Stelio Éffrena

Protagonista de la novela El juego (v.), de Gabriele D’Annun­zio (1863-1938). Más decididamente que Claudio Cantelmo, Stelio Éffrena personi­fica al Superhombre en una representación casi autobiográfica y exaltadora. En efec­to, se trata de un gran poeta y músico, admirado por todos y absolutamente seguro de cuanto la vida le debe como natural tributo a su privilegiado ser.

Semejante situación no permanece vaga como ocurre con Claudio Cantelmo, sino que se con­creta psicológicamente en sus relaciones amorosas con la Foscarina, punto en el que el nuevo tema del Superhombre se enlaza con los antiguos motivos de la lujuria y del sufrimiento que la lujuria inflige y anhela. En ello consisten los me­jores acentos de este personaje, ricos y vigorosos en tal forma que es justo que no sólo conceptualmente sino desde el punto de vista artístico, Stelio Éfrena haya pa­sado a la memoria de los lectores como símbolo casi proverbial del poeta Superhombre.

E. De Michelis

Steerforth

Personaje de la novela David Copperfield (v.), de Charles Dickens (1812-1870). Joven rico y mimado por su madre, que le adora, dotado de una inte­ligencia muy aguda, pero profundamente egoísta e irreflexivo, su corrupción inte­rior contrasta con la belleza y la gracia de su aspecto.

Sabe como nadie imponer su personalidad y tiene el don de fascinar a los demás y doblegar sus voluntades; cínicamente, se sirve de ese poder para satisfacer su sed de placeres, desdeñando todo vínculo moral o afectivo. Pero su malvada determinación no es tan mons­truosa que no se sienta a veces sacudida por la voz del remordimiento, como si fue­ra un ansia de bien no totalmente extin­guida, que, a pesar de todo, sólo logra pro­vocar en él una momentánea turbación. Así ocurre, por ejemplo, cuando dice a David (v.), poco antes de llevar a cabo la más diabólica de sus empresas, que le recuerde en sus momentos mejores.

Precisamente en estos puntos el novelista se esfuerza, aun­que en vano, por ahondar en el carácter de su personaje, manteniéndose siempre, sin embargo, sobre la plantilla del héroe byroniano del cual Steerforth no es sino una pálida copia. Como el héroe de Byron, Steerforth siembra dolores sin el menor reparo, es bello y malvado, ama y destruye, viaja por mar y por tierra, y finalmente muere en actitud de reto durante un es­pantoso naufragio. Pero tales rasgos, a los que Byron pudo, en virtud de una íntima congenialidad, imprimir de vez en cuando el relieve de la pasión, carecen de vida en Dickens, el cual introduce mecánica­mente el personaje de Steerforth sólo para crear una antítesis y explotar un efecto a largo plazo y, al hallarse entre las manos una figura que plantea el sugestivo proble­ma de la alianza misteriosa entre el mal y la belleza, intenta explotarlo algo a fondo, pero, como un niño que pretendiera morder una galleta demasiado dura, sólo puede atacarlo ora en un punto, ora en otro, para contentarse al fin con lamerlo.

N. D’Agostino

Stavroguin

Personaje de Los ende­moniados (v.), de Fedor Dostoievski (Fëdor Michajlovič Dostoevskij, 1821-1881). Se­gún las propias palabras del escritor, en una carta al crítico Katkov: «Stavroguin es una figura sombría y siniestra, e incluso trágica».

Es uno de los tres protagonistas contra cuyo ateísmo arremete el escritor (v. Verchovenski y Kirilov). Nikolai Vsevolodovich Stavroguin es en cierto sentido el complemento de Verchovenski por lo que se refiere a la «demonicidad» del mal, y la antítesis de Kirilov, porque mientras en él «el mal — según palabras de Dostoievski — era frío y tranquilo y racional», en Kirilov incluso el ateísmo es incertidumbre e in­decisión, como una fe en busca de un pun­to de apoyo. Stavroguin no está absoluta­mente privado de sentido moral: lo que ocurre es que lo ha sofocado en sí, racio­nalmente, y racionalmente dirige toda su fuerza hacia el mal, realizando los actos más atroces, del mismo modo que, si su objetivo hubiera sido otro, habría podido dirigirla quizás hacia el bien.

