Susana Bridehead

[Sue Bridehead]. Personaje de la novela Judas el Obscuro (v.), de Thomas Hardy (1840-1928), figura delicada de muchacha cuya alma se debate en un insoluble conflicto entre la razón y los instintos, su dilema es semejante al de su primo Judas Fawley (v.).

Su enfer­medad psíquica, sin embargo, es más gra­ve, por cuanto Sue tiende con menores fuerzas a un ideal todavía más confuso y abstracto, que toma la forma de una espe­cie de contemplación masoquista en la que la anulación de sí misma es la exaltación más completa de su propio yo, cerrado y tenaz. De esa especie de furor sacrificial procede el desdoblamiento en virtud del cual, mientras a veces Sue, relajando todas sus fuerzas, cede al ímpetu de sus sentidos, otras le parecen extraños y repulsivos in­cluso aquellos seres que más cerca están de su corazón; y la aspiración a la pureza, que poco a poco va destacándose de su frágil cuerpo, se refugia por entero en su cerebro hasta intoxicarle.

Del mismo modo que un proceso cerebral la obliga a volver al marido que físicamente le repugna, cuan­do se halla con Judas, a quien ama, en la vida del espíritu permanece alejada de él, y el vínculo carnal que los une contiene siempre, a sus ojos, un sentido de culpa. Y cuando la vida se ensaña con ellos, an­tes que reaccionar a las adversidades, Sue las acoge pasivamente, convirtiéndose en más fácil presa del sarcástico destino que la abruma. Y su esbelta y frágil figura pasa, en el doloroso desgarrón de vida que abre la novela, sin acabar de aclararse jamás por completo, pero siempre envuelta en una gracia que su misma complejidad viene a aumentar.

N. D’Agostino

Susana

Personaje bíblico protagonista de un conocido episodio del libro de Daniel (v.). Su historia — historia de un día tórrido en medio de cuya bo­chornosa atmósfera se trama la bestial em­boscada— tiene por fondo la Babilonia del exilio.

No la patética Babilonia de anchos y lentos ríos donde se reflejan las sueltas cabelleras de los sauces llorones, de las que cuelgan silenciosas las arpas de los desterrados, sino la Babilonia opulenta y seductora que desvió a demasiados israe­litas del pensamiento de su pequeña y árida patria lejana, mezquina provincia ne­ciamente envanecida de sus efímeras glo­rias. Incluso el tonante Yahvé de los pro­fetas está casi olvidado y los más respeta­bles y canosos jueces del pueblo se han convertido en hombres licenciosos y co­rrompidos. La falsa paz de una aparente­mente libre esclavitud lo ha quebrantado todo. Israel, ahora que se ha convertido en enemigo de sí mismo, no tiene ya ene­migos. Pero así como en otro tiempo, fren­te al asirio invasor le salvó la audaz virtud de una mujer (v. Débora), ahora la victo­riosa virtud de Susana habrá de sacarle del letargo de su disolución.

Cuando, en el verde jardín donde se ha retirado, a la hora de la siesta, para tomar un baño, Su­sana sufre la libidinosa agresión de los dos ancianos rijosos y resiste, más aún que a sus torpes deseos, a sus amenazas de muer­te, Israel está ya salvado. Le ha salvado aquella carne desnuda e indefensa, más inexpugnable que una fortaleza armada; aquel «no» en nombre de Dios, que com­promete a Dios mismo. He aquí por qué ella se calla y ni siquiera se defiende en el improvisado y apresurado juicio que la condena. Los dos sórdidos pretendientes le han arrancado los velos para contem­plar una vez más aquella belleza que no lograron saborear, y su ceguera no ve cómo en la frente de Susana resplandece ya la luz que poco después habrá de fulminarlos.

Deben gozar hasta el último momento la ilusión de la victoria, del mismo modo que el pueblo, contradecido pero no convenci­do, debe desesperar de su salvación hasta el último momento. Pero he aquí que el fúnebre cortejo se ve detenido de pronto por la protesta de un muchacho, y el pue­blo, presintiendo una prodigiosa interven­ción, se estremece inquieto, y los dos cóm­plices balbucean contradiciéndose y final­mente llega el triunfo delirante de aquella que había desafiado a la muerte para no pecar contra la fidelidad que debía a su Dios. Así, el toque de diana de la resu­rrección parece surgir más bien del púdico recato de Susana que del incipiente profetismo de Daniel (v.), último anunciador del Mesías.

C. Falconi

Sun Wu-K’ung

Uno de los principales personajes de la famosa novela china Hsi Yu Chi (v.), de Wu Ch’êng-ên (1510?-1580). Es una pura creación de una fantasía llena de color, que se ha hecho muy popular en China.

Se trata de una mona de inteligen­cia humana y de facultades divinas, que por obra de la energía creadora del Universo, nace de una roca. En ella, por consi­guiente, lo humano y lo divino se hallan unidos: concepción puramente taoísta. Edu­cada por la divinidad del cielo y dotada del poder mágico de experimentar múltiples metamorfosis, Sun Wu-K’ung reúne en sí las dotes de guerrero invencible, que acom­paña y defiende al bonzo Hsüan Tsang du­rante su viaje a Occidente. Y ahora nos hallamos en plena moral confucionista, se­gún la cual la mona es el discípulo constantemente leal, incluso en la desgracia, y sus victorias, a la luz de la misma concep­ción, se interpretan como victorias del bien sobre el mal.

