El Zarco

Personaje, tomado de la realidad, de la novela del mismo nombre (v.) del escritor y político mexicano Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893). Se trata de uno de los bandoleros que durante el pri­mer mandato de Benito Juárez, aprovechán­dose de la debilidad del gobierno por las luchas civiles que asolaban el país, aterro­rizaron la llamada Tierra Caliente.

De es­tos bandidos, denominados por el pueblo «plateados» por los adornos de ese metal que llevaban en sus ropas y en los arneses de los caballos, nos dice Altamirano: «Los bandidos de la Tierra Caliente eran sobre todo crueles. Por horrenda e innecesaria que fuera una crueldad, la cometían por instinto, por brutalidad, por el solo deseo de aumentar el terror entre las gentes y divertirse con él. El carácter de aquellos ‘plateados’ fue una cosa extraordinaria y excepcional, una explosión de vicio, de crueldad y de infamia que no se había visto jamás en México». Uno de ellos era el Zarco, joven «de treinta años, alto, bien proporcionado y cubierto literalmente de plata».

Altamirano no hará de él un rebel­de contra la sociedad, un héroe popular tras el cual vayan las simpatías del lector, como ocurre al otro extremo del continen­te con el «gaucho alzado» (v. Gaucho); para el escritor mexicano el Zarco es «un hombre encenagado en el crimen, un hom­bre para quien era extraña toda noción de bien, en cuya alma tenebrosa y pervertida sólo tenían cabida ya los goces de una sen­sualidad bestial y las infames emociones que pueden producir el robo y las matan­zas». Hijo de una honrada familia, niño todavía fugóse de su casa y marchó a tra­bajar en las plantaciones de caña de azúcar, en las cuales duraba poco por su conducta desordenada. No conoció ni la simpatía ni la adhesión de nadie: «No había amado a nadie, pero en cambio odiaba a todo el mundo», tanto al rico hacendado como al oprimido trabajador.

De una de las hacien­das huyó llevándose varios caballos; más tarde unióse a los bandidos que operaban por aquellas tierras y llegó a convertirse en uno de sus jefes más renombrados, fa­moso por su intrepidez y crueldad. El apo­do de Zarco provenía del color azul claro de sus ojos. Durante la colaboración de las bandas de bandoleros con las tropas liberales conoció en Cuernavaca a Manue­la, joven de buena familia. Una pasión irresistible une muy pronto a los dos. Ma­nuela llega a huir de su casa para seguir al bandido en su vida llena de crímenes. Las relaciones entre ellos, los malos, y entre Nicolás, antiguo enamorado de Ma­nuela, y Pilar, los buenos, forman el argu­mento de la obra. El Zarco es, pues, el prototipo del malo; hasta la valentía será dudosa en él, y aunque dé nombre a la novela no es su protagonista — lo son por igual los cuatro personajes citados—; tiene, sin embargo, dentro de la obra una situa­ción cercana al «deus ex machina»: a su alrededor se teje toda la acción de la no­vela.

Su figura aparece en dos partes de la obra: del capítulo V al VIII, donde es visto directamente a través del autor, y del XVIII al final, con algunas interrup­ciones, en que su imagen nos llega a tra­vés de otros personajes, principalmente de Manuela, dentro de la cual ocurre el fe­nómeno de pérdida de la ilusión, que había hecho del Zarco un ser legendario, héroe de románticas aventuras, al contacto con la realidad de su persona. El final del Zarco serán cinco tiros y la rama de un ár­bol, y junto a su cadáver los gritos de­safiantes de Manuela a los recién casados, Pilar y Nicolás: «Yo no quiero casarme, yo quiero ser la querida del Zarco, de un ladrón».

S. Beser

Zarathustra o Zoroastro

Prota­gonista de Así hablaba Zarathustra (v.), de Friedrich Nietzsche (1844-1900). Es una ex­traña mezcla en la que, sobre la desvaída imagen del gran profeta y legislador persa del siglo VI o V antes de Jesucristo, se inserta el autorretrato del propio Nietz­sche. ¿Por qué motivo Nietzsche, en el momento decisivo en que quiso demostrar que era más que un filósofo y quitarse la máscara, eligió una máscara nueva, y por qué precisamente la del gran profeta orien­tal? Lo mismo que Goethe intentó en su Diván occidental-oriental (v.), Nietzsche lo realizó en este personaje.

