Personaje bíblico protagonista de un conocido episodio del libro de Daniel (v.). Su historia — historia de un día tórrido en medio de cuya bochornosa atmósfera se trama la bestial emboscada— tiene por fondo la Babilonia del exilio.
No la patética Babilonia de anchos y lentos ríos donde se reflejan las sueltas cabelleras de los sauces llorones, de las que cuelgan silenciosas las arpas de los desterrados, sino la Babilonia opulenta y seductora que desvió a demasiados israelitas del pensamiento de su pequeña y árida patria lejana, mezquina provincia neciamente envanecida de sus efímeras glorias. Incluso el tonante Yahvé de los profetas está casi olvidado y los más respetables y canosos jueces del pueblo se han convertido en hombres licenciosos y corrompidos. La falsa paz de una aparentemente libre esclavitud lo ha quebrantado todo. Israel, ahora que se ha convertido en enemigo de sí mismo, no tiene ya enemigos. Pero así como en otro tiempo, frente al asirio invasor le salvó la audaz virtud de una mujer (v. Débora), ahora la victoriosa virtud de Susana habrá de sacarle del letargo de su disolución.
Cuando, en el verde jardín donde se ha retirado, a la hora de la siesta, para tomar un baño, Susana sufre la libidinosa agresión de los dos ancianos rijosos y resiste, más aún que a sus torpes deseos, a sus amenazas de muerte, Israel está ya salvado. Le ha salvado aquella carne desnuda e indefensa, más inexpugnable que una fortaleza armada; aquel «no» en nombre de Dios, que compromete a Dios mismo. He aquí por qué ella se calla y ni siquiera se defiende en el improvisado y apresurado juicio que la condena. Los dos sórdidos pretendientes le han arrancado los velos para contemplar una vez más aquella belleza que no lograron saborear, y su ceguera no ve cómo en la frente de Susana resplandece ya la luz que poco después habrá de fulminarlos.
Deben gozar hasta el último momento la ilusión de la victoria, del mismo modo que el pueblo, contradecido pero no convencido, debe desesperar de su salvación hasta el último momento. Pero he aquí que el fúnebre cortejo se ve detenido de pronto por la protesta de un muchacho, y el pueblo, presintiendo una prodigiosa intervención, se estremece inquieto, y los dos cómplices balbucean contradiciéndose y finalmente llega el triunfo delirante de aquella que había desafiado a la muerte para no pecar contra la fidelidad que debía a su Dios. Así, el toque de diana de la resurrección parece surgir más bien del púdico recato de Susana que del incipiente profetismo de Daniel (v.), último anunciador del Mesías.
C. Falconi

