Xantias

Es el esclavo de Dionisos (v.) en Las ranas (v.), de Aris­tófanes (450-385 a. de C.). Figura viva y rica en motivos que le dan una psicología propia, difiere del tipo corriente del «es­clavo» según aparece en la mayoría de las comedias.

Todo su ingenio y su caprichosa fortuna se dirigen a superar las incómodas órdenes que le da su amo, el cual le tira­niza vilmente por avaricia y miedo. Tenaz y sin prejuicios, Xantias sabe resolver en favor suyo las situaciones más desespera­das, logrando burlarse a grandes carcajadas de la soberbia y de los ciegos terrores de su dueño. El coro (v.) sigue con simpatía sus aventuras, y cuando Xantias, vestido con las ropas de su amo, se apresta a arrostrar un tremendo peligro, le exhorta a evitarlo según el estilo de la tragedia.

Al terminar su viaje, el astuto servidor logra incluso propinar a su amo aquellos azotes a que constantemente se ha visto condenado: tanta satisfacción habrá de costarle igual suplicio, pero nos damos cuenta de que Xantias, aun bajo los azotes, pro­fiere unos lamentos que en el fondo equi­valen a risotadas.

P. Pucci

Woyzeck

Personaje del drama de su nombre (v.), del escritor alemán Georg Büchner (1813-1837). El autor traza en pocos rasgos, al rápido ritmo de una ba­lada, la figura ruda y primitiva del soldado fusilero de treinta años, Friedrich Woyzeck.

Como en un film, predomina en él el movi­miento. Veinticinco escenas en treinta y tres páginas. En un ambiente en que la moralidad y las convenciones se confunden, Woyzeck, encarnación de la sencillez, bus­ca la paz junto a María y al niño nacido del amor de ambos. Las voces reprimidas de la revolución social resuenan sofocadas en él y acentúan, como por reacción, aquel sentido de absoluta soledad que hace de su afecto familiar su último asidero al borde del abismo. Pero la traición de la mujer amada pone fin a aquel estado pa­sivo de tímida sumisión. Frente a la re­latividad del mundo pequeño y satisfecho, surge lo absoluto de la pasión de Woyzeck. Todavía el niño y la realidad cotidiana se interponen entre él y la mujer, pero ya se perfila en Woyzeck aquella trágica visión del destino humano que derriba todas las barreras: « ¡Cómo duerme el niño! Ponle bien el brazo, no sea que la silla le haga daño. Su frente está bañada en sudor. To­do es fatiga bajo el sol; incluso durmiendo se suda. ¡Pobres de nosotros!»

Y lentamen­te, progresa el mal de su alma. Primero la sospecha, luego la certeza del engaño: los aretes de oro, la alusión por parte del capitán y luego al ver a María bailando en brazos del otro y la sensación de la animalidad inconsciente de la mujer que nunca podrá saciarse, hacen que bajo los pies de Woyzeck se hunda todo, y que le asalte la fiebre con el mismo ritmo de la música, obsesionante como un poder de­moníaco, hasta que empieza a borrarse la débil frontera entre la vida y la muerte, entre la vigilia y el sueño. Sigue el com­bate con el rival, que se burla de su debi­lidad, y luego, más sentido que meditado, el último paso. Las palabras de adiós a su compañero de armas, el presentimiento de María, la historia de un huerfanito en busca de su padre y de su madre, son siniestros relámpagos que preceden a las palabras si­bilinas durante la caminata hacia el lago solitario, en la linde del bosque, donde la luna rojiza iluminará el asesinato de María.

Woyzeck, aniquilado, hundiendo cada vez más hacia el fondo el ensangrentado cu­chillo, acaba ahogándose en el limo. De­trás de este tormento, que no es ya única­mente el de Woyzeck, se perfila el destino del hombre, que debe destruirse cuando las raíces de su vida han sido sacudidas y la pasión, más fuerte que la renuncia, sólo se consume en el propio fuego que la devora.

M. Benedikter

Woodhouse

[Mr. Henry Woodhouse]. Personaje de la novela Emma (v.), de Jane Austen (1775-1817). En muchos aspectos, Woodhouse se asemeja más a un tipo que a un verdadero personaje: es el hipocon­dríaco por excelencia.

Rico hidalgo cam­pesino, sus palabras y su comportamiento reflejan el perfecto decoro y la escrupulosa conciencia de la sociedad inglesa dieci­ochesca. Sus prejuicios de clase son ate­nuados por su amabilidad y por su deseo de obrar bien, pero su conversación vuelve constantemente a su tema favorito: su sa­lud y la de sus interlocutores. Jane Austen dice de él: «Como toda la vida había estado enfermo, parecía en sus maneras mucho más viejo de lo que era en realidad; y aunque todos le querían por su cordialidad y su amabilidad, sus dotes intelectuales no hubieran podido jamás constituir para_ él una verdadera recomendación». El señor Woodhouse gusta de la buena compañía, de tener invitados, de oír los chismes del pueblo en que vive y en el que es consi­derado como personaje principal.

Pero sus tendencias hospitalarias chocan constante­mente con sus terrores de ultrahigienista: el miedo con que arrostra la terrible prue­ba de la elección de los manjares late como una solícita simpatía humana por debajo de las normas con que «consuela» a sus comensales incitándoles a la prudencia, y le confiere una patética comicidad en la incesante descripción de sus achaques. Su egoísmo y el amor por sus propios males le llevarían a impedir el matrimonio de su hija Emma (v.), que después de la muerte de su esposa le ha cuidado constantemente; pero finalmente se decide a darle su con­sentimiento, pensando que la presencia de un yerno en la casa podrá alejar a los la­drones. Con tales rasgos francamente ri­dículos y con sus charlas siempre relativas a un mismo tema, el señor Woodhouse bor­dea a menudo la caricatura. Pero le salvan de ella su estilo señoril y aquella bondad fundamental que, lo mismo en familia que fuera de ella, le granjea el sincero afecto de cuantos le tratan.

G. Melchiori

Wolfdietrich

Personaje de leyendas germánicas (v. Wolfdietrich de Constantinopla), cuyos rasgos históricos parecen remontarse a Teodorico y Teodiberto (Dietrich), respectivamente hijo y nieto, del rey franco Clodoveo.

Mientras la primera parte de su nombre es explicada por la tradición de que, cuando niño, jugaba con lobos («wolf» en alemán), la segunda re­cuerda quizás al famoso Teodorico de Verona (v., y v. Saga de Teodorico). Pero si la base histórica del personaje de Wolf­dietrich era el primer rey cristiano de Francia, o el hijo de éste — y de ahí sus relaciones con el emperador Constantino —, en la leyenda todo se traslada a Constantinopla. Wolfdietrich es bautizado por su madre cristiana y no reconocido, o por lo menos considerado con suspicacia, por su padre pagano. Tras no pocos trabajos y aventuras, llega a Garda (transposición de Novgorod) en Lombardía, donde, conmo­vido por el llanto de la viuda de Ortnid, se decide a luchar contra el dragón que de­vasta el país y que dio muerte a aquél.

Vencedor del monstruo, le arranca la len­gua y baja a Garda, donde su gloria es discutida por un rival que pretende a su vez haber dado muerte al dragón, cuya cabeza ostenta. Wolfdietrich, empero, des­enmascara al rival, se casa con la viuda de Ortnid y al frente de un ejército se di­rige contra Constantinopla, donde da li­bertad a sus hermanos y castiga a los traidores. Finalmente se retira a un con­vento. En territorio alemán, los textos más antiguos relativos a Wolfdietrich se re­montan al siglo XII. Es uno de los héroes predilectos de aquella época y se le considera abuelo de Teodorico de Verona, a se­mejanza del cual pasó largo tiempo en el destierro y tuvo después que reconquistar su propio país.

L. Lun

Winsbeke

Personaje de un breve poe­ma alemán (h. 1220) titulado con su nom­bre (v.). Winsbeke es sin duda el nombre del autor y encarna el tipo del caballero alemán que sale del ensueño medieval con una moral intacta, para convertirse en ex­presión de un ideal burgués, igualmente alejado de los refinamientos de la corte­sía que de los arrebatos místicos de la poesía legendaria.

Anciano y a punto de despedirse de su aventurera vida caballe­resca, Winsbeke cifra todas sus esperanzas en el hijo que heredará su nombre y su fortuna y a quien se propone dejar tam­bién el legado moral, todavía más precioso, de unos principios de vida de buen cristia­no y de buen caballero, que le permitan conciliar el valor físico con el valor mo­ral y el servicio de Dios con el servicio del mundo. Hombre profundamente piadoso, de madura sabiduría y de larga experiencia, Winsbeke se esfuerza por hallar el lado bueno de todas las cosas: para él, el primero de todos los deberes es amar y temer a Dios y respetar a sus ministros, los cua­les, aunque fueran malos, son venerables por la santidad de su misión y de la doc­trina que enseñan.

Sigue luego el deber de estimar en el más alto grado a las muje­res, aunque algunas no lo merezcan, «pues Dios nos las ha dado en la tierra, como para sí creó a los ángeles en el cielo». La primera norma de semejante estima es mantenerse fiel a la propia esposa. Cinco son los deberes que luego Winsbeke con­sidera propios del caballero: nobleza, fide­lidad, liberalidad, valor y rectitud, que co­rresponden a las dotes que convencional­mente constituían entonces la figura mo­ral del perfecto caballero: quien no las posea ni las practique, será mejor que deje su escudo colgado en la pared de su casa. Ni siquiera el más esclarecido linaje tiene precio alguno si no va acompañado de la virtud, y es mejor ser amigo de un hom­bre humilde que aspira a la gloria que de un gran señor malvado.

En un apéndice, indudablemente apócrifo, se nos muestra un Winsbeke muy distinto: es un personaje ascético que predica máximas decidida­mente opuestas a la ética caballeresca e inspiradas exclusivamente en exigencias cle­ricales e ideales monásticos; máximas que padre e hijo ponen en práctica, retirándose entrambos a un convento después de ha­ber dejado sus bienes a la Iglesia.

B. Vignola