[Rafal Olbromski]. Personaje alrededor de cuyas aventuras se desarrolla la acción de la gran epopeya de Polonia en tiempo napoleónico, que narra Stephan Zeromski (1864-1925) en su novela Cenizas (v.), y que reaparece en la novela Todo y nada (v.) y en el drama Turón.
Nacido en una familia de hidalgos campesinos, Rafael vive una juventud serena, que llenan el amor por su tierra y una ardiente pasión por la bellísima princesa Elena. Expulsado de la casa paterna por la dureza de los suyos, empieza un largo vagabundeo que habrá de durar años. Pasa algún tiempo junto a su hermano Pedro, figura ideal de soldado de Kosciuszko, entusiasmado por las nuevas teorías sociales que estremecen los últimos años del siglo XVIII, y luego al lado del príncipe Gintult, magnate de grandes y nobles ideas, afiliado a la masonería. Un breve paréntesis trágico de amor con Elena, a la que encuentra ya casada, le lleva al país de los tártaros; pero, atacado por unos bandidos y capturado juntamente con éstos, es encarcelado y logra a duras penas la libertad.
Un pariente y amigo suyo, Cristóbal Cedro, le socorre y le da hospitalidad, pero la llegada de un veterano de Napoleón, mutilado que ha luchado en las Antillas, decide el destino de entrambos. Durante toda una noche el soldado narra sus aventuras, que los dos jóvenes escuchan combatidos por los más opuestos sentimientos; pero al amanecer han tomado una decisión: huirán atravesando el Vístula, se incorporarán a los ejércitos napoleónicos y lucharán. La empresa está llena de peligros, pero es favorecida por la princesa Eli, hermana de Gintult, a la que Rafael adoró en otro tiempo, pagando un momento de excesiva audacia con un latigazo en el rostro. Pero ahora la joven le acoge, se conmueve ante su situación y le concede una hora de amor, a pesar de lo cual Rafael tiene la suficiente fuerza de ánimo para partir e iniciar la vida de soldado con sus fatigas, durezas y mortales peligros.
Toda la campaña de 1806-1807, Danzig y Varsovia, le encuentran bajo las armas; en Varsovia, además, es herido al lado del príncipe Gintult. La guerra le ha transformado profundamente: el joven impetuoso, voluntarioso y sensual se ha convertido en un hombre consciente del valor de la acción, y en todo semejante a aquellos legionarios que, como Dombrowski, buscan su propia guerra en guerras ajenas, seguros de encontrar algún día, en una encrucijada, la liberación de su patria. Cuando Gintult le dice que asiste a la batalla para estudiar los acontecimientos humanos, Rafael contesta que a la batalla hay que entregarse por completo, con fe en la eficacia del combate, pues el valor inflexible es la primera virtud del soldado. Salvado cuando iba a ser capturado y fusilado, Rafael se esconde, pero apenas restablecido se pone a las órdenes de Poniatowski. Al volver de la guerra, se establece en las tierras heredadas de su tío, reconstruye su casa, reanuda la vida de hidalgo campesino… pero, a poco, la abandona.
Cedro, que ha luchado en España, donde fue herido, ha visto a Napoleón y le ha rogado con entrecortadas palabras que salvara a su patria; y ahora viene a llamar a su antiguo camarada para que le acompañe a la expedición de Rusia. Tras una breve vacilación, Rafael le sigue. La guerra, para el polaco, no termina nunca; sólo quedan cenizas del gran incendio prendido por las esperanzas napoleónicas, pero cuando Polonia se subleva en 1831, Rafael Olbromski, que ya no es joven, vuelve a abandonar su tierra y su hijo, encantador muchacho de 10 años, huérfano ya de madre, para llevar a cabo una peligrosa misión que puede costarle la vida. Una vez más, saldrá ileso, pero morirá en 1846 a consecuencia de la revolución de los campesinos, durante la cual Austria pone precio a las cabezas de los nobles (Turón). Más tarde, hallaremos a su hijo fusilado por los rusos en la revolución de 1863 (Río fiel). Entre los numerosos personajes de Cenizas (obra cuyo verdadero protagonista es Polonia), y frente a la inolvidable figura de Pedro, a la noble inteligencia del príncipe Gintult y a la purísima pasión de Cedro por su patria, Olbromski puede parecer un hombre relativamente insignificante.
Pero ese hidalgüelo mediocre, impulsivo y ambicioso representa, en medio de los grandes, la anónima muchedumbre de los polacos cuya vida está dominada por los acontecimientos nacionales. Todo lo abandonan para luchar por la libertad: intereses personales, amor, familia e incluso los hijos, a quienes legan su herencia de esfuerzo y sacrificio, que no cesarán hasta que se haya llegado a la meta.
M. B. Begey

