ciudad de los caballeros y de los santos, sus orígenes son más bien turbios, ya que es hijo de una joven cristiana se­ducida por un moro, que al ultrajarla no pensó más que en vengar en ella un odio que de antiguo tenía para con su padre, linajudo caballero cristiano.

Legitimado por un hidalgo generoso, que se casa con la desdichada doña Guiomar, a pesar de co­nocer su pecado, y marcha luego a buscar la muerte en las guerras de Flandes, Ra­miro crece en un ambiente frío y sombrío, nada acogedor. Su madre, siempre callada y siempre de luto, es una sombra que paga con toda una vida de humillación y de vergüenza el desliz de sus quince años, y que pretende, para redimir a su hijo de la mancha original, hacerle sacerdote. El abuelo ve con antipatía a su nieto bastar­do. Ramiro busca afecto entre los servi­dores, y su imaginación se enciende al oír las proezas que narra un escudero de la casa; sólo sueña en heroísmos y en hechos de armas. Desde su infancia se revelan en él dos rasgos que habrán de ser dominantes en su carácter: el valor, que demuestra dando muerte a un perro rabioso, y la sensualidad, manifiesta en su amor por Bea­triz, hija de Alonso Blázquez Serrano.

Un preceptor suyo, el canónigo Vargas Orozco, le confía una difícil misión de espionaje en el barrio moro, donde Ramiro conoce a Aixa, de la cual se prenda. Sorprendido mientras vigila a los conspiradores, es sal­vado por su padre, que se halla entre aqué­llos y a quien el muchacho, naturalmente, no conoce. Aixa y Gulinar curan sus he­ridas y Ramiro promete a su salvador no denunciar a las mujeres, pero Vargas Oroz­co logra hacerle hablar y los moros, y entre ellos Aixa y Gulinar, son presos y con­denados a muerte. Ramiro sigue soñando en hazañas y aventuras. En Salamanca, a donde ha ido a estudiar, se enamora de Beatriz, que le prefiere a los hermanos San Vicente.

Pero su abuelo, poco antes de morir, revela al padre de aquélla el se­creto del nacimiento de Ramiro y éste, a su regreso de la universidad, se halla, sin saber por qué, alejado de su amada, quien, sensual y ligera, le evita y pone en cambio buena cara a uno de los San Vicente. Ra­miro sorprende a éste cuando se dirige a una cita con Beatriz, le da muerte y, fin­giendo ser él, se reúne con Beatriz, cuya traición castiga estrangulándola con su pro­pio rosario. Huye de Ávila y tras no pocas peripecias, se entera, por su propio padre, de la verdad de su nacimiento. Desespe­rado, abandona la vida de anacoreta que había abrazado tal vez con la ambición de ser un santo famoso, y parte para las In­dias occidentales, donde lleva una existen­cia tempestuosa y aventurera, convirtién­dose en capitán de bandidos, hasta que, ante la presencia de Rosa de Santa María (Santa Rosa de Lima), se convierte y mue­re piadosamente de una enfermedad con­traída mientras trabajaba en las minas.

La oración de la milagrosa santa de Lima es la única gloria que Ramiro ha logrado con­quistar. Amado Alonso, a quien se debe el estudio más serio sobre esta novela, El modernismo en «La gloria de D. Ramiro», señala la anémica debilidad de este per­sonaje: «Falto de voluntad y de espíritu de lucha, busca refugio en sus propios sueños e imagina los hechos como ya cum­plidos y los obstáculos como ya superados. Pero mientras su fantasía gusta de ante­mano los goces de la fama, su voluntad raquítica abandona el terreno de la lucha y resbala por la pendiente más fácil». Y en esta fuga del mundo y de la realidad, el héroe novelesco es un nuevo símbolo de la decadente España del siglo XVII, dé­bil e inferior a su destino y a sus empre­sas : trágico contraste que Cervantes ya deja adivinar en su Quijote (v.).

L. A. Castellanos

Rāma

Es el héroe principal de la se­gunda epopeya india, el Rāmāyana (v.), y encarna el tipo del guerrero y del rey in­dio. Su valor se revela desde su juventud.

Invitado por el sabio Viśvāmitra a prote­ger su templo de los demonios que impi­den los sacrificios, les da muerte a todos y en recompensa recibe muchos dones. Más tarde acompaña a Viśvāmitra a la corte del rey Janaka, vence en la prueba del arco y se casa con Sītā (v.). De regreso a la corte de su padre Daśaratha, éste, adivi­nando en él todas las cualidades de un fu­turo rey, quiere cederle el trono; pero el día de la coronación, Kaikeyī, su esposa favorita, le pide que cumpla dos promesas que en otro tiempo le hiciera, y en virtud de una de ellas reclama el destierro de Rāma durante catorce años, y debido a la otra, que corone como príncipe hereditario a su hijo Bharata.

El rey, ligado por sus promesas, tiene que consentir; y aquí se revela la magnanimidad de Rāma, que obe­dece sin vacilar a su padre, y parte para el destierro juntamente con su esposa Sītā y su hermano Lakṣmaṇa. La misma piedad y el mismo sentido del deber que le lle­varon a arrostrar la muerte para defender los ritos religiosos le impulsan ahora al camino del exilio, durante el cual él y su hermano realizan tales prodigios que causan la envidia de Rāvana (v.), señor de Laṅkā, el cual rapta a Sītā. Rama va en busca de su esposa, y descubre su escondrijo con la ayuda del rey de los monos Hanumat (v.). Sītā está en Laṅkā.

