Scrooge

[Ebenezer Scrooge]. Protago­nista de la Canción de Navidad (v.), de Charles Dickens (1812-1870). Scrooge es el hombre que, absorbido por el afán de di­nero como inerte objeto de posesión, ha ido poco a poco rompiendo todo vínculo ético, sentimental y social con la vida y con los hombres: el espectáculo multifor­me de la existencia, las alegrías humanas y los humanos dolores ya no afectan a su sensibilidad moral, antes provocan su des­precio y su escarnio.

No recuerda ya haber jamás pisado con tiernos pies de niño el prado florido de la infancia, ni de haber remontado, a la luz dorada de la mañana, la cuesta feliz de la juventud: encerrado en una especie de absoluta sor­dera espiritual y afectiva, pasa por la vida como un gélido fantasma en una tarde de niebla. Pero precisamente cuando una muer­te sin ión de inmortalidad está a punto de llevarse el alma del viejo ava­ro, he aquí que la vida, milagrosamente, le devuelve a la onda verde, libre e infi­nita ^ de las grandes emociones morales, abriéndole el camino de la feliz redención. Una víspera de Navidad, los espíritus evo­can ante sus ojos las escenas de la Navidad pasada, la de su infancia y su juven­tud, la de la Navidad presente, en la que, solo, entre los hombres, Scrooge es un ex­tranjero, hostil a todo buen augurio y a toda esperanza, y la Navidad futura, en la que su sombra caliginosa se habrá desva­necido de la tierra sin la compañía ni el eco de ningún lamento.

Los recuerdos, vi­gorosamente, se remontan desde el fondo polvoriento de su memoria hacia su corazón que vuelve a despertar, y se confunden con los remordimientos por los días perdidos y con el terror al futuro, hasta que sus labios, cuyo sello rompen los sollozos, se abren en una apasionada invocación a la vida que huye: «Oh, vivir, seguir viviendo. ¡Vivir en el Pasado, vivir en el Presente, vivir en el Futuro!» Así de su alma liberada surge una nueva primavera, y el viejo avaro, en un movimiento de emoción y de amor, tiende sus brazos a sus hermanos que sufren. Un carácter moral se disuelve y otro nace de él: el carácter de un hombre de buena voluntad. Una vez más, la buena voluntad que late en el fondo del corazón de todos los hombres ha triunfado de las potencias oscuras, y el hombre ha vuelto al hombre: el viejo Scrooge ha vuelto a la vida con fe de niño.

Al crear esa inmortal figura sobre el fondo sugestivo de la No­chebuena, el escritor envió un mensaje de apasionada esperanza a todos los hombres, porque, con pureza de alma y alegría de corazón y con las obras de la bondad, construyan un puente que los una con lo Eterno. La figura de Scrooge no debe con­siderarse como un estudio de sutil psico­logía, por cuanto la transición entre los distintos aspectos del personaje es dema­siado brusca, sino como una alegoría, como un personaje de fábula.

V. A. Scrosati

Scobie

Personaje de la novela El revés de la trama (v.), del escritor inglés Graham Greene (n. en 1904). Scobie es un oficial de policía de Sierra Leona.

Se le llama «Scobie el Justo»: es paciente con los indígenas, sobrio, fiel, puntual cumpli­dor de sus deberes religiosos. Scobie es un hombre triste. El sentido de sus res­ponsabilidades le invade «como una marea crepuscular». Su integridad irrita a Wilson, quien declara un día que «la honradez de Scobie hace la vida imposible». Scobie se siente cansado de su religión como si ya nada significara para él. Ha tratado de amar a Dios, pero ni siquiera sabe si cree. Scobie se siente vacío. Ya no cree en la virtud que practica. Está obsesionado por el infierno, que se manifiesta en esta lejana colonia llena de la mentira y los crímenes de la civilización moderna. Scobie no de­sea su ascenso administrativo; su oración es maquinal; su pureza evita el pecado por tedio frente a un mundo donde nada parece valer la pena.