Evidentemente, también él pretendía contraponer el Irán a Judea y si de esta última había salido la voz infinitamente dulce y compasiva de «Así habló Jesucristo», Nietzsche quería hacer hablar al Anticristo, a quien más tarde se atrevió a hacer aparecer directa­mente. Lo que le atrajo hacia la figura histórica de Zarathustra (llamado también Zoroastro), de quien, por otra parte, sólo tenemos noticias fragmentarias, es el he­cho de que la religión creada por aquél con­centraba todo su interés en la lucha perpe­tua entre las dos fuerzas que comparte el universo: el Bien y el Mal. Nietzsche, es cierto, aspiraba a trascenderlas a entrambas recreándolas en su significación, pero el problema moral prevalecía en él por encima de todos los problemas teológicos.

De ahí la gran importancia que tiene el carácter de su Zarathustra: es extremadamente va­ronil, sin el menor rasgo de dulzura ni de debilidad femenina; duro para con los de­más y para consigo mismo y más altiva­mente aristocrático que el Coriolano (v.) de Shakespeare, desea tener amigos y se muestra lleno de comprensión ante ellos, pero sólo siente desdén por la muchedum­bre; los animales que adora como si fueran dioses o totems son el águila y la serpiente; el astro favorito y casi divinizado de ese ateo que proclama la muerte de Dios, es el Sol, y en ello Zarathustra se anticipa al futuro dios persa Mitra, que tanta po­pularidad había de alcanzar entre los sol­dados romanos. Una de las características de Zoroastro, según nos las ha transmitido la tradición, es su gran amor por la soledad, y tal vez ésta sea una de las razones de que Nietzsche le erigiera como portavoz suyo. En efecto, el libro que comentamos, aparte las leyes enunciadas, es una verda­dera autobiografía. Nietzsche, desconocido y aislado, se decide a ser su propio evan­gelista.

La plenitud de la imagen bajo la cual se oculta deriva de la culminación de mil pequeños detalles de su vida cotidiana, que Nietzsche recoge con el meticuloso cuidado de un hombre enamorado de sí mismo. Nietzsche había sido un peregrino errante a través de Europa. Así, lejos del Irán, del que no se evoca ni un solo pai­saje, nos hallamos con Zarathustra ora en los senderos montañosos de Sils Maria, ora en felices islas, ora junto a un mar azul que recuerda el de Sorrento o de Génova. Asistimos a ascensiones vertiginosas, a me­diodías de fuego, a auroras y noches pro­fundas que el Zarathustra histórico segu­ramente no conoció jamás; pero Nietzsche es el fiel discípulo de Novalis y del Tristán (v.) wagneriano. Sin embargo, su inten­ción era crear una figura que nada tuviera que ver con el Romanticismo (pero el pro­pio Zarathustra recurre con gran frecuencia a la palabra intraducibie y típicamente ro­mántica «Sehnsucht») y que se alejara so­bre todo de toda la decadencia del siglo XIX: Zarathustra debía ser un hombre fuerte, robusto y primitivo, o sea, no el re­trato de Nietzsche tal cual era, sino tal como hubiera querido ser.

Ello le confiere un peculiar hechizo, ya que, a pesar de la intención del autor, se vislumbran a través de él millares de sensaciones que sólo un hombre de aquella época, y aun precisa­mente un decadente, podía haber conocido y vivido. ¡Cuántas veces Zarathustra llora, y cuántas su débil cuerpo se estremece a causa de una demasiado dolorosa sensibi­lidad! Es un hombre «fin de siglo», pero gracias a su vida solitaria en medio de la Naturaleza y lejos de la ciudad, Nietzsche logró convertirle en un hombre de la Na­turaleza, no de la Naturaleza demasiado dé­bil de un Rousseau, sino de una Naturaleza totalmente entregada a la voluntad de poder y despiadadamente cruel. Sobre todo, Za­rathustra no debía ser un viejo europeo recargado de conciencia histórica. Precisamente porque en sus demás obras Nietzsche había casi abusado de aquélla, esta vez, para moverse con pie ligero y casi danzan­do hacia el porvenir, se esfuerza en apa­recer como hombre que ha olvidado todos los pasados, o a lo sumo presta su cono­cimiento a figuras de segundo término.

