Zachar

Personaje de la novela Oblomov (v.), de Iván Goncharov (Ivan Aleksandrovič Gončarov, 1812-1891). A semejan­za del Savelic de La hija del capitán (v.), de Pushkin, Zachar es el tipo del fiel sier­vo ruso, de la época anterior a la libera­ción de los siervos de la gleba.

Pero más que en Savelic, en Zachar se observan, como en su dueño Oblomov (v.), los in­flujos psicológicos de la organización de la esclavitud, aunque, al lado de todos sus defectos (holgazanería, suciedad, charlata­nería y afición a la maledicencia), hay en él una atractiva sencillez y aquella solidez moral campesina, que los pequeños sinsa­bores cotidianos no logran alterar.

La gro­sera vulgaridad de Zachar, que a veces toma incluso el aspecto de insolencia para con su amo, es más bien un elemento ad­quirido durante sus años de vida ciuda­dana en medio de la que en Rusia se llamaba «civilización de mesón». Literaria­mente, podría también señalarse un pa­rentesco entre Zachar y Osip, el siervo de Chlestakov (v.), en El inspector (v.), de Gogol; pero se trata de una semejanza fu­gaz, resultado del realismo de su tipo.

E. Lo Gatto

Zacarías

La historia de Zacarías, padre de San Juan Bautista (v.), se compendia en su mismo nombre: «Zakar Jah», «Dios se ha acordado».

En efecto, Dios se acordó de su esposa Elisabeth o Isabel, estéril, y de su fe, y de su pueblo, y del Mesías. Y se acordó también de que el Antiguo Testamento iba a cerrarse; y de que con Zacarías se inauguraba el «nue­vo y eterno Testamento». Cuando Zacarías oficia en el Templo del cual es sacerdote, cuando entre la niebla del incienso se le aparece el ángel de las anunciaciones, Ga­briel (v.), cuando circuncida a Juan, per­tenece a la tradición petrificada de Israel. Su fe es una fe sin horizontes, es una es­peranza adormecida; la pérdida de la pa­labra cuando duda de la concepción angé­lica, es un castigo de Moisés (v.) , pronto como el Dios de Eliseo (v.). Pero luego todo se amplía y se abre: Gabriel es el ángel de María, que aparece junto al tu­ríbulo de oro, sin su antigua espada de fuego, sino con dos lirios virginales y en­tre perfumes y salmos: «Elisabeth te pa­rirá un hijo, y le llamarás Juan; y será para ti gozo y alegría… y estará lleno de Espíritu Santo desde el seno de su madre».

Zacarías llega hasta el límite de las eda­des, pero llega mudo: no supo ver lo invi­sible, él, el padre del Precursor. El Mesías se aproxima, se oyen ya sus pasos, es ya carne cuando nace Juan. Zacarías ha lla­mado Juan, «gracia de Dios», a su hijo. Elisabeth no sabía nada y también ella le dio el mismo nombre; el milagro tendió aquel nombre como un puente entre el pa­dre mudo y la madre estéril. Dios trabaja en el vacío. Y he aquí que Zacarías «se sintió lleno de Espíritu Santo y profetizó diciendo: Bendito sea el Señor Dios de Israel». Es el «Benedictus», el último sal­mo, el canto de la llegada, donde la fe y la esperanza reposan en la visión: «Y tú, infante, serás llamado profeta del Altísimo: y caminarás ante su faz para prepararle el camino».

La profecía de Juan está en la mano que señala al Mesías: «Ecce Agnus Dei». La profecía de Zacarías es como abrir los ojos a la gran luz, a la Verdad que brilla entre las tinieblas y a la Santidad que resplandece entre las sombras de la muerte: «Nos visitó la aurora desde lo alto, para iluminar a aquellos que yacen en las tinieblas y en las sombras de la muerte». ¿Qué profeta había dicho jamás del Verbo: «Nos visitó»?

P. De Benedetti

Yügiri

Famosa cortesana japonesa, pro­tagonista de numerosos dramas para el tea­tro popular (Kabuki) y para el teatro de polichinelas (Jōruri). En su existencia his­tórica, Yügiri fue una prostituta de Osaka, adonde se había trasladado en 1672, cuan­do su padre Ōgiya Shirobō había llevado allí la mancebía que regentaba.

Allí vivió festejada y alcanzó fama por el hechizo que confería a su belleza su extraordinaria aptitud para el canto, la música y la poesía, y, en medio de un lujo refinadísimo, murió cuando sólo tenía veintiséis años, en enero de 1678, el sexto día de la primera luna­ción del sexto año de la era Empō, según consta en la lápida que se conserva en el templo budista Jōkoku, donde, junto a su nombre mundano de Ōgiya Yügiri, figura su nombre póstumo de Kwajaku Hōshun. Tales fueron la emoción y la pena que su muerte suscitó en Osaka, que el actor Sakata Tōjūrō (1645-1709) pensó aprovechar­se de ellos, y, apenas un mes más tarde, representaba el drama Yügiri Nagori no Shōgwatsu [El adiós de Yügiri en enero], que inició su celebridad, por cuanto logró un éxito enorme.

Este drama, lo mismo que otros que ulteriormente se escribieron a semejanza de él, tiene por tema las tempestuosas aventuras de un joven de buena familia, Fujiya Izaemon, que estaba loca­mente enamorado de la bella Yügiri. Pero la mejor obra, desde el punto de vista artístico-literario, es la de Chikamatsu Monzaemon (1653-1724), titulada Yügiri Awa no Naruto (v.), en la cual la protagonista es presentada como un verdadero dechado de elevados sentimientos.

