Sordel

Sordel aparece como personaje central del poema Sordello (v.), del inglés Robert Browning (1812-1889): es uno de los más completos y elaborados retratos que el poe­ta trazara jamás, retrato de alma ambicio­sa, cuyas ambiciones van mucho más allá que su poder y sus medios, y más incli­nado a complacerse en fantasías de volun­tad y de acción que en querer y obrar efectivamente.

La juventud de Sordel se nutre de quimeras: imagina ser Apolo, o ese o es otro héroe de su época; y en sus sueños está y actúa a la altura de sus as­piraciones; pero después, ante la actuación efectiva, se hace atrás y su voluntad permanece inerte precisamente cuando más urge la acción. Su imaginación domina a todas sus demás facultades, confiriéndole un carácter de egoísmo intelectual que le aleja de la acción y de la simpatía: para él los demás hombres no son sino un com­plemento suyo, destinado a hacerle brillar y a servirle de fondo. Sin embargo, el ob­jeto de su egocentrismo no es vulgar: Sor­del aspira ni más ni menos que a captar la plenitud de la vida de una sola vez; su mente percibe lo infinito y lo esencial tan claramente que desdeña como meros acce­sorios las condiciones necesarias para el cumplimiento de sus sueños y aspira a vo­lar de golpe hasta la cumbre, en lugar de subir peldaño tras peldaño.

De ahí su fraca­so, pues al ver que no lo puede lograr todo de una vez, Sordel no halla otra alterna­tiva que la de no hacer nada, y se aban­dona a una virtual indolencia, semejante a la de la peonza que gira tan de prisa que su movimiento no se advierte siquiera. El poeta y el hombre de acción se enlazan y se anulan mutuamente; por fin Sordel da con una gran tentación, logra dominarla, pero perece en el esfuerzo. Para el mundo su vida es una vida fracasada, pero a sus propios ojos no es así, ya que antes de cerrarlos le ha sido concedido ver la ver­dad y reconocerla. Semejante carácter de Sordel nada tiene que ver con el perso­naje dantesco: Browning partió de la idea general de un poeta filosófico para atri­buirle una concepción más típica de la edad romántica que de aquella que el auténtico Sordello vivió.

M. Praz