Sarpedón

En la Ilíada (v.) es quien manda, en Troya, a los licios, aliados de Príamo (v.). Sin ser una de las figuras principales del poema, toma una parte importante en la guerra, guiando una columna contra el muro de los griegos y dirigiendo el asalto, con el auxilio de su padre Zeus.

Homero hace de él un retrato grandioso y le atribuye la hazaña de abrir la primera brecha. Su muerte está descrita en solemnes términos: en la gran batalla de Patroclo (v.), el momento culminante es precisamente el duelo con Sarpedón, cuya muerte suscita un lamento general, al que el propio Zeus se asocia. Los nobles héroes deben combatir con héroes de igual mérito, y por ello Homero exaltó a Sarpedón ha­ciéndole morir a manos de Patroclo. Inclu­so sus despojos gozaron de un destino es­pecial, ya que fueron llevados a Licia por el Sueño y la Muerte, a fin de que allí se les tributaran las honras fúnebres y se les diera la debida sepultura.

F. Codino

Sardanápalo

[Sardanapalus]. Prota­gonista del drama de su nombre (v.) de George Gordon Lord Byron (1788-1824). Muy alejado de la figura histórica del dés­pota oriental y dotado del hechizo juvenil de un Alcibíades (v.) y de una fe en la fortuna comparable a la de Sila, Sardanápalo tiene muchos rasgos en común con su creador.

De él posee el refinado gusto por la belleza, el generoso abandono a las emociones más que a los torpes placeres de los sentidos, y la fantasía que plasma la vida como si fuera una obra de arte. Como Byron, Sardanápalo es escéptico y fatalista, optimista y tristemente soñador a la vez. Cuando las estrellas brillen sobre su tumba él nada sabrá de su esplendor: por ello hay que gozarlo desde ahora. Y lo goza con la magnificencia de un aris­tócrata, pues no en vano está dotado de todas las cualidades de un rey. Sabe apu­rar el cáliz de la alegría y, si es necesario, arrojar, como si nada fuera, la copa de la vida.

Subyugado por el hechizo de las mu­jeres, sabe también fascinarlas: su ser se perfecciona en el amor. «Mi vida es amor», como él dice. Se sienta al festín de la vida coronado por la belleza: por medio de su favorita jonia, Mirra, participa de la cul­tura helénica. Como Byron, Sardanápalo está dominado por los nervios y los impul­sos, se deja llevar por la ira, se abandona a las orgías, se acusa luego a sí mismo y a sus propias culpas. Pero su soberbia regia le permite una sonriente superioridad: desdeñando la bajeza de la venganza, vive y deja vivir y concede a los demás la li­bertad que para sí toma; su ambición es no abrumar a quienes dependen de él y convertir su reino en un oasis de paz en el desierto de los siglos.

En ello su figura re­sulta anacrónica, pues hace pensar en la Ilustración (v.) y en los derechos del hom­bre proclamados por Tom Paine. Pero Sardanápalo desdeña al vulgo, a la manera de Byron, y esta incomprensión del «pue­blo esclavo» menoscaba su magnánima y amable humanidad y le convierte en un político caprichoso y equivocado, incapaz de ver más allá del velo de sus errores.

M. Praz

Sarasvatī

Divinidad femenina hindú: en el Veda (v.) es la personificación de un río de su mismo nombre, que para los antiguos indoarios era sagrado en cuanto limitaba el Brahmāvarta, territorio por ellos habitado. Los himnos del Rig-Veda (v.) la celebran como dispensadora de felicidades y abundancia. En los Brāhmaṇa (v.), Sarasvatī se identifica con Vāc, la diosa del len­guaje, y de ello derivará más tarde la con­cepción ampliamente difundida que hace de Sarasvatī la diosa de la elocuencia.

En el hinduismo, Sarasvatī es la consorte de Brahma (v.), la diosa de la elocuencia y la sabiduría y la protectora de todas las artes y todas las ciencias: a ella se atri­buye la invención del alfabeto y la len­gua sánscritos. En una estrofa augural de un anónimo poeta clásico indio se lee: « Sarasvatī os proteja, piedra de toque para el oro de la inteligencia, que mediante la elo­cuencia decide quiénes son doctos y quié­nes ignorantes».

Otra estrofa nos la des-‘ cribe como patrona de los poetas: «Triunfa la diosa Sarasvatī, por cuyo favor los poe­tas de sutil inteligencia escrutan toda la superficie terrestre como algo que a todos fuera dable ver». Sarasvatī se representa bajo el aspecto de una mujer joven y atrac­tiva con cuatro brazos: en una mano lleva un manuscrito de hojas de palma, símbolo de la protección que dispensa al saber.