Su cualidad más destacada es una ágil y vivaz astucia, realmente com­parable a la de los monos. Sun Wu-K’ung es capaz de cometer enormes robos, pero también de soportar con firmeza los más duros sacrificios en aras del bien. Y a tra­vés del bien y el mal acabará por alcanzar el estado perfecto de Buda. En conjunto, y a pesar de los múltiples motivos taoístas y confucionistas que en este personaje se observan, su concepción es en realidad bu­dista, y así en él la tríada conceptual y filosoficorreligiosa taoísmo – confucionismo – budismo corresponde y da sentido y conte­nido a la tríada cualitativa bestia-hombre- divinidad.

S. Lokwang

Śunahśepa

Nombre de un «ṛṣi» o vi­dente hindú, la leyenda del cual se recuerda en la literatura védica (Aitareya-Brāhmaṇa, VII, 13-18).

El rey Hariscandra (v.) no tiene hijos; ante sus súplicas, el dios Varuṇa (v.) le concede uno, Rohita, pero exige que tras diez días de vida le sea sacrificado. Hariscandra obtiene con diversas astucias que el sacrificio de su hijo se aplace hasta que aquél alcance la virilidad; pero cuando le quiere sacrificar, Rohita escapa a los bosques. Varuṇa castiga al padre con una hidropesía. Rohita entonces quiere regre­sar, para salvarle, pero el dios Indra (v.) se lo impide. En el sexto año, mientras anda errante por los bosques, halla a un vidente atormentado por el hambre, y a sus tres hijos, uno de los cuales se llama Śunahśepa.

Rohita obtiene que el vidente le venda a Śunahśepa y con éste vuelve al palacio de Hariscandra. Entonces se llega a un acuerdo con Varuṇa, en virtud del cual Śunahśepa será sacrificado en lugar de Ro­hita. Śunahśepa es amarrado al poste del sacrificio, pero cada vez que invoca a los dioses, sus amarras se desatan de modo que finalmente es libertado, mientras Ha­riscandra recobra la salud. Esta leyenda es antiquísima y refleja fielmente un tiempo en que el sacrificio humano era admitido, sunahsepa es el tipo del brahmán piadoso, que confía en los dioses y que por ello es salvado.

A. M. Pizzagalli

La Sulamita

[Šūlammīth]. Persona­je bíblico, protagonista del más bello poe­ma del Antiguo Testamento (v. Biblia): El cantar de los cantares (v.), atribuido a Sa­lomón (v.), aunque en realidad se redactó tres siglos más tarde; pero, sea como fue­re, íntimamente enlazado con la gloria del gran rey.

El nombre de la Sulamita se ha identificado a veces con el de la Sunamita Abisaz, última esposa de Salomón, a quien el rey acogió en su lecho aunque sin lle­gar a conocerla carnalmente. Pocas heroí­nas literarias han dado lugar a tantos des­arrollos poéticos ni sugerido tan deliciosas imágenes como esa joven misteriosa: «Tus labios son una cinta escarlata, tu boca una granada abierta, tus pechos como cervati­llos, como los cachorros de la gacela que pacen entre lirios». En estos versículos y en otros muchos fluye inagotable la poesía amorosa. ¿Cómo referir la historia de la Sulamita? Los pasajes que componen el Cantar de los Cantares no guardan entre sí un orden lógico. A continuación expo­nemos el esquema propuesto por Pouget y Jean Guitton, en forma de breve drama con tres personajes. Bella muchacha montañesa, morena «como las tiendas de Kedar», la Sulamita es conducida a la morada del rey.

Pero su amor permanece fiel a aquel que allí, en las estepas, donde pacen las gace­las, «apacienta sus rebaños entre anémo­nas». Es un diálogo entre ambos amantes, alma con alma, penetrado de poesía, en el que las auras de la noche llevan a las colinas los más exquisitos perfumes de Oriente. Una noche, la bella esclava duer­me, pero su corazón permanece en vela. Del otro lado de los muros, le llega la voz del amado: «Ábreme, hermana mía, paloma mía, inmaculada mía». Ella corre el pes­tillo con sus dedos que destilan mirra, pero aparecen los guardias y la obligan a volver al harem. «Hijas de Jerusalén, si encontráis al amado, decidle que langui­dezco de amor». El joven defiende su causa ante el rey y grita: «Para él existen in­numerables mujeres y muchachas.

Para mí sólo hay una, mi paloma». La generosidad del soberano restituye la amada al amado, y la Sulamita, apoyada en el brazo de él, se dirige de nuevo hacia el desierto, aban­donando el fausto de palacio. Esa bella trama es considerada artificiosa por Otros eruditos, que consideran el Cantar de los cantares como una recopilación de himnos nupciales, según los cantaban los novios durante las bodas, en las que efectivamen­te se les daba el nombre de rey y reina, sin otra significación que la de dar relieve al antiguo concepto de la alianza del pue­blo elegido con su Dios, alianza que muchos otros pasajes de la Biblia, como el sal­mo XLV o las profecías de Oseas (v.), aso­cian con el vínculo matrimonial. En todo caso es evidente que este canto de amor sólo halló cabida en la Biblia por su simbolismo espiritual. La Sulamita es «la per­fecta», del mismo modo que Salomón es «el completo».

Y el drama de amor, ¿no alude acaso al de Israel, que deberá aban­donar sus falsas riquezas para volver a la austera fe de cuando vivía en el desierto? ¿No puede acaso compararse al del alma fiel, que debe sacrificarlo todo al amor único, a aquel «en que todo es hechizo», «manantial en el jardín, fuente de agua viva», al amor «fuerte como la muerte», a Dios? Y en el amado que viene, rico en juvenil fuerza, ¡cuántos místicos cristianos no verán una imagen profética del Mesías, del Libertador! Así, la Sulamita, heroína de un canto sublime de amor, se enlaza misteriosamente a tantas otras imágenes de mujer, como la Samaritana (v.) o la Magdalena (v.), a quienes hubo de salvar el amor del Mesías.

H. Daniel-Rops