Yorick

Protagonista de la obra teatral Un drama nuevo (v.), del escritor español Manuel Tamayo Baus (1829-1898). Se trata de un cómico de la compañía de Shakes­peare que desea representar un papel trá­gico en el drama de un joven autor.

El paralelismo entre su realidad personal y la que vive como actor — planos que con­fluyen al final del tercer acto — da más fuerza a su drama íntimo. Yorick, viejo actor, está casado con la joven Alicia, que se siente unida por un amor puro al pro­tegido de su esposo, Edmundo; la fidelidad y gratitud de ambos hacia Yorick los co­loca en una posición torturadora. Las rela­ciones existentes entre los tres son las mismas que unen a los personajes que ellos interpretan en el «nuevo drama»; por eso al final de la obra representada la muerte de Manfredo (Edmundo) por el conde (Yo­rick) se convertirá en realidad al penetrar en la ficción y caer en manos de Yorick una carta de Edmundo a Alicia en que éste le propone la fuga.

De todos los personajes de la obra, Yorick es el que posee mayor fuerza dramática y el que conocemos me­jor; influye en ello la transformación de su carácter, distinto en los tres actos, mo­tivada por los hechos exteriores que en­cienden en él la pasión de los celos, de la que en el primer acto, cuando aún no ardía en ella, decía augurando el desen­lace del drama: «No hay pasión más pode­rosa que esta de los celos; porque entera domina el alma, porque hace olvidarlo to­do». En el primer acto es un hombre bon­dadoso, comprensivo, entregado totalmente a su vocación de actor; nada hay en él que descubra al futuro vengador de una trai­ción inexistente.

En el segundo, Yorick va desde los primeros temores de que su mu­jer no lo ame hasta la plena seguridad de que ella quiere a otro; entonces, desespe­rado, busca quien pueda ser ese otro, duda de todos excepto de Edmundo, su prote­gido; se tortura, vive fuera de sí y llega a quejarse con palabras que parecen arran­cadas a algún personaje de Shakespeare: «El tiempo que se mide por la imagina­ción del hombre, detiénese a veces, ponien­do en confusión y espanto a las almas con anticipada eternidad. Días ha que el tiem­po no corre para mí. ¡Quiero volver a la existencia!» En el último acto vive su pro­pia tragedia en la falsedad de una ficción escénica que se convierte en su propia rea­lidad al caer en su poder la carta de Ed­mundo.

Pero Yorick continúa siendo el mis­mo del primer acto; por eso, después de haber dado muerte a Edmundo, cae de ro­dillas pidiendo misericordia. El mayor acier­to teatral que presenta este personaje re­side en la lucha ciega por alcanzar una ver­dad que ha de acarrear su ruina, verdad que los personajes que le rodean y los espectadores ya conocen.