Savelich

Personaje de la novela histó­rica rusa La hija del capitán (v.), de Ale­jandro Pushkin (Aleksandr Sergeevič Puškin, 1799-1837).

Es el criado de Grinev (v.), héroe de la novela, y con él se inaugura la serie de los criados fieles, astutos y há­biles, de que tan rica es la literatura na­rrativa rusa; figuras características, naci­das de la servidumbre de la gleba y ligadas — como claramente demuestra Savelich — a sus amos no sólo por los deberes serviles, sino por un profundo sentimiento humano. Dondequiera que Savelich intervenga, lo hace en bien de su señor, a quien considera como un niño del que hay que cuidar; de este punto de partida deriva el humo­rismo de las diversas situaciones en que aparece, pero también la solución del trá­gico apuro en que Grinev se halla cuando la fortaleza de Belogorsk es ocupada por el rebelde Púgachev (v.).

Grinev sería ahor­cado, al igual que el capitán Mironov y los demás desdichados defensores de la po­sición, sin la agudeza de Savelich, el cual, — haciendo recordar a Pugachev los bene­ficios que en otro tiempo recibiera de Grinev, salva a éste la vida. Por lo demás, Savelich no carece de defectos, como su curioso concepto del honor, que le hace proponer a su amo no pagar las deudas de juego. En algunos de sus rasgos, Save­lich anuncia a Zachar (v.), el criado de Oblomov, en la novela de este nombre (v.), de Goncharov. E. Lo Gatto

Saúl

El gran escritor André Gide (1869-1951) nos ha dado su personal interpretación de este personaje bíblico en la tragedia en cinco actos Saúl (v.), que aunque apareció en 1903 fue escrita en 1896. En ella Gide trata el episodio bíblico con la mayor liber­tad.

Saül muestra la disgregación del ser que cede a todos los deseos, en lugar de con­tentarse con el fervor. Ahí el rey de Israel es el hombre sometido a sus instintos y a su sed de placeres. Entregado por completo a sus deseos, es incapaz de obrar y por ello es la víctima de su miseria moral. Des­nudo de todo cuanto podía engrandecerlo, Saúl posee — en la tragedia de Gide — cier­ta sombría grandeza que contrasta con la gracia e irónico preciosismo con que está trazada la figura de David. Según Gide hay que disfrutar de la intensidad del deseo — una vez rotos todos los vínculos y pre­juicios—, pero sin intentar colmarlo; de esta manera el alma insatisfecha permane­cerá libre y podrá gustar todas las exqui­siteces del placer.

Saúl se devora a sí mis­mo y muere víctima del deseo sin poder conseguir la libertad que Gide gritará con tono triunfal en Los alimentos terrestres (v.), escritos a continuación de su tragedia Saül. Entonces — como señaló Ghéon — la carne podrá proferir ininterrumpidos gritos de éxtasis.

Saúl

Vittorio Alfieri (1749-1803), al refundir en la tragedia Saúl (v.) el relato bíblico, vio en el personaje uno de aquellos seres superiores que tanto amaba, de voluntad más que humana, tensa hacia aquello que parece ser su meta por excelencia: el po­der; y le retrató en el momento en que aquella voluntad empieza a perder su an­tigua firmeza y se siente como dividida por opuestas tendencias, sumida en conti­nuas y contrarias veleidades, como si una maldición misteriosa pesara sobre ella.

Y cuando vencido y muertos sus hijos, Saúl oye de los labios de su ministro Abner la noticia de su propia perdición, vuelve su firmeza de otro tiempo y el anciano reco­bra su regia grandeza. Al darse muerte ante los enemigos que llegan, es más gran­de que el vencedor y más de lo que él mismo había sido nunca.

Saúl

[šā’ūl], Hijo de Kis, primer rey de Israel. Gabaonita de un humilde linaje de la tribu de Benjamín, «no había entre los hijos de Israel otro más apuesto que él y todos los demás le llegaban sólo hasta los hombros».

Su reino fue una continua guerra contra los filisteos. Sólo le faltó la última victoria, la victoria contra el «es­píritu malo» interior, contra su grandioso y satánico orgullo. Y precisamente por este éxito negativo de una vida negativa Saúl reúne en sí más rasgos sublimes que ningún otro personaje bíblico: en él se encuentran los dos órdenes del misterio: el misterio de Dios y el misterio del mal. Es un en­cuentro feroz y angustioso, pero esa an­gustia es totalmente interior y plasma una personalidad maniquea singularmente de­solada y una existencia vertiginosamente sola. Job (v.), el hombre que resiste a Sa­tanás, y Saúl, el hombre que resiste a Dios: las dos categorías del Dios viviente, en la historia. Esta significación metafísica emer­ge lentamente de sus hazañas, hasta darle muerte; y en la muerte se restablece el equilibrio humano-divino.