Lo que le falta es sentimiento, y en cambio le sobra fuerza intelectual. Esa inteligencia se pone a disposición de una actividad destructora, de aquel nihilismo que nada tiene que ver con las teorías de Bazarov (v.) en Padres e hijos (v.), de Turguenev, pero que, par­tiendo de aquéllas, se ha convertido en acción (el terrorismo contra el cual se dirige la novela dostoievskiana). Pero, a pesar de esos aspectos negativos, Stavro­guin es una figura a la que no faltan, ade­más de las atractivas características exte­riores de la riqueza, de la nobleza, de la belleza y de la fuerza, ciertos elementos positivos interiores, como una constante melancolía que parece tristeza y la fuerza de humillarse con castigos tremendos, ape­nas ocultos por la ironía, como el matri­monio que contrae, aunque sin llegar a consumarlo, con la coja e idiota María Ti­mofeevna.

La propia «confesión» que él mismo hace del más vil de sus actos, la violación de una niña, que a consecuen­cia de ello se ahorca por su culpa, nos hace ver que en él, tras el arrogante racio­nalista, queda todavía una centella de humanidad. Ésta, sin embargo, no es suficien­te para llevarle a un acto de nobleza que compense la bajeza de su pecado, y el sui­cidio es para él un desahogo de su deseo de poner fin a sus tormentos, más que un acto de justicia contra sí mismo. Merece recordarse el hecho de que, a pesar de que Dostoievski mismo afirmó haber sacado la figura de Stavroguin directamente de su propio corazón, la crítica ha encontrado en ella muchos rasgos biográficos del anarquista Bakunin.

E. Lo Gatto

Starodum

Personaje de la comedia rusa El menor de edad (v.), de Denis Ivanovič Fonvizin (Von Vizin, 1745-1792). Al lado del personaje central, Mitrofanushka (v.), blanco de la sátira, y de la verdadera protagonista, Prostakova (v.), Starodum (el hombre chapado a la antigua) es en cierto modo el personaje en quien se concentran las ideas del autor.

Menos vivo que los de­más, por esa misma razón, su papel es esencialmente el del «raisonneur» de la comedia francesa, es decir, una especie de oráculo sentencioso, aunque no carente de cierta cultura filosófica que, para los fines de la comedia, se reduce a una moral a ras de tierra. (Es más honrado sufrir un daño sin culpa que ser ascendido sin mé­rito; sin alma, el hombre más instruido de este mundo es un animal digno de com­pasión, etc.). El momento esencial de Sta­rodum se halla al principio del acto V, cuando, en su conversación con el «deus ex machina» (v.) de la comedia, Pravdin, da indirectamente consejos y preceptos a los soberanos y adula a la emperatriz Ca­talina II.

E. Lo Gatto

Stalky

Protagonista de la novela de Rudyard Kipling (1865-1936) Stalky & Co. (v.), en la que el autor, reflejando hechos y episodios de la época que pasó en un colegio del North Devon, nos ofrece un es­bozo de retrato de sí mismo en la adoles­cencia— bajo los rasgos del alumno Beetle (v.) —y de algunos de sus compañeros que, si bien no ejercieron ningún influjo en su destino de escritor, sin duda debieron ser­virle de modelos más tarde, cuando se trató de definir caracteres y de dar rostro y alma a sus personajes.

Así Mr. Corkran, el «tío Stalky» para sus íntimos, muchacho de 16 años que capitanea la banda «infer­nal» del colegio, hombre de acción, estra­tega, especie de Fígaro (v.) que para cada problema tiene una solución y que si conviene sabe aguantarse y deportivamente «encajar los golpes», aguardando sin impa­ciencia su hora, saboreando la espera y en­gañándola con hábiles diversiones, este mu­chacho que no olvida jamás el sentido de su apodo (sacado de «to stalk», cazar acer­cándose furtivamente a la presa), será ma­ñana el soldado colonial, de siete pies de altura y cuatro de tórax, taciturno y des­pótico, pundonoroso y coriáceo y al mismo tiempo «sereno como un toro sagrado de Brahma», con una sola, divisa en lo más profundo de su ser: servir, obedecer, man­tenerse en su puesto de centinela avanza­do, siempre y en todo momento en los in­finitos caminos que conducen a un Londres imperial. Tales muchachos y tales hombres, dibujados con vigoroso trazo por escritores de la incisiva potencia de Kipling, explican la obstinada fortuna británica mejor que cien estudios políticos.

E. Gara