Los monos construyen un puente por encima del mar y Rāma in­vade la Isla y asalta la ciudad liberando a su esposa. Finalmente, cumplido el plazo de su destierro, regresa a la capital Ayodhyā y es coronado rey. Rāma conserva estos mismos rasgos, que pasaron a ser tradicionales, en el poema de Kālidāsa, Raghuvaṃśa (v.).

A. M. Pizzagalli

Rākṣasa

Demonios de la mitología in­dia. Recordados ya en el Rig-Veda (v.), su denominación indica y comprende desde entonces, en toda la literatura india posterior, toda clase de genios maléficos visibles e in­visibles. En el Atharva-Veda (v.), los Rākṣasa están representados como diablos por­tadores de enfermedades al género humano.

Pero más frecuentemente se les concibe como seres demoníacos que frecuentan los cementerios, estorban e interrumpen las funciones religiosas, torturan a ascetas y penitentes, animan los cadáveres, devoran las criaturas y con sus fechorías atormen­tan a toda clase de seres vivientes. Des­empeñan un papel importante en el Rā- māyanṇa (v.), donde los hallamos reunidos bajo el imperio de su señor Rāvaṇa (v.), antagonista de Rāma (v.). En aquel poema se les describe como seres humanos de for­mas generalmente monstruosas, con miem­bros irregulares y extraños, cabezas pare­cidas a las de los animales o a veces con varias cabezas humanas y varios pares de brazos.

También aparecen con cierta fre­cuencia en los dramas indios y más aún en los textos novelescos, donde, en las más extrañas y singulares aventuras fantásticas que jamás creara la mente humana, los Rākṣasa cometen todo género de maleficios.

M. Vallauri

Raiski Boris Pavlovich

Personaje de la novela El declive (v.), de Iván Gon­charov (Ivan Aleksandrovič Goncarov, 1812-1891). El propio autor consideraba que la indecisión es el principal rasgo de un tipo como Raiski.

Éste es uno de esos que nun­ca logran «dar en el blanco» («neudacnik», según el expresivo vocablo ruso), no por falta de ingenio, de talento o de capaci­dad, ya que, entre otras cosas, posee el fuego sagrado del arte y es pintor y es­critor, sino por un conjunto de elementos menores que no le permiten salir adelante. Merezkovski ha observado genialmente que Raiski es la personificación y el desarrollo del aspecto contemplativo del tipo de Oblomov (v.). Pero aún es más importante te­ner en cuenta la intención de su creador, el cual en una carta escribió «haber puesto a menudo bajo la piel de Raiski a sus ami­gos de los años 40, 50 y 60, y aun de ha­berse personalmente revestido de aquélla, en la que se sentía completamente a sus anchas».

Naturalmente, ese carácter auto­biográfico, aunque sólo parcialmente, con­fiere a la figura de Raiski un colorido particular, y no es tal vez equivocada la ob­servación de Mazon según la cual Raiski, «al pasar a primer plano, garantiza una apariencia de unidad a la novela, aunque en el fondo no es más que un espectador del drama que en ella se desarrolla».

E. Lo Gatto

Raimunda

Personaje del drama La malquerida (v.), de Jacinto Benavente (1866-1954). Raimunda quiere a su marido — su segundo marido — como a sí misma, y a su hija como a su marido, y su único gran dolor es que esa hija, Acacia, no quiera a su padrastro como ella desearía.

Por lo demás, gracias a Dios — continua­mente repite—, las cosas van bien, el pan no falta y puede darse a quienquiera que lo necesite. Acacia ha rechazado a Norberto y piensa casarse con Ernesto. Evi­dentemente éste era el destino. En el alma tranquila de Raimunda, segura de su bon­dad y de la de quienes la rodean, no tiem­bla ningún presagio de desventura. Sin em­bargo, ésta llegará, fatalmente. Primero, es el asesinato del novio de la joven. ¿Quién fue el culpable Raimunda está horroriza­da, pero como lo estaría quien viera muy lejos de su casa — de su pura y honrada casa — los impulsos impuros que pueden instigar a alguien a matar. Poco a poco, sin embargo, la voz del pueblo se encarga de despertar sus sospechas.

Raimunda em­pieza a dudar de la honradez de quienes la rodean. Su espíritu intachable, recto y bueno se resigna a revestirse de astucia para descubrir la verdad. Y la verdad se le presenta, espantosa, en los versos de una canción que circula entre la gente de su pueblo: «El que quiera a la del Soto / tie­ne pena de la vida; / por quererla quien la quiere / la llaman la Malquerida». A través de estas palabras, Raimunda vislum­bra la terrible realidad: su marido está enamorado de su hija. Pero un tesoro de bondad no puede desvanecerse de golpe. Raimunda impreca y maldice a su esposo, pero al mismo tiempo, llena de compasión y de amor, le da con que satisfacer su hambre y su sed. ¿Qué puede hacer quien es presa de una pasión, de una locura, de una enfermedad? La ingenuidad de Rai­munda le sugiere la más cándida de las so­luciones. Esteban y Acacia son, al fin y al cabo, padre e hija, y si se aman como tales el pecado se desvanecerá como una pesa­dilla.

Y Raimunda les induce a abrazarse: pero este abrazo, que debería ser castísimo, se convierte en el primer abrazo de dos amantes. Todo, dentro y alrededor de Rai­munda, se precipita. Fe, amor, esperanza, caridad… quisiera verlos morir juntos… Y cuando Esteban dispara contra ella, ella ya había muerto. Había muerto en el alma antes que en el cuerpo. «Bendita sea esta sangre que te salva, como la de Jesucristo», dice a su hija, que se arroja a sus pies. Y muere, contenta por haber evitado, a cambio de su vida, el último pecado que viera a su alrededor.

F. Díaz-Plaja