A pesar de todo, Zarathustra no logra libe­rarse de todas las vestiduras históricas y convertirse en un ser totalmente nuevo. Involuntariamente, ora asume el tono bíbli­co y la actitud de un Isaías (v.) o de un Jeremías (v.), evocando expresiones de la traducción luterana de la Biblia (v.), ora emplea teutonismos sacados de los Edda (v.), ora pasa de improviso a equívocos jue­gos de palabras y a burlas a la manera de Heine, todo ello sumergido en la magia de la música wagneriana, de la que tan bien imita los «fortissimi» como los «piano». ¿Se ha visto jamás a un profeta que fuera a la vez un literato tan consciente? Todos los gestos y todas las palabras de Zara­thustra parecen estudiados delante de un espejo: es el mayor de los comediantes. Sólo se parece a un profeta verdadero en cuanto está dispuesto al sacrificio de su vida. Tal vez Nietzsche previo su propia caída en la locura y su propio fin, si no trágico, infinitamente triste; en efecto, pagó plenamente su temeridad creadora, y la figura de Zarathustra está aureolada por una infelicidad que le aproxima al papel que artificiosamente quiso desempeñar. Es, pues, casi un profeta, a pesar de todos sus artificios, pero sólo «casi».

Existe una pie­dra de toque: en los Evangelios (v.), todos cuantos rodean o tocan a Jesucristo se con­vierten en seguida en seres maravillosa­mente vivientes; con Zarathustra, como por una maldición, sucede lo contrario: gusta tanto de hablar de su sombra, de la que Nietzsche en Humano, demasiado huma­no (v.) había hecho ya un personaje, que a su alrededor todo se convierte en som­bra, lo mismo las muchedumbres que las figuras individuales: el mago, los reyes o el más miserable de los hombres se trans­forman en pálidos y desvaídos signos. A veces Nietzsche, en su afán de exaltarse aún más, calca expresiones evangélicas, in­cluso en los títulos de sus capítulos, como el de la «cena», pero ello no pasa de ri­dicula blasfemia de un impotente. Más tar­de, trascendiendo también la figura del pro­feta, Nietzsche quiso representarse como Dios y, en la época de su locura, se ima­ginó ser Dionisos crucificado, fundiendo así la figura del dios griego con la de su ma­yor enemigo, el Crucificado, que hubiera sentido por él su máxima compasión.

¡Po­bre Nietzsche, nacido en una época incapaz de crear dioses! Pero ya antes de su muerte cesó la indiferencia que le había rodeado y toda una generación, empezando por la juventud, de la que él hubiera deseado tanto ser el seductor y el legislador, expe­rimentó el influjo de sus doctrinas: se le aceptaba como maestro, se revivía la pasión de su soledad y por un momento él, que en otro tiempo se había puesto bajo la ad­vocación de Voltaire y había pretendido destruir todos los mitos, se convirtió en una figura mítica. Entonces, la fe en él refluyó sobre el personaje de Zarathustra, que el público identificaba intuitivamente con su creador. De año en año las sugestiones de vida y la fascinación de esa figura fueron en aumento. ¿Seguirá siendo así? Tal vez a medida que disminuya la confianza en las ideas y en las doctrinas de Nietzsche y su figura se estabilice a una distancia histórica, Zarathustra perderá su relieve. Y tal vez un día nos parezca no ser sino un fantoche imaginado por un poeta o la lucubración del último romántico.

F. Lion

Zaqueo

Uno de los perso­najes más vivos y cordiales de la historia evangélica. En la cándida y animada pági­na del Evangelio de San Lucas (v.), la fi­gura de este publicano se destaca con netos contornos y su aventura espiritual se des­cribe rápida pero profundamente (capítu­lo XIX, 1-10).