La figura de Saúl no admite otras notas, ni el libro primero de Samuel (I de los Reyes, v.) admite otra aventura. Los tres protagonistas de la di­vina tragedia pasan por él como tres gi­gantes sobre un desierto: Samuel (v.), Saúl, David (v.); el paréntesis de sombra entre los dos santos. Cuando el pueblo pidió un rey «como lo tienen todas las naciones». Saúl apacentaba sus rebaños. Samuel, el «vidente de Rama», le descubrió a través de la transparencia de Dios, cuando andaba por los campos buscando las asnas perdidas, y le ungió rey: en un camino polvoriento y caluroso, ellos dos solos tejieron el Des­tino. A partir de entonces cesó la teocracia israelita, el Palacio se separó del Taber­náculo y el trono del arca.

Israel tuvo un trono mortal, exactamente «como todas las naciones», y empezó a morir, absorbiendo la muerte desde la cabeza para que luego cundiera por todos los miembros. Después de la unción, Saúl recibió la investidura del misterio: «Encontrarás a una turba de profetas que bajarán profetizando de las alturas, precedidos por salterios, tímpanos y cítaras. Y el espíritu del Eterno se apo­derará de ti y profetizarás con ellos y serás cambiado en otro hombre». El mundo invi­sible salía así a su encuentro, encarnado por los profetas, los hombres del más allá. Pero su religión profunda y sombría estaba demasiado cerca de la tierra y no lograba desprenderse de ella: el sentido de la tierra y la soberbia de la carne hicieron de Saúl una mónada, como una estatua encima de una columna. En 1040 a. de C., después de su primera victoria, tuvo lugar la elec­ción oficial en la asamblea de Mispah: después, el sacrilegio de un holocausto ilí­citamente celebrado por él en lugar de Samuel, fue la primera piedra miliar de una trayectoria profana.

En aquel gesto se decidió toda su triste vida: « ¿Qué has he­cho?… El Eterno hubiera establecido tu reino sobre Israel para siempre; pero aho­ra tu reino no durará; el Eterno se ha buscado un hombre según su corazón y el Eterno lo ha destinado a ser príncipe de su pueblo». Entonces David, el hombre se­gún el corazón de Dios, compareció frente al héroe del pecado. Y Saúl volvió a pecar, en la gran matanza sacrificial que la jus­ticia de Dios se había reservado sobre los inhospitalarios amalecitas: «Ve y derrota a Amalee y extermina todo cuanto le perte­nece; no perdones a nada ni a nadie». La soberbia y la codicia estaban regiamente se­dientas y en virtud de la primera, Saúl conservó viviente bajo las cadenas a Agag, rey de Amalee, y por la segunda, conservó todos los rebaños.

El horror de aquella violación fue irremediable, fue como la predestinación a Satanás: «La rebelión es como el pecado de la adivinación, y la ter­quedad es como la adoración de los ídolos y de los dioses domésticos. Y puesto que tú rechazaste la palabra del Eterno, tam­bién él te rechaza como rey… Y Samuel, mientras vivió, no volvió a ir a ver a Saúl… Y el Eterno se arrepentía de haber hecho a Saúl rey de Israel». Dios se arre­pentía, como en los días del Diluvio: ¡cuán­tas maldiciones no se encierran en el arre­pentimiento de Dios! Es el preludio de la destrucción: como entonces lo fue del Di­luvio, lo es siempre del infierno.

La tra­gedia va haciéndose cada vez más densa y cobrando una amargura casi intolerable: el rey acongojado que arrastra a Samuel por el manto, para que no le deje solo, abandonado como un niño; y el viejo pro­feta que, antes de partir hacia su descon­solada tumba, hunde su espada en la presa ilícita, en el vencido rey Agag: «Se ade­lantó a Agag, vacilando y diciendo: Pero morir es amargo…». Saúl no se recobró jamás de la congoja de aquel día; siempre solo consigo mismo, torturado por una tris­teza infernal: «el Espíritu del Eterno se había retirado de Saúl, el cual era turbado por el Espíritu malo suscitado por el Eter­no». David tocaba el arpa para consolar su tristeza: la música, el arte dionisíaco por excelencia, celebra aquí, en la revelación de Israel, su rito de consuelo. Es el encanto del dolor, como en el Kalevala (v.): David tocaba contra la serpiente diabólica, y Saúl se olvidaba de sí mismo en la paz de la nada.