M. Vallauri

Sara Gamp

[Mrs. Sarah Gamp]. Perso­naje de La vida y aventuras de Martín Chuzzlewit (v.), novela de Charles Dickens (1812-1870).

Tipo de enfermera sin escrú­pulos, ignorante, codiciosa y dada a la bebida, Sara Gamp es una divertida cari­catura de una figura muy característica de la sociedad inglesa de la época de Dickens. Su charlatanería y sus aforismos son mere­cidamente famosos, y su gran paraguas de algodón llegó a ser tan popular que del nombre de aquel personaje derivó el tér­mino popular de «gamp» con que se indica especialmente un paraguas torpemente arrollado.

M. Praz

Sara

[Śārāh = princesa]. Personaje bí­blico cuya historia se narra en el Génesis (v.). Esposa de Abraham (v.), es en cierto modo su trasunto humorístico. La sublimi­dad del patriarca de Ur, en efecto, tiene momentos de casi absurda inhumanidad, como si su incondicionada fe en Dios en­dureciera en él toda sensibilidad y aflojara todos sus vínculos con la tierra. Así Abra­ham renuncia por Dios a una patria, aven­turándose a un viaje sin meta.

Para man­tenérsele fiel, no se ocupa de defender a su esposa de las asechanzas de los reyes de los países que los acogen, y para obe­decer a su Dios no vacila en subir al monte Moriah, dispuesto a sacrificar a su único hijo. Es el suyo un heroísmo como de hom­bre alucinado, aunque en realidad obedezca a una lógica irrefutable, justificada por la convicción de que Dios es lo Absoluto y el hombre la nada si se opone a aquél, y capaz de todo si a Él se somete. Y en rea­lidad la fe de Abraham no es jamás des­mentida: su errabundeo se ve premiado con la conquista del país que más tarde habrá de ser de sus descendientes y del propio Mesías: Sara le es siempre devuelta intac­ta, protegida por los más eficaces prodigios divinos; y un ángel le aguarda en la cum­bre del monte para hacerle desistir del sa­crificio de Isaac (v.).

También la fe de Sara es asombrosa, pero aun así, es infini­tamente más natural y humana y está esen­cialmente condicionada por el amor y em­bebida en él. Sara cree en Yahvé, pero como por reflejo, en virtud del amor que siente por Abraham. Podría casi decirse que Sara se desposó con su aventura reli­giosa, que Abraham y su destino en Dios son para ella lo mismo. De aquí su con­fiada y entusiasta entrega a él y la pa­ciencia con que le sigue en sus intermina­bles peregrinaciones entre Oriente y Occi­dente, y su sumisión a las distintas pruebas que la abruman, a condición de preservar la vida de aquél. La esperanza de que Dios realice su promesa de una numerosa descendencia a Abraham, marca empero el límite de sus posibilidades.

En efecto, cuan­do, llena de dolor, ve que han transcurrido los años en que podía aún confiar en su fecundidad, cree cándidamente que facili­tará a Dios el cumplimiento de su profecía ofreciendo como segunda esposa a su marido su esclava predilecta. Y Abraham con­siente no sin dificultad: su fe quisiera evi­tar aquellos inútiles ardides femeninos, sin contar con que la misma senectud de Sara podrá hacer brillar más aún el milagro divino. Ismael (v.), el hijo de la bella esclava egipcia, habrá finalmente de mar­char a través del desierto; pero antes, ¡cuántas amarguras no habrá hecho sufrir Agar (v.) a la desdichada Sara! Por fin la herencia de Abraham será únicamente re­cogida por el hijo de la «estéril». Sin em­bargo, cuando Dios se sentará con dos án­geles en el encinar de Mamré y anun­ciará a Abraham que dentro de un año Sara dará a luz el hijo prometido, ella, desde la tienda donde está espiando, se echará a reír.

Luego, al darse cuenta de que su desconfianza ha sido descubierta, se asustará, pero su terror será ya un te­rror de fe, será el miedo de que Dios le retire su amparo y la castigue verdadera­mente con la esterilidad definitiva. Al cabo de un año Isaac habrá nacido. Sara ha ol­vidado ya el miedo que sintiera aquel día detrás de la tienda: se acuerda sólo de su risa de incredulidad y por ello da al hijo del prodigio el nombre de «hijo de la risa». Pero Isaac no será «el que ríe». La que ríe en su humana fe y en su más humana in­credulidad es Sara. Y al lado del más sublime y aparentemente árido héroe de la fe, ella sigue sonriendo sobre el pobre afán de los hombres cuando la confianza en Dios podía ser para ellos tanto más eficaz y tanto más segura.

C. Falconi