Su esposa — Luisa — es una inglesa que no ha sabido adaptarse a la vida colonial. Scobie sólo está vincu­lado a Luisa por la compasión; «cuanto menos necesitaba a su mujer, más cons­ciente se sentía de la responsabilidad de hacerla feliz». Scobie piensa que los jura­mentos de amor se hacen en la juventud, cuando uno se miente a sí mismo y a los otros. A su edad, Scobie sabe bien que ya no tiene tiempo de mentir, pues no tiene toda la vida por delante para reemplazar estos falsos juramentos por la verdad. Sólo la compasión impide a Scobie separarse de su mujer aunque quisiera apasionadamente desembarazarse de ella. Luisa es una inte­lectual, una de esas mujeres de quienes Lawrence decía que tienen el sexo en el cerebro.

El único fruto de su unión con Scobie, una niña, murió muy pequeña. Lui­sa aún no se ha recobrado de este drama. No tiene, al parecer, una vida normal como esposa. Scobie siente por ella compasión. La esperanza de separarse de su mujer le lleva a cometer su primera falta: toma prestadas de Yusef las doscientas libras ne­cesarias para que Luisa pueda ir a des­cansar en África del Sur. Poco a poco es empujado al pecado sin remisión. Es en­tonces cuando Scobie descubre que «no se puede dar su parte a la compasión; lo exi­ge todo, devora al ser que se deja ablandar por ella». Scobie es el mártir de la compa­sión. Una carta clandestina, descubierta en la cabina del capitán de un barco portu­gués, le obliga por segunda vez a elegir entre la intransigencia del orden y la ilegalidad de la compasión.

Cuando Scobie ve que la carta es un mensaje de ternura del viejo capitán a su hija, se emociona y quema la misiva en vez de entregarla a la censura. Esta nueva falta del oficial de policía representa una nueva capitula­ción ante la compasión y prepara el adul­terio. Con ocasión de un naufragio, un pu­ñado de supervivientes es acogido en la colonia; Elena Rolt conmueve a Scobie; pasan largas horas charlando. Scobie se cree seguro: la joven no es hermosa. Una tarde lluviosa, Scobie se dirige a la choza en que Elena ha encontrado refugio. A medio camino entre su casa y la de Elena, se detiene. Scobie sueña con quedarse allí para siempre. Quisiera que su vida se detuviese allí, porque entonces sentiría «el límite extremo de la dicha: estar solo en medio de las tinieblas, bajo la lluvia gol­peante, sin amor y sin compasión».

La pie­dad hacia su mujer y la compasión por Ele­na van a desgarrarle. Aquella tarde, cuan­do menos lo piensa, Scobie cae en pecado de adulterio por compasión hacia Elena. La compasión arde en el corazón de Scobie, jamás podrá librarse de ella. Scobie lo sabe por experiencia: la compasión sobre­vive a todo. El nuevo pecado de adulterio se convierte en hábito culpable, del cual no llegará a librarse. Cuando Luisa se en­tera, por «una amiga segura», de que su esposo la ha engañado con Elena Rolt, an­ticipa el día de su regreso. En lugar de rezar por él, de callar, acorrala a Scobie contra este atroz dilema: abandonar a Ele­na o confesarse. Abandonar a Elena Rolt sería entregarla inevitablemente en manos de Bagster, un pícaro vicioso. Si no co­mulga, a fin de evitar el sacrilegio, Luisa sabrá que es engañada, y sufrirá a su vez. Scobie comulga en pecado mortal: prefiere infligir sufrimientos a Dios, a quien no ve, antes que hacer sufrir a dos inocentes, a quienes ve.

Scobie desea apasionadamente entrar de nuevo en la vida de la gracia, tener la conciencia pura, pero no puede soportar que la inocencia de Elena sea pi­soteada. Luisa, para comprobar la verdad, le ha forzado moralmente a una comunión sacrílega. Scobie no sabe cómo librarse de esta compasión que le estruja cada vez más. La compasión le devora como un cáncer; se convierte en su enfermedad mortal, en su pesadilla obsesiva. Las faltas que el oficial de policía ha cometido para ahorrar sufri­mientos a los otros le convierten en un hombre acosado por la justicia humana. Yusef le tiene cogido, porque se ha apo­derado de una carta dirigida a Elena. Se murmura que Scobie el Justo comete gra­ves irregularidades.

