La Sulamita

[Šūlammīth]. Persona­je bíblico, protagonista del más bello poe­ma del Antiguo Testamento (v. Biblia): El cantar de los cantares (v.), atribuido a Sa­lomón (v.), aunque en realidad se redactó tres siglos más tarde; pero, sea como fue­re, íntimamente enlazado con la gloria del gran rey.

El nombre de la Sulamita se ha identificado a veces con el de la Sunamita Abisaz, última esposa de Salomón, a quien el rey acogió en su lecho aunque sin lle­gar a conocerla carnalmente. Pocas heroí­nas literarias han dado lugar a tantos des­arrollos poéticos ni sugerido tan deliciosas imágenes como esa joven misteriosa: «Tus labios son una cinta escarlata, tu boca una granada abierta, tus pechos como cervati­llos, como los cachorros de la gacela que pacen entre lirios». En estos versículos y en otros muchos fluye inagotable la poesía amorosa. ¿Cómo referir la historia de la Sulamita? Los pasajes que componen el Cantar de los Cantares no guardan entre sí un orden lógico. A continuación expo­nemos el esquema propuesto por Pouget y Jean Guitton, en forma de breve drama con tres personajes. Bella muchacha montañesa, morena «como las tiendas de Kedar», la Sulamita es conducida a la morada del rey.

Pero su amor permanece fiel a aquel que allí, en las estepas, donde pacen las gace­las, «apacienta sus rebaños entre anémo­nas». Es un diálogo entre ambos amantes, alma con alma, penetrado de poesía, en el que las auras de la noche llevan a las colinas los más exquisitos perfumes de Oriente. Una noche, la bella esclava duer­me, pero su corazón permanece en vela. Del otro lado de los muros, le llega la voz del amado: «Ábreme, hermana mía, paloma mía, inmaculada mía». Ella corre el pes­tillo con sus dedos que destilan mirra, pero aparecen los guardias y la obligan a volver al harem. «Hijas de Jerusalén, si encontráis al amado, decidle que langui­dezco de amor». El joven defiende su causa ante el rey y grita: «Para él existen in­numerables mujeres y muchachas.

Para mí sólo hay una, mi paloma». La generosidad del soberano restituye la amada al amado, y la Sulamita, apoyada en el brazo de él, se dirige de nuevo hacia el desierto, aban­donando el fausto de palacio. Esa bella trama es considerada artificiosa por Otros eruditos, que consideran el Cantar de los cantares como una recopilación de himnos nupciales, según los cantaban los novios durante las bodas, en las que efectivamen­te se les daba el nombre de rey y reina, sin otra significación que la de dar relieve al antiguo concepto de la alianza del pue­blo elegido con su Dios, alianza que muchos otros pasajes de la Biblia, como el sal­mo XLV o las profecías de Oseas (v.), aso­cian con el vínculo matrimonial. En todo caso es evidente que este canto de amor sólo halló cabida en la Biblia por su simbolismo espiritual. La Sulamita es «la per­fecta», del mismo modo que Salomón es «el completo».

Y el drama de amor, ¿no alude acaso al de Israel, que deberá aban­donar sus falsas riquezas para volver a la austera fe de cuando vivía en el desierto? ¿No puede acaso compararse al del alma fiel, que debe sacrificarlo todo al amor único, a aquel «en que todo es hechizo», «manantial en el jardín, fuente de agua viva», al amor «fuerte como la muerte», a Dios? Y en el amado que viene, rico en juvenil fuerza, ¡cuántos místicos cristianos no verán una imagen profética del Mesías, del Libertador! Así, la Sulamita, heroína de un canto sublime de amor, se enlaza misteriosamente a tantas otras imágenes de mujer, como la Samaritana (v.) o la Magdalena (v.), a quienes hubo de salvar el amor del Mesías.

H. Daniel-Rops