Willoughby

[John Willoughby]. Per­sonaje de la novela Juicio y sentimiento (v.) de Jane Austen (1775-1817). Es el jo­ven libertino, que por ligereza se perjudica a sí mismo y a los demás, y cuyo carácter permanece en el fondo siendo un misterio, no tanto a causa de su doblez, sino porque quizá no existen en él los elementos funda­mentales indispensables para construirlo.

En una confesión a Eleanor Dashwood (v.), Willoughby declara no saber renunciar a los goces de la vida y dejarse llevar en sus actos más importantes por el deseo de no perder las ventajas de su riqueza. Ésta es una de las principales claves que expli­can su comportamiento, el cual, por otra parte, está fuertemente influido por su facilidad en enamorarse — sinceramente —, y por la seguridad con que espera obtener el perdón, cualesquiera que hayan sido sus fechorías. Tal seguridad se funda en sus maneras de hidalgo y en su brillante des­envoltura, que le permiten a veces ostentar una franqueza simultáneamente cínica y patética. Los delitos que comete contra el que podríamos llamar código moral de Jane Austen son enormes: poco después de haber seducido y abandonado a una mu­chacha de rango social inferior, corteja a Mariana Dashwood, joven respetable y per­teneciente a su propia clase, y luego se desvía de improviso de ella, para casarse con una mujer rica, con la única finalidad de restablecer así su fortuna.

Sin embargo, diríase que la propia autora se esmera en encontrar justificaciones de tales actos en las convenciones sociales de su época: en el primer caso, todas las censuras recaen sobre la seducida, que desde el momento que era de clase inferior, nada debía es­perar de sus relaciones ‘con Willoughby; en el segundo, el abandono es comprensible dado que Willoughby no poseía los medios necesarios para mantener a su esposa se­gún el rango que le correspondía; y en el tercero, los motivos financieros son, en el fondo, razones suficientes para justificar el matrimonio. Por lo tanto, lo deshonroso no son sus actos ni sus intenciones, sino su modo de comportarse para con una mujer de su rango, como Mariana, y el hecho de abandonarla sin explicarle su situación, con una frialdad rayana en la descortesía.

Pero aparte de estas consideraciones, que tanto peso tienen para Jane Austen, el carácter de Willoughby es interesante por cuanto anuncia el del héroe romántico, egoísta pero atractivo, que sabe conservar su dere­cho a ser un caballero a pesar de cometer acciones que la moral ordinaria condena. Evidentemente, no hay lugar para hablar de byronismo a propósito de este perso­naje secundario de una autora tan clásica, pero el hecho mismo de que ésta permita a Willoughby conservar cierta fascinación y cierta dignidad a pesar de todas sus fe­chorías, puede interpretarse como un sín­toma de la extensión del contagio román­tico incluso entre aquella sociedad que mejor preparada parecía estar para defen­derse de él.

G. Melchiori

Willehalm

Protagonista de la obra de su nombre (v.) del trovero alemán Wolfram von Eschenbach (hacia 1170-1220). En él se mezclan los rasgos de las dos perso­nalidades históricas de Guillermo de Oran- ge y del conde Guillermo de Aquitania.

Su principal hazaña es su lucha contra los in­fieles. Por muy valeroso que se muestre en ella, es también piadoso y humano, conci­llando en sí los ideales de la caballería con los de la santidad. A las ofensas del hijo del primer matrimonio de su esposa Gyburg, Willehalm prefiere no contestar, para no tener que combatir con aquél y, tras vencer a los paganos, les ordena que entierren a sus muertos según su propio rito. Willehalm es el guerrero de Dios, pero en tal misión no se muestra ni faná­tico ni obcecado, sino que en todo momen­to conserva rasgos de humanidad. A pesar de su valentía, su corazón no resiste al es­pectáculo de la sangre y del dolor humano, y después del combate, sólo el amor y los consuelos de su esposa logran infundir­le nuevas fuerzas.

Como acontece en todos los héroes de Wolfram, en Willehalm el elemento terreno se une al divino, que, en este caso, acaba por prevalecer. Por ello no está injustificado el final que dio al poema — dejado sin terminar por Wolfram— un continuador más moderno, que hizo que Willehalm se retirara en sus últi­mos años a un convento.

M. Pensa

Wieland

[nor., Völundr; alto alemán ant., Walant]. Personaje fabuloso de leyen­das germánicas entre las que figura ante todo un cantar de los Edda (v.): él Poe­ma de Völundr (v.). La obra empieza con un tema mitológico: tres walkyrias, hijas de rey, en forma de cisnes, llegan volando desde el Sur y se posan a la orilla del mar.