Se sospechan sus en­redos con Yusef, su complicidad en la muerte de un traficante rival. Scobie hace matar a su «boy» Alí por un hombre de Yusef, pues Alí ya no le inspira la con­fianza de antes sino recelo. Scobie teme ser descubierto en sus irregularidades y que sus pecados de compasión no conse­guirán salvar a las personas por quienes los ha cometido. Al comprobar que ha he­cho asesinar a un inocente, decide suici­darse. Va a cometer el pecado más grave de todos, el de la desesperación. Conven­cido de la imposibilidad de descansar al­guna vez de la pesadilla de la vida, desea aniquilarse a sí mismo. Scobie lleva con­sigo el sufrimiento, como un olor corporal. Una tremenda lucha se entabla en él: la voz de Dios, que le suplica que viva espe­rando el perdón, y la voz de Satán, que le empuja a la desesperación, a la nada.

Sco­bie contemplará con envidia y melancolía a dos viejas beatas que «todavía habitaban en la región que él había abandonado». El amor humano ha privado a Scobie del amor eterno y «era inútil pretender, como habría hecho un joven, que valía la pena pagar ese precio». Scobie habla a Dios con toda sinceridad. Confiesa su culpabilidad. Ha preferido hacer sufrir a Dios, antes que hacer sufrir a Elena o a su mujer, porque los sufrimientos de Dios no está en condi­ciones de observarlos. Scobie no puede abandonarlas, a ninguna de las dos, mien­tras viva; por eso quiere morir y arrancarse «a la corriente de su sangre». Scobie no puede seguir haciendo el farsante, recibir sacrílegamente el cuerpo y la sangre de Cristo, para sostener una mentira.

No quie­re hacer sufrir más a Dios. No le pide que le perdone. Sabe que va a condenarse. Seobie ha ansiado la paz, y siente que nunca más la conocerá. Pero cree que Dios estará en paz cuando él esté fuera de su alcance. Entonces Dios podrá olvidarlo para toda la eternidad. Scobie ama a Dios y no pue­de, no quiere seguir insultándole ante su mismo altar. Y no encuentra otra salida que el suicidio: el peor crimen que puede cometer un católico. Siente que Dios le pide esperanza en las horas que preceden a su suicidio porque mientras viva puede volver a Él, tarde o temprano. Scobie ama a Dios, pero no ha confiado nunca en Él. Scobie no puede resignarse a la vida. Para no hacer sufrir a Luisa y a Elena, hará creer en una muerte natural, por angina de pecho.

Una última mentira fruto de la compasión. En el momento de morir le parece oír una voz que pide socorro. Ante el grito de una víctima, Scobie se levanta para ir en su busca, pronuncia estas pala­bras: «O God, I love…», y después se de­rrumba fulminado. La mentira es conocida: Luisa se casa con Wilson, Elena cae en po­der de Bagster. Scobie el Justo es derriba­do de su pedestal. Pero ¿cuál es el sentido de las últimas palabras de Scobie? El pa­dre Rank cree que Scobie amaba a Dios. ¿Es el crimen el reverso de la virtud?

J. M.a Pandolfi

Scaramuccia

Scaramouche, entre los autores cómicos franceses. Personaje napo­litano de la «commedia dell’arte» que de­riva del Capitán.

Vestido de negro, se­gún el uniforme palaciego de los espa­ñoles de Nápoles, con ajustadas calzas, lar­ga casaca, con cuello de encaje, capa corta y larga espada al costado, Scaramuccia es un capitán muy aristocrático que desem­peña el papel de gentilhombre con gran decoro y con el más refinado histrionismo. Está tan seguro de responder al tipo que pretende representar, que a veces parece complacerse, burlonamente, en revelarnos su novelesco origen: es el hijo abandonado de un hombre noble y en su juventud fue educado nada menos que por un rey, el cual, para que se hiciera fuerte y robusto, le envió a remar a las galeras. Su verda­dero creador fue Tiberio Fiorilli (1608- 1694), que le representó en Italia y en Francia.