Zaqueo era uno de los recau­dadores jefes con sede en el oasis de Jericó, cuyos palmerales y huertos producían abundantes frutos sujetos a la vigilancia y a la competencia del fisco. Judío de nacimiento, Zaqueo era cordialmente odia­do por sus compatriotas a causa de su profesión, que le colocaba entre los peca­dores públicos. Hombre de baja estatura, para ver a Jesús que pasaba por Jericó tuvo que encaramarse a un sicómoro, y allí le sorprendió la benévola mirada del Maestro: «Baja en seguida, Zaqueo, porque hoy ne­cesito parar en tu casa». La sorpresa del publicano, que en lugar de ásperas palabras oye aquella singular invitación, está indica­da por la prisa con que baja de su árbol y por la alegría que es origen y fin de su apresuramiento.

Y al encuentro de aquella alegría surge la irritación de la muchedum­bre, que acusa a Jesús de entrar en casa de un pecador. Pero ni Jesús ni Zaqueo recogen la maligna especie y Zaqueo, en el umbral de su casa, aun antes de sentarse a la mesa, declara su gratitud a Jesús: «He aquí, Señor, que doy la mitad de mis bie­nes a los pobres, y si alguna vez defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo». A la generosidad de Jesús, que al proponerse hospedarse en casa de Zaqueo desdeña los prejuicios de su gente que evitaba todo contacto con los pecadores públicos, corres­ponde la generosidad verdaderamente he­roica en quien su mismo oficio había hecho avaro e implacable, y que abre su cora­zón a un impulso de caridad auténticamen­te evangélica.

Zaqueo es más que un hom­bre: es la elocuente representación de la eficacia de una invitación de Cristo y de la capacidad de transformación de la leva­dura evangélica. Y es, por encima de todo, la demostración de una caridad que, por parte de Jesús, rebasa toda ficción para llegar hasta las raíces del alma humana y, por parte de Zaqueo, supera todos los lí­mites del cálculo. El gesto de Jesucristo se resuelve en una suprema ventaja de Za­queo y en beneficio de aquellos mismos que se cebaban contra la odiosidad del publicano, obligado a defenderse ante la male­volencia y la crueldad de sus acusadores.

S. Garofalo

Zalacaín

Personaje de la novela Zalacaín el aventurero (v.) del escritor es­pañol Pío Baroja (1872-1956). Zalacaín es un tipo juvenil y simpático de la época de la última guerra carlista. Pocas pero acer­tadas pinceladas le sirven a Baroja para trazar el perfil psicológico del protagonis­ta.

Baroja, para quien lo esencial en la vida es la acción, se complace en presen­tarnos las peripecias de Zalacaín y los personajes que pululan a su alrededor. Za­lacaín sueña sus primeras aventuras en un caserío a pocos pasos de Urbía, pertenecien­te a la familia de Ohando, la más linajuda y rica de Urbía. La madre de Zalacaín — el padre murió en una epidemia de viruelas — vive casi de la misericordia de los Ohando. Pero Zalacaín tiene entre los demás chicos el ascendiente de su audacia y de su teme­ridad. Nadie se cuida de él, no va a la escuela y huronea por todas partes. Su abandono le obliga a templar la osadía con la prudencia. Zalacaín es afortunado; todo lo que intenta le sale bien: negocios, con­trabando, amores, juego… Su vida es acci­dentada y peligrosa, pero Zalacaín tiene serenidad y calma.

Sabe medir el peligro y ver la situación real de las cosas, sin exageraciones y sin alarmas. Comienza a impregnarse del liberalismo francés y a encontrar atrasados y fanáticos a sus pai­sanos. A pesar de ello cree que don Carlos, en el instante que inicie la guerra, conse­guirá la victoria. Para Zalacaín la guerra es mejor que la paz. Prefiere la guerra a estar siempre hecho un esclavo. También es un soñador. En el fondo de su alma guarda un sueño cándido y heroico, infantil y bru­tal. ¡Qué emoción vivir siempre en acecho, en una continua elasticidad de la voluntad, atacando, huyendo, robando, incendiando! Zalacaín es incapaz de reposo, inhábil para la aquiescencia contemplativa. Zalacaín es la inquietud personificada.

