Zacarías

La historia de Zacarías, padre de San Juan Bautista (v.), se compendia en su mismo nombre: «Zakar Jah», «Dios se ha acordado».

En efecto, Dios se acordó de su esposa Elisabeth o Isabel, estéril, y de su fe, y de su pueblo, y del Mesías. Y se acordó también de que el Antiguo Testamento iba a cerrarse; y de que con Zacarías se inauguraba el «nue­vo y eterno Testamento». Cuando Zacarías oficia en el Templo del cual es sacerdote, cuando entre la niebla del incienso se le aparece el ángel de las anunciaciones, Ga­briel (v.), cuando circuncida a Juan, per­tenece a la tradición petrificada de Israel. Su fe es una fe sin horizontes, es una es­peranza adormecida; la pérdida de la pa­labra cuando duda de la concepción angé­lica, es un castigo de Moisés (v.) , pronto como el Dios de Eliseo (v.). Pero luego todo se amplía y se abre: Gabriel es el ángel de María, que aparece junto al tu­ríbulo de oro, sin su antigua espada de fuego, sino con dos lirios virginales y en­tre perfumes y salmos: «Elisabeth te pa­rirá un hijo, y le llamarás Juan; y será para ti gozo y alegría… y estará lleno de Espíritu Santo desde el seno de su madre».

Zacarías llega hasta el límite de las eda­des, pero llega mudo: no supo ver lo invi­sible, él, el padre del Precursor. El Mesías se aproxima, se oyen ya sus pasos, es ya carne cuando nace Juan. Zacarías ha lla­mado Juan, «gracia de Dios», a su hijo. Elisabeth no sabía nada y también ella le dio el mismo nombre; el milagro tendió aquel nombre como un puente entre el pa­dre mudo y la madre estéril. Dios trabaja en el vacío. Y he aquí que Zacarías «se sintió lleno de Espíritu Santo y profetizó diciendo: Bendito sea el Señor Dios de Israel». Es el «Benedictus», el último sal­mo, el canto de la llegada, donde la fe y la esperanza reposan en la visión: «Y tú, infante, serás llamado profeta del Altísimo: y caminarás ante su faz para prepararle el camino».

La profecía de Juan está en la mano que señala al Mesías: «Ecce Agnus Dei». La profecía de Zacarías es como abrir los ojos a la gran luz, a la Verdad que brilla entre las tinieblas y a la Santidad que resplandece entre las sombras de la muerte: «Nos visitó la aurora desde lo alto, para iluminar a aquellos que yacen en las tinieblas y en las sombras de la muerte». ¿Qué profeta había dicho jamás del Verbo: «Nos visitó»?

P. De Benedetti