Völundr y sus dos hermanos las cazan. Du­rante ocho años las jóvenes permanecen junto a ellos, pero al noveno arrancan otra vez el vuelo. Mientras Völundr se halla fuera, de caza, unos enviados del rey Ni­dud le roban uno de los brazaletes que ha­bía fabricado para regalarlo a Hervor, la compañera fugitiva; luego Völundr, a quien manda reducir a la cojera, es confinado a un islote, donde se le obliga a trabajar como orfebre. Su venganza, empero, es atroz: da muerte a los dos hijos del rey y con sus cráneos hace copas para Nidud, con sus ojos alhajas para la reina y con sus dientes un collar para la princesa Bödvild, a la que un día embriaga y viola. Más tarde se fabrica unas alas y, cual nuevo Dédalo (v.), huye volando, para anunciar su venganza a Nidud, reducido a la impo­tencia, no sin antes haberle arrancado la promesa de que no hará ningún daño a Bödvild y al hijo que ésta dará a luz.

Una refundición de tono más elegiaco y menos primitivo, elaborada en Inglaterra en el siglo VIII, sirvió de fundamento a las es­cenas grabadas en el célebre cofrecillo rú­nico de Clermont, a fines del siglo VIII o principios del IX. En la Saga de Teodorico (v.) noruega, que en realidad es un centón de diversos relatos, el elemento mitológico y novelesco se acentúa fuertemen­te. La fábula de Vólundr se enlaza con la del joven Sigfrido (v.): Völundr figura co­mo aprendiz del herrero Mimi y tiene que sufrir los desdenes de Sigfrido, pero más tarde, confiado a dos malvados enanos, les da muerte. Luego construye una nave su­mergible y embarcado en ella es presa de las redes de los pescadores del rey Nidung. Entra entonces al servicio de éste y se distingue por su habilidad como herrero, de la que da múltiples pruebas.

Un día que el rey Nidung, en una expedición, se ol­vidó llevar consigo la piedra mágica que debía asegurarle la victoria, promete dar su hija en matrimonio, con la mitad de su reino por dote, a quien le traiga la piedra antes de que amanezca. Völundr logra ha­cerlo, pero tiene que dar muerte al mayor­domo que intentaba negarle el premio. A consecuencia de ello es proscrito, e intenta vengarse envenenando los alimentos de la hija del rey. Pero como ésta poseía un cu­chillo mágico, Völundr es descubierto y cas­tigado con la mutilación de ambas piernas. Luego sigue el relato de su venganza, con la muerte de los hijos del rey y la viola­ción de la princesa. La historia, sin embargo, acaba bien. Tras la muerte de Ni­dung, la hija del rey y Völundr, que se aman, pueden casarse y de ellos nacerá un hijo, Vidga, que realizará maravillosas hazañas.

V. Santoli

Werther

Héroe de la novela Las cui­tas del joven Werther (v.), obra juvenil (1774) de Goethe (1749-1832), que alcanzó inmediatamente — ejemplo hasta entonces nunca visto — una enorme difusión en todo el mundo, incluso fuera de Europa, y que influyó profundamente en la vida y aun en la moda de la época, hasta el punto de que se creó un «traje a lo Werther»: botas y pantalones amarillos y frac azul, que los jóvenes llevaron con preferencia a cual­quier otro.

Werther es, según las teorías del «Sturm und Drang» (v.), el titán de la sensibilidad, del mismo modo que Prometeo (v.) y Mahoma, héroes de otras obras o, mejor dicho, fragmentos de obras, del propio Goethe en su juventud, son los titanes, el uno de la fuerza creadora y el otro de la actividad heroica. En Werther, la vehemencia de la tragedia — que hábil­mente se inicia con colores idílicos, con alabanzas de la belleza de los espectáculos naturales e incluso con la condenación del malhumor — se complica por el hecho de que la sensibilidad de Werther no sólo choca contra leyes sociales codificadas, co­mo las que definen el matrimonio, sino contra el vínculo que, a los ojos de los alemanes, por muy «Stürmer und Dränger» que fueran, era el más sagrado entre los que libremente unen a los hombres: el vínculo de la amistad. Werther, en efecto, se enamora de la novia de su más íntimo amigo (v. Carlota) y por ello se suicida.

Pero su suicidio, más que la trágica solu­ción de un caso personal, expresa el con­flicto eterno entre la exuberancia sentimen­tal e incontrolada del «yo» y la existencia de los demás, es decir, del «todo». Por ello Werther se convirtió en el prototipo de todos los héroes del «sentimiento pasivo» (v. Renato, Jacobo Ortis, Childe Ha­rold, etc.). La fuerza plástica de su figu­ra deriva no sólo de la elemental profun­didad de que nació, sino de la casi fulminante y milagrosa facultad que Goethe poseía de sentir a fondo una pasión, absor­biéndola en sí pero juzgándola al mismo tiempo, en tal forma que podía retratarla artísticamente con la debida objetividad. «La suerte del desdichado está descrita co­mo la órbita de un cometa, como el error de una voluntad, en medio de las estrellas fijas» (Borgese). De ello no se dieron cuen­ta los contemporáneos, los cuales vieron en el Werther, más que la fuerza plástica de la fantasía y la salvación espiritual del autor, la expresión de una enfermedad que — como el propio Goethe declaró aguda­mente más tarde, en 1822, en algunas pá­ginas de su Campaña de Francia (v.) — su libro no había inventado, sino que, en los años que precedieron a la Revolu­ción francesa, corría sutilmente por las venas inquietas de casi todos los jóvenes.

