Squire Western

Personaje de la His­toria de Tom Jones (v.), novela de Henry Fielding (1707-1754), y tal vez el tipo más memorable de la obra.

Es el completo re­trato del hidalgo campesino, típico repre­sentante de una capa social que Fielding, en su infinita magnanimidad, comprendía y cri­ticaba. Desde el momento en que el «squire» aparece en escena, con la irónica descrip­ción de su acostumbrado modo de pasar la tarde: «El señor Western tenía la costumbre, todas las tardes, en cuanto se sentía un poco achispado, de escuchar a su hija mientras tocaba el clavicordio; en efecto, era muy amante de la música, y tal vez, si hubiese vivido en la ciudad, hubiera podido pasar por entendido, porque siempre protestaba contra las mejores composiciones del señor Haendel…», hasta cuando murmura, y no precisamente en voz baja: «tanto mejor pa­ra Tom porque muera yo de mala muerte si no goza de ella» (aludiendo a Sofía), el «squire» domina la escena y reaviva la acción cada vez que aparece.

Las palabras que caen de sus vulgares labios, ya discuta con su cuñada, ya reprenda, con todo res­peto, a su hija/tienen una fuerza natural y una intensidad que superan a las de los demás personajes. Aunque brutal, grosero, tiránico y egoísta, no tiene nada de tonto, de torpe ni de cobarde; colérico, pero afec­tuoso, ruidoso en sus manifestaciones de amistad, violento cuando le contrarían, duro de mano pero flaco de argumentos, borra­chín, robusto e inclinado al lenguaje algo soez, el «squire» Western, aun siendo un carácter poco amable, queda grabado en la memoria gracias al arte de Fielding, que supo pintarle sin idealizaciones ni defor­maciones caricaturescas. Otros autores, co­mo Molière y Congreve, intentaron repre­sentar el mismo tipo, pero ninguno lo logró con el vigor y la plenitud de Fielding.

M. Praz

Spenlow y Jorkins

Dueños de un despacho de procuradores en Doctors’ Commons, en Londres, en el cual trabaja David Copperfield (v.), protagonista de la novela de su nombre (v.) de Charles Dickens (1812-1870). Jorkins es una persona afable y discreta, que sólo raras. veces aparece, pero Spenlow pretende hacerle pasar por un hombre intratable, con objeto de po­derle atribuir su negativa a las peticiones que no le convienen. De ahí que la pareja se haya convertido en designación prover­bial para indicar el recurso de atribuir la dureza de la conducta propia a un socio que se mantiene en la sombra.

M. Praz

Sotileza

Protagonista de la novela de su nombre (v.) de José María de Pereda (1833-1906). Silda, llamada Sotileza, sólo tiene doce años cuando empieza la novela.

Su belleza no consiste todavía ni en su rostro, ni en sus formas aún infantiles, sino en su pulcritud, que la hace destacar sobre la suciedad general del barrio marinero en que vive. Huérfana del náufrago Mules, recogida en casa de Mocejón, Silda se con­vierte en un ser adorable: su característica es la finura, una finura elegante, reluciente, casi metálica, como el sedal cuyo nombre lleva. Es un ángel de Dios — dice el com­padre Mechelín, siempre pronto a entonar sus alabanzas — y no una mujer. Es una pura «sotileza».

Sotileza vive entre juga­dores y odia el juego; entre blasfemadores y huye de las palabras indecentes; en lu­cha con un ambiente hostil se crea otro, de pulcritud moral y física, que sólo le pertenece a ella, como si fuera una afec­tuosa cenicienta o una mártir cristiana; ante todo lo asqueroso que la rodea re­acciona con frialdad y con orgullo; está agradecida a la familia que la acogió cuan­do no tenía techo bajo el cual cobijarse, pero no le cobra afecto, como si su cora­zón se hubiera secado en el esfuerzo de defenderlo contra los malos ejemplos y evitar su contaminación. Bella, atractiva, altiva, pulcra y educada, Sotileza es tam­bién honesta en extremo: rechaza al seño­rito porque «Dios no quiere que la toque», pero protege y acaricia — tal vez porque conoce por experiencia lo que significa necesitar protección — al monstruoso Muergo, medio animal y medio hombre, en una especie de nueva edición de «la belle et la bête», a la manera de Jean Cocteau, pero siempre en un plano de bondad y de espiritualidad que no tolera contactos fí­sicos.

Así, Sotileza pasa por su mundo tan acostumbrada a sofocar sus inclinaciones y sus deseos ante la maledicencia de cierta gente o el excesivo afecto de otra, que no acabamos de comprender adonde quiere ir a parar. Su historia — historia de mujer bella y pulcra en un ambiente hostil — ter­mina bastante lógicamente. Sotileza se ca­sará con Cleto, marinero rudo pero bueno, de quien no está enamorada; pero podemos estar seguros de que permanecerá fiel a su marido, ya que éste es su destino. Es in­útil intentar adivinar cuáles son sus ínti­mos pensamientos, en qué sueña, qué qui­siera ser ni con quién quisiera casarse. Sotileza vive fuera de su ambiente y se crea un mundo en la más profunda intimi­dad de su alma, defendiéndola contra todos y contra todo.