Los pueblos de la armonía, Atenas, Lesbos o Siracusa, no conocieron jamás la metafísica ni aun la teología de esa arpa hebrea que disputaba al demonio un alma desesperada. Pero un día Saúl arrojó su lanza contra el arpa, y David huyó; y a Saúl le faltó incluso el fantasma de Dios: la música. La locura multiplicaba el miedo y el miedo la sospecha. Samuel había muer­to y el joven salmista andaba errante por las cavernas. Saúl le odiaba porque sabía que Dios amaba a David, y le perseguía por los barrancos, enfurecido y con la es­pada en la mano, como un esbirro del de­monio. A veces su pecho rompía en llanto, y su altivo ánimo naufragaba en una la­mentable lucidez: «Y Saúl levantó la voz y lloró. Y dijo a David: Tú eres más justo que yo, porque me has devuelto bien por mal, mientras yo te devolví mal por bien… Y he aquí que yo sé que sin duda tú rei­narás… Júrame, pues, en nombre de Dios que no destruirás a mi progenie después de mí». Los filisteos acudieron como moscas al olor del pecado y se alinearon para la última batalla.

El anciano rey ya no tenía fuerza, ni siquiera aquella fuerza que le sostenía contra su propia alma: quiso con­sultar al oráculo de Dios, pero Dios no le contestó. Y hele aquí, en su postrera no­che, disfrazado y en ayunas, en Endor, so­bre el pequeño Hermón, preguntando a los dioses aquello que el Señor no había que­rido decirle. La maga de Endor, la última de Israel, evocó para él el espectro de Samuel, el último juez: «Veo a un ser so­brehumano que sale de bajo tierra… es un viejo que se yergue envuelto en su manto». Van repitiéndose los «ya no más» que suben humeantes de las tumbas: «Mañana, tú y tus hijos estaréis conmigo. Y en­tonces Saúl cayó súbitamente de bruces en tierra». Pocas horas más tarde, en el monte Gelboé, los filisteos daban muerte a los tres hijos del rey, y Saúl, bajo el inmenso peso de Dios, se derrumbó sobre su propia espada. Más tarde los israelitas de Jabes recobraron el cadáver y lo incineraron con imperecedero afecto. Fue la única pira en Israel, de la unicidad de Saúl.

Casto como no lo fue David y sobrio como no lo fue Salomón (v.), sus virtudes paganas se con­virtieron en cenizas, porque su relación con aquel Dios que tan presente tenía no fue una relación de amor, esto es, de gracia, sino sólo una relación de congoja. A David se le perdonó mucho, porque había amado mucho: Saúl, címbalo resonante quebrado por el Eterno sobre el monte Gelboé, no podía ser perdonado. Tan lejos de Adán (v.) que ama a Dios, como de Capaneo que le odia o de Fausto (v.) que habla con el Infierno, Saúl se llevó consigo a la tumba Ysu único e irreiterable símbolo de hombre religioso irreligioso, suspendido entre el horror de Dios y el horror de Satanás. Era el año 1012. David le lloró con la kinnah, la más musical de sus elegías; y tal vez el muerto rey «se sintió aliviado… y el espí­ritu malo se alejó de él». «¡Oh esplendor de Israel, sobre tus montes cómo cayeron muertos los valientes…! ¡Oh hijas de Is­rael, llorad a Saúl!» P. De Benedetti

Sartoris

El coronel John Sartoris es el protagonista de la novela Sartoris, de William Faulkner (1897-1962). La obra es una evocación del pasado histórico del Sur de los Estados Unidos, tantas veces tratado por el autor. Pero sobre este coronel, del que se nos describen sus gestas singulares durante la guerra de Secesión, también pesa un extraño destino de muerte, puesto que él y su familia llevan un maleficio en su nombre.

Y este destino se perpetúa en su familia, cuyos descendientes parece co­mo si estuvieran atraídos hacia la muer­te; así la novela nos cuenta también el fin del penúltimo, Bayard Sartoris, que sólo responde al estímulo de la violencia y muere en un accidente de aviación. Como en el caso de otras novelas y personajes so­bre el tema del pasado del Sur, Faulkner quiere evocar y simbolizar la degeneración de la tierra. De esta manera Sartoris, al igual que los miembros de otras ilustres estirpes de las obras de Faulkner, se con­trapone a los personajes mecanizados, fruto de la civilización moderna, como el Popeye (v.) de Santuario (v.).