Sotileza

Protagonista de la novela de su nombre (v.) de José María de Pereda (1833-1906). Silda, llamada Sotileza, sólo tiene doce años cuando empieza la novela.

Su belleza no consiste todavía ni en su rostro, ni en sus formas aún infantiles, sino en su pulcritud, que la hace destacar sobre la suciedad general del barrio marinero en que vive. Huérfana del náufrago Mules, recogida en casa de Mocejón, Silda se con­vierte en un ser adorable: su característica es la finura, una finura elegante, reluciente, casi metálica, como el sedal cuyo nombre lleva. Es un ángel de Dios — dice el com­padre Mechelín, siempre pronto a entonar sus alabanzas — y no una mujer. Es una pura «sotileza».

Sotileza vive entre juga­dores y odia el juego; entre blasfemadores y huye de las palabras indecentes; en lu­cha con un ambiente hostil se crea otro, de pulcritud moral y física, que sólo le pertenece a ella, como si fuera una afec­tuosa cenicienta o una mártir cristiana; ante todo lo asqueroso que la rodea re­acciona con frialdad y con orgullo; está agradecida a la familia que la acogió cuan­do no tenía techo bajo el cual cobijarse, pero no le cobra afecto, como si su cora­zón se hubiera secado en el esfuerzo de defenderlo contra los malos ejemplos y evitar su contaminación. Bella, atractiva, altiva, pulcra y educada, Sotileza es tam­bién honesta en extremo: rechaza al seño­rito porque «Dios no quiere que la toque», pero protege y acaricia — tal vez porque conoce por experiencia lo que significa necesitar protección — al monstruoso Muergo, medio animal y medio hombre, en una especie de nueva edición de «la belle et la bête», a la manera de Jean Cocteau, pero siempre en un plano de bondad y de espiritualidad que no tolera contactos fí­sicos.

Así, Sotileza pasa por su mundo tan acostumbrada a sofocar sus inclinaciones y sus deseos ante la maledicencia de cierta gente o el excesivo afecto de otra, que no acabamos de comprender adonde quiere ir a parar. Su historia — historia de mujer bella y pulcra en un ambiente hostil — ter­mina bastante lógicamente. Sotileza se ca­sará con Cleto, marinero rudo pero bueno, de quien no está enamorada; pero podemos estar seguros de que permanecerá fiel a su marido, ya que éste es su destino. Es in­útil intentar adivinar cuáles son sus ínti­mos pensamientos, en qué sueña, qué qui­siera ser ni con quién quisiera casarse. Sotileza vive fuera de su ambiente y se crea un mundo en la más profunda intimi­dad de su alma, defendiéndola contra todos y contra todo.

F. Díaz-Plaja