F. Díaz-Plaja

Sosias

Personaje de diversas comedias dedicadas a Anfitrión (v.). Aparece bajo el nombre de Sosias en la obra del latino Plauto (2549-184 a. de C.); como Sosie, en los franceses Molière (1622-1673) y Girau­doux (1882-1944), y como Sosias en el ale­mán Kleist (1777-1811).

El aspecto funda­mental de esta figura de farsa es el esta­blecido por el Anfitrión [Amphitruo] de Plauto, con habilísimos movimientos escé­nicos: el contraste entre Anfitrión (v.) y Júpiter, que bajo su apariencia engaña a Alcmena (v.), se repite, con mayor brío, en Sosias, siervo de Anfitrión, que ve como el siervo de Júpiter toma su propio aspecto para engañar a su mujer. Pero el drama conyugal de Sosias desaparece para dejar subsistir sólo la extrañeza de un doble ab­surdo parecido: el de Sosias con Mercu­rio y el de su aventura y la de su amo. Sosias, por lo tanto, vive gracias a éste.

Pero la semejanza es burlesca: Sosias es un espejo en el que la tragedia, al refle­jarse, se convierte en farsa. En la obra de Molière, en cuanto empieza a darse cuenta de que durante su ausencia ha sucedido algo, prefiere no hacer indagaciones: y el drama interior del adulterio no llega ni siquiera a aparecer a la superficie. Así, en el Anfitrión [Amphitryon], de Heinrich von Kleist, las escenas entre los dos Sosias y la mujer no sólo mantienen su comicidad» mientras en el resto de la obra reina una mayor conciencia dramática, sino que se hacen más groseras, y violentas. En cam­bio, en el Anfitrión 38 (v. Anfitrión), de Giraudoux, Sosias desarrolla el tono que le había dado ya Molière, y por el ligero halo que ilumina sus acciones y por el irónico, pero nada cruel ni vulgar, juego que rodea a su figura, no se nota en él el reflejo de la misma desventura conyugal de su amo.

El interés del escritor contemporáneo, cen­trado en el restablecimiento de la fidelidad de Alcmena, que no llega a enterarse del engaño del dios, dejan en la sombra la per­sona del esclavo que en las anteriores co­medias servía de risible contrapunto. Una particular referencia a su papel, típico para la trama de un enredo, se halla en la re­fundición Anfitrión o los dos Sosias [Am­phitryon or two Sosias], del autor inglés Dryden (1631-1700), así como en la comedia Los Sosias [Les Sosies], del francés Rotrou (1609-1650).

C. Cordié

Sordel

Sordel aparece como personaje central del poema Sordello (v.), del inglés Robert Browning (1812-1889): es uno de los más completos y elaborados retratos que el poe­ta trazara jamás, retrato de alma ambicio­sa, cuyas ambiciones van mucho más allá que su poder y sus medios, y más incli­nado a complacerse en fantasías de volun­tad y de acción que en querer y obrar efectivamente.

La juventud de Sordel se nutre de quimeras: imagina ser Apolo, o ese o es otro héroe de su época; y en sus sueños está y actúa a la altura de sus as­piraciones; pero después, ante la actuación efectiva, se hace atrás y su voluntad permanece inerte precisamente cuando más urge la acción. Su imaginación domina a todas sus demás facultades, confiriéndole un carácter de egoísmo intelectual que le aleja de la acción y de la simpatía: para él los demás hombres no son sino un com­plemento suyo, destinado a hacerle brillar y a servirle de fondo. Sin embargo, el ob­jeto de su egocentrismo no es vulgar: Sor­del aspira ni más ni menos que a captar la plenitud de la vida de una sola vez; su mente percibe lo infinito y lo esencial tan claramente que desdeña como meros acce­sorios las condiciones necesarias para el cumplimiento de sus sueños y aspira a vo­lar de golpe hasta la cumbre, en lugar de subir peldaño tras peldaño.

De ahí su fraca­so, pues al ver que no lo puede lograr todo de una vez, Sordel no halla otra alterna­tiva que la de no hacer nada, y se aban­dona a una virtual indolencia, semejante a la de la peonza que gira tan de prisa que su movimiento no se advierte siquiera. El poeta y el hombre de acción se enlazan y se anulan mutuamente; por fin Sordel da con una gran tentación, logra dominarla, pero perece en el esfuerzo. Para el mundo su vida es una vida fracasada, pero a sus propios ojos no es así, ya que antes de cerrarlos le ha sido concedido ver la ver­dad y reconocerla. Semejante carácter de Sordel nada tiene que ver con el perso­naje dantesco: Browning partió de la idea general de un poeta filosófico para atri­buirle una concepción más típica de la edad romántica que de aquella que el auténtico Sordello vivió.

M. Praz