Winsbeke

Personaje de un breve poe­ma alemán (h. 1220) titulado con su nom­bre (v.). Winsbeke es sin duda el nombre del autor y encarna el tipo del caballero alemán que sale del ensueño medieval con una moral intacta, para convertirse en ex­presión de un ideal burgués, igualmente alejado de los refinamientos de la corte­sía que de los arrebatos místicos de la poesía legendaria.

Anciano y a punto de despedirse de su aventurera vida caballe­resca, Winsbeke cifra todas sus esperanzas en el hijo que heredará su nombre y su fortuna y a quien se propone dejar tam­bién el legado moral, todavía más precioso, de unos principios de vida de buen cristia­no y de buen caballero, que le permitan conciliar el valor físico con el valor mo­ral y el servicio de Dios con el servicio del mundo. Hombre profundamente piadoso, de madura sabiduría y de larga experiencia, Winsbeke se esfuerza por hallar el lado bueno de todas las cosas: para él, el primero de todos los deberes es amar y temer a Dios y respetar a sus ministros, los cua­les, aunque fueran malos, son venerables por la santidad de su misión y de la doc­trina que enseñan.

Sigue luego el deber de estimar en el más alto grado a las muje­res, aunque algunas no lo merezcan, «pues Dios nos las ha dado en la tierra, como para sí creó a los ángeles en el cielo». La primera norma de semejante estima es mantenerse fiel a la propia esposa. Cinco son los deberes que luego Winsbeke con­sidera propios del caballero: nobleza, fide­lidad, liberalidad, valor y rectitud, que co­rresponden a las dotes que convencional­mente constituían entonces la figura mo­ral del perfecto caballero: quien no las posea ni las practique, será mejor que deje su escudo colgado en la pared de su casa. Ni siquiera el más esclarecido linaje tiene precio alguno si no va acompañado de la virtud, y es mejor ser amigo de un hom­bre humilde que aspira a la gloria que de un gran señor malvado.

En un apéndice, indudablemente apócrifo, se nos muestra un Winsbeke muy distinto: es un personaje ascético que predica máximas decidida­mente opuestas a la ética caballeresca e inspiradas exclusivamente en exigencias cle­ricales e ideales monásticos; máximas que padre e hijo ponen en práctica, retirándose entrambos a un convento después de ha­ber dejado sus bienes a la Iglesia.

B. Vignola