Radamés

Es inútil decir que jamás existió, ni en Egipto ni en ninguna parte, un general de este nombre; pero Radamés, después de Alejandro Magno (v.), de César (v.) y de Napoleón, es quizás el general más famoso del mundo, casi tan conocido como Aníbal, el gran caudillo africano que hubiera podido ser su contemporáneo.

Pero si Radamés no existió jamás, si sus batallas no *se libraron ni siquiera en el mapa y si se ignora por qué virtudes debía ser elegido como defensor del suelo egipcio amenazado por el rey etíope Amonhasro, en cambio amó, en la fantasía de Verdi — animada por los versos polímetros del libreto de Ghislanzoni—, a Aida (v.) y fue amado por ella. Este amor arrastró a la pena de muerte, por involuntaria traición., al generoso soldado, que tras haber derro­tado, en el tiempo que dura un intermedio entre el primero y el segundo actos, las tropas de Amonhasro, se convirtió entre el tercero y el cuarto en un réprobo, y hubo de aceptar la muerte con la frente alta, vencido por el destino, pero con el alma inocente, víctima, o casi, de un burdo error judicial y de su voluntad de no disculparse.

Un general enamorado no podía termi­nar de otro modo: aproximadamente como, en la historia, terminó, suicidándose sobre la tumba de su amante, un general fran­cés que estuvo a pique de convertirse en dictador: el general Boulanger. Un general enamorado, de quien no se conocen las ba­tallas, y que prefiere amar a una negra como la esclava Aida, en lugar de la apa­sionada Amneris, de alabastrina tez e hija del faraón, sólo podía ser un tenor, y tal es, en efecto, en la ópera de Verdi, el tenor más tenor, juntamente con el Manrico (v.) de El trovador (v.), de todos los tenores verdianos. Radamés es la primera víctima, y la más ilustre, de la Venus negra: el primer general y el primer tenor que se pierde por una mujer de los trópicos.

Su ejemplo, por ahora, no ha tenido imitado­res. Toda su vida, incluso su vida de sol­dado, gira alrededor de un solo nombre, el de Aida, desde el momento en que, mien­tras espera saber cuál será el guerrero de­signado para rechazar la amenaza de los etíopes, confiesa con enamorado candor, en una romanza de inspiración un poco fati­gosa pero tan célebre como él, que sólo aspira a aquel mando para poder regresar vencedor y ofrecer a Aida la corona de su triunfo. «Celeste Aida» suspira el enamo­rado general, sin saber que en aquella dulce y morena criatura se encierra la suerte de su país y de su ejército, la de­rrota de su patria y la oprobiosa condena de él mismo, que tan cándidamente canta las alabanzas de aquélla en el pórtico del templo del inmenso Fta. Conmover con la aventura de un general enamorado e im­prudente, traidor contra su voluntad, fue uno de los milagros de Verdi y uno de los mayores milagros de toda la historia de la ópera.

O. Vergani