Con él, que, como el propio Sca­ramuccia, se vanagloriaba de noble y mis­teriosa cuna, de haber conocido a príncipes y ministros y de haber llevado una exis­tencia alternativamente llena de glorias y miserias, Scaramuccia se convirtió en un personaje que no se sabe si es más real en la escena o en la vida. En la escena es hablador agudo, burlón, enterado de todo y habilísimo en la mímica; con la danza, con la guitarra, con el laúd y con los gestos expresa toda su psicología: la dignidad que sus fanfarronadas le imponen, su natural cobardía, su aparente indiferencia a las injurias, su malicia aduladora, única esca­patoria que le permite conciliario todo, su glotonería y su sensualidad. Su máscara aparece por primera vez en un cuadro de Porbus que, pintando en 1572 los persona­jes de la corte de Francia en traje de más­caras italianas, representó al duque de Gui­sa como Scaramuccia.

También lo grabó Callot, en una pelea furiosa con el capitán Fracassa (v.), con quien combate dándole la espalda. Un grabado de Weyer le repre­senta enseñando mímica a Molière, según una inscripción que figuraba en otro retrato suyo: «Il fut le maître de Molière / et la Nature fut le sien». Scaramuccia Fiorilli fué grabado por Bonnart, Xavéry y Gillot.

U. Dèttore

Scapin

Scappino en el teatro cómi­co italiano. Es una derivación, probable­mente de origen boloñés, del personaje de Brighella (v.), y en la «commedia dell’arte» representa un carácter parecido y viste análogo traje. A semejanza de Bri­ghella, es enredón, dinámico y taimado y su especialidad es explotar a los extran­jeros a quienes se brinda a servir de guía para sacarles los cuartos.

Su nombre deriva del verbo «scappare» (escapar) y él pa­rece no olvidarlo jamás. Como criado, ayu­da a sus jóvenes amos a estafar a sus pa­dres; como enamorado, se complace en los fáciles amoríos, obedeciendo sólo a su ca­pricho y burlando cuantas mujeres puede. Durante el siglo XVII pasó a Francia, don­de adquirió quizás una mayor sutileza y reflexión. Así le vemos en Las artimañas de Scapin (v.) [Les fourberies de Scapin], de Molière.

Es siempre el alma de las in­trigas y sus recursos son inagotables; su culto por la invención, que gracias a él llega a ser más verdad que la verdad mis­ma, y su afán de oponerla triunfante a los hechos concretos, hacen de él un artista, verdadero virtuoso de la intriga y del en­redo. En Italia llevaba traje y capa blancos con alamares verdes, gorro redondo y tam­bién blanco y generalmente sé presentaba sin máscara. U. Dèttore

Sāvitrī

Nombre de una mujer legenda­ria india, protagonista de un poético relato inserto en el Mahābhārata (v.) y tipo inmortal de la esposa fiel, cuyo gran amor triunfa de la muerte.

Sāvitrī, hija del vir­tuoso y piadoso rey Aśvapati, elige por esposo, en consideración a las excelsas cua­lidades que le distinguen, al joven príncipe Satyavat, el cual, expulsado de su trono, vive miserablemente en un yermo; y per­siste en su elección incluso después de que un genio celeste le ha hecho saber que Satyavat deberá fatalmente morir dentro de un año. El año transcurre lleno de an­sia y de angustia para Sāvitrī, única que conoce el terrible destino, y cuando, al llegar el día fatal, Yama (v.) aparece en la solitaria selva y se lleva consigo el alma de Satyavat, Sāvitrī marcha, a través de los intrincados bosques, detrás del dios de la muerte, y, con su valentía y con el he­chizo de sus armoniosas palabras inspiradas en los ideales más puros e impregnadas de la más sublime sensibilidad, logra final­mente que Yama consienta en devolver la vida a Satyavat.

Esta legendaria heroína terrenal es probablemente una novelesca transformación popular de la diosa Aurora del mito védico (v. Veda), con la cual el dios Sol se reúne tras su breve curso diurno y su subsiguiente noche mortal, renaciendo todas las mañanas. La historia de Sāvitrī fue traducida al italiano por Kerbaker y publicada en el volumen tercero de sus obras (Scritti inediti di M. Kerbaker, Ro­ma, 1935) y su asunto ha sido el motivo inspirador de diversas obras literarias y musicales (v. Sāvitrī).

M. Vallauri