Ha crecido sal­vaje como las hierbas y necesita la acción, la acción continua. La vitalidad que bulle en el fondo mismo de su ser le empuja a la aventura. Con la restauración de la di­nastía isabelina en España la causa del Pretendiente va de capa caída. Zalacaín ha trabajado por los carlistas, pero en el fondo cree que es liberal. A Zalacaín eran los obstáculos los que le daban bríos y fuerza. Ahora Zalacaín no los tiene y va a tener que inventárselos. En pos de la gloria sirve de guía a una columna francesa que sube a Peñaplata. Pero Zalacaín muere a trai­ción mientras obliga a su cuñado a pedir perdón a Catalina su hermana y esposa de Zalacaín. «A lo lejos, un clarín guerrero hacía temblar el aire de Ronces valles». En el cementerio de Zaro, un pueblo muy pe­queño, hay una tumba de piedra en la que yace Martín Zalacaín, muerto a los 24 años. Como dice el poeta: «Aunque el libro de la historia / Su rudo nombre rechaza, / ¡Caminante de su raza, / Descúbrete ante su gloria!»

J. M.ª Pandolfi

Zagloba

[Jan Zagloba]. Es el perso­naje humorístico mejor trazado por el es­critor polaco Henryk Sienkiewicz (1846- 1916): en la trilogía que narra las guerras sostenidas por Polonia entre 1647 y 1673 contra los cosacos (A sangre y fuego, v.), contra el rey de Suecia (El diluvio) y con­tra los tártaros (Señor Wolodyjowski), su figura de soldado veterano ocupa un lu­gar primordial.

Su aspecto exterior nada tiene de hermoso: es grueso, barrigudo, tuerto y chato. Además, es borrachín y truhán, fanfarrón, enredón y turbulento, hasta el punto de que muchos críticos de su mismo país le han llamado el «Falstaff (v.) polaco». Pero el parecido entre ambas figuras termina aquí: Jan Zagloba no es un burgués de Windsor, sino un noble po­laco, y no ha perdido las mejores cualida­des que distinguen a la nobleza de su país.: la lealtad para con los amigos, la bondad de corazón y un sentido caballeresco que no le permite arremeter contra el enemigo medio muerto, aunque antes le haya trai­cionado con el auxilio de la bebida. Hom­bre de fértil ingenio y de lengua más afi­lada que su sable, Zagloba es una mezcla de miedo y de audacia que hace reír in­cluso en los momentos más críticos.

Sus camaradas se burlan de él y no hacen el menor caso de las heroicas hazañas que narra para hacer .pasar por herida de gue­rra la catarata de su ojo inútil, conse­cuencia, a decir suyo, de un victorioso due­lo ora con un tártaro, ora con un valaco y ora con un turco. « ¡Al ataque, duro con ellos!», grita cuando se halla en se­guridad, pero tiembla si de veras tiene que enfrentarse con el enemigo. A pesar de todo, el propio miedo le hace pasar por valeroso: perseguido por el jefe cosaco Zburlaj, terrible espadachín, huye como un condenado murmurando: « ¡Adiós, esta vez no me escaparé; reventaré y conmigo morirán todas mis pulgas!» Pero cuando el otro está a punto de alcanzarle, Zagloba, por pura desesperación, se vuelve y ex­clama: « ¡Estás persiguiendo a Zagloba, sá­belo bien!» Y acomete con tal violencia que pone al otro en huida.

La modestia con que hace pasar la fuga por astucia de guerra es extraordinaria, y más asombroso es todavía oírle explicar su costumbre de beber antes de la batalla, comparándose con ello a César (v.) y a Alejandro Magno (v.). Pero su figura es todavía más afor­tunada por los ardides de que se vale para salir de apuros o sacar de ellos a los de­más: la guerra le brinda a cada momento ocasiones para ejercitar su ingenio a ex­pensas del enemigo. Se emborracha con el atamán cosaco Bogun; pero una vez que le ve mortalmente herido en una refriega, no tiene reparo en arrebatarle a la mucha­cha que ama perdidamente, Elena, la cual está prometida a un valeroso polaco; la fuga por la estepa, sembrada de campamen­tos cosacos, en la que Zagloba va disfra­zado de juglar ciego y la joven de laza­rillo mudo que le acompaña, está llena de peripecias, pero finalmente termina bien.