Ya anteriormente, Goethe había intentado intervenir contra la manía del suicidio que la publicación de Werther había parecido fomentar; y es sabido que el jefe de la Ilustración de aquella época, Friedrich Ni­colai, escribió, para contrapesar el influjo del Werther goethiano, la novela satírica Las alegrías del joven Werther. Pero esta obra alcanzó escaso éxito, y en cambio Las cuitas se siguieron leyendo. Entre los admiradores del Werther hay que recordar a Napoleón, que, enamorado de Josefina de Beauhamais, durante la campaña de Egipto llevaba en la silla de su caballo un ejemplar del Werther y lo leyó siete veces, y en más de una ocasión habló de ella y la discutió con calor. Años más tarde, la música de Massenet (1842-1912) revistió de dulzura y de sugestivo senti­mentalismo — según el carácter del com­positor — esa figura que, al lado de sus exageraciones, ofrece indiscutibles elemen­tos de fuerza y de realidad.

B. Tecchi

Waverley

Protagonista de la novela de su nombre (v.), de Walter Scott (1771- 1832). Apuesto muchacho, de una belleza más bien convencional que se resume en unos cuantos datos superficiales — «cabello castaño claro», «talle esbelto, más elegante que robusto» y lánguidos ojos azules—, Waverley es el último retoño de una antigua familia inglesa.

Educado por sus tíos bajo la guía demasiado indulgente de un viejo preceptor, es el prototipo del «hidalgo dilettante» de su época. Ama las artes y las cultiva todas sin conocer a fondo nin­guna («sabe admirar la luna y citar una estrofa de Tasso, pero las altas y nobles empresas no son su fuerte»). Cuando, a los veintiún años, siguiendo las tradiciones familiares, se halla con un nombramiento de capitán de dragones y una bolsa bien provista, al frente de su compañía, de guarnición en el sur de Escocia — saliendo así por primera vez del castillo de sus antepasados en el sur de Inglaterra—, Waverley entra en una nueva vida en la que todo le es extraño y, naturalmente, no tarda en verse envuelto en innumera­bles enredos. «¡Oh indolencia e indecisión! ¡Tal vez no sois un vicio, pero cuán re­finadas desdichas y males vienen por vues­tra causa!», así dice él mismo; pero du­rante las doscientas páginas siguientes con­tinúa dejándose arrastrar, en parte por sus propias piernas, en parte a caballo y muy a menudo en brazos de robustos y semisalvajes «highlanders», desde una pun­ta a otra de Escocia meridional en vís­peras y durante la romántica rebelión de 1745 que, según esperaban los conjurados, debía devolver el trono a Jacobo III Estuardo.

Ello brinda ocasión al autor para describir, a menudo magistralmente y siem­pre con minuciosa fidelidad, paisajes, usos, costumbres y personajes del país y de la época. Waverley no sabe lo que quiere, hasta tal punto que, de capitán de dra­gones que era, al servicio de Su Majestad Jorge II de Hannover, se halla de pronto, sin apenas comprender por qué, llevando el «kilt» o faldellín del clan Mac Ivor, en­tre los cortesanos del Pretendiente (Bonnie Prince Charles). Fruto de su indecisión son una serie de quebraderos de cabeza para sus amigos, con duelos, pleitos, em­boscadas, muertes y desolaciones, de las que Waverley sale siempre sin un rasgu­ño, pero cada Vez más asqueado del oficio de las armas y, finalmente, dispuesto a casarse — no sin que sus más influyentes protectores hayan tenido que mover cielos y tierra para obtener su rehabilitación — con la ingenua y graciosa joven escocesa Rose Bradwardine, que se había enamo­rado de él desde el principio de la novela (amores de los que él, naturalmente, no se había dado cuenta, prefiriendo dejarse lle­var por una arrebatada pasión por la al­tiva y exaltada Flora Mac Ivor).

El libro puede así terminar con la tranquilizadora escena de un alegre banquete nupcial en un país en el que vuelve a reinar la paz. Pero del hombre Edward Waverley no que­da nada, ya que en definitiva no ha llegado a existir jamás, sino que era un simple maniquí de cera y tela para el cual es incluso indulgente la cáustica descripción que su propio creador dio de él cuando le definió «a sneaking bit of imbecility» (un entrometido imbécil).

L. Krasnik