M. Muccioli

Yorick

Protagonista de la obra teatral Un drama nuevo (v.), del escritor español Manuel Tamayo Baus (1829-1898). Se trata de un cómico de la compañía de Shakes­peare que desea representar un papel trá­gico en el drama de un joven autor.

El paralelismo entre su realidad personal y la que vive como actor — planos que con­fluyen al final del tercer acto — da más fuerza a su drama íntimo. Yorick, viejo actor, está casado con la joven Alicia, que se siente unida por un amor puro al pro­tegido de su esposo, Edmundo; la fidelidad y gratitud de ambos hacia Yorick los co­loca en una posición torturadora. Las rela­ciones existentes entre los tres son las mismas que unen a los personajes que ellos interpretan en el «nuevo drama»; por eso al final de la obra representada la muerte de Manfredo (Edmundo) por el conde (Yo­rick) se convertirá en realidad al penetrar en la ficción y caer en manos de Yorick una carta de Edmundo a Alicia en que éste le propone la fuga.

De todos los personajes de la obra, Yorick es el que posee mayor fuerza dramática y el que conocemos me­jor; influye en ello la transformación de su carácter, distinto en los tres actos, mo­tivada por los hechos exteriores que en­cienden en él la pasión de los celos, de la que en el primer acto, cuando aún no ardía en ella, decía augurando el desen­lace del drama: «No hay pasión más pode­rosa que esta de los celos; porque entera domina el alma, porque hace olvidarlo to­do». En el primer acto es un hombre bon­dadoso, comprensivo, entregado totalmente a su vocación de actor; nada hay en él que descubra al futuro vengador de una trai­ción inexistente.

En el segundo, Yorick va desde los primeros temores de que su mu­jer no lo ame hasta la plena seguridad de que ella quiere a otro; entonces, desespe­rado, busca quien pueda ser ese otro, duda de todos excepto de Edmundo, su prote­gido; se tortura, vive fuera de sí y llega a quejarse con palabras que parecen arran­cadas a algún personaje de Shakespeare: «El tiempo que se mide por la imagina­ción del hombre, detiénese a veces, ponien­do en confusión y espanto a las almas con anticipada eternidad. Días ha que el tiem­po no corre para mí. ¡Quiero volver a la existencia!» En el último acto vive su pro­pia tragedia en la falsedad de una ficción escénica que se convierte en su propia rea­lidad al caer en su poder la carta de Ed­mundo.

Pero Yorick continúa siendo el mis­mo del primer acto; por eso, después de haber dado muerte a Edmundo, cae de ro­dillas pidiendo misericordia. El mayor acier­to teatral que presenta este personaje re­side en la lucha ciega por alcanzar una ver­dad que ha de acarrear su ruina, verdad que los personajes que le rodean y los espectadores ya conocen.

Yorick

Personaje de La vida y opinio­nes de Tristán Shandy (v.), de Laurence Sterne (1713-1768). De origen danés, y quizá descendiente de aquel Yorick de quien se habla en el Hamlet (v.) de Sha­kespeare, este personaje no tiene ningún elemento danés, sino que es «una criatura heteróclita en todas sus declinaciones», llena de vida, de caprichos y de «gaîté de cœur».

Párroco del pueblo donde habita la familia Shandy, Yorick recorre su parro­quia montado en un caballo flaco y desme­drado, tal «que la Humildad misma hu­biera podido cabalgarlo» y digno hermano de Rocinante: así atrae, dondequiera que vaya, la atención y las carcajadas de jóve­nes y ancianos, y «oye y ve bastante para impedir que su filosofía se enmohezca». Pero, como le gustan las bromas y tiene conciencia de su propio ridículo, declara que «no puede indignarse si los demás le ven bajo la misma luz en que se ve él mis­mo». Muchas son las razones que aduce para justificar su extraña preferencia en lo que a cabalgaduras se refiere, pero se calla la verdadera, que habla totalmente en su favor.

En realidad, a Yorick le gus­tan los caballos hermosos, y en su juven­tud se complació montándolos; pero desde que se estableció en aquel pueblo, como a menudo se hallaba en la necesidad de dejar prestado su caballo a otros para que fueran a llamar a la comadrona lejana, veía tan frecuentemente maltratada a la pobre bestia que prefirió sustituirlo y de­cidió gastar en limosnas el precio de un caballo bueno y comprar otro que nada tuviera que perder y que sirviera igual­mente, revelando así un refinamiento espi­ritual semejante al del «incomparable ca­ballero de la Mancha» (v. Don Quijote). Yorick es un hombre profundamente hon­rado, generoso y sincero, que siente una invencible antipatía y desconfianza hacia la gravedad, no en sí, sino en cuanto es afectación y sirve sólo «de manto para en­cubrir la ignorancia y la necedad».

Siempre dice la verdad, sin preocuparse por las con­secuencias, y denuncia el vicio y la hipo­cresía, aun cuando se hallen en las posi­ciones más elevadas: con ello se crea un montón de enemigos y «la crueldad, la maldad y la cobardía arremeten contra él». Tras haberlas combatido valerosamente, solo contra todos, «abrumado por el número y agotado por las calamidades de la guerra», Yorick arroja la espada y muere de an­gustia, aunque puede todavía pronunciar una frase ingeniosa. Y le entierran en un rincón de su cementerio bajo una sencilla lápida en la que tres únicas palabras sir­ven a un mismo tiempo de epitafio y de elegía: «iAy, pobre Yorick!»

A. P. Marchesini