Bogun, a quien Zagloba se limitó a ama­rrar, en lugar de darle muerte, como hu­biera podido hacer sin peligro, encuentra a aquél borracho, le manda atar y se dis­pone a enviarlo bajo escolta al campo co­saco, pero Zagloba logra desatarse, sube al altillo del henil en que estaba provisional­mente encerrado, retira la escala y desde allí se defiende como un león, dando muer­te a cuantos intentan prenderle. A pesar de todo, estaría perdido si no llegara Wolodyjowski a libertarle con sus tropas. Zagloba le abraza, pero se atribuye la mayor parte de la victoria, dejando mudo de asombro a su libertador, que jamás hubiera pensado en compartir con él la gloria de la empre­sa.

En realidad, Zagloba es insuperable en sus estratagemas: el mejor ejemplo es aque­lla en la que libera a los caballeros polacos enviados en rehenes al rey de Suecia: des­armados, furiosos y acongojados, los prisio­neros han perdido por completo el ánimo, pues son guerreros y nada más. Zagloba, en cambio, se hace amigo del jefe de la escolta, finge ser pariente suyo, le embriaga, le roba el casco y la capa y gracias a ellos puede escapar y pedir auxilio, y los caba­lleros recobran la libertad. La facilidad de palabra de Zagloba no desdice de su inge­nio: para todo el mundo tiene un mote adecuado e hiriente que siempre da en el blanco y suscita las carcajadas de los compañeros. Se atreve a dar consejos en asun­tos de política y de guerra (la forma con que regula el duelo entre Bogun y Wolody-jowski es una obra maestra de prudencia) e incluso se atreve a dictar a los grandes personajes sus mejores réplicas.

Así, cuan­do un enviado sueco conmina al príncipe Zamojski a que rinda la ciudad de Zamosc, ofreciéndole en cambio la ciudad de Lublin, que no le pertenece, Zagobla sugiere al oído al príncipe, que no acierta a con­testar por pura indignación, la siguiente respuesta: «Ofrézcale vuestra alteza al rey de Suecia los Países Bajos». La respuesta del príncipe suscita una tal hilaridad, que el enviado, ofendido, se retira, y Zamosc no se rinde. «Eres como la zorra, que con la lengua o con el rabo siempre logra sal­varse», dice a Zagloba uno de sus cama- radas; pero él no se considera menor que el propio Ulises (v.). Como Ulises en Sciro le vemos al principio de la guerra tártara, cuando va en busca de Wolodyjowski que, dolorido por la muerte de su novia, ha in­gresado en un convento. Las palabras de consuelo de Zagloba son una maravilla; tanto es así, que Wolodyjowski acaba tro­cando su hábito monacal por los arreos mi­litares que Zagloba, previsoramente, tenía ya preparados.

Con maliciosa complacencia observa entonces la transformación que el traje opera en el espíritu de aquél: en un momento, el fraile se ha convertido de nuevo en un soldado. Ésta es, a grandes rasgos, la figura de Zagloba, para cuyas empresas no bastaría un tomo entero; cuan­do aparece entre la muchedumbre de los personajes, en medio de auténticos héroes y de grandes jefes, la sonrisa asoma espon­táneamente a nuestros labios. Cuando toma parte en su última guerra, tiene nada me­nos que noventa años; pero, al igual que ocurriera en la primera, una vez superados los momentos trágicos, vuelve a su acos­tumbrada alegría, que constituye una ver­dadera fuerza para quien vive continua­mente entre peligros y emboscadas.

Se sabe que para crear este personaje, Sienkiewicz se inspiró en un ser real: un hombre de ca­rácter contradictorio, a la vez violento y simpático, Jan Crysostom Pasek, que vivió en el siglo XVII y escribió unas Memorias (v.) que alcanzaron considerable resonan­cia en la literatura polaca del siglo XIX. Sin embargo, no fue Pasek quien alcanzó la popularidad: gracias al arte de Henryk Sienkiewicz, fue Zagloba quien se convirtió en personaje proverbial y ha seguido vi­viendo en el lenguaje común y en el es­píritu del pueblo, con una mentira, una sonrisa y una promesa que no habrá de cumplirse jamás.

M. B. Begey