Personaje del drama de su nombre (v.), del escritor alemán Georg Büchner (1813-1837). El autor traza en pocos rasgos, al rápido ritmo de una balada, la figura ruda y primitiva del soldado fusilero de treinta años, Friedrich Woyzeck.
Como en un film, predomina en él el movimiento. Veinticinco escenas en treinta y tres páginas. En un ambiente en que la moralidad y las convenciones se confunden, Woyzeck, encarnación de la sencillez, busca la paz junto a María y al niño nacido del amor de ambos. Las voces reprimidas de la revolución social resuenan sofocadas en él y acentúan, como por reacción, aquel sentido de absoluta soledad que hace de su afecto familiar su último asidero al borde del abismo. Pero la traición de la mujer amada pone fin a aquel estado pasivo de tímida sumisión. Frente a la relatividad del mundo pequeño y satisfecho, surge lo absoluto de la pasión de Woyzeck. Todavía el niño y la realidad cotidiana se interponen entre él y la mujer, pero ya se perfila en Woyzeck aquella trágica visión del destino humano que derriba todas las barreras: « ¡Cómo duerme el niño! Ponle bien el brazo, no sea que la silla le haga daño. Su frente está bañada en sudor. Todo es fatiga bajo el sol; incluso durmiendo se suda. ¡Pobres de nosotros!»
Y lentamente, progresa el mal de su alma. Primero la sospecha, luego la certeza del engaño: los aretes de oro, la alusión por parte del capitán y luego al ver a María bailando en brazos del otro y la sensación de la animalidad inconsciente de la mujer que nunca podrá saciarse, hacen que bajo los pies de Woyzeck se hunda todo, y que le asalte la fiebre con el mismo ritmo de la música, obsesionante como un poder demoníaco, hasta que empieza a borrarse la débil frontera entre la vida y la muerte, entre la vigilia y el sueño. Sigue el combate con el rival, que se burla de su debilidad, y luego, más sentido que meditado, el último paso. Las palabras de adiós a su compañero de armas, el presentimiento de María, la historia de un huerfanito en busca de su padre y de su madre, son siniestros relámpagos que preceden a las palabras sibilinas durante la caminata hacia el lago solitario, en la linde del bosque, donde la luna rojiza iluminará el asesinato de María.
Woyzeck, aniquilado, hundiendo cada vez más hacia el fondo el ensangrentado cuchillo, acaba ahogándose en el limo. Detrás de este tormento, que no es ya únicamente el de Woyzeck, se perfila el destino del hombre, que debe destruirse cuando las raíces de su vida han sido sacudidas y la pasión, más fuerte que la renuncia, sólo se consume en el propio fuego que la devora.